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EL CUBO B (ARTEMIS FOWL 3)

Eoin Colfer  

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Fragmento

CAPÍTULO I: EL CUBO

EN FIN, KNIGHTSBRIDGE, LONDRES

ARTEMIS Fowl estaba casi contento, pues iban a darle el alta a su padre del Hospital Universitario de Helsinki en cualquier momento. El joven Artemis se encontraba en En Fin, un restaurante especializado en marisco de Londres, esperando ansioso a que le sirvieran un almuerzo algo tardío, y su contacto tenía que llegar de un momento a otro. Todo iba según el plan previsto.

Su guardaespaldas, Mayordomo, no estaba tan relajado, aunque lo cierto era que nunca llegaba a relajarse del todo, porque no se convierte alguien en uno de los hombres más mortíferos del mundo bajando la guardia. El gigante eurasiático se paseaba entre las mesas del restaurante de Knightsbridge colocando los instrumentos de seguridad habituales y despejando las vías de salida.

–¿Llevas puestos los tapones para los oídos? –le preguntó a su jefe.

Artemis inspiró hondo.

–Sí, Mayordomo, aunque no creo que corramos ningún peligro. Solo es una reunión de negocios completamente legal a plena luz del día, no hace falta ponerse paranoico.

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Los auriculares eran en realidad esponjas de filtros sónicos extraídas de los cascos de la Policía de los Elementos del Subsuelo. Mayordomo había obtenido los cascos, junto con un auténtico tesoro en tecnología mágica, más de un año antes, cuando uno de los planes de Artemis lo había enfrentado contra un escuadrón de Operaciones Especiales de los seres mágicos. Las esponjas crecían en los laboratorios de la PES y poseían diminutas membranas porosas que se sellaban de manera automática cuando el nivel de decibelios sobrepasaba los límites de seguridad.

–Es posible, Artemis, pero lo malo de los asesinos es que les gusta pillarte desprevenido.

–Tal vez –replicó el chico, al tiempo que examinaba los entrantes de la carta–, pero ¿quién podría tener un motivo para matarnos?

Mayordomo lanzó una mirada feroz a una de la media docena de comensales que había en el restaurante, por si acaso estaba planeando algo contra ellos. La mujer debía de tener al menos ochenta años.

–Puede que no sea a nosotros a quien quieran hacer daño, Artemis. No olvides que Jon Spiro es un hombre poderoso que ha arruinado muchísimas empresas. Podríamos ser víctimas del fuego cruzado.

Artemis asintió con la cabeza. Como de costumbre, Mayordomo tenía razón, lo cual explicaba por qué ambos seguían aún vivos. Jon Spiro, el norteamericano con el que iba a reunirse, era precisamente la clase de hombre que atraía las balas de los asesinos. Un multimillonario que había amasado su fortuna gracias a la tecnología de la información, con un pasado turbio y supuestas conexiones con la mafia. Corría el rumor de que su empresa, Fission Chips, había llegado a ser la número uno robando información confidencial. Por supuesto, nunca se había podido probar nada, aunque no es que el fiscal del distrito no lo hubiese intentado. Varias veces, además.

Una camarera se acercó y les dedicó una sonrisa deslumbrante.

–Hola, jovencito. ¿Quieres ver el menú infantil?

A Artemis empezó a latirle una vena en la sien.

–No, mademoiselle, no quiero ver el «menú infantil». No tengo ninguna duda de que el «menú infantil» en sí sabe mucho mejor que los platos que contiene. Me gustaría pedir à la carte, si no le importa. ¿O es que no sirven marisco a los menores de edad?

La sonrisa de la camarera perdió la longitud de dos muelas; el vocabulario de Artemis solía ejercer ese efecto sobre la mayoría de la gente.

Mayordomo puso los ojos en blanco, y Artemis se preguntó quién podría tener algún motivo para matarlo. La mayoría de los camareros y los sastres de Europa, para empezar.

–S-s-sí, s-s-señor –tartamudeó la pobre camarera–. Lo que usted quiera.

–Lo que quiero es una zarzuela de tiburón y pez espada, sobre un lecho de hortalizas y patatas nuevas.

–¿Y para beber?

–Agua mineral. Irlandesa, si tiene. Y sin hielo, por favor, ya que estoy seguro de que el hielo que tienen es del agua del grifo, cosa que, en definitiva, boicotea el propósito del agua mineral.

La camarera salió disparada hacia la cocina, sintiendo un gran alivio por poder escapar del chico pálido de la mesa número seis. Había visto una película de vampiros una vez; la criatura espectral tenía la misma mirada hipnótica. Tal vez el chico hablaba como un adulto porque en realidad tenía quinientos años.

Artemis sonrió ante la perspectiva del plato que estaba a punto de saborear, ajeno a la consternación que acababa de causar.

–Vas a triunfar en los bailes del colegio –comentó Mayordomo.

–¿Cómo dices?

–Esa pobre chica estaba al borde de las lágrimas. No te haría ningún daño hacerte un poco el simpático de vez en cuando.

Artemis se quedó perplejo. Mayordomo rara vez expresaba sus opiniones sobre asuntos personales.

–No me veo en los bailes del colegio, Mayordomo.

–Bailar no es la cuestión. Se trata de comunicarse.

–¿Comunicarse? –se burló el joven Fowl–. Dudo que haya un adolescente sobre la faz de la Tierra con un vocabulario equivalente al mío.

Mayordomo estaba a punto de señalar la diferencia entre comunicarse y hablar cuando se abrió la puerta del restaurante. Entró un hombrecillo muy bronceado y flanqueado por un auténtico gigante. Jon Spiro y su guardaespaldas.

Mayordomo se agachó para hablarle a su jefe al oído.

–Ten cuidado, Artemis. Conozco la fama que tiene el grandullón.

Spiro avanzó entre las mesas con los brazos estirados. Era un norteamericano de mediana edad, delgado como un palillo y apenas un poco más alto que el propio Artemis. En los ochenta, se había dedicado al transporte, en los noventa, se había forrado con las acciones y los valores. Ahora, eran las comunicaciones. Vestía su característico traje de lino blanco y llevaba joyas suficientes en las muñecas y en los dedos como para forrar de láminas de oro el Taj Majal.

Artemis se levantó para saludar a su socio.

–Señor Spiro, bienvenido.

–Hola, Artemis Fowl. ¿Cómo va eso, amiguito?

Artemis estrechó la mano del hombre, y las joyas de este tintinearon como una serpiente de cascabel.

–Estoy bien. Me alegro de que haya venido.

Spiro tomó asiento.

–Cuando Artemis Fowl llama con una proposición, sería capaz de caminar por encima de cristales rotos con tal de estar aquí.

Los guardaespaldas se examinaron el uno al otro sin disimulo. Tamaño aparte, ambos eran polos opuestos. Mayordomo era la personificación de la eficiencia discreta: traje negro, cabeza afeitada y capaz de pasar lo más desapercibido posible con sus dos metros diez de estatura. El recién llegado tenía el pelo rubio teñido, una camiseta con las mangas cortadas y aros de plata en ambas orejas. No era un hombre que quisiese ser olvidado ni dejado de lado.

–Brutus Blunt –dijo Mayordomo–. He oído hablar de ti.

Blunt tomó su posición a la espalda de Jon Spiro.

–Mayordomo. Un miembro de la famosa familia Mayordomo –repuso, con acento de Nueva Zelanda–. He oído que sois los mejores. Eso es lo que me han dicho. Esperamos no tener que averiguarlo.

Spiro se echó a reír, y su risa sonó como una caja llena de grillos.

–Brutus, por favor... Estamos entre amigos. No es día de amenazas.

Mayordomo no estaba tan seguro. Su sentido de soldado le zumbaba como si tuviera un avispero en la base del cráneo. Presentía peligro.

–Entonces, amigo mío, vayamos al grano –siguió Spiro, clavando en Artemis su mirada de ojos oscuros y juntos–. Se me hace la boca agua solo de pensar en lo que tienes preparado para mí. ¿Qué es?

Artemis arrugó la frente. Esperaba que los negocios pudiesen esperar hasta después del almuerzo.

–¿No quiere ver la carta primero?

–No, no como mucho últimamente. Solo pastillas y líquidos, sobre todo. Problemas gástricos.

–Muy bien –dijo Artemis, al tiempo que depositaba un maletín de aluminio encima de la mesa–. Entonces, hablemos de negocios.

Abrió la tapa del maletín y descubrió un cubo rojo del tamaño de un reproductor de minidisc protegido por una espuma azul.

Spiro se limpió las gafas con el extremo de la corbata.

–¿Qué llevas ahí, chico?

Artemis colocó la caja reluciente encima de la mesa.

–El futuro, señor Spiro. Antes de tiempo.

Jon Spiro se acercó un poco más y observó el objeto con atención.

–Pues a mí me parece un pisapapeles.

Brutus Blunt soltó una risita y miró a Mayordomo con ojos burlones.

–Entonces, le haré una demostración –dijo Artemis, cogiendo la caja metálica. Apretó un botón y el artilugio cobró vida de inmediato: varias secciones se desplegaron y dejaron al descubierto unos altavoces y una pantalla.

–Qué mona... –murmuró Spiro–. ¿He volado cinco mil kilómetros para ver una minitele?

Artemis asintió con la cabeza.

–Una minitele. Pero también un ordenador controlado mediante voz, un teléfono móvil, un asistente de diagnósticos... Esta cajita puede leer cualquier información sobre cualquier plataforma posible, sea eléctrica u orgánica. Puede reproducir vídeos, discos láser, DVD, conectarse a internet, recibir correo electrónico y hackear cualquier ordenador. Puede incluso escanearle el tórax para ver a qué ritmo le late el corazón. La batería tiene una duración de dos años y, por supuesto, es un aparato completamente inalámbrico.

Artemis hizo una pausa para dejar que su interlocutor asimilara la información.

Los ojos de Spiro parecían gigantescos detrás de las gafas.

–¿Quieres decir que esta caja...?

–Hará obsoleta el resto de la tecnología existente. Su maquinaria electrónica será inútil.

El norteamericano inspiró hondo varias veces.

–Pero ¿cómo...?, ¿cómo...?

Artemis le dio la vuelta a la caja. Un sensor de infrarrojos parpadeaba con suavidad en la parte inferior.

–Este es el secreto: un omnisensor. Puede leer cualquier cosa que le pida. Y si le programa las coordenadas de origen, puede conectar con el satélite que usted desee.

Spiro levantó un dedo admonitorio.

–Pero, eso es ilegal, ¿no?

–No –repuso Artemis, sonriendo–. No hay leyes en contra de algo así, ni las habrá hasta al cabo de dos años de su salida al mercado. No olvide todo lo que tardaron en cerrar Napster.

El norteamericano enterró la cara en sus manos. Aquello era demasiado.

–No lo entiendo, esta tecnología va años... no, décadas, por delante de cuanto tenemos ahora. Tú no eres más que un chaval de trece años, ¿cómo lo has hecho?

Artemis se quedó pensativo un instante. ¿Qué le iba a decir? ¿Que dieciséis meses atrás Mayordomo había atrapado a un escuadrón de Recuperación de la Policía de los Elementos del Subsuelo y les había confiscado sus aparatos de tecnología mágica? ¿Que luego él, Artemis, había ensamblado los componentes y construido aquella caja maravillosa? No, no podía decirle eso.

–Digamos que soy un chico muy listo, señor Spiro.

Spiro frunció el ceño.

–Tal vez no seas tan listo como nos quieres hacer creer. Quiero una demostración.

–Me parece bien –accedió Artemis–. ¿Tiene un teléfono móvil?

–Claro. –Spiro colocó su móvil encima de la mesa. Era el último modelo de Fission Chips.

–Y me imagino que será seguro...

Spiro asintió con aire arrogante.

–Quinientos bits de encriptación. El mejor de su clase. No vas a poder acceder al Fission 400 sin un código.

–Eso lo veremos.

Artemis apuntó con el sensor hacia el teléfono y la pantalla mostró una imagen del funcionamiento del móvil.

–¿Descargar? –preguntó una voz metálica a través del altavoz.

–Afirmativo.

En menos de un segundo, la tarea estuvo realizada.

–Descarga completada –dijo la caja con un leve tono de suficiencia.

Spiro estaba horrorizado.

–Increíble. Ese sistema costó veinte millones de dólares.

–Inútil –repuso Artemis, enseñándole la pantalla–. ¿Quiere llamar a casa? ¿O tal vez trasladar algunos fondos? La verdad, no debería guardar los números de sus cuentas bancarias en una tarjeta sim.

El norteamericano se quedó pensativo unos minutos.

–Es un truco –concluyó al fin–. Conocías el código de mi teléfono. De alguna manera, no me preguntes cómo, ya habías accedido a él con anterioridad.

–Es lógico –admitió Artemis–. Yo también habría sospechado lo mismo. Diga usted qué prueba quiere que haga.

Spiro recorrió el restaurante con la mirada y empezó a tamborilear con los dedos sobre la mesa.

–Allí –dijo, señalando a un estante de vídeos que había encima de la barra–. Que reproduzca una de esas cintas.

–¿Eso es todo?

–Servirá, para empezar.

Brutus Blunt rebuscó entre las cintas con grandes aspavientos y al final seleccionó una sin etiqueta. La soltó encima de la mesa con fuerza e hizo que los cubiertos grabados salieran volando por los aires.

Artemis venció la tentación de poner los ojos en blanco y colocó la caja roja directamente encima de la superficie de la cinta.

Una imagen de las entrañas de la cinta apareció en la diminuta pantalla de plasma.

–¿Descargar? –preguntó la caja.

Artemis asintió.

–Descargar, compensar y reproducir.

Una vez más, la operación se completó en menos de un segundo. Un capítulo antiguo de una teleserie inglesa cobró vida en la pantalla.

–Calidad de DVD –comentó Artemis–. Da lo mismo cuáles sean los datos de entrada, el Cubo B los compensa.

–¿El qué?

–El Cubo B –repitió Artemis–. Es el nombre con que he bautizado a mi cajita. Un pelín demasiado obvio quizá, lo reconozco, pero apropiado: el cubo que todo lo «ve».

Spiro cogió la cinta de vídeo.

–Compruébala –ordenó a Brutus Blunt, arrojándole la cinta.

El guardaespaldas teñido de rubio encendió el televisor del bar y metió la cinta en la ranura del aparato de vídeo. Coronation Street apareció parpadeando en la pantalla. El mismo capítulo, pero la calidad no tenía nada que ver.

–¿Convencido? –le preguntó Artemis.

El norteamericano se puso a juguetear con una de sus numerosas pulseras.

–Casi. Una última prueba. Tengo la sensación de que el gobierno me vigila. ¿Podrías verificarlo?

Artemis lo pensó un momento y luego se dirigió a la caja roja de nuevo.

–Cubo, ¿lees algún rayo de vigilancia concentrado en este edificio?

–El rayo de iones más potente está a ochenta kilómetros en dirección oeste, procedente del satélite estadounidense con número de código ST1132P. Registrado a nombre de la Agencia Central de Inteligencia o CIA. Tiempo previsto de llegada, ocho minutos. También hay varias sondas espaciales de la PES conectadas a...

Artemis pulsó el botón que bloqueaba el sonido antes de que el Cubo pudiese continuar. Evidentemente, los componentes mágicos del ordenador también podían captar la tecnología de los Elementos del Subsuelo. Tendría que solucionar eso. En malas manos, semejante información podía tener consecuencias catastróficas para la seguridad de las Criaturas Mágicas.

–¿Qué pasa, chico? La caja seguía hablando. ¿Quién es la PES?

Artemis se encogió de hombros.

–Aquí si no se paga, no se canta, tal como dicen ustedes los americanos. Con un ejemplo es suficiente. La CIA nada menos.

–La CIA –repitió Spiro–. Sospechan que estoy vendiendo secretos militares. Y han puesto uno de sus pajaritos en órbita solo para localizarme.

–O tal vez estén tratando de localizarme a mí –señaló Artemis.

–Sí, tal vez te busquen a ti –convino Spiro–. Cada segundo que pasa pareces más peligroso.

Brutus Blunt soltó una risa desdeñosa.

Mayordomo hizo caso omiso de él. Al fin y al cabo, uno de los dos tenía que ser profesional.

Spiro se hizo crujir los nudillos, un hábito que Artemis detestaba.

–Tenemos ocho minutos, así que vayamos al grano, chavalín. ¿Cuánto quieres por la caja?

Artemis no le estaba prestando atención, distraído por la información sobre la PES que el Cubo había estado a punto de revelar. En un momento de descuido, había estado a punto de exponer a sus amigos subterráneos a la clase de hombre que sería muy capaz de explotarlos.

–Perdón, ¿qué ha dicho?

–He dicho que cuánto quieres por la caja.

–En primer lugar, es un Cubo –lo corrigió Artemis–, y en segundo lugar, no está en venta.

Jon Spiro inspiró hondo y de manera escalofriante.

–¿Qué es eso de que no está en venta? ¿Me haces atravesar el Atlántico para enseñarme algo que no piensas venderme? ¿Qué pasa aquí?

Mayordomo cerró los dedos en torno a la culata de una pistola que llevaba colgada al cinto. La mano de Brutus Blunt desapareció detrás de su espalda. La tensión hacía que se pudiese cortar el aire con un cuchillo.

Artemis meneó los dedos.

–Señor Spiro. Jon. No soy ningún idiota. Sé el valor que tiene mi Cubo y no hay dinero suficiente en el mundo para comprar este objeto tan particular. Me diera lo que me diese usted ahora por él, dentro de una semana valdría un mil por ciento más.

–Entonces, ¿cuál es el trato, Fowl? –preguntó Spiro, haciendo rechinar los dientes–. ¿Qué me ofreces?

–Le ofrezco doce meses. Por un buen precio, estoy dispuesto a mantener mi Cubo fuera del mercado durante un año.

Jon Spiro jugueteó con su nomeolvides, un regalo de cumpleaños que se había hecho a sí mismo.

–¿Renunciarás a utilizar esa tecnología durante un año?

–Correcto. Eso debería darle margen suficiente para vender sus acciones antes de que se vayan a pique y a utilizar los beneficios para invertir en Industrias Fowl.

–Pero Industrias Fowl no existe.

Artemis sonrió.

–Pero existirá.

Mayordomo apretó el hombro de su jefe; no era buena idea exasperar a un hombre como Jon Spiro.

Sin embargo, Spiro ni siquiera se había percatado de la pulla, estaba demasiado concentrado calculando y retorciendo su pulsera como si fuera una sarta de cuentas antiestrés.

–¿Cuál es tu precio? –preguntó al fin.

–Oro. Una tonelada métrica de oro –contestó el heredero del patrimonio Fowl.

–Eso es mucho oro.

Artemis se encogió de hombros.

–Me gusta el oro, siempre conserva su valor. Además, es una miseria comparado con lo que va ahorrarse con esta operación.

Spiro sopesó la oferta. A sus espaldas, Brutus Blunt siguió mirando a Mayordomo. El guardaespaldas de Fowl empezó a parpadear frenéticamente: en caso de confrontación, el tener los ojos secos solo conseguiría disminuir su ventaja. Eso de sostener la mirada era cosa de aficionados.

–Supongamos que no me gustan tus condiciones –repuso Jon Spiro–. Supongamos que decido llevarme tu aparatito ahora mismo.

Brutus Blunt sacó otro centímetro de pecho.

–Aunque pudiese llevarse el Cubo –dijo Artemis, sonriendo–, le serviría de muy poco. Esta clase de tecnología es muy superior a cualquier cosa que hayan podido ver sus ingenieros.

Spiro esbozó una sonrisa leve y amarga.

–Bah, estoy seguro de que conseguirían desentrañarla. Aunque tarden dos años, eso a ti te dará igual, sobre todo estando en el lugar adonde vas a ir.

–Si me «voy» a alguna parte, entonces los secretos del Cubo B se vendrán conmigo. Todas sus funciones están codificadas según mi patrón de voz. Es un código bastante inteligente.

Mayordomo dobló ligeramente las rodillas, listo para ...