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EL ENVíO

Sebastian Fitzek  

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Fragmento

CAPÍTULO 1

Necesito la oscuridad,

la dulzura,

la tristeza,

la debilidad,

oh, lo necesito

“My Skin”, Natalie Merchant.

«Mi vida es un asco».

Samantha Heller inhaló de forma brusca y cerró los ojos para controlar las lágrimas.

Entró en el Aeropuerto Internacional O’Hare, de Chicago, con un nudo en su garganta, el que amenazaba con ahogarla poco a poco. Llegó al panel que ofrecía la información de los vuelos y su limitada paciencia cayó al piso cuando descubrió que el avión proveniente de Londres, Inglaterra, estaba retrasado.

«¡Genial!, lo único que faltaba para terminar de mejorar mi patética existencia», satirizó. Cruzó los brazos y buscó un sitio apartado del área de seguridad para esperar; escogió las sillas que estaban frente al baño de mujeres. Aunque estaba irritada, el retraso también la hizo sentir aliviada, ya que la intención detrás de ofrecerse a ir por el inglés, fue la de huir de su hogar durante un rato.

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Se encogió sobre el asiento y tapó su cara con las manos mientras tomaba respiraciones profundas y relajantes para evitar llorar, tal como le enseñó su maestra de ballet —muchos años atrás— para contener el miedo escénico antes de presentarse en público.

Necesitaba conseguir algo de control: su mente era una revolución de pensamientos e ideas, enfrentadas unas contra otras.

Dejó caer su cabeza en la pared y cerró sus ojos.

Extrañaba a sus padres. Necesitaba a su mamá, quería sus consejos; quería que le dijera que estaría bien. También deseaba que su padre la protegiera, y batallara con lo que fuera que estuviese haciéndole daño, incluso si quien se lo estuviese infringiendo era en verdad ella misma.

Tal vez toda su añoranza brotara por la fecha, dentro de dos semanas se cumplirían catorce años de haberlos perdido y empezar a vivir con sus tíos. Siempre fue una extraña en ese hogar. Una familia en donde la única persona que la trató como tal fue Susan, su prima. Fue ella quien se ganó su confianza y quien la acompañó en todos sus días malos.

Lo único en su vida que siempre tuvo sentido fue Susan.

¿Por qué las cosas no pudieron mantenerse así? ¿Por qué no siguieron siendo las dos contra el mundo?

Sam soltó un jadeo ante en ese pensamiento. Volvió a taparse su cara con las manos temblorosas, elevó sus piernas hasta subirlas sobre el asiento, y negó con la cabeza.

Adoraba a su prima Susan. No entendía cómo podía vivir consigo misma con lo que le estaba haciendo.

«¿Por qué soy tan estúpida? ¿Por qué? No tengo que amarlo, pertenece a mi prima, ¡No a mí!».

Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas, y esta vez las dejó correr sin siquiera pensar en el espectáculo que estaba ofreciendo en pleno aeropuerto.

«¡Yo lo vi primero!».

Su llanto aumentó a pequeños sollozos después de eso.

Si hubiera sido mayor. Si hubiese tenido más de los dieciséis que tenía cuando lo conoció, todo habría sido muy distinto.

Él era y es el hombre más hermoso que ha visto en su vida; rubio, musculoso, muy alto, casi de la misma estatura de Sam —que con su metro ochenta siempre se sentía como un fenómeno alrededor de las demás personas—. Él parecía un Ken humano o el príncipe encantado de la película Shrek, con la excepción de que ahora usaba su cabello corto. Tenía los ojos del mismo tono de azul que iluminaba el cielo a media mañana o que decoraba el fondo de cada uno de sus pinturas.

Sabía que él era trece años mayor que ella y que Susan era mucho más hermosa que Sam, quien se sentía muy regular, excéntrica, pelirroja y pálida para ese hombre. En cambio, su prima era exuberante; con sus ojos verdes, su cabello rubio miel, pequeña y femenina, además de su personalidad dulce y vibrante.

Por años luchó para ignorar sus sentimientos, él amaba a su prima, era su novio, y tenía que sentirse feliz por ello. Se repitió una y otra vez que era muy joven, que solo era un encaprichamiento pasajero y no el amor de su vida.

No obstante, en secreto, desarrolló una fantasía maravillosa: «Susan se enamora de otro hombre, por tanto terminarían su relación. Seguirían siendo amigos, obvio. Luego de un tiempo, yo asistiría a una fiesta luciendo hermosa y sensual con un vestido negro ceñido a mi cuerpo, mostrando todas mis curvas sin ninguna inhibición.

Él llegaría al local del evento y me vería impactado, sus ojos azules muy abiertos y aturdidos al no haberse dado cuenta antes de mi belleza. Yo le sonreiría en forma coqueta, mostrándole que ya era toda una mujer. Allí me invitaría a bailar y me susurraría que era hermosa, sexy, que en verdad nunca amó a Susan, sino que estar a su lado era la única forma de estar cerca de mí, y que ahora no permitiría que nadie me arrebatara de sus brazos y que se moriría si no le pertenecía. Y por fin me daría mi primer beso».

No obstante, un año atrás su fantasía fue arruinada cuando su prima se casó con él. Sintió que su corazón se quebraba aún más y lloró con más fuerza. Después de la muerte de sus padres, ese fue el peor momento de su vida.

Además tuvo que ser la madrina de honor, así que estuvo a su lado mientras reían, se besaban e intercambiaban sus votos. Durante toda la ceremonia padeció de culpa. A sus propios ojos, era la peor de las mujeres por desear algo que no era suyo. Por no querer que su prima fuera feliz después de todo lo que sacrificó por ella. Por ese amor que seguía intacto desde la primera vez que lo vio.

—¿Por qué? —gimió entre lágrimas.

Debió irse lejos. No debió haber aceptado la sugerencia de Susan de vivir con ellos. Por supuesto, aún estaba bajo su tutela, pero en ese entonces ya tenía dieciocho años, podría haberse independizado. Sin embargo, decidió quedarse allí y su vida comenzó a oscilar entre la escuela de arte, su prima y él, a quien cada día amaba más. Hasta ese momento… que todo se volvió un poco peor.

—Oh Dios —clamó, y notó que alguien se sentaba a su lado. Se tensó y metió la cabeza entre sus rodillas.

—¿Qué te sucede? —escuchó la voz de un hombre. Negó con la cabeza, desesperada—. Dime qué te sucede —insistió.

Apartó las manos de su cara para observarlo, aunque las lágrimas evitaban que pudiera diferenciarlo, lo veía distorsionado, casi como un autorretrato de Francis Bacon. Volvió a cerrar los ojos.

—No —murmuró, y tuvo que callarse ya que se atragantó con sus sollozos.

«¿Cuándo empezaron a cambiar las cosas hasta llegar a este extremo?», se volvió a preguntar.

Susan trabajaba como profesora de Física Cuántica en la Universidad de Chicago y cumplía funciones de física experimental en su laboratorio, por lo que a veces regresaba tarde a casa y Sam —aunque no lo quisiera aceptar, pensar, o creer—, aprovechaba su ausencia para pasar tiempo con él. Su esposo.

Al principio se sintió cohibida, después fue adecuándose, actuando más como ella misma; escuchándolo, haciéndolo reír y reviviendo esa fantasía que debió haber dejado enterrada. Hasta que un mes atrás se atrevió a besarlo. Solo quería saber cómo se sentiría, si sería tan perfecto como lo imaginó tantas veces. Y él le respondió el beso con el mismo fervor que fue ofrecido.

Fue el momento más feliz de su vida. Hasta que culminó y comprendió exactamente lo que había hecho. Había traicionado a Susan, cometido una estupidez y nunca podría perdonarse.

Regresó al presente, apretó más las rodillas contra su pecho, queriendo desaparecer, e ignoró al sujeto que estaba a su lado, quien se negaba a dejarla tranquila. Se mordió la rodilla y sintió los brazos del hombre deteniéndola, confortándola. ¿Quién era? ¿Y por qué diantres le interesaba? Miró su imagen aún difusa y pestañó varias veces para aclarar su visión, sin ningún éxito. No podía dejar de llorar.

—Por favor —susurró el hombre con voz desesperada—, tal vez si me cuentas qué te pasa, juntos podríamos encontrar una solución.

Sam consideró la idea de hacerlo. Nadie más lo sabía. Ni su mejor amiga, Rachel, mucho menos su prima. No tenía con quién hablar de ello y la situación estaba trastornándola. Él no la conocía, tampoco tenía interés real en ella, solo estaba actuando como un buen samaritano. Lo miró con añoranza por lo que representaría para su salud mental y tomó una inhalación profunda, tratando de tranquilizarse lo suficiente para poder hablar.

—Estoy enamorada —susurró limpiando con brusquedad las lágrimas de sus mejillas.

—Eso no es tan grave —respondió el hombre con un movimiento de labios que se asemejaba a una sonrisa.

Deseó poder verlo con claridad, pero no lo consiguió ya que esa respuesta le hizo emitir una mezcla de risa histérica y llanto descontrolado.

—Del esposo de mi prima —agregó cuando se tranquilizó.

Él se tensó a su lado.

No le importó en absoluto. Era la mala, ¿no es así? La rompe hogares, la amante, la que no respetaba un sacramento sagrado, y ni siquiera estaba pensando en el matrimonio de su prima, sino en el vínculo que desarrollaron las dos desde que Sam tenía cinco años de edad.

No debería molestarse en juzgarla, ya ella lo hacía suficiente por ambos.

Era una estúpida y así lo asumió. Aceptó su mal proceder al querer disfrutar tanto tiempo con un hombre casado —en especial porque ese hombre era su amor imposible—, y se alejó. Empezó a pasar más horas en el Instituto de Arte. Paraba en su casa siempre y cuando Susan estuviese allí, o elegía el apartamento de Rachel en el caso contrario. Incluso encontró algo que le otorgaba la fuerza suficiente para no recaer en el amor que le profesaba.

La culpa que sentía.

Sin embargo, ayer se descuidó. Había salido temprano de clases y, en vez de quedarse en el Instituto, se fue a su casa a encerrarse en el sótano a pintar, aprovechando que estaba sola, sin recordar los motivos que la mantuvieron alejada en primer lugar.

Cuando, horas más tarde, salió a tomar agua y se lo encontró en la cocina, Sam había quedado paralizada al verlo, y ni siquiera intentó reaccionar cuando él le sonrió y acarició su mejilla, susurrándole que la había extrañado y que no podían seguir huyendo de lo que sentían. Ella lo único que consiguió balbucear en respuesta fue un “Susan”, y algo parecido a: “no podemos hacer esto”, antes que la besara y la apoyara contra el mesón de la cocina.

Justo allí, todo se fue al infierno.

Sam percibió que ponían una mano en su hombro y recordó que no se encontraba sola.

—Debe ser una ilusión —concluyó el hombre.

Ella gimió más fuerte y negó con la cabeza.

—Lo amo desde que lo vi por primera vez. Ayer nosotros casi… —se ahogó. La persona a su lado se tensó aún más—. ¿No comprende? Ella llegó y casi nos encontró juntos. Si hubiera llegado un segundo antes lo habría hecho. —Negó con la cabeza sus confesiones, entrecortándose por sus sollozos. Jadeó para tranquilizarse, sin conseguirlo en absoluto—. No sé qué hacer, no puedo herirla, no puedo. Ella me quiere y ha estado para mí desde que era pequeña. Soy una mala mujer. Lo soy —repitió balbuceando y sintió que él la envolvía entre sus brazos.

Pensó en pedirle que la soltara, no lo conocía lo suficiente para permitirle que la tocara. Pero no encontró la fuerza para hacerlo.

—Eres una niña —dijo en voz baja—. No es tu culpa.

Apretó los ojos, como si esas palabras hubiesen sido un insulto y empezó a apartarse. Él sujetó con más fuerza sus hombros.

—No soy una niña, tengo diecinueve años —dijo entre dientes, moviéndose para que la soltara—. Discúlpeme.

—Espera. Permíteme ayudarte, Samantha —replicó.

Ella se quedó paralizada. Levantó la mirada y pestañó repetidas veces tratando de aclarar su visión.

—¿Cómo sabes mi…? —se interrumpió horrorizada, los latidos de su corazón incrementándose—. Oh, Dios, ¿cómo te llamas?

Él suspiró y apretó un poco más su agarre antes de liberarla.

—Oliver —murmuró.

«No, no, no, no…», repitió en silencio.

—¿Lewis? —preguntó en un jadeo, aunque no tuvo que esperar a que le contestara. Sabía la respuesta.

Saltó del asiento y salió corriendo de allí tropezando con cientos de personas, deseando que el mundo se la tragara, ahogara y pateara su trasero.

Sí, de verdad su vida era un completo asco.

CAPÍTULO 2

¿Podríamos pretender que los aviones

en el cielo nocturno son estrellas fugaces?

Me vendría bien pedir un deseo

justo en este momento, justo en este momento

justo en este momento.

“Airplanes part II”, B.o.B., Hayley Williams y Eminem.

Oliver Lewis vio palidecer a la chica al pronunciar su apellido y maldijo para sus adentros. Debió haber mentido, decir otro nombre o algo así. Sin embargo, los últimos minutos fueron por completo alucinantes y lo tomaron desprevenido. Estuvo más concentrado en lo que ella le confesaba que en encubrir su identidad como un timador amateur.

Ella no le permitió pronunciar una palabra más o siquiera inventarse algo; en cambio, se levantó y salió corriendo, huyendo de él.

«¿Acaso no se dio cuenta con quién demonios estaba hablando?».

Soltó un improperio a la vez que se levantaba y la perseguía, preocupado y asustado por lo que pudiera hacer. Estaba tan desesperada que temía cometiera alguna estupidez.

Ya le había demostrado que no estaba muy cuerda.

La observó salir corriendo por una de las puertas laterales del aeropuerto, un segundo antes de aceptar que capturarla sería una tarea imposible, ya que tenía una carretilla con su equipaje y no podía moverse con facilidad.

Cuando iba cerca de la puerta principal tomó una inhalación profunda, menguó sus acelerados pasos, y elevó la cabeza hacia el techo del aeropuerto, buscando calmarse.

«Odio Estados Unidos».

Salió del aeropuerto saludando a los guardias de seguridad que estaban alrededor y se posicionó de último en la larga fila para tomar un taxi.

Se llevó una mano a su sien y movió dos dedos circularmente como siempre hacía cuando estaba estresado. Recordó las palabras de su abuelo y movió la cabeza a sus lados, tratando de vaciar su cerebro.

“Irás a América y demostraras tu supuesta valía en las Empresas Aldrich-Millicent”.

Deseó patearle el trasero, lo suficiente para que se tragara sus palabras. Tenía más de quince años haciendo valer su presencia en la empresa. Mientras sus amigos jugaban, se divertían, salían con mujeres y follaban como desquiciados; él se mantuvo encerrado entre cuatro paredes ganándose su derecho de pertenecer a la familia y al negocio, así lo hubiese obtenido de nacimiento. No poseía recuerdos de su niñez o adolescencia que no tuviesen que ver con esa bendita compañía.

Por el momento, debía quedarse en ese país, a seguir cumpliendo las órdenes de Oliver I solo porque pertenecía a su extensa lista de deberes para poder heredar cuando el viejo muriera.

Se montó en el taxi, una hora más tarde, y apoyó la cabeza en el respaldo luego de decirle al conductor que irían a Albany Park.

Tal vez todo habría sido distinto si su madre se hubiera casado con el hombre que su abuelo quería para ella, en vez de viajar a Estados Unidos y salir embarazada de un simple comerciante de clase media. Eso fue lo que él hizo en contra del gran Oliver I; ni siquiera haber sido llamado en su reconocimiento pudo disminuir el hecho de que no acató sus órdenes de linaje.

Su madre, Bryony, viajó veintiocho años atrás a Chicago de excursión con dos amigas y conoció a su padre en una feria. Ella tenía apenas dieciocho años, era impresionable, hermosa e increíblemente estúpida —como siempre la llamaba su querido abuelo—. La visita de su madre en esa ciudad se extendió por meses, porque ya él venía en camino, aunque Oliver I jamás se enteró de nada hasta después de su nacimiento.

Sabía, por la versión de los trabajadores de la casa, que cuando Bryony volvió a Londres se armó una guerra monumental. Aunque por una vez la vencedora fue su madre, quien defendió a su hijo a capa y espada, incluso rehusando la opción de adopción sugerida en forma incesante por su abuelo. Quizá por haber ganado esa batalla ahora, ella estaba condenada a acatar todas las ordenes de Oliver I, sin ninguna replica.

Una parte de su ser siempre esperó que ella atacara a su abuelo, como le contaron que hizo esa vez; aunque tal vez lo que la motivó a actuar así fue el temor de perder a su hijo.

Ladeó la cabeza hacia la ventana y frunció el ceño al darse cuenta hacía dónde iban dirigidos sus pensamientos. No entendía por qué analizaba historias muertas o al menos prescritas.

El taxi se detuvo frente a una casa de dos plantas de color marrón opaco, con jardineras naranjas en las ventanas, y el chofer se apeó para coger sus maletas.

—Gracias —le dijo al conductor a la vez que le pagaba y recibía las maletas colocándolas sobre la acera.

El hombre asintió y subió al vehículo. Oliver se quedó mirando hasta que se alejó. Dio un suspiro y caminó hasta la puerta para tocar el timbre. Cuando la abrieron comprendió por fin el motivo de sus divagaciones. La realización lo golpeó como si fuera un yunque de quinientos kilos.

—Oliver —escuchó que lo llamaba Michael y frunció aún más el ceño—, ¿dónde está Sam? ¿Te dejó y se fue?

«Al parecer la manzana no cayó muy lejos del árbol», pensó, tensando su mandíbula. Su abuelo disfrutaría esta situación en exceso, a pesar de haberle repetido una y otra vez que sería él quien poseería los genes “defectuosos”. Apretó las manos en puños y se sorprendió de la respuesta tan visceral que sentía por proteger a la chiquilla.

—Hola, cuñado.

Giró hacia Susan y sonrió. Cuando la conoció en su boda, un año atrás, le pareció bastante agradable. Era sencilla, hermosa y muy inteligente, mucho más de lo que su estúpido hermano se merecía. Si antes lo pensó, los eventos actuales lo reafirmaban.

—Hola, Susan, ¿cómo estás? —la saludó con un abrazo.

—Bienvenido a casa —respondió con una gran sonrisa y miró a su esposo con ansiedad—. ¡Michael, por Dios! Ayúdalo con las maletas.

Michael sonrió, le guiñó un ojo y se apresuró a coger el equipaje. La mujer miró alrededor.

—¿Sam te dijo adónde iría? —preguntó preocupada. Oliver negó con la cabeza y ella frunció el ceño—. Es extraño que te haya dejado así, no entiendo por qué está actuando de esta manera, casi no se la pasa en casa y hasta se va a cualquier parte cuando tenemos visita.

—Creo que me dijo que tenía que hacer algo —mintió y frunció sus labios, no tenía ningún motivo o interés para hacerlo y sin embargo salió sin siquiera considerarlo.

—Déjala ser, Susy —pidió Michael caminando hacia la casa con las dos maletas más pequeñas, Oliver caminó hacia la acera para coger la que restaba—. De seguro dejó a mi hermano y se fue al parque o al estudio de la Escuela. Es joven y tiene derecho a vivir.

Susan hizo una mueca pero no respondió. Entraron a la casa y dejaron las maletas en la sala.

—Oliver —llamó su hermano, sonriendo—. Ahora sí, déjame saludarte de verdad —le dijo a la vez que se acercaba y lo abrazaba. Él lo permitió y le devolvió el gesto.

Quién los viera no diría que eran hermanos.

Oliver era más alto que su hermano, por más de veinte centímetros, su cabello era castaño oscuro, herencia de su abuelo materno, y los ojos castaños verdosos de su madre. Michael tenía los ojos azules, el cabello rubio y era mucho más pálido a causa de su madre, Ruth. Ambos sacaron de su padre, Ethan, la forma de su barbilla, un poco más puntiaguda de lo normal. Eso, lo descubrió después de horas de inspección por su parte, ya que quería tener hechos concretos que demostraran que pertenecía a esa familia.

Había conocido a su padre cuando tenía siete años. Ethan y su madre estuvieron juntos durante todo el embarazo, aunque, según sabía, él le había dado mil y una excusas para no formalizar la relación. Cuando su mamá dio a luz en un pequeño hospital se enteró del porqué de esas dilaciones. Su padre le contó que era comerciante de azúcar, soltero y sin compromisos. La verdad era muy distinta: Ethan Lewis era esposo de Ruth Novell, padre de un hijo de seis años de edad llamado Michael, y un simple comerciante de la localidad.

El hombre nunca se responsabilizó por su madre o por él. Lo único que le dio fue su apellido, como si fuera un gran logro, o lo mejor que podría otorgarle. En cambio, a Oliver siempre le pareció más una especie de maldición; cada vez que hacía una travesura su abuelo lo llamaba Lewis, en tono despectivo, el nombre sinónimo de porquería, malvado o indigno.

Odió hasta lo indecible ese nombre, quería ser Aldrich-Millicent, borrar para siempre sus otras raíces. De vez en cuando también deseó que su padre lo reclamara y defendiera de Oliver I, sin embargo eso fue hasta que creció y aprendió a defenderse por sí mismo.

—Me alegra tenerte en casa, Oliver —comentó Michael llevando las maletas a una habitación amplia cerca de la cocina. Le enseñó cada estancia de esa parte de la casa mientras pasaban; el salón y otra puerta a la que llamó “el hogar de Sam”, e hizo que se alejara de sus pensamientos—. ¿Cuánto tiempo te quedarás?

—Dos semanas, quizá —contestó mientras dejaba la maleta grande sobre la cama, ya dentro de su habitación provisional—, es el tiempo que me ha pedido el contratista para terminar las reparaciones del apartamento de la empresa.

—Presidente Lewis —anunció Michael con voz orgullosa. Se tensó al notar la forma tosca en que pronunció el apellido. «Demonios, me estoy volviendo igual de paranoico que mi abuelo»—. Y a los veintisiete años. Diablos, Oliver —continuó su hermano, sonriendo, y posó una mano sobre su hombro—. Todavía recuerdo cuando eras un chiquillo y me dejabas patearte el trasero.

Sonrió sin humor y arrugó la cara al recordar la primera vez que fue a su casa paterna, por petición del mismo Ethan que quería reencontrarse con su querido hijo, y también cómo Michael y él nunca se llevaron del todo bien.

Su hermano se había metido mucho con él, y sus amigos se burlaban de su acento. Además, la relación con su padre tampoco fue buena, en ningún sentido, ni siquiera recordaba haber tenido nunca una conversación verdadera entre ambos, era como si después de tenerlo allí no supiera qué hacer con él.

Cuando cumplió doce años, logró que su abuelo no volviera a enviarlo a los Estados Unidos y toda la dinámica con esa parte de su familia pasó a ser llamadas tortuosas en cumpleaños y en eventos especiales; o por vía cibernética, con Michael, a quien con el tiempo llegó a apreciar de verdad.

—Director, Michael. Mi abuelo —aunque Dios pagano sería una mejor definición— es el presidente, y no creo que suelte ese puesto por muchos, muchos años.

Su hermano se encogió de hombros.

—De todas formas serás el encargado de la sucursal de Estados Unidos.

—¿Estás seguro que quieren que me quede aquí? No me importaría ir a un hotel…

—Tonterías —interrumpió Susan entrando a la habitación con una gran sonrisa y unas toallas dobladas en sus manos que dejó dentro del baño—. Somos familia, Oliver, estás en tu casa —declaró señalando los alrededores—, además ya es hora de que nos conozcamos, cuñado. Aunque ahora debes estar agotado. Búscame en la cocina cuando hayas descansado —pidió al salir, empujó a Michael fuera de la habitación y luego cerró la puerta.

Oliver se sentó en la cama y apoyó la cara entre sus manos. Ya se estaba arrepintiendo de haber aceptado el ofrecimiento de vivir provisionalmente con la familia de su hermano. Solo había regresado a Chicago un año atrás, a la boda de Michael, y cuando fue asignado por su abuelo a dirigir esa empresa decidió llamarlo para informarle, porque le pareció lo adecuado; y cuando su hermano le ofreció su casa para que pernotara, en tanto arreglaban el departamento en el que se quedaría mientras durara su estadía en la ciudad, no pudo negarse.

Así que ya estaba condenado. Atrapado en ese lugar hasta que su contratista culminara el trabajo, cargando con un secreto que estaba seguro no debía saber.

CAPÍTULO 3

Querida Prudence, déjame ver tu sonrisa,

querida Prudence, como cuando eras una

niña, las nubes formaran

una cadena de margaritas, así que

déjame ver tu sonrisa de nuevo.

“Dear Prudence”, The Beatles.

Susan estaba en la cocina, sentada frente la mesa de madera cubierta por un mantel de flores, con una taza de té en sus manos, cavilando. Michael estaba en la sala viendo televisión, como acostumbraba hacer cuando estaba en casa, y Oliver aún se encontraba descansando en el cuarto que le asignaron, por lo que estaba disfrutando de ese momento de calma.

Miró hacia la fotografía enmarcada frente a la mesa y torció sus labios. Estaba conforme con su vida así no fuera sencilla. Le encantaba su trabajo y los retos que conllevaban, tanto en la educación como en la investigación en el laboratorio; adoraba a su esposo perfecto aún más que cuando se casó con él un año atrás, pero sabía que nunca conseguía relajarse del todo, y siempre sería por el mismo motivo: Sam.

La amaba más que a su propia vida, y aunque técnicamente fuera su prima, en su corazón era más que eso, era su hija. Solo suya. Se adueñó de esa pequeña niña desde que la llevaron a esa misma casa, llorosa y temblorosa, con cinco años de edad. Ella había tenido doce años en ese entonces y aun así el primer encuentro con su prima estaba grabado en su cabeza y nunca podría olvidarlo.

No recordaba mucho de sus tíos Samuel y Amber, solo que los vio un par de veces ya que vivieron toda la vida al otro lado del país, en Oregón, por eso cuando apareció esta niña con sus ojos azules, amplios, tristes y apesadumbrados, con su cabello rojizo lleno de nudos, labios temblorosos con pucheros y regordeta, le impresionó hasta el infinito. Y la declaró de su propiedad.

Incluso los primeros meses había entrado a escondida a su cuarto para llevarle dulces y para abrazarla de modo que durmiera sin pesadillas.

Había pasado su adolescencia con Sam pegada a sus pies como si fuera una lapa, y adoró cada segundo de ello, porque la asumió como su responsabilidad. La protegía incluso de sus padres, porque ellos jamás la amarían ni un ápice de lo que ella lo hacía.

Cuando murieron sus padres, cinco años atrás, continuó cuidándola como siempre, a pesar de que eso significó que a los veintiún años debió tomar el rol completo de madre, además de estudiar mientras educaba a una niña de catorce años. Fueron ambas contra el mundo. Susan estudió en una universidad local y vivió en la casa paterna mientras Sam estudiaba en la secundaria.

Tenían un buen hogar, que se encontraba completo con la presencia de Michael.

Escuchó un ruido proveniente de la puerta corrediza y giró para encontrarse a su cuñado, estaba recién duchado y parecía un poco más descansado que cuando llegó a su casa, con unas pequeñas ojeras rodeando sus ojos verdosos. Vio que le sonreía en saludo y ella lo imitó y se levantó para servirle un té.

No se parecía mucho a su marido, aunque ambos eran guapos a su manera. Michael se veía como un personaje de fantasía o un muñeco de pastel de boda, con sus ojos azul cielo y cabellera rubia. Oliver, era mucho más alto y fornido, con los ojos verdes, y cabellera oscura, casi negra, pero con una sonrisa sincera y casi inocente.

—Gracias —susurró él cuando cogió la taza, lo que causó que ella saliera de sus pensamientos—. Esta fue la casa de tus padres, ¿verdad?

—Claro. La heredé cuando ellos murieron —dijo con la voz un poco rota, sin importar el tiempo que transcurriera nunca dejaría de extrañarlos, y de necesitarlos.

—Debió ser difícil —susurró, luego miró hacia un pequeño cuadro en donde aparecían cuatro personas.

Susan desvió la mirada hacia el mismo punto en que Oliver se había concentrado: a la fotografía de su familia enmarcada frente a su mesa. En el lateral izquierdo estaba su padre Arnold y a la derecha su mamá, Camille. En el centro estaba ella, y al costado se encontraba su Sam, su niña pelirroja de orbes azules aún un poco perdidos. Esa foto se la tomaron en el cumpleaños de su madre, tres meses después de que Sam llegara a casa.

—Fue mucho más difícil para ella. —Señaló al retrato que estaba viendo y Oliver frunció el ceño—. Yo por lo menos disfruté de la seguridad de mis padres hasta que tuve veintiún años. Sam perdió a los suyos cuando tenía cinco por un accidente de tráfico. —Él levantó sus cejas en señal de asombro y bebió un poco más de té—. Estuvo toda una semana en custodia de Servicios Sociales, ¿sabes? —confesó—. No solo perdió a sus padres, sino que la removieron de todo lo que conocía y la metieron en una casa llena de extraños con trato impersonal; posterior a eso la enviaron a la otra parte del país con una familia que nunca conoció antes. —Negó con la cabeza y emitió una risilla—. Lo siento, cuando se trata de Sam puedo hablar por horas, con ella soy un poco posesiva y protectora. Es lo más importante en mi vida.

Oliver asintió y apartó la mirada con el ceño fruncido.

—Entiendo —dijo con un tono extraño.

—Ahora estoy preocupada de nuevo por ella —continuó, porque descargarse con Michael no era suficiente—. Está triste y preocupada todo el tiempo. Yo… —Lo miró desconcertada y negó con la cabeza—. No puedo creer que te esté contando mis problemas cuando acabas de llegar a casa. Es bastante descarado de mi parte.

—Algunos dicen que tengo alma de psicólogo —bromeó.

—Discúlpame —dijo avergonzada.

Oliver se encogió de hombros.

—¿Te dijo adónde iba? —insistió—. Sé que Michael dice que me preocupo demasiado…

—Iré por ella —la interrumpió levantándose de la mesa y caminando hacia la puerta trasera.

—¿Estás seguro? —preguntó compungida.

—Necesito un poco de aire libre para combatir el jet lag. Mañana debo empezar a trabajar a primera hora.

Asintió viéndolo partir. Sabía que Sam ya era una mujer, tenía un par de años menos que ella cuando se convirtió en una adulta llena de responsabilidades; sin embargo era distinto, porque mientras Susan viviera su niña seguiría siendo suya, y la protegería de lo que fuera, por eso era que le preocupaba su actual tristeza, y se prometió en ese instante que fuera lo que fuera, descubriría la causa y lo solucionaría.

***

Oliver salió de la cocina por la puerta trasera, ya que si se quedaba un segundo más habría empezado a decir cosas que no le correspondían. Rodeó la cerca hasta llegar a una pequeña puerta de madera. Salió a la calle y comenzó a caminar por un rato, incluso presenció la puesta del sol, hasta que se detuvo y aceptó que no existía manera de conseguir a alguien cuando no sabía a dónde dirigirse o siquiera conocía a la persona.

«Demonios, Samantha, ¿cómo puedes vivir contigo misma sabiendo lo que le estás haciendo a tu prima?».

Iba a girar para regresar a casa cavilando sobre una excusa para justificar la ausencia de la chiquilla cuando encontró un parque en medio de la urbanización. Su alma de arquitecto se regocijó al ver el diseño del paisajismo y tuvo que acercarse a detallarlo. Los arboles fueron cultivados circularmente simulando un pequeño bosque y estaban rodeados por caminos de piedras iluminados con grandes faros negros.

Caminó por una de las entradas y sonrió de nuevo al observar la pequeña fuente que estaba en el medio de los jardines, iluminada con luces de colores.

Al llegar allí descubrió a una chica con el cabello rojizo amarrado en una coleta, sentada en el suelo, apoyada contra la fuente.

«Samantha».

Se acercó con sigilo, aunque pronto entendió que así estuviese haciendo todo el ruido del mundo, no lo escucharía. Estaba sentada sobre sus talones y tenía el cuaderno de dibujo apoyado en sus muslos, unos audífonos en sus oídos y pintaba como si la vida se le fuera en ello.

Frunció el ceño y la observó a sus anchas, intentando dilucidar por qué Michael arriesgaría su matrimonio con una mujer que según sus parámetros era un completo diez: hermosa, inteligente y económicamente independiente, por una niña como ella. Suponía que era hermosa a su manera, era bonita y pelirroja natural si se dejaba llevar por sus cejas e incluso sus pestañas que eran casi rubias, así como por las pocas pecas que se vislumbraba en su rostro. Era bastante alta, cuando la conoció un año atrás le llegaba a la altura de sus ojos y él media dos metros, pero eso también la hacía parecer un poco desgarbada. Tenía un pecho voluptuoso, eso también lo notó en esa oportunidad, aunque con el suéter grueso que llevaba en esos instantes los disimulara, lo cual también le parecía raro ya que estaban a mediados de abril. Sin embargo, era una chiquilla de diecinueve años, y su hermano, quien era más de una década mayor, no debería estar acosándola ni incentivando sus ideas fantasiosas del amor.

Arqueó la cabeza y miró el dibujo. Era oscuro, usaba carboncillo por lo que tenía sus manos todas cubiertas de negro. Subió la mirada y entendió que estaba pintando los árboles que se encontraban frente a ambos, aunque daba la sensación de ser un sitio tenebroso. A pesar de tratarse del mismo diseño que lo maravilló minutos atrás, al verlo reflejado en esa pintura sintió angustia.

«Demonios, la chica es buena».

Se dejó caer al suelo, se acomodó a su lado y en el acto, rozó con su rodilla uno de sus muslos cubiertos con mezclilla. Samantha dio un brinco tirando el cuaderno de dibujo al suelo y se quitó los auriculares, elevándose en cuclillas asumiendo una posición defensiva, la cual cambió a horrorizada una vez que entendió quién estaba a su lado.

—¿Crees que deba cobrarte por lo que le pague al taxi que me trajo desde el aeropuerto? —Ella lo observó confundida a la vez que tomaba con tanta fuerza el carboncillo que lo rompió en dos—. Sería lo educado por hacer —concluyó buscando hacerla reír con el típico humor inglés. Su respuesta fue arrugar la frente.

«Los americanos no saben divertirse».

Ella tomó el cuaderno entre sus manos y se mordió el labio de una forma que hizo que algo en su interior se contrajera. Él frunció el ceño ante eso, pero decidió ignorarlo.

—¿Qué…? ¿Cómo me encontraste? —preguntó en un hilo de voz. La observó aturdido, ya que la expresión en su mirada era igual a la que vio en la fotografía en la casa de Susan.

—Le prometí a tu prima que lo haría —explicó cuando reaccionó y la observó palidecer aún más.

—¡Por favor! —Gimió, casi desesperada—. Dime qué no se lo dijiste. Qué no… Por favor. —Ella se acercó y tomó su brazo sin importarle que el carboncillo le manchara—. Qué no le contaste lo que hice, lo que soy. Moriría si ella lo supiera.

Oliver tomó sus antebrazos y la atrajo un poco a su cuerpo. La sintió temblar.

—Cálmate —le pidió cuando percibió que estaba tan fría que parecía un tempano de hielo—. ¡No he dicho nada! —gritó rogando que lo comprendiera antes que sufriera un ataque de pánico.

Mientras la abrazaba con fuerza, escuchó como respiraba de forma brusca.

La mantuvo allí por unos minutos, hasta que sintió que se tranquilizó.

—Gracias —murmuró ella con voz entrecortada moviéndose para que la soltara.

Estaba tan pálida que su piel parecía casi transparente y por un segundo se preocupó por su estado, sus ojos azules estaban muy abiertos y dilatados.

—Creo que lo mejor sería que se lo contaras, Samantha. No es tu culpa…

—¡No! —gritó mientras se levantaba del suelo, negando repetidas veces con su cabeza—. Ella no puede saberlo, no puede. No se lo digas, por favor, te juro que no permitiré que nada más ocurra, solo no lo hagas, ¡no lo hagas!

Él también se levantó del suelo y se acercó a ella para apoyar las manos sobre sus hombros.

—No creo que esa sea la solución —declaró jalándola para que se sentaran en una de las bancas—. ¿Por qué te haces esto? —preguntó, para lograr entenderla. Quería comprender por qué aguantaría tanto sufrimiento por un hombre que escogió otra vida.

—Yo… Porque soy una idiota y me enamoré de alguien que no debía —concluyó, cabizbaja.

Se preguntó hasta qué extremo eso sería amor. Aunque su madre se enamoró de su padre, ahora era feliz con su esposo, Matthew, con quien se casó cuando él tenía dos años.

Sabía que no debía inmiscuirse, esos conflictos no le pertenecían y era Michael quién estaba arruinando su vida, no obstante volvió a ver la expresión pérdida de esa chiquilla e imaginó que así debió haberse sentido su madre tantos años atrás. Samantha no debía tener a nadie en quien confiar como para dejarse ayudar. Apostaría que de ser cualquier otro asunto a quién se lo confiaría sería a Susan.

Y todo ocurría por una razón, ¿verdad?

—Creo que debes resarcirme de alguna forma, Samantha —empezó con tono conciliatorio.

Ella lo volvió a observar confundida y limpió su nariz con la mano, causando que quedara una mancha negra en las aletas de la nariz.

—Llámame Sam, todos lo demás lo hacen. ¿Y por qué debería hacerlo?

—Me abandonaste —Oliver empezó a enumerar—, hiciste que te persiguiera en el aeropuerto y además me obligas a callar algo que…

—¡Gracias! —lo interrumpió sonando aliviada—. Por no decir nada, gracias —repitió apretando las manos sobre su regazo y cerrando los ojos con expresión más tranquila.

—Vamos a comer, estoy muriendo de hambre —dijo él, para cambiar el tema, necesitaba saberlo todo y para eso tenía que ganarse su confianza. Se levantó del asiento y gesticuló para que Sam lo siguiera.

Ella sonrió, lo que causó que se sintiera un poco más aliviado, y comenzaron a caminar hacia el otro lateral de la plaza.

—¿Cómo supiste mi nombre o quién era? En el aeropuerto —se apresuró a explicar ante su mirada interrogante.

—En la boda de… mi hermano —dijo evitando decir su nombre—, nos presentaron, ¿no lo recuerdas?

Lo miró confusa y él sonrió con sarcasmo. En ese entonces se había preguntado si el aturdimiento que observó en ella era cierto o imaginado. Por lo que se enteró ese día estuvo seguro de la respuesta.

—Lo siento —declaró, avergonzada.

—Ese día estabas triste y ni siquiera contestaste mi saludo, así que te disculpo.

—¿Cómo lo…? —preguntó aturdida.

Oliver se encogió de hombros haciéndole entender que no tenía respuesta para esa pregunta. Ella lo miró por unos segundos sin decir nada, hasta que lo imitó y abrió la puerta del pequeño Ford plateado que estaba aparcado en el estacionamiento del parque. Guardó su mochila y el cuaderno en los asientos traseros, antes de tomar un par de toallitas húmedas y limpiar los restos de carboncillo de sus manos y cara, y lanzarle una a él para que hiciera lo mismo. Luego se montó en el vehículo para buscar un sitio donde comer.

CAPÍTULO 4

Maldijiste y me dijiste: «No lo soy,

no somos estrellas brillantes».

Esto lo sé, porque nunca dije que lo fuéramos.

Aunque jamás he pasado por un infierno como este,

he vivido lo suficiente para saber

que nunca debes mirar atrás.

“Carry On”, Fun.

Samantha aparcó su Ford plateado frente a un edificio de estilo modernista que se encontraba justo en medio de South Shore. Salió del vehículo y se apoyó en este para observar sin aliento la edificación.

No era muy fanática del modernismo; era hermoso, tenía sus formas y seguidores, pero siempre sintió que a ese tipo de diseño le faltaba alma, incluso cuando lo estudió en la Universidad. Sin embargo, este edificio no era así. A pesar de su color blanco y gris no era pálido o frío, tenía partes que sobresalían creando formas cuadradas y rectangulares, y casi le hacían sonreír; era como si el arquitecto o diseñador quisiera mostrarse serio y recatado, reservando un lado audaz y dinámico, aunque lo presentaba como una especie de broma privada y por eso el uso de esos colores. Para aparentar.

Además tenía tantas ventanas que se notaba que a la persona le gustaba la luz natural.

—Asombroso.

Negó con la cabeza al notar que de nuevo sobrepensaba un diseño y caminó hacia la entrada de gigantescas puertas de cristal. Saludó al portero y, después de identificarse e indicar que iba al penthouse, entró al ascensor de metal y cristal.

«No, no me equivoqué al analizar este edificio», pensó al ver la ciudad y el lago Michigan por una de las paredes del ascensor a medida que subía al piso 20.

Cuando las puertas se abrieron dio paso a un pequeño pasillo que guiaba a otra puerta de metal. Sam tocó el timbre y esperó unos segundos.

Al abrirse la puerta se encontró a Oliver, quien la miraba con una sonrisa.

—Te tomaste tu tiempo, “Van Gogh” —dijo, y se retiró para que pasara. Ella sonrió.

La comenzó a llamar así luego de revisar sus dibujos la primera vez que cenaron juntos, declarando que tenía un aire de Vicente Van Gogh por la forma en cómo le gustaba usar colores vivos, y por su tendencia al impresionismo.

—Bueno, el mokaccino que estaba bebiendo era demasiado perfecto para abandonarlo —anunció sonriendo, pero quedó boquiabierta cuando vio el interior del departamento.

El ambiente de la planta baja era abierto, con piso parecido a mármol cristalizado claro y con tres puertas en sus laterales, donde en la más alejada —una puerta vaivén— se entrevía una cocina amplia, con artefactos de metal inoxidable.

—Por Dios santo —declaró asombrada—. ¿Qué es este sitio? —preguntó caminando por la gran sala hacia la cocina, atónita, sintiendo la necesidad de hacer un fouetté para ver si giraría con la suavidad y rapidez que imaginaba—. ¿En qué es que trabajas?

Escuchó que él se carcajeaba pero lo ignoró y caminó alrededor.

Sabía que su familia era adinerada. Michael se lo había comentado unos meses atrás. También que él viajó a Estados Unidos para ocupar un puesto de dirección en la sucursal de construcción por mandato de su abuelo. Eso se lo contó el propio Oliver. Sin embargo, no fue hasta ese preciso segundo cuando comprendió que Oliver Lewis no era un hombre cualquiera. Por lo menos en el nivel económico.

—Por fin te interesas por mi vida —ironizó.

Ella apretó los labios y siguió hacia la segunda puerta, ignorándolo. Allí descubrió un baño cinco veces más grande que el suyo, con otra puerta en el fondo.

Sabía que él tenía razón, esas dos semanas y media que llevaban conociéndose se concentraron en hablar cosas banales y en especial de ella porque él le preguntaba.

Su dinámica personal permanecía igual. Pasaba la mayoría del día en el Instituto, en casa de Rachel o en el Parque Turnbull, con la diferencia de que ahora regresaba a casa cuando Oliver se desocupaba de lo que fuera que hiciera, a veces muy tarde; y cuando podían salían a comer o se reunían en el sótano.

Él era muy entretenido, en especial porque podían entablar conversación sobre casi cualquier tema. También era seguro. Con Oliver a su lado Michael no se acercaba, y lo agradecía, ya que no se sentía con fuerza para seguir rechazándolo, su corazón latía desbocado cuando lo veía y ansiaba que la volviera a besar. Meneó la cabeza alejando esos pensamientos y recorrió el baño hasta llegar a la otra puerta donde se accedía a una habitación amplia, con un gran ventanal desde el techo hacia el piso que cubría la totalidad de una pared. Al ver la vista, se le quedó la respiración atorada en la garganta: los edificios, el lago, la naturaleza. Quedó hipnotizada hasta que lo sintió pararse a su lado.

—Soy el sucesor de la corporación Aldrich-Millicent —anunció por fin. Ella lo miró asombrada—. ¿Sabes de qué estoy hablando? ¿La principal constructora de Europa? —Asintió. Hasta ella conocía esa empresa, en una de sus clases estudió uno de sus edificios que fue nombrado obra de arte por la prestigiosa Architectural Design—. Por eso estoy dirigiendo la sucursal de Estados Unidos.

Sam elevó sus cejas y tocó el vidrio para probar si era tan grueso como parecía. Todo debería hacerle sentir frío; no obstante, de alguna forma las tonalidades neutras de las paredes y las luces de la ciudad reflejadas en el piso de mármol le hacían experimentar calidez.

—Es que eres tan joven, solo tienes 27. ¿Cómo puedes dirigir? ¿Cómo sabrás cumplir las funciones de la empresa?

Oliver sonrió con suficiencia y ella lo miró, un poco cohibida.

—Tengo una especialidad de Negocios en Oxford, fui el primero de mi promoción. Y estoy trabajando en la empresa desde los doce años —explicó con calma al ver su confusión.

—Eras un niño. ¿Cuándo viviste, te divertiste? —preguntó asombrada.

—Lo dices tú —respondió, mirando hacia la ventana—, que tienes miedo hasta de ir a la rueda de la fortuna.

—Eso viene con mi carácter de artista atormentada —replicó, sonriendo.

—Entre otras cosas.

—Eh —se quejó, ofendida—. Al parecer he vivido más que tú; amores prohibidos, pérdidas prematuras, miedo a las alturas. Eso viene en el paquete de artista atormentado. Recuerda a Van Gogh, con el que tanto me comparas, se cortó una oreja por el amor de una prostituta.

—Otro imbécil que se creía enamorado de alguien que no le merecía —concluyó.

Lo observó y huyó por la retaguardia, saliendo de la habitación hacia la sala principal. Habían compartido y bromeado mucho, sin embargo el tema Michael no surgió ni una vez entre ambos después del día del parque y prefería que continuara siendo así.

—Tienes que felicitar al arquitecto —pidió para cambiar el tema.

—Gracias —respondió Oliver.

Ella se giró y lo miró molesta

—Que contrates a alguien no significa que el diseño es tuyo.

—Lo sé —contestó sonriendo.

—Entonces, felicitaciones al arquitecto, el diseño es exquisito.

—Gracias —repitió de nuevo. Ella lo observó confundida, elevando un poco su cabeza, ya que él le llevaba unos buenos veinte centímetros de diferencia en altura—. Yo creé este edificio.

Sam quedó paralizada y negó con la cabeza.

—¿Cómo puede ser eso posible? Eres un hombre de negocios. Graduado en Oxford, me lo acabas de decir.

—Y soy arquitecto —comentó divertido—. Negocios para mi abuelo, arquitectura para mí. Deseaba cooperar con la parte creativa. —La miró con algo parecido al pesar—. Ahora estoy más en el área directiva que creando cosas, no obstante este edificio fue mi primer bebé. Es una réplica. El original está en Inglaterra, aunque con algunas diferencias.

—Trabajas desde los doce, primero en promoción de negocios de Oxford, arquitecto —enumeró, mirándolo—. De verdad eres una especie de nerd.

Oliver se carcajeó. Ella ladeó la cabeza, observándolo con intensidad.

—Te gustan las vistas y la luz. —Él asintió y caminó hacia un ventanal—. Y eres mucho más de lo que muestras —anunció al recordar que el edificio era serio y juguetón a la vez.

Tal vez parecido al dueño.

—Luego de ese análisis —declaró con un tono tan burlón que hizo que ella quisiera matarlo— vamos a lo que quería mostrarte —le dijo a la vez que sujetaba su mano y la jalaba hacia las escaleras.

Sam se dejó llevar y quedó de una pieza cuando vio la habitación de la parte de arriba del apartamento.

—Asombroso —murmuró de nuevo al ver las dos paredes de cristal y un espacio tan amplio en el que se podría perder. Solo una pared era de concreto, y tenía una puerta que llevaba a un baño incluso más grande que el de abajo, pasando por un vestidor gigante. Inhaló aturdida, antes de girar hacia él—. Le faltó un detalle, arquitecto estrella —se burló mientras daba una vuelta con los brazos extendidos, sonriendo al verlo a los ojos y descubrir que con la luz de los ventanales sus ojos se volvieron casi aguamarinas.

El color de sus ojos era bastante curioso y le divertía. La semana pasada, mientras daban un paseo, vio que se le habían vuelto de una especie de castaño bastante raro, casi color oro. Su instinto de artista le hacía preguntarse cuántos tipos de verdes y de marrones podría tomar, si sus ojos llenarían toda la paleta de marrones claros y verdes dependiendo de la iluminación.

—¿Qué? —preguntó él apoyándose en el marco de la puerta principal, sacándola de sus pensamientos.

—Algo que la gente llama privacidad.

Él rio y apretó un botón que hizo que todos los vidrios se polarizaran.

Sam abrió la boca sin poder contenerse.

—Y oscuridad —balbuceó antes de ver como se cerraban los ventanales que daban a la vista de la ciudad por una especie de compuerta—. Está bien, ¿dónde están los Supersónicos? —indagó, divertida.

Oliver sonrió a su vez y entrelazó sus brazos sobre su pecho.

—¿Presumo por esas palabras que te gusta?

—No es cómo si me dieras otra opción —dijo mirándolo con indolencia.

—Entonces, múdate conmigo.

Lo miró con el ceño fruncido, confundida, y negó con la cabeza dos veces.

—¿Qué?

—Sería perfecto. Vivirías en este cuarto y yo estaría abajo. Podrías colocar tu estudio aquí —dijo, mientras caminaba a un lateral de la habitación—. Si quieres podría hablar con el contratista de la empresa para que cree una pared intermedia, o puedes inventar tú misma algo para dividir los espacios…

—Oliver —intentó interrumpirle, estaba anonadada.

—Existirán ocasiones en que me tendré que ir de viaje y tú... No sé, no importa —anunció moviendo sus manos como si desechara esas opciones—; porque tú estarás aquí y estarás bien.

—No puedo. Yo estoy apenas estudiando, no puedo costear un sitio como este.

—Sam, por eso es tan perfecto. Esto lo financia la empresa así que no me deberías nada. Además, según Susan tienes un fideicomiso con lo que te dejaron tus padres. Ella dice que con los intereses mensuales que te da el albacea mantienes tus gastos personales, hasta que a los veinticuatro dispongas por completo de la herencia. —Lo miró incrédula al escuchar una información tan privada—. Puedes costearte tus gastos sin depender de tu prima o de nadie. Y de lo demás me encargaré yo.

—¿Hablaste con Susan sobre mí? —inquirió sintiendo que la rabia empezaba a surgir dentro de su pecho. No entendía quién le otorgó a él el derecho a disponer dónde y cómo viviría.

—¿No ves lo que te estoy diciendo? Esta es la solución.

—¿La solución, de qué?

—Vamos —declaró frustrado, pasándose una mano por la cara—. No te sientes cómoda en esa casa. Piensas que estás enamorada de Michael…

—¡Estoy enamorada de Michael! —lo interrumpió y deseó encontrar algo duro para tirárselo en la cabeza—. Y ese no es tu problema.

—Tú lo hiciste mi problema cuando entraste en una crisis en pleno aeropuerto —explotó a su vez, ofuscado—. Cuándo me pediste ayuda.

—Nunca te pedí ayuda, no entiendo de qué estás hablando.

—S ...