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EL ABSOLUTO

Daniel Guebel  

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Fragmento

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Unos meses antes de celebrarse el centésimo aniversario de sus nacimientos, el Círculo Scriabiniano-Deliuskiano de Buenos Aires encargó a Américo Rabbione (artista más prolífico que talentoso) la realización de una escultura en homenaje a mi tío y a mi padre. El día de la inauguración me sorprendió la brevedad del lienzo que la cubría: de acuerdo al proyecto original, entre la base de mármol negro y las cabezas de bronce debía existir una distancia de ocho metros. El resultado final habría hecho sonreír a mi padre. “La mayoría de los aficionados creen que la música terminó con Wagner”, me dijo cierta vez. Cuando el vicepresidente del Círculo pegó el tirón al manto para descubrir la estatua que juntaba a los hermanos, vi un aleteo blanco, el brillo mortecino de la placa recordatoria y la opacidad de las dos toscas figuras fundidas en un abrazo de bloques de cemento encofrado.

“Si ese mamarracho cubista los representa”, pensé, “ya no existe diferencia entre el homenaje y el insulto”.

A la semana, los graciosos anónimos de siempre habían mejorado el monumento con una serie de leyendas y decoraciones multicolores pintadas con aerosol —frases puercas, flores ágrafas, estrellas polimorfas. Y como habían arrancado la placa para venderla por su valor en peso, ahora ya no hay signo que exalte las obras y las vidas de Alexander Scriabin y de Sebastián Deliuskin.

No voy a entrar por el momento en el tema de la diferencia del apellido. De Alexander Scriabin, mi tío, quizá más que de cualquier otro músico, puede decirse que durante la primera mitad de su vida buscó el mundo. Realizó extensos viajes, vivió de manera a veces audaz, otras atolondrada; si en esa primera mitad su espíritu fue expansivo y derivativo, en la segunda, la final, en un movimiento sólo aparentemente contradictorio pero de pareja intensidad, y con el mundo ya encontrado, buscó transformarlo mediante sus propios recursos; en esa tarea, de manera dramática y desesperada, concibió primero el elemento precursor de la transformación total (el acorde místico), y luego, con su célebre composición Mysterium, intentó poner toda su potencia en funcionamiento hasta transformar el rumbo del Universo entero. De Sebastián Deliuskin, mi padre, puede decirse que aun cuando vivió a la distancia (y a la sombra) de aquella explosión musical, debido a un cúmulo de circunstancias inesperadas tuvo que pasar el resto de su existencia tratando de recuperar los restos, girando en los vientos de la dispersión, juntando las piezas de la hecatombe. No es excepcional que esto les sucediera a uno y otro, ni que la deflagración asumiera un estilo particular. Alexander Scriabin falleció demasiado temprano y estaba demasiado lejos de nosotros como para que pudiéramos hacer algo por él; yo era apenas una niña. En cuanto a mi padre, los médicos que consulté hablaron de un proceso neurofisiológico que produce efectos degenerativos en las células del cerebro; cinco siglos atrás, curanderos y sacerdotes habrían recurrido al argumento de la posesión diabólica.

La explicación es más simple: en nuestra familia de locos pagamos el precio de la demencia para ascender a los cielos del genio.

Si uno remonta el árbol genealógico de las caracteropatías, antes de llegar al Adán común se encuentra con nuestro verdadero precursor, mi tatarabuelo Frantisek Deliuskin. Su padre, Vladimir, típico representante del espíritu aventurero que hace un par de siglos distinguía al alma rusa, fue un comerciante de cueros de reno que vio la oportunidad de hacer fortuna, cambió de rubro y se puso a trabajar para los distintos Museos de la Europa civilizada, vendiéndoles esqueletos de mamut que obtenía mediante el simple expediente de arrojar cargas de dinamita al fondo de los lagos de la estepa siberiana (desde el Baikal hasta el Kosovskoye). La violencia de la explosión desprendía del lecho rocoso los bloques de hielo antiguo en los que se conservan estas bestias prehistóricas, de modo que una serie de intentos bien concertados arrojaba por resultado la emersión de dos, tres y hasta cinco masas con su contenido intacto; después, sin temer la posible venganza que pudiera desprenderse de la alteración del reposo de aquellos monstruos que se traslucían bajo el hielo azul centelleante (un ojo trémulo temblando en la agonía, un colmillo de más de cinco metros, los pelos erizados), Vladimir “pescaba” los grandes bloques con arpones, gracias a un ingenioso sistema de palancas, sogas y poleas los arrastraba hasta la orilla, dejaba que la base del hielo se solidificara de nuevo sobre la superficie del lago, y luego procedía a picar aquellos icebergs con carozo; tenía una ventaja sobre cualquier escultor (o sobre cualquier artista verdadero), y era que en su objeto la forma venía dada de antemano. Una vez que el mamut congelado perdía su envoltorio, Vladimir lo descarnaba hasta llegar al hueso. Por supuesto, ese método de obtención de osamentas destrozó más mamuts de los que rescató para la ciencia. Pero eran épocas de abundancia y a nadie le importaba el derroche…

En su momento, el padre trató de interesar al hijo en las técnicas de la paleontología subacuática; fue inútil. A Frantisek el tiempo no se le pasaba nunca durante aquellas excursiones, el paisaje le parecía de una monotonía infinita, una extensión carente de delicadeza, los pies se le enfriaban y un mamut era un mamut era un mamut, aunque surgiera repentinamente de entre las aguas como un borbotón ebrio, una tambaleante diadema de belleza helada. Permanecía ausente, azotando ociosamente el látigo de cuero trenzado (knutt) que por motivos de elegancia llevaba contra la pernera del pantalón, estornudaba, imploraba por una gripe salvadora, soñaba con huir a cálidos países lejanos.

Cuando Vladimir llegó a la desdichada conclusión de que su heredero no estaba hecho para el comercio ni para la pesca en profundidades, le compró unas verstas de campo en las cercanías de Vladivostok, a las que sólo se accedía navegando Vístula arriba y adentrándose luego en el brazo retorcido de un río tributario. ¿Qué había allí? Mujiks, territorio selvático, plantaciones de naranjas, ganado vacuno. El lugar estaba ocupado desde hacía más de cien años por una tribu de gitanos, los más negruzcos entre los hindúes. La temperatura corporal promedio de esta población —superior en más de un grado y medio a la del resto de la humanidad— había generado un microclima, una especie de refugio subtropical. Frantisek inmediatamente sucumbió al hechizo del entorno. En lugar de cuidar de sus intereses consagró el tiempo a la lectura, a la contemplación de la naturaleza y a pasear en bote con los gitanos, que le adivinaban gratis la suerte o le robaban descaradamente, de acuerdo a las variaciones de ánimo. A veces pasaba las noches en las tiendas de esos amigos, escuchando sus melopeas y presenciando sus bailes. En ocasiones remontaban el río siguiendo a los salmones. Lánguidamente, desidiosamente, el nuevo propietario dejó que sus cosechas de naranjas se pudrieran en los árboles y se esparcieran sobre la tierra. El resplandor de las frutas se divisaba a la distancia, como fosforescencia de fantasmas. Durante un tiempo escandalizó a los popes de la Iglesia Ortodoxa de Irkutsk (el poblado cercano a su propiedad) cantando en el coro de una sinagoga, excitado por la visión de las curvas de las askenazis ocultas tras ropas amplias.

Por entonces, las sucesivas derrotas de los ejércitos de Rusia a manos de algunos de los enemigos históricos del país arruinaron la cotización internacional del rublo; como Vladimir cobraba la exportación de esqueletos antediluvianos en monedas europeas de valor constante, enriqueció de la noche a la mañana. Frantisek vio su oportunidad; seis meses antes había conocido a Volodia Dutchansky, un organista que pasaba por una situación económica desesperada. Inicialmente, menos por interés que por piedad, lo contrató para que le impartiera nociones elementales de contrapunto y armonía. En un mes aprendió todo lo que Volodia podía enseñarle, y luego de otro habría podido darle clases a su maestro. Para interrumpir esa actividad que ya se le antojaba superflua, asignó un sueldo al organista a cambio de que se desempeñara como remero de su barca. Además, le dictó una carta dirigida a su padre y en la que con la firma del otro ponía por las nubes sus propias virtudes musicales (“El universo no ha asistido a una eclosión de talento semejante desde los tiempos de Bach, Pachelbel, Haydn y Albinoni”, etcétera), con el propósito de obtener un estipendio lo bastante generoso para poder dedicarse a la música sin preocupaciones de orden terreno.

El artilugio dio resultado. Vladimir, sorprendido por esa exaltación repentina de los méritos de un hijo que siempre le había parecido un inútil y cuyo futuro se le antojaba incierto, sintió que por sus venas circulaba renovado el orgullo de la sangre y se ocupó de asignarle una renta anual.

En honor a mi tatarabuelo, hay que decir que durante un tiempo se abocó a estudiar el arte de la composición, y hasta ocupó el puesto de maestro de música en la escuela de niñas de Irkutsk. Rápidamente se convirtió en una pieza preciosa en el complejo ajedrez de las relaciones sociales del poblado; se lo disputaban los hacendados rurales del lugar, buscaban convencerlo de que brindara lecciones de armonio a sus esposas. Esa intención, risible en sujetos que apenas podían cantar “Volga Volga”, se explica por la equívoca ilusión de ascenso social que proporciona el ejercicio del arte. Y como estos kulaks querían refinarse sin esfuerzo, a todos se les había ocurrido que esa tarea les correspondía a sus mujeres; como es lógico, en la concepción de esa idea —un fenómeno colectivo— habían colaborado las propias interesadas. “A todos nos encantaba este modesto joven tan bien educado. Mi marido se convenció muy pronto de su virtuosismo”, lo recomienda a su amiga una de las primeras y más agraciadas alumnas de Frantisek. Y agrega: “…especialmente por la calidad cromática de sus improvisaciones, que parecían violar las leyes conocidas de la armonía. Recuerdo que yo me quedaba en trance cuando el maestro tocaba, a menudo no podía menos que pensar: ‘lleva la música en el alma’”.

Las clases de Frantisek fueron un éxito; sobre todo de alcoba. En el cotejo entre el sueño y la realidad de estas mujeres (el sueño era el “modesto joven bien educado”, un precursor de Chopin de largos dedos delicados y entrenados para el deleite, y la realidad los agitados y breves embates fronto ventrales o decúbito dorsales que ofrecían sus gordos maridos de barbas grasientas), el segundo término de la comparación se desvanecía irreparablemente.

El suceso de Frantisek, su arrebatadora apoteosis sexual —que él había esperado menos que nadie—, no fue, como lo cantaran tantas deliciosas páginas de la literatura rusa, un suceso frívolo que culminó de manera trágica (coito, desafío, duelo, disparo). La discreción de las damas irkutskianas hizo su parte, por lo que no hubo que lamentar desgracia alguna. La carrera de amante clandestino equivalió para Frantisek a un breve despertar. Necio es aquel que postula en el juego de la carne una satisfacción del deseo y no su incremento. Aunque desde el momento mismo de su debut en esos menesteres mi tatarabuelo había demostrado un talento, una versatilidad, una resistencia, una fogosidad y una capacidad de recuperación que superaban largamente el promedio, lo cierto es que su entrega al goce de estas aventuras clandestinas no estaba determinado por el

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