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EL ENVíO

Sebastian Fitzek

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Fragmento

Prólogo

Cuando Emma abrió la puerta de la habitación de sus padres no imaginaba que lo hacía por última vez. Con su elefante de peluche, nunca más se acurrucaría junto a su madre a las doce y media de la noche, procurando cuidadosamente no despertar a papá mientras se deslizaba entre las sábanas; su padre, que en sueños pataleaba, murmuraba palabras incoherentes o hacía rechinar los dientes.

Ese día no pataleaba, ni murmuraba ni rechinaba los dientes. Ese día solo gemía.

—¿Papá?

La niña entró sigilosamente en la habitación desde el oscuro pasillo. El brillo plateado de la luna llena, que en esas noches primaverales de Berlín brillaba como un sol de medianoche, penetraba a través de los visillos cerrados.

Con los ojos entornados, por encima de los cuales el flequillo le colgaba como una cortina de color castaño, podía distinguir el entorno: el arcón de junco de Indias a los pies de la cama, las mesillas de noche de cristal que flanqueaban la amplia cama, el armario de puertas correderas donde antes a veces se escondía.

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Hasta que Arthur entró en su vida y le quitó las ganas de jugar al escondite.

—¿Papá? —susurró Emma, y tanteó buscando el pie desnudo de su padre que asomaba por debajo de la manta.

Ella misma solo llevaba un único calcetín, que apenas le colgaba de los dedos del pie. Había perdido el otro mientras dormía, en algún punto del trayecto entre el castillo resplandeciente del unicornio y el valle de la plateada araña voladora, que a veces la asustaba en sueños.

«Pero no me da tanto miedo como Arthur», pensó. Él no dejaba de asegurarle una y otra vez que no era malvado, pero ¿podía confiar en él?

Emma presionó el elefante contra su pecho. Notaba su lengua como un trozo de goma de mascar que se pegaba al paladar. Apenas había oído el hilo de su propia voz, así que volvió a intentarlo.

—Despierta, papá.

Le tiró del dedo gordo. Él retiró el pie y se volvió de lado sin dejar de gemir. Al hacerlo, levantó la manta y entonces Emma percibió el olor de su padre dormido; estaba segura de que podría reconocerlo solo por ese olor, incluso con los ojos cerrados y en medio de otros adultos, gracias a ese aroma, esa mezcla de tabaco y agua de colonia que le era tan familiar, que tanto le agradaba.

Reflexionó un instante: tal vez sería mejor intentarlo con su madre. Ella siempre estaba ahí para ella, mientras que su padre se enfadaba a menudo. En general, Emma no tenía idea de qué había hecho cuando las puertas se cerraban con tanto estrépito que toda la casa temblaba. Después su madre decía que su padre tampoco lo sabía con exactitud. Que se trataba de una «corlirica», o algo por el estilo, y que luego se arrepentía de haberse enfadado. Y de vez en cuando, muy rara vez, incluso se lo decía él mismo: entraba en la habitación de Emma, le rozaba la mejilla anegada en lágrimas, le acariciaba el pelo y le decía que ser adulto era muy complicado debido a las responsabilidades, los problemas y esas cosas. Para Emma, esos escasos momentos eran los más dichosos del mundo, y ahora lo que ansiaba era un momento de esos.

Justo ese día hubiese significado mucho para ella.

«Porque tengo tanto miedo...»

—Por favor, papá, yo...

Quiso acercarse al cabecero de la cama para tocarle la frente, pero tropezó con una botella.

«¡Oh, no...!»

Debido a su inquietud, había olvidado que mamá y papá siempre dejaban una botella de agua junto a la cama, por si tenían sed durante la noche. Para Emma, cuando la botella cayó y rodó por el parqué, fue como si un tren de mercancías recorriera la habitación: el ruido parecía ensordecedor, como si la oscuridad lo aumentara todavía más.

La luz se encendió.

Del lado de su madre.

Emma soltó un gritito.

—¿Ratoncito? —oyó que preguntaba su madre, que, iluminada por su lámpara de lectura, parecía una santa. Una santa despeinada con los pliegues de la almohada marcados en la cara.

Entonces el padre despertó y también abrió los ojos, sobresaltado.

—¿Qué demonios?, maldita sea... —exclamó y miró en derredor, tratando de orientarse.

Era evidente que acababa de despertar de una pesadilla, en la que tal vez aún estaba sumido. Se incorporó.

—¿Qué te pasa, cielo? —quiso saber su madre.

Antes de que Emma pudiera contestar, su padre gritó:

—¡Maldita mierda!

—¡Thomas! —lo reprendió su mujer.

Él alzó la voz aún más y agitó las manos señalando a su hija.

—¡Mierda! ¿Cuántas veces te he dicho...

—¡Thomas!

—... que de noche has de dejarnos en paz?

—Pero mi... mi armario... —balbuceó Emma, y sus ojos se humedecieron.

—¡No, otra vez no! —siguió vociferando su padre.

Los intentos de apaciguarlo de su madre solo parecían enfurecerlo más.

—Arthur —explicó Emma—. El fantasma. Vuelve a estar ahí, en el armario. Debéis venir conmigo, por favor, o tal vez me haga daño de verdad.

Su padre jadeaba y su mirada se ensombreció, sus labios temblaban. Durante un instante se pareció a Arthur, tal como Emma se lo imaginaba: como un pequeño diablo sudoroso, panzón y calvo.

—Y una mierda: no vamos a ir. Emma, lárgate ahora mismo o yo te haré daño. ¡Y no tal vez, sino con toda seguridad!

—¡Thomas! —volvió a exclamar su madre, y Emma se tambaleó hacia atrás.

Las palabras la golpearon, con mayor violencia que la esquina de la mesa de pimpón contra la que el mes anterior se había golpeado la cara accidentalmente. Los ojos se le llenaron de lágrimas y la mejilla le ardió, como si su padre la hubiese abofeteado, aunque él ni siquiera había alzado la mano.

—No puedes hablarle así a tu hija —dijo su madre, temerosa y en voz baja, casi suplicando.

—Le hablo como me da la gana. Es hora de que aprenda que no puede irrumpir aquí todas las noches...

—Es una niña de seis años.

—Y yo soy un hombre de cuarenta y cuatro, pero supongo que en esta casa mis necesidades no cuentan, ¿verdad?

Emma dejó caer su elefante y ni siquiera se dio cuenta. Se dirigió a la puerta y abandonó la habitación como arrastrada por el invisible hilo de una marioneta.

—Thomas...

—Deja de repetir «Thomas» —replicó él—. Solo hace media hora que pegué ojo. Si mañana por la mañana no estoy en forma en el juzgado, si pierdo este juicio, entonces se acabará el bufete y tú podrás olvidarte de todo esto: la casa, tu coche, el bebé...

—Sé que...

—No sabes nada. Emma ya nos cuesta mucho dinero, pero tú te empeñaste en tener un segundo mocoso que no me dejará dormir nunca más. Joder, aquí soy el único que gana dinero, como tal vez hayas notado. ¡Y necesito dormir!

Emma ya había recorrido la mitad del pasillo, pero la voz de su padre no disminuyó de volumen. Solo la de su madre.

—Tranquilo, Thomas, cariño, relájate.

—¡¿Cómo quieres que me relaje?!

—Deja que me ocupe de ti, por favor. Ahora me ocuparé de ti, ¿vale?

—¡¿De mí?! Desde que has vuelto a quedar embarazada solo te ocupas de ti misma...

—Lo sé, lo sé. Ese fue mi error. Vamos, deja que...

Emma cerró la puerta de su habitación y dejó fuera las voces de sus padres. Al menos fuera de su habitación, aunque no de su cabeza.

«¡Lárgate ahora mismo o...!»

Se restregó las lágrimas y aguardó a que desapareciera el zumbido de sus oídos, pero eso no ocurrió, como tampoco desapareció la luz de la luna de su habitación, que allí parecía más clara que en la de sus padres. Las persianas venecianas eran muy delgadas y, además, por encima de su cama resplandecían las estrellas luminosas pegadas al techo.

«Mi cama.»

Emma quería ocultarse allí y llorar bajo la manta, pero solo podría hacerlo tras asegurarse de que el fantasma no seguía acuclillado en su escondite. Que no volvería a abalanzarse sobre ella mientras dormía, sino que habría desaparecido, al igual que cada vez que mamá la acompañaba para que ella lo comprobara.

El viejo armario rústico era un monstruo cuyas puertas de roble estaban cubiertas de toscas tallas; al abrirlas, imitaban la risa áspera de una vieja bruja. Como en ese instante.

«Por favor, que haya desaparecido.»

—¿Hola? —dijo Emma al agujero negro ante sus ojos.

El armario era tan grande que sus pertenencias únicamente ocupaban el lado izquierdo. Al otro lado había lugar para las toallas y los manteles de su madre.

Y para Arthur.

—Hola —contestó el fantasma de voz profunda. Como siempre, sonaba como si se cubriera la boca con la mano o un paño.

Emma soltó un gritito, pero curiosamente no sintió aquel temor intenso, ese que todo lo abarcaba, como la primera vez que oyó ruidos en el interior del armario y fue a ver qué era.

«Quizás el miedo es como un paquete de gominolas —pensó—. Y ya me las comí todas en la habitación de mis padres.»

—¿Todavía estás ahí?

—Por supuesto. ¿Creíste que te dejaría sola?

«Me hubiera gustado.»

—¿Y si mi papá hubiera venido a ver qué pasaba?

—Sabía que él no vendría —repuso Arthur, riendo en voz baja.

—¿Por qué?

—¿Es que alguna vez se ha ocupado de ti?

Emma vaciló.

—Sí. —«Bueno... no lo sé»—. Pero mamá...

—Tu mamá es débil. Por eso estoy aquí.

—¿Tú? —dijo la niña, alzando la nariz.

—Dime... —Arthur hizo una pequeña pausa y su voz se volvió más profunda—. ¿Has llorado?

Ella asintió con la cabeza. No sabía si el fantasma podía verla, pero quizá no necesitaba luz para ver. Tal vez ni siquiera tenía ojos, no estaba segura, puesto que nunca lo había visto.

—¿Qué pasó? —quiso saber Arthur.

—Papá se enfadó.

—¿Qué dijo?

—Dijo... —Emma tragó saliva: una cosa era oír las palabras en su propia cabeza, y otra muy distinta pronunciarlas en voz alta. Era doloroso. Pero Arthur insistió y a ella la inquietaba que él se pusiera tan furioso como papá, así que lo repitió—: Lárgate ahora mismo o te haré daño.

—¿Eso dijo?

Emma volvió a asentir y, en efecto, Arthur parecía capaz de verla en la oscuridad, porque reaccionó a su gesto. Soltó un gruñido de desaprobación y entonces sucedió algo asombroso: Arthur abandonó su escondite. Por primera vez.

El fantasma, que era mucho más grande de lo que ella imaginaba, apartó varias perchas y, mientras salía del armario, se pasó los dedos enguantados por el pelo.

—Ahora puedes acostarte en la cama, Emma.

Ella alzó la vista, lo miró y se quedó de piedra. En vez de un rostro vio una imagen deformada de sí misma, como si se contemplara en el espejo de una cámara de los horrores. Tardó un momento en darse cuenta de que Arthur llevaba un casco de motorista en cuyo visor veía su viva imagen deformada y convertida en una mueca.

—Vuelvo enseguida —dijo él, y se dirigió a la puerta.

Algo de sus andares le resultó conocido, pero el objeto puntiagudo que él sostenía en la mano la distrajo.

Pasarían años antes de que Emma comprendiera que se había tratado de una jeringuilla provista de una larga aguja que, a la luz de la luna, despedía un brillo plateado.

 

A quien miente una vez, no le creen, aunque entonces diga la verdad.

Proverbio

1

Veintiocho años después

«¡No me hagáis esto! ¡Juro que os he mentido, me lo he inventado todo, de verdad! ¡Por favor, no...!»

Los espectadores, casi exclusivamente hombres, se esforzaban por adoptar una expresión indiferente mientras observaban en la pantalla cómo maltrataban a una mujer medio desnuda de pelo negro.

«¡Dios mío, vais a cometer un terrible error! ¡No tengo ninguna enfermedad! ¡Socorro!»

Sus gritos resonaban en la habitación estéril y pintada de blanco, las palabras se comprendían perfectamente; más adelante, allí nadie podría justificarse afirmando que se trataba de un malentendido.

Aquella mujer no quería eso que le estaban haciendo.

No obstante, el técnico barbudo y un tanto obeso le clavó la jeringuilla en el ángulo del brazo inmovilizado. Tampoco le quitaron los electrodos fijados a su frente y sus sienes, ni el anillo de junta que le rodeaba el cráneo, con el que se parecía a uno de esos torturados monos de laboratorio a los que trepanan el cráneo e introducen sondas en el cerebro. En el fondo, lo que estaban por hacerle a aquella mujer no se diferenciaba mucho de eso.

Una vez que la anestesia y el relajante muscular surtieron efecto, entraron otros técnicos y comenzaron a aplicarle descargas eléctricas. Descargas de 475 voltios repetidas diecisiete veces, hasta que le provocaron un ataque epiléptico.

Desde el ángulo inclinado de la cámara de seguridad no se apreciaba si la mujer de pelo negro se encabritaba o si los espasmos agitaban sus miembros: las espaldas de las figuras con batas y mascarillas impedían la visión de los espectadores. Pero los gritos habían cesado y al final también se detuvo la proyección. Las luces de la sala volvieron a encenderse.

—Lo que acaban de ver es un caso muy chocante... —empezó la doctora Emma Stein y se interrumpió para acercarse el micrófono, a fin de que los invitados al simposio pudieran escucharla mejor. Lamentó haber rechazado el taburete que le había ofrecido el técnico durante la prueba de sonido. Normalmente, ella misma lo hubiera solicitado, pero el individuo del mono azul había sonreído con tanta suficiencia que Emma rechazó el taburete, y por eso ahora se veía obligada a ponerse de puntillas detrás del atril—. Como decía, un caso muy chocante de un tratamiento psiquiátrico dado por obsoleto hace tiempo.

Al igual que la propia Emma, la mayoría de los presentes también eran psiquiatras, así que no resultaba necesario explicarles que su crítica no se refería al método de la terapia electroconvulsiva; por más medieval que pudiera parecer la idea de aplicar corriente eléctrica a un cerebro humano, los resultados en la batalla contra las psicosis y las depresiones eran sumamente prometedores. Efectuado bajo anestesia total, el tratamiento casi no tenía efectos secundarios.

—Logramos sacar de contrabando estas grabaciones de una cámara de seguridad de una sala de operaciones de la clínica hamburguesa Orphelio. La paciente, cuyo destino acaban de observar en parte, fue ingresada en la clínica el tres de mayo del año pasado. En el informe de ingreso se le diagnosticó una psicosis esquizoide, basándose únicamente en las declaraciones que la mujer, de treinta y cuatro años, hizo durante el ingreso. Y eso que estaba perfectamente sana. La supuesta enferma solo había fingido sus síntomas.

—¿Por qué? —preguntó alguien cuyo rostro permanecía oculto en la semipenumbra reinante, sentado a la izquierda de Emma, más o menos en el centro de la sala.

El hombre casi tuvo que elevar la voz para hacerse oír en aquella sala semejante a un anfiteatro. Para su simposio profesional anual, la Sociedad Alemana de Psiquiatría había alquilado la sala principal del Centro Internacional de Congresos de Berlín. Desde el exterior, el CIC se asemejaba a una estación espacial plateada arrojada desde el infinito cosmos directamente a los pies de la torre de radiodifusión. Sin embargo, al entrar en el edificio, de los años setenta y tal vez contaminado de amianto (los expertos no se ponían de acuerdo al respecto), más que en ciencia ficción uno tendía a pensar en una película retro. En el interior predominaban el cromado, el cristal y el cuero negro.

Emma deslizó la mirada por las hileras de sillas ocupadas por los numerosos asistentes, pero no logró distinguir al hombre que preguntaba, así que dirigió la voz hacia donde supuso que se encontraba.

—Una contrapregunta: ¿recuerda los experimentos Rosenhan?

Un colega de mayor edad, sentado en una silla de ruedas al lado de la primera fila, asintió con la cabeza.

—Fueron llevados a cabo por primera vez a finales de los sesenta y principios de los setenta con el fin de testar la fiabilidad de las prognosis psiquiátricas.

Como siempre que estaba un poco nerviosa, Emma se enrolló un mechón de sus espesos cabellos castaños en un dedo. No había comido nada antes de su disertación para evitar sentirse pesada o eructar. Entonces su estómago protestó tan sonoramente que temió que el micrófono amplificara los crujidos y alimentara aún más las bromas que, con toda seguridad, circulaban sobre su gordo trasero, un elemento que perjudicaba su estética debido a que el resto de su cuerpo era más bien delgado.

«Arriba, palo de escoba; abajo, bola de demolición», había vuelto a pensar esa mañana al contemplarse en el espejo del cuarto de baño.

Un momento después, Philip la había abrazado por detrás y afirmado que tenía el cuerpo más bello que él jamás había tocado. Y, durante el beso de despedida ante la puerta principal, la había estrechado entre sus brazos y susurrado al oído que tenía una necesidad urgente de una terapia de pareja con la psiquiatra más erótica de Charlottenburg, en cuanto ella hubiese regresado. Ella notó que él hablaba en serio, pero también sabía que lo de hacer cumplidos se le daba muy bien a su marido. Emma había tenido que acostumbrarse a que flirtear formaba parte del carácter de Philip y rara vez desaprovechaba una oportunidad de lucirse.

—En los experimentos Rosenhan, cuyo nombre, como sabéis, se debe al psicólogo americano David Rosenhan, ocho personas sanas participaron en un test que consistió en hacerse internar en clínicas psiquiátricas: estudiantes, amas de casa, pintores, psicólogos y médicos. Durante el ingreso todos contaron la misma historia: que oían voces, voces extrañas y misteriosas que pronunciaban palabras enigmáticas. Como recordarán, todos los falsos pacientes fueron aceptados, en su mayoría con diagnósticos de esquizofrenia o psicosis maníaco-depresiva.

»Aunque era demostrable que los sujetos a estudio estaban sanos y que se comportaron de manera completamente normal tras el ingreso, los trataron durante semanas en las clínicas y en total les administraron más de dos mil pastillas.

Emma se humedeció los labios y bebió un sorbo de agua del vaso dispuesto en el atril. Se había pintado los labios, aun cuando Philip prefería que no se maquillara. Tenía una piel muy tersa, en su opinión demasiado pálida dado el intenso color de su cabello, y no le parecía que eso supusiera un «agradable contraste», tal como opinaba Philip.

—Si ustedes creen que los años setenta son historia, que todo eso ocurrió en otro siglo, en la Edad Media de las ciencias psiquiátricas, este vídeo demuestra lo contrario: ocurrió el año pasado. Esa mujer también participaba en un test. Hemos repetido los experimentos Rosenhan.

Un murmullo recorrió la sala, tal vez no tanto debido al temor ante las escandalosas consecuencias de aquello, sino más bien debido al temor de los presentes de que quizás ellos mismos fueran sometidos a un test.

—Una vez más ingresamos falsos pacientes en instituciones psiquiátricas, una vez más verificamos qué ocurría cuando personas absolutamente sanas eran ingresadas en una institución cerrada. Y los resultados fueron aterradores.

Emma bebió otro trago de agua y continuó:

—Solo basándose en una afirmación pronunciada durante su ingreso, a la mujer del vídeo le diagnosticaron una paranoia esquizoide. Después recibió tratamiento durante más de un mes, no solo mediante medicamentos y terapias verbales sino también mediante violencia directa. Como ustedes mismos han visto y oído, ella manifestó con total claridad que no quería que la sometieran a la terapia electroconvulsiva, puesto que estaba completamente sana. Sin embargo, fue obligada a recibir ese tratamiento.

»Aunque lo rechazó de manera inequívoca, aunque tras el ingreso no se comprobaron otros síntomas y aunque en diversas ocasiones ella aseguró a los médicos que su estado se había normalizado. Pero no le hicieron caso, y tampoco a los enfermeros y demás pacientes, pues a diferencia de las visitas esporádicas de los médicos, las personas con las cuales ella mantuvo un prolongado contacto estaban seguras de que esa mujer no debía estar en el pabellón de aislamiento.

Emma vio que alguien se ponía en pie en la sala. Le hizo la señal acordada al técnico y este aumentó la intensidad de la luz. Cuando distinguió un hombre alto y larguirucho de cabello ralo aguardó a que una asistente se abriera paso entre las hileras y le tendiese un micrófono.

El hombre sopló contra el micrófono y luego dijo:

—Soy Stauder-Mertens, de la Uniklinik de Colonia. Con su permiso, señora colega. Usted nos presenta deslavazados vídeos de terror cuyos orígenes y procedencia preferiríamos ignorar, y formula repugnantes afirmaciones que, si alguna vez se hicieran públicas, causarían un grave perjuicio a nuestro gremio.

—¿Quiere formular alguna pregunta? —repuso Emma.

El médico asintió con la cabeza.

—¿Dispone de algo más que la declaración de esa falsa paciente?

—La escogí personalmente para este experimento.

—Muy bien, pero ¿puede poner la mano en el fuego por ella? Me refiero a cómo sabe que esa mujer realmente está sana.

Incluso a esa distancia Emma reconoció la misma sonrisa de suficiencia que ya la había irritado cuando se la lanzó el técnico de sonido.

—¿Adónde quiere ir a parar, señor Stauder-Mertens?

—A que alguien que voluntariamente deja que lo ingresen en una institución cerrada simulando hechos falsos es una persona que (permítame formularlo con un eufemismo) debe poseer una estructura psíquica bastante peculiar. ¿Quién le dice que esa dama no sufrió esos síntomas por los que al final recibió tratamiento y que quizá solo se manifestaron durante su estancia en la clínica?

—Yo —respondió Emma.

—Vaya, ¿acaso estuvo con ella todo el tiempo? —replicó el hombre en tono irónico.

—Pues sí.

Entonces la sonrisa del hombre desapareció.

—¿Usted?

Emma asintió y la inquietud del público aumentó.

—Así es —confirmó con voz temblorosa debida a la agitación, pero también por lo monstruosa que suponía la revelación que iba a hacer—. Estimados colegas, ustedes solo vieron a esa paciente de espaldas y con el cabello teñido, pero esa mujer, que en contra de su voluntad claramente manifestada primero fue anestesiada y después sometida a descargas eléctricas, era... yo.

2

Dos horas después

Emma cogió su maleta con ruedas y vaciló al entrar en la habitación 1904, pues casi no veía nada. La escasa luz existente procedía de la miríada de luces de la capital que se extendían a sus pies diecinueve plantas más abajo. El Le Zen, situado en la Tauentzien Strasse de Berlín, era un nuevo hotel de cinco estrellas. Cromado y acristalado, disponía de más de trescientas habitaciones. Era más elevado y lujoso que los demás hoteles de la capital, pero —al menos según Emma— estaba amueblado y decorado con bastante mal gusto.

En todo caso, esa fue su primera impresión tras encontrar el interruptor junto a la puerta y encender la luz cenital.

El mobiliario parecía obra de un becario de interiorismo que hubiese tenido en cuenta todos los clichés relacionados con el modo de vida de Extremo Oriente. En la antesala, separada de la habitación contigua por una delgada puerta corredera forrada de papel de seda, había un arcón de boda chino; una alfombra de bambú se extendía desde la puerta hasta una cama baja estilo futón. Las lámparas junto a los bajos canapés se asemejaban a farolillos del desfile multicolor organizado anualmente para los niños del parvulario de la Heerstrasse, el día de San Martín. También había un enorme y elegante póster en blanco y negro, colgado entre el sofá y el armario empotrado, con un gigantesco retrato de Ai Weiwei, del suelo al techo. Hacía poco, Emma había visitado una exposición de ese extraordinario artista chino.

Apartó la vista del hombre de despeinada perilla, colgó su abrigo en el armario y sacó el móvil del bolso.

Revisó el buzón de mensajes.

Ya lo había intentado una vez, pero Philip no se ponía, como de costumbre cuando estaba de servicio. Suspirando, se acercó a la gran ventana y se quitó los Peep Toes de tacón sin los cuales su estatura se reducía a la de una quinceañera. Contempló el Kurfürstendamm mientras se acariciaba la barriga, que aún no se había abultado, todavía era demasiado pronto. Pero la idea de que allí dentro había algo que crecía, algo mucho más importante que todos los seminarios y todo el reconocimiento profesional, la tranquilizó.

Había pasado un tiempo antes de que, cinco semanas atrás, por fin apareciera la segunda rayita en el test del embarazo. Y esa rayita también era el motivo por el cual esa noche Emma no dormía en su casa, sino por primera vez en aquel hotel. De momento, su pequeña casa de la avenida Teufelssee estaba en obras, porque habían empezado a reformar el ático para instalar la habitación de los niños. Aun cuando Philip opinaba que antes del primer trimestre del embarazo tal vez fuera un tanto exagerado iniciar la construcción del nido.

Como Philip volvía a estar de servicio en otra ciudad, Emma había aceptado el bono de pernoctación que la Asociación Alemana de Psiquiatría le había ofrecido gratis a todos los disertantes invitados al congreso de dos días de duración, incluso a los que vivían en Berlín, para que durante la ceremonia nocturna (de la que Emma se había escaqueado) también pudieran beber unas copas en el salón de baile del hotel.

—La disertación acabó tal como pronosticaste —dijo Emma, dejando un mensaje para Philip—. Es verdad que no me lapidaron, pero solo porque no tenían piedras a mano. —Sonrió y añadió—: Al menos no me quitaron mi habitación de hotel, la tarjeta de acceso que me dieron junto con los documentos del congreso aún funciona.

Le mandó un beso, colgó y lo echó muchísimo de menos.

«Mejor sola aquí en el hotel que sola en casa, entre botes de pintura y tabiques derribados», pensó, tratando de convencerse de que la situación era perfecta.

Se dirigió al baño, donde, mientras se quitaba el traje sastre, buscó el mando de los altavoces de la tele instalados en el entretecho, pero en vano.

Así que tuvo que regresar a la habitación y desconectar el televisor. También allí tardó lo suyo en encontrar el mando en un cajón de la mesilla de noche, y por eso recibió una información exhaustiva sobre un accidente aéreo en Ghana y una erupción volcánica en Chile.

A continuación, un presentador de voz nasal dio una nueva información:

«La policía advierte sobre un nuevo asesino en serie. Las mujeres deben...»

Entonces presionó una tecla y apagó el sonido.

En el baño tardó unos segundos en encontrar el control de la temperatura del agua. Como era muy friolera, adoraba el agua caliente, incluso en verano. Ese día de junio había sido fresco y sobre todo ventoso, así que puso el mando digital de la ducha a cuarenta grados, el máximo que podía soportar, y esperó el hormigueo que siempre le recorría el cuerpo en cuanto el chorro de agua caliente la golpeaba.

En general, se sentía más viva en cuanto, envuelta en vapor, sentía el agua caliente sobre el cuerpo, pero ese día el efecto fue menor, también porque la presión a que la sometieron después de su disertación no se dejaba eliminar con agua y jabón de hotel.

Las reacciones a sus revelaciones —que también en el siglo XXI, y debido a diagnósticos erróneos realizados de manera chapucera, las personas corrían peligro de convertirse en juguetes de semidioses vestidos de blanco que abusaban de su poder— habían sido encendidas. Cuestionaron la validez de los resultados de sus investigaciones más de una vez. El editor de la revista científica de mayor renombre incluso había anunciado una minuciosa comprobación antes de «tomar en consideración» la publicación de un artículo sobre su trabajo.

Desde luego, tras el acto unos cuantos colegas le prometieron apoyo, pero incluso entre los pocos que le palmearon la espalda no dejó de percibir el reproche mudo en sus miradas. «¿Por qué te pusiste en peligro mediante ese estúpido intento personal? Además, ¿por qué pones en peligro tu carrera y te enfrentas a los más poderosos del sector clínico?»

Algo que Philip nunca le preguntaría. Él comprendía por qué hacía años que Emma luchaba por los derechos de los pacientes en tratamiento psiquiátrico, quienes —y debido a su dolencia psíquica— en general se enfrentaban a una mayor desconfianza que los pacientes que, por ejemplo, se quejaban de un tratamiento dental defectuoso.

Philip también comprendía el motivo por el cual ella emprendía caminos tortuosos y a veces peligrosos por esa misma causa. Sin duda, debido a que en ese punto ambos eran muy parecidos.

Él también excedía los límites de su trabajo —límites que ninguna persona normal excedía voluntariamente—, porque los psicópatas y asesinos en serie a quienes perseguía como jefe de detectives del Departamento de Perfilación de la Oficina Federal de Investigación Criminal a menudo no le dejaban opción.

Algunas parejas comparten el mismo sentido del humor, para otras, las actividades de ocio similares o un enfoque político parecido suponen la base de su relación. En cambio, a Emma y Philip les hacían gracia chistes completamente diferentes, ella no lograba que él abandonara su pasión por el fútbol; él, el amor de ell ...