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DOBLE JUEGO

Ken Follett  

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Fragmento

Índice

Doble juego

Nota histórica

Agradecimientos

Primera parte

5 horas

6 horas

1941

6.30 horas

7 horas

7.30 horas

8 horas

1941

8.30 horas

Segunda parte

9 horas

10 horas

11 horas

12 horas

1941

13 horas

13.30 horas

14 horas

14.30 horas

15 horas

15.30 horas

15.45 horas

Tercera parte

16.15 horas

16.45 horas

17 horas

18 horas

1943

18.30 horas

19.30 horas

20 horas

20.30 horas

21.30 horas

22.30 horas

23 horas

0 horas

Cuarta parte

1 horas

1945

2.30 horas

3 horas

4.30 horas

6.30 horas

1954

7 horas

8 horas

Quinta parte

10.45 horas

11 horas

12 horas

13 horas

15 horas

15.45 horas

16 horas

16.30 horas

19.30 horas

21.30 horas

22.29 horas

23 horas

0 horas

1.30 horas

Sexta parte

8.30 horas

16 horas

20.30 horas

21.30 horas

22.48 horas

Epílogo

1969

Notas

Biografía

Créditos

«...desde su creación en 1947, la Agencia Central de Inteligencia... ha invertido millones de dólares en un importante programa de investigación para obtener drogas y otros métodos reservados que permitieran someter a ciudadanos de a pie, con o contra su voluntad, a un control absoluto; que los indujeran a actuar, hablar, revelar los más preciados secretos, a olvidar incluso, cuando así se les ordenara».

THOMAS POWERS

en la introducción a The Search for the «Manchurian Candidate»: The CIA and Mind Control, 1979

NOTA HISTÓRICA

El lanzamiento del Explorer I, primer satélite espacial norteamericano, estaba programado inicialmente para el miércoles 29 de enero de 1958. A últimas horas de esa tarde, se suspendió hasta el día siguiente. El motivo aducido fueron las condiciones meteorológicas. Los observadores invitados a Cabo Cañaveral estaban perplejos: en Florida, el día había sido espléndido y soleado. No obstante, el ejército declaró que un viento de gran altitud conocido como «corriente de chorro» soplaba desfavorablemente.

La noche del día siguiente se produjo un nuevo aplazamiento, para el que se alegó idéntico motivo.

El lanzamiento se intentó finalmente el viernes 31 de enero.

AGRADECIMIENTOS

Hay muchas personas que han aportado generosamente su tiempo y sus esfuerzos para ayudarme a reunir los detalles ambientales apropiados a esta historia. La mayoría me fueron proporcionados por Dan Starer, de Research for Writers, de Nueva York, que ha colaborado conmigo en todos mis libros desde El hombre de San Petersburgo, de 1981. Estoy especialmente agradecido a las siguientes personas:

En Cambridge, Massachusetts: Ruth Helman, Isabelle Yardley, Fran Mesher, Peg Dyer, Sharon Holt y los alumnos de Pforzheimer House; y Kay Stratton.

En el Hotel St Regis, antiguo Carlton, en Washington, D.C.: Louis Alexander, portero; José Muzo, botones; Peter Walterspiel, director; y Pat Gibson, ayudante del señor Walterspiel.

En la Universidad de Georgetown: Jon Reynolds, archivero; Edward J. Finn, catedrático de Física jubilado; y Val Klump, del Club de Astronomía.

En Florida: Henry Magill, Ray Clark, Henry Paul y Ike Rigell, que participaron en los inicios del programa espacial; y Henri Landwirth, antiguo director del Motel Starlite.

En Huntsville, Alabama: Tom Carney, Cathey Carney y Jackie Gray, de la revista Old Huntsville; Roger Schwerman, del Arsenal Redstone; Michael Baker, historiador oficial del Mando de Aviación y Misiles del ejército de Estados Unidos; David Alberg, conservador del Centro Espacial y de Cohetes de Estados Unidos; y el doctor Ernst Stuhlinger.

Varios miembros de mi familia leyeron los borradores y me ayudaron con sus críticas, entre ellos mi mujer, Barbara Follett, mis hijastras, Jann y Kim Turner, y mi primo, John Evans. Estoy en deuda con los editores Phyllis Grann, Neil Nyren y Suzanne Baboneau; y con los agentes Amy Berkower, Simon Lipskar y, muy especialmente, con Al Zuckerman.

PRIMERA PARTE

5 HORAS

El misil Júpiter C se yergue sobre la plataforma de lanzamiento del Complejo 26 de Cabo Cañaveral. Por mor del secreto, está envuelto en enormes fundas de lona que lo ocultan por completo a excepción de la cola, idéntica a la del conocido Redstone ICBM del ejército. Bajo su impenetrable capa, sin embargo, el resto del misil es único...

Se despertó asustado.

Peor: aterrorizado. El corazón le latía con fuerza, respiraba con dificultad y tenía todo el cuerpo en tensión. Era como una pesadilla, salvo por el hecho de que despertar no le produjo el menor alivio. Tenía la sensación de que había ocurrido algo horrible, pero no sabía qué.

Abrió los ojos. Una luz tenue procedente de otro cuarto iluminaba apenas el lugar, en el que distinguió formas vagas, familiares pero siniestras. En algún punto de la penumbra, el agua llenaba una cisterna.

Intentó tranquilizarse. Tragó saliva, acompasó la respiración y procuró pensar con calma. Yacía en un suelo liso. Sentía frío, le dolía todo el cuerpo y tenía una especie de resaca: dolor de cabeza, la boca seca y el estómago revuelto.

Se incorporó temblando de miedo. Le llegaba un desagradable olor a suelos recién fregados con un potente desinfectante. Distinguió las siluetas de una hilera de lavabos.

Estaba en los servicios de algún lugar público.

Sintió asco. Había dormido en el suelo de un aseo de caballeros. ¿Qué demonios le había pasado? Se concentró. Estaba completamente vestido, llevaba una especie de gabardina y botas gruesas, pero tenía la sensación de que aquella no era su ropa. Aunque ya no sentía el mismo pánico, le atenazaba un miedo profundo, menos histérico pero más racional. Fuera lo que fuese, le había ocurrido algo terrible.

Necesitaba luz.

Se puso en pie. Miró a su alrededor, escrutó la penumbra y creyó localizar la puerta. Estirando los brazos ante sí en previsión de obstáculos invisibles, avanzó hasta una pared. A continuación, caminó de lado tanteando con las manos. Tocó una superficie fría y lisa, que supuso sería un espejo; luego, un toallero; más allá, una caja metálica que podría ser una máquina tragaperras. Las yemas de sus dedos dieron al fin con un interruptor, que accionó.

La brillante luz inundó las paredes de azulejos blancos, el suelo de hormigón y una hilera de retretes con las puertas abiertas. En un rincón había un montón de ropa vieja. Seguía sin comprender cómo había ido a parar allí. Se concentró con todas sus fuerzas. ¿Qué había pasado la noche anterior? No consiguió recordarlo.

Volvió a sentir un miedo irracional al comprender que no recordaba absolutamente nada.

Apretó los dientes para no gritar. Ayer... anteayer... Nada. ¿Cómo se llamaba? No lo sabía.

Volvió a la hilera de lavabos. Sobre ellos pendía un largo espejo. En el cristal, vio a un pordiosero inmundo vestido con harapos, con el pelo enmarañado, la cara tiznada y ojos saltones y extraviados. Se quedó mirando al mendigo un segundo, y de pronto tuvo una terrible revelación. Dio un paso atrás sofocando un grito, y el individuo del espejo lo imitó. Eran la misma persona.

Ya no pudo contener el embate del pánico. Abrió la boca y, con la voz sacudida por el terror, gritó:

—¿Quién soy?

El montón de ropa vieja rebulló. Cambió de postura, enseñó la cara y murmuró:

—Eres un mendigo, Luke, deja de escandalizar.

Se llamaba Luke.

Se sintió ridículamente agradecido por la información. Un nombre no era gran cosa, pero le proporcionaba un punto de partida. Miró a su compañero. Llevaba un abrigo de tweed hecho jirones y un trozo de cuerda a guisa de cinturón. Su rostro, joven bajo la mugre, tenía una expresión astuta. El individuo se restregó los párpados y farfulló:

—Qué dolor de cabeza...

—¿Quién eres? —preguntó Luke.

—¿Es que no lo ves? Soy Pete, cabeza hueca.

—No consigo... —Luke tragó saliva intentando dominar el pánico—. ¡He perdido la memoria!

—No me extraña. Ayer te bebiste casi una botella tú solo. Lo raro es que no hayas perdido la chaveta. —Pete se relamió—. Si me descuido, no pruebo el maldito bourbon.

El bourbon explicaría lo de la resaca, pensó Luke.

—¿Por qué iba a beberme toda una botella?

Pete rió entre dientes.

—Es la pregunta más idiota que me han hecho en la vida. ¡Pues para emborracharte, joder!

Luke sintió asco de sí mismo. Era un vagabundo borracho que dormía en urinarios públicos.

Se moría de sed. Se inclinó sobre una pila, abrió el grifo del agua fría y bebió a caño. Se sintió mejor. Tras secarse la boca, se obligó a mirarse de nuevo en el espejo.

Tenía el rostro más tranquilo. La mirada fija y maníaca había dado paso a una expresión de desconcierto y congoja. El reflejo mostraba a un hombre próximo a los cuarenta, de pelo negro y ojos azules. No llevaba barba ni bigote, pero una pilosidad recia y cerrada le cubría la mandíbula.

—L

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