Loading...

EL AMOR MOLESTO

Elena Ferrante  

0


Fragmento

1

Mi madre se ahogó la noche del 23 de mayo, día de mi cumpleaños, en el trecho de mar frente a la localidad que llaman Spaccavento, a pocos kilómetros de Minturno. Justamente en esa zona, a finales de los años cincuenta, cuando mi padre todavía vivía con nosotras, en verano alquilábamos un cuarto en una casa de campesinos y pasábamos el mes de julio durmiendo cinco en unos pocos metros cuadrados mareados de calor. Todas las mañanas las chicas tomábamos un huevo fresco, cortábamos hacia el mar entre cañas altas por caminos de tierra y arena e íbamos a bañarnos. La noche que murió mi madre la propietaria de aquella casa, que se llamaba Rosa y ya tenía más de setenta años, oyó llamar a la puerta pero no abrió por miedo a los ladrones y asesinos.

Mi madre había tomado el tren para Roma dos días antes, el 21 de mayo, pero nunca llegó. En la última época venía a pasar unos días conmigo por lo menos una vez al mes. No estaba contenta de tenerla en casa. Se despertaba al alba y, según su costumbre, limpiaba de arriba abajo la cocina y la sala de estar. Trataba de volver a dormirme, pero no lo lograba: rígida entre las sábanas, tenía la impresión de que con su ajetreo transformaba mi cuerpo en el de una niña con arrugas. Cuando llegaba con el café, me acurrucaba a un lado para que no me rozara al sentarse en el borde de la cama. Su sociabilidad me fastidiaba: salía a hacer la compra y se familiarizaba con los comerciantes con los que yo, en diez años, no había cambiado más de dos palabras; iba a pasear por la ciudad con sus conocidos ocasionales; se hacía amiga de mis amigos, a los que les contaba las historias de su vida, siempre las mismas. Con ella yo solo sabía ser contenida y poco sincera.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Se volvía a Nápoles a mi primera muestra de impaciencia. Recogía sus cosas, daba un último repaso a la casa y prometía volver pronto. Yo andaba por las habitaciones reacomodando según mi gusto todo lo que ella había acomodado según el suyo. Volvía a poner el salero en el compartimiento donde lo tenía desde hacía años, devolvía el detergente al lugar que siempre me había parecido conveniente, deshacía su orden en mis cajones, devolvía el caos al cuarto donde trabajaba. También el olor de su presencia —un perfume que dejaba en la casa una sensación de inquietud—, al cabo de poco tiempo pasaba, como en verano el olor de una lluvia de breve duración.

A menudo sucedía que perdía el tren. En general, llegaba con el siguiente o directamente un día después, pero yo no lograba acostumbrarme y me volvía a preocupar. Le telefoneaba ansiosa. Cuando finalmente oía su voz, le reprochaba con cierta dureza: «¿Cómo es que no has cogido el tren, por qué no me has avisado?». Ella se justificaba sin demasiado interés, preguntándose divertida qué me imaginaba que podía sucederle a su edad. «Todo», le contestaba. Siempre imaginaba una trama de acechanzas tejida a propósito para hacerla desaparecer del mundo. Cuando era pequeña pasaba el tiempo de sus ausencias esperándola en la cocina, tras los cristales de la ventana. Anhelaba que reapareciera al fondo de la calle, como una figura en una esfera de cristal. Respiraba contra el cristal, empañándolo, para no ver la calle sin ella. Si tardaba, la ansiedad se hacía tan incontenible que se desbordaba en estremecimientos de mi cuerpo. Entonces escapaba a un desván sin ventanas y sin luz eléctrica, justo al lado del cuarto de ella y de mi padre. Cerraba la puerta y me quedaba en la oscuridad, llorando en silencio. Ese cuartito era un antídoto eficaz. Me inspiraba un terror que frenaba el ansia por la suerte de mi madre. En la oscuridad intensa, asfixiada por el DDT, era agredida por formas coloreadas que durante unos pocos segundos me lamían las pupilas y me dejaban sin aliento. «Cuando vuelvas, te mataré», pensaba, como si hubiera sido ella la que me hubiese encerrado allí. Luego, apenas sentía su voz en el corredor, me escurría fuera, deprisa, para ir a dar vueltas a su alrededor con indiferencia. Volví a acordarme de ese cuartito cuando me di cuenta de que había partido como de costumbre, pero nunca había llegado.

Por la noche recibí la primera llamada. Mi madre me dijo con tono tranquilo que no podía contarme nada: con ella estaba un hombre que se lo impedía. Luego se puso a reír y colgó. En un primer momento, prevaleció en mí el estupor. Pensé que quería bromear y me resigné a esperar una segunda llamada. En realidad, dejé pasar las horas en conjeturas, sentada inútilmente al lado del teléfono. Solo después de medianoche me dirigí a un amigo policía; fue muy amable: me dijo que no me inquietara, que él se ocuparía. Pero pasó la noche sin que se tuvieran noticias de mi madre. Lo único cierto era su partida: la viuda De Riso, una mujer sola de su misma edad, con quien desde hacía quince años alternaba períodos de buena vecindad con otros de enemistad, me dijo por teléfono que la había acompañado a la estación. Mientras hacía cola para sacar el billete, la viuda le había comprado una botella de agua mineral y una revista. El tren estaba lleno, pero de todos modos mi madre había encontrado un lugar al lado de la ventanilla en un compartimiento atestado de militares con permiso. Se habían despedido, recomendándose mutuamente tener cuidado. ¿Cómo iba vestida? Como de costumbre, con ropa que tenía desde hacía años: falda y chaqueta azul, un bolso de piel negra, zapatos viejos de medio tacón, una maleta gastada.

A las siete de la mañana mi madre llamó de nuevo. Aunque yo la acosé a preguntas («¿Dónde estás?» «¿Desde dónde llamas?» «¿Con quién estás?»), se limitó a soltarme en voz muy alta, desgranándolas con gusto, una serie de expresiones obscenas en dialecto. Luego colgó. Esas obscenidades me causaron una desordenada regresión. Volví a llamar a mi amigo y lo asombré con una confusa mezcla de italiano y de expresiones dialectales. Quería saber si mi madre estaba especialmente deprimida últimamente. Lo ignoraba. Admití que ya no estaba como antes, tranquila, pacíficamente divertida. Reía sin motivo, hablaba demasiado; pero las personas ancianas a menudo hacen eso. También mi amigo estuvo de acuerdo: era muy común que los viejos, con los primeros calores, hicieran cosas raras; no había que preocuparse. Yo, en cambio, seguí preocupándome, y recorrí de punta a punta la ciudad buscando sobre todo en aquellos lugares por donde sabía que le gustaba pasear.

La tercera llamada llegó a las diez de la noche. Mi madre habló confusamente de un hombre que la seguía para llevársela envuelta en una alfombra. Me pidió que corriera a ayudarla. Le supliqué que me dijera dónde estaba. Cambió de tono, y me contestó que era mejor que no. «Enciérrate, no abras a nadie», me pidió. Aquel hombre también quería hacerme daño a mí. Luego agregó: «Ve a dormir. Ahora voy a bañarme». No supe nada más.

Al día siguiente dos chicos vieron su cuerpo flotando a pocos metros de la orilla. Llevaba solo el sujetador. No se encontró la maleta. No se encontró el traje chaqueta azul. Tampoco se encontraron la ropa interior, las medias, los zapatos ni el bolso con los documentos. Pero tenía en el dedo el anillo de compromiso y la alianza. En las orejas llevaba unos pendientes que mi padre le había regalado medio siglo antes.

Vi el cuerpo, y frente a aquel objeto lívido sentí que tal vez debía aferrarme a él para no terminar quién sabe dónde. No había sido violada. Presentaba solo algunas equimosis, debidas a las olas, por otra parte suaves, que la habían empujado durante toda la noche contra algunos escollos a flor de agua. Me pareció que alrededor de los ojos tenía restos de un maquillaje que debía de haber sido muy marcado. Observé largamente, con desagrado, sus piernas oliváceas, extraordinariamente jóvenes para una mujer de sesenta y tres años. Con el mismo desagrado me di cuenta de que el sujetador estaba lejos de ser uno de aquellos gastados que acostumbraba a usar. Las copas eran de un encaje finamente trabajado y dejaban ver los pezones. Estaban unidas entre sí por tres V bordadas, marca de una tienda napolitana de costosa lencería femenina, la de las hermanas Vossi. Cuando me lo devolvieron, junto con sus pendientes y sus anillos, lo olfateé largamente. Tenía el olor penetrante de la tela nueva.

2

Durante el entierro me sorprendí pensando que, finalmente, ya no tenía la obligación de preocuparme por ella. Después advertí un flujo tibio y me sentí mojada entre las piernas.

Estaba a la cabeza del cortejo de parientes, amigos y conocidos. Mis dos hermanas se apretaban a mis lados. Sostenía a una del brazo porque temía que se desvaneciera. La otra se aferraba a mí como si los ojos, demasiado hinchados, le impidieran ver. Aquel flujo involuntario del cuerpo me espantó como la amenaza de un castigo. No había logrado verter una lágrima: no habían aflorado o tal vez no había querido que afloraran. Además, había sido la única en desperdiciar algunas palabras para justificar a mi padre, que no había mandado flores ni asistido al entierro. Mis hermanas no me habían ocultado su desaprobación y parecían empeñadas en demostrar públicamente que tenían lágrimas suficientes para llorar también las que ni yo ni mi padre vertíamos. Me sentía acusada. Cuando, durante un trecho, flanqueó el cortejo un hombre de color que llevaba al hombro ciertas pinturas montadas en un bastidor, la primera de las cuales (visible sobre su espalda) representaba toscamente a una gitana poco vestida, esperé que ni ellas ni los parientes se dieran cuenta. El autor de aquellos cuadros era mi padre. Tal vez en aquel momento estaba trabajando en sus telas. Seguía haciendo copia tras copia de aquella gitana odiosa, vendida por las calles y las ferias de provincia durante años, obedeciendo, como siempre, por algunas liras, al encargo de feos cuadritos de vacaciones pequeñoburguesas. La ironía de las líneas que enlazan tanto los encuentros como las separaciones y los viejos rencores, había enviado al entierro de mi madre, no a él, sino su pintura elemental, detestada por nosotras, sus hijas, más de lo que detestábamos a su autor.

Me sentía cansada de todo. Desde que había llegado a la ciudad no había parado. Durante días había acompañado a mi tío Filippo, el hermano de mi madre, a través del caos de los despachos, entre pequeños mediadores capaces de agilizar el procedimiento burocrático de los expedientes o comprobando por nosotros mismos, después de largas colas en las ventanillas, la buena disposición de los empleados para superar obstáculos insalvables a cambio de sustanciosas propinas. A veces mi tío había logrado obtener algún efecto ostentando la manga vacía de la chaqueta. Había perdido el brazo derecho en edad avanzada, a los cincuenta y seis años, trabajando en el torno en un taller de la periferia, y desde entonces usaba aquella invalidez para pedir favores, o para augurar a quien se los negaba su misma desgracia. Pero los mejores resultados los había obtenido desembolsando mucho dinero extra. De ese modo nos habíamos procurado los documentos necesarios, las autorizaciones de no sé cuántas autoridades competentes verdaderas o inventadas, un entierro de primera clase y, lo más difícil, un lugar en el cementerio.

Mientras tanto, el cuerpo muerto de Amalia, mi madre, descuartizado por la autopsia, se había vuelto cada vez más pesado a fuerza de arrastrarlo con nombre y apellido, fecha de nacimiento y fecha de defunción, delante de empleados a veces descorteses y a veces insinuantes. Sentía la urgencia de desembarazarme de él y, sin embargo, aún no suficientemente agotada, había querido llevar el ataúd a hombros. Me lo concedieron con renuencia: las mujeres no llevan ataúdes a hombros. Fue una pésima idea. Como los que transportaban el cajón conmigo (un primo y mis dos cuñados) eran más altos, durante todo el recorrido temí que la madera se me clavase entre la clavícula y el cuello junto con el cuerpo que contenía. Cuando depositamos el ataúd en el coche y este se puso en marcha, habían bastado algunos pasos y un alivio cul ...