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EL ESCARABAJO

Manuel Mujica Láinez  

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Fragmento

1. ENCUENTRO CON EL DIOS DEL MAR

Hacía un mes que navegábamos. Habíamos fondeado aquí y allá, en islas y más islas, a pedido del granuja, del rufián italiano, o del arqueólogo inglés. Mrs. Dolly Vanbruck accedía siempre; a ella lo único que le importaba era andar, zarpar, alzar velas, costear, arribar para volver a largarnos, y tenderse en el puente del «Lady Van», casi completamente desnuda (fue una verdadera precursora), untada de pies a cabeza, oyendo, sin oír, al inglés explicar que en Patmos, en la altura donde San Juan dictó el «Apocalipsis», el viento sopla día y noche, para asombro piadoso de los turistas, y que en Rodas lo más importante no son las murallas, ni la calle de los Caballeros, ni el palacio del Gran Maestre, sino la pequeña Afrodita arrodillada del museo, que con ambas manos levanta y escurre su cabellera de mármol. Al italiano, esas referencias y otras, más técnicas, más intrincadas, lo hacían sacudirse y alejarse hacia la proa, con irascibles silbidos y tarareos.

Por supuesto, yo prefería a Mr. Jim. Lo conocía y admiraba desde que pasé a poder de Mrs. Vanbruck, siete años atrás, y me encantaba escucharlo. Es enorme y diverso lo que aprendí de él, sobre esto y aquello, sobre Egipto, mi patria, hasta sobre la Reina Nefertari, mi adoración, hasta sobre mí mismo. En cambio lo detestaba a Giovanni, a quien había calado inmediatamente, a partir del momento infeliz en que Mrs. Vanbruck y él se encontraron, poco antes, en esa Nápoles turbulenta en la que tantos encuentros se producen, organizados por la indiferencia y la mofa del Destino, o por la habilidad de los que con el Destino colaboran, los canallas, hijos de zorras y de malandrines, cuando no vástagos de desgraciadas princesas y condesas, ansiosas de dólares y huérfanas de liras. Por lo demás, era obvio que Mr. Jim, septuagenario, reumático, puro huesos, calvicie, pipa y guiños, estaba, sin remisión ni solución, enamorado de Mrs. Vanbruck. De ello me percaté en seguida, pues no por nada soy fantásticamente viejo y experto en amores. Con igual certidumbre práctica me di cuenta al punto (pero para eso no se necesita ser un perito como yo, ya que resulta más que indudable) de que Giovanni Fornaio era un sinvergüenza. Sólo Mrs. Vanbruck no lo advertía. El resto, el capitán, el contramaestre, el telegrafista, el médico ducho en masajes, el cocinero, el pinche y los siete hombres de la tripulación, con más el inglés y yo, inseparable de la norteamericana, lo archisabíamos. Ella no; ella, pienso yo, aparecía como una combinación curiosa de ingenua de Hollywood, remilgos, ojos puestos en blanco, aleteos, dulces y sorprendidas actitudes, y de ninfa pecadora, hambrienta de hombres, con súbitas llamaradas en los ojos seráficos, lo cual compone una mixtura física y patológica ardua de conciliar, pero lo cierto es que cada uno de nosotros (también yo) ofrece a quien logra examinarlo con agudeza, una mescolanza de contradicciones. En eso, en esa ensalada o potaje de antítesis, consiste el humano interés. De no existir dicho desconcierto, el mundo (un mundo de Adanes y Evas previos a la culpa) perdería atractivo. Sobre el tema sería factible escribir páginas y páginas; se han escrito, puesto que debemos resignarnos a recordar que nada de lo que concierne al alma y su análisis, puede jactarse de poseer la seducción de la estricta novedad. Limitémonos entonces, prudentemente, a observar a Mrs. Dolly Vanbruck, untada, estirada sobre una colchoneta, en la cubierta del «Lady Van», cuidando que la sombra del velamen la proteja del sol.

Dije que está casi desnuda. Lo está. Apenas disimula, con millonaria audacia y un género breve, aquellas partes de su cuerpo cuya exhibición es proscrita por el pudor elemental de las convenciones, fuera de la higiénica o tierna intimidad. Y las manos, como siempre, diurnas o nocturnas, se esconden bajo el disfraz de los guantes. En el anular de la izquierda, sobre el ceñido forro de los dedos, arroja rayos orgullosos, no bien la mueve, el inmenso brillante de su sortija, estupendo regalo de bodas de Mr. Aloysius Vanbruck, de Filadelfia y Wall Street, difunto; y en la otra, esta vez en el dedo del medio, asimismo encima de la liviana y rosada funda, estoy yo, el Escarabajo.

Giovanni y yo dominamos, con abundancia de pormenores, el simple secreto del motivo de esos eternos guantes y su fantasía. Más allá de las puertas de los sesenta años, Mrs. Dolly Vanbruck ha logrado la trascendencia de un prodigio. Es un prodigio, un fenómeno, una creación eximia, rival de la Afrodita de Rodas; una maravilla de la ciencia; algo que en realidad debería exhibirse, no sólo para el arqueólogo, para el sinvergüenza, para el capitán, los marineros y este Escarabajo, sino para cuantos valoran los extremos de perfección que es susceptible de alcanzar la obra de arte. Cirujanos estetas, magistrales, competentes en recortar, transportar y modelar, lo han conseguido. Cuanto la configura —la cara, el cuello, el vientre, las nalgas, las piernas, los brazos— ha sido objeto de operaciones delicadas y costosas, tan sutiles que se requieren la experiencia y el buen ojo de un especialista, para detectar las ocultas puntadas que dan firmeza y armazón al artificio, al singular muñeco, recompuesto, ajustado, pintado y teñido, que es Mrs. Dolly Vanbruck, Mrs. Vanbruck acostada, ofrecida, inmóvil, sin parpadear, sin respirar casi, en la cubierta del yacht «Lady Van»; todo, con excepción de sus manos. Sus manos fueron invencibles. Los años, la avanzada madurez, la desagradable carga que Mrs. Vanbruck pretendía haber suprimido, gracias a los doctores en juventud, hallaron refugio para su postrer rebeldía, más fuerte que el asedio de los bisturíes, en las trincheras de las arrugas, en los bastiones de las artríticas falanges, en los tortuosos pasadizos de las venas, en las pecas amarillas como la muerte, en la crueldad de esas manos, delatoras, invulnerables. He ahí la justificación de dos guantes permanentes, supremo recurso. Puesto que no se redujo y asimiló al enemigo, por lo menos se lo descartó, eliminando su visible y sexagenaria agresividad. Y se difundió la versión, apenas aceptada por algunos papanatas, de que aquello de los guantes era una originalidad más, de las muchas que caracterizaban a Mrs. Vanbruck, quien se resistía a tocar, a rozar lo que fuera, sin la defensa aisladora de sus estuches. Acumulaba cientos de pares, confeccionados con los materiales y los colores más distintos, y en cualquier tiempo, a cualquier hora, el Brillante de Mr. Aloysius Vanbruck en la siniestra, y en la diestra yo, el Escarabajo egipcio de lapislázuli, comprado en París siete años atrás, lucíamos sobre los guantes variados. Aún en las oportunidades que imponían una celosa reclusión y una plena desnudez, cuando Mrs. Vanbruck gozaba de lo que Giovanni Fornaio, que casi hubiera podido ser su nieto, no estaba en situación de negarle, atreviéndose entonces la pobre y rica señora a sonreír por demás, pese a los consejos de los cirujanos, aún en esas vigilias agitadas, el Brillante y yo nos hallábamos presentes, cada uno en nuestro sitio, sobre el que había dejado de ser guante para convertirse en mitón, y descubría únicamente los dedos, obscenamente desvestidos y codiciosos de palpar, de acariciar, de hurgar, de manipular, de experimentar, de sentir. Y allá íbamos de viaje, el Brillante y el Escarabajo, recorriendo el cuerpo velludo del italiano, cada uno en un tapizado carruaje veloz, del que tiraban cinco animalitos nerviosos; el Brillante, chisporroteando de alegría, pues es evidente que lo fascinaban esos lúbricos paseos; yo, recatándome, por fidelidad a la Reina Nefertari, mi amor, mi amor perenne, pero interesándome, ¿a qué negarlo?, por las siempre instructivas excursiones. ¡Cuántas giras semejantes emprendimos, a través del napolitano! ¡Cuántas! Y ¡cuántos periplos, siguiendo itinerarios cambiantes, realizamos a lo largo de otros cuerpos jóvenes, guiados por la voluntad imperiosa de Mrs. Vanbruck! Notoriamente, la espléndida piedra tallada del izquierdo anular, de la cual Mrs. Dolly era dueña desde hacía más de tres decenios, había llevado a fin esas expediciones, incluyendo las de las estructura de Mr. Aloysius, con harta ventaja cronológica, pero nunca nos fue dado cambiar impresiones al respecto, porque entre el Brillante y yo (ignoro si por soberbia o por estupidez suya, aunque me inclino a lo último) no se ha establecido ninguna comunicación.

Navegábamos, repito, hacía un mes. A solicitud de Mr. Jim, nos detuvimos primero en la isla de Kea, para ver el león colosal; luego en la de Andros, por el museíto; en Delos, a fotografiarnos entre los falos sagrados; en Milo, a causa de las ruinas prehistóricas y del lugar decepcionante donde el labrador desenterró la Venus; en Naxos, por el portal que también nos desilusionó; y no necesito decir q

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