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ECONOMíA 3D

Martín Lousteau  

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Fragmento

Lousteau, Martín

Economía 3D : Una nueva dimensión para tus preguntas de siempre. - 1a ed. - Buenos Aires : Sudamericana, 2011.

EBook. -. (Obras Diversas)

ISBN 978-950-07-3550-6

1. Ensayo Argentino. I. Título

CDD A864

Edición en formato digital: abril de 2011

© 2011, Editorial Sudamericana S.A.®

Humberto I 555, Buenos Aires.

Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere.

Ilustraciones: Augusto Costhanzo

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo por escrito de la editorial.

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ISBN 978-950-07-3550-6

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A Javier, con quien me habría encantado compartir mil y una charlas sobre los temas de este libro.

Agradecimientos

Se suele pensar que escribir un libro es una tarea solitaria. Una gran proporción del trabajo efectivamente lo es. Pero el proceso completo, desde que se gesta la idea hasta que los ejemplares llegan a las librerías, es sin dudas de naturaleza colectiva.

En este caso, el primer mérito corresponde a Pablo Avelluto y Glenda Vieites, quienes imaginaron este proyecto editorial. También a Fernanda Longo, quien en los últimos meses debió hacerse cargo de la ingrata tarea de seguir los avances.

Diversas personas colaboraron en distintos momentos hasta llegar al producto final. Alejandro Parisi leyó e hizo algunas sugerencias para mejorar los primeros bocetos. Martín Llambí y Ariel Cukierkorn me mostraron un camino diferente al que venía siguiendo: suya fue la sugerencia de reelaborar el formato para hacer capítulos más breves y dinámicos.

El equipo de economía de mi consultora, LCG, compuesto por Melisa Sala, Agustín Bruno y Gastón Rossi, quienes me acompañan desde hace varios años, siempre ha estado dispuesto a discutir cuestiones varias, buscando los datos pertinentes y trabajando con ellos.

Martina Chidiak y Verónica Gutman fueron claves para rescatarme de la maraña de temas correspondientes a la parte de medio ambiente. Y mi amigo y empedernido evolucionista, Lucas Ober, me facilitó excelente material para la sección sobre economía del sexo.

Los lunes en Perros de la calle fueron una suerte de ensayo previo. Le agradezco a Andy Kusnetzoff por la invitación a integrarme a su programa, a Nicolás Cajg por la discusión al aire de muchos de estos temas, y a Jimena Blizniuk y Florencia Suárez por todo lo relacionado con la producción de la columna radial. A todo el resto del equipo por la buena onda semanal, y a los oyentes por participar de las charlas desde el otro lado del micrófono.

Una mención especial merece Nicolás “Harry” Salvarrey quien, además de su labor en la radio, resultó clave en el último tramo de la tarea, cuando el agotamiento suele hacerse sentir. Releyó varias veces el material, corrigió detalles y aportó sus toques a varios capítulos, que mejoraron la versión definitiva.

Las ilustraciones que acompañan a cada una de las diez secciones, así como también la tapa y la contratapa, son responsabilidad de Augusto Costhanzo, que con su gran talento logró sintetizar lo que a las palabras a veces les cuesta.

Gracias a todos aquellos que supieron entender esta ocupación temporal que en algunos momentos se interpuso con otras responsabilidades y en otros hasta limitó los ratos de ocio.

Finalmente a vos, lector, que te has tomado el trabajo de leer estos agradecimientos: espero que hagas lo propio con el resto del libro.

Introducción

Probablemente pienses que la economía es árida y fría. También, quizás, aburrida. No voy a intentar convencerte de lo contrario. Aunque te sorprenda, suelo pensar lo mismo.

Algunos creen que los economistas somos personajes extremadamente calculadores, capaces de ponerle un precio a todo. Otros asumen que se trata de unos nerds con anteojos que miran el mundo desde una óptica poco interesante y alejada de lo humano. Cualquiera sea tu visión, probablemente una reunión de economistas no sea tu manera ideal de pasar una velada. Quedate tranquilo: tampoco es la mía.

En tiempos recientes se han publicado bastantes libros que tratan de revertir esta percepción generalizada. Intentan, por ejemplo, mostrarte que la economía está en todo lo que ves y hacés cotidianamente, y que quienes la practican son como unos Sherlock Holmes de lo numérico. Para congraciarse con un público más amplio, otros cuentan creativas investigaciones que muestran que los humanos no siempre funcionan como predice la teoría económica. Finalmente, un tercer grupo reproduce experimentos o trabajos de naturaleza mucho más llamativa para poner de manifiesto que no sólo estudiamos el dinero, el presupuesto y las tasas de interés sino también temas mucho más extraños, capaces de provocar desde curiosidad hasta cierto morbo.

No soy un gran fanático de estos libros. Aunque algunos pueden tener partes muy interesantes e incluso se han convertido en best sellers globales, muchos me parecen intentos de los estudiosos o “tragas” de la clase por demostrar que, a pesar de todo, tienen onda suficiente para seducir a la chica más linda del curso.

Mi objetivo está bien lejos de pretender convencerte de las bondades de la economía. La idea es que podamos reflexionar y divertirnos abordando asuntos bastante diversos. Discutiremos tópicos supuestamente solemnes como el desarrollo, la desigualdad, el cambio climático o la crisis financiera internacional reciente, y otros quizás más importantes, como la felicidad, el sexo o, incluso, el fútbol. Compartiremos los inconvenientes que genera pensar que los humanos podemos ser calculadores como pretenden los economistas. Y hasta les echaremos una mirada a algunos de los problemas más arraigados de la sociedad argentina.

Te propongo que experimentemos juntos cómo la economía aborda cuestiones de todos los días, pero también cómo nuestros razonamientos más habituales nos pueden servir para entender de economía. Y combinar ambas visiones para tener un pequeño diagnóstico de dónde está parado nuestro país y qué podemos hacer para mejorar su situación.

He intentado volcar en estas páginas mi experiencia personal como economista en tres áreas distintas. He dedicado algún tiempo a la investigación y la docencia. Di clases en colegios secundarios y en universidades de acá y de afuera, tanto en grado como en posgrado. Ahora sumo a mis quehaceres una columna en Perros de la calle, el programa radial de Andy Kusnetzoff. Espero que la combinación de estos ámbitos, con sus especificidades y códigos propios, me sea útil para poder transmitir algunos conceptos de una manera más amena, menos técnica.

Por otra parte, he trabajado durante años, y aún lo hago, como consultor para empresas. Muchos de mis clientes han sido y son bancos de Wall Street. Por eso creo entender cómo funcionan algunas cosas en ese extraño ámbito de lo financiero que ha generado gran parte de los problemas que vemos hoy en tantos países.

Pero seguramente mi tarea más conocida haya sido en el sector público. Trabajé en el Banco Central como asesor de su presidente, luego me desempeñé como ministro de la Producción de la Provincia de Buenos Aires y después me tocó dirigir dos años completos el Banco Provincia, tras lo cual fui ministro de Economía y Producción durante un breve período.

Siento que todos los pasos que he dado me enriquecieron de alguna manera. Con aciertos y errores, cada una de esas responsabilidades asumidas me permitió ampliar las perspectivas y desarrollar visiones más complementarias y eclécticas sobre ciertos temas, que intenté volcar aquí.

Escribir un libro suele ser una tarea ardua. Y el esfuerzo es inútil si termina siendo aun más difícil leerlo. He tratado de que éste no sea el caso: quise divertirme al hacerlo para que vos también pudieras entretenerte mientras recorrés sus páginas.

El resultado final de tanto trabajo es Economía 3D. Espero que lo disfrutes.

Martín Lousteau

HOMBRE
EXTRAÑO

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George Bernard Shaw dijo una vez: “El hombre que escucha la voz de la razón está perdido, porque la razón esclaviza las mentes de todos aquellos que no son lo suficientemente fuertes como para domarla”. Este pensamiento resume uno de los principales desafíos que se le plantean a la economía en estos días: que todas sus teorías están pensadas a partir de un hombre extremadamente racional y egoísta. Sin embargo, a menudo nuestro cerebro nos convence de actuar de una determinada manera cuando, si nos detuviéramos un instante a reflexionar, lo razonable sería completamente distinto.

1.1. Más que un disco rígido

Cajas mentales y el psicólogo Nobel de Economía

Imaginate que vas a una casa de electrodomésticos a comprar un LCD que cuesta 6.000 pesos. Estás por pagar y tu pareja te dice que a la vuelta la competencia tiene el mismo modelo a 5.980 pesos. ¿Qué hacés? ¿Caminás las dos cuadras para ahorrarte 20 pesos?

Ahora imaginate que ese día tu sobrino cumple años y pensaste en regalarle un oso de peluche que viste a 40 pesos. Esta vez, cuando vas a pagar, tu pareja te dice que a la vuelta, en otra juguetería, vio el mismo juguete a 20 pesos. Por el osito que cuesta la mitad, ¿acaso no caminarías las dos cuadras?

En el caso del LCD, probablemente considerás que ahorrar 20 pesos en 6.000 es poco, y no estarías dispuesto a realizar el esfuerzo. Pero en el caso del oso para tu sobrino querido, ahorrar 20 pesos en 40 te parece mucho y sí lo harías. Lo llamativo es que en ambos casos la disyuntiva es idéntica: ¿vale la pena caminar dos cuadras para quedarme con 20 pesos más en el bolsillo?

Lo que pasa es que uno pone esos idénticos 20 pesos en distintas “cajas mentales”. Cajas mentales tan simples como “LCD” o “Regalos para mi sobrino”. Y si uno ya decidió comprar un LCD para ver los partidos de su equipo, ahorrarse 20 pesos en la caja “LCD” no es relevante. En cambio, ahorrarse 20 pesos en la caja “Regalos para mi sobrino” nos hace sentir un genio de los negocios.

Estás yendo a un recital de tu grupo favorito. En tu bolsillo llevás la entrada, que te costó 100 pesos y otros 200 pesos en efectivo. Cuando llegás a la puerta, te das cuenta de que perdiste la entrada. Todavía hay disponibles en la boletería. ¿Te comprás otra?

Ahora imaginate que vas con 300 pesos al recital y la idea de adquirir el ticket ahí. Al llegar te das cuenta de que te desaparecieron 100 pesos de tu bolsillo. ¿Te das media vuelta y te retirás apesadumbrado por el contratiempo o la comprás de todas maneras?

La mayor parte de la gente desiste de comprar en el primer caso pero lo hace en el segundo. Es curioso. Si te ponés a pensar, las situaciones son idénticas y los resultados deberían ser similares. En el primero llevás tres papelitos que valen 300 pesos con la intención de ver en acción a un grupo que te gusta. Al llegar al lugar, sólo te quedan 200 pesos. Si te gastás 100 pesos en ingresar, ves el show y te quedás con otros 100 pesos para después. Y en el segundo… ¡es exactamente lo mismo!

Lo que pasa es que tu cerebro nuevamente asigna cada circunstancia a una caja mental diferente. Pagar 200 pesos por una entrada que vale 100 es un disparate, pero perder 100 pesos de nuestra cuenta de gastos generales parece mucho menos relevante.

Esto, que a cualquiera le puede resultar una simple curiosidad, para la economía es un reto. Las leyes económicas dicen que el dinero es fungible, es decir que los 20 pesos de uno y otro caso tienen el mismo poder de compra, y por lo tanto valen lo mismo. De hecho, cuando los uses nadie va a notar la diferencia de dónde los conseguiste. Pero, como vemos, las personas no siempre nos comportamos de acuerdo con estas leyes, y entonces aparecen diferencias entre ciencia y realidad.

La trampa de las cajas mentales no discrimina por nivel de conocimiento de la teoría económica. Una vez hablé de este tema en la radio, y al rato recibí un mensaje de Guillermo, un amigo que posee un doctorado en Economía en la prestigiosa London School of Economics and Political Science. Decía: “Me voy de viaje de trabajo esta semana. Me dieron tres veces más de lo que pensé que me iban a dar en concepto de viáticos no reintegrables”. Pensamiento instantáneo: Me gasto tutti. Pero en el fondo es plata, ¿no? ¿Por qué no guardarla? Porque está en la caja mental “Viene de arriba, así que vale todo...”

¿Qué pasa cuando una disciplina como la economía se basa en supuestos equivocados? Es evidente que llega a conclusiones también equivocadas. Por eso, para un economista no es fácil reconocer una particularidad central de su teoría: sus leyes fueron pensadas basándose en el supuesto de un hombre superior y racional al extremo. En otras palabras, así como la física mide fenómenos en las condiciones ideales y ficticias del vacío, la economía fue pensada a partir de un hombre irreal que actúa de acuerdo con principios estructurados y predecibles. Ahora tal vez podamos entender cómo un buen día del año 2002 el Premio Nobel de Economía quedó para… un psicólogo.

Que el israelí-estadounidense Daniel Kahneman recibiera, junto a Vernon Smith, semejante reconocimiento significó un empujón para bajar del pedestal al “Homo economicus”, un ser hipotético, egoísta, siempre frío y calculador a la hora de tomar decisiones. Kahneman fue un pionero en incorporar al análisis la posibilidad de que el hombre siga comportamientos aparentemente carentes de lógica.

A partir de ese momento, la economía se acercó todavía más a los maravillosos misterios del comportamiento humano. Tal vez lo más interesante de la influencia de los teóricos de la llamada “economía del comportamiento” es que ahora prestamos más atención a esas supuestas anomalías, o tenemos más elementos para explicarlas y predecirlas.

Nuestro cerebro nos juega algunas pasadas inexplicables. Una vez pinché una goma del auto y fui a una gomería con la idea de cambiarla por una nueva. La persona que me atendió me explicó que era mejor cambiarlas siempre de a pares y me sugirió que la reparara y la intercambiara por la de repuesto, que estaba en condiciones un poco mejores. Como si fuera una comedia, a los dos días apareció otro neumático pinchado. Estoy lejos de considerarme una persona zen, pero la situación no me puso fastidioso. Todo lo contrario: estaba aliviado porque iba a tener una excusa para comprar dos gomas nuevas y resolver el tema definitivamente. En otras palabras, gastar, en menos de una semana, una pequeña fortuna que no estaba en mis planes para poner el auto en condiciones me generó satisfacción. Como si el costo adicional de la última pinchadura se compensara con el hecho de eliminar de una de mis cajas mentales el inconveniente de estar pendiente de los neumáticos. Lo curioso es que podría haberlo hecho antes.

Ser consciente de estos trucos de la mente no sólo es importante para alterar en el sentido correcto algunas predicciones que la teoría económica suele hacer. También puede permitir que te liberes de la trampa y tomes tu decisión con más tranquilidad y menos cargo de conciencia.

Imaginate que sacaste un abono para tomar clases de tenis con un muy buen profesor. Te levantás a las 7 de la mañana y hace un frío polar. Mirás por la ventana y está nublado, hasta parece que va a llover en cualquier momento. ¿Qué hacés? ¿Vas a la clase o te quedás durmiendo bien tapado un rato más? Ahora imaginate la misma situación pero con la diferencia de que la clase de tenis te la ganaste en un sorteo del trabajo.

Está claro que en el segundo caso la mayoría de las personas se queda en casa. En cambio, muchos de aquellos que tuvieron que pagar la clase deciden salir al frío de muy mala gana con la posibilidad de arruinarse el día...

Quizás la pregunta adecuada para hacerte si estás en casa con calefacción y afuera hace un frío de locos es “¿cuánto estarías dispuesto a pagar por quedarte adentro y calentito?”. Si la cifra es igual o superior al costo de la clase, es mejor que te olvides de cómo la conseguiste. Es una buena forma de transformar lo que te parece una pérdida en una ganancia. Ojo, no estoy incentivando la pereza ni la falta de constancia. Si haber pagado es tu forma de comprometerte, adelante. Sólo te propongo que mires tus decisiones de formas alternativas, para que tu satisfacción no sea presa de una mera mala pasada de tu cerebro.

1.2. Cajas chicas, cajas grandes

Préstamos, negocios, riesgos y el rol de los bancos

Hace un tiempo, una prima se estaba mudando y me pidió que le guardara (y cuidara) 5.000 pesos que tenía ahorrados. Meses más tarde la encontré en una reunión familiar y me consultó si era una buena idea tomar un crédito personal de 3.000 pesos a doce meses para comprar una laptop. El diálogo que tuvimos ante algunos familiares fue más o menos el siguiente:

Yo: Acordate de que todavía tengo tus ahorros, y si sacás un crédito vas a pagar en intereses el equivalente al 70% anual.

Prima: Prefiero pagar intereses y dejar los ahorros por cualquier cosa.

Yo: Pero vas a pagar casi 1.000 pesos de intereses. Vas a pedir prestados 3.000 para devolver 4.000.

Prima: Entiendo, pero me siento más segura con el préstamo.

Yo: Hagamos lo siguiente: yo te presto al 20%.

Prima: Buenísimo. ¡Me voy a ahorrar un montón en intereses!

Yo: Te das cuenta de que te voy a prestar tus propios 3.000 pesos, ¿no?

Prima (piensa un segundo, después se ríe): Ah... Claro... Ahora entiendo cómo funcionan los bancos.

Todo este asunto no es algo que ocurra sólo en las familias. Cuando fui presidente del Banco Provincia, conocí grandes empresas que tenían un plazo fijo y lo ponían en garantía para tomar un crédito. Igual que mi prima, los gerentes financieros de estas grandes empresas le estaban dando al banco ahorros por los que recibían intereses pequeños, y pidiéndole a su vez préstamos por los que pagaban intereses elevados.

Una explicación posible es que en muchas personas la caja mental “Crédito” va por un camino separado de la caja “Ahorro” o “Inversión”. Con esto no quiero decir que endeudarse esté mal; a veces endeudarse es conveniente. Lo que quiero decir es que hay que estar atentos a las cajas mentales, para que no nos hagan cometer errores.

Hablando de bancos, quizás podamos analizar un poco el rol del sistema financiero. No sé si es tu caso, pero hay mucha gente, casi todos menos los banqueros, que detesta a los bancos. Tal vez porque a veces cobran tasas de interés demasiado altas, o porque cuando vamos a pagar un servicio nos topamos con una cola interminable, o porque en alguna crisis no devolvieron los ahorros. Sin embargo, y aunque duela aceptarlo, los bancos cumplen un papel muy importante en la economía.

Supongamos que mi sueldo es de 5.000 pesos y todos los meses me sobran 500 pesos, que ahorro en una alcancía. Y que como yo hay muchas personas.

Ahora imaginate que hay una pequeña fábrica que quiere comprar una máquina que cuesta 5.000 pesos. Pero esta empresa no tiene hoy el dinero y necesita que alguien se lo preste.

Si viviésemos en una pequeña comunidad donde todos se conocen, probablemente podríamos organizarnos y entre varios le prestaríamos los fondos a la empresa a cambio de un interés. Pero la realidad es diferente: no vivimos en una pequeña comunidad y las personas que tienen excedentes no necesariamente saben evaluar la capacidad de repago de una pyme o de una persona que va a endeudarse. Y quienes necesitan el dinero no pueden identificar fácilmente a los que se lo podrían facilitar. Para eso hay especialistas; para eso están los bancos. Los bancos son intermediarios financieros que sirven de enlace entre los que tienen más dinero del que usan y aquellos que necesitan más dinero del que tienen.

En definitiva, las personas con excedentes pueden invertirlos en un depósito bancario a cambio de un interés (conocido como tasa pasiva) y aquellos que requieren fondos pueden también recurrir al banco para tomar un préstamo pagando intereses (en este caso conocido como tasa activa).

El problema es que los bancos no son entidades benéficas, sino que funcionan como cualquier negocio: quieren ganar dinero. Entonces el interés que le cobran al tomador de un préstamo va a ser mayor que el que le pagan al ahorrista por sus depósitos. Y con la diferencia entre la tasa activa y la tasa pasiva los bancos pagan sueldos, alquileres y el teléfono, entre otras cosas, y les sobra, generalmente, como para que sus dueños pasen unas (cuantas) lindas vacaciones en Europa con sus familias.

Supongamos que tenés una muy buena idea para producir algo novedoso que la gente querría comprar. Sin crédito bancario, tendrías que ahorrar o ver si algún conocido te presta el dinero para llevar adelante tu proyecto. Éste sería más pequeño de lo que te gustaría, y el producto probablemente sería más caro, porque lo harías en menores cantidades.

Si los bancos te prestaran a tasas razonables, podrías empezar con una escala mucho mayor y todos saldrían ganando. La gente, porque al haber más unidades de tu producto éste sería más barato; vos, porque venderías más y ganarías más dinero; el banco, porque haría una diferencia con el préstamo; y los ahorristas, porque los bancos podrían pagarles más por sus depósitos. Como ves, el crédito es para la economía como la sangre que fluye mejor y con más oxígeno dentro de un cuerpo. Si funciona bien, hace que todo se desarrolle mejor.

Los bancos son también un negocio muy particular porque, al revés que el resto, su negocio está primordialmente basado en dinero que no es propio sino de los depositantes. Es por eso que, a diferencia de, por ejemplo, un kiosco, son regulados y controlados por alguien. Ese alguien es el Banco Central, y su rol supervisor es vital porque, al prestar gran parte de los depósitos, los bancos no tienen en cada momento todo el dinero de sus depositantes sino sólo una parte del total. Por este motivo cuando hay pánico y todos corren al mismo tiempo a retirar sus ahorros, los bancos no pueden devolverlos.

Esta explicación no debería generarte temor. Así funcionan en todos lados, aunque a los argentinos las experiencias pasadas nos lleven a desconfiar. Hay un conocido conductor de televisión que cierta vez fue a Miami y pidió que le dejaran ver todos sus ahorros. El gerente se extrañó mucho, pero ante la insistencia no tuvo más remedio que ir a la bóveda general de la entidad, juntar una cantidad de dinero equivalente al depósito en cuestión y mostrársela.

En un mundo perfecto los bancos compiten mucho entre sí, lo cual hace que sean baratos; y como están bien controlados, no entrañan riesgos. Imaginate que para darte un crédito los bancos se pelearan como los supermercados con las ofertas. Lamentablemente, rara vez es así. A veces abusan de la falta de conocimiento de la gente y de la prescindencia del regulador para cobrar en exceso. Quizás te destratan aprovechando que no existen demasiadas alternativas. Otras veces las crisis hacen que no puedan devolverte tus ahorros. Y otras se enceguecen tanto con obtener ganancias que terminan generando grandes descalabros, como en la actual crisis financiera mundial.

Lo importante es que los bancos no son malos en sí mismos. Bien administrados y bien controlados, deberían ser un motor fundamental del crecimiento económico de un país, aunque hoy por hoy ocupen mucho más lugar en la caja mental que lleva la etiqueta “Crisis” que en la que dice “Desarrollo”.

1.3. Ilusión monetaria

¿Qué valor le asignamos al dinero?

Ganás un sorteo realizado por un importantísimo banco. Para el premio podés optar entre cobrar 200 pesos hoy o 250 en un mes. Es muy probable que no me equivoque si arriesgo que elegirías los 200 hoy, ¿no? Ahora te cambio un detalle. ¿Qué pasa si las alternativas consisten en 200 en seis meses o 250 en siete? Si cambiaste de opinión y ahora optaste por los 250 deberías tener en cuenta que dentro de medio año la decisión a tomar será exactamente igual a la del primer caso, y aun así habrás elegido lo contrario.

No es fácil hacer comparaciones a futuro. Y encima hay contextos que confunden más, como cuando hay inflación a ...