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EL DILEMA DE LOS PRóCERES

Jorge Fernández Díaz  

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Fragmento

El fantasma de la niebla nos perseguía escaleras arriba, mientras la señora Hudson bamboleaba su linterna en la oscuridad y el violín de Sherlock Holmes evocaba a Mendelssohn.

Los relinchos de la yegua, los estornudos del chofer, los lejanos ladridos a la luna, los pasos huecos en los escalones de madera. Todo era parte de ese sueño que se soñaba en el 221B de Baker Street.

—El señor Holmes es proclive al insomnio —informó la mujer como quien informa sobre un eclipse lunar—. No tiene más que mencionarle a Lestrade.

Se volvió en lo alto, con el camisón y la bata que le llegaban hasta los tobillos, y se iluminó con una sonrisa la cara iluminada.

—No hay nada que le cause más gracia que Lestrade.

Luego golpeó dos veces y empujó la puerta sin esperar contestación alguna. Holmes se materializó entonces ante nuestros ojos, parado frente a la ventana, recostado en su instrumento, ensimismado y de espaldas a su extemporáneo visitante nocturno. La leña ardía en la chimenea, los tubos de ensayo y los libros de recortes enmudecían, una enorme pipa humeaba sobre la mesa.

—De modo que un ciudadano extranjero ha sido apuñalado en los laberintos de Londres... y Scotland Yard se ha vuelto a declarar incompetente. ¿Quiere sentarse, profesor Borges? Ya termino.

La señora parecía enternecerse con el repetido milagro de la deducción y con el epílogo de aquella pieza musical. Se hizo a un lado y dejó que derrumbara mi asombro en el clásico sillón donde Watson derrumbaba el suyo.

Sherlock Holmes siguió tocando hasta que se apagó, dio media vuelta, respondió el cómico aplauso de la señora Hudson con una cómica reverencia y abandonó el violín.

—Se preguntará usted cómo sé su nombre y los motivos de su inquietud —dijo el detective, y prendió el tabaco—. Elemental, mi querido Borges. Acabo de leerlo en el diario.

Era casi tan alto y aguileño como su amigo lo describía. Me estrechó la mano y colocó mi sombrero y mi bastón en el perchero.

—Sé varias cosas interesantes sobre usted, Borges. ¿Cuántas sabe usted de mí?

—Todas las que su biógrafo se dignó a publicar.

—Ah, mi biógrafo, claro. No debe usted confiar demasiado en los literatos.

—Usted confía en los diarios.

—¡Por favor! Su caso no pasa de un minúsculo recuadro de seis líneas perdido entre pragmáticos anuncios del Times. ¿Se lo leo?

—Creí, por un momento, que había aplicado su “ciencia del razonamiento deductivo”.

—La noticia sólo advertía que un ciudadano de apellido Borges había sido acuchillado por un desconocido en una calle de un barrio universitario —antepuso con fría indulgencia—. Lo demás sí ha resultado de la aplicación de esa praxis que usted señala.

—¿Lo demás?

—Usted se llama José Luis Borges —recitó como si estuviera a punto de lanzar un largo bostezo—. Es sudamericano, pero ahora reside en Inglaterra. A todas luces, un intelectual, y probablemente un bibliotecario. Sufre de asma y teme quedarse ciego. No ha incursionado en el matrimonio y pasa por un momento de escasa prosperidad. ¿Me equivoco?

—¿Es ahora cuando me toca preguntar cómo cuernos adivinó todo eso?

—Es ahora cuando me toca corregirlo: no adivino, Borges. Observo y deduzco. Su nombre de pila está grabado en su bastón. Su pronunciación del inglés es impecable, pero por debajo se cuela la sutil cadencia del castellano. Y no la del portugués que sugiere su apellido ni la del español ceceoso de los españoles. Su mano carece de callosidades proletarias, pero delata en el costado del dedo índice diestro una mella que sólo produce la pluma en obsesivos de las anotaciones manuscritas. La forma de sentarse y el leve vencimiento de la columna sugieren largas horas sobre libros y cuadernos. La marca grabada a fuego en el puente de la nariz confirma esa obsesión. Y el hecho de que innecesaria e irreflexivamente se haya usted montado los anteojos sin razón aparente mientras departimos, de muestra que teme se agudice la miopía. Como a todo erudito, y usted sin duda debe de serlo, la posibilidad de la ceguera lo preocupa. Se nota claramente que es soltero porque no usa anillo de bodas, y porque se plancha, con no demasiada pericia, su propia ropa. Los zapatos desgastados por el trajín de la vida indican que el dinero no sobra. Y esa forma de jadear, luego de los nervios del caso y esa subida que a la señora Hudson no le ha modificado el aliento, viene a ratificar que la humedad de Londres lo ha condenado a padecer un asma crónica e incurable. ¿Cómo sabía yo que usted era Borges apenas cruzó el umbral? Sencillamente por que la señora aquí presente no le hubiera franqueado el paso, y menos a estas inconvenientes horas de la noche, a nadie que no hubiese articulado la palabra mágica: Lestrade. Mi inefable benefactor. Al verlo a usted bajar del carruaje con su brazo en cabestrillo, recordé con júbilo la única noticia violenta, aunque de enigmáticos matices, la única historia que valía la pena en un diario y en una semana, y en un mes plagados de obviedades. Y sumé, amigo, dos más dos. Y aquí usted me tiene, Borges. Listo y ansioso por ayudarlo. ¿No nos prepararía un poco de té, señora Hudson? Barrunto que será una larga noche.

—Por supuesto.

La mujer nos dejó solos, Holmes se ubicó en su sillón favorito.

—Lo escucho.

—Aún no entiendo cómo colige usted que no soy un simple burócrata —le dije con cierta malicia—. Las señales de mi cuerpo, que a usted le parecen tan evidentes, podrían conducir perfectamente a otras vocaciones.

—Su manera de hablar, la elección de su vocabulario y ese polvillo inequívoco que proviene de anaqueles y libros antiguos, y que acostumbra adherirse a los puños de las camisas, hacen pensar que no se trata de un escribiente, ni de un contable, ni de un aburrido burócrata.

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