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EL DíA QUE AMANECIó SIN COLORES

Jean-Gabriel Causse  

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Fragmento

1

Érase una vez en el planeta azul…

Una serie de ondas de una frecuencia de quinientos ochenta nanómetros excita los conos medios del sistema visual de Arthur Astorg, provocando una actividad eléctrica que atraviesa su cerebro hasta la zona V4 de la corteza visual.

Es el color verde el que le causa ese efecto. O, más exactamente, el color verde manzana de las gafas de sol de su vecina, a la que observa con insistencia, y sin siquiera ocultarse, tras la gran ventana abierta. Pero lo que más le fascina no son sus pequeños senos firmes ni el cuerpo perfectamente proporcionado que se adivina bajo el albornoz entreabierto, sino que lleve en el interior de su casa esas grandes y deslumbrantes gafas.

A escasos metros de él, ella teclea frenéticamente en su BlackBerry. La joven se pasea a menudo en ropa interior por su apartamento del Distrito XIV desprovisto de cortinas, y siempre con las gafas puestas. Arthur sueña con frecuencia que se las quita con delicadeza para descubrir sus ojos. Sin embargo, su sueño acaba ahí, ya que siempre se despierta en ese momento. Suele cruzarse regularmente con ella por el barrio, la mayoría de las veces lleva de la mano a su hija de cinco o seis años, pero nunca se ha atrevido a abordarla. Él, en otros tiempos tan seguro de sí mismo, ya no es más que una sombra gris de lo que fue.

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Desde que vino al mundo, Arthur ha sido la cobaya de un ángel de la guarda de espíritu bastante retorcido. Un ángel que hizo que naciese a la izquierda: en la orilla izquierda del Sena —para que comprendiera desde niño la importancia de la cultura—, en el seno de una familia acomodada de intelectuales de izquierdas, y que incluso decidió que fuera zurdo. En todo caso y de forma inconsciente, él siempre ha pensado que no era exactamente como los demás.

Su ángel de la guarda de izquierdas ha demostrado ser además muy diestro. Le proporcionó una cara atractiva y modeló su nariz a base de los golpes recibidos en los partidos de rugby, hasta darle un aire a lo Belmondo que hizo que se multiplicasen sus conquistas femeninas en los colegios privados de Saint-Germain-des-Prés y, más tarde, en una escuela de negocios de cierto prestigio. Su ángel de la guarda le dotó, asimismo, de un talento ligeramente superior a la media en todo aquello que decidía emprender. Rugby, estudios, trayectoria profesional, haciendo que su ángel fuese sumando cruces en la columna del Haber. Así, tras acceder al puesto de comercial en el departamento internacional de una empresa emergente, había conseguido triunfar al cumplir los treinta. Sin hijos, sin una relación estable, Arthur era demasiado egocéntrico para tener un perro o un pez rojo. Las únicas cosas que conservaba eran su colección de whiskies ambarinos japoneses y su tarjeta platino para acumular sus millas de vuelos. Esta última le permitía recorrer una y otra vez la alfombra roja que conducía a los mostradores de facturación de clase business de todos los aeropuertos del mundo, donde no podía evitar mostrar cierto aire de superioridad al pasar ante los viajeros que hacían cola sobre una vulgar moqueta gris. Estaba convencido de que los demás contemplaban su envoltura carnal de metro ochenta como quien mira un piso piloto con forma humana, donde les habría encantado amar y vivir.

Sin embargo, un día, su ángel de la guarda decidió teñir su vistoso plumaje nada menos que de un tono betún. Desde ese momento todo se precipitó. Arthur se enamoró de una mujer que lo despreció como a un calcetín viejo. Aquello sucedió en la misma época en que sus padres decidieron rehacer sus vidas cada uno por su lado y él se quedó justo en medio de los dos. Su padre vivió una segunda juventud al encapricharse de una joven que podría haber sido su hija. En cuanto a su madre, se marchó a meditar sobre la condición humana a un monasterio en la India, y nunca más volvió a dar señales de vida. Fue entonces cuando Arthur comenzó a beber. Cada vez más. Dejó el rugby, pero no el «tercer tiempo» del partido, en el que todos los jugadores se iban a tomar algo juntos. Las señales verdes adoptaron progresivamente un tono verde botella mucho más sombrío.

En apenas unos meses, perdió su trabajo, sus amigos, la confianza en sí mismo y el carnet de conducir, tras haber dado positivo con dos gramos de alcohol en sangre en un control de alcoholemia. Dos gramos que le han llevado a echarse encima unos veinte kilos.

Tres años más tarde y tras numerosas citas frustradas, la Oficina de Empleo le ha amenazado con eliminarle de su lista si no se presenta en Gaston Cluzel, una vieja fábrica de lápices de colores situada en Montrouge que necesita un comercial. Arthur sigue aferrado a la idea de encontrar un puesto en un gran grupo internacional o en alguna empresa emergente, pero, si quiere continuar cobrando el paro e impedir que los números de su cuenta bancaria viren hacia el color escarlata, no le queda otra elección que aceptar el trabajo.

La fábrica Gaston Cluzel contaba con trescientos trabajadores después de la guerra y cerca de trescientos menos el día en que Arthur se presenta ante Adrien Cluzel, bisnieto del fundador, quien busca desesperadamente al hombre providencial que pueda salvar su empresa.

Como es de rigor, una entrevista de trabajo debe prepararse de antemano. Para descartar cualquier posibilidad de que le acepten, Arthur ha decidido vestirse con ropa de los tonos más chillones: una vieja camiseta color zanahoria, unos zapatos rojo anaranjado, un pantalón amarillo verdoso y calcetines azul cerúleo. Incluso se ha permitido la coquetería de ponerse un calzoncillo color berenjena, un bonito color que se ha extendido hasta sus mejillas tras beberse de una sentada una botella de Côtes-de-Provence.

Cluzel le recibe en la entrada de la fábrica y le pide que le siga hasta su despacho. Al primer vistazo, este comprende que las curvas de venta no tienen ninguna posibilidad de revertir su tendencia descendente con ese aspirante disfrazado de arlequín que sube las escaleras jadeando.

—¿Arthur Astorg? Veo que está inactivo desde hace tres años.

—No estoy inactivo. Me paso todo el día dedicado a la contemplación. ¡Y en particular contemplando el color!

—¿Cómo dice?

—Sí, tomemos como ejemplo los lápices de colores —continúa Arthur—. Los genios como Matisse, ToulouseLautrec o Picasso los utilizaban en algunas de sus obras. ¿Lo sabías? —añade tuteándole deliberadamente.

Cluzel, que se cuestiona seriamente si Arthur no se estará cachondeando de él, ignora la pregunta y el tuteo.

—El trabajo para el que se postula consiste en desarrollar el volumen de negocio de nuestra gama de lápices…

—¡Cuánta responsabilidad! ¿Sabes que la palabra «crayon» proviene del francés antiguo «créon» que quiere decir «tiza»? —Hace una pausa antes de propinar la estocada definitiva con su voz más lírica—: Creamos con la tiza. ¡Creamos con los lápices! Este lugar es sin duda el génesis de la creación.

Cluzel entreabre un poco más la boca, traga saliva y suelta empleando el «plural»:

—Muchas gracias, ya le llamaremos.

De hecho, es la trabajadora de la Oficina de Empleo quien vuelve a llamar a Cluzel para informarle de que ese candidato, como parado al que se le acaba la prestación y gracias a las ayudas para la reinserción laboral, no le costaría prácticamente nada a la empresa que decida contratarlo.

Y así es como Arthur comienza muy a su pesar su carrera como representante comercial. Él, que en otros tiempos firmaba contratos internacionales, ya no es capaz de convencer a una simple papelería de barrio para que le compren algunas cajas de Gaston Cluzel. Todas las mañanas se despierta prometiéndose a sí mismo dejar de beber y, todas las tardes, su promesa se ahoga en etanol. Se siente absorbido por un agujero negro.

Cuando, tres meses más tarde, Cluzel lo llama a su despacho para despedirle por su falta de resultados, Arthur rompe a llorar. Lágrimas alcoholizadas resbalan por sus mejillas. Lágrimas sinceras. Por primera vez en su vida, se deja ir. Ha tocado fondo, y lo sabe. Y, contra todo pronóstico, le encanta esa sensación de haberse encontrado a sí mismo, de ser por fin honesto con su propia persona. Abandona su ego. Está listo para remontar la pendiente.

—Se lo suplico —ruega con apenas una vocecilla tras haberse sonado con la manga—, deme una oportunidad.

Adrien Cluzel no siente ninguna compasión, pero tampoco le despide. Lo convierte en chivo expiatorio y se lo hace pasar de todos los colores, enviándolo a supervisar la cadena de producción. Como empleado, Astorg le cuesta muy poco, dado que una parte de su salario depende de las ventas realizadas. Cada día, Cluzel experimenta un perverso placer al contemplar ese cuello blanco bajo el mono azul de trabajo. La mayor parte del tiempo Arthur controla la fabricación de lápices sentado en un taburete alto. Para atenuar la monotonía, un viejo aparato de radio con el mando del dial medio roto marca el ritmo de su jornada. Ese compañero de voz metálica taladra sus tímpanos, desde la mañana hasta la tarde, con las emisiones de France Inter.

¿Se han fijado que en Occidente cada vez usamos menos colores para vestirnos? ¿Por qué se ha impuesto esa moda del blanco y negro en nuestro vestuario? Puede que todo comenzara en 1860, en Inglaterra. A Eduardo VII, todavía príncipe de Gales, le encantaba fumar puros, pero su mujer siempre se quejaba del olor a tabaco que impregnaba su ropa. Así pues, el príncipe pidió a su sastre que le confeccionara un atuendo especial con el que poder jugar a las cartas y fumar en su club londinense. Y de ese modo nació el esmoquin que los nobles ingleses adoptaron enseguida. ¡Qué audacia para la época llevar los mismos colores que las personas del servicio doméstico! Esa indumentaria de pingüino atravesó rápidamente el Atlántico. Los neoyorquinos la adoptaron en masa a finales del siglo XIX, y se convirtió en la vestimenta masculina por excelencia en las veladas más elegantes y en los bailes de caridad. Y aún en nuestros días resulta obligatorio para ascender la escalinata del festival de Cannes. Y, además, basta con recordar a James Bond, el más elegante de todos los hombres, del que no hay una sola película en la que no aparezca vestido con su famoso esmoquin. Veamos ahora los colores que llevan hoy en día nuestros grandes modistos que simbolizan la moda. Desde Karl Lagerfeld hasta Marc Jacobs pasando por Chantal Thomass, todos van vestidos de negro o de blanco y negro. Hasta el mismísimo Jean-Paul Gaultier ha abandonado su camiseta de rayas marineras azules para llevar traje y corbata negros.

¿Y qué papel han jugado las mujeres en todo ello? Tras la Primera Guerra Mundial fueron muchas las que se decidieron a vestir de luto en señal de duelo por sus esposos. Por esa época, la moda femenina seguía, sin embargo, la propuesta de colores vivos de un tal Paul Poiret, hasta el día en que Coco Chanel creó su famoso vestidito negro de tarde, que apareció en la portada de Vogue en 1926. Por supuesto ese color causó un gran revuelo, pero las mujeres, que en esos años locos querían emanciparse, lo encontraron de su gusto. Más tarde, Audrey Hepburn y Catherine Deneuve, entre otras, se convirtieron en las más bellas embajadoras del vestidito negro. Para Karl Lagerfeld, esa prenda será siempre «la base de la base del estilo».

Añadan ustedes la influencia en el fondo de armario de ambos sexos de numerosos fenómenos de moda populares: las chupas de cuero negro de los motoristas en sus Harley-Davidson, o incluso a los Sex Pistols enarbolando el «No Future». Amigos oyentes, ¿acaso nuestra sociedad ve el futuro de color negro?

Hasta la semana que viene.

Sylvie, la productora, le toca en el hombro para indicarle que el micrófono se ha cerrado.

—¿Simboliza el negro el «No Future»? —repite Sylvie—. ¡Eso es terrible!

—Si esta amenaza hace que la gente se vista con prendas más coloridas, me sentiría feliz —responde Charlotte encendiendo su BlackBerry.

Sylvie tiene treinta años clavados. O eso fue lo que decidió decir hace ya casi quince, confiando a las agujas del Bótox la tarea de bloquear las del tiempo. El día en que Charlotte le pidió permiso para tocar su rostro, le costó un mundo no dejar traslucir sus sensaciones. A pesar de los rasgos regulares, aquel rostro, bajo la gruesa capa de maquillaje, le pareció deforme. «Estás magnífica», había mentido Charlotte para no herirla.

Gracias al audio, Charlotte accede rápidamente a la pantalla de su BlackBerry y le muestra las fotos que ha tomado a voleo el día antes. La mayoría están mal encuadradas, pero en una de ellas se reconoce perfectamente a Arthur, con una cerveza en la mano.

—Tomé estas fotos ayer desde mi ventana. ¿Qué ves?

—A un vecino que te devora con los ojos.

—¿A quién se parece?

—A un pervertido sexy —responde la productora con un brillo en sus ojos azules—. Alguna otra vecina a la que no le gusta que le espíen ha debido de propinarle un buen cabezazo en la nariz. Me encanta…

Charlotte repone, enfadada:

—Ya me parecía notar una presencia.

—¡Tienes ojos en la nuca mucho más desarrollados que los nuestros!

—No más que todos aquellos que escuchan sus presentimientos —contesta ella reajustándose sus gafas verde manzana.

Si Charlotte Da Fonseca se ha convertido en una de las mayores especialistas en el color, se debe ante todo a una simple provocación. Durante sus estudios superiores en neurociencia, su director de tesis, al que no soportaba, le preguntó un día cuál iba a ser el tema de su investigación para el doctorado; a lo que ella respondió sin vacilar: «El color».

—¿Está bromeando? —se sorprendió el profesor.

—¿Por qué? —había replicado con una voz casi tan dulce como su sonrisa—. Sabe tan bien como yo que el color no es más que una ilusión. Que, como bien dice Michel Pastoureau, no existe más que cuando lo contemplamos. No hay dos personas en la tierra que vean exactamente igual los mismos colores. En cuanto a mí, no me dejo engañar por esa ilusión, y por lo tanto poseo la capacidad de aportar una perspectiva que usted no tiene.

Y, a partir de ese momento, el profesor universitario empezó a verla como la brillante estudiante que era, y no solamente como una chica ciega muy bonita que se paseaba con un perro. Él la ayudó y la animó como no lo había hecho con ningún otro alumno. Tres años más tarde, Charlotte entraba por la puerta grande del Centro Nacional de Investigaciones Científicas como investigadora de primera clase. Unos meses después, Mehdi Tocque, el redactor jefe de France Inter, tuvo noticia de ese perfil atípico y quiso reclutarla. Tenía en mente unas crónicas de divulgación de los últimos descubrimientos científicos sobre el color, salpimentadas con algunas anécdotas históricas de las que tanto gustan al gran público. Antes de aceptar, Charlotte puso una sola condición: que su hándicap no se utilizara como una estrategia de marketing para la radio. Estuvo a prueba durante un mes, al final del cual su crónica resultó ser una de las más escuchadas.

Tras el nacimiento de su hija, Charlotte se puso a disposición del CNRS para dedicarle el mayor tiempo posible. Su notoriedad mediática le permitía publicar en numerosas revistas y ganarse cómodamente la vida, incluso cuando siempre había renunciado a las conferencias o a las invitaciones para aparecer en televisión. Se negaba a que el tema se focalizara en su condición de invidente, en lugar de centrarse en los avances de la ciencia sobre la percepción de los colores.

Por lo que tan solo los empleados de la emisora y las personas más próximas a ella saben que la voz que explica, por ejemplo, que desde un punto de vista puramente físico y contrariamente a nuestra percepción el azul es un color más cálido que el rojo, pertenece a una persona que jamás ha visto ni el rojo ni el azul.

Como cada mañana a las ocho en punto, Adrien Cluzel repasa su peinado ante el reflejo de la vitrina que contiene la colección completa de lápices de colores Cluzel de cada época. Con gran meticulosidad, posiciona el largo mechón castaño que nace por encima de su oreja izquierda para, pasándolo sobre la cabeza, repartirlo sobre la oreja derecha, y luego busca desesperadamente algún cabello blanco, de los que se dice tienen la ventaja de no caerse tanto. «Con tantas preocupaciones como tengo al menos podría encontrar alguno», piensa. Pero no, no hay ninguno. Los cabellos de Cluzel están todos pigmentados y únicamente se dedican a desprenderse como las hojas de otoño a cuyo color se asemejan. Ha contado siete en su peine. Al otro lado de la ventana, los árboles muestran un extraordinario tono rojo anaranjado.

Se reajusta su ancha corbata de rayas aguamarina y blanca y sale de su despacho acristalado desde el que domina la pequeña fábrica.

Cuatro generaciones de niños han aprendido a colorear con los lápices Gaston Cluzel; cuatro generaciones, salvo la última, que prefiere colorear en un iPad o cuyos padres han escogido comprar lápices de colores más baratos fabricados en China.

«Tengo la impresión de dirigirme al cadalso», piensa al descender la escalera color azul cobalto. En sus manos, lleva un sobre de papel de estraza para cada uno de sus empleados.

—¡Reunión! —grita.

Ante la media docena de personas que se agrupan en la sala de máquinas modera su tono.

—Les he reunido aquí para anunciarles una noticia que presumen desde hace tiempo.

(Lo que todo el mundo presume, más que nada, es que Cluzel disfruta salpicando sus frases con palabras ampulosas para demostrar que es el jefe.)

—Ya saben que, ante la perspectiva de una liquidación judicial para el año en curso, he hecho lo imposible para evitar que nos hundiéramos, aunque no haya servido de nada.

—Esto tiene mala pinta —traduce Arthur en voz baja.

—¡Cállese, Picasso! ¡Y apague esa radio! ¿Por dónde iba? Ah…, sí. Todos ustedes temían que pudiéramos ser absorbidos por alguna multinacional sin escrúpulos. Pues bien, ¡eso no va a suceder! —declara en un tono mitad victorioso mitad derrotista—. Técnicamente, desde ayer nos encontramos en una situación de cese de actividad —añade bajando la voz.

Cluzel deja que su mechón rebelde oculte sus ojos enrojecidos por la angustia de los días negros. La andadura de Gaston Cluzel termina ahí, con él, pero su educación le obliga a mantener una actitud de jefe. Sin embargo, también es heredero de una coqueta casa solariega en Cabourg y de un chalet en la montaña, lo que sin duda contribuirá a poner una nota de color en su jubilación anticipada. Sin decir palabra, distribuye los sobres marrones.

—Continuaremos fabricando todo lo que se pueda fabricar y luego pararemos —deja caer antes de regresar a su jaula acristalada.

Alerta en lemonde.fr:

Actualmente más de la mitad de los coches vendidos en el mundo son de color blanco.

Charlotte se había llevado un disgusto enorme al perder a su labrador Caramelo, siete años atrás. Las nueve escuelas francesas dedicadas a entrenar perros guía para ciegos apenas daban abasto para responder a todas las peticiones, debido a la falta de donativos suficientes y a familias dispuestas a acoger a los cachorros durante su período de formación. Sabía que tendría que esperar varios años para conseguir un perro. Pero quería tanto a su fiel compañero que le daba igual. Para vivir su duelo, había decidido marcharse sola a Nueva York y festejar allí el Año Nuevo.

Nunca se había sentido especialmente incapacitada por su ceguera. Era obvio que le faltaba un sentido, pero sus otros cuatro estaban tan agudizados que su principal problema era tener que enfrentarse a esa mirada un tanto compasiva de los «videntes» con los que se encontraba. Cuando alguien la calificaba de «invidente», ella le corregía afirmando que prefería la palabra «ciega». Para ella, ese eufemismo tan solo evidenciaba la incomodidad de su interlocutor, cosa que Charlotte tenía muy asumida.

En Times Square, rodeada por una multitud de decenas de miles de personas, había plegado deliberadamente su bastón blanco ocultándolo en su bolso colgado en bandolera. El ambiente era campechano, alegre, despreocupado. A medianoche los gritos deseando un feliz año resonaron por todas partes y en todos los idiomas. Un joven de unos veinte años, a juzgar por su voz, había lanzado un «happy New Year» con acento del Bronx, al que ella se apresuró a contestar con el fin de entablar conversación y conocerle, pero él ya se había alejado, prodigando sus buenos deseos a todos aquellos con los que se cruzaba. Y no había sido el único. Voces graves, agudas, jóvenes, ancianas repetían el mismo «happy New Year». Charlotte había soñado desde hacía mucho tiempo con ese momento. Y no obstante aquella cacofonía la hacía sentirse incómoda. Le recordaba a los músicos cuando tratan de afinar sus instrumentos antes de un concierto. Aquello sonaba falso, casi ridículo. Cada deseo se transformaba en un acúfeno que torturaba sus oídos. Eran las doce y diez de la noche. Cuanto mayor era la multitud, más sola se sentía. La peor soledad es la que uno siente estando acompañado. Se negaba a imitar a esos papagayos. Solo deseaba salir de allí, regresar a su hotel. Desplegó su bastón y se alejó con paso decidido, tocando con la punta de caucho blanco los zapatos de los juerguistas ya achispados. Cuando por fin se encontró en una calle algo más tranquila, sintió que los latidos de su corazón se apaciguaban y se relajó a medida que el ruido disminuía.

Oyó un chirrido de frenos. Una voz con fuerte acento hindú le habló a través de la ventanilla abierta de un coche.

—Need a cab?

Reconoció el aroma del perfume, Eau sauvage. Del interior le llegaban fragmentos de una música brasileña. Un taxista, probablemente hindú, que vivía en Nueva York, usaba perfume francés y conducía al son de la bossa nova. Eso era lo que buscaba en aquel viaje: experiencias inesperadas.

—Yes —contestó sencillamente, agarrando sin dificultad el picaporte de la puerta.

Se estaba bien allí, acunada por esa música lánguida. La calefacción, que debía de estar a tope, contrastaba con el frío del exterior. No habría querido hallarse en ningún otra parte más que ahí, en aquel taxi.

—Where do you want to go? —le preguntó el taxista con una voz que resonó por todo el cuerpo de Charlotte.

Se escuchó responder espontáneamente:

—In your arms.

Y así fue como, en la parte trasera del taxi dieron la vuelta al mundo con numerosos desvíos hasta el séptimo cielo. Nueve meses más tarde nacía Louise. Charlotte ni siquiera conocía el nombre de pila del padre. Sabía por la tarjeta amarilla y negra que aún guardaba en su bolso que se llamaba A. Goulamali. «A» de Abha, ¿la luz? ¿O tal vez Abhra, la nube? ¿O Arvind, el loto rojo?

Se prometió que algún día retomaría el contacto con el padre de su hija. ¿Curiosidad? ¿Fantasmas? ¿Reconoci ...