Loading...

EL BUENOS AIRES DE OBERDáN ROCAMORA

Jorge Asís  

0


Fragmento

PARA LEER ANTES DE LEER

En 1977, precipitadamente, publiqué el Cuaderno de Oberdán Rocamora, editado por Rodolfo Alonso; digo precipitadamente porque hacía menos de un año que me desempeñaba como redactor en Clarín. Ahora, con mucho más material, más tránsito, me atrevo a lanzar esta nueva recopilación de notas.

Quien haya leído aquella edición inicial —de la que rescato, en esta entrega, quince trabajos—, habrá tal vez percibido que ya no me animo, con tanta facilidad, a denominarlos aguafuertes. Puede que sea producto de una autocrítica, o por adoptar la actitud tan sospechosa del humildista, o, casi seguramente, por considerar que esa denominación sería como una manera de subirme a un caballo que no me corresponde. Entonces las llamo como las llamé al escribirlas: notas, simplemente.

Lo que me interesa recalcar es que el noventa por ciento de este material fue publicado oportunamente en el diario, y le pertenece. Yo cobré ya por escribirlo, de manera que debo agradecer a Clarín la autorización para reeditarlo en libro; el lector juzgará si merece tal privilegio. Por otra parte, salvo la nota del poeta Eduardo Álvarez Tuñón, el resto del material se vuelve a presentar con el mismo título con que se publicó en el diario; el mérito, de existir, debe adjudicarse a los encargados de las páginas respectivas.

Para terminar, confieso que una de las notas no la escribí yo; la incluyo igual porque la valoro tanto o más que si me perteneciera. Se trata de Copiloto a la fuerza, es la primera de la serie del rally; la redactó el compañero José Tomás Oneto, en instantes en los que yo estaba demasiado nervioso por la aventura, metido en un auto de carrera, con un casco en la cabeza y casi sin entender nada. Gracias, tío Oneto; su crónica, por su calurosa solidaridad, debe ser la mejor.

Ahora se me presenta un dilema, ¿cómo firmo este prologuito? No sé quién de los dos escribió esta página.

O.R. y J.A.

El Buenos Aires de Oberdán Rocamora

EL PORTEÑO EN SU SELVA

Porteño, gigante mínimo, tierno salvaje, hombre o mujer de mil caras o máscaras, estado de ánimo; un montón de vacilaciones, de obstáculos, de contradicciones; un depósito de recursos, de defensas, un buscador insaciable; un dramático y eterno aspirante a la terca felicidad.

La guita, hermano, that is the question. No hay que ser un analista demasiado lúcido (basta con ser sincero) para afirmar que fue la guita la que, literalmente, nos enloqueció; nos abrevió intensamente la alegría, nos tensionó la risa y nos obligó al acecho, nos despojó la serenidad, nos tornó inmediatamente ácidos, amargos, ansiosos, desesperados. Cada vez es más difícil continuar siendo un buen tipo en Buenos Aires; no tener conflictos graves que limitan, no encrucijarse en laberintos borgeanos en los que no aparece la luz. No hay derecho: cada vez es más difícil ser —simplemente— feliz.

La ciudad, hoy, es una tómbola; una aventura, un palo enjabonado, un empecinamiento o un error, un asombro permanente, una mole repleta de rincones que generalmente transitamos sin descubrir, un escenario del que no nos alejamos lo suficiente como para verlo, admirarlo. La ciudad es un amigo al que no suele visitarse con frecuencia, es un persistente verso, un café y una ventana, quizás un tango pero improbablemente un tanguero, un par de calles, cierta “ella”; la ciudad es un duro ejercicio diario, una riesgosa imposibilidad de olvidar la cédula, una hembra multifacética y bonita que suele mirarnos con desidia o indiferencia, y a la que, a cada día, es más improbable conquistar. Es acogedora pero cruel, maternal pero implacable.

Perfecto, Rocamora. Sin embargo, hablar del Buenos Aires actual, de su gente —sin ser chanta ni complaciente—, equivale, es inevitable, a hablar de la guita; de su dictadura terrible y obvia, de “la herida absurda” que signa nuestro concreto estilo de vida. Porque no es necesario estar capturado entre las redes del pesimismo, del escepticismo o ni siquiera de la exageración, para sostener que lo que más preocupa a los multiplicados porteños no es, cualquier día, si Maradona se las pica hacia España o si no, ni a quién convoca para dialogar el ministro Harguindeguy, ni si habrá pronto elecciones, ni los peces —o la televisión— de colores. Minga de humo: el porteño está maduro en su locura, de tan maduro como un fruto ya está casi a punto de pudrirse; es un grito contenido, un increíble Hulk pero que se aguanta y deposita la totalidad de su potencia en lo inmediato, reventado por un exclusivo tema prioritario que difícilmente sea casual, y que relega a todos los otros temas presuntuosamente egregios o espirituales al habilitadísimo rincón de las macanas; al cajón de las carencias, de las postergaciones. Mucho peor que un tema madre, la guita se convirtió, entonces, en una específica obsesión, en una telaraña que regula tiránicamente todos los actos, los proyectos.

En principio, hay que diagramar pacientemente la parrilla de este asado; o mejor, separar la paja del trigo. Porque resulta, además de parcial, muy fácil caer en la equivocación de los forzados optimistas que sostienen: “Yo no me explico, dicen que no hay plata pero no se consigue pasaje en avión hacia París hasta el...”. O con más gravedad aún: “Se quejan, pero ayer, para ver River y Vélez, no había entrada”. O hacen tachín tachín porque los autos u otros fetiches importados tienen salida, o porque el sábado, en tal restaurante o cine o boliche, no había sitio. En fin, hay que tener cuidado, especialmente, porque quienes dicen disparates semejantes, a menudo suelen sospechosamente emitirlos por un medio tan importante de comunicación y de penetración como la radio. Y, para colmo, por la mañana, cuando el día es joven y el manijeado porteño necesita, ardientemente, creer, por ejemplo, que vale la pena tanto sacrificio, salir a trabajar para el empate, a pedalear, a deslizarse, como Tarzán, entre las lianas de esta selva. Uno debe creer, es cierto, vale la pena el sacrificio y el esgunfio, aunque se termine el mes con el score en blanco; lo que no debe, de ninguna manera, es engañarse.

La guita nos copó el sueño, nos entristeció el humor, nos condicionó el amor, nos limitó las aspiraciones. En el fondo ya la despreciamos, la guita no sirve para un pepino, hay que tirarla, le faltamos el respeto, no le damos importancia a un billete de cien lucas si está en el suelo, y menos todavía a una moneda; desde el suelo, igual que esa moneda, la mayoría de los porteños miramos edificios con departamentos que probablemente nunca nos pertenecerán. ¿Para qué, hermano, ahorrar diez palos en un mes?, ¿o veinte?, mejor tirarlos, comprar cualquier cachivache importado que no sirva pero nos ayude a creer que el mundo nos tiene en cuenta, que está ahí nomás, a un pasito del bolsillo. Entonces cabe la pregunta: ¿qué hicieron de nuestra ciudad?, hijos de mil desgracias, ¿quién es el culpable impune?, ¿por orden de quién estamos tan reventados, enajenados, desesperanzados? Tal vez debiera alentarnos el hecho de saber que Buenos Aires, que su gente, es indestructible, parece que está destrozada pero siempre hay posibilidades de

Recibe antes que nadie historias como ésta