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EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE

Mark Haddon  

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Fragmento

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Pasaban 7 minutos de la medianoche. El perro estaba tumbado en la hierba, en medio del jardín de la casa de la señora Shears. Tenía los ojos cerrados. Parecía estar corriendo echado, como corren los perros cuando, en sueños, creen que persiguen un gato. Pero el perro no estaba corriendo o dormido. El perro estaba muerto. De su cuerpo sobresalía un horcón. Las púas del horcón debían de haber atravesado al perro y haberse clavado en el suelo, porque no se había caído. Decidí que probablemente habían matado al perro con la horca porque no veía otras heridas en el perro, y no creo que a nadie se le ocurra clavarle una horca a un perro después de que haya muerto por alguna otra causa, como por ejemplo de cáncer o un accidente de tráfico. Pero no podía estar seguro de que fuera así.

Abrí la verja de la señora Shears, entré y la cerré detrás de mí. Crucé el jardín y me arrodillé junto al perro. Le toqué el hocico con una mano. Aún estaba caliente.

El perro se llamaba Wellington. Pertenecía a la señora Shears, que era amiga nuestra. Vivía en la acera de enfrente, dos casas hacia la izquierda.

Wellington era un caniche. No uno de esos caniches pequeños a los que les hacen peinados, sino un caniche grande. Tenía el pelo negro y rizado, pero cuando uno se acercaba veía que la piel era de un amarillo muy pálido, como la de los pollos.

Acaricié a Wellington y me pregunté quién lo habría matado y por qué.

3

Me llamo Christopher John Francis Boone. Me sé todos los países del mundo y sus capitales y todos los números primos hasta el 7.507.

Hace ocho años, cuando conocí a Siobhan, me enseñó este dibujo

  

y supe que significaba «triste», que es como me sentí cuando encontré al perro muerto.

Luego me enseñó este dibujo

y supe que significaba «contento», como estoy cuando leo sobre las misiones espaciales Apolo, o cuando aún estoy despierto a las tres o las cuatro de la madrugada y recorro la calle de arriba abajo y me imagino que soy la única persona en el mundo entero.

Después hizo otros dibujos

pero no supe decir qué significaban.

Pedí a Siobhan que me dibujara más caras de ésas y escribiera junto a ellas qué significaban exactamente. Me guardé la hoja en el bolsillo y la sacaba cuando no entendía lo que alguien me estaba diciendo. Pero era muy difícil decidir cuál de los diagramas se parecía más a la cara que veía, porque las caras de la gente se mueven muy deprisa.

Cuando le conté a Siobhan lo que hacía, sacó un lápiz y otra hoja y dijo que probablemente eso hacía que la gente se sintiera muy

y entonces se rió. Así que rompí mi hoja y la tiré. Y Siobhan me pidió disculpas. Ahora cuando no sé qué me está diciendo alguien le pregunto qué quiere decir o me marcho.

5

Arranqué la horca del perro y lo tomé en brazos. Le salía sangre de los agujeros de la horca.

Me gustan los perros. Uno siempre sabe qué está pensando un perro. Tiene cuatro estados de ánimo. Contento, triste, enfadado y concentrado. Además, los perros son fieles y no dicen mentiras porque no hablan.

Llevaba 4 minutos abrazado al perro cuando oí gritos. Levanté la mirada y vi a la señora Shears correr hacia mí desde el patio. Iba en pijama y bata. Tenía las uñas de los pies pintadas de rosa brillante y no llevaba zapatos.

Gritaba:

—¿Qué coño le has hecho a mi perro?

No me gusta que la gente me grite. Me da miedo que vayan a pegarme o a tocarme y no sé qué va a pasar.

—Suelta al perro —me gritó—. Joder, suelta al perro, por el amor de Dios.

Dejé al perro sobre la hierba y retrocedí 2 metros.

La mujer se agachó. Pensé que iba a recoger al perro, pero no lo hizo. Quizá advirtió cuánta sangre había y no quiso ensuciarse. En lugar de eso empezó a gritar otra vez.

Me tapé las orejas con las manos y cerré los ojos y rodé hasta quedar encogido y con la frente pegada a la hierba. La hierba estaba mojada y fría. Era agradable.

7

Ésta es una novela policíaca.

Siobhan dijo que debería escribir algo que a mí mismo me apeteciera leer. En general leo libros de ciencias y matemáticas. No me gustan las novelas propiamente dichas. En las novelas propiamente dichas la gente dice cosas como «Estoy veteado de hierro, de plata y del barro más burdo. No puedo contraerme en ese puño firme que aprietan aquellos que no dependen de estímulos».1 ¿Qué significa eso? Yo no lo sé. Padre tampoco. Siobhan y el señor Jeavons tampoco. Se lo he preguntado.

Siobhan tiene el pelo largo y rubio y lleva unas gafas de plástico verde. Y el señor Jeavons huele a jabón y lleva unos zapatos marrones con aproximadamente 60 agujeritos circulares en cada uno de ellos.

Pero sí me gustan las novelas policíacas. Así que estoy escribiendo una.

En una novela policíaca alguien tiene que descubrir quién es el asesino y luego atraparlo. Es un acertijo. Si el acertijo es bueno a veces puedes deducir la solución antes de que el libro acabe.

Siobhan dijo que el libro debería empezar con algo que atraiga la atención de la gente. Por eso empecé con el perro. También empecé con el perro porque fue algo que me ocurrió a mí y se me hace difícil imaginar cosas que no me hayan ocurrido a mí.

Siobhan leyó la primera página y dijo que era diferente. Puso esa palabra entre comillas con el gesto de los dedos índice y medio. Dij

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