Loading...

EL AñO EN QUE TE CONOCí

Cecelia Ahern  

0


Fragmento

Contenido

INVIERNO

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

PRIMAVERA

14

15

16

17

18

19

VERANO

20

21

22

23

24

25

26

OTOÑO

27

28

Agradecimientos

Para mi amiga Lucy Stack.
Justo cuando la oruga creyó que el mundo terminaba,
se convirtió en mariposa...

Nuestra mayor gloria no reside en no caer nunca, sino en levantarnos cada vez que caemos.

CONFUCIO

INVIERNO

La estación intermedia entre el otoño y la primavera, que en el hemisferio norte comprende los meses más fríos del año: diciembre, enero y febrero.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Temporada de inactividad o decadencia.

1

Tenía cinco años cuando me enteré de que iba a morir.

No se me había ocurrido pensar que no viviría para siempre. ¿Por qué iba a pensarlo? El tema de mi muerte nunca se había mencionado, ni siquiera de paso.

Mi conocimiento de la muerte no era escaso; los peces de colores morían, lo había aprendido de primera mano. Si no los alimentabas, morían, y también morían si les dabas demasiada comida. Los perros morían cuando se echaban a correr delante de los coches; los ratones morían cuando los tentaba el chocolate HobNobs que poníamos en la ratonera de nuestro guardarropa, debajo de la escalera; los conejos morían cuando escapaban de sus conejeras y eran presa de zorros malvados. Descubrir sus muertes no suponía un motivo de alarma para mí; aun teniendo cinco años sabía que eran animales peludos que hacían tonterías, cosa que yo no tenía intención de hacer.

Por eso me perturbó tanto enterarme de que la muerte también me encontraría a mí.

Según mi fuente, si la suerte me sonreía, la razón de mi muerte sería exactamente igual que la de mi abuelo. De vieja. Oliendo a tabaco de pipa y a pedos, con bolitas de pañuelo de papel pegadas al bigote incipiente de tanto sonarse la nariz; rayas negras de mugre debajo de las uñas por trabajar en el jardín; los ojos amarillentos que me recordaban la canica de la colección de mi tío que mi hermana solía chupar hasta que se la tragaba, haciendo que papá fuese corriendo a rodearle la barriga con los brazos y estrujarla hasta que la escupía. De viejo. Con pantalones marrones subidos por encima de la cintura hasta su abultado pecho, que parecía el de una mujer, dejando a la vista una panza fofa y los estrujados testículos a un lado de la costura de los pantalones. De viejo. No, no quería morir como había muerto el abuelo, pero, según me reveló mi fuente, morir de vieja era lo mejor que podía pasarme.

Supe de mi muerte inminente por boca de mi primo mayor, Kevin, el día del funeral del abuelo mientras estábamos sentados en la hierba al fondo de su alargado jardín, con sendos vasos de limonada en la mano, tan lejos como podíamos estar de nuestros afligidos parientes, que parecían escarabajos peloteros en lo que al parecer era el día más caluroso del año.

La hierba estaba cubierta de dientes de león y margaritas y era mucho más alta de lo habitual, pues la enfermedad había impedido que durante sus últimas semanas de vida el abuelo mimara el jardín. Recuerdo que sentí pena por él, poniéndome a la defensiva, porque, con tantos días como había para mostrar su hermoso jardín trasero a los vecinos y amigos, aquel día no presentaba el grado de perfección al que el abuelo aspiraba. Poco le habría importado no estar presente. No le gustaba mucho hablar, pero al menos se habría encargado de ofrecer una espléndida presentación y después se habría esfumado para escuchar los elogios desde algún rincón, lejos de todos, tal vez en el piso de arriba con la ventana abierta. Habría fingido que le tenían sin cuidado los halagos, pero no sería verdad, y en el rostro luciría una sonrisa de satisfacción a juego con las rodillas manchadas de hierba y las uñas negras. Alguien, una señora anciana que apretaba con fuerza las cuentas de un rosario, dijo que sentía su presencia en el jardín, pero yo no la percibía. Estaba segura de que el abuelo no se encontraba allí. Le habría molestado tanto el aspecto de su jardín que no lo habría soportado.

La abuela rompía los silencios con frases como «Sus girasoles florecen de maravilla, Dios lo tenga en su gloria» o «No llegó a ver sus petunias en flor». A lo que el sabelotodo de mi primo Kevin respondía mascullando: «Sí, ahora su cuerpo sirve para abonarlas.»

Todos reían por lo bajo; todo el mundo se reía siempre de las cosas que decía Kevin, porque Kevin era guay, porque Kevin era el mayor, me llevaba cinco años y con sus estupendos diez decía cosas malvadas y crueles que ninguno de los demás nos atrevíamos a decir. Aunque no lo encontráramos divertido nos constaba que más valía reír, porque de lo contrario no tardaría en convertirnos en blanco de su crueldad, que fue lo que hizo conmigo aquel día. En aquella ocasión excepcional no me pareció divertido que el cuerpo del abuelo estuviera bajo tierra, ayudando a crecer a sus petunias, y tampoco me pareció una señal de crueldad. Vi una especie de belleza en esa imagen, una plenitud y justicia encantadoras. Aquello era exactamente lo que más le habría gustado al abuelo, ahora que sus dedos, largos y gruesos como salchichas, ya no podían contribuir a la floración del hermoso jardín que constituía el centro de su universo.

Fue el amor del abuelo por la jardinería la razón de que me pusieran de nombre Jasmine. Fue lo que le llevó a mi madre cuando la visitó en el hospital el día que nací: un ramo de flores arrancadas del emparrado que él mismo había hecho y pintado de rojo y que cubría la sombría fachada posterior, envueltas con papel de periódico y cordel marrón, con la tinta del críptico crucigrama a medio terminar del Irish Times corrida por el agua de lluvia que cubría los tallos. No se trataba del jazmín de verano que todos hemos olido en carísimas velas perfumadas y ambientadores sofisticados; yo era un bebé nacido en invierno y, por lo tanto, los jazmines de invierno, con sus pequeñas flores amarillas semejantes a estrellas, abundaban en su jardín para ayudar a alegrar la apagada y gris estación. No creo que el abuelo pensase en la trascendencia del gesto, como tampoco creo que se sintiera especialmente honrado con el homenaje que mi madre le rindió al ponerme el nombre de la flor que le había regalado. Me parece que él encontraba raro que llamaran así a una niña, pues se trataba de un nombre que no designaba a una persona, sino cosas naturales que había en su jardín, pero no a una persona. Con un nombre como el de Adalbert, santo que fue misionero en Irlanda, y siendo su segundo nombre Mary, no estaba acostumbrado a los nombres que no figuraban en la Biblia. El invierno anterior había llevado brezo a mi madre cuando mi hermana nació, así que se llamó Heather.1 No fue más que un sencillo regalo por el nacimiento de mi hermana, pero hace que me pregunte las intenciones que tuvo el abuelo a propósito de mi nombre. Cuando lo investigué, descubrí que el jazmín de invierno es pariente directo del brezo que florece en invierno, otra planta que aporta color a los jardines invernales. No sé si se debe a él o a su manera de ser, pero, por lo general, siempre he esperado que las personas silenciosas tuvieran una magia y una sabiduría de las que carece la gente menos reservada; que su no decir algo signifique que por su cabeza discurren pensamientos más importantes. Quizá su aparente simplicidad no deje traslucir un mosaico secreto de pensamientos extravagantes y, entre ellos, el de que mi abuelo quisiera que me llamase Jasmine.

De nuevo en el jardín, Kevin tomó por desaprobación el que no me riera con su chiste macabro, y no había cosa que le disgustara o temiera más, de ahí que volviera su mirada de loco hacia mí y dijese:

—Tú también morirás, Jasmine.

Sentada en un corro de seis niños, de los que yo era la más pequeña, con mi hermana girando sobre sí misma a pocos metros y gozando como una posesa al marearse y caer, con una cadeneta de margaritas en el tobillo y un nudo tan enorme en la garganta que no sabía si me había tragado un abejorro gigante de los que revoloteaban en el arriate de flores que teníamos al lado, intenté asimilar el hecho de mi futuro fallecimiento. Los demás habían quedado pasmados ante las palabras de Kevin, pero en lugar de salir en mi defensa y negar aquel espantoso anuncio premonitorio, me miraron fijamente con tristeza y asintieron. «Sí, es verdad —convinieron con aquella mirada—. Vas a morir, Jasmine.»

Aprovechando mi prolongado silencio, Kevin entró en detalles, hurgando más en la herida. No solo moriría, sino que antes tendría cada mes, durante el resto de mi vida, una cosa que se llamaba periodo, que me causaría dolores y sufrimientos espantosos. Entonces aprendí cómo se hacían los bebés, gracias a una explicación bastante exhaustiva que encontré tan repugnante que durante una semana apenas pude mirar a los ojos a mis padres, y después, para echar sal sobre mis heridas abiertas, me fue comunicado que Santa Claus no existía.

Intentas olvidar esa clase de cosas, pero yo esa clase de cosas no podía olvidarlas.

¿Por qué menciono este episodio de mi vida? Bueno, es cuando comencé a ser yo. Cuando yo, tal como me conozco, tal como me conocen los demás, me formé. Mi vida comenzó a los cinco años. Saber que iba a morir me inculcó algo que aún sigue vigente: la conciencia de que, a pesar de la infinitud del tiempo, mi tiempo era limitado, se estaba acabando. Me di cuenta de que una hora mía no es igual a la de otra persona. No podemos pasarla ni pensar en ella de la misma manera. Haz con la tuya lo que quieras, pero a mí no me arrastres a tu hora; no tengo ni una que desperdiciar. Si quieres hacer algo, tienes que hacerlo ya. Si quieres decir algo, tienes que decirlo ya. Y, lo que es todavía más importante, tienes que hacerlo tú misma. Se trata de tu vida, eres tú quien la pierde, eres tú quien muere. Adquirí el hábito de hacer cosas, de hacer que sucedieran cosas. Trabajaba a tal ritmo que a menudo quedaba tan agotada que a duras penas podía atrapar un momento para ser una conmigo misma. Me perseguía sin tregua, pero rara vez me alcanzaba; era rápida.

Aquella tarde, después de nuestra reunión en la hierba, me llevé un montón de cosas conmigo, y no solo las margaritas que colgaban de mis muñecas y tobillos y que llevaba trenzadas en el pelo cuando seguimos a los acalorados dolientes que se dispersaban y entraban de nuevo en la casa. En el fondo de mi corazón tenía mucho miedo, pero poco después, de la manera en que solo un niño de cinco años es capaz de asimilarlo, el miedo me abandonó. Siempre que pensaba en la muerte veía al abuelo Adalbert Mary debajo del suelo, cultivando todavía su jardín pese a no estar allí, y eso me infundía esperanza.

Cosechas lo que siembras, incluso en la muerte. Y por eso me puse a sembrar.

1. Heather, además de ser un nombre propio, es el nombre común que designa al brezo. (N. del T.)

2

Me quedé sin trabajo. Me despidieron seis semanas antes de Navidad, lo que en mi opinión es un momento sumamente indigno para librarse de alguien. Habían contratado a una mujer para que me despidiera en nombre de ellos, una de esas agentes externas, cualificadas para deshacerse de los empleados superfluos como era debido, evitando a la empresa una escena, una demanda o su propia vergüenza. Me llevó a almorzar a un lugar tranquilo, dejó que pidiera una ensalada César, mientras que ella no pidió más que un café solo, y se quedó allí sentada, observando como casi me atragantaba con un picatoste mientras me informaba de mi nueva situación laboral. Supongo que Larry sabía que no aceptaría la noticia si me la daba él mismo o algún otro miembro de la empresa, que intentaría convencerlo de que cambiara de idea, de que amenazaría con ponerle una demanda o, sencillamente, le daría un bofetón. Había intentado dejarme morir con honor, solo que no me sentí precisamente honrada al marcharme. Que te despidan es un asunto público, tienes que decírselo a la gente. Y si no tienes que decírselo es porque ya lo sabe. Sentía vergüenza. Aún la siento.

Comencé mi vida laboral como contable. Desde la madurez de mis veinticuatro años trabajé en Trent & Bogle, una gran compañía en la que permanecí un año para luego pasar repentinamente a Start It Up, donde daba consejo y orientación financiera a individuos que deseaban poner en marcha su propio negocio. Con la mayoría aprendí que siempre hay dos historias para referir una misma actividad: la historia que se hace pública y la verdad. La historia que yo cuento es que al cabo de dieciocho meses me marché para montar mi propio negocio porque me habían inspirado tanto quienes pasaban por mi despacho que me abrumaba el deseo de hacer realidad mis propias ideas. La verdad es que estaba harta de ver a personas que no lo hacían bien; la búsqueda de la eficiencia siempre fue mi acicate, y por eso monté mi propia empresa. Tuvo tanto éxito que alguien me propuso comprarla. De modo que la vendí. Después monté otra empresa y también la vendí. Enseguida desarrollé mi idea siguiente. La tercera vez ni siquiera dispuse de tiempo suficiente para desarrollar la idea, porque alguien se enamoró del concepto, o detestaba que se convirtiera en un serio competidor del suyo, y la compró directamente. Eso me condujo a establecer una relación laboral con Larry, a mi más reciente empresa de nueva creación y al único empleo del que me han despedido. El concepto del negocio no se ajustaba a mi idea inicial, sino a la de Larry, desarrollamos la idea juntos, fui cofundadora y alimenté a aquel bebé como si hubiese salido de mi propio útero. Lo ayudé a crecer. Lo observé madurar, desarrollarse más allá de nuestros sueños más ambiciosos, y después me preparé para cuando llegara el momento de venderlo. Lo cual no sucedió. Me despidieron.

El negocio se llamaba Idea Factory, y ayudábamos a organizaciones a desarrollar las suyas propias. No éramos una consultoría. O bien tomábamos sus ideas y las mejorábamos, o bien creábamos las nuestras, las desarrollábamos, las implementábamos y nos encargábamos de que evolucionaran por completo. La gran idea podía ir desde montar el Daily Fix, un periódico para una cafetería barrial con artículos sobre asuntos de la zona, una publicación que ayudaría a los negocios, escritores y artistas del barrio, hasta la decisión de un sex shop de vender helados, idea que, siendo mía, supuso un éxito tremendo tanto en lo personal como en lo profesional. No sufrimos estragos durante la recesión, al contrario, subimos como la espuma. Porque si había algo que las empresas necesitaran para salir adelante en el clima imperante, era imaginación. Vendíamos nuestra imaginación, y eso a mí me encantaba.

Cuando lo analizo ahora, en estos días de inactividad, me doy cuenta de que mi relación con Larry había comenzado a romperse tiempo atrás. Yo me encaminaba, tal vez a ciegas, hacia la venta de la empresa, tal como había hecho en tres ocasiones, mientras que él planeaba quedársela. Un gran problema, visto en retrospectiva. Creo que insistí demasiado, buscando partes interesadas cuando en el fondo sabía que él no estaba interesado, y eso lo sometió a una presión excesiva. Larry creía que «llevar a cabo» significaba continuar cultivando, mientras que yo creía que significaba vender y empezar de nuevo con algo diferente. Yo promovía un proyecto sabiendo que tarde o temprano le diría adiós; él lo promovía para conservarlo. Si se considera cómo se comporta con su hija adolescente y su esposa, salta a la vista que esa es su filosofía para prácticamente todo. Conservar, no desprenderse. Jamás ceder el control. De ninguna de las maneras.

Tengo treinta y tres años y trabajé allí durante cuatro. Nunca tuve un día de baja por enfermedad, una queja, una acusación, nunca recibí una advertencia, nunca una aventura fuera de lugar, al menos ninguna que tuviera consecuencias negativas para la empresa. Lo daba todo a mi trabajo, si bien en beneficio propio, puesto que lo hacía con gusto, pero eso no quita que esperase que la máquina para la que trabajaba me devolviera algo que recompensara mi integridad. Mi antigua creencia en que ser despedida no era un asunto personal se fundamentaba en que nunca me habían despedido, sino que había tenido que desprenderme de otros. Ahora entiendo que es algo personal, porque mi trabajo era mi vida. Los amigos y colegas me han dado un apoyo increíble, lo cual me lleva a pensar que si alguna vez tengo cáncer, quiero tratarlo a solas, sin que nadie lo sepa. Hacen que me sienta como una víctima. Me miran como si fuese la próxima persona que va a tomar el avión hacia Australia para convertirse en la próxima persona con más titulación de la requerida para trabajar en una plantación de sandías. Apenas han transcurrido dos meses y ya estoy cuestionando mi validez. No tengo una meta, nada a lo que contribuir a diario. No puedo evitar sentir que solo estoy recibiendo cosas del mundo. Me consta que es a corto plazo, que más tarde o más temprano volveré a desempeñar ese papel, pero así es como me siento ahora mismo. En resumidas cuentas, han transcurrido casi dos meses y me aburro. Soy una persona dinámica y prácticamente no he estado haciendo nada.

Todas las cosas que soñaba hacer durante el tiempo que estuve atareada y estresada ya las he hecho. Casi todas el primer mes. Me fui de vacaciones poco antes de Navidad y ahora estoy bronceada y tengo frío. Me vi con mis amigas (todas ellas madres de baja por maternidad o de baja prolongada por maternidad o de baja del tipo no sé si querré volver al trabajo alguna vez) para tomar café a unas horas del día en que nunca antes había tomado café en un lugar público. Me sentía como si estuviera haciendo novillos, y fue maravilloso al principio. Luego dejó de ser tan maravilloso y empecé a fijar mi atención en quienes servían café, limpiaban mesas, preparaban bocadillos. Trabajadores. Todos trabajaban. He establecido lazos afectivos con todos los bonitos bebés de mis amigas, aunque la mayoría pasan el rato tendidos en colchonetas de colores que crujen cuando sin querer las pisas, mientras los bebés no hacen otra cosa que levantar las regordetas piernas, agarrarse los dedos de los pies, rodar sobre su costado e intentar volver a la posición inicial. Resulta divertido observarlos las primeras diez veces.

En siete semanas me han pedido en dos ocasiones que sea madrina, como si eso fuera a ayudar a ocupar la mente de la amiga que está sin trabajo. Ambas solicitudes fueron atentas y amables y me conmovieron, pero si hubiese estado trabajando no me lo habrían pedido porque no las habría visitado tanto ni conocería a sus hijos, y al final todo está relacionado con el hecho de que no tengo trabajo. Ahora soy la chica a la que todas sus amigas llaman cuando están desesperadas, con el pelo grasiento, apestando a olor corporal y a vómito de bebé, cuando dicen por teléfono en una voz tan baja que me pone la piel de gallina que tienen miedo de lo que van a hacer, de modo que corro a coger en brazos al bebé mientras se dan una ducha de diez minutos. He descubierto que una ducha de diez minutos y sentarse en el váter sin estar pendiente del reloj es mucho más importante para los padres novatos que la higiene personal.

Llamo espontáneamente a mi hermana, algo que antes nunca hacía. Esto la confunde sobremanera, y cuando estoy con ella pregunta constantemente qué hora es, como si hubiese estropeado su reloj biológico. Hice las compras de Navidad con tiempo de sobra. Compré auténticas tarjetas para felicitar las fiestas y las mandé por correo con la debida antelación; nada menos que doscientas. Incluso me encargué de la lista de regalos de mi padre. Soy supereficiente, siempre lo he sido. Por supuesto, también sé estar ociosa, me encanta tomarme dos semanas de vacaciones, me encanta tumbarme en la playa y no hacer nada, pero solo cuando yo lo decido, con arreglo a mis condiciones, cuando sé que después tengo algo aguardándome. Cuando las vacaciones terminan, necesito una meta. Necesito un objetivo. Necesito un desafío. Necesito un propósito. Necesito contribuir. Necesito hacer algo.

Adoraba mi trabajo y, para sentirme mejor por no poder seguir trabajando allí, intento concentrarme en lo que no echaré de menos.

Trabajaba principalmente con hombres. Casi todos eran unos gilipollas, algunos eran divertidos, unos pocos eran agradables. No me gustaba quedar con ellos fuera del trabajo, cosa que quizá signifique que mi próxima frase no tiene sentido, aunque lo tiene. De un equipo de diez, me acosté con tres. De los tres, lamento haberme acostado con dos; el único con quien no lamento haberme acostado tiene muchos remordimientos por haberse acostado conmigo. Ya es mala suerte.

No echaré de menos a la gente del trabajo. La gente es lo que más me molesta del mundo. Me molesta que haya tanta gente que carece de sentido común, que sus opiniones puedan ser tan sesgadas y retrógradas, tan sumamente frustrantes, equivocadas, tan producto de la mala información y peligrosas que no soporto escucharlas. No soy quisquillosa porque sí. Me gustan los chistes que no son sobre ordenadores cuando resultan apropiados y es evidente que el chiste es a expensas de la persona que lo cuenta. Cuando una frase clave la dice alguien que se la cree a pies juntillas no es divertida, es ofensiva. No disfruto con un buen debate sobre lo que supuestamente está bien o está mal; preferiría que todo el mundo lo supiera desde el momento en que nace. La prueba del talón y una inyección de entendimiento.

Haberme quedado sin empleo me ha obligado a enfrentarme a lo que más detesto del mundo y de mí misma. En el trabajo podía esconderme, podía distraerme. Sin empleo, tengo que enfrentarme a las cosas, pensar en las cosas, cuestionar las cosas, encontrar la manera de resolver de verdad las cosas que he estado evitando durante tanto tiempo. Esto incluye lo que ocurre por la noche: no estoy segura de si antes me las arreglaba de algún modo para ignorarlo, si se ha incrementado o si mi inactividad ha provocado que me fascine, llegando casi a obsesionarme. Pero son las diez y faltan pocas horas para mi distracción de todas las noches.

Es Nochevieja. Por primera vez en mi vida, estoy sola. He decidido que sea así por varios motivos: en primer lugar, el tiempo es tan espantoso que no me veo con ánimo de salir después de que haya faltado poco para que me decapitara la puerta cuando la he abierto para recoger la cena tailandesa a domicilio de manos del valiente que ha desafiado a los elementos para traérmela. El pan de gambas estaba prácticamente disuelto y había derramado la salsa de las empanadillas en el fondo de la bolsa, pero me ha faltado valor para quejarme. Su mirada de desamparo a través de la puerta hacia la seguridad y el calor de mi casa me ha impedido mencionar el estado en que se encontraba el pedido.

Fuera, el viento sopla con tanta fuerza que me pregunto si no arrancará el tejado de cuajo. La verja del jardín del vecino de al lado da golpes sin cesar y me debato entre si salir a cerrarla o no, pero eso significaría verme zarandeada como los contenedores de basura que chocan entre sí en el pasaje lateral. Es el tiempo más tormentoso que este país, Irlanda, haya conocido jamás. Lo mismo ocurre en el Reino Unido, y Estados Unidos también recibe lo suyo. En Kansas están a menos cuarenta, las cataratas del Niágara se han congelado, Nueva York ha sufrido el ataque de un viento glacial conocido como vórtice polar, las caravanas no paran de aterrizar sobre los acantilados de Kerry, las ovejas caen arrastradas por el vendaval y yacen junto a las focas varadas a orillas del mar. Hay avisos de inundaciones, desdichados reporteros empapados y con los labios azules que informan en directo y recomiendan a los residentes en zonas costeras que no salgan de casa. La carretera que conduce a casi todos los lugares a los que tengo que ir lleva dos días bajo el agua. En un momento en que deseo, necesito mantenerme ocupada, la Madre Naturaleza me obliga a aflojar el paso hasta dejarme paralizada. Sé lo que está haciendo: intenta que piense, y está ganando. De ahí que ahora todos mis pensamientos acerca de mí comiencen con un «Tal vez...», pues me estoy viendo obligada a pensar acerca de mí como nunca lo había hecho hasta ahora, y no estoy segura de si hago bien pensando lo que pienso.

Los ladridos del perro de enfrente apenas se oyen por encima del viento, me parece que el doctor Jameson ha vuelto a olvidarse de sacarlo. Se está volviendo un poco despistado, a no ser que se haya peleado con el perro. No sé cómo se llama este, pero es un Jack Russell. A menudo lo encuentro correteando por mi jardín, a veces caga, en ocasiones ha entrado en mi casa y he tenido que perseguirlo y devolvérselo al honorable caballero que vive al otro lado de la calle. Lo llamo «el honorable caballero» porque es un hombre bastante apuesto a sus setenta y tantos, médico de cabecera jubilado y que, para entretenerse, fue presidente de todos los clubes habidos y por haber, incluidos ajedrez, bridge, golf, críquet..., y ahora lo es de la empresa de mantenimiento de nuestro vecindario, que se encarga de recoger las hojas, de cambiar las bombillas de las farolas, de la vigilancia y demás cosas por el estilo. Siempre va bien vestido, con los pantalones perfectamente planchados, camisas, jersey de cuello de pico, zapatos lustrosos y el pelo repeinado. Me habla como si dirigiera sus frases por encima de mi cabeza, con el mentón levantado y mostrando las ventanas de la nariz como un actor de teatro aficionado. Pero nunca es abiertamente descortés, de modo que no me da pie a mostrarme grosera con él, solo a mantener las distancias. Distancia es lo único que puedo ofrecer a una persona a la que en verdad no entiendo. Hasta hace un mes ni siquiera sabía que el doctor Jameson tuviera un perro, pero estos días me he enterado de muchas cosas acerca de mis vecinos. Cuanto más ladra el perro por encima del viento, más me preocupa que el doctor Jameson se haya caído o haya salido volando hasta el jardín trasero de otro vecino como las camas elásticas que han ido saltando de jardín en jardín durante las tormentas. Me contaron que una niña encontró un columpio y un tobogán en su jardín trasero al despertar; creyó que era obra de Santa Claus, pero resultó que habían llegado desde cinco casas más allá.

No oigo la fiesta que se celebra al final de la calle, aunque puedo verla. El señor y la señora Murphy están celebrando su acostumbrada reunión familiar de Nochevieja. Siempre comienza y acaba con canciones tradicionales irlandesas, el señor Murphy toca el b ...