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EL CEMENTERIO DE PRAGA

Umberto Eco  

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Fragmento

1

El viandante que esa gris mañana

El viandante que esa gris mañana de marzo de 1897 hubiera cruzado, a sabiendas de lo que hacía, la place Maubert, o la Maub, como la llamaban los maleantes (antaño, en la Edad Media, centro de vida universitaria, cuando acogía la algarabía de estudiantes que frecuentaban la Facultad de las Artes en el Vicus Stramineus o rue du Fouarre y, más tarde, emplazamiento de la ejecución capital de apóstoles del librepensamiento como Étienne Dolet), se habría encontrado en uno de los pocos lugares de París exonerado de los derribos del barón Haussmann, entre una maraña de callejones apestosos, cortados en dos sectores por el curso del Bièvre, que en esa zona todavía emergía de las entrañas de la metrópolis a las que fuera relegado desde hacía tiempo, para arrojarse con estertores febriles y verminosos en el cercanísimo Sena. De la place Maubert, ya desfigurada por el boulevard Saint-Germain, salía una telaraña de callejas como rue Maître Albert, rue Saint-Séverin, rue Galande, rue de la Bûcherie, rue Saint-Julien-le-Pauvre, hasta rue de la Huchette, salpicadas de posadas regentadas por auverneses, hoteleros de legendaria codicia, que pedían un franco por la primera noche y cuarenta céntimos por las siguientes (más veinte perras si uno también quería una sábana).

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Si luego nuestro paseante hubiera embocado la que en el futuro sería la rue Sauton pero que en aquel entonces seguía siendo rue d’Amboise, entre un burdel camuflado de brasserie y una taberna donde se servía, con pésimo vino, un almuerzo de dos perras (en aquella época bastante barato, pero eso era lo que se podían permitir los estudiantes de la Sorbona), habría encontrado un callejón sin salida, que ya por aquel entonces se llamaba impasse Maubert, pero antes se llamaba cul-de-sac d’Amboise y aún antes cobijaba un tapis-franc (en el lenguaje del hampa, un garito, un figón de ínfimo rango, que solía ser regentado por un ex presidiario y lo frecuentaban forzados recién salidos de gayola) y, además, era tristemente famoso porque en el siglo XVIII amparaba el laboratorio de tres célebres envenenadoras, a quienes un día hallaron asfixiadas por las exhalaciones de las sustancias mortales que destilaban en sus hornillos.

A final de ese callejón había el escaparate de un baratillero que un rótulo descolorido encomiaba como «Brocantage de Qualité»; escaparate apenas transparente por el polvo espeso que ensuciaba los cristales, que a su vez dejaban ver un sí es no es de los géneros expuestos en su interior, puesto que cada uno de esos cristales era poco más que un cuadrado de veinte centímetros de lado, unidos por un bastidor de madera. Junto a ese escaparate, nuestro viandante habría visto una puerta, siempre cerrada, con un letrero, al lado del cordel de un timbre, que avisaba de que el propietario estaba temporalmente ausente.

Que si luego, como sucedía raramente, se hubiera abierto la puerta, quien hubiera entrado habría visto a la incierta luz que iluminaba ese antro, dispuestos en unas pocas estanterías tambaleantes y sobre algunas mesas igual de inseguras, una congerie de objetos que a primera vista resultaban apetecibles, pero que tras una inspección más cuidadosa habrían de revelarse completamente inadecuados para cualquier intercambio comercial, aunque se ofrecieran a precios tan mellados como ellos. Un par de morillos que deshonrarían cualquier chimenea, un reloj de péndulo de esmalte azul desconchado, cojines quizá antiguamente bordados con colores vivos, floreros sostenidos por agrietados amorcillos de cerámica, inestables costureros de un estilo impreciso, una cestita portatarjetas de hierro oxidado, indefinibles cajas pirografiadas, espantosos abanicos de madreperla decorados con dibujos chinos, un collar que parecía de ámbar, dos zapatitos de lana blanca con hebillas incrustadas de diamantitos de Irlanda, un busto agrietado de Napoleón, mariposas tras un cristal quebrado, frutas de mármol policromado bajo una campana que una vez fue transparente, nueces de coco, viejos álbumes con modestas acuarelas de flores, algún daguerrotipo enmarcado (que por aquel entonces ni siquiera tenían un aire antiguo). De modo que, si alguien hubiera podido encapricharse depravadamente de uno de aquellos desechos de antiguos embargos de familias necesitadas, se encontrara ante el muy receloso propietario y le preguntara por el precio, oiría una cifra que desengañaría incluso al más perverso de los coleccionistas de teratologías de anticuario.

Y si, por fin, el visitante, en virtud de algún salvoconducto, hubiera atravesado una segunda puerta que separaba el interior de la tienda de los pisos superiores del edificio, y hubiera subido los escalones de una de aquellas inseguras escaleras de caracol que caracterizan esas casas parisinas con la fachada tan ancha como la puerta de entrada (esas que se apiñan oblicuas las unas contra las otras), habría penetrado en un amplio salón que parecía alojar no el bric-à-brac de la planta baja sino una colección de objetos de muy distinta hechura: una mesilla estilo imperio con tres patas adornadas con cabezas de águila, una consola sostenida por una esfinge alada, un armario del siglo XVII, una estantería de caoba que ostentaba un centenar de libros bien encuadernados en tafilete, un escritorio de esos que se dicen a la americana, con el cierre de persiana y muchos cajoncitos tipo secrétaire. Y si hubiera pasado a la habitación contigua, habría encontrado una lujosa cama con dosel, una étagère rústica cargada de porcelanas de Sèvres, junto con un narguile turco, una gran copa de alabastro, un jarrón de cristal y, en la pared del fondo, unos paneles pintados con escenas mitológicas, dos grandes lienzos que representaban a las musas de la historia y de la comedia, y, colgados heterogéneamente de las otras paredes, barraganes árabes, batas orientales de cachemir, una antigua cantimplora de peregrino y, además, un aguamanil de bella hechura con una superficie cargada de objetos de aseo de materiales valiosos: en definitiva, un conjunto extravagante de objetos curiosos y caros, que quizá no daban testimonio de un gusto coherente y refinado, pero sí, desde luego, de un deseo de ostentada opulencia.

De vuelta al salón de entrada, el visitante habría visto, ante la única ventana por la que penetraba la poca luz que iluminaba el callejón, sentado a la mesa, a un individuo anciano envuelto en un batín, el cual, por lo poco que el visitante pudiera atisbar por encima de su hombro, estaba escribiendo lo que nos disponemos a leer, y que a veces el Narrador resumirá, para no tediar demasiado al Lector.

Y que no se espere el Lector que le revele el Narrador que se sorprendería al reconocer en ese personaje a alguien ya mencionado porque (habiendo empezado este relato en este mismo instante) nadie ha sido mencionado antes. El mismo Narrador no sabe todavía quién es el misterioso escribano, y se propone saberlo (a la una con el Lector) mientras ambos curiosean, intrusos, y siguen los signos que la pluma está trazando en esos folios.

2

¿Quién soy?

24 de marzo de 1897

Siento cierto apuro, como si estuviera desnudando mi alma, en ponerme a escribir por orden —¡no, válgame Dios!, digamos por sugerencia— de un judío alemán (o austriaco, lo mismo da). ¿Quién soy? Quizá resulte más útil interrogarme sobre mis pasiones, de las que tal vez siga adoleciendo, que sobre los hechos de mi vida. ¿A quién amo? No me pasan por la cabeza rostros amados. Sé que amo la buena cocina: sólo con pronunciar el nombre de La Tour d’Argent experimento una suerte de escalofrío por todo el cuerpo. ¿Es amor?

¿A quién odio? A los judíos, se me antojaría contestar, pero el hecho de que esté cediendo tan servilmente a las incitaciones de ese doctor austriaco (o alemán) me dice que no tengo nada contra esos malditos judíos.

De los judíos sé lo que me ha enseñado el abuelo:

—Son el pueblo ateo por excelencia —me instruía—. Parten del concepto de que el bien debe realizarse aquí, y no más allá de la tumba. Por lo cual, obran sólo para la conquista de este mundo.

Los años de mi infancia se vieron entristecidos por ese fantasma. El abuelo me describía esos ojos que te espían, tan falsos que te sobrecogen, esas sonrisas escurridizas, esos labios de hiena levantados sobre los dientes, esas miradas pesadas, infectas, embrutecidas, esos pliegues entre nariz y labios siempre inquietos, excavados por el odio, esa nariz suya cual monstruoso pico de pájaro austral… Y el ojo, ah, el ojo… gira febril en la pupila color de pan tostado y revela enfermedades del hígado, putrefacto por las secreciones producidas por un odio de dieciocho siglos, se pliega en mil pequeños surcos que se acentúan con la edad, y ya a los veinte años, al judío se lo ve arrugado como a un viejo. Cuando sonríe, los párpados hinchados se le entrecierran de tal manera que apenas dejan pasar una línea imperceptible, señal de astucia, dicen algunos, de lujuria, precisaba el abuelo… Y cuando yo estaba ya bastante crecido para entender, me recordaba que el judío, además de vanidoso como un español, ignorante como un croata, ávido como un levantino, ingrato como un maltés, insolente como un gitano, sucio como un inglés, untuoso como un calmuco, imperioso como un prusiano y maldiciente como un astesano, es adúltero por celo irrefrenable: depende de la circuncisión que lo vuelve más eréctil, con esa desproporción monstruosa entre el enanismo de su complexión y la dimensión cavernosa de esa excrecencia semimutilada que tiene.

Yo, a los judíos, los he soñado todas las noches, durante años y años.

Por suerte nunca he conocido a ninguno, excepto la putilla del gueto de Turín, cuando era mozalbete (pero no intercambié más de dos palabras), y el doctor austriaco (o alemán, lo mismo da).

A los alemanes los he conocido, e incluso he trabajado para ellos: el más bajo nivel de humanidad concebible. Un alemán produce de media el doble de heces que un francés. Hiperactividad de la función intestinal en menoscabo de la cerebral, que demuestra su inferioridad fisiológica. En los tiempos de las invasiones bárbaras, las hordas germanas sembraban su recorrido de irrazonables amasijos de materia fecal. Por otra parte, también en los siglos pasados, un viajero francés entendía al punto si ya había cruzado la frontera alsaciana por el tamaño anormal de los excrementos abandonados en los bordes de las carreteras. Como si eso no bastara, es típica del alemán la bromhidrosis, es decir, el olor nauseabundo del sudor, y está probado que la orina de un alemán contiene el veinte por ciento de ázoe mientras la de las demás razas sólo el quince.

El alemán vive en un estado de perpetuo embarazo intestinal debido al exceso de cerveza y a esas salchichas de cerdo con las que se atiborra. Una noche, durante mi único viaje a Munich, en esa especie de catedrales desacralizadas llenas de humo como un puerto inglés y apestosas de manteca y tocino, los pude ver incluso a pares, ella y él, sus manos agarradas a esas jarras de cerveza que, por sí solas, saciarían la sed de un rebaño de paquidermos, nariz con nariz en un bestial diálogo amoroso, como dos perros que se olisquean, con sus carcajadas fragorosas y desgarbadas, su turbia hilaridad gutural, translúcidos por la grasa perenne que les pringa rostros y miembros, como el aceite en la piel de los atletas del circo antiguo.

Se llenan la boca de su Geist, que quiere decir espíritu, pero es el espíritu de la cerveza, que los entontece desde jóvenes, y explica por qué, más allá del Rhin, jamás se ha producido nada interesante en arte, salvo algunos cuadros con unas jetas repugnantes, y poemas de un aburrimiento mortal. Por no hablar de su música: no me refiero a ese Wagner ruidoso y funerario que hoy pasma también a los franceses, sino de lo poco que he oído de las composiciones del tal Bach, totalmente desprovistas de armonía, frías como una noche de invierno. Y las sinfonías de ese Beethoven: una bacanal de chabacanería.

El abuso de cerveza los vuelve incapaces de tener la menor idea de su vulgaridad, pero lo superlativo de esa vulgaridad es que no se avergüenzan de ser alemanes. Se han tomado en serio a un joven glotón y lujurioso como Lutero (¿puede casarse uno con una monja?), sólo porque ha echado a perder la Biblia al traducirla a su lengua. ¿Quién dijo que los teutones habían abusado de los dos grandes narcóticos europeos, el alcohol y el cristianismo?

Se consideran profundos porque su lengua es vaga, no tiene la claridad de la francesa, y no dice exactamente lo que debería, de suerte que ningún alemán sabe nunca qué quiere decir, y va y toma esa incertidumbre por profundidad. Con los alemanes es como con las mujeres, nunca se llega al fondo. Desgraciadamente, esa lengua inexpresiva, con unos verbos que, al leer, tienes que buscarlos ansiosamente con los ojos, porque nunca están donde deberían estar, pues bien, esa lengua mi abuelo me obligó a aprenderla de chico, y no hay por qué sorprenderse, con lo que le gustaban los austríacos. Y por eso, esa lengua, la he odiado, tanto como al jesuita que venía a enseñármela a golpes de regla en los dedos.

Desde que ese Gobineau ha escrito sobre la desigualdad de las razas parece que, si alguien habla mal de otro pueblo, es porque considera superior al propio. Yo no tengo prejuicios. Desde que me volví francés (y ya lo era a medias por mi madre), entendí hasta qué punto mis compatriotas eran perezosos, estafadores, rencorosos, celosos, orgullosos más allá de todo límite, tanto que piensan que el que no es francés es un salvaje, incapaz de aceptar reproches. Claro que he entendido que para inducir a un francés a reconocer una tara de su raza basta con hablarle mal de otro pueblo, como si dijéramos «Nosotros los polacos tenemos este o aquel defecto» y, como nunca quieren ser segundos de nadie, ni siquiera en lo malo, reaccionan al instante con «Oh, no, aquí en Francia somos peores» y dale, dale a hablar mal de los franceses, hasta que se dan cuenta de que han caído en tu trampa.

No aman a sus semejantes, ni siquiera cuando les sale a cuenta. Nadie es tan maleducado como un tabernero francés; tiene todas las trazas de odiar a sus clientes (y quizá sea verdad) y de desear no tenerlos (y eso es falso, porque el francés es codicioso hasta la médula). Ils grognent toujours. Vamos, tú pregúntales algo: sais pas, moi, y sacan los labios hacia fuera como si pedorrearan.

Son malos. Matan por aburrimiento. Es el único pueblo que ha mantenido ocupados a sus ciudadanos durante varios años en eso de cortarse la cabeza unos a otros, y suerte que Napoleón consiguió canalizar su rabia hacia las otras razas, movilizándolos para destruir Europa.

Están orgullosos de tener un Estado que dicen poderoso, pero se pasan el tiempo intentando que caiga: nadie como el francés tiene tanta habilidad para hacer barricadas por cualquier motivo y cada dos por tres, a menudo sin saber ni siquiera por qué, dejándose arrastrar a la calle por la peor chusma. El francés no sabe bien qué quiere, lo único que sabe a la perfección es que no quiere lo que tiene. Y para decirlo no sabe sino cantar canciones.

Creen que todo el mundo habla francés. Ocurrió hace algunas décadas con ese Lucas, un hombre de genio: treinta mil documentos autógrafos falsos, robando papel antiguo cortado de las guardas de libros viejos de la Bibliothèque Nationale, imitando diferentes caligrafías, aunque no tan bien como sabría hacerlo yo… Vendió no sé cuántos a un precio altísimo a ese imbécil de Chasles (gran matemático, dicen, y miembro de la Academia de las Ciencias, pero un emérito badulaque). Y no sólo él sino muchos de sus colegas académicos tomaron por bueno que Calígula, Cleopatra o Julio César se escribían sus cartas en francés, y que en francés se carteaban Pascal, Newton y Galileo, cuando hasta los niños saben que los sabios de aquellos siglos se escribían en latín. Los doctos franceses no tenían ni idea de que otros pueblos hablaban de forma muy distinta del francés. Y, además, las cartas falsas decían que Pascal había descubierto la gravitación universal veinte años antes que Newton, y esto bastó para deslumbrar a esos sorboneros devorados por la fatuidad nacional.

Quizá la ignorancia es efecto de su avaricia, el vicio nacional que los franceses toman por virtud y llaman parsimonia. Sólo en este país se ha podido idear toda una comedia alrededor de un avaro. Por no hablar de papá Grandet.

La avaricia la ves en sus viviendas polvorientas, con esas tapicerías que nunca se renuevan, con esos cachivaches que se remontan a sus antepasados, con esas escaleras de caracol de madera tambaleante para aprovechar el poco espacio. Injertad, como se hace con las plantas, un francés con un judío (mejor aún si es de origen alemán) y tendréis lo que tenemos, la Tercera República…

Si me he vuelto francés es porque ya no podía soportar ser italiano. En cuanto piamontés (de nacimiento), sentía que sólo era la caricatura de un galo, pero de ideas más estrechas. A los piamonteses cualquier novedad los envara; lo inesperado les aterra; para que llegaran hasta las Dos Sicilias (aunque entre los garibaldinos había poquísimos piamonteses) fueron necesarios dos ligures: un exaltado como Garibaldi y un gafe como Mazzini. Y no hablemos de lo que descubrí cuando me mandaron a Palermo (¿cuándo fue?, tengo que reconstruirlo). Sólo ese vanidoso de Dumas amaba a esos pueblos, quizá porque lo adulaban más que los franceses, que, con todas sus lisonjas, no dejaban de considerarlo un mulato. Gustaba a napolitanos y sicilianos, mestizos también ellos, no por error de una madre pelleja sino por historia de generaciones, nacidos de cruces de levantinos desleales, árabes sudorientos y ostrogodos degenerados, que tomaron lo peor de cada uno de sus híbridos antepasados: de los sarracenos, la indolencia; de los suabos, la ferocidad; de los griegos, la infructuosidad y el gusto de perderse en charlas con tal de dividir un pelo en cuatro. Y, por lo demás, es suficiente ver a esos scugnizzi que en Nápoles encantan a los extranjeros, sofocándose con espaguetis que se echan al coleto con los dedos, pringándose de salsa de tomate rancio. No los he visto, creo, pero lo sé.

El italiano es de poco fiar, vil, traidor, se encuentra más a gusto con el puñal que con la espada, mejor con el veneno que con el fármaco, artero en los tratos, coherente sólo en cambiar de pendón según sople el viento. Y he visto lo que hicieron los generales borbónicos nada más aparecer los aventureros de Garibaldi y los generales piamonteses.

Claro, es que los italianos se han modelado sobre los curas, el único gobierno auténtico que han tenido desde que los bárbaros sodomizaran a aquel pervertido del último emperador romano porque el cristianismo había debilitado el orgullo de la raza antigua.

Los curas… ¿Cómo los conocí? En casa del abuelo, me parece, tengo el recuerdo oscuro de miradas huidizas, dentaduras podridas, alientos pesados, manos sudadas que intentaban acariciarme la nuca. Qué asco. Ociosos, pertenecen a las clases peligrosas, como los ladrones y los vagabundos. Uno se hace cura o fraile sólo para vivir en el ocio, y el ocio lo tienen garantizado por su número. Si hubiera, digamos, uno por cada mil almas, los curas tendrían tantos quehaceres que no podrían estar tumbados a la bartola mientras se echan capones entre pecho y espalda. Y entre los curas más indignos, el gobierno elige a los más estúpidos y los nombra obispos.

Empiezan a revolotear a tu alrededor nada más nacer cuando te bautizan, te los vuelves a encontrar en el colegio, si tus padres han sido tan beatos para encomendarte a ellos; luego viene la primera comunión, y la catequesis, y la confirmación; y ahí está el cura el día de tu boda para decirte lo que tienes que hacer en la alcoba, y el día siguiente en confesión para preguntarte cuántas veces lo has hecho y poder excitarse detrás de la celosía. Te hablan con horror del sexo, pero los ves salir todos los días de un lecho incestuoso sin ni siquiera haberse lavado las manos para ir a comerse y beberse a su señor, y luego cagarlo y mearlo.

Repiten que su reino no es de este mundo, y ponen las manos encima de todo lo que puedan mangonear. La civilización nunca alcanzará la perfección mientras la última piedra de la última iglesia no caiga sobre el último cura y la tierra quede libre de esa gentuza.

Los comunistas han difundido la idea de que la religión es el opio del pueblo. Es verdad, porque sirve para frenar las tentaciones de los súbditos, y si no existiera la religión, habría el doble de gente en las barricadas, por eso en los días de la Comuna había poca, y se la pudieron cargar sin tardanza. Claro que, tras haber oído hablar a ese médico austriaco de las ventajas de la droga colombiana, yo diría que la religión también es la cocaína de los pueblos, porque la religión empujó y empuja a las guerras, a las matanzas de infieles, y esto vale para cristianos, musulmanes y otros idólatras; y si los negros de África antes se limitaban a matarse entre ellos, los misioneros los han convertido y los han transformado en tropa colonial, de lo más adecuada para morir en primera línea, y para violar a las mujeres blancas cuando entran en una ciudad. Los hombres nunca hacen el mal de forma tan completa y entusiasta como cuando lo hacen por convencimiento religioso.

Los peores de todos, sin duda, son los jesuitas. Tengo la vaga sensación de haberles hecho alguna que otra jugarreta, o quizá sean ellos los que me han hecho daño, todavía no lo recuerdo bien. O quizá eran sus hermanos carnales, los masones, iguales a los jesuitas, sólo que un poco más confusos. Aquéllos, por lo menos, tienen una teología propia y saben cómo manejarla, éstos tienen demasiadas y pierden la cabeza. De los masones me hablaba el abuelo. Junto con los judíos, le cortaron la cabeza al rey. Y generaron a los carbonarios, masones un poco más estúpidos porque se dejaron fusilar, en una ocasión, y después se dejaron cortar la cabeza por haberse equivocado en la fabricación de una bomba, o se convirtieron en socialistas, comunistas y comuneros. Todos al paredón. Bien hecho, Thiers.

Masones y jesuitas. Los jesuitas son masones vestidos de mujer.

Odio a las mujeres, por lo poco que sé de ellas. Durante años he estado obsesionado por esas brasseries à femmes donde se reúnen malhechores de toda suerte. Peor que las casas de tolerancia. Éstas, por lo menos, encuentran dificultades para instalarse por la oposición de los vecinos, mientras que esos otros locales se pueden abrir dondequiera que uno guste porque, dicen, son sólo establecimientos donde se va a beber. Pero se bebe en la planta baja y se practica el meretricio en los pisos superiores. Cada cervecería tiene un tema, al que se ciñen los vestidos de las muchachas: aquí encuentras kellerinas alemanas; allá, delante del Palacio de Justicia, camareras con toga de abogado. Por otra parte, bastan los nombres, como la Brasserie du Tire-cul, la Brasserie des Belles Marocaines o la Brasserie des Quatorze Fesses, no lejos de la Sorbona. Casi siempre las regentan alemanes, que es una buena manera de minar la moralidad francesa. Entre el quinto y el sexto arrondissement hay por lo menos sesenta, pero en todo París hay casi doscientas, y todas dejan entrar también a los chavales. Los chicos primero van por curiosidad, luego por vicio y, por fin, pescan la sífilis (cuando les va bien). Si la brasserie está cerca de un colegio, los estudiantes, a la salida, van a espiar a las mozas a través de la puerta. Yo voy para beber. Y para espiar, desde dentro, a través de la puerta, a los estudiantes que desde fuera espían a través de la puerta. Y no sólo a los estudiantes. Se aprende mucho sobre costumbres y compañías de adultos, y siempre puede servir.

Lo que más me divierte es identificar, en las mesas, la índole de los diferentes rufianes a la espera. Algunos son maridos que viven de los encantos de su mujer y están en medio de los demás, bien vestidos, fumando y jugando a las cartas, y el tabernero y las chicas hablan de ellos como de la mesa de los cornudos; pero en el Barrio Latino muchos son ex estudiantes fracasados, siempre inquietos por el miedo a que alguien les sople su renta, y a menudo sacan la navaja. Los más tranquilos son los ladrones y los asesinos, que van y vienen porque tienen que ocuparse de sus golpes, y saben que las chicas no los traicionarán, pues al día siguiente estarían flotando en el Bièvre.

Hay también invertidos, que se dedican a captar depravados y depravadas, para los servicios más soeces. Recogen clientes en el Palais-Royal o en los Champs-Élysées y los atraen con señales convencionales. A menudo hacen que sus cómplices lleguen a la habitación disfrazados de policías; éstos amenazan con arrestar al cliente en calzoncillos, el fulano se pone a implorar piedad, y saca del bolsillo un buen fajo de billetes.

Cuando entro en esos lupanares, lo hago con prudencia porque sé lo que podría pasarme. Si el cliente tiene pinta de tener dinero, el tabernero hace una señal, una chica se acerca y poco a poco lo convence para que invite a la mesa a todas las demás, y dale con lo más caro (pero ellas, para no emborracharse, beben anisete superfino o cassis fin, agua coloreada que el cliente paga a peso de oro). Luego intentan hacerte jugar a las cartas, naturalmente se intercambian señales, tú pierdes y tienes que pagarles la cena a todas, y al tabernero, y a su mujer. Y si intentas dejarlo, te proponen que juegues, no por dinero: a cada mano que ganas, una de las chicas se quita algo de ropa… y a cada encaje que cae, hete ahí esas asquerosas carnes blancas, esos senos túrgidos, esos sobacos oscuros con un olor que te enerva…

Nunca he subido al piso de arriba. Alguien ha dicho que las mujeres no son más que el sucedáneo del vicio solitario, salvo que se requiere más imaginación. Por eso vuelvo a casa y de noche sueño con ellas, pues no soy de hierro y, además, son ellas las que me provocan.

He leído al doctor Tissot, sé que son perjudiciales incluso de lejos. No sabemos si los espíritus animales y el licor genital son lo mismo, pero es seguro que estos dos fluidos tienen cierta analogía, y tras largas poluciones nocturnas, no sólo se pierden las fuerzas, sino que el cuerpo se adelgaza, palidece el rostro, pulverízase la memoria, núblase la vista, la voz se vuelve ronca, sueños inquietos turban el dormir, adviértense dolores en los ojos y salen manchas rojas en la cara, algunos escupen materias calcinadas, notan palpitaciones, sofocos, desmayos, otros se quejan de estreñimiento, o emisiones cada vez más fétidas. Por último, la ceguera.

Quizá sean exageraciones: de chico, yo tenía la cara granujienta: parece ser que es típico de la edad, o quizá es que todos los chicos se procuran esos placeres, algunos de forma excesiva, tocándose día y noche. Ahora, pues, sé dosificarme, sólo tengo sueños ansiosos cuando vuelvo de uno de esos locales y no me pasa, como a muchos, eso de tener erecciones nada más ver una falda por la calle. El trabajo me protege de la relajación de las costumbres.

Pero, ¿por qué hacer filosofía en lugar de reconstruir los acontecimientos? Quizá porque necesito saber no sólo lo que hice antes de hoy, sino también cómo soy dentro de mí. Aun admitiendo que tenga un dentro. Dicen que el alma es sólo lo que uno hace, pero si odio a alguien y cultivo este rencor, voto a Dios, ¡esto significa que un dentro existe! ¿Cómo decía el filósofo? Odi ergo sum.

Hace poco, cuando han llamado de abajo, temía que fuera alguien tan necio como para querer comprar algo; en cambio, el tipo me ha dicho en seguida que lo mandaba Tissot. ¿Por qué habré elegido este santo y seña? Quería un testamento ológrafo, firmado por un tal Bonnefoy a favor de un tal Guillot (seguramente era él), tenía el papel de cartas que usa, o usaba, ese Bonnefoy y un ejemplo de su caligrafía. He hecho subir al despacho a Guillot, he elegido una pluma y la tinta adecuadas y, sin ni siquiera hacer una prueba, he fabricado el documento. Perfecto. Como si Guillot conociera las tarifas, me ha dejado una recompensa proporcional a la herencia.

Así pues, ¿es éste mi oficio? Está bien construir un acta notarial de la nada, forjar una carta que parece verdadera, elaborar una confesión comprometedora, crear un documento que lleve a alguien a la perdición. El poder del arte… Me tengo que premiar con una visita al Café Anglais.

Debo de tener la memoria en la nariz, porque tengo la impresión de que llevo siglos sin aspirar el perfume de ese menú: soufflés à la reine, filets de sole à la vénitienne, escalopes de turbot au gratin, selle de mouton purée bretonne… Y como entrantes poulet à la portugaise, o pâté chaud de cailles, u homard à la parisienne, o todo junto, y como plato fuerte, qué sé yo, canetons à la rouennaise u ortolans sur canapés, y como intermedios, aubergines à l’espagnole, asperges en branches, cassolettes princesse… Para el vino, no sabría, quizá Château Margaux, o Château Latour, o Château Lafite, depende de la cosecha. Para rematar, sí, una bombe glacée.

La cocina siempre me ha dado más satisfacciones que el sexo: quizá sea una marca que me han dejado los curas.

Sigo sintiendo como una nube, en la mente, que me impide mirar atrás. ¿Por qué, de repente, me afloran a la memoria mis fugas al Caffè al Bicerin con los hábitos del padre Bergamaschi? Me había olvidado completamente del padre Bergamaschi. ¿Quién era? Me gusta dejar correr la pluma allá donde el instinto me ordena. Según aquel doctor austriaco debería llegar a un momento verdaderamente doloroso para mi memoria, que explicaría por qué de golpe he borrado tantas cosas.

Ayer, el que yo consideraba lunes 22 de marzo, me desperté como si supiera perfectamente quién era: el capitán Simonini, sesenta y siete años cumplidos pero bien llevados (estoy todo lo rollizo que es menester para que se me considere lo que se dice un hombre bien plantado); adopté en Francia ese título en recuerdo del abuelo, alegando vagos lances militares en las filas de los garibaldinos en Sicilia, algo que en este país, donde a Garibaldi se lo aprecia más que en Italia, otorga cierto prestigio. Simón Simonini, nacido en Turín, de padre turinés y madre francesa (o saboyana, pero cuando nació Saboya estaba invadida por los franceses).

Estando todavía en la cama, dejaba correr la imaginación… Con los problemas que tenía con los rusos (¿los rusos?) era mejor no dejarme ver en mis restaurantes preferidos. Podría cocinarme algo aquí en casa. Trabajar algunas horas y, luego, preparar un buen plato, eso me relaja. Por ejemplo, unas côtes de veau Foyot: carne de por lo menos cuatro centímetros de grosor, porciones para dos, por supuesto, dos cebollas de tamaño mediano, cincuenta gramos de miga de pan, setenta y cinco de queso gruyère rallado, cincuenta de mantequilla, se pica la miga hasta hacer un pan rallado que se mezcla con el gruyère, luego se pelan y trituran las cebollas, se funden cuarenta gramos de mantequilla en un cacito pequeño mientras en otro se pondrán a dorar las cebollas con la mantequilla sobrante, se cubre el fondo del plato con la mitad de las cebollas, se salpimienta la carne, se la coloca en el plato y se añade el resto de la cebolla a un lado, se cubre todo con una primera capa de miga con queso haciendo que la carne se pegue bien al fondo del plato, se vierte la mantequilla fundida y se aprieta ligeramente con la mano, se pone otra capa de miga hasta formar una especie de cúpula sin dejar de añadir mantequilla, se empapa bien con vino blanco y caldo, sin sobrepasar la mitad de la altura de la carne. Se pone en el horno durante media hora, sin dejar de humedecer con vino y caldo. Se acompaña con coliflor salteada.

Lleva un poco de tiempo, pero los placeres de la cocina empiezan antes que los del paladar, y preparar quiere decir pregustar, como estaba haciendo yo, todavía remoloneando en la cama. Los necios necesitan tener bajo las mantas a una mujer, o a un chicuelo, para no sentirse solos. No saben que el que se le haga a uno la boca agua es mejor que una erección.

Tenía en casa casi todo, salvo el gruyère y la carne. Para la carne, si hubiera sido otro día, estaba el carnicero de la place Maubert, pero quién sabe por qué el lunes está cerrado. Claro que, conocía a otro a doscientos metros de distancia en el boulevard Saint-Germain, y un breve paseo tampoco me sentaría mal.

Me visto y, antes de salir, ante el espejo que domina el tocador, me aplico el consabido par de bigotes negros y mi hermosa barba en el mentón. Luego me toco con la peluca y la peino con su habitual raya en el medio, mojando apenas el peine en la palangana. Me pongo la redingote, y meto en el bolsillo del chaleco el reloj de plata con su cadena bien a la vista. Para parecer un capitán jubilado, se me da bien juguetear, mientras hablo, con una cajita de tortuga llena de pequeños rombos de regaliz y en el interior de la tapa el retrato de una mujer fea pero bien vestida, sin duda una amada difunta. De vez en cuando, me meto en la boca un rombo y lo paso de un lado al otro de la lengua, lo cual me permite hablar más lentamente, así el oyente sigue el movimiento de tus labios y no presta mucha atención a lo que dices. El problema es causar la impresión de ser alguien dotado de una inteligencia menos que mediocre.

Bajé a la calle, doblé la esquina, intentando no pararme delante de la brasserie, desde la cual, ya desde primera hora de la mañana, llegaba el vocerío sin gracia de sus mujeres perdidas.

La place Maubert ya no es la corte de los milagros que todavía era cuando llegué hace treinta y cinco años, un hormiguero de comerciantes de tabaco reciclado: tabaco grueso —el que se obtiene de residuos de puros y de los fondos de pipa— y fino, procedente de las primeras colillas de cigarrillos; el grueso a un franco y veinte céntimos; el fino, entre un franco con cincuenta y un franco con sesenta la libra (aunque aquella industria no era muy lucrativa, y tampoco hoy lo es mucho, si ninguno de esos industriosos recicladores, una vez gastada una parte consistente de sus ganancias en alguna taberna, sabe dónde dormir por la noche). Un hervidero de protectores que, tras haber remoloneado por lo menos hasta las dos de la tarde, dejaban transcurrir el resto de la jornada apoyados en una pared como jubilados de buena condición, para entrar en acción como perros pastores nada más caer las tinieblas. Un avispero de ladrones obligados a robarse los unos a los otros porque ningún burgués (salvo algún que otro desocupado procedente del campo) osaría cruzar esa plaza, y yo habría resultado una buena presa si no hubiera caminado con paso militar, haciendo molinetes con mi bastón —además los rateros del lugar me conocían, alguno me saludaba, es más, me llamaba capitán, pensaban que de alguna manera yo pertenecía a esa maleza, y un lobo no muerde a otro—. Y un nido de prostitutas de gracias mustias puesto que, si siguieran siendo agradables, ejercerían en las br ...