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EL APARTAMENTO

Danielle Steel  

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Fragmento

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Claire Kelly subió corriendo la escalera con dos bolsas de la compra llenas, hasta la cuarta planta del apartamento en el que vivía desde hacía nueve años, en el barrio neoyorquino de Hell’s Kitchen. Lucía un vestido corto de algodón negro y unas extremadas sandalias de tacón alto con cintas que se entrelazaban hasta la rodilla. Formaban parte de un muestrario y las había adquirido en una feria comercial que se había celebrado en Italia el año anterior. Era septiembre, el martes después del día del Trabajo, y hacía mucho calor. A Claire le tocaba comprar la comida para las cuatro chicas que compartían el apartamento. De todos modos, aunque no hubiera hecho calor, había que subir cuatro pisos hasta el loft. Vivía allí desde los diecinueve años, cuando estudiaba segundo curso en la Escuela de Diseño Parsons, y ahora lo compartía con tres chicas más.

Claire trabajaba como diseñadora de zapatos para Arthur Adams, una marca de calzado clásico de línea ultraconservadora. Los zapatos eran buenos pero de lo más aburridos, y truncaban por completo su sentido creativo. Walter Adams, hijo del fundador de la empresa, creía a pie juntillas que los zapatos de diseño eran una moda pasajera, y descartaba por sistema los modelos más innovadores de Claire, así que sus jornadas de trabajo eran una constante fuente de frustración. El negocio no iba mal pero tampoco crecía, y Claire tenía la sensación de que ella le podría sacar más partido si él se lo permitiera. Sin embargo, Walter ponía continuos impedimentos a cualquier propuesta suya. Ella estaba segura de que tanto el negocio como los beneficios aumentarían si su jefe la escuchara, pero Walter tenía setenta y dos años, estaba convencido de que la empresa marchaba bien y no creía en los zapatos de diseño, por mucho que su diseñadora insistiera en hacer alguna prueba.

A Claire no le quedaba más remedio que obedecer a los deseos de su jefe si quería conservar el empleo. Su sueño era diseñar zapatos extremados y modernos como los que a ella le gustaba llevar, pero en Arthur Adams, Inc. no había lugar para eso. Walter detestaba los cambios, para gran desilusión de Claire. Y sabía que mientras permaneciera en la empresa tendría que diseñar zapatos clásicos y prácticos. Para su gusto, incluso los modelos planos resultaban demasiado conservadores.

De vez en cuando Walter le permitía aportar un toque de fantasía a las sandalias de verano destinadas a clientes que partían hacia los Hamptons, Newport, Rhode Island o Palm Beach. No se cansaba de repetir que su clientela la formaban personas adineradas, conservadoras y de cierta edad que sabían qué esperar de la marca, y nada de lo que Claire pudiera decir iba a cambiar eso. Walter no deseaba captar clientes jóvenes sino que prefería confiar en los de toda la vida. No había nada que discutir al respecto. No había sorpresas entre las mercancías que exportaban año tras año. Claire estaba frustrada, pero por lo menos tenía un empleo, y ya llevaba cuatro años en la empresa. Antes había trabajado para una marca de calzado barato cuyos artículos eran originales pero de bajo coste, y el negocio había quebrado al cabo de dos años. Arthur Adams era el máximo exponente del diseño tradicional de calidad, y mientras ella siguiera sus directrices, tanto la marca como su empleo tenían garantizada la continuidad.

A sus veintiocho años, a Claire le habría encantado añadir por lo menos unos cuantos modelos extremados a la línea de calzado y probar algo nuevo, pero Walter no quería ni oír hablar de ello y la reprendía con dureza cada vez que insistía, cosa que seguía haciendo, pues no renunciaba a dar un toque estiloso a lo que hacía. La había contratado porque era una diseñadora seria, responsable y con una buena formación, que sabía cómo diseñar unos zapatos cómodos y fáciles de producir. Los fabricaban en Italia, en las mismas instalaciones que se utilizaban en época del padre de Walter, en una pequeña población llamada Parabiago, cerca de Milán. Claire viajaba hasta allí tres o cuatro veces al año para tratar cuestiones relativas a la producción. Era una de las fábricas de mayor renombre y fiabilidad de Italia, y producía varías líneas de calzado mucho más atrevidas que la suya. A Claire se le iban los ojos cada vez que visitaba la fábrica, y se preguntaba si algún día tendría la oportunidad de diseñar zapatos que le gustaran, un sueño al que no pensaba renunciar.

Cuando llegó a la cuarta planta con sus zapatos de tacón alto, su lacia melena rubia se le había pegado a la nuca, aunque estaba más que acostumbrada a subir escaleras y según ella la ayudaba a mantener las piernas en forma. Había encontrado aquel apartamento por casualidad paseando por el barrio cuando vivía en la residencia para estudiantes de Parsons, en la calle Once. Un día cruzó Chelsea sin rumbo fijo y continuó hacia el norte hasta adentrarse en la que había sido una de las peores zonas de Nueva York, donde poco a poco se había ido alojando gente acomodada. Desde sus orígenes en el siglo XIX, Hell’s Kitchen había tenido fama de ser un barrio de tugurios y bloques baratos, de peleas callejeras y asesinatos en manos de bravucones irlandeses, italianos y más tarde puertorriqueños, que vivían allí con ganas de pelea. Sin embargo, todo eso había pasado a la historia cuando Claire llegó desde San Francisco para ingresar en la misma escuela donde su madre, de joven, había estudiado interiorismo. El sueño de Claire siempre había sido estudiar diseño de moda en Parsons, y su madre, a pesar de los escasos recursos de que disponía, se había esforzado por ahorrar penique a penique para que su hija entrara en aquella escuela y viviera en la residencia de estudiantes el primer año.

Durante el segundo semestre, Claire anduvo buscando un apartamento y le hablaron de Hell’s Kitchen, pero no se aventuró a acercarse allí hasta la tarde de un sábado de primavera. El barrio, que se extendía desde los últimos números de la calle Treinta hasta la Cincuenta, en el West Side, y desde la Octava Avenida hasta el río Hudson, se había convertido en el hogar de actores, dramaturgos y bailarines por su proximidad con el distrito teatral, el renombrado Actors Studio, el Baryshnikov Arts Center y el Alvin Ailey American Dance Theater. Muchos de los antiguos edificios seguían en pie, entre ellos fábricas y almacenes que habían sido transformados en apartamentos. Sin embargo, a pesar de las modestas mejoras, el barrio conservaba buena parte de su aspecto original, por lo que las construcciones tenían un aire decadente.

En una ventana, Claire vio un pequeño rótulo que anunciaba un apartamento en alquiler, y esa misma noche llamó al número indicado. El propietario le dijo que tenía un loft disponible en la cuarta planta. El edificio era una antigua fábrica que treinta años atrás había sido transformada en un bloque de viviendas. También le dijo que era de renta protegida, así que mejor que mejor. Cuando al día siguiente f

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