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EL CATALEJO LACADO (LA MATERIA OSCURA III)

Philip Pullman  

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Fragmento

1

La niña encantada

… mientras bestias surgidas

de profundas «cavernas»

contemplan a la doncella dormida…

William Blake

En el bosque se oían multitud de sonidos: el arroyo que saltaba entre las rocas, el viento que se abría paso entre las agujas de pino, el zumbido de los insectos y los gritos de los pequeños mamíferos arbóreos, además de los trinos de los pájaros; y de vez en cuando, una fuerte ráfaga de viento producía un roce en las ramas de un cedro o un abeto, que emitían un gemido como el de un violonchelo.

Era un lugar dominado por una brillante luz solar, nunca ensombrecida; los rayos de un tono dorado claro se filtraban hasta el suelo del bosque entre franjas y motas de sombra verde pardusca. La luz nunca permanecía inmóvil, nunca era la misma, porque sobre las copas de los árboles solía flotar una neblina que filtraba la luz del sol, transformándola en un resplandor perlado cuando se levantaba la niebla que barnizaba todas las piñas con una humedad reluciente. En ocasiones el agua de las nubes se condensaba en diminutas gotas, medio bruma y medio lluvia, que más que caer descendían flotando y producían un suave repiqueteo entre los millones de agujas de pino.

Junto al arroyo, un estrecho sendero conducía a una aldea —apenas un puñado de viviendas de pastores— situada al pie del valle, con un santuario medio derruido, próximo al glaciar que lo coronaba, un lugar donde ondeaban descoloridas banderas de seda agitadas por los vientos perpetuos de las altas montañas y donde los piadosos aldeanos depositaban ofrendas de tortas de cebada y té seco. Debido a un curioso efecto producido por la luz, el hielo y la bruma, la cabecera del valle aparecía adornada por un perenne arcoíris.

La cueva quedaba un poco más arriba del sendero. Muchos años atrás había vivido allí un hombre santo, entregado al ayuno, la meditación y la oración. Los aldeanos la veneraban en memoria suya. La cueva medía unos diez metros de profundidad y tenía el suelo seco: una guarida ideal para un lobo o un oso, aunque los pájaros y murciélagos eran los únicos animales que la habían habitado durante años.

Pero la criatura que se hallaba agazapada junto a la entrada, con sus negros ojos vigilantes y las puntiagudas orejas enhiestas, no era un pájaro ni un murciélago. La luz del sol iluminaba su lustroso pelaje dorado mientras el extraño ser hacía girar con sus manos simiescas una piña en un sentido y en otro, arrancando con sus fuertes dedos las escamas y los dulces piñones.

Tras él, justo más allá de la línea donde alcanzaba el sol, la señora Coulter calentaba agua en un cazo sobre un fogón de queroseno. En estas, su daimonion murmuró una advertencia, y la señora Coulter alzó la vista.

Una niña aldeana se acercaba por el sendero. La señora Coulter la conocía. Era Ama, que desde hacía unos días le llevaba comida. La señora Coulter se había apresurado a informar a la pequeña que ella era una mujer santa entregada a la meditación y la oración, y que había jurado no hablar jamás con un ser humano. Ama era la única persona cuyas visitas aceptaba.

Pero esta vez la niña no estaba sola. La acompañaba su padre. Mientras Ama trepaba hacia la cueva, el hombre aguardó a una distancia prudencial.

Al entrar en la cueva, Ama se inclinó y dijo:

—Me envía mi padre y le ruega que nos dispense su buena voluntad.

—Bienvenida —respondió la señora Coulter.

La niña llevaba un hatillo de desteñida tela de algodón, que depositó a los pies de la señora Coulter. Luego le ofreció un ramillete de flores silvestres, una docena de anémonas atadas con un cordel también de algodón, y se puso a hablar rápidamente, con voz nerviosa. La señora Coulter comprendía algo de la lengua de aquellas gentes de la montaña, pero no quería que supieran hasta qué punto. De modo que indicó sonriente a la muchacha que dejara de hablar y observara a los dos daimonions. El mono dorado tendió su manita negra y el daimonion mariposa de Ama se fue aproximando a él hasta posarse delicadamente en su calloso dedo.

El mono lo acercó lentamente a su oreja, y la señora Coulter notó que en su mente penetraba un flujo de entendimiento que clarificó las palabras de la niña. Los aldeanos se alegraban de que una mujer santa como ella se hubiera refugiado en la cueva, pero corrían rumores de que tenía una compañera tan peligrosa como poderosa.

Eso era lo que había infundido miedo a los aldeanos. ¿Era aquel otro ser el ama o la sirvienta de la señora Coulter? ¿Albergaba malas intenciones? ¿Para qué había ido allí? ¿Pensaban quedarse mucho tiempo? Ama, muy azorada, transmitió esas preguntas a la señora Coulter.

Mientras la comprensión del daimonion penetraba en ella, a la señora Coulter se le ocurrió una idea novedosa. Podía decir la verdad. No toda, por supuesto, pero sí una parte. La ocurrencia le produjo un pequeño estremecimiento de hilaridad, pero reprimió la risa al responder.

—Sí, una persona vive conmigo, pero no hay nada que temer. Es mi hija, que está bajo los efectos de un hechizo que la tiene dormida. Hemos venido aquí para ocultarnos del mago que la hechizó, mientras yo trato de curarla y procuro que no sufra ningún daño. Puedes entrar a verla si quieres.

La suave voz de la señora Coulter produjo una mezcla de sosiego y temor a Ama, impresionada al oír hablar de hechizos y magos. Pero el mono dorado sostenía a su daimonion con suma delicadeza y ella sentía curiosidad, por lo que siguió a la señora Coulter al interior de la cueva.

El padre de Ama, que la esperaba en el sendero, avanzó un paso. Su daimonion cuervo desplegó las alas un par de veces, pero permaneció donde estaba.

La señora Coulter encendió una vela, porque la luz menguaba con rapidez, y condujo a Ama hacia el interior de la cueva. Los ojos de la niña, abiertos como platos, resplandecían en la oscuridad al tiempo que juntaba el índice y el pulgar en un gesto repetitivo destinado a confundir a los espíritus malévolos y ahuyentar cualquier peligro.

—¿Lo ves? —dijo la señora Coulter—. No puede causar ningún daño. No hay nada que temer.

Ama se arrodilló junto a la figura acostada en el saco de dormir. Era una niña unos tres o cuatro años mayor que ella, con el cabello de un color que Ama jamás había visto, un rubio castaño como la melena de un león. Tenía los labios apretados y estaba profundamente dormida, de eso no cabía duda, pues su daimonion descansaba enrollado e inconsciente sobre su cuello. Parecía una mangosta pero era de color dorado rojizo y más pequeño. El mono dorado alisó con ternura el pelo de la frente del daimonion dormido, el cual se agitó exhalando un breve y ronco maullido. El daimonion de Ama, semejante a un ratón, se pegó al cuello de esta y se asomó temeroso entre sus cabellos.

—Puedes contarle a tu padre lo que has visto —prosiguió la señora Coulter—. No hay ningún espíritu malévolo. Solo mi hija, dormida a causa de un hechizo, que está a mi cuidado. Pero pídele a tu padre, por favor, que me guardéis este secreto. Solo vosotros debéis saber dónde se encuentra Lyra. Si el hechicero llega a enterarse de que está aquí, vendrá para destruirla a ella, a mí y a todo lo que pille. De modo que debéis ser discretos. Cuéntaselo a tu padre, pero a nadie más.

La señora Coulter se arrodilló junto a su hija Lyra y le apartó el cabello húmedo de la cara antes de inclinarse para besarla en la mejilla. Luego alzó los ojos llenos de tristeza y amor y sonrió a Ama con una expresión tan valerosa, sabia y compasiva, que a la niña se le inundaron los ojos de lágrimas.

La señora Coulter tomó a la pequeña de la mano para regresar a la entrada de la cueva, donde vio al padre que las observaba ansioso desde el sendero. Entonces juntó las manos e hizo una reverencia, a la que el hombre respondió con un suspiro de alivio mientras su hija, tras despedirse de la mujer y de la niña encantada con otra reverencia, daba media vuelta y bajaba corriendo la cuesta iluminada por la luz crepuscular. Padre e hija inclinaron de nuevo la cabeza en dirección a la cueva y desaparecieron entre las sombras de los frondosos rododendros.

La señora Coulter observó el líquido que había comenzado a hervir sobre el fogón.

La mujer se agachó para echar ramas secas en el cazo, dos pellizcos de una bolsa, otro de otra, y añadió tres gotas de un aceite dorado pálido. Removió el líquido con brío y contó mentalmente hasta que hubieron transcurrido cinco minutos. Luego retiró el cazo del fuego y se sentó para esperar a que se enfriara.

A su alrededor había parte del material procedente del campamento situado junto al lago azul, donde había muerto sir Charles Latrom: un saco de dormir, una mochila con unas mudas y artículos de aseo y otros objetos de uso personal. Había también una bolsa de lona con un armazón de madera, forrada de miraguano, que contenía diversos instrumentos, y una pistola en su funda.

La decocción se enfrió con rapidez, y en cuanto alcanzó la tibieza de la sangre la mujer la vertió con cuidado en un cubilete de metal y la llevó al fondo de la cueva. El daimonion mono dejó caer la piña y corrió a su lado.

Tras depositar el cubilete sobre una piedra, se arrodilló junto a Lyra, que seguía profundamente dormida. El mono dorado se agachó al otro lado de la muchacha, dispuesto a atrapar a Pantalaimon en cuanto se despertara.

Lyra tenía el cabello húmedo y movió los ojos bajo los párpados cerrados. Empezaba a volver en sí. La señora Coulter había notado al besarla el leve movimiento de sus párpados, y dedujo que Lyra no tardaría en despertar.

La señora Coulter deslizó una mano bajo la cabeza de la niña y con la otra le apartó los húmedos mechones de la frente. Lyra entreabrió los labios y exhaló un suave gemido; Pantalaimon se instaló más cerca de su pecho. El mono dorado, que no quitaba ojo al daimonion de Lyra, crispó sus deditos negros que reposaban junto al saco de dormir.

Bastó una mirada de la señora Coulter para que el mono apartara un poco la mano. La mujer levantó con delicadeza a su hija por los hombros y esta, con la cabeza inclinada hacia atrás, suspiró y entreabrió los ojos despacio, pestañeando repetidamente.

—Roger… —musitó la niña—. ¿Dónde estás, Roger…? No te veo…

—Chsss —le susurró su madre—. Bébete esto, cariño.

La señora Coulter acercó el cubilete a la boca de Lyra, inclinándolo para dejar que una gota le humedeciera los labios. Cuando Lyra la hubo lamido, la señora Coulter le vertió un poco del líquido en la boca, con mucho cuidado, esperando a que la niña ingiriera cada sorbo antes de darle otro.

La operación duró varios minutos, pero al final el cubilete quedó vacío y la señora Coulter acostó de nuevo a su hija. Tan pronto como esta apoyó la cabeza en el suelo, Pantalaimon volvió a enroscarse sobre su cuello. Su pelo dorado rojizo estaba tan húmedo como el cabello de la niña. Al poco ambos volvieron a quedar profundamente dormidos.

El mono dorado se dirigió con paso vivo hasta la boca de la cueva, donde se instaló para vigilar el sendero. La señora Coulter sumergió un trapo en una palangana de agua fría y lo aplicó al rostro de Lyra. Acto seguido abrió el saco de dormir y le lavó los brazos, el cuello y los hombros, pues hacía calor. Por último le desenredó con delicadeza el cabello y se lo peinó hacia atrás, trazando una nítida raya en medio.

Tras dejar el saco abierto para que la niña se refrescara, abrió el hatillo que le había entregado Ama, en el que había unas hogazas de pan, un taco de té comprimido y un pegajoso pastel de arroz envuelto en una enorme hoja. Había llegado el momento de encender fuego. El aire de la montaña era helado. De forma metódica, la señora Coulter partió unas ramas secas y encendió una cerilla. Otra cosa que tener en cuenta: escaseaban las cerillas y apenas quedaba queroseno para el fogón. A partir de ahora tendría que mantener el fuego encendido día y noche.

Su daimonion estaba descontento con ella. No le gustaba lo que hacía, y cuando intentó expresar su desagrado, ella le apartó a un lado. Él dio media vuelta, demostrando su desdén con cada línea de su cuerpo mientras arrancaba las escamas de su piña y las arrojaba en la oscuridad. La señora Coulter no le hizo caso y siguió trabajando con maña para encender el fuego y luego puso el cazo para calentar agua y preparar el té.

No obstante la afectó el escepticismo de su daimonion, como era lógico. La señ

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