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EL CUARTO ARCANO. EL PUERTO DE LAS TORMENTAS.

Florencia Bonelli  

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Fragmento

Índice

Frontispicio

Portada

Dedicatoria

Agradecimientos

Epígrafe

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Epílogo

Biografía

Otros títulos de la autora

Créditos

Grupo Santillana

Dedico este libro a mis adorados sobrinos

Patá y Agustín. Mi amor por ustedes es el
sentimiento más puro y noble del que he sido capaz.

A mi dulce Tomás. Ídem.

A mi sobrinito Felipe que viene en camino.

Ya te quiero con todo el corazón.

AGRADECIMIENTOS

Quisiera agradecer a mis dos queridas amigas, las escritoras Gloria V. Casañas y Mercedes Giuffré, por el valiosísimo material que me aportaron para la investigación de este libro. Meche, Glori, las quiero mucho.

Agradezco al profesor Oscar Conde, por su generosidad y desinterés al ayudarme con unos mensajes en latín clásico. Contar con su colaboración, profesor, fue un honor para mí.

“No la amo porque sus labios sean dulces, ni brillantes sus ojos,
ni sus párpados suaves; no la amo porque entre sus dedos salte mi gozo
y juegue como juegan los días con la esperanza; no la amo porque al
mirarla sienta en la garganta el agua y al mismo tiempo una sed
insaciable; la amo sencillamente porque no puedo hacer otra cosa que
amarla. Si yo pudiera mandar en mi amor, quizá no la querría,
pero a tanto no llega mi poder.”

Califa Abdedoba

(Extractado del libro “El amor mágico y
la sexualidad sagrada”
de Ramiro Calle)

CAPÍTULO
I

Palacio del virrey, Río de Janeiro, martes 13 de mayo de 1806.

La baronesa Ágata de Ibar se inclinó sobre la anciana a su lado y, buscando intimidad tras el abanico, preguntó:

—Señora Barros, ¿quién es aquel caballero?

—¿Cuál?

—El que está haciendo molinete con el guante.

—Roger Blackraven, conde de Stoneville.

La anciana se dio cuenta de que la baronesa apreciaba al conde inglés como un chalán valora a un purasangre.

—¿Y la mujer junto a él? ¿Su esposa quizá?

—Oh, no. Me la presentó como su prima. Éloïse Letrand, ése es su nombre. Francesa, según entiendo. Y aquel joven, el de los rizos rubios, es el hermano de la muchacha, Prosper Letrand.

Ágata de Ibar se golpeteó el mentón con el abanico cerrado sin desviar la mirada de Blackraven, que en ese momento sesgaba la comisura izquierda en una sonrisa irónica ante un comentario de su prima. Aquel gesto cautivó a la baronesa, y la llevó a levantar sus propias comisuras y a abrir el abanico con un golpe seco para sacudirlo ante su rostro.

—Atractivo, ¿verdad? —escuchó murmurar a la señora Barros—. Si bien hace muy poco que llegó a Río de Janeiro, toda clase de conjeturas se tejen en torno a él. Algunos insinúan que es pirata. —Ágata de Ibar se volvió de súbito y la señora Barros asintió—. Dos de sus barcos están fondeados en la Bahía de Guanabara, y se dice que a su flota la componen más de veinte. Otros aseguran que es un espía inglés y hay quienes sostienen que lo es del emperador Napoleón. En definitiva, nada se sabe con certeza, sólo que es inmensamente rico. Y si es rico, es poderoso.

—Preséntemelo, señora Barros —pidió Ágata, y la anciana soltó un risita.

El barón João Nivaldo de Ibar las abordó en ese instante y tomó a su esposa por el brazo con delicadeza. Se destacaban por sus figuras, altas y delgadas, aunque la de ella presentaba curvas voluptuosas. Ambos vestían con elegancia, sin mostrar los excesos de algunos invitados a la velada ofrecida por el virrey en honor del natalicio del príncipe don Juan, regente del Portugal desde la declaración de insania de su madre, la reina María I.

—¿Nos retiramos, baronesa? Ya es tarde —dijo de Ibar.

—Señor, la señora Barros ha ofrecido presentarme a una amiga, la señorita Éloïse Letrand —y la señaló con discreción—. Ya sabe su merced cuánto hecho de menos a mis amigas. Desde que dejé Lisboa, a excepción de la encantadora señora Barros, no he tenido oportunidad de departir con personas interesantes. ¿Podría aguardar su merced a que se hayan realizado las presentaciones?

El barón asintió y las escoltó hasta el sector donde la señora Barros los presentó a los hermanos Letrand y al conde de Stoneville. Se entabló un diálogo en francés. La baronesa echaba vistazos a Roger Blackraven, que de cerca le había parecido impactante, un hombre de fuste, de eso no cabía duda, más allá de su corpulencia y de esa mirada oscura e hipnótica, de ese entrecejo poblado y fruncido. Se movía con desenvoltura, y nada en sus maneras denotaba una índole egotista como en la mayoría de los de su clase; observó que no llevaba peluca y se dijo que ningún hombre sensato lo habría hecho si contase con un cabello tan negro, abundante y hermoso. No chocaba su arrogancia natural, que eclipsaba a los demás hombres del salón, y poseía una cualidad de flagrante atracción sexual que lo delataba como un seductor consumado. “Aunque intuyo que puede llegar a ser cruel como uno de los caballos de Diomedes”, pensó Ágata, excitada, sonrojada. De él manaba tal fuerza, tal seguridad en su persona, un cinismo que lo habría llevado a condescender con más de uno esa noche, con su esposo, sin duda, que reía de alguna broma profiriendo ese sonido similar al graznido de un ganso.

Sí, Roger Blackraven lucía como un caballero; de igual manera, cierto aire en su semblante, en su modo de expresarse y de mirar hablaban de que en él habitaba un sustrato más a tono con ese rumor que lo tenía por filibustero. “En el fondo”, se dijo la baronesa, “este hombre se cree Dios”.

El barón de Ibar extendió la mano a Éloïse y le solicitó la próxima pieza, un vals. Blackraven hizo lo propio con la baronesa, y Prosper debió conformarse con la señora Barros, quien se negó pues, según declaró, no aprobaba ese baile nuevo.

Sus manos eran grandes y fuertes, como las de un campesino. La sorprendió que se deslizara con maestría, haciéndola sentir ligera, él mismo lo parecía a pesar de su cuerpo macizo y pesado, del que recibía una muestra al apretarle el brazo. Quizá componían un cuadro ridículo, ella tan delgada, él tan voluminoso, y, sin embargo, Ágata estaba a gusto en los brazos de ese hombre.

De acuerdo con las reglas de la danza, Blackraven sostenía la mirada de su compañera y sonreía, más allá de que en sus pensamientos sujetaba otra mano y rodeaba otra cintura. De pronto bailaba en la tertulia de su quinta “El Retiro”, en aquel caluroso domingo 2 de febrero, y en su mente se repetían las palabras que le había dirigido a ella para tranquilizarla: “Sólo relájate y déjate conducir por mí. La palabra vals proviene del alemán, wälzen, que significa girar. Esta danza no es más que eso, Isaura, girar y girar sobre nosotros mismos”. Ella, confiada, le permitió guiarla por el salón. Giraron y giraron, y él, que jamás dejó de mirarla, fue testigo de cómo sus mejillas se colorearon, sus ojos brillaron y su pecho agitado pugnó por desbordar el escote. Más tarde, ya de noche, ebrios de deseo, se adentraron en el Río de la Plata y también giraron y giraron en el agua, las piernas de Isaura entrelazadas a su cintura y sus brazos al cuello, para terminar haciendo el amor en la playa.

—No me contemple de ese modo, excelencia —pidió Ágata.

—¿Le molesta? —La baronesa sonrió en el gesto de quien admite su hipocresía, y Blackraven expresó—: Ya lo sospechaba.

—Para ser un conde inglés, excelencia, su educación deja mucho que desear. Creo que daré crédito a las hablillas que lo tienen por filibustero. —Blackraven rió, echando la cabeza hacia atrás, y Ágata contuvo el aliento, fascinada—. Ni parece inglés —pensó en voz alta.

—Mi madre es italiana. Quizás eso explique mi aspecto poco sajón.

—En verdad, lo explica. Dígame, excelencia, ¿es su gracia un filibustero, sí o no?

—No. —Blackraven levantó una ceja—. ¿Desilusionada?

—Habría sido una experiencia infrecuente departir con un rufián de los mares, casi una aventura. Admito que habría sido también un buen aprendizaje. No sé nada acerca de los mares y de sus misterios.

Blackraven sonrió con indulgencia y siguió bailando.

—¿Y qué me dice del cotilleo que habla de que hay dos barcos de su propiedad fondeados en la Bahía de Guanabara?

—Digo que es cierto.

—¿Cómo se llaman?

—Sonzogno y White Hawk.

—Mmmm… Sonzogno y White Hawk.

Terminó el vals, y Ágata de Ibar se decepcionó cuando su compañero la tomó de la mano para devolverla a su esposo.

Ocupaban las mejores habitaciones en el prestigioso Hotel Faria-Lima, a pocas cuadras de la morada del virrey. Éloïse subía las escaleras del brazo de Blackraven mientras comentaba acerca de la velada en honor del príncipe don Juan.

—¿No lo crees así, querido? ¿Roger, me escuchas?

—Disculpa, Marie —se excusó el conde, llamándola por su verdadero nombre—. Me distraje.

Marie y su hermano Luis Carlos —a quien presentaban como Prosper— intercambiaron una mirada. Desde la salida de Buenos Aires, su primo Roger no era el mismo; lucía ausente y meditabundo, disperso y desinteresado. Ambos conocían la causa de su melancolía.

—Te preguntaba si eres de mi opinión respecto al barón de Ibar. Me ha parecido un hombre encantador.

—Tuviste más oportunidad que yo para tratarlo. Confío en tu juicio —expresó Blackraven, y la muchacha bajó la vista; poco tiempo atrás su falta de criterio en relación con el señor William Traver casi le costó la vida a Isaura Maguire, la esposa de su primo.

—La señora Barros nos invitó a su casa mañana por la tarde —comentó Luis Carlos—. Me aseguró que concurriría el cogollo de la sociedad carioca.

—¿Podremos ir? —se entusiasmó Marie.

Habían llegado a la puerta de su habitación. Blackraven la miró a los ojos y, antes de besarle la frente, sonrió y asintió. Nada lo movía a departir con aquellas gentes excepto hacer más placentera la estancia de sus primos. Antes de dejar Río de Janeiro, necesitaba asegurarse de que se rodearían de personas honorables.

—Mañana, a las diez de la mañana —habló Blackraven—, iremos a ver esa casa en el barrio de São Cristovão. Desayunaremos en mi recámara a las nueve y media.

Se despidió también de Luis y marchó a su habitación, en el mismo piso. Saludó con un gesto a uno de sus hombres que montaba guardia disfrazado de paje.

—El botones pasó un mensaje bajo su puerta, capitán.

—Gracias, Shackle. ¿Todo tranquilo?

—Todo tranquilo, señor.

Echó llave a la puerta y se inclinó para levantar el sobre lacrado. Identificó el sello, y no habría necesitado leer su contenido para saber que hallaría un mensaje cifrado de Adriano Távora, uno de los espías que, junto con Gabriel Malagrida (capitán del Sonzogno), Amy Bodrugan, Ribaldo Alberighi y Edward O’Maley, había conformado una banda de cinco, todos a las órdenes del Escorpión Negro. En realidad, quedaban cuatro; dos años atrás, Ribaldo Alberighi había muerto en París, a manos de los torturadores de Joseph Fouché, sin abrir la boca.

Al igual que Roger Blackraven, Adriano Távora cargaba con el estigma de ser un bastardo repudiado por su padre. Hijo natural de José I del Portugal y de Teresa Leonor Távora, había nacido en una prisión en las afueras de Lisboa mientras su madre, acusada junto con el resto de la familia Távora del intento de asesinato del rey, aguardaba su ejecución. Contaba con días de nacido cuando el primer ministro, Sebastião José de Carvalho e Melo, conocido años después como marqués de Pombal, solicitó también la pena de muerte para la criatura. Incluso la reina Mariana, esposa de José I, se opuso a semejante aberración, y determinó que el niño fuera entregado a la corte española, bajo la protección de su madre, la hermosa e intrigante reina Isabella di Farnesio.

La llegada de Adriano Távora, de apenas unos meses, al palacio de Madrid coincidió con la del nuevo soberano de la España, Carlos III, que abdicaba de un reinado en Nápoles para ocupar el trono de una de las naciones más poderosas de la Tierra. El nuevo monarca llegó con su esposa, María Amalia de Sajonia, y una caterva de hijos, entre los que contaba una ilegítima, la dilecta del rey, Isabella di Bravante.

Conmovido por la historia del niño Távora, Carlos III permitió que se educase con sus hijos, a los que Adriano terminó por considerar como a hermanos, y quizá porque compartían la misma suerte, Isabella, la ilegítima, era a quien más quería. Adriano lloró y sufrió cuando la muchacha fue enviada a vivir al palacio de Versalles. Jamás dejaron de escribirse, e incluso Adriano obtuvo de su tío Carlos, como llamaba al rey, autorización para visitarla en una oportunidad. Así conoció al hijo de su querida Isabella, Alejandro di Bravante, o Roger Blackraven, como lo llamaban desde los doce años, desde que su padre, el duque de Guermeaux, se lo arrebató a Isabella y lo tomó bajo su custodia.

Terminado de leer el mensaje cifrado de Távora, Roger Blackraven se vistió con ropas cómodas y se echó encima un abrigo liviano. El portero del hotel le alcanzó a Black Jack, su caballo. Cruzó al galope la Praça Quinze y tomó por la rua do Cano hacia la zona de las tabernas de los marineros. Se detuvo a la puerta de O Amigo do Diabo, de aspecto tan sórdido como su nombre. Condujo a Black Jack por las riendas hasta el establo. El quejido lo alcanzó apenas traspuso el portón, y siguió entrando, como si nada hubiese escuchado. Acomodó al animal, le colocó a los cascos una artesa con agua y salió. Volvió a entrar casi de inmediato y se topó con un niño negro muy maltratado; no se le veía el ojo izquierdo a causa de la hinchazón y tenía el labio partido, por donde aún manaba sangre. Se dio cuenta de que temblaba.

—No te haré daño —le dijo en portugués, con marcado acento—. Ven. —El niño continuó mirándolo con ansiedad y sorpresa, sin intención de aproximarse.

“¿Qué haría Isaura en esta circunstancia?”, se preguntó Blackraven. “¿Cómo ganaría la confianza del mulequillo?”. Terminó acuclillándose a pasos del negrito y le extendió un pañuelo.

—Vamos, tómalo. Límpiate la sangre del labio.

El niño se acercó renqueando, y Blackraven advirtió, entre los jirones de las escabiosas prendas, verdugones en sus miembros y en su pecho. “Oh, Isaura, si llegases a ver esto”, se lamentó.

—¿Quién te golpeó?

—Mi amo —balbuceó el niño; los dientes le castañeteaban.

—¿Quién es tu amo?

—Don Elsio. —Blackraven lo conocía, era el dueño de O Amigo do Diabo—. Se enojó porque rompí una botella de ron. ¡Pero no fue mi culpa! —aseguró, en medio del llanto—. Dos que se peleaban me empujaron y se me cayó.

—¿Dónde están tus padres?

—No sé. Nunca los conocí.

—Vamos, ya no llores. Hoy es tu día de suerte. Te compraré a don Elsio para que sirvas a mi esposa.

El niño levantó la carita y le dispensó un vistazo lleno de recelo; a él no lo engañaban, las mujeres también podían ser perversas; la de don Elsio era una peste.

—¿Me azotará su esposa si estropeo algo?

Blackraven sonrió y le puso una mano sobre el hombro, huesudo y pequeño. A causa de la mala nutrición aparentaba cinco o seis años, a pesar de ser mayor.

—Mi esposa es un ángel y, créeme, será para ti lo más cercano a una madre. ¿Cómo te llamas?

El negrito se sacudió de hombros.

—Me dicen Rata.

—Eso no es un nombre. —El niño no comentó al respecto y siguió mirándolo a los ojos, algo que los esclavos tenían prohibido—. Bien —dijo Blackraven—, en tanto regreso, quédate junto a mi caballo y cuídalo. Y ve pensando un nombre que te guste.

—Señor —habló Rata, y extendió el pañuelo sucio—, se olvida de esto.

—Quédatelo —dijo Blackraven, y el niño abrió los ojos con desmesura; ése era su primer regalo.

O Amigo do Diabo lo recibió con el mismo bullicio y fétido aroma de costumbre. El humo de las pipas, de los cigarros y el de la chimenea con mal tiro impedía discernir las siluetas con el primer vistazo. Se apoyó en el mostrador y lo golpeó dos veces con su estoque. Don Elsio lo saludó con exagerada algarabía.

—¡Capitán Black! ¡Bienvenido, capitán!

—Lleva arriba una botella de lo mejor que tengas.

—A la orden, capitán.

Subió los escalones de dos en dos hasta el primer piso y abrió la puerta al final del corredor sin llamar. Adriano Távora saltó de la silla y le salió al encuentro. Se dieron un abrazo y un apretón de manos.

—¡Qué bueno verte, Roger! —manifestó Távora, en su modo franco.

—Lo mismo digo, amigo.

—¿Dónde has estado? Vengo siguiendo tu rastro desde Ceilán.

Llamaron a la puerta. Don Elsio entró con una botella y dos jarros de azófar.

—Brandy, capitán Black, del mejor —se jactó el tabernero—. ¿Desean algo más los señores?

—¿Cuánto por el negrito al que casi matas a golpes esta noche? —habló Blackraven desde su silla, dándole la espalda.

—¿Dónde se ha metido ese demonio? ¿Acaso estuvo importunándolo, capitán?

La negociación tomó sólo unos minutos porque don Elsio quería complacer a Blackraven. Távora echó el cerrojo y se volvió con una mueca irónica.

—¿Desde cuándo te preocupas por el destino de mulecones maltrechos?

—Lamento que tú, de mis mejores amigos, me tengas en tal mal concepto. No soy San Francisco, Adriano, pero también tengo un corazón.

—¡Ja! ¡Un corazón!

Távora le pasó un jarro con brandy y se sentó frente a él. Traía muchas noticias del Viejo Mundo, así que comenzó a hablar. William Pitt, el Joven, había muerto en enero de ese año. Con la desaparición del primer ministro tory, el cargo había pasado a manos de William Wyndham Grenville, del partido opositor, el Whig; lo secundaba un grupo de notables que se habían granjeado el nombre de “Ministerio de todos los talentos”. Blackraven sesgó la comisura izquierda con ironía y se preguntó qué diría Isaura al saber que lord Grenville pugnaba por la abolición del comercio de esclavos. ¿Cambiaría su opinión de los ingleses?

—¿Quién es el nuevo Lord del Almirantazgo? —quiso saber.

—El vizconde de Howick.

Blackraven asintió; el vizconde le debía algunos favores y no le presentaría trabas para renovar la licencia de corso y represalia de sus barcos. Távora se demoró algunos minutos en detallar los asuntos de la política europea, es decir, los últimos movimientos del emperador de la Francia, que ya se erigía como dueño del continente. Al tocar el tema de la España, Távora dijo:

—Estuve con tu tío Carlos —en referencia al rey Carlos IV, con quien Távora se había criado como un hermano.

—¿Qué me cuentas de él? —se interesó Blackraven—. ¿Está bien?

—No muy bien. Entre Bonaparte, su primer ministro Godoy y la reina María Luisa lo tienen a mal traer, ni qué decir del necio de tu primo, el príncipe Fernando, que, instigado por su preceptor, el canónigo Escoiquiz, quiere comerse los hígados de su madre y de Godoy crudos. —Tras una pausa, Távora suavizó el gesto para expresar—: Carlos aceptó tus letras de cambio. Se sorprendió gratamente cuando vio la suma que le enviabas. “¡Ese buen muchacho!”, dijo, algo emocionado. Verás, está en apuros financieros. Hizo efectivas tus letras al día siguiente.

Távora extrajo un sobre de su cartapacio y se lo entregó a Blackraven; el sello pertenecía a la Corona Española. Se trataba de una misiva del rey Carlos para su sobrino Roger Blackraven junto a un salvoconducto donde le confería plena libertad para transitar por las colonias españolas del mundo y realizar operaciones comerciales.

—Supongo que ese documento es de suma conveniencia para tus planes de independizar la América del Sur. —Blackraven siguió leyendo, y Távora acotó—: Carlos también me expresó su deseo de concederte un título nobiliario.

Blackraven dejó escapar una carcajada y se puso de pie.

—¿Para qué necesito otro título, Adriano? ¿Sabes qué necesito? Hombres de mar capaces de no amedrentarse en el abordaje de una nave enemiga. En algunos meses será la botadura de un nuevo barco en el astillero de Liverpool y aún no consigo ni un tercio de la tripulación.

—A tu madre no le gustará saber que has rechazado un título nobiliario ofrecido por su hermano, el rey de la España.

—¿La viste en Madrid?

—No. Según los chismes, tu madre peleó con la reina María Luisa y volvió a la Inglaterra. Una vez en Londres, fui a tu casa de la calle Birdcage, pero no había nadie.

—¿Y mi tío Bruce? ¿Y Constance? —se extrañó Blackraven.

—Tu mayordomo me informó que todos, tu tío Bruce, Constance y tu madre, partieron rumbo a Cornwall.

—¿A Cornwall? Mi madre odia Cornwall. ¿Te dijo Duncan cuándo habían partido?

—Acababan de partir. El día anterior a mi llegada habían recibido una carta y, el mismo día, por la tarde, estaban en marcha. De esto hará un mes. Yo me hice a la mar poco m

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