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EL CATALEJO LACADO (LA MATERIA OSCURA III)

Philip Pullman  

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Fragmento

1

La niña encantada

… mientras bestias surgidas

de profundas «cavernas»

contemplan a la doncella dormida…

William Blake

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En el bosque se oían multitud de sonidos: el arroyo que saltaba entre las rocas, el viento que se abría paso entre las agujas de pino, el zumbido de los insectos y los gritos de los pequeños mamíferos arbóreos, además de los trinos de los pájaros; y de vez en cuando, una fuerte ráfaga de viento producía un roce en las ramas de un cedro o un abeto, que emitían un gemido como el de un violonchelo.

Era un lugar dominado por una brillante luz solar, nunca ensombrecida; los rayos de un tono dorado claro se filtraban hasta el suelo del bosque entre franjas y motas de sombra verde pardusca. La luz nunca permanecía inmóvil, nunca era la misma, porque sobre las copas de los árboles solía flotar una neblina que filtraba la luz del sol, transformándola en un resplandor perlado cuando se levantaba la niebla que barnizaba todas las piñas con una humedad reluciente. En ocasiones el agua de las nubes se condensaba en diminutas gotas, medio bruma y medio lluvia, que más que caer descendían flotando y producían un suave repiqueteo entre los millones de agujas de pino.

Junto al arroyo, un estrecho sendero conducía a una aldea —apenas un puñado de viviendas de pastores— situada al pie del valle, con un santuario medio derruido, próximo al glaciar que lo coronaba, un lugar donde ondeaban descoloridas banderas de seda agitadas por los vientos perpetuos de las altas montañas y donde los piadosos aldeanos depositaban ofrendas de tortas de cebada y té seco. Debido a un curioso efecto producido por la luz, el hielo y la bruma, la cabecera del valle aparecía adornada por un perenne arcoíris.

La cueva quedaba un poco más arriba del sendero. Muchos años atrás había vivido allí un hombre santo, entregado al ayuno, la meditación y la oración. Los aldeanos la veneraban en memoria suya. La cueva medía unos diez metros de profundidad y tenía el suelo seco: una guarida ideal para un lobo o un oso, aunque los pájaros y murciélagos eran los únicos animales que la habían habitado durante años.

Pero la criatura que se hallaba agazapada junto a la entrada, con sus negros ojos vigilantes y las puntiagudas orejas enhiestas, no era un pájaro ni un murciélago. La luz del sol iluminaba su lustroso pelaje dorado mientras el extraño ser hacía girar con sus manos simiescas una piña en un sentido y en otro, arrancando con sus fuertes dedos las escamas y los dulces piñones.

Tras él, justo más allá de la línea donde alcanzaba el sol, la señora Coulter calentaba agua en un cazo sobre un fogón de queroseno. En estas, su daimonion murmuró una advertencia, y la señora Coulter alzó la vista.

Una niña aldeana se acercaba por el sendero. La señora Coulter la conocía. Era Ama, que desde hacía unos días le llevaba comida. La señora Coulter se había apresurado a informar a la pequeña que ella era una mujer santa entregada a la meditación y la oración, y que había jurado no hablar jamás con un ser humano. Ama era la única persona cuyas visitas aceptaba.

Pero esta vez la niña no estaba sola. La acompañaba su padre. Mientras Ama trepaba hacia la cueva, el hombre aguardó a una distancia prudencial.

Al entrar en la cueva, Ama se inclinó y dijo:

—Me envía mi padre y le ruega que nos dispense su buena voluntad.

—Bienvenida —respondió la señora Coulter.

La niña llevaba un hatillo de desteñida tela de algodón, que depositó a los pies de la señora Coulter. Luego le ofreció un ramillete de flores silvestres, una docena de anémonas atadas con un cordel también de algodón, y se puso a hablar rápidamente, con voz nerviosa. La señora Coulter comprendía algo de la lengua de aquellas gentes de la montaña, pero no quería que supieran hasta qué punto. De modo que indicó sonriente a la muchacha que dejara de hablar y observara a los dos daimonions. El mono dorado tendió su manita negra y el daimonion mariposa de Ama se fue aproximando a él hasta posarse delicadamente en su calloso dedo.

El mono lo acercó lentamente a su oreja, y la señora Coulter notó que en su mente penetraba un flujo de entendimiento que clarificó las palabras de la niña. Los aldeanos se alegraban de que una mujer santa como ella se hubiera refugiado en la cueva, pero corrían rumores de que tenía una compañera tan peligrosa como poderosa.

Eso era lo que había infundido miedo a los aldeanos. ¿Era aquel otro ser el ama o la sirvienta de la señora Coulter? ¿Albergaba malas intenciones? ¿Para qué había ido allí? ¿Pensaban quedarse mucho tiempo? Ama, muy azorada, transmitió esas preguntas a la señora Coulter.

Mientras la comprensión del daimonion penetraba en ella, a la señora Coulter se le ocurrió una idea novedosa. Podía decir la verdad. No toda, por supuesto, pero sí una parte. La ocurrencia le produjo un pequeño estremecimiento de hilaridad, pero reprimió la risa al responder.

—Sí, una persona vive conmigo, pero no hay nada que temer. Es mi hija, que está bajo los efectos de un hechizo que la tiene dormida. Hemos venido aquí para ocultarnos del mago que la hechizó, mientras yo trato de curarla y procuro que no sufra ningún daño. Puedes entrar a verla si quieres.

La suave voz de la señora Coulter produjo una mezcla de sosiego y temor a Ama, impresionada al oír hablar de hechizos y magos. Pero el mono dorado sostenía a su daimonion con suma delicadeza y ella sentía curiosidad, por lo que siguió a la señora Coulter al interior de la cueva.

El padre de Ama, que la esperaba en el sendero, avanzó un paso. Su daimonion cuervo desplegó las alas un par de veces, pero permaneció donde estaba.

La señora Coulter encendió una vela, porque la luz menguaba con rapidez, y condujo a Ama hacia el interior de la cueva. Los ojos de la niña, abiertos como platos, resplandecían en la oscuridad al tiempo que juntaba el índice y el pulgar en un gesto repetitivo destinado a confundir a los espíritus malévolos y ahuyentar cualquier peligro.

—¿Lo ves? —dijo la señora Coulter—. No puede causar ningún daño. No hay nada que temer.

Ama se arrodilló junto a la figura acostada en el saco de dormir. Era una niña unos tres o cuatro años mayor que ella, con el cabello de un color que Ama jamás había visto, un rubio castaño como la melena de un león. Tenía los labios apretados y estaba profundamente dormida, de eso no cabía duda, pues su daimonion descansaba enrollado e inconsciente sobre su cuello. Parecía una mangosta pero era de color dorado rojizo y más pequeño. El mono dorado alisó con ternura el pelo de la frente del daimonion dormido, el cual se agitó exhalando un breve y ronco maullido. El daimonion de Ama, semejante a un ratón, se pegó al cuello de esta y se asomó temeroso entre sus cabellos.

—Puedes contarle a tu padre lo que has visto —prosiguió la señora Coulter—. No hay ningún espíritu malévolo. Solo mi hija, dormida a causa de un hechizo, que está a mi cuidado. Pero pídele a tu padre, por favor, que me guardéis este secreto. Solo vosotros debéis saber dónde se encuentra Lyra. Si el hechicero llega a enterarse de que está aquí, vendrá para destruirla a ella, a mí y a todo lo que pille. De modo que debéis ser discretos. Cuéntaselo a tu padre, pero a nadie más.

La señora Coulter se arrodilló junto a su hija Lyra y le apartó el cabello húmedo de la cara antes de inclinarse para besarla en la mejilla. Luego alzó los ojos llenos de tristeza y amor y sonrió a Ama con una expresión tan valerosa, sabia y compasiva, que a la niña se le inundaron los ojos de lágrimas.

La señora Coulter tomó a la pequeña de la mano para regresar a la entrada de la cueva, donde vio al padre que las observaba ansioso desde el sendero. Entonces juntó las manos e hizo una reverencia, a la que el hombre respondió con un suspiro de alivio mientras su hija, tras despedirse de la mujer y de la niña encantada con otra reverencia, daba media vuelta y bajaba corriendo la cuesta iluminada por la luz crepuscular. Padre e hija inclinaron de nuevo la cabeza en dirección a la cueva y desaparecieron entre las sombras de los frondosos rododendros.

La señora Coulter observó el líquido que había comenzado a hervir sobre el fogón.

La mujer se agachó para echar ramas secas en el cazo, dos pellizcos de una bolsa, otro de otra, y añadió tres gotas de un aceite dorado pálido. Removió el líquido con brío y contó mentalmente hasta que hubieron transcurrido cinco minutos. Luego retiró el cazo del fuego y se sentó para esperar a que se enfriara.

A su alrededor había parte del material procedente del campamento situado junto al lago azul, donde había muerto sir Charles Latrom: un saco de dormir, una mochila con unas mudas y artículos de aseo y otros objetos de uso personal. Había también una bolsa de lona con un armazón de madera, forrada de miraguano, que contenía diversos instrumentos, y una pistola en su funda.

La decocción se enfrió con rapidez, y en cuanto alcanzó la tibieza de la sangre la mujer la vertió con cuidado en un cubilete de metal y la llevó al fondo de la cueva. El daimonion mono dejó caer la piña y corrió a su lado.

Tras depositar el cubilete sobre una piedra, se arrodilló junto a Lyra, que seguía profundamente dormida. El mono dorado se agachó al otro lado de la muchacha, dispuesto a atrapar a Pantalaimon en cuanto se despertara.

Lyra tenía el cabello húmedo y movió los ojos bajo los párpados cerrados. Empezaba a volver en sí. La señora Coulter había notado al besarla el leve movimiento de sus párpados, y dedujo que Lyra no tardaría en despertar.

La señora Coulter deslizó una mano bajo la cabeza de la niña y con la otra le apartó los húmedos mechones de la frente. Lyra entreabrió los labios y exhaló un suave gemido; Pantalaimon se instaló más cerca de su pecho. El mono dorado, que no quitaba ojo al daimonion de Lyra, crispó sus deditos negros que reposaban junto al saco de dormir.

Bastó una mirada de la señora Coulter para que el mono apartara un poco la mano. La mujer levantó con delicadeza a su hija por los hombros y esta, con la cabeza inclinada hacia atrás, suspiró y entreabrió los ojos despacio, pestañeando repetidamente.

—Roger… —musitó la niña—. ¿Dónde estás, Roger…? No te veo…

—Chsss —le susurró su madre—. Bébete esto, cariño.

La señora Coulter acercó el cubilete a la boca de Lyra, inclinándolo para dejar que una gota le humedeciera los labios. Cuando Lyra la hubo lamido, la señora Coulter le vertió un poco del líquido en la boca, con mucho cuidado, esperando a que la niña ingiriera cada sorbo antes de darle otro.

La operación duró varios minutos, pero al final el cubilete quedó vacío y la señora Coulter acostó de nuevo a su hija. Tan pronto como esta apoyó la cabeza en el suelo, Pantalaimon volvió a enroscarse sobre su cuello. Su pelo dorado rojizo estaba tan húmedo como el cabello de la niña. Al poco ambos volvieron a quedar profundamente dormidos.

El mono dorado se dirigió con paso vivo hasta la boca de la cueva, donde se instaló para vigilar el sendero. La señora Coulter sumergió un trapo en una palangana de agua fría y lo aplicó al rostro de Lyra. Acto seguido abrió el saco de dormir y le lavó los brazos, el cuello y los hombros, pues hacía calor. Por último le desenredó con delicadeza el cabello y se lo peinó hacia atrás, trazando una nítida raya en medio.

Tras dejar el saco abierto para que la niña se refrescara, abrió el hatillo que le había entregado Ama, en el que había unas hogazas de pan, un taco de té comprimido y un pegajoso pastel de arroz envuelto en una enorme hoja. Había llegado el momento de encender fuego. El aire de la montaña era helado. De forma metódica, la señora Coulter partió unas ramas secas y encendió una cerilla. Otra cosa que tener en cuenta: escaseaban las cerillas y apenas quedaba queroseno para el fogón. A partir de ahora tendría que mantener el fuego encendido día y noche.

Su daimonion estaba descontento con ella. No le gustaba lo que hacía, y cuando intentó expresar su desagrado, ella le apartó a un lado. Él dio media vuelta, demostrando su desdén con cada línea de su cuerpo mientras arrancaba las escamas de su piña y las arrojaba en la oscuridad. La señora Coulter no le hizo caso y siguió trabajando con maña para encender el fuego y luego puso el cazo para calentar agua y preparar el té.

No obstante la afectó el escepticismo de su daimonion, como era lógico. La señora Coulter se preguntó qué diablos estaba haciendo y si se había vuelto loca, y qué ocurriría cuando se enteraran en la iglesia. El mono dorado tenía razón. No solo ocultaba a Lyra, sino que se estaba engañando a sí misma.

 

El niño salió de la oscuridad, esperanzado y temeroso al mismo tiempo, murmurando sin cesar:

—Lyra… Lyra… Lyra…

A su espalda había otras figuras, aún más imprecisas y silenciosas que él. Parecían formar parte del mismo grupo y de la misma raza, pero sus rostros no eran visibles ni se oían sus voces. La voz del niño era un mero murmullo, y su rostro estaba en sombras y borroso, como un recuerdo casi olvidado.

—Lyra… Lyra…

¿Dónde se encontraban?

En una inmensa planicie donde no brillaba luz alguna proveniente del cielo gris plomizo, y donde una espesa bruma ocultaba el horizonte por todos lados. El suelo era de tierra, aplastada por la presión de millones de pies, aunque esos pies pesaran menos que plumas. De modo que debía de ser el tiempo el que había comprimido la tierra, pero el tiempo permanecía inmóvil en ese lugar. Así eran las cosas. Ese era el fin de todos los lugares y el último de todos los mundos.

—Lyra…

 

¿Por qué se encontraban allí?

Estaban apresados. Alguien había cometido un crimen, aunque nadie sabía qué era, quién lo había cometido ni qué autoridad había juzgado a los culpables.

¿Por qué pronunciaba el niño continuamente el nombre de Lyra?

Porque no había perdido la esperanza.

¿Quiénes eran?

Fantasmas.

Y Lyra no podía tocarlos, por más que lo intentara. Sus manos se agitaban desordenada, incesantemente, mientras el niño seguía invocando su nombre.

—Roger —dijo Lyra, pero su voz apenas era un murmullo—. Oh, Roger, ¿dónde estás? ¿Qué lugar es este?

—Es el mundo de los muertos —respondió él—. No sé qué hacer, no sé si voy a quedarme aquí para siempre, no sé si he cometido una mala acción o qué, porque he tratado de ser bueno, pero lo odio, tengo miedo, lo odio…

Y Lyra dijo:

—Yo…

2

Balthamos y Baruch

Entonces pasó un espíritu ante mi rostro y mi piel se erizó.

Libro de Job

Silencio —dijo Will—. Callaos. No me molestéis.

Hacía poco que se habían llevado a Lyra, que Will había descendido de la cima de la montaña y que la bruja había matado a su padre. Will encendió la pequeña linterna de hojalata que había sacado de la mochila de su padre, utilizando las cerillas secas que había hallado en su interior, y se acurrucó al abrigo de la roca para abrir la mochila de Lyra.

Con la mano sana fue palpando el interior hasta localizar el pesado aletiómetro envuelto en terciopelo. Alumbrado con el resplandor de la linterna, lo mostró a las dos formas que permanecían a su lado, las formas que se autodenominaban ángeles.

—¿Sabéis leer esto? —les preguntó.

—No —contestó una voz—. Ven con nosotros. Acompáñanos hasta donde se encuentra lord Asriel.

—¿Quién os hizo seguir a mi padre? Dijisteis que él no sabía que lo seguíais. Pero lo sabía —afirmó Will con vehemencia—. Me dijo que os esperase. Sabía más de lo que vosotros creíais. ¿Quién os envió?

—Nadie nos envió. Tan solo nosotros —respondió la voz—. Deseamos servir a lord Asriel. ¿Qué quería hacer el muerto con la daga?

Will titubeó unos instantes.

—Me dijo que se la llevara a lord Asriel.

—Entonces ven con nosotros.

—No. Antes debo encontrar a Lyra.

Will envolvió de nuevo el aletiómero con el terciopelo y lo guardó en la mochila. Después se puso la pesada capa de su padre para resguardarse de la lluvia y, todavía en cuclillas, observó fijamente a las dos sombras.

—¿Decís la verdad? —preguntó.

—Sí.

—¿Entonces sois más fuertes o más débiles que los seres humanos?

—Más débiles. Vosotros sois de carne y hueso, nosotros no. De todas formas, tienes que acompañarnos.

—No. Si yo soy más fuerte, debéis obedecerme. Además, yo tengo la daga. De modo que os lo ordeno: ayudadme a encontrar a Lyra. No importa cuánto tiempo nos lleve. Cuando la halle, os acompañaré a donde está lord Asriel.

Las dos figuras guardaron silencio unos instantes. Luego se apartaron flotando para parlamentar, aunque Will no alcanzaba a oír nada de lo que decían.

Por fin se acercaron.

—De acuerdo —dijeron—. Cometes un error, pero no nos dejas elección. Te ayudaremos a buscar a esa niña.

Will entornó los ojos para discernirlos con más claridad en la oscuridad, pero la lluvia le nublaba la vista.

—Acercaos más para que pueda veros —pidió.

Los dos ángeles se aproximaron, pero aún parecían más borrosos.

—¿Os veré mejor a la luz del día?

—No, peor. No pertenecemos a un orden elevado entre los ángeles.

—Bueno, si yo no os veo, tampoco os verá nadie más, de modo que pasaréis inadvertidos. Id a averiguar dónde se encuentra Lyra. No debe de andar muy lejos. Había una mujer… estará con ella… La mujer se la llevó. Id a buscarla y volved para decirme lo que hayáis averiguado.

Los ángeles se elevaron en el aire preñado de tormenta y desaparecieron. Will se sintió invadido por un intenso cansancio. Le habían quedado pocas fuerzas antes del forcejeo con su padre, y en ese momento estaba rendido. Lo único que deseaba era dormir. Los párpados le pesaban y los ojos le escocían debido al llanto.

Se cubrió la cabeza con la capa, apretó la mochila contra su pecho y se quedó dormido al instante.

—En ningún sitio —dijo una voz.

Will la oyó desde las profundidades del sueño y trató de despertarse. Por fin logró abrir los ojos (tardó más de un minuto pues estaba profundamente dormido) y contempló la luminosa mañana que se abría ante él.

—¿Dónde estáis? —preguntó.

—A tu lado —respondió el ángel—. Aquí.

El sol acababa de salir, y las rocas, los líquenes y musgos que crecían entre ellas aparecían tersos y resplandecientes, pero Will no vio a nadie.

—Ya te advertí que de día te costaría más vernos —prosiguió la voz—. Nos verás mejor en la penumbra, al amanecer o al atardecer, y al cabo de un tiempo mejor aún en la oscuridad. De día te resultará más difícil. Mi compañero y yo hemos registrado las laderas, pero no hemos dado ni con la mujer ni con la niña. Sin embargo, hay un lago de aguas azules junto al que han debido de acampar. Hay un hombre muerto allí, y una bruja devorada por un Espectro.

—¿Un hombre muerto? ¿Qué aspecto tiene?

—Debía de tener más de sesenta años. Más bien gordo, con la piel lisa y el pelo plateado. Viste ropa cara y exhala un intenso perfume.

—Sir Charles —dijo Will—. Era él. La señora Coulter debió de asesinarlo. Bueno, al menos esa no es una mala noticia.

—La mujer dejó unas huellas. Mi compañero las ha seguido y regresará en cuanto haya averiguado dónde está. Yo me quedaré contigo.

Will se puso en pie y miró a su alrededor. La tormenta había limpiado el aire y la mañana era fresca y diáfana, lo que acentuaba el horror del panorama circundante. No lejos de allí yacían los cadáveres de varias de las brujas que lo habían acompañado a él y a Lyra al encuentro con su padre. Un cuervo carroñero con un pico feroz había comenzado a desgarrar la cara de una de ellas, y Will vio un ave de gran tamaño que trazaba círculos en lo alto, como si estuviera seleccionando el bocado más suculento.

Will examinó uno por uno los cadáveres, pero ninguno correspondía a Serafina Pekkala, la reina del clan de las brujas y amiga de Lyra. Entonces se acordó. ¿No se había ido de pronto a ocuparse de otro asunto, poco antes del anochecer?

Quizás estuviera viva. Animado por la idea, Will escrutó el horizonte en busca de alguna señal de ella, pero no vio más que el aire azul y las afiladas rocas.

—¿Dónde estás? —preguntó al ángel.

—A tu lado —respondió la voz—, como siempre.

Will miró a su izquierda, donde sonaba la voz, en vano.

—De modo que nadie te ve. ¿Puede oírte alguien, aparte de mí?

—No si hablo en susurros —contestó el ángel con aspereza.

—¿Cómo te llamas? ¿Tenéis nombres?

—Sí. Yo me llamo Balthamos, y mi compañero, Baruch.

Will se planteó qué le convenía hacer. Cuando uno elige una opción entre varias, todas las vías que no toma se apagan como velas, como si nunca hubieran existido. De momento todas las alternativas que se le ofrecían existían a la vez, pero mantenerlas así suponía renunciar a la acción. No tenía más remedio que elegir.

—Descenderemos de nuevo de la montaña —declaró—. Iremos a ese lago. Quizás allí encuentre algo que me sirva. De todas formas tengo sed. Tomaré el camino que me parezca indicado. Si me equivoco, guíame tú.

Cuando llevaba varios minutos caminando por la rocosa ladera, en la que no había ningún sendero visible, Will cayó en la cuenta de que ya no le dolía la mano. De hecho, desde que se había despertado no había vuelto a acordarse de la herida.

Se detuvo para mirar la tosca tela con que su padre se la había vendado después de la pelea. Estaba grasienta debido al ungüento que le había aplicado, pero no advirtió ni rastro de sangre. Después de la hemorragia que había sufrido tras perder los dedos, aquello resultaba tan fantástico que el corazón le daba brincos de alegría.

Movió todos los dedos para comprobar si estaban agarrotados. Las heridas aún le dolían un poco, pero era un dolor distinto, más atenuado que el insoportable dolor que había experimentado la víspera. Daba la sensación de que sus heridas sanaban, cosa que le debía a su padre. El hechizo de las brujas había fallado, pero su padre le había curado.

Will siguió bajando por la ladera, más animado, sin importarle lo que pudiera pensar el ángel.

Tardó tres horas, con algunos consejos orientativos por parte del ángel, en llegar al pequeño lago azul. Cuando lo alcanzó, Will estaba muerto de sed. Hacía un calor sofocante y la capa le molestaba, pero al quitársela echó de menos su protección, pues el ardiente sol le abrasaba los brazos y el cuello. Cuando faltaban pocos metros para alcanzar el lago, Will dejó la capa y la mochila en el suelo y echó a correr hacia él. Al llegar a la orilla se arrojó de bruces y bebió con avidez. El agua estaba tan fría que le dolieron los dientes y el cráneo, pero tenía tanta sed que no le importó.

Cuando hubo saciado la sed, se incorporó y miró alrededor. El día anterior no había estado en condiciones de fijarse en nada, pero en aquellos momentos advirtió con más nitidez el intenso color del agua y los estridentes sonidos de los insectos que pululaban por allí.

—¿Balthamos?

—Sigo aquí.

—¿Dónde está el muerto?

—Más allá de esa elevada roca, a la derecha.

—¿Hay algún Espectro por aquí?

—No.

Will recogió la mochila y la capa y echó a andar junto al borde del lago hacia la roca que le había indicado Balthamos.

Allí vio un pequeño campamento de cinco o seis tiendas y los restos de fuegos para cocinar. Will prosiguió con cautela por si todavía quedaba alguien con vida acechando.

El silencio era profundo, solo interrumpido levemente por el zumbido de los insectos. En torno a las tiendas reinaba la quietud, y las plácidas aguas del lago solo mostraban las ondas que él había producido. Un pequeño movimiento, un breve destello verde junto a su pie sobresaltó a Will, pero solo se trataba de un diminuto lagarto.

Las tiendas de material de camuflaje resaltaban entre el monótono colorido rojo de las rocas. Will miró en la primera y comprobó que estaba vacía, al igual que la segunda, pero en la tercera encontró dos cosas muy útiles: una lata de potaje y una caja de cerillas. También vio una barra de una sustancia oscura, larga y gruesa como su antebrazo. Al principio creyó que era cuero, pero a la luz del sol descubrió que se trataba de carne seca.

Bueno, al menos tenía un cuchillo. Will cortó una loncha fina de carne, que le pareció un tanto correosa y salada, pero estaba rica. Luego guardó la carne, las cerillas y la lata en la mochila y miró en las otras tiendas, que también estaban vacías.

Solo le quedaba revisar la más grande.

—¿Es allí dónde está el muerto? —preguntó al aire.

—Sí —respondió Balthamos—. Lo han envenenado.

Will se encaminó con precaución hacia la entrada, que daba al lago. Junto a una silla de lona volcada yacía el cadáver del hombre conocido como sir Charles Latrom en el mundo de Will, y como lord Boreal en el de Lyra, el individuo que había robado a esta el aletiómetro, lo que había conducido a Will hasta la daga. Sir Charles había sido un tipo astuto, influyente y poderoso, y ahora estaba muerto. A Will le repelía contemplar su rostro desfigurado, pero al comprobar a simple vista que había muchas cosas que robar dentro de la tienda, sorteó el cadáver para inspeccionarla más detenidamente.

Su padre, el soldado, el explorador, habría sabido con exactitud qué llevarse. Will no lo tenía tan claro. Al fin se decidió por una pequeña lupa metida en un estuche de acero, porque le serviría para encender fuego y ahorrar cerillas; un carrete de cordel; una cantimplora metálica para el agua, más ligera que el pellejo de cabra que había llevado, y una tacita de latón; unos pequeños prismáticos; un cartucho de monedas de oro del tamaño del pulgar de un hombre, envueltas en papel; un botiquín de primeros auxilios; unas pastillas para esterilizar el agua; un paquete de café; tres paquetes de fruta seca comprimida; una bolsa de galletas de avena; seis barritas de cereales; un paquete de anzuelos y seda de nailon; y, por último, un bloc, un par de lápices y una pequeña linterna eléctrica.

Will lo guardó todo en la mochila, cortó otra loncha de carne, llenó el buche y la cantimplora con agua del lago y preguntó a Balthamos:

—¿Crees que necesito algo más?

—No te vendría mal un poco de sentido común —respondió el ángel—. La facultad de reconocer, respetar y obedecer la voz de la sabiduría.

—¿Te consideras sabio?

—Bastante más que tú.

—Vaya, pues no lo diría. ¿Eres un hombre? Te expresas como un hombre.

—Baruch era un hombre. Yo no. Ahora es un ser angelical.

—Así que… —Will dejó lo que estaba haciendo, concretamente distribuir los objetos en su mochila según el peso de los mismos, y se esforzó en vano por ver al ángel—. Así que Baruch fue un hombre… —continuó—, y después… ¿Las personas se convierten en ángeles cuando mueren? ¿Es eso lo que ocurre?

—No siempre. En la inmensa mayoría de los casos no… Sucede muy pocas veces.

—¿Cuándo vivió Baruch?

—Hace cuatro mil años, más o menos. Yo soy mayor que él.

—¿Vivió en mi mundo, en el de Lyra o en este?

—En el tuyo. Pero existen infinidad de mundos, ya lo sabes.

—¿Y cómo se convierten las personas en ángeles?

—¿A qué vienen estas cábalas metafísicas?

—Quisiera saberlo.

—Más vale que te centres en tu tarea. Ahora que has despojado a ese hombre de sus pertenencias y tienes todos los juguetes que necesitas para seguir con vida, ¿podemos seguir nuestro camino?

—Cuando sepa qué camino elegir.

—Cualquiera que escojamos, Baruch dará con nosotros.

—En ese caso también nos encontrará si nos quedamos aquí. Aún tengo que hacer un par de cosas.

Will se sentó en un lugar desde el que no tuviera que ver el cadáver de sir Charles y se comió tres barritas de cereales. A medida que la comida empezaba a hacerle efecto, notó que recuperaba las fuerzas. Luego contempló de nuevo el aletiómetro. Las treinta y seis pequeñas imágenes pintadas en el marfil eran muy nítidas: una correspondía sin duda a un niño, otra a una marioneta, otra a una hogaza de pan, y así sucesivamente. Lo que no estaba tan claro era su significado.

—¿Cómo aprendió Lyra a interpretarlas? —preguntó Will a Balthamos.

—Seguramente se inventó su significado. Los que utilizan estos instrumentos llevan muchos años estudiándolos, y solo son capaces de interpretarlos con ayuda de libros de consulta.

—Lyra no se inventó el significado de estas imágenes. Sabía cómo interpretarlas, y me dijo cosas que no podía saberlas de ningún otro modo.

—Pues para mí representa un misterio tan impenetrable como para ti, te lo aseguro —afirmó el ángel.

Al contemplar el aletiómetro, Will recordó algo que le había dicho Lyra acerca de la forma de interpretarlo, sobre el estado de ánimo en que uno debía estar para que funcionara, lo cual le había ayudado a él a percibir la sutileza de la hoja de plata de la daga.

Empujado por la curiosidad, Will sacó la daga y practicó un corte en forma de ventanita delante de él. A través del recuadro no vio nada salvo el aire azul, pero abajo, mucho más abajo, contempló un paisaje de árboles y campos: su propio mundo, sin duda.

De modo que las montañas de ese mundo no se correspondían con las del suyo. Will cerró la ventana, utilizando la mano izquierda por primera vez desde que se había herido. ¡Qué maravilla poder usarla de nuevo!

De pronto se le ocurrió una idea tan repentina que le produjo una especie de sacudida eléctrica.

Si había infinidad de mundos, ¿por qué la daga solo abría ventanas entre ese mundo y el suyo?

Tenía que ser posible acceder a cualquiera de ellos.

Will alzó de nuevo la daga, dejando que su mente fluyera hasta la punta de la hoja, tal como le había enseñado Giacomo Paradisi, hasta que su conciencia se alojó entre los mismos átomos y él sintió cada pequeño obstáculo y onda en el aire.

En lugar de traspasarlo en cuanto notó el primer tropiezo, como solía hacer, Will dejó que la daga siguiera avanzando hasta topar con otros obstáculos. Era como seguir el recorrido de una serie de puntadas ejerciendo una presión tan leve que ninguna resultaba dañada.

—¿Qué haces? —inquirió la voz en el aire, interrumpiendo sus reflexiones.

—Explorar —respondió Will—. Silencio, no me molestes. Si te acercas a la daga te cortarás, y como no te veo no podré esquivarte.

Balthamos emitió un sonido de callado descontento. Will volvió a empuñar la daga para tantear los leves impedimentos y resistencias que notaba en el aire. Había más de los previstos. Mientras los tanteaba sin traspasar ninguno de inmediato, advirtió que todos poseían una característica distinta: este era duro y contundente, aquel vaporoso, el tercero resbaladizo, el cuarto quebradizo y frágil…

Will se concentró de nuevo en la punta de la daga. Algunos de los pequeños obstáculos que percibía en el aire se detectaban con mayor facilidad que otros y, conociendo de antemano la respuesta, hundió la hoja en uno para cerciorarse: de nuevo apareció su mundo.

Tras cerrar la ventana, Will tanteó con la punta de la hoja hasta hallar un obstáculo distinto. Por fin encontró uno elástico y resistente y lo atravesó con la daga.

¡Sí! El mundo que contempló a través de aquella ventana no era el suyo: el suelo estaba más cerca y el paisaje no se componía de verdes campos y setos sino de un desierto de dunas.

Will cerró la ventana y abrió otra: percibió el aire cargado de humo de una ciudad industrial, con una fila de obreros que se dirigían con aire sombrío a una fábrica.

Will cerró también esa ventana y regresó al punto de partida. Sentía un poco de vértigo. Tras haberse formado una idea del auténtico poder de la daga, la depositó cuidadosamente en la roca frente a él.

—¿Piensas quedarte aquí todo el día? —preguntó Balthamos.

—Estoy pensando. Solo podemos trasladarnos con facilidad de un mundo a otro cuando el suelo está al mismo nivel. Puede que en algunos sitios ocurra eso y se produzcan muchos tránsitos… Quizá sea preciso tantear tu mundo con la punta de la daga para hacerte una idea del tacto que tiene y poder regresar. De otro modo corres el riesgo de quedarte perdido para siempre.

—Es verdad. Pero quizá nosotros…

—Y habría que saber qué mundo tiene el suelo al mismo nivel, porque de lo contrario no podrías esconderte en él —dijo Will, más para sí que para informar al ángel—. Así que no es tan sencillo como creía. Es posible que lo de Oxford y Cittàgazze solo fuera una cuestión de suerte. Veamos si…

Will tomó de nuevo la daga. Se le había ocurrido una nueva idea. Aparte de la evidente y clara sensación que notaba al tocar una punta que franqueaba la entrada a su propio mundo, había otra sensación que había percibido más de una vez: una cualidad de resonancia, como cuando uno golpea un pesado tambor de madera, salvo que se producía, como todos los demás obstáculos, en forma de un minúsculo movimiento a través del aire.

Allí estaba. Will se apartó y tentó el aire en otro lugar: allí estaba de nuevo.

Will hundió la daga en aquel punto y comprobó que su suposición era acertada. La resonancia significaba que el suelo del mundo que había abierto estaba a la misma altura que el mundo en el que se encontraba. Contempló un altiplano cubierto de frondosa hierba sobre el que se cernía un cielo encapotado, en el que aparecía un rebaño de animales que pacían tranquilamente, unos animales que él jamás había visto, del tamaño de un bisonte, con grandes cuernos, un espeso pelaje azul y una crin de pelos tiesos en el lomo.

Will se adentró en aquel mundo. El animal más próximo lo observó sin inmutarse y siguió paciendo. Sin cerrar la ventana, Will tanteó con el cuchillo, desde el prado del otro mundo, en busca de los acostumbrados obstáculos.

Sí, podía abrir su mundo desde este, y seguía situado sobre las granjas y los setos; y sí, podía localizar sin mayores problemas la sólida resonancia que representaba el mundo de Cittàgazze que acababa de abandonar.

Con una profunda sensación de alivio, Will regresó al campamento junto al lago y cerró todas las ventanas. Ahora podría hallar el camino de regreso a su hogar sin temor a perderse; podría ocultarse en caso necesario y moverse a sus anchas, sin correr ningún peligro.

A medida que se percataba de todas esas cosas, sintió que recuperaba las fuerzas. Envainó la daga en el cinturón y se echó la mochila al hombro.

—¿Estás listo? —preguntó la voz con tono sarcástico.

—Sí. Te lo explico si quieres, pero no pareces muy interesado.

—Todo lo que haces me resulta fascinante. Pero no te preocupes por mí. ¿Qué vas a decirle a toda esa gente que se acerca?

Will miró sobresaltado en derredor. En el sendero divisó a lo lejos un grupo de viajeros con mulos de carga que se dirigían hacia el lago. Ellos aún no lo habían visto, pero si se quedaba allí como un pasmarote no tardarían en advertir su presencia.

Will tomó la capa de su padre, que había puesto a secar sobre una roca. Pesaba mucho menos que antes. Acto seguido echó un vistazo alrededor: no podía llevarse nada más.

—Sigamos adelante —dijo.

Le hubiera gustado colocarse de nuevo la venda, pero decidió hacerlo más tarde. Echó a andar por la orilla del lago, alejándose de los viajeros, y el ángel lo siguió, invisible en la límpida atmósfera.

Al cabo de varias horas llegaron a una estribación en la pelada montaña, cubierta tan solo de hierba y rododendros enanos. Ansioso por descansar, Will decidió hacer pronto un alto en el camino.

Apenas había oído al ángel. De vez en cuando Balthamos le advertía: «Por aquí no», o «Hay un sendero más practicable a la izquierda», y Will aceptaba sus consejos. En realidad se movía simplemente por moverse y alejarse de aquellos viajeros, porque hasta que regresara el otro ángel con más noticias, nada le impedía quedarse allí.

Cuando se puso el sol, Will creyó ver a su extraño compañero. Observó la silueta de un hombre que temblaba al trasluz, en cuyo interior el aire era más denso.

—¿Balthamos? Busco un arroyo. ¿Hay alguno cerca? —preguntó.

—Hay un manantial a mitad de la cuesta —respondió el ángel—, sobre aquellos árboles.

—Gracias —dijo Will.

No tardó en dar con el manantial. Bebió con avidez y llenó la cantimplora. Cuando se disponía a emprender el descenso hacia el bosquecillo oyó una exclamación. Al volverse vio la silueta de Balthamos que se desplazaba rauda por la ladera hacia… ¿Qué ocurría? El ángel solo era visible como un atisbo de movimiento, y Will lo percibía con más nitidez cuando no lo miraba directamente. El ángel parecía haberse detenido a escuchar, y luego se propulsó a través del aire para regresar a toda velocidad junto a Will.

—¡Aquí! —exclamó con la voz exenta por primera vez de sarcasmo y censura—. ¡Baruch ha pasado por aquí! Y hay una de tus ventanas, casi invisible. Acércate… Ven enseguida.

Will lo siguió impaciente, olvidándose por completo de su cansancio. La ventana, según comprobó al acercarse, daba a un desolado paisaje parecido a la tundra, más llano que las montañas del mundo de Cittàgazze y también más frío, cubierto por un cielo nublado. Will lo atravesó, y Balthamos se apresuró a seguirle.

—¿Qué mundo es este? —preguntó Will.

—El de la niña. Pasaron por aquí. Baruch se ha adelantado para seguirlos. Se dirigen hacia el sur y están muy lejos.

—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso adivinas su pensamiento?

—Desde luego. Dondequiera que vaya Baruch, mi corazón va con él; aunque somos dos seres, es como si fuéramos uno solo.

Will miró alrededor. No había ni rastro de seres humanos, y el frío aumentaba a medida que menguaba la luz.

—No me apetece dormir aquí —declaró Will—. Pasaremos la noche en Cittàgazze y volveremos por la mañana. Al menos allí tenemos leña con que encender el fuego. Ahora que sé qué tacto tiene el mundo de Lyra, puedo hallarlo con la daga… Eh, Balthamos, ¿puedes adoptar otra forma?

—¿Y para qué habría de hacerlo?

—En este mundo los seres humanos tienen daimonions, y si paseo por ahí sin uno despertaré sospechas. Al principio Lyra me temía debido a eso. De modo que si vamos a través de su mundo, debes fingir que eres mi daimonion y asumir la forma de un animal. Un ave, por ejemplo. Así podrás volar.

—¡Menudo aburrimiento!

—¿Puedes hacerlo?

—Podría…

—Pues hazlo. Anda, quiero verlo.

La forma del ángel se condensó en un pequeño torbellino del que surgió un mirlo, que se posó en la hierba a los pies de Will.

—Colócate sobre mi hombro —le indicó este.

El pájaro obedeció y tras posarse habló con el tono áspero que solía emplear el ángel.

—Solo haré esto cuando sea estrictamente necesario. Es de lo más humillante.

—Lo siento por ti —replicó Will—. Cada vez que nos topemos con una persona, en este mundo, transfórmate en un pájaro. No te molestes en discutir ni protestar. Lo haces y punto.

El mirlo remontó el vuelo en la penumbra y se esfumó en el aire. Al cabo de unos segundos apareció de nuevo el ángel, con una expresión de disgusto. Antes de volver a trasponer la ventana, Will observó el paisaje y olfateó el aire para formarse una idea del mundo en el que Lyra estaba cautiva.

—¿Dónde se encuentra ahora tu compañero? —preguntó.

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