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DOñA PERFECTA

Benito Pérez Galdós  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

1. PERFILES DE LA ÉPOCA

En 1843, año del nacimiento de Benito Pérez Galdós, las Cortes españolas declaran la mayoría de edad de la princesa Isabel (aunque tan sólo contaba 13 años), que empieza, pues, a reinar, como Isabel II. Parece entonces que van a quedar atrás los recuerdos, huellas e influencias de la agitada realidad española en la primera mitad —no conclusa aún— del siglo XIX: reinado de Carlos IV (1788-1808), Guerra de la Independencia, Fernando VII en el trono y absolutismo imperante, regencias de la reina viuda María Cristina y del general Espartero, primera guerra civil carlista... Con la nueva reina se suceden diversos gobiernos, bajo las presidencias de Joaquín María López, Salustiano Olózaga, Luis González Bravo, el general Narváez, Bravo Murillo, el conde de San Luis... Los buenos auspicios iniciales del reinado y el carácter primero moderado de sus gobernantes cambian, de manera acelerada, y la situación del país torna a ser de inquietud y agitación, resurgen las polémicas y los enfrentamientos, hay inestabilidad y conatos revolucionarios, se producen revueltas, comienza una nueva guerra civil carlista en 1848, y, como consecuencia de todo ello, la situación de la institución monárquica aparece cada vez más débil, insegura, tambaleante incluso. En 1854, el general O’Donnell inicia una sublevación militar muy cerca de Madrid, en Vicálvaro, la Vicalvarada, que será secundada ampliamente. La reina encomienda el Gobierno al general Espartero, pero éste, a pesar de su prestigio e influencia tampoco puede encauzar la situación de modo seguro. En 1859 hay guerra en África, donde destaca la personalidad de otro insigne militar: el general Prim, y los gestos y los hechos heroicos se suceden alentadoramente. Mas la inestabilidad nacional sigue, se producen los sucesos del día de San Daniel (10 de abril de 1865), y, por fin, en 1868, estalla la Revolución de Septiembre, que será llamada La Gloriosa, encabezada por el brigadier Topete y los generales Prim y Serrano. Este último derrota a las tropas del gobierno en la batalla de Aleo-lea. Isabel II abandona el trono y marcha a París. Pero los males no encuentran remedio. Las Cortes, inspiradas por Prim, eligen para el trono de España al italiano Amadeo de Saboya, duque de Aosta, que reinará como Amadeo I (1871-1873), pero Prim es asesinado pocos días antes de la llegada del nuevo monarca. Éste, que ha llegado pleno de buenos propósitos, renunciará dos años después al trono. Nace la I República española, que ha de tener también efímera existencia: apenas un año, de febrero de 1873 a enero del año siguiente, cuando le faltaban unos pocos días para cumplir su primer año de vida y el Congreso es desalojado por las tropas del general Pavía. Un tiempo demasiado corto para dejar huellas duraderas, aunque en él se hubiesen manifestado nobles afanes e ilusiones para una mejor España, y en el que la situación nacional no había cambiado: intrigas políticas, alzamientos y luchas cantonales, anarquía, guerra carlista... Y, de nuevo, se produce una intervención militar, encabezada por el general Martínez Campos e iniciada en Sagunto, donde se restaura la monarquía borbónica para, a continuación, proclamar rey al príncipe Alfonso, hijo de Isabel II, como Alfonso XII. Este es acogido con entusiasmo por el pueblo, por unas gentes fatigadas de la constante inquietud política y deseosas de un tiempo de sosiego y bienestar. Y, en efecto, se extiende una cierta calma política, lograda en parte por las alternancias bipartidistas en el gobierno de la nación entre los conservadores, con un insigne político, Antonio Cánovas del Castillo, a su frente, y los liberales, encabezados por otro valioso y hábil político, Práxedes Mateo Sagasta. No obstante perduran las discrepancias ideológicas, entre el pensamiento católico, ortodoxo y conservador, y el pensamiento liberal de afán innovador, con raíces krausistas y relacionado con la Institución Libre de Enseñanza. Estas pluralidades e incluso disputas o enfrentamientos de carácter ideológico aparecerán reflejadas en el espejo de la literatura novelesca contemporánea, en las narraciones “de tesis” y con personajes buenos o malos según la perspectiva de los autores. De un lado, por ejemplo, Alarcón y Pereda; de otro, Caldos y Leopoldo Alas, Clarín, por ejemplo también.

Algo semejante ocurre en el ámbito de la poesía, en determinados casos. Como el de Gaspar Núñez de Arce (1834-1903), que en sus Gritos del combate da voz a conflictos de su tiempo, como la falta de fe y la duda experimentada sobre la capacidad española para hacer compatibles libertad y progreso con orden. Distintamente, Vicente Wenceslao Querol (1837-1889) afirma que los poetas deben siempre defender la esperanza y el ideal, nunca destruir. Y Ramón de Campoamor expone en versos sencillos, claros, a menudo prosaicos, una visión escéptica y desengañada de la existencia.

Las discusiones, las reflexiones también, sobre el propio ser de la nación irán impulsando la idea de una regeneración española basada en la atención a los aspectos concretos y cotidianos y en la realización de unas reformas sociales, económicas, agrarias, que conduzcan a una efectiva modernización de España. Actitud ésta que resumirá, en parte, Joaquín Costa (1846-1911), en unas pocas palabras: “Despensa, escuela y siete llaves al sepulcro del Cid”. Por este camino se conectará con el espíritu del llamado Noventa y Ocho.

Al promediar el siglo XIX, el Romanticismo ya había empezado a debilitarse, e iría dando paso, paulatinamente, a las nuevas tendencias realistas (cuya raíz, por otra parte, se hallaba en un sector de aquel movimiento: el costumbrismo). Y una vez desaparecidos Larra (1809-1837) y Espronceda (1808-1842), sólo Zorrilla (1817-1893), el poeta y dramaturgo autor de Donjuán Tenorio, constituirá una larga supervivencia romántica. En el Romanticismo, la prosa había sido cauce, principalmente, para trazar cuadros de costumbres (Larra, Mesonero Romanos), y, asimismo, para las novelas históricas, tan acordes con el gusto romántico por la evocación de épocas lejanas y que tanto abundaron, escritas por Larra, Espronceda, Gil y Carrasco, Navarro Villoslada...

Casi en el promedio del siglo, en 1849, Fernán Caballero (seudónimo de Cecilia Bóhl de Faber), publica La Gaviota, novela en la que, a través del relato, engarza una serie de cuadros de costumbres. De este modo, el costumbrismo romántico va a dar paso a la novela realista de la segunda mitad del siglo XIX. Ya en este tiempo, las predilecciones y preocupaciones de la sociedad burguesa de la época desechan los ensueños, las evasiones nostálgicas, y prefieren acercarse a las circunstancias y realidades contemporáneas y enfrentarse con ellas, verse reflejadas en ellas. Y Fernán Caballero expondrá su convicción de que la novela debe ser fruto de observación antes que de invención, y, al igual que un espejo, reflejar lo mismo el azul del cielo que el barro y los charcos de la tierra. Benito Pérez Galdós, en su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, se refiere a “La sociedad presente como materia novelable” y considera que en el género novelístico se incorporan tanto la realidad exterior como lo que el escritor piensa acerca de la sociedad coetánea.

Por todo ello, la literatura en general y la novela de modo concreto se convierten en espacios en los que confluyen no sólo las corrientes estéticas de cada momento, así como los procedimientos y técnicas literarios, desde el realismo al naturalismo, sino también los conflictos, pensamientos y crisis sociales, políticos, morales existentes y actuales, ante los que cada escritor adoptará, con más o menos intensidad, una actitud comprometida y de acuerdo con sus personales convicciones ideológicas. De aquí se deriva una literatura, a veces

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