Loading...

EL CLUB DE LOS CORAZONES SOLITARIOS (EL CLUB DE LOS CORAZONES SOLITARIOS 1)

Elizabeth Eulberg  

0


Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Declaración

Yesterday “Love was such an easy game to play…”

Uno

Dos

Tres

Come Together “…you´ve got to be free…”

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Revolution “We all want to change the world…”

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veintiuno

Veintidós

Veintitrés

You´ve Got to Hide Your Love Away “How can I even try? I can never win…”

Veinticuatro

Veinticinco

Veintiséis

Veintisiete

Veintiocho

Veintinueve

Treinta

Treinta y uno

Treinta y dos

With a Little Help From My Friends “I get by with a little help from my friends…”

Treinta y tres

Treinta y cuatro

Treinta y cinco

Treinta y seis

Treinta y siete

Here Comes the Sun “Little darling, it´s been a long cold lonely winter…”

Treinta y ocho

Agradecimientos

Sobre la autora

Créditos

A mis queridos e incondicionales críticos,

en especial a Dav Pilkey,

la primera persona que me animó a escribir.

Todo esto es culpa suya.

Yo, Penny Lane Bloom, juro solemnemente no volver a salir con ningún chico en lo que me queda de vida.

De acuerdo, quizá cambie de opinión dentro de unos diez años, cuando ya no viva en Parkview, Illinois (EE UU), ni asista al instituto McKinley; pero, por el momento, he acabado con los chicos. Son unos mentirosos y unos estafadores. La escoria de la Tierra.

Sí, desde el primero hasta el último. La maldad personificada.

Algunos parecen agradables, claro; pero en cuanto consiguen lo que buscan, se deshacen de ti y pasan al objetivo siguiente.

Así que he terminado.

No más chicos.

Punto final.

intLONELYHEART2.pdf

Uno

Cuando tenía cinco años, caminé hasta el altar con el hombre de mis sueños.

Bueno, dejémoslo en «el niño» de mis sueños. También tenía cinco años.

Conocía a Nate Taylor prácticamente desde que nací. Su padre y el mío eran amigos de la niñez y, todos los años, Nate y sus padres pasaban el verano con mi familia. Mi álbum de recuerdos de la infancia está lleno de fotos de los dos: bañándonos juntos, de bebés; jugando en la casa del árbol del jardín trasero y —mi preferida— disfrazados de novios en miniatura en la boda de mi prima. (Poco después, colgué la foto con orgullo en la pared de mi cuarto: yo, con mi vestido blanco; Nate, con su esmoquin).

Todo el mundo bromeaba y aseguraba que algún día nos casaríamos de verdad. Nate y yo también lo creíamos. Nos considerábamos la pareja perfecta. No me importaba jugar a la guerra con Nate, y él llegó a jugar con mis muñecas (aunque nunca lo admitió). Me empujaba en los columpios y yo le ayudaba a organizar sus muñecos de acción. Nate opinaba que estaba preciosa con mis coletas, y yo pensaba que era muy guapo (incluso en su breve etapa de gordinflón). Sus padres me caían bien, y a él le caían bien los míos. Yo quería un bulldog inglés y Nate, un pug. Los macarrones con queso eran mi plato favorito, y el suyo también.

¿Qué más podría pedir una chica?

Para mí, esperar con ilusión la llegada del verano equivalía a esperar con ilusión a Nate. Como resultado, casi todos mis recuerdos tenían que ver con él:

Mi primer beso (en mi casita del árbol, cuando teníamos ocho años. Le propiné un puñetazo y, luego, me eché a llorar).

Recibe antes que nadie historias como ésta