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EL CIELO NO EXISTE

Inés Fernández Moreno  

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Fragmento

Índice

Portada

Epígrafe

Marioneta

Ostracismo

Comantalevú

Futuro conjetural

Volutas

Expoliada

La ingeniera

Arepazo

Bifurcada rama

Ganesha

Big Love

Sonda nasogástrica

Proxenetas

Uno con el todo

Algarabía

Prolegómenos

Espejismos

Wachiturro

Zinko

Impregnación

Nefertiti

Circo cerco cuervo huevo mesa…

Guiñapo

Improntas

Botón gástrico

Chajarí

Chalana

Involucrada

Claudicación

Garfio

Boqueteros

Endibias recostadas

Azcuénaga

Send

Criptas y vampiros

Temerarias

Síncope

Desmantelada

Burrasco

Kitikííí

Contenedores

Metempsicosis

Cremación voluntaria

Epílogo

Agradecimientos

Biografía

Otros títulos de la autora

Créditos

Grupo Santillana

Sin culpa no hay historia

JUAN VILLORO

Marioneta

Tiene fresco en los sentidos el restallido de un látigo, el polvo que levanta del suelo. Gira bruscamente en la cama y se desprende del sueño. Otro restallido: es una ventana que golpea contra su marco en una mañana ventosa. Pero había otras imágenes, ¿enanos? La atmósfera de un circo, en todo caso, la estela sórdida que dejan con su mezcla de monstruosidad y destreza. Cala se ilumina de golpe, es la marioneta lo que la ha llevado a construir esas escenas dislocadas de trapecistas, enanos y domadores.

“Estos surcos que van de las comisuras de la boca hasta la barbilla”, dijo la doctora Spiller, “son los que le dan al rostro su expresión de amargura. Nosotros los llamamos marioneta”. La palabra se hundió en su cerebro y se quedó perturbando el fondo pantanoso de sus obsesiones. “La barbilla se recorta sobre el maxilar”, había abundado Spiller con sangre fría, “parece que se desprende del resto de la cara, como sucede con los muñecos de los ventrílocuos”.

Había llegado hasta aquella médica —especialista en tratamientos estéticos y dermocirugía— arrastrada por su amiga Gloria. Ya que estaba rodeada de los problemas de la vejez, decía, ella estaba obligada a mantenerse joven, e insistía con regalarle una parte del tratamiento.

“El ácido hialurónico inyectado en microdosis a lo largo de esos surcos”, dijo Spiller, “reconstituye el tejido. Los surcos se atenúan notablemente, se suaviza el gesto”. La operación no sólo sería física. También moral: la obligaría a hacer un acto contrario al ahorro, al miserable sentido común del que Cala está presa en los últimos años. Un puro gesto de vanidad: porque era posible, sin cirugía, domesticar, o al menos planchar la amargura por dos mil quinientos pesos argentinos.

Cala salta de la cama. Se ducha y se viste. Se pone una capa de maquillaje claro sobre los surcos amargos y bajo las ojeras. Es tarde y Martín la está esperando.

Camina apurada hacia la parada de Triunvirato y, antes de llegar, ve pasar con feroz indiferencia un 108 y un 176. Se perdió por segundos dos colectivos: ha caído en el agujero negro, un fenómeno curioso donde el tiempo de pronto parece quedar abolido y provoca una ruptura en el ritmo urbano. (“Es una zona ciega”, le había explicado Leo.) Todo movimiento de transporte se detiene. Pueden pasar entre veinte minutos a media hora y Pampa —remota a estas alturas del cinco mil y pico— olvida sus pretensiones de calle elegante y se transforma nuevamente en callecita de tierra, en mero pedazo de pampa, llanura pelada, donde sólo puede percibirse algún cartonero a lo lejos, la pick-up que pregona compra y venta de muebles viejos, algún v

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