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EL CHAPO GUZMáN: EL JUICIO DEL SIGLO

Alejandra Ibarra  

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Fragmento

NADA CAMBIA DESPUÉS DE
“EL JUICIO DEL SIGLO”

ISMAEL BOJÓRQUEZ PEREA

Fue a principios de enero cuando nos avisaron. El juicio en Brooklyn estaba generando fricciones entre Ismael Zambada García y los hijos de Joaquín Guzmán Loera. Era una pregunta que me hacían con frecuencia los medios nacionales. Qué está pasando en Sinaloa, cómo está impactando el juicio en la tierra de los más grandes capos que ha parido este país, en la cuna del Cártel de Sinaloa, la plaza del Chapo. Todo está tranquilo por acá, les decía. Y estaba. Por lo menos durante las primeras semanas de haber iniciado el juicio. Después no. Según nuestras fuentes, después de las declaraciones de su hijo Vicente Zambada, El Mayo se comunicó con los hijos del Chapo, Iván Guzmán Salazar y su hermano Alfredo. Les pidió que le enviaran un mensaje a su padre, que debía declararse culpable, que ya no tenía salida y que quería ayudar a su hijo para que saliera pronto.

El Vicentillo fue extraditado en febrero de 2010 y después de un largo jaloneo entre los fiscales y su defensa, el acusado alegó una figura legal que se llama “autoridad pública” y que supuestamente le otorgaba inmunidad contra actos criminales. No hay que olvidar que dos horas antes de ser detenido en Ciudad de México, en 2009, Vicente había estado en una reunión con dos agentes de la DEA en el hotel María Isabel Sheraton, ubicado a un costado de la embajada de los Estados Unidos. Vaya coincidencia.

Tenía acusaciones en cortes federales de Washington y Chicago, y aunque terminó declarándose culpable llegó a un acuerdo con los fiscales y los jueces para obtener una sentencia mínima a cambio de cooperar con la justicia norteamericana. Por eso estaba ahí Vicente frente al Chapo, su socio, su compadre, su amigo, señalándolo en un acto de congruencia criminal. Bisnes son bisnes.

No debió gustarles mucho la petición a los Chapitos. Respetan al Mayo. Son familias que históricamente han colaborado. Han estado fusil con fusil en las más sangrientas guerras con los otros cárteles de la droga. Han hecho dinero juntas y han creado imperios en México y otros países. Pero se trataba del padre, de su padre en el banquillo de una corte gringa, todo el peso de las pruebas encima, testimonios que vendieron su alma al diablo para alivianar el peso de sus propios procesos judiciales.

No le respondieron o quizás un “lo veremos”. Días después Ismael Zambada los citó en alguna de sus guaridas y no fueron por desconfianza. Las cosas se tensaron. Por el contrario, Iván y Alfredo decidieron prepararse para una discrepancia mayor y una de las primeras medidas fue hacerse por la fuerza de 200 vehículos adicionales, principalmente camionetas. No se apreciaba mucho en la superficie, pero se percibía que algo muy turbio se movía en los túneles de la ciudad.

Siempre estuvimos pulsando reacciones en Culiacán durante el juicio. Algo podía pasar, decíamos. La atención que en Sinaloa se le prestó estaba determinada por muchos factores: la fuerza mediática del acusado y hasta el cariño y admiración que muchas y muchos sienten por él, los personajes que gravitaban en torno suyo —principalmente los testimonios—, la historia del narco, el interés por la información que ahora fluiría en la corte… y especialmente la cobertura que estaba haciendo Ríodoce a través de Alejandra Ibarra Chaoul, quien, con recursos mínimos, estuvo a la altura, en calidad y tiempo, de los más importantes medios y periodistas internacionales.

Los testimonios más importantes eran de aquí y todos habían sido parte de un mismo equipo criminal. Jesús Reynaldo Zambada, El Rey, también sujeto a proceso en una corte de Chicago, dijo cosas insólitas de su compadre El Chapo. Lo mismo Vicente Zambada. Y Dámaso López Núñez, qu

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