Loading...

EL CUARTO ARCANO

Florencia Bonelli  

0


Fragmento

Índice

Frontispicio

Portada

Dedicatoria

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Epílogo

Biografía

Otros títulos de la autora

Créditos

Grupo Santillana

Recibe antes que nadie historias como ésta

A mi Señor Jesús, en cumplimiento de una promesa,
por una gracia concedida.

A mi admirador más entusiasta, mi hermano Lucas.

Negrito, éste es para vos.

Y por supuesto, a mi dulce Tomás.

Deseo agradecer a mi amiga, la escritora Mercedes Giuffré
por haberme permitido que su entrañable doctor Samuel Redhead
dejara de lado por un momento sus investigaciones
en Deuda de Sangre y ayudara a mi querido Roger Blackraven
en dos situaciones complicadas.

CAPÍTULO
I

“Omnia vincit amor et nos cedamus amori.”

(El amor todo lo vence, rindámonos
también nosotros al amor.)

Bucólicas, Virgilio

En silencio recibió la paga, una cantidad importante; de hecho, la más generosa que su oficio le había redituado, y sólo se trataba de un adelanto. Entre otras cosas, exigió libras esterlinas, y Fouché había cumplido. Contó los billetes y los guardó en el bolsillo interno de su gabán.

Fouché entrecerraba los ojos como si intentara descifrar el acertijo que tenía enfrente. El sicario sonrió para sí, acostumbrado a provocar esa clase de curiosidad y difidencia en sus clientes. La fama lo precedía y no había necesidad de explicarse, ni siquiera con Joseph Fouché, el ministro de Policía de la Francia.

Se decía de Fouché que era el creador de la red de espionaje más compleja y eficaz de la Europa. Como jacobino, en 1793 había votado por la ejecución de Luis XVI. Tiempo más tarde, Maximilien de Robespierre, la cabeza del gobierno revolucionario, lo denunció por sus excesos, y Fouché debió aguzar el ingenio para salir del atolladero: madame guillotine pendía sobre su cabeza. Finalmente consiguió que fuera la de Robespierre la que cayera sobre el patíbulo. Su habilidad para superar, indemne, los rápidos y dramáticos cambios de la Francia revolucionaria le granjearon el apodo de “el inmortal”. En ese momento, en el año de Nuestro Señor de 1804, después de haber navegado en las turbulentas aguas de la política francesa durante una década y media, debía de creerse más poderoso que el flamante emperador de la Francia, su jefe, Napoleón Bonaparte.

Poco respetaba a los hombres como Fouché, ni siquiera a uno como Bonaparte. Conocía la esencia humana en su fibra más íntima, y la vida le había enseñado que a la gran mayoría la movía intereses bajos que, en última instancia, se relacionaban con el sexo y el dinero. Nadie era mejor que nadie, y todos contaban con un talón de Aquiles al que bastaba descubrir para después golpear.

De hecho, la presencia de Fouché en esa helada noche de invierno, en ese pobrísimo arrabal de París, lo confirmaba. Que el gran ministro de Policía del Imperio se hubiese denigrado a concurrir al encuentro de un sicario ponía de manifiesto su naturaleza vulnerable, más allá de que no se tratase de un sicario cualquiera sino del mejor.

Fouché hurgó en el bolsillo de su chaqueta, demorándose, en tanto se daba tiempo para sopesar la racionalidad del acuerdo que acababa de sellar. Si bien la diosa Razón lo asistía en sus decisiones y él nunca se equivocaba, en esa instancia, después de haber entregado una pequeña fortuna a esa extraña criatura de voz aflautada y rostro cubierto, se preguntaba si no estaría cometiendo un grave error. No había sido fácil llegar hasta La Cobra, el asesino más letal de la Europa, según sus informantes. Nunca fallaba, y ubicaba a su víctima en el punto en que se encontrase. Por esto más que por lo primero, Fouché se había interesado en él. Sacó un papel del bolsillo y se lo extendió.

—Ahí hay cinco nombres —explicó—. Suponemos que son espías ingleses. Aristócratas además. Suponemos también que, entre ellos, se encuentra el Escorpión Negro.

—¿Qué los convierte en sospechosos? —preguntó La Cobra.

—En primer lugar —expresó Fouché—, son personas que, de uno u otro modo, se han relacionado con el Departamento Exterior inglés, al cual responden los espías. En segundo lugar, han entrado en la Francia en varias oportunidades en los últimos años y sus actividades han sido, en el mejor de los casos, poco claras.

—Dígame lo que sepa acerca del Escorpión Negro.

Fouché metió la mano en el interior de su chaqueta y extrajo una billetera que contenía un pedazo de papel chamuscado y amarillento. Se lo mostró a La Cobra, pero no hizo el ademán de entregárselo.

—Es con lo que contamos —aseguró—. Esta nota fue escrita por el mismo Escorpión Negro y hallada en poder de uno de sus espías hace un mes atrás. Le prendió fuego antes de que pudiéramos impedirlo. Alcanzamos a salvar sólo esta parte. Mire aquí —indicó—, éste es su sello, con el que firmó el mensaje.

Se trataba de un convencional sello de lacre, marcadamente oscuro, con la figura, en relieve, de un escorpión. Un poco por encima, apenas si se apreciaban los trazos de la escritura.

—Necesitaré esa nota —dijo La Cobra, y extendió la mano enguantada.

—¿Para qué? —se sorprendió Fouché.

—Para hacer mi trabajo. ¿Qué hubo del espía que la quemó?

—Murió en prisión. No nos dijo nada de importancia —admitió, al tiempo que entregaba la única prueba con la que contaba para demostrar que su principal enemigo existía y que no se trataba de un personaje de su propia invención—. Lo único que dijo antes de morir fue que la nota pertenecía al Escorpión Negro. Suponemos que estuvo en la Francia hace poco, quizás aún permanece aquí.

—¿Dónde atraparon al espía?

—En la taberna “Paja y Heno”, en las afueras de Calais.

—Necesito saber más sobre el Escorpión Negro.

—No hay mucho más —admitió Fouché—. Suponemos que es inglés y que pertenece a la nobleza. Es el espía más hábil e impredecible con el que me ha tocado lidiar —manifestó, en un acto de sinceridad poco habitual en él—. Ha desbaratado todos los planes de ataque a la Inglaterra, ha interceptado barcos con cargamento de oro para el Emperador, conoce cada paso que darán los ejércitos del Imperio, sin mencionar que, durante la época del Terror, salvó de la guillotina a gran cantidad de aristócratas franceses y contrarrevolucionarios. Hace años que quiero echarle el guante.

—Si el Escorpión Negro es tan hábil como usted asegura —opinó La Cobra—, no se encuentra entre los de esta lista. De todos modos, la conservaré.

Se trataba del discurso más largo que había pronunciado. Fouché se esforzó por discernir la entonación de esa voz tan peculiar. Hablaba en francés, y por momentos lo hacía con acento español, a veces creía haber escuchado un dejo inglés.

—¿Cuál es su nacionalidad?

—La del país que mejor pague mis servicios —contestó el sicario.

—Muéstreme su rostro.

—Pocos lo han visto y vivido para contarlo.

—Usted exigió que fuera yo, en persona, quien arreglara los términos de este acuerdo —le recordó el ministro de Policía—. Sepa que no acostumbro a encargarme de estas menudencias. Para eso tengo a mi gente.

—Y yo no acostumbro a concertar mis trabajos con mentecatos. Lo hago con iguales o no lo hago.

—Exijo al menos que descubra su rostro. Quiero saber con quién estoy en tratos.

La Cobra se quitó el tricornio y jaló de la capucha que le cubría la cabeza por completo. La lobreguez del callejón no impidió que Fouché recibiera el impacto de aquel rostro como una bofetada. El pecho se le contrajo y el corazón le latió precipitadamente. Dio un paso hacia atrás, con torpeza, e intentó empuñar la pistola que ocultaba bajo el abrigo. La Cobra lo redujo en un instante, y la mejilla de Fouché terminó aplastada contra los adoquines sucios y húmedos de la calle, con el brazo derecho en una posición antinatural cerca del omóplato. La fuerza de La Cobra resultaba impensable. Le acercó una daga al ojo, y el brillo de la luna reflejado en el metal lo encandiló.

—Me ha estafado —se quejó Fouché.

—No, no lo he estafado —aseguró La Cobra—. Encontraré al Escorpión Negro donde se oculta y lo mataré. A su debido tiempo, le enviaré una prueba irrefutable de ello. Entonces, volveré y usted me dará lo que me debe.

La presión que lo mantenía en el piso cedió poco a poco, y Fouché pudo levantar la cabeza. Delante de él se erguía La Cobra. Aún sostenía la daga, y su figura negra perfilada en la claridad de la luna resultaba escalofriante. Fouché comenzó a incorporarse.

—Ya sabe cómo y dónde dejarme un mensaje.

—¿Cuándo volveré a saber de usted?

—El día en que vuelva para exigirle la otra parte del pago.

NOTAS DE UN SICARIO

Entrada del día jueves 27 de diciembre de 1804

Si pudieran entender que este cuerpo, una simple cáscara, contiene a un ser invencible, las reacciones como las de Fouché no existirían. Finalmente, es mi destreza la que habla, y a la rotundidad de los hechos nada se le antepone.

Nos quedaremos en la Francia por un tiempo y luego iremos a Londres; allí iniciaremos la verdadera cacería. Me excito. Desde la inminencia de un nuevo trabajo, la sangre fluye con vigor en mis venas. La sed me invade; una sed abrasadora que sólo aplaco, en parte, con la persecución y totalmente con el éxito de nuestra empresa. Amo lo que hago, lo hago bien.

Sospecho que nos enfrentamos a un rival de nuestra talla, y eso aumenta la excitación que me domina. Contamos con un pedazo de papel medio quemado, sellado al pie con lacre, como toda prueba de la existencia del Escorpión Negro. Ya le he dado a tocar este pedazo de papel a Desirée, pero la acción del fuego parece haber acabado con todo rastro. Lo toca, y nada percibe. La fuerza que normalmente le comunican los objetos, en este caso se encuentra ausente. Es conocido el poder purificador del fuego.

Urge ir a Calais, a la fonda “Paja y Heno”. De seguro, la gente de Fouché la habrá revisado de quilla a perilla, pero los conozco, son ineptos y no habrán sabido ver lo que resultaría ostensible para un experto. Cualquier dato adquiere valor: el nombre de un sastre prendido a una chaqueta, el de un comercio que expende tabaco, rapé o brandy, un simple botón dejado al descuido, una mancuerna o hasta un alfiler. Es probable que, después de tantos días, nada de eso hallemos. De igual modo, visitaremos la posada. La gente se muestra dispuesta a hablar al brillo de las monedas. También contamos con otros métodos.

Escorpión Negro. El nombre evoca a un ser silencioso, astuto, de movimientos precisos, de afiladas tenazas y cola letal, lustroso, difícil de distinguir en la oscuridad, el ámbito donde mejor se mueve. Lo imagino artero, por momentos suave y seductor, por momentos inhumano y mortal.

Vuelvo a mirar el sello, trato de pensar como el Escorpión Negro, quiero ponerme en su piel.

CAPÍTULO
II

Buenos Aires, viernes 3 de enero de 1806.

Roger Blackraven extrajo su reloj del bolsillo tirando de la leontina. Cinco y media de la mañana, demasiado temprano. De seguro hallaría su casa del Retiro completamente dormida. Los criollos de Buenos Aires no acostumbraban a despertarse con el alba. Aunque el senescal, Pascasio Bustillo, y su mujer, Robustiana, no tenían un pelo de criollos; eran gaditanos de pura cepa, afectos a holgazanear, al buen vino y al cotilleo. Desde la península habían arrastrado una cáfila de vicios, y en el Río de la Plata los habían aumentado. Los despediría. No entendía cómo no lo había hecho durante su visita el año anterior.

Le interesaba la prosperidad de sus campos del Retiro. Buscaba desarrollar la agricultura industrial en esas tierras generosas, al igual que en sus posesiones de Antigua y de Ceilán. La propiedad a orillas del Río de la Plata contaba con una noria que abastecía de agua por igual a los cultivos y a la casa. Si bien el molino aceitero y las dos tahonas no habían comenzado a producir, él estimaba verlos en funcionamiento antes de dejar Buenos Aires. Convertiría las aceitunas y la linaza en aceite, el lino y el cáñamo en fibras textiles, las frutas y los vegetales en conservas, el trigo y los demás cereales en harinas, y los cueros en productos manufacturados —bridas, monturas, prendas, zapatos—. Para esto último, construía en la zona de Barracas la que se estimaría la curtiembre más moderna de los virreinatos españoles.

Sus intereses no se relacionaban exclusivamente con negocios económicos. Años atrás había llegado al Río de la Plata en una misión de delicada naturaleza durante la cual su mente se repartió entre las ventajas de invertir en una tierra de posibilidades ilimitadas y el encargo que la Corona Británica había puesto en sus manos. Le gustaban los desafíos, él se desafiaba, desafiaba a su propia fuerza, a su sagacidad, a su poder. Era inmisericorde consigo, y ambicioso. No admitía la derrota, no contaba entre sus planes. Despediría a los Bustillo. No le servían.

El camino hacia la zona del Retiro, conocido como la calle Larga, se encontraba en pésimas condiciones, empeoradas por la tormenta del día anterior. Ya habían cruzado el precario puente del Zanjón de Matorras y aún estaban vivos, lo cual no dejaba de considerarse un milagro teniendo en cuenta las dimensiones del carruaje.

Blackraven apartó el velo y miró el entorno. La aurora teñía el cielo de un rosado vaporoso. Abrió la ventanilla, y la brisa del amanecer le acarició la frente. Amaba ese momento del día. Golpeó dos veces con su estoque el techo del carruaje y sobresaltó al perro ubicado a sus pies. El familiar rostro de Somar apareció en el ventanuco que comunicaba la cabina con el pescante.

—Detendremos la marcha por un momento —indicó en inglés—. La escalerilla, por favor; voy a descender.

Somar movió la cabeza en señal de asentimiento, y el raso amarillo de su turbante contrastó con la oscuridad que todavía predominaba hacia el oeste. El coche se balanceó cuando el hombre saltó al suelo. Se escuchó el sonido metálico de los escalones al ser desplegados, y la portezuela se abrió.

Antes de descender, Roger Blackraven, con un chasquido de dedos, le indicó a su perro que lo acompañase, un terranova de magnífico porte y de gran tamaño, con el pelaje oscuro y abundante. Su talla y corpulencia intimidaban, a pesar de tratarse de un animal fiel y cariñoso.

Blackraven estiró los brazos y trató de serenarse. A pocas varas de su quinta en el Retiro, no tenía idea de con qué se encontraría. Pocas situaciones lo fastidiaban tanto como aquellas que le provocaban inseguridad y confusión; le gustaba que nada escapase a su potestad. En el mundo complejo y traicionero en el que se movía, la falta de planificación y el azar podían costarle la vida a muchas personas. Se mantenía en permanente estado de alerta; la tranquilidad y el descuido eran lujos que no se permitía.

El día anterior, en casa de su socio, Alcides Valdez e Inclán, lo habían recibido con noticias que lo enfurecieron. El meticuloso ordenamiento montado antes de dejar Buenos Aires un año atrás se había trastornado por completo, y un gran alboroto se cernía sobre sus propiedades y su gente.

La casa de los Valdez e Inclán se situaba sobre la calle de Santiago, en esquina con la de San Martín, llamada así en honor al santo patrono de Buenos Aires, Martín de Tours. A pocas cuadras del Fuerte y de la Plaza Mayor, se erigía en la zona que la gente de buen ver consideraba como la mejor. Blackraven encontraba simpático el entusiasmo con que españoles y criollos por igual defendían la grandeza de una ciudad que, en realidad, parecía un villorrio. Pero debía aceptar que él mismo había caído bajo el inexplicable influjo de Buenos Aires, que carecía de atractivos y, en cambio, oponía tantas dificultades: un puerto inabordable, calles imposibles, aires mefíticos, jaurías de perros rabiosos, montones de basura y grandes poblaciones de ratas. Se preguntó si el atractivo radicaría en sus mujeres, hermosas en general, algunas cultivadas, la gran mayoría apasionadas; con seguridad, menos pacatas que las inglesas. Le gustaban las porteñas, sus modos desprovistos de artilugios y melindres, y que no se molestaban en ocultar la admiración que un caballero como él les inspiraba.

Golpeó con la aldaba dos veces y escuchó un correteo en el interior. Sesgó los labios con aire vanidoso: las muchachas Valdez e Inclán lo aguardaban con ansiedad. Esa mañana había avisado con un esclavo que se apersonaría por la tarde, alrededor de las cuatro. Al igual que el año anterior, las encontraría en el vestíbulo, formadas en fila, de mayor a menor, con sus miradas desviadas al suelo y las manos sobre el regazo. Las cuatro resultaban prometedoras, pero Elisea, la mayor, le parecía una beldad. Entre las muchachas, como una más de ellas, se encontraría Bernabela, la esposa de Valdez e Inclán, a quien llamaban doña Bela. Quince años menor que su esposo, parecía su hija. Contrastaban por varias razones, por el carácter animado de ella y el adusto de él, por la sonrisa fácil de uno y la retaceada del otro, por la piel de porcelana de ella y la gruesa y arrugada de Alcides, cuya vida de aventuras había marcado una honda huella en su rostro y en su cuerpo. Contrastaban en especial por la pasión que se reflejaba en los ojos ámbar de Bela, a diferencia de los de Alcides, de una tonalidad oscura difícil de definir, que no se avivaban con luz propia sino ante el brillo prestado del dinero.

Las mujeres de Valdez e Inclán eran, sin duda, magníficos ejemplares, pero la expectación de Blackraven se debía a otro motivo, volver a ver a su querida prima, Marie Teresse Charlotte Capet, a quien ocultaba celosamente en Buenos Aires desde hacía algunos años bajo el nombre de Béatrice Solange Laurent y la tutela de Alcides Valdez e Inclán. Vería también a Víctor, su ahijado y protegido, aunque ese pequeño de grandes ojos verdes le provocaba sentimientos tan contrapuestos que a veces lo llevaban a desear no tenerlo enfrente.

Le abrió el mayordomo, una excentricidad en esas tierras, de peluca blanca y rigurosa etiqueta, con zapatos de hebilla de bronce y tacos altos. A Blackraven lo divertía el cuadro que componía Efrén en semejante atuendo; la peluca empolvada y la piel renegrida del esclavo daban la nota más disonante; lo sorprendía que llevara sus pies calzados y se preguntó cuánto tiempo le habría llevado habituarse a ellos.

El mayordomo se inclinó y, con un movimiento de brazo, le indicó que pasara.

—Gracias, Efrén —dijo.

El negro no hizo ademán de tomar el estoque pues conocía la afición del señor Blackraven, conde de Stoneville, por empuñarlo en toda ocasión; se limitó a retirarle la ligera capa de durois. Entró Somar, el inseparable edecán de Blackraven, seguido por dos mulatos que soportaban varias cajas. El mayordomo le lanzó el mismo vistazo de aprensión que aquel infiel con turbante le había provocado años atrás. Los pequeños tatuajes en sus pómulos, justo bajo los ojos, y el sable que llevaba a la cintura eran, por demás, intimidantes.

—Dejen las cajas ahí —señaló Somar a los mulatos en un mal castellano.

—Aguárdame en el coche —ordenó Blackraven en inglés a su sirviente.

—Sí, milord —respondió Somar, y les indicó a los mulatos la salida.

Blackraven avanzó unos pasos hacia el vestíbulo y allí se encontró con el cuadro que había compuesto antes de sacudir la aldaba: las cuatro hijas, la esposa y el dueño de casa.

—¡Excelencia! —exclamó Alcides, y caminó con el brazo extendido, conocedor del hábito inglés de darse la mano a modo de saludo.

El título de “excelencia” resultaba fatuo en estas tierras y en esas circunstancias, pero lo cierto era que Roger Blackraven había nacido conde y algún día se convertiría en el duque de Guermeaux, en tanto que Valdez e Inclán no llegaba ni a infanzón. Los títulos nobiliarios impresionaban a los habitantes del Río de la Plata y no importaba que se declarasen adeptos a las ideas revolucionarias de la Francia a la hora de agasajar a un aristócrata.

—Don Alcides, un gusto volver a verlo —manifestó Blackraven—. A usted y a toda su familia —agregó, con una inclinación de cabeza en dirección a las mujeres.

Doña Bela y Blackraven cruzaron una mirada, y así como la de ella fue reveladora, la de él no dijo nada. Enseguida soltó la mano de su anfitrión y frunció el entrecejo, expresión que dotaba a sus facciones de una dureza de la cual no carecían naturalmente.

—¿Y mi prima, la señorita Béatrice? —se impacientó—. ¿Y el pequeño Víctor?

—Verá usted… —se apresuró doña Bela, pero Alcides la interrumpió.

—Enseguida hablaremos de ellos, excelencia. Están bien, muy bien —agregó deprisa—. Pase, por favor, vamos a la sala donde nos aguarda el servicio de té.

—Espero que sea de vuestro agrado —pronunció doña Bela—. El té —aclaró, envolviéndolo con una mirada de ojos bien abiertos, sin pestañeos.

—Efrén —llamó Blackraven, como si fuera el anfitrión—, lleva estas cajas a la sala. Son algunos presentes para las damas.

Roger le explicó a doña Bela que el juego de porcelana provenía de su fábrica inaugurada recientemente en Truro, una ciudad del condado de Cornwall, al sur de la Inglaterra, que a su vez se abastecía del caolín extraído de las canteras que, poco tiempo atrás, un prospector había descubierto en sus tierras, en ese mismo condado.

—¿Acaso no aseguró vuestra merced —preguntó Alcides— que en sus tierras había minas de cobre?

—Y las hay —dijo, sin alteraciones en la voz—. Pero los míos son terrenos muy vastos. Las canteras de caolín se hallan a varias millas de las minas de cobre. Como sé —prosiguió sin pausa— que a las niñas les gusta más el chocolate que el té, les he traído el mejor que existe, el de Jamaica.

Entregó la caja de madera con el preciado contenido a Elisea, que lo tomó con manos inseguras y párpados que aleteaban sin atinar adónde mirar. “Es bellísima”, pensó, aunque, contemplándola con detenimiento, notó que cierta palidez malsana había borrado la lozanía de sus carrillos y el tono carmesí de sus labios. Doña Bela hizo sonar la campanilla con brío e increpó a la esclava por no haber servido el té aún.

—Nosotros lo tomaremos en el estudio de don Alcides —indicó Blackraven—. Si doña Bernabela así lo permite —agregó, con una ligera inclinación de cabeza.

Roger Blackraven no era el tipo de hombre al que se le negara nada. Valdez e Inclán se puso de pie al mismo tiempo que su invitado y lo siguió hasta la habitación que llamaban “el escritorio”. Sabía que la ausencia de su prima, la señorita Béatrice, y la de su protegido, el niño Víctor, lo fastidiaban y que sólo la presencia de las mujeres había impedido que perdiera los estribos. Apenas servido el té, Valdez e Inclán se apresuró a preguntar:

—¿Hace mucho que llegaste?

—Tres días.

Alcides levantó las cejas. Usualmente, Blackraven se presentaba apenas arribado a Buenos Aires.

—¿Tuviste algún problema en la Aduana? Ahora la Inglaterra y la España están en guerra —observó.

—No, ninguno.

Se hizo un silencio. Alcides iba a romperlo cuando la voz grave y profunda de Blackraven inundó la estancia.

—Me dirás dónde están mi prima y mi ahijado. Ahora.

El imperio de aquel hombre lo abrumaba. Era como un césar, temido y admirado, con aquel cuerpo de galeote y ese rostro de pirata. La impresión que causaba no nacía de su ringlera de títulos nobiliarios ni de su patrimonio, que nadie sabía a ciencia cierta dónde terminaba. Se trataba de una firmeza inconmovible en su mirada y de un aire reflexivo que mantendría en las situaciones más desesperadas, de su voz carente de inflexiones que utilizaría de igual modo para halagar e insultar, de su desapego para seducir o condenar a muerte. Por otro lado, su fino sarcasmo, su propensión a la broma y una locuacidad vivaz que convencía al más resuelto también formaban parte de sus matices.

Igualmente, Roger Blackraven podía alcanzar exacerbaciones extremas. No se caracterizaba por la tolerancia ni la paciencia. Su carácter, naturalmente afable, se convertía en una tormenta, rugiente e inclemente, cuando sus órdenes no se cumplían o no hallaba satisfechos sus deseos. Una vez desatada, su furia era un espectáculo imponente de contemplar.

Se habría afirmado, entonces, que en Roger Blackraven habitaba su propia antítesis. De todos modos —y esto era lo admirable en opinión de Valdez e Inclán—, cualquier acto de descomunal descontrol que a ojos de un inexperto podría tomarse como espontáneo, resultaba de un plan deliberado y prolijamente trazado. Ninguna explosión de sentimiento, ninguna expresión de indignación o placer le hacían latir el corazón con más frenesí que ante una taza de té, apoltronado en un sofá, como en ese momento.

En definitiva, a ciencia cierta sólo podía asegurarse que Roger Blackraven era un maestro de la simulación.

—Verás, Roger —comenzó Valdez e Inclán, y Blackraven percibió el temor de Alcides.

Lo miró por sobre el borde de la taza para desestabilizarlo aún más. Le gustaba jugar al gato y al ratón.

—Ellos están bien, realmente bien —insistió.

Blackraven bajó la vista para ocultar una sonrisa cargada de burla. Todavía recordaba la primera vez que se topó con Alcides Valdez e Inclán, borracho y lloroso en un club de mala fama de Londres donde acababa de perder su último penique. Le habló en castellano y ofreció llevarlo a casa. Incluso Somar lo ayudó a subir los peldaños y a acertar con la llave. Esa noche conoció a su esposa, Bernabela, una jovencita por aquel entonces, y a las pequeñas Elisea y Marcelina, cuyas miradas de desolación lo conmovieron. Antes de marcharse, habiendo dejado a Alcides roncando en un sillón de la sala, entregó su tarjeta a Bernabela.

Valdez e Inclán no era un jugador empedernido; simplemente había buscado paliar sus desaciertos económicos con los naipes y, sin experiencia alguna, se había convertido en bocadillo de los tahúres, que lo desplumaron. En realidad, se trataba de un hombre de aguda inteligencia, poco propenso a hablar y observador atento. Blackraven le ofreció cubrir sus deudas para salvarlo de la prisión de Newgate a cambio de unos servicios de poca monta, y Valdez e Inclán aceptó. Bajo su tutela, el español se reveló como un hábil y celoso administrador, y pronto se puso de manifiesto que poseía otra gran virtud: la discreción. Ésta cobró importancia sobre las demás, y Blackraven le sacó provecho para sus asuntos de mayor complejidad. Día a día, Alcides Valdez e Inclán se volvía más útil e importante.

La relación entre ellos no se llamaba amistad. Blackraven no lo respetaba. Lo usaba, al igual que Valdez e Inclán se servía de su posición, su dinero y su talento para los negocios. Entre ellos se había establecido la perfecta sociedad en la cual ninguno bajaba la guardia por temor a salir estafado. Blackraven conocía los secretos más perversos de Valdez e Inclán, y éste, algunos de los más delicados de aquél. Hacía años que convivían en esa especie de matrimonio por conveniencia y nadie dudaba de que lo harían por varios años más.

Entre ellos, era Roger Blackraven el que pisaba fuerte. Su absoluta dependencia económica volvía a Valdez e Inclán vulnerable y dependiente. La casa donde vivía, los esclavos que lo servían, las prendas dispendiosas que vestía, los platos exquisitos que se llevaba a la boca, todo provenía del bolsillo inagotable de Blackraven, que atizaba dicha dependencia como el medio más eficaz para someterlo. Valdez e Inclán atendía sus asuntos, se hacía cargo de situaciones complejas, figuraba como su testaferro en más de un negocio, y él lo recompensaba con magnanimidad. Si Alcides Valdez e Inclán hubiese mostrado el mismo celo para administrar sus dineros, a esa altura sería rico. Pero casado con una mujer de la talla de Bernabela Coutinho, siendo el padre de cuatro coquetas hijas, a cargo, además, de una cuñada solterona y un cuñado manirroto y vago, debilidad de doña Bela, el dinero se escurría como el agua entre las manos.

—Vamos, habla —se impacientó Blackraven, que se puso de pie, con el estoque bajo el brazo.

—Te lo contaré desde un principio, para que comprendas.

CAPÍTULO
III

Como Bernabela confiaba en el buen gusto de la señorita Béatrice Laurent, le pidió que la acompañase a la única tienda decente de la ciudad. La mujer poseía un don para combinar géneros, diseñar trajes y armar tocados que, más tarde, el resto desearía copiar. Aunque le señalase una pieza de tela que le desagradara, Bernabela la compraba igualmente; de seguro, en la próxima tertulia, su vestido se juzgaría como el mejor.

Había cierta cualidad inherente a la naturaleza de la señorita Béatrice que la convertía en una dama superior. Aquella expresión de orgullo sin altanería la posicionaba muy por encima de cualquier mujer del círculo de los Valdez e Inclán, y para nada contaba que se tratase de la pariente empobrecida de Blackraven. Nadie osaba mencionar su calidad de recogida porque, una vez inmersos en la suavidad y delicadeza que acompañaban a Béatrice, caían como hechizados y no lo recordaban. Béatrice era, sin duda, como una princesa desterrada a la que todos gustaban de agasajar en el exilio. Dueña de un andar altivo, a veces, enojada, se ponía a farfullar en alguna de sus dos lenguas, el francés o el alemán. Solía condenar el mal gusto y la ostentación, y la impacientaban los poco cultivados, aunque enseguida prevalecían los principios de humildad y tolerancia que su madre le había inculcado.

Esa tarde, cuando Bernabela le pidió que la acompañase a la tienda de géneros, Béatrice puso como condición que el pequeño Víctor fuera con ellas. A regañadientes, Bernabela aceptó y marcharon los cuatro, pues Leonilda, la hermana pobre y soltera de doña Bela, también fue. Anita, la mulequilla propiedad de Béatrice, correteaba por detrás; no contaba con más de ocho años.

Aunque no se trataba de un día caluroso, la tienda del francés Aignasse parecía un horno, y el aire se había viciado a causa del brasero en el extremo del mostrador. De escasas dimensiones, la habitación lucía aún más pequeña debido a la cantidad de mujeres presentes esa tarde. Bernabela las conocía a todas, a excepción de una muchacha que, más alejada, apreciaba un género y conversaba con la esposa del tendero. Sólo la veía de perfil, pero estaba segura de que no la conocía.

Allí estaba Marica Sánchez de Velazco, recientemente de Thompson, a quien Bernabela admiraba ya que había conseguido lo que ella no: casarse con quien deseaba y no con el pariente viejo y rico que sus padres le imponían. No había sido fácil: disputas, peleas, encierros en conventos y hasta un juicio resuelto favorablemente para Marica y su novio, Martín Jacobo Thompson. La contienda, que llevó varios años y era la comidilla de la ciudad, terminó cuando el virrey Sobremonte emitió una dispensa y por fin Mariquita pudo salirse con la suya.

—De hecho —acotó la señora Thompson—, aquí me tienes, querida Bela, comprando géneros y algunas otras cosillas para redecorar mi casa al gusto de Martín.

Casimira Marcó del Pont y la señora de Escalada se aproximaron con afabilidad y enseguida preguntaron:

—¿Quién es esa muchacha, la que conversa con la señora Aignasse?

—Me preguntaba lo mismo —admitió Bernabela.

—Es la primera vez que la veo —aseguró Marica Sánchez—. Su cabello —añadió— es un tanto extraño, ¿no creen? ¿De qué color es, ciertamente?

—No es rubio —afirmó Casimira—, pero tampoco castaño. Tiene destellos rojizos. ¡Qué abundancia! —exclamó—. Si parece que se le suelta de las presillas.

Ninguna comentó, aunque todas lo notaron, que el perfil de la muchacha presentaba líneas muy regulares y delicadas. Su ojo derecho, el único que veían, subía y bajaba lentamente, como si le costase arrastrar las largas pestañas oscuras. Su nariz parecía la de una muñeca de porcelana, pequeña y recta, moteada por diminutas pecas. Su boca les llamó la atención, quizá por la coloración natural, de ese rojo casi escandaloso, o tal vez porque era carnosa como la pulpa de una fruta madura. Ellas consideraban a las mujeres de labios finos y pálidos como el epítome de la belleza; los pulposos y encarnados pertenecían a las africanas.

Enseguida repararon en el muchachito asido a su falda, que lanzaba vistazos en dirección a ellas, miradas que no sabían cómo juzgar, si de advertencia o de miedo. Se trataría de su hijo, pues el parecido era notable. No acertaban con la edad del niño, aunque podían afirmar que era de naturaleza enfermiza. Pálido y flacucho, respiraba como si hubiese corrido kilómetros y tenía la frente perlada de sudor.

—¡Oh, señorita Laurent! —exclamó Marica, y salió al encuentro de Béatrice, que, apartada, hurgaba entre los carretes—. Buenas tardes —saludó en francés—. ¿Cómo está usted? Es una agradable sorpresa encontrarla aquí. Hacía tiempo que no la veía.

A Marica Sánchez le encantaba fanfarronear con su fluido francés. Béatrice habría preferido que no lo hiciera: su pronunciación era desastrosa y la crispaba. De igual manera, se mostró cortés y contestó a sus preguntas.

Se escuchó un golpe seco, como si un objeto, macizo y contundente, cayese sobre los tablones de madera. Le siguió un zapateo frenético y continuado. Víctor, tirado en el suelo, padecía otro de sus ataques de epilepsia; se sacudía, ponía los ojos en blanco y tiraba espumarajos por la boca.

Se armó un jaleo de gritos y taconeos. Doña Bela, como de costumbre, sufrió un vahído; su hermana, la señorita Leonilda, corrió a asistirla. Béatrice Laurent miraba fijamente al niño sin atinar a nada. Todo era caos y confusión, y una vocinglería se alzaba en torno al enfermo. Se escuchaba: “¡Llamen al doctor O’Gorman!”, “¡Llamen a un sacerdote! Este crío está endemoniado”.

La muchacha del cabello extraño se abrió paso, se sentó en el suelo sobre sus talones y, con una fuerza extraordinaria, movió al niño hasta apoyarle la cabeza en sus piernas y colocarlo en posición lateral. Víctor seguía convulso y resultaba difícil mantenerlo firme; el cuerpo se le contorsionaba hacia atrás, al igual que sus ojos, en blanco.

—Señor Aignasse —habló la muchacha con un aplomo admirable—, por favor, sujétele las piernas.

Al sonido de su voz —un tono grave, casi masculino—, sobrevino un silencio pasmoso. El tendero se agachó de inmediato y sujetó a Víctor, que continuó descontrolado.

—Un pañuelo —pidió—. Que alguien me dé un pañuelo. Y esa vara de madera —y señaló con la cabeza la vara para medir los cortes de tela.

Al pedido imperioso de la muchacha, Béatrice Laurent reaccionó y le entregó su pañuelo de lino, mientras la señora Aignasse le extendía la varilla.

—Conseguiré sales.

—Sales no —dijo la muchacha—. Amoníaco.

—Muy bien —respondió Béatrice, y salió de la tienda, con la mulequilla llorando por detrás.

La muchacha limpió la profusión de saliva que se escurría por las comisuras de Víctor y, con dificultad, le cruzó la vara en la boca para evitar que se mordiera los labios y la lengua. Ante esto, las mujeres hicieron un gesto de repulsión y más de una dio vuelta la cara.

Ahora parecía que la muchacha le hablaba al oído. No sabían lo que le decía hasta que cayeron en la cuenta de que, en realidad, canturreaba una canción, incluso se mecía para acunarle la cabeza. El silencio se ahondaba y la voz adquiría potencia. Todos, incluso el niño que comenzaba a aquietarse, habían caído presas del conjuro de esa extraña voz, melodiosa y grave. Cantaba en una lengua extraña, de vocablos duros, pero la tonada resultaba dulce, como una canción de cuna.

Las sacudidas de Víctor menguaron hasta sumergirlo en un sopor inquieto. Mantenía la boca entreabierta y, por los resquicios de los ojos, se insinuaba el iris. Su pecho subía y bajaba como un fuelle alocado. La muchacha le acariciaba el cabello, le besaba la frente y le secaba el rostro.

—Aquí está el amoníaco —anunció Béatrice, y le entregó el frasco de vidrio ya descorchado.

—Gracias —dijo, y lo pasó bajo la nariz del niño, que se movió con espasmos—. Tome —y estiró el brazo en dirección de la señorita Leonilda—. Para que la reanime —indicó, señalando a doña Bela.

—Mi criada —habló Béatrice Laurent— fue en busca del cochero. No podremos cargarlo hasta la casa.

—¿Dónde viven, señora?

—En la calle de Santiago, en esquina con la de San Martín.

—No conviene aguardar. Lo cargaré. Son sólo algunas cuadras.

—¡Oh, no! —se opuso Béatrice—. Os haréis daño.

—Soy una mujer fuerte —manifestó sin ampulosidad, y lo cargó con ayuda del señor Aignasse—. Vamos, Jimmy —dijo en inglés al que parecía su hijo.

La señorita Leonilda y doña Bela prefirieron quedarse en lo de Aignasse, a la espera del coche. Bernabela, acostada en un sofá, recibía las atenciones de su hermana, que, alternadamente, le aventaba aire con el abanico y le pasaba el amoníaco bajo las fosas nasales.

—¡Oh, basta ya, Leo! —se quejó—. No me martirices con eso que huele a grajo.

—¿Quién es esa muchacha? —insistían las mujeres, y el señor y la señora Aignasse sacudían los hombros y negaban con la cabeza.

—Le habló al chiquillo en inglés —indicó la señora de Escalada.

—¿En qué lengua tan extraña cantaba? —se preguntó la Marcó del Pont.

A escasos metros de la casa de Valdez e Inclán, Béatrice divisó el coche que, raudo, partía hacia la tienda. Anita, que corría por detrás, se estaqueó en el suelo al ver a su patrona a las puertas de la casa.

—Ya va Vicente pa’llá, ‘ña Béatrice.

—Sí, lo sé, Anita. Lo hemos visto pasar. Vamos, niña, no te quedes ahí. Ve y golpea la aldaba para que Efrén nos abra la puerta.

Efrén tomó en brazos al pequeño Víctor y lo llevó a su dormitorio, mientras Béatrice le ordenaba a su mulequilla que corriese por el doctor O’Gorman, se lo requería con urgencia.

—No sé por qué tuvo que ocurrir esto hoy —se amargó Béatrice—. Hacía tiempo que no tenía un ataque. ¡Pobre, mi Víctor!

—El aire estaba muy viciado dentro de la tienda —observó la muchacha.

—¡No sé que habría sido de él si no hubieseis estado allí! —exclamó Béatrice, y la tomó de las manos—. ¡Qué calma habéis mostrado! ¡Qué aplomo! Yo me quedé como necia, mirándole. Pobre chiquillo mío. ¡Gracias, gracias! ¿Cómo supisteis lo que teníais que hacer?

—Estoy habituada —fue la críptica respuesta.

—¿Cómo os llamáis?

—Me dicen Melody.

—¿Mélodie? —repitió Béatrice, con marcada entonación francesa—. ¿Habláis inglés?

—Sí. Él es mi hermano, Jimmy.

—El niño Víctor la llama, señorita Béatrice —intervino Efrén.

—Nosotros debemos irnos —expresó Melody.

—Oh, no, de ninguna manera —se opuso Béatrice—. Os haré llevar por el cochero adonde indiquéis.

—No. Preferimos caminar.

—Prometed —rogó Béatrice— que regresaréis mañana, a esta misma hora. Quiero que Víctor conozca a su salvadora.

Al día siguiente, a la misma hora, Melody y Jimmy llamaron a la puerta de la casa de los Valdez e Inclán. La familia los esperaba en la sala, incluso Alcides había aceptado conocerla impelido por la conversación sostenida con la señorita Laurent la noche anterior.

—A su excelencia le complacerá que una muchacha de habla inglesa se haga cargo de Víctor.

—A su excelencia lo pondrá furioso que dejemos entrar en esta casa a una completa desconocida. Además, ¿por qué suponer que es una muchacha sin familia ni medios?

—A juzgar por el modo en que vestía, afirmo sin duda que es muy pobre. Si ella no interpone reparos, quiero a esa muchacha como institutriz de Víctor. Lo ha manejado con tal destreza ayer en la tienda que nunca volveremos a temer cuando otro de sus ataques sobrevenga.

—Señorita Béatrice —rezongó Alcides—, usted mejor que nadie conoce lo delicado de nuestra situación. No sabemos nada de la muchacha. Quizá no sepa leer ni escribir. ¿Quién es? ¿De dónde ha salido? Melody. ¿Qué clase de nombre es ése? —se impacientó.

—No es un nombre. Así la llaman. Mañana averiguaremos lo que necesitamos saber —se empecinó Béatrice y, por la paladina resolución de su mirada, Valdez e Inclán supo que la tal Melody terminaría siendo la institutriz del niño Víctor.

Tomaron asiento. Incluso el hermano de doña Bela, Diogo Coutinho, sintió curiosidad y se presentó en la sala. Contemplaba a Melody con persistencia, a tal punto que Leonilda le asestó un codazo en los ijares. Alcides también opinaba que se trataba de una peculiar belleza, pero dicho juicio no se entreveía en su actitud pues simulaba severidad.

A poco, una esclava condujo a Víctor y lo plantó frente a Melody. El niño ejecutó una pomposa reverencia y, sin levantar la vista, dijo “gracias, miss Melody”, tal como lo había aleccionado la señorita Béatrice. Melody le alcanzó el mentón y lo obligó a mirarla. Para asombro de todos, le corrió el flequillo que le caía sobre la frente y le acarició la mejilla. Los ojos de Víctor brillaron, entre sorprendido y feliz, porque, si bien la señorita Béatrice lo trataba muy bien y la negra Siloé lo mimaba con confituras prohibidas, rara vez lo tocaban. Para él, esa caricia resultó tan sabrosa como una compotera llena de ambrosía. Le supo más dulce aún. Mucho más. La mano de miss Melody era suave y tibia, como él se imaginaba la de su madre.

—De nada, Víctor —replicó Melody, y enseguida agregó—: Éste es mi hermano, Jimmy.

Melody empezó a trabajar dos días más tarde. Había bastado que jurase saber leer, escribir —en castellano e inglés—, cifrar, tocar el piano y el arpa, que sus padres hubiesen muerto tiempo atrás y que se hospedaba en casa de una tía que no podía seguir manteniéndolos, para que Béatrice se convenciera de que nadie mejor para Víctor que miss Melody, incluso para las hijas de Valdez e Inclán, con falencias imperdonables en su educación. Ninguna de las partes presentó objeciones, por lo que el trato se cerró en poco más de media hora, acordando un salario semanal de ocho reales. Ni siquiera hubo reparos cuando Melody exigió que su hermanito Jimmy viviera con ella y que su alazán se alojase en el establo de la casa. Ante la sorpresa de Alcides por la segunda petición —le resultaba inverosímil que una mujer tan humilde poseyera un caballo—, la joven explicó que el animal era lo único que le quedaba de su padre y que nada la separaría de él; sólo pretendía alojamiento.

—¿Cuál dijo que era su nombre? —insistió Valdez e Inclán, y acercó la péñola a un papel.

—Isaura Maguire.

—¿Cómo ha dicho?

—Isaura Ma-gua-ier. Así se pronuncia, y se escribe Maguire. Es irlandés.

—Pero todos la llamaremos miss Melody —terció Béatrice, y le dispensó una cálida sonrisa.

Esa noche, Melody tomó a Jimmy por los hombros y le dijo:

—Sé que fue peligroso dar mi nombre. Pero no tenía alternativa. No me habrían conchabado si no se lo hubiese dado. Y necesitamos ese trabajo, Jimmy. Nos ha venido del cielo. Papá y mamá nos lo han enviado.

—Ese día comenzaron mis problemas —aseguró Valdez e Inclán.

—¿Una jovencita de…? ¿Cuántos años has dicho? —Veintiuno.

—¿Una institutriz de veintiún años un problema? —se burló Blackraven.

—Ninguna institutriz de veintiún años. ¡Un torbellino! ¡Una tormenta! Tú no la conoces. Ah, pero ya lo harás.

La vida de la familia Valdez e Inclán se dividió en antes y después de miss Melody. Víctor se apegó a su institutriz desde un principio, incluso desde antes, porque la misma noche del día en que miss Melody le apartó el flequillo y le acarició el rostro, soñó largo y tendido con ella, y amaneció con una sonrisa. Y semanas más tarde, mientras Melody lo arropaba, le pidió:

—Cuando nadie nos vea ni nos escuche, ¿puedo llamarla “madre”?

—Claro que puedes.

—Y usted, miss Melody, ¿puede llamarme “hijo”?

—Claro que puedo.

—Yo no conocí a mi madre, a mi verdadera madre. No sé dónde está.

—Debe de ser una gran mujer para tener un hijo como tú. ¿Quieres que recemos por ella? —El niño asintió, e hicieron la señal de la cruz—. Señor, protege a la madre de Víctor donde sea que esté, y si ya ha dejado este mundo, permítele compartir la gloria eterna contigo. Amén.

—Amén. ¿Podremos rezar de nuevo mañana?

—Lo haremos todas las noches. —Melody lo besó en la frente y se despidió—: Sueña dulces cosas, hijo mío.

—Buenas noches, madre.

Con el tiempo se produjo una división natural entre los habitantes de la casa: los que apoyaban a miss Melody y los que la querían de patitas en la calle. Porque, entre otras cosas, miss Melody era incapaz de inspirar indiferencia: se la amaba o se la odiaba.

Doña Bela, por ejemplo, la detestaba. Por un lado, la aliviaba que se ocupara de Víctor y que lo mantuviera lejos. Ese niño siempre la había inquietado, desde que, siendo un pequeño de tres años, llegó en brazos de Blackraven que lo traía desde vaya a saber dónde. Bernabela suponía que se trataba de su bastardo, pero Alcides le repetía que no, que era su protegido y ahijado. A decir verdad, no existía parecido físico. Los cabellos rubios y los ojos verdes de Víctor en nada se asemejaban a los renegridos de Roger ni a sus ojos azules. De todos modos, la desigualdad física no era óbice para que Blackraven lo hubiese engendrado. Ahí estaba la menor de sus hijas, Angelita, tan hija de ella como las otras tres, pero una estantigua como su padre.

En resumidas cuentas, desde la aparición de miss Melody, Bernabela vivía con una preocupación menos: Víctor y sus ataques, Víctor y su educación descuidada, Víctor y sus miradas sibilinas, Víctor y sus comentarios insólitos. Igualmente, la institutriz la fastidiaba. Se volvía intolerable la preponderancia que, día a día, ganaba sobre los suyos. No sólo la señorita Béatrice mostraba una manifiesta inclinación por ella, sino que, con el tiempo, se sumaron la de su adorado Diogo, Leonilda y Angelita, por no mencionar a la caterva de esclavos, que la veneraba como a la reina de Saba.

Melody terminó por granjearse el odio eterno de doña Bela la noche en que caminó hasta el patio de los señores y abrió la puertilla de la jaula de los pájaros. A la mañana siguiente no quedaba ni uno.

Esa jaula dorada, enorme y majestuosa, repleta de pájaros exóticos, constituía el mayor orgullo de Bernabela. Sus amigas pasaban largo rato admirando y envidiando los ejemplares que Blackraven le traía de recónditos sitios. Algunos, de extraña morfología, no parecían reales. “La jaula de los pájaros raros”, así bautizada por las porteñas, se había convertido en la excusa de los viajeros para visitar lo de Valdez e Inclán. Las tertulias en la casa de la calle de Santiago se volvían más amenas gracias a los trinos tan variados y melódicos y a la profusión de colores de los plumajes. La nota la daba un ejemplar macho de ave del paraíso, reputado como el pájaro más bello del mundo, pero también contaban el ruiseñor y su canto sublime, la alondra, la calandria, la aguzanieves, dos tordos, varios zorzales, algunos alcaudones y una pareja de arrendajos, alimentados exclusivamente con bellotas de encina.

Al ver la jaula vacía, Bernabela reaccionó de acuerdo con lo que se esperaba: cayó desvanecida. Diogo la llevó en brazos a su habitación, donde Leonilda la despabiló con sales. Lloró, insultó y tuvo ataques de histeria hasta que, más dueña de sí, pidió a su hermano que le trajera el látigo de tres traíllas para azotar a Toribia, la encargada de limpiar la jaula y alimentar a los pájaros.

—Toribia no tiene culpa alguna, doña Bela —aseguró Melody—. Fui yo quien abrió la puerta de la jaula.

En un primer momento, Bernabela no entendió lo que le decía; se quedó mirándola con cara de boba y el látigo colgando de su mano.

—¿Por qué? —atinó a balbucear Leonilda.

—Porque no era justo que estuvieran encerrados cuando han nacido para volar y ser libres.

Bernabela lanzó un grito antinatural y sacudió el látigo en dirección a la cara de Melody, pero, siendo mucho más baja, le causó verdugones en el cuello. Diogo la sujetó por detrás y le ordenó a la institutriz que se marchase. Los aullidos de Bernabela se escucharon hasta que su hermano le sumergió la cabeza en una palangana y la amenazó con azotarla él mismo si no cerraba la boca. Esa noche, al volver de la curtiembre en construcción, Valdez e Inclán llamó a comparecer a Melody y a Bernabela; por supuesto, la señorita Béatrice ya se encontraba allí.

—Lo que habéis hecho no tiene perdón —pronunció el hombre—. Recogeréis vuestras cosas y partiréis mañana mismo, a primera hora. Podría denunciaros. Algunas de esas aves no tenían precio. No sé qué le diré al señor conde de Stoneville cuando venga.

—Miss Melody tiene razón —terció Béatrice, con firmeza—. Ningún ser, que no ha cometido crimen alguno, merece ser prisionero de nadie. Los pájaros están bien en donde están. Miss Melody se queda.

—¿Entiendes ahora —apeló Alcides a la racionalidad de Blackraven— por qué sostengo que esa joven es un torbellino? Para colmo de males, como has podido ver, la señorita Béatrice la apaña en todas sus alocadas decisiones.

Blackraven no le contestó. Mantuvo silencio mientras se masajeaba la boca con el puño en actitud reflexiva. Valdez e Inclán no se atrevió a irrumpir en su meditación. No lucía enfadado por la pérdida de los pájaros; más bien, parecía examinar un asunto de importancia capital. Con Blackraven nunca se sabía. Inmerso en aquella calma chicha podía estar planeando acogotar a miss Melody con sus propias manos.

—Nada de todo este cuento responde a mi pregunta —expresó por fin en un tono impaciente—. ¿Adónde están mi prima y mi ahijado?

—Están en tu quinta, en el Retiro.

—¿Cómo has dicho?

—Desde hace dos meses, desde principios de noviembre, que están en el Retiro.

—¿En aquella lejanía? ¿En medio de aquel páramo infestado de alimañas y malvivientes? ¿Y tú? ¿Tú los has dejado partir? —se asombró más que enojarse Blackraven.

Se puso de pie. Alcides lo imitó con presteza y se alejó en dirección contraria, restregándose las manos. Todavía le quedaba pasar por las Horcas Caudinas.

En opinión de Blackraven, había que aumentar la población de esclavos, tanto la de la ciudad como la del campo en el Retiro. En especial, la del campo. Y no había que olvidar la futura curtiembre, cuya construcción finalizaría a mediados de 1806.

Para los planes que trazaba, la mano de obra era de fundamental relevancia. Las tareas agrícolas y las del saladero demandarían grandes cantidades de esclavos, tal como había visto en las plantaciones algodoneras de los estados de Carolina del Sur y Georgia, en América del Norte. Cientos y cientos de negros trabajando la tierra, en los molinos, en las curtiembres, en las dehesas, en las tahonas, labrando, cultivando, cosechando, almacenando. En cuanto a los esclavos de ciudad, reservaría una buena parte para que aprendieran variados oficios; el resto se destinaría al servicio doméstico.

Se volvió imperioso, entonces, aumentar la cantidad de esclavos, no sólo a través de la compra en las almonedas sino fomentando la natalidad. Como los esclavos que bajaban de los barcos negreros, en general, estaban más muertos que vivos, se convertía en una proeza hallar uno en buen estado. Por eso, Blackraven se inclinaba a estimular los nacimientos entre su gente, pues, cuidados y alimentados, darían buenos frutos. Si bien habría que aguardar algunos años antes de que esos niños pudieran trabajar, serían hombres fuertes que equivaldrían a tres de los que provenían del continente africano.

—Compra varios negros con cara de semental —le ordenó a Valdez e Inclán—. Paga lo que sea necesario, pero consíguelos. Viaja a Río de Janeiro si es necesario. Una vez que los tengas, los pones a trabajar. Que sirvan a todas las esclavas feraces. A mi regreso, quiero verlas preñadas.

Valdez e Inclán detestaba las almonedas de esclavos. El espectáculo deplorable que componían los negros y las negras enfermos, llenos de pústulas y llagas, se completaba con el hedor que desprendían sus cuerpos embadurnados de orina y heces. Ah, ese hedor. Parecía que quedaba suspendido de sus fosas nasales por días, sin importar cuánta colonia inglesa se pasase después de la rasurada.

Por eso enviaba a su cuñado Diogo, ese bergante de siete suelas, para que lidiara con la pestilencia y el panorama soez, para que se ganara, en parte, el sustento que tan fácilmente recibía gracias a la protección de su hermana Bela. Con el tiempo, Diogo mostró grandes cualidades para la compra y el manejo de los esclavos. Le temían como al demonio. Los trataba con severidad extrema, tanto que a veces debían llamar al curandero, o quimboto, como se lo conocía entre los negros, para que les reparase los huesos o les cosiera las heridas. Se alegraban cuando los visitaba el amo Roger, porque, en su presencia, don Diogo no les pegaba. De todos modos, ninguno se animaba a denunciar los abusos por temor a las represalias que, de seguro, sobrevendrían después de la partida del conde inglés. Porque él siempre partía, nunca se quedaba más de dos o tres meses.

Desde la llegada de miss Melody la situación tomó otro cariz, y no habían necesitado convocar a Papá Justicia, el quimboto de mejor reputación entre las cofradías y las naciones. Es que el amo Diogo moría de amor por miss Melody y la complacía en cuanto le pidiese. Y ella siempre intercedía por ellos, salvándolos de las palizas que en el pasado no habrían tardado en caer sobre sus cuerpos.

—Gracias, don Diogo —le decía cuando él dejaba en suspenso un castigo.

Le fascinaba la cadencia castellana que adquiría su nombre portugués en labios de miss Melody. Ese don “Yogo” sonaba como música en sus oídos. “Don Yogo, don Yogo”, escuchaba una y otra vez, mientras imaginaba cómo sería besar la boca húmeda de miss Melody.

Diogo Coutinho montó a su picazo dispuesto a participar de una almoneda largamente anunciada en la zona de las barracas, al sur de la ciudad y a orillas del Riachuelo. La orden de su cuñado había sido clara: sementales y mujeres fértiles. Rezagada, a otro ritmo, lo seguía la carreta que esperaba traer cargada de esclavos saludables y jóvenes.

—¡Cómo si fuera tan fácil! —se quejó en voz alta.

Pero había desarrollado un buen ojo y, entre tanta basura humana, distinguiría a los que serían útiles a los fines de Blackraven. Sacó del bolsillo la pequeña lata con esa pasta de trementina que le había preparado el boticario y se untó las fosas nasales. El aire se tornó súbitamente frío y le produjo una tiritona.

Se apeó y entró caminando en la sede de la Real Compañía de Filipinas, gestionada por Martín de Sarratea. Tanteó a la altura del corazón y comprobó que el talego gordo de monedas aún seguía allí. Paseó la mirada por la fila de negros que, en exposición, ocupaba la tarima donde se ubicaba el pregonero. Sin necesidad de acercarse ni de médico alguno, reconoció que sólo dos servían: un negro alto y delgado, y una negra que no llegaría a los veinte años.

—¡Hagan posturas, señores! —anunció el pregonero—. Hoy se han de rematar de cuenta de la Real Compañía de Filipinas estos veintitrés negros.

Don Diogo guardó silencio hasta que les tocó el turno a los esclavos que él había seleccionado. Aunque se los disputaron entre varios postulantes, la puja terminó en su favor.

—¡Ambas piezas vendidas al señor Alcides Valdez e Inclán por la suma de mil pesos! —una pequeña fortuna.

Los esclavos subieron a la carreta. El hombre era un negro bozal, es decir, venía directamente de la costa africana, no sabía hablar castellano y poco entendía lo que estaba ocurriéndole. Diogo no necesitó que le informaran que se trataba de un ejemplar de la tribu yolof. Su excelente aspecto —alto, cenceño, con miembros fibrosos y piel retinta— denunciaba su origen. Le pasó un trapo húmedo por el brazo para verificar lo que ya sabía: no había sido untado con pólvora para mejorar su aspecto; la tonalidad saludable de sus miembros era verdadera. Alcides quedaría satisfecho, y él se guardaría de mencionarle que se trataba de un ejemplar yolof porque acarreaban fama de soberbios, belicosos y rebeldes. Había sido un grupo de yolofes el que había protagonizado la primera asonada de esclavos en 1522 en La Española y, aunque los habían sojuzgado fácilmente, no cejaron de intentarlo una y otra vez, hasta el punto de que una real cédula prohibió la importación de los de esa raza debido a que “esta casta de negros soberbios, inobedientes, revolvedores e incorregibles es la causa de los alzamientos de negros y muertes de cristianos”. La cédula cayó en desuso pues la escasez de esclavos imposibilitó los criterios selectivos.

Antes de partir del puerto de Benín, un sacerdote los bautizó en masa, asperjando agua bendita a diestro y siniestro, mientras les gritaba sus nuevos nombres. Al yolof le había tocado Servando.

La muchacha, en cambio, era una ladina, es decir, ya se había relacionado con cristianos y hablaba el portugués, lengua madre de don Diogo. Se llamaba Miora. Nacida en África, de muy niña la habían cazado en la región dominada por el río Cuanza de Angola, para terminar en una hacienda de Minas Gerais, al sureste de Brasil. Sorprendió a Diogo su belleza que en nada se relacionaba con la de las damas que lo circundaban; se trataba de una belleza que hablaba de deseo y desenfreno, lujuria y pasión prohibida. Miora era una hembra magnífica capaz de hacer voltear las cabezas de ricos y pobres, blancos y pardos por igual.

Valdez e Inclán salió a recibir a su cuñado y vio a Miora de pie en la carreta a punto de apearse. La muchacha se levantó la falda, y la piel lustrosa de sus piernas, más oscura en las rodillas, brilló bajo el sol. Saltó. Sus músculos firmes se sacudieron. Dejó caer la falda. La mirada de Alcides subió hasta los senos voluptuosos y se detuvo en sus rasgos dulcificados. Se cruzaron las miradas, y la esclava bajó la vista deprisa. Alcides tuvo una erección. “A ésta”, se dijo, “la serviré yo”.

Servando y Miora entraron por el portón de la cochera. Un grupo de esclavos los aguardaba en el tercer patio. Murmuraban al tiempo que estudiaban a los recién llegados con intriga. Valdez e Inclán tomó por el brazo a su cuñado y lo apartó.

—La muchacha nueva es mía. La quiero en una habitación para ella sola, la más alejada de la cocina.

—Está bien —contestó Diogo—. Deberemos convocar a Papá Justicia. Servando no habla una palabra de lengua cristiana. Necesitaremos su ayuda.

—Haz lo que tengas que hacer. Pero quiero a ese negro copulando con las esclavas esta misma noche si es posible. A excepción de la nueva. De ésa me hago cargo yo. Cuando Blackraven llegue, las quiero a todas preñadas. Ah —dijo, y se volvió—, ¿cómo se llama la nueva?

—Miora.

—Haz que la bañen, le cambien las ropas, quema las que trae puestas, y la envías a mi escritorio para que me cebe mate. ¿No tiene ninguna peste, verdad?

—¿Cuándo te he traído algún empestado?

—Es cierto. Haces bien tu trabajo.

Papá Justicia se presentó ese mismo día, cerca del anochecer. Melody lo recibió con su habitual cariño y, tomándolo de las manos, le dedicó una mirada compungida.

—Oh, Papá Justicia, es todo tan triste. Hoy han comprado a una muchacha y a un hombre más bien joven. Ella, la pobrecita, sólo habla portugués. Ya se olvidó de su lengua madre. Y el hombre… Pues él no ha dicho palabra. Don Diogo dice que es senegalés, pero ya sabes tú la cantidad de dialectos que existen. ¿Has traído el aceite que te pedí? Aún tienen en carne viva la marca de la carimba. ¿Por qué, Dios mío, siguen con esa práctica inhumana si el mismo rey la prohibió?

Melody se lamentaba por el marcado con hierro candente, al que llamaban carimba, con el que se imprimían, sobre la piel de los esclavos, los símbolos distintivos de la compañía importadora y del propietario. Algunos ostentaban varias de estas marcas, incluso en la cara. Por real cédula de 1783, el rey Carlos III había condenado y prohibido esta práctica. En los hechos, se continuaba con el carimbado.

Miora sabía coser. Su antigua ama le había enseñado el oficio. Pronto se advirtió que su destreza con la aguja no se limitaba a un buen zurcido invisible sino que cortaba y confeccionaba con habilidad. Miora atendía las pruebas de las señoras y las demandas de don Alcides, que la requería cada vez más a menudo en su escritorio, la mayoría de las veces para que le cebara mate, otras para que le masajeara los pies, le recortara el cabello o lo afeitara. La trataba con circunspección, pero jamás le levantaba el tono de voz ni la golpeaba; incluso le enseñaba palabras en castellano que ella asimilaba con rapidez. “Muchacha lista”, murmuraba él, y le palmeaba la mejilla.

Con el paso del tiempo, Miora le perdió el temor que la había dominado el primer día, cuando sus miradas se cruzaron. No recordaría aquella mirada. Deseaba olvidarla. El amo Alcides no era el mal hombre que sus ojos habían reflejado. Debía cuidarse de don Diogo, del que ya la habían prevenido, y de la negra Cunegunda, una resabiada que practicaba la magia del mal. Su favorita era miss Melody, como lo era de los demás, a excepción de Cunegunda, su hijo Sabas y de la negra Gabina, que creía que don Diogo le pertenecía porque le calentaba la cama de tanto en tanto.

Miora nunca había conocido a un blanco como miss Melody. Ni doña Catarina, su antigua patrona, le había prodigado el mismo cariño y respeto. En honor a la verdad, doña Catarina no la había respetado. Allí afincaba la diferencia con miss Melody. Ella sostenía que los africanos, como los llamaba —jamás se refería a ellos como esclavos o negros—, eran personas. De eso se trataba: miss Melody los respetaba porque los consideraba iguales. “¡Vaya idea tan disparatada!”, cavilaba Miora. “Nosotros y los blancos iguales.” Sonreía y movía la cabeza.

Casi dos meses después de su llegada a la casa de la calle Santiago, exhausta pero contenta, Miora marchó a su pequeña habitación. Se había enterado de la maledicencia de las otras esclavas que se quejaban del trato preferencial que recibía “la nueva”; ninguna, a excepción de Cunegunda, tenía habitación privada; es más, algunas compartían un mismo jergón. La animosidad de sus compañeras la preocupaba.

Se desvistió, se lavó y se echó encima el camisón. Aún se debatía entre la duermevela y el sueño profundo cuando un sonido inusual la puso en alerta. Los goznes de su puerta chirriaron. Se incorporó en la yacija. Don Alcides, palmatoria en mano, entró en la pieza. Miora se estremeció pues, al proyectarse la luz de la vela sobre las facciones de su amo, advirtió aquella mirada que tanto la había asustado el primer día. Tuvo la certeza de la maldad que lo dominaba y de que no escaparía de ella.

Don Alcides, con una mueca similar a una sonrisa, dejó la palmatoria sobre el piso junto al camastro y permaneció acuclillado a los pies de Miora desde donde la estudió con detenimiento. La muchacha lanzó un quejido, pero él le puso un dedo sobre la boca y le ordenó que no hiciera ruido.

—He sido bueno contigo, ¿verdad Miora? —La muchacha asintió—. Pues bien, ahora vengo a que me devuelvas los favores con los que te he beneficiado sólo a ti.

Le acarició el empeine de los pies y le besó las rodillas. La obligó a separar las piernas y lo complació descubrir que dormía sin ropa interior. Una rijosa, como él había imaginado. Se puso de pie, y la muchacha se acurrucó contra la pared. Intentó escabullirse, pero Alcides la sujetó por los hombros y la amenazó con un puño. La recostó sobre la yacija y se quitó el camisón. Miora no sabía qué esperar. Era virgen. Alcides lo descubrió demasiado tarde. Fue brusco y la lastimó innecesariamente. Pero, dominado por la excitación, continuó meciéndose y lastimándola. Miora se mordía el puño sacándose sangre, que fluía junto con sus lágrimas de miedo, dolor y deshonra. Hasta que el dolor se tornó insoportable; entonces gritó y gritó, gritó hasta desgañitarse. Valdez e Inclán la golpeó, dejándola inconsciente.

—Niña ingrata —masculló, agitado, y siguió penetrándola. Un momento después, sonreía, contento de haber sido el primero. Se encargaría también de ser el único, al menos mientras no se cansase de ella.

Escuchó un golpe seco, como a metal contra metal. Se volvió con presteza y atisbó una silueta que se tornó difusa cuando un líquido denso y caliente se escurrió en sus ojos. Se trataba de sangre, de su propia sangre en realidad, y el golpe lo había recibido su cabeza. Cayó desvanecido sobre Miora.

Se incorporó horas más tarde, y una arcada lo arrojó sobre el camastro. La pequeña habitación le giraba en torno y una puntada le horadaba el cráneo. Tardó días en recuperarse. No sólo Miora había desaparecido sino que quien lo golpeó le dejó una nota en su escritorio que rezaba: “No abuse de sus esclavos o se los quitaré uno a uno”.

—¿Me estás diciendo —pronunció Roger Blackraven— que hemos perdido a una esclava que costó cuatrocientos pesos a causa de tu concupiscencia? ¿Qué edad tenía?

—Quince, según le informaron a Diogo en la almoneda. ¡Pero lucía mayor!

—¡Gusano! —escupió Blackraven—. Era una niña. Podría matarte por esto. Años atrás te aclaré que tu preferencia por forzar a las mujeres me resultaba inaceptable. ¿Acaso no te bastó con lo que le hiciste a aquella joven en Madrid?

Blackraven se refería al secreto más perturbador de Valdez e Inclán, por el que había huido de España entre gallos y medianoche, y buscado una vida lejos de su patria natal. En la época en que Alcides comenzó a trabajar a su servicio, Roger envió a su mejor informante a Madrid para averiguar acerca de él. Salió a la luz un asunto oscuro y escabroso que dio a Blackraven el argumento para chantajearlo. ¿Por qué Alcides no huía de Roger Blackraven? Porque estaba harto de huir. Blackraven le ofrecía protección y dinero a cambio de fidelidad y discreción. Era cierto: Blackraven conocía su secreto más abyecto, pero él también conocía algunos de los de Blackraven que constituían su mejor salvoconducto.

—Te mataré con mis propias manos si pones un dedo sobre las mujeres de esta casa. Sobre ellas o sobre cualquier otra que no esté dispuesta a ir contigo a la cama. Para eso existen las putas, carajo.

Se echó de nuevo en el sofá y se llevó la mano a la frente. Valdez e Inclán se inquietó: Blackraven lucía muy molesto, y molesto podía ser letal.

—Te descontaré de tu parte el costo de la esclava —anunció, y Alcides se limitó a acordar con un movimiento de cabeza—. Sírveme una copa. Lo más fuerte que tengas.

Blackraven hizo fondo blanco. El brandy de mala calidad le quemó el esófago.

—Después de todo —dijo, con la voz ronca por la bebida—, ¿qué tiene que ver este cuento con que mi prima y Víctor estén en el Retiro? Me estoy impacientando, Alcides.

—Verás, Roger —tartamudeó—, fue miss Melody quien me golpeó la cabeza y quien dejó la nota en mi despacho. Fue ella la que hizo desaparecer a la esclava y aún no la devuelve.

Blackraven lo contempló con perplejidad y no supo qué decir. Alcides se apresuró a llenar el silencio.

—Cuando miss Melody se enteró de la existencia de una quinta en el Retiro, decidió que el aire puro del campo le sentaría muy bien a la salud de Víctor. En opinión de ella, durante el verano, el aire de la ciudad se torna pernicioso y eso es malo para él. Por supuesto que me opuse. Le dije que nadie se movería de esta casa. Pero ella insistió. Es muy voluntariosa, ya lo verás. Repitió sus razones y yo, mi negativa. Cuando el asunto parecía zanjado, me confesó que había sido ella la que me había golpeado aquella noche y escondido a Miora. Me dijo que le contaría a Bernabela y a todos en la casa. Me mofé de eso. Entonces, amenazó con iniciar una demanda por violación del “derecho de pudor” de la esclava que se convertiría en la hablilla de los salones. ¿Has escuchado semejante necedad? ¡Derecho de pudor! Pues bien, el Código Negrero habla del derecho de las esclavas de conservar su pudor.

—¿Quieres decirme —se pasmó Blackraven— que tú creíste que una muchacha sin medios ni conexiones te iniciaría una demanda por violar el derecho de pudor de una esclava?

—Oh, no —se defendió Alcides—, sin medio ni conexiones no. El doctor Covarrubias está prendado de ...