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EL CUARTO ARCANO

Florencia Bonelli  

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Fragmento

Índice

Frontispicio

Portada

Dedicatoria

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Epílogo

Biografía

Otros títulos de la autora

Créditos

Grupo Santillana

A mi Señor Jesús, en cumplimiento de una promesa,
por una gracia concedida.

A mi admirador más entusiasta, mi hermano Lucas.

Negrito, éste es para vos.

Y por supuesto, a mi dulce Tomás.

Deseo agradecer a mi amiga, la escritora Mercedes Giuffré
por haberme permitido que su entrañable doctor Samuel Redhead
dejara de lado por un momento sus investigaciones
en Deuda de Sangre y ayudara a mi querido Roger Blackraven
en dos situaciones complicadas.

CAPÍTULO
I

“Omnia vincit amor et nos cedamus amori.”

(El amor todo lo vence, rindámonos
también nosotros al amor.)

Bucólicas, Virgilio

En silencio recibió la paga, una cantidad importante; de hecho, la más generosa que su oficio le había redituado, y sólo se trataba de un adelanto. Entre otras cosas, exigió libras esterlinas, y Fouché había cumplido. Contó los billetes y los guardó en el bolsillo interno de su gabán.

Fouché entrecerraba los ojos como si intentara descifrar el acertijo que tenía enfrente. El sicario sonrió para sí, acostumbrado a provocar esa clase de curiosidad y difidencia en sus clientes. La fama lo precedía y no había necesidad de explicarse, ni siquiera con Joseph Fouché, el ministro de Policía de la Francia.

Se decía de Fouché que era el creador de la red de espionaje más compleja y eficaz de la Europa. Como jacobino, en 1793 había votado por la ejecución de Luis XVI. Tiempo más tarde, Maximilien de Robespierre, la cabeza del gobierno revolucionario, lo denunció por sus excesos, y Fouché debió aguzar el ingenio para salir del atolladero: madame guillotine pendía sobre su cabeza. Finalmente consiguió que fuera la de Robespierre la que cayera sobre el patíbulo. Su habilidad para superar, indemne, los rápidos y dramáticos cambios de la Francia revolucionaria le granjearon el apodo de “el inmortal”. En ese momento, en el año de Nuestro Señor de 1804, después de haber navegado en las turbulentas aguas de la política francesa durante una década y media, debía de creerse más poderoso que el flamante emperador de la Francia, su jefe, Napoleón Bonaparte.

Poco respetaba a los hombres como Fouché, ni siquiera a uno como Bonaparte. Conocía la esencia humana en su fibra más íntima, y la vida le había enseñado que a la gran mayoría la movía intereses bajos que, en última instancia, se relacionaban con el sexo y el dinero. Nadie era mejor que nadie, y todos contaban con un talón de Aquiles al que bastaba descubrir para después golpear.

De hecho, la presencia de Fouché en esa helada noche de invierno, en ese pobrísimo arrabal de París, lo confirmaba. Que el gran ministro de Policía del Imperio se hubiese denigrado a concurrir al encuentro de un sicario ponía de manifiesto su naturaleza vulnerable, más allá de que no se tratase de un sicario cualquiera sino del mejor.

Fouché hurgó en el bolsillo de su chaqueta, demorándose, en tanto se daba tiempo para sopesar la racionalidad del acuerdo que acababa de sellar. Si bien la diosa Razón lo asistía en sus decisiones y él nunca se equivocaba, en esa instancia, después de haber entregado una pequeña fortuna a esa extraña criatura de voz aflautada y rostro cubierto, se preguntaba si no estaría cometiendo un grave error. No había sido fácil llegar hasta La Cobra, el asesino más letal de la Europa, según sus informantes. Nunca fallaba, y ubicaba a su víctima en el punto en que se encontrase. Por esto más que por lo primero, Fouché se había interesado en él. Sacó un papel del bolsillo y se lo extendió.

—Ahí hay cinco nombres —explicó—. Suponemos que son espías ingleses. Aristócratas además. Suponemos también que, entre ellos, se encuentra el Escorpión Negro.

—¿Qué los convierte en sospechosos? —preguntó La Cobra.

—En primer lugar —expresó Fouché—, son personas que, de uno u otro modo, se han relacionado con el Departamento Exterior inglés, al cual responden los espías. En segundo lugar, han entrado en la Francia en varias oportunidades en los últimos años y sus actividades han sido, en el mejor de los casos, poco claras.

—Dígame lo que sepa acerca del Escorpión Negro.

Fouché metió la mano en el interior de su chaqueta y extrajo una billetera que contenía un pedazo de papel chamuscado y amarillento. Se lo mostró a La Cobra, pero no hizo el ademán de entregárselo.

—Es con lo que contamos —aseguró—. Esta nota fue escrita por el mismo Escorpión Negro y hallada en poder de uno de sus espías hace un mes atrás. Le prendió fuego antes de que pudiéramos impedirlo. Alcanzamos a salvar sólo esta parte. Mire aquí —indicó—, éste es su sello, con el que firmó el mensaje.

Se trataba de un convencional sello de lacre, marcadamente oscuro, con la figura, en relieve, de un escorpión. Un poco por encima, apenas si se apreciaban los trazos de la escritura.

—Necesitaré esa nota —dijo La Cobra, y extendió la mano enguantada.

—¿Para qué? —se sorprendió Fouché.

—Para hacer mi trabajo. ¿Qué hubo del espía que la quemó?

—Murió en prisión. No nos dijo nada de importancia —admitió, al tiempo que entregaba la única prueba con la que contaba para demostrar que su principal enemigo existía y que no se trataba de un personaje de su propia invención—. Lo único que dijo antes de morir fue que la nota pertenecía al Escorpión Negro. Suponemos que estuvo en la Francia hace poco, quizás aún permanece aquí.

—¿Dónde atraparon al espía?

—En la taberna “Paja y Heno”, en las afueras de Calais.

—Necesito saber más sobre el Escorpión Negro.

—No hay mucho más —admitió Fouché—. Suponemos que es inglés y que pertenece a la nobleza. Es el espía más hábil e impredecible con el que me ha tocado lidiar —manifestó, en un acto de sinceridad poco habitual en él—. Ha desbaratado todos los planes de ataque a la Inglaterra, ha interceptado barcos con cargamento de oro para el Emperador, conoce cada paso que darán los ejércitos del Imperio, sin mencionar que, durante la época del Terror, salvó de la guillotina a gran cantidad de aristócratas franceses y contrarrevolucionarios. Hace años que quiero echarle el guante.

—Si el Escorpión Negro es tan hábil como usted asegura —opinó La Cobra—, no se encuentra entre los de esta lista. De todos modos, la conservaré.

Se trataba del discurso más largo que había pronunciado. Fouché se esforzó por discernir la entonación de esa voz tan peculiar. Hablaba en francés, y por momentos lo hacía con acento español, a veces creía haber escuchado un dejo inglés.

—¿Cuál es su nacionalidad?

—La del país que mejor pague mis servicios —contestó el sicario.

—Muéstreme su rostro.

—Pocos lo han visto y vivido para contarlo.

—Usted exigió que fuera yo, en persona, quien arreglara los términos de este acuerdo —le recordó el ministro de Policía—. Sepa que no acostumbro a encargarme de estas menudencias. Para eso tengo a mi gente.

—Y yo no acostumbro a concertar mis trabajos con mentecatos. Lo hago con iguales o no lo hago.

—Exijo al menos que descubra su rostro. Quiero saber con quién estoy en tratos.

La Cobra se quitó el tricornio y jaló de la capucha que le cubría la cabeza por completo. La lobreguez del callejón no impidió que Fouché recibiera el impacto de aquel rostro como una bofetada. El pecho se le contrajo y el corazón le latió precipitadamente. Dio un paso hacia atrás, con torpeza, e intentó empuñar la pistola que ocultaba bajo el abrigo. La Cobra lo redujo en un instante, y la mejilla de Fouché terminó aplastada contra los adoquines sucios y húmedos de la calle, con el brazo derecho en una posición antinatural cerca del omóplato. La fuerza de La Cobra resultaba impensable. Le acercó una daga al ojo, y el brillo de la luna reflejado en el metal lo encandiló.

—Me ha estafado —se quejó Fouché.

—No, no lo he estafado —aseguró La Cobra—. Encontraré al Escorpión Negro donde se oculta y lo mataré. A su debido tiempo, le enviaré una prueba irrefutable de ello. Entonces, volveré y usted me dará lo que me debe.

La presión que lo mantenía en el piso cedió poco a poco, y Fouché pudo levantar la cabeza. Delante de él se erguía La Cobra. Aún sostenía la daga, y su figura negra perfilada en la claridad de la luna resultaba escalofriante. Fouché comenzó a incorporarse.

—Ya sabe cómo y dónde dejarme un mensaje.

—¿Cuándo volveré a saber de usted?

—El día en que vuelva para exigirle la otra parte del pago.

NOTAS DE UN SICARIO

Entrada del día jueves 27 de diciembre de 1804

Si pudieran entender que este cuerpo, una simple cáscara, contiene a un ser invencible, las reacciones como las de Fouché no existirían. Finalmente, es mi destreza la que habla, y a la rotundidad de los hechos nada se le antepone.

Nos quedaremos en la Francia por un tiempo y luego iremos a Londres; allí iniciaremos la verdadera cacería. Me excito. Desde la inminencia de un nuevo trabajo, la sangre fluye con vigor en mis venas. La sed me invade; una sed abrasadora que sólo aplaco, en parte, con la persecución y totalmente con el éxito de nuestra empresa. Amo lo que hago, lo hago bien.

Sospecho que nos enfrentamos a un rival de nuestra talla, y eso aumenta la excitación que me domina. Contamos con un pedazo de papel medio quemado, sellado al pie con lacre, como toda prueba de la existencia del Escorpión Negro. Ya le he dado a tocar este pedazo de papel a Desirée, pero la acción del fuego parece haber acabado con todo rastro. Lo toca, y nada percibe. La fuerza que normalmente le comunican los objetos, en este caso se encuentra ausente. Es conocido el poder purificador del fuego.

Urge ir a Calais, a la fonda “Paja y Heno”. De seguro, la gente de Fouché la habrá revisado de quilla a perilla, pero los conozco, son ineptos y no habrán sabido ver lo que resultaría ostensible para un experto. Cualquier dato adquiere valor: el nombre de un sastre prendido a una chaqueta, el de un comercio que expende tabaco, rapé o brandy, un simple botón dejado al descuido, una mancuerna o hasta un alfiler. Es probable que, después de tantos días, nada de eso hallemos. De igual modo, visitaremos la posada. La gente se muestra dispuesta a hablar al brillo de las monedas. También contamos con otros métodos.

Escorpión Negro. El nombre evoca a un ser silencioso, astuto, de movimientos precisos, de afiladas tenazas y cola letal, lustroso, difícil de distinguir en la oscuridad, el ámbito donde mejor se mueve. Lo imagino artero, por momentos suave y seductor, por momentos inhumano y mortal.

Vuelvo a mirar el sello, trato de pensar como el Escorpión Negro, quiero ponerme en su piel.

CAPÍTULO
II

Buenos Aires, viernes 3 de enero de 1806.

Roger Blackraven extrajo su reloj del bolsillo tirando de la leontina. Cinco y media de la mañana, demasiado temprano. De seguro hallaría su casa del Retiro completamente dormida. Los criollos de Buenos Aires no acostumbraban a despertarse con el alba. Aunque el senescal, Pascasio Bustillo, y su mujer, Robustiana, no tenían un pelo de criollos; eran gaditanos de pura cepa, afectos a holgazanear, al buen vino y al cotilleo. Desde la península habían arrastrado una cáfila de vicios, y en el Río de la Plata los habían aumentado. Los despediría. No entendía cómo no lo había hecho durante su visita el año anterior.

Le interesaba la prosperidad de sus campos del Retiro. Buscaba desarrollar la agricultura industrial en esas tierras generosas, al igual que en sus posesiones de Antigua y de Ceilán. La propiedad a orillas del Río de la Plata contaba con una noria que abastecía de agua por igual a los cultivos y a la casa. Si bien el molino aceitero y las dos tahonas no habían comenzado a producir, él estimaba verlos en funcionamiento antes de dejar Buenos Aires. Convertiría las aceitunas y la linaza en aceite, el lino y el cáñamo en fibras textiles, las frutas y los vegetales en conservas, el trigo y los demás cereales en harinas, y los cueros en productos manufacturados —bridas, monturas, prendas, zapatos—. Para esto último, construía en la zona de Barracas la que se estimaría la curtiembre más moderna de los virreinatos españoles.

Sus intereses no se relacionaban exclusivamente con negocios económicos. Años atrás había llegado al Río de la Plata en una misión de delicada naturaleza durante la cual su mente se repartió entre las ventajas de invertir en una tierra de posibilidades ilimitadas y el encargo que la Corona Británica había puesto en sus manos. Le gustaban los desafíos, él se desafiaba, desafiaba a su propia fuerza, a su sagacidad, a su poder. Era inmisericorde consigo, y ambicioso. No admitía la derrota, no contaba entre sus planes. Despediría a los Bustillo. No le servían.

El camino hacia la zona del Retiro, conocido como la calle Larga, se encontraba en pésimas condiciones, empeoradas por la tormenta del día anterior. Ya habían cruzado el precario puente del Zanjón de Matorras y aún estaban vivos, lo cual no dejaba de considerarse un milagro teniendo en cuenta las dimensiones del carruaje.

Blackraven apartó el velo y miró el entorno. La aurora teñía el cielo de un rosado vaporoso. Abrió la ventanilla, y la brisa del amanecer le acarició la frente. Amaba ese momento del día. Golpeó dos veces con su estoque el techo del carruaje y sobresaltó al perro ubicado a sus pies. El familiar rostro de Somar apareció en el ventanuco que comunicaba la cabina con el pescante.

—Detendremos la marcha por un momento —indicó en inglés—. La escalerilla, por favor; voy a descender.

Somar movió la cabeza en señal de asentimiento, y el raso amarillo de su turbante contrastó con la oscuridad que todavía predominaba hacia el oeste. El coche se balanceó cuando el hombre saltó al suelo. Se escuchó el sonido metálico de los escalones al ser desplegados, y la portezuela se abrió.

Antes de descender, Roger Blackraven, con un chasquido de dedos, le indicó a su perro que lo acompañase, un terranova de magnífico porte y de gran tamaño, con el pelaje oscuro y abundante. Su talla y corpulencia intimidaban, a pesar de tratarse de un animal fiel y cariñoso.

Blackraven estiró los brazos y trató de serenarse. A pocas varas de su quinta en el Retiro, no tenía idea de con qué se encontraría. Pocas situaciones lo fastidiaban tanto como aquellas que le provocaban inseguridad y confusión; le gustaba que nada escapase a su potestad. En el mundo complejo y traicionero en el que se movía, la falta de planificación y el azar podían costarle la vida a muchas personas. Se mantenía en permanente estado de alerta; la tranquilidad y el descuido eran lujos que no se permitía.

El día anterior, en casa de su socio, Alcides Valdez e Inclán, lo habían recibido con noticias que lo enfurecieron. El meticuloso ordenamiento montado antes de dejar Buenos Aires un año atrás se había trastornado por completo, y un gran alboroto se cernía sobre sus propiedades y su gente.

La casa de los Valdez e Inclán se situaba sobre la calle de Santiago, en esquina con la de San Martín, llamada así en honor al santo patrono de Buenos Aires, Martín de Tours. A pocas cuadras del Fuerte y de la Plaza Mayor, se erigía en la zona que la gente de buen ver consideraba como la mejor. Blackraven encontraba simpático el entusiasmo con que españoles y criollos por igual defendían la grandeza de una ciudad que, en realidad, parecía un villorrio. Pero debía aceptar que él mismo había caído bajo el inexplicable influjo de Buenos Aires, que carecía de atractivos y, en cambio, oponía tantas dificultades: un puerto inabordable, calles imposibles, aires mefíticos, jaurías de perros rabiosos, montones de basura y grandes poblaciones de ratas. Se preguntó si el atractivo radicaría en sus mujeres, hermosas en general, algunas cultivadas, la gran mayoría apasionadas; con seguridad, menos pacatas que las inglesas. Le gustaban las porteñas, sus modos desprovistos de artilugios y melindres, y que no se molestaban en ocultar la admiración que un caballero como él les inspiraba.

Golpeó con la aldaba dos veces y escuchó un correteo en el interior. Sesgó los labios con aire vanidoso: las mucha

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