Loading...

DISTANCIA DE RESCATE

Samanta Schweblin  

5


Fragmento

Son como gusanos.

¿Qué tipo de gusanos?

Como gusanos, en todas partes.

El chico es el que habla, me dice las palabras al oído. Yo soy la que pregunta. ¿Gusanos en el cuerpo?

Sí, en el cuerpo.

¿Gusanos de tierra?

No, otro tipo de gusanos.

Está oscuro y no puedo ver. Las sábanas son ásperas, se pliegan debajo de mi cuerpo. No me puedo mover, digo.

Por los gusanos. Hay que ser paciente y esperar. Y mientras se espera hay que encontrar el punto exacto en el que nacen los gusanos.

¿Por qué?

Porque es importante, es muy importante para todos.

Intento asentir, pero mi cuerpo no responde.

¿Qué más pasa en el jardín de la casa?, ¿yo estoy en el jardín?

No, no estás, pero está Carla, tu madre. La conocí unos días atrás, cuando recién llegamos a la casa.

¿Qué hace Carla?

Termina el café y deja la taza en el pasto, junto a su reposera.

Recibe antes que nadie historias como ésta

¿Qué más?

Se levanta y se aleja. Se olvida las ojotas, que quedan unos metros más allá, en las escaleras de la pileta, pero no le digo nada.

¿Por qué?

Porque quiero esperar a ver qué hace.

¿Y qué hace?

Se cuelga la cartera al hombro y se aleja en su bikini dorada hasta el coche. Hay algo de mutua fascinación entre nosotras, y en contraste, breves lapsos de repulsión, puedo sentirlos en situaciones muy precisas. ¿Estás seguro de que es necesario hacer estas observaciones? ¿Tenemos tiempo para esto?

Las observaciones son muy importantes. ¿Por qué están en el jardín?

Porque acabamos de regresar del lago y tu madre no quiere entrar a mi casa.

Quiere evitarte problemas.

¿Qué tipo de problemas? Tengo que entrar y salir una y otra vez, primero por las limonadas, después por el protector solar. No me parece que esto sea evitarme problemas.

¿Por qué fueron al lago?

Quiso que le enseñara a manejar, dijo que siempre había querido aprender, pero una vez en el lago ninguna de las dos tuvo la paciencia necesaria.

¿Qué hace ahora en el jardín?

Abre la puerta de mi coche, se sienta al volante y revuelve un rato la cartera. Yo bajo las piernas de la reposera y espero. Hace demasiado calor. Después Carla se cansa de revolver y se agarra al volante con ambas manos. Está así un momento, mirando hacia el portón, o quizá hacia su casa, mucho más allá del portón.

¿Qué más? ¿Por qué te quedás en silencio?

Es que estoy anclada en este relato, lo veo perfectamente, pero a veces me cuesta avanzar. ¿Será por lo que me inyectan las enfermeras?

No.

Pero voy a morirme en pocas horas, va a pasar eso, ¿no? Es extraño que esté tan tranquila. Porque aunque no me lo digas, yo ya lo sé, y sin embargo es algo imposible de decirse a uno mismo.

Nada de esto es importante. Estamos perdiendo el tiempo.

Pero es verdad, ¿no? Que me voy a morir.

¿Qué más pasa en el jardín?

Carla apoya la frente en el volante y sus hombros se sacuden un poco, empieza a llorar. ¿Creés que podríamos estar cerca del punto exacto en el que nacen los gusanos?

Seguí, no te olvides de los detalles.

Carla no hace ningún ruido pero logra hacer que me levante y camine hacia ella. Me gustó desde el principio, desde el día en que la vi cargando los dos baldes de plástico bajo el sol, con su gran rodete pelirrojo y su jardinero de jean. No había visto a nadie usar uno de esos desde mi adolescencia y fui yo quien insistió con las limonadas, y la invitó a tomar mate a la mañana siguiente, y a la siguiente, y a la siguiente también. ¿Estos son los detalles importantes?

El punto exacto está en un detalle, hay que ser observador.

Cruzo el jardín. Cuando esquivo la pileta, miro hacia el comedor y reviso a través del ventanal que Nina, mi hija, siga dormida, abrazada a su gran topo de peluche. Entro al coche por el lado del acompañante. Me siento pero dejo la puerta abierta y bajo la ventanilla, porque hace mucho calor. El gran rodete de Carla está un poco caído, desarmado hacia un lado. Apoya la espalda en el asiento consciente de que ya estoy ahí, otra vez junto a ella, y me mira.

—Si te lo cuento —dice—, ya no vas a querer verme más.

Pienso en qué decir, algo así como “pero Carla, por favor, no seas ridícula”, pero en cambio miro los dedos de sus pies, tensos sobre los pedales, las piernas largas, los brazos delgados pero fuertes. Me desconcierta que una mujer diez años más grande que yo sea tanto más hermosa.

—Si te cuento —dice—, no vas a querer que él juegue con Nina.

—Pero Carla, por favor, cómo no voy a querer.

—No vas a querer, Amanda —dice, y los ojos se le llenan de lágrimas.

—¿Cómo se llama?

—David.

—¿Es tuyo? ¿Es tu hijo?

Asiente. Ese hijo sos vos, David.

Ya sé, seguí.

Se limpia las lágrimas con los nudillos de las manos y suenan sus pulseras doradas. Yo nunca te había visto, pero cuando le comenté al señor Geser, el cuidador de la casa que alquilamos, que estaba viendo a Carla, él enseguida preguntó si ya te había conocido. Carla dice:

—Era mío. Ahora ya no.

La miro sin entender.

—Ya no me pertenece.

—Carla, un hijo es para toda la vida.

—No, querida —dice. Tiene las uñas largas y me señala a la altura de los ojos.

Entonces me acuerdo de los cigarrillos de mi marido, abro la guantera y se los paso junto con el encendedor. Prácticamente me los saca de las manos y el perfume de su protector solar se mueve también entre nosotras.

—Cuando David nació era un sol.

—Claro que sí —digo, y me doy cuenta de que ahora tengo que callarme.

—La primera vez que me lo dieron para sostenerlo me angustié muchísimo. Estaba convencida de que le faltaba un dedo —sostiene el cigarrillo con los labios, sonriendo por el recuerdo, y lo enciende—. La enfermera dijo que a veces pasa con la anestesia, que uno se persigue un poco, y hasta que no conté dos veces los diez dedos de las manos no me convencí de que todo había salido bien. Qué no daría ahora porque a David simplemente le faltara un dedo.

—¿Qué le pasa a David?

—Pero era un sol, Amanda, te digo que era un sol. Sonreía todo el día. Lo que más le gustaba era estar afuera. La plaza lo volvía loco, desde chiquito. Viste que acá no se puede circular con el carrito. En el pueblo sí, pero de acá hasta la plaza hay que ir entre las quintas y las chocitas de las vías, es un lío con el barro, pero a él le gustaba tanto que hasta los tres años lo cargaba hasta ahí a upa, las doce cuadras. Cuando veía el tobogán empezaba a gritar. ¿Dónde está el cenicero en este coche?

Está bajo el tablero. Saco la base y se la paso.

—Entonces David se enfermó, a esa edad, más o menos, hace unos seis años. Fue en un momento complicado. Yo había empezado a trabajar en la granja de Sotomayor. Era la primera vez en mi vida que trabajaba. Le hacía la contabilidad, que de contabilidad la verdad no tenía nada. Digamos que le ordenaba los papeles y lo ayudaba a sumar, pero me entretenía. Andaba haciendo trámites por el pueblo, bien vestida. Para vos que venís de la capital es diferente, acá para el glamour hay que tener excusas, y esta era perfecta.

—¿Y tu marido?

—Omar criaba caballos. Así como lo escuchás. Era otro tipo, Omar.

—Creo que lo vi ayer cuando salimos con Nina a caminar. Pasó con la camioneta pero no nos contestó el saludo.

—Sí, ese es Omar ahora —dice Carla negando con la cabeza—. Cuando lo conocí todavía sonreía, y criaba caballos de carrera. Los tenía del otro lado del pueblo, después del lago, pero cuando quedé embarazada mudó todo para acá. Esta de acá era la casa de mis viejos. Omar decía que cuando la pegara nos llenábamos de guita y reformábamos todo. Yo quería poner alfombra en el piso. Sí, una locura para vivir donde vivo, pero qué ilusión me hacía. Omar tenía dos yeguas madres de lujo de las que habían nacido Tristeza Cat y Gamuza Fina, vendidas ya y que corrían, y corren todavía, en Palermo y en San Isidro. Después nacieron otras dos, y un potrillo, pero de esos ya no me acuerdo los nombres. Para que te vaya bien en ese negocio tenés que tener un buen padrillo, y a Omar le prestaban el mejor. Cercó parte del terreno para las yeguas, hizo un corral detrás para los potrillos, plantó alfalfa, y después más tranquilo fue armando el establo. El trato era que él pedía el padrillo y se lo dejaban dos o tres días. Cuando los potrillos se vendían, un cuarto del dinero iba al dueño del padrillo. Eso es mucho dinero, porque si el padrillo es bueno y los potrillos se cuidan bien, cada uno puede venderse entre 200.000 y 250.000 pesos. Así que teníamos ese bendito caballo con nosotros. Omar lo miraba todo el día, lo seguía como un zombi para contabilizar cuantas veces se subía a cada yegua. Para salir esperaba a que yo volviera de lo de Sotomayor, y entonces me tocaba a mí, que apenas si lo pispiaba cada tanto desde la ventana de la cocina, te imaginarás. Cuestión que una tarde estoy lavando los platos y me doy cuenta de que hace rato que no veo al padrillo. Voy a la otra ventana, y a la otra, por donde se ve hacia atrás, y nada: están las yeguas, pero ni noticias del padrillo. Cargo a David, que ya daba sus primeros pasos y todo ese tiempo había estado intentando seguirme por la casa, y salgo. No hay muchas vueltas con estas cosa ...