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EL FIN DEL PODER

Moisés Naím  

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Fragmento

Prefacio
Cómo nació este libro: una nota personal

El poder puede parecer abstracto, pero para quienes están más en sintonía con él —es decir, los poderosos—, sus oscilaciones se viven de manera muy concreta. Al fin y al cabo, las personas con poder son quienes mejor detectan tanto sus posibilidades como los límites de lo que pueden hacer con él. Con frecuencia, esto los lleva a sentirse frustrados por la distancia que existe entre el poder que los demás suponen que tienen y el que en realidad poseen. Yo viví esa experiencia intensamente. En febrero de 1989 me acababan de nombrar, a los treinta y seis años, ministro de Fomento de mi país, Venezuela. Poco después de obtener una victoria electoral abrumadora, estalló en Caracas una fuerte oleada de saqueos y disturbios callejeros —desencadenados por la inquietud que despertaban los planes de recortar subsidios y subir los precios del combustible— que paralizaron la ciudad en medio de la violencia, el miedo y el caos. De pronto, a pesar de nuestra victoria y el claro mandato de cambio que los votantes parecían habernos otorgado, el programa de reformas económicas que habíamos defendido adquirió un significado muy diferente. En vez de simbolizar la esperanza de un futuro más próspero, justo y estable, el programa se percibía como la causa de la violencia callejera y del aumento de la pobreza y las desigualdades.

Tardé años en comprender del todo la lección más profunda que me dejó esa experiencia. Se trataba, como ya dije, de la enorme brecha entre la percepción y la realidad de mi poder. En principio, al ser uno de los principales ministros del área económica, yo gozaba de enorme poder. Sin embargo, en la práctica, no tenía más que una limitadísima capacidad de emplear recursos, de movilizar personas y organizaciones y, en términos generales, de hacer que las cosas sucedieran. Mis colegas tenían el mismo sentimiento, y creo que incluso el presidente, aunque no hablábamos de ello y nos resistíamos a reconocer que nuestro gobierno era un gigante lento, torpe y débil. ¿Cómo explicarlo? En esos momentos se lo atribuí a la legendaria precariedad institucional de Venezuela. Mi explicación era que nuestra impotencia se debía a la ineficiencia, la debilidad y el mal funcionamiento, conocidos y profundos, de nuestros organismos públicos. La imposibilidad de ejercer el poder desde el gobierno seguramente no era tan pronunciada en otros países con el mismo nivel de desarrollo, suponía yo.

Me equivocaba. Más tarde descubriría que mis experiencias en el gobierno de Venezuela eran muy comunes y que, de hecho, eran la norma en muchos otros países. Fernando Henrique Cardoso —el respetado ex presidente de Brasil, padre del reciente éxito económico de su país— me lo resumió. «Siempre me sorprendía ver el poder que me atribuía la gente —me dijo cuando le entrevisté para este libro—. Incluso personas bien informadas y con preparación política venían a mi despacho a pedirme cosas que demostraban que me atribuían mucho más poder que el que en realidad tenía. Siempre pensaba: “Si supieran lo limitado que es el poder de cualquier presidente en nuestros tiempos”. Cuando me reúno con otros jefes de Estado, solemos tener anécdotas muy similares en este sentido. La brecha entre nuestro verdadero poder y lo que la gente espera de nosotros es lo que genera las presiones más difíciles que debe soportar cualquier jefe de Estado».

Algo parecido me dijo Joschka Fischer, uno de los políticos más populares de Alemania y antiguo vicecanciller y ministro de Exteriores. «El poder me fascinó y me atrajo desde joven —me dijo Fischer—. Una de mis mayores sorpresas fue descubrir que los grandes palacios oficiales y todos los demás símbolos del poder del gobierno eran, en realidad, una escenografía bastante hueca. La arquitectura imperial de los palacios oficiales oculta lo limitado que es en la práctica el poder de quienes trabajan en ellos.»

Con el tiempo, empecé a oír comentarios semejantes no solo de jefes de Estado y ministros, sino también de líderes empresariales y dirigentes de organizaciones en los más variados ámbitos. Pronto me di cuenta de que ahí pasaba algo, de que no se trataba solo de que los poderosos se quejaran de la brecha entre su poder supuesto y su poder real. Era el poder mismo lo que estaba sufriendo mutaciones muy profundas. Todos los años, desde 1990, asisto a la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos, a la que acuden muchas de las personas más poderosas del mundo (empresarios, jefes de gobierno, líderes de la política, medios de comunicación, organizaciones no gubernamentales, ciencia, religión, cultura, etcétera). Es más, he tenido la fortuna de estar presente e intervenir en casi todas las reuniones de poder más selectas del mundo, como la Conferencia Bilderberg, la reunión anual de magnates de los medios y el espectáculo en Sun Valley y las asambleas anuales del Fondo Monetario Internacional. Mis conversaciones con otros participantes han confirmado mi sospecha: los poderosos tienen cada vez más limitaciones para ejercer el poder que sin duda poseen. Las respuestas a mis preguntas siempre han ido en la misma dirección: el poder es cada vez más débil, más transitorio, más limitado. De ninguna manera quiero decir que en el mundo no haya muchísima gente e instituciones con un inmenso poder. Eso es así y es obvio. Pero lo que también es cierto —aunque menos obvio— es que el poder se está volviendo cada vez más débil y, por tanto, más efímero.

Mi propósito en este libro es delinear las repercusiones de la degradación del poder. En las páginas que siguen examino ese proceso de degradación —sus causas, manifestaciones y consecuencias— desde el punto de vista de los efectos que tiene no solo para la pequeña minoría que más tiene y más manda. Mi principal interés es explicar lo que significan estas tendencias para todos nosotros y escudriñar de qué manera se está reconfigurando el mundo en el que vivimos.

Moisés Naím

Octubre de 2013

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La degradación del poder

Este es un libro sobre el poder.

En concreto, sobre el hecho de que el poder —la capacidad de lograr que otros hagan o dejen de hacer algo— está experimentando una transformación histórica y trascendental.

El poder se está dispersando cada vez más y los grandes actores tradicionales (gobiernos, ejércitos, empresas, sindicatos, etcétera) se ven enfrentados a nuevos y sorprendentes rivales, algunos mucho más pequeños en tamaño y recursos. Además, quienes controlan el poder ven más restringido lo que pueden hacer con él.

Solemos malinterpretar o incluso ignorar del todo la magnitud, la naturaleza y las consecuencias de la profunda transformación que está sufriendo el poder en estos tiempos. Resulta tentador centrarse exclusivamente en el efecto de internet y las nuevas tecnologías de la comunicación en general, en los movimientos del poder en una u otra dirección o en si el poder «blando» de la cultura está desplazando al poder «duro» de los ejércitos. Pero estas perspectivas son incompletas. De hecho, pueden enturbiar nuestra comprensión de las grandes fuerzas que están cambiando la forma de adquirir, usar, conservar y perder el poder.

Sabemos que el poder está fluyendo de quienes tienen más fuerza bruta a quienes tienen más conocimientos, de los países del norte a los del sur y de Occidente a Oriente, de los viejos gigantes empresariales a empresas más jóvenes y ágiles, de los dictadores aferrados al poder a la gente que protesta en plazas y calles y, en algunos países, hasta comenzamos a ver cómo va pasando de hombres a mujeres y de los más viejos a los jóvenes. Pero decir que el poder está pasando de un continente o de un país a otro o que está dispersándose entre muchos actores nuevos no basta. El poder está sufriendo una transformación fundamental que no se ha reconocido ni comprendido lo suficiente. Mientras los estados, las empresas, los partidos políticos, los movimientos sociales, las instituciones y los líderes individuales rivalizan por el poder como han hecho siempre, el poder en sí —eso por lo que luchan tan desesperadamente, lo que tanto desean obtener y conservar— está perdiendo eficacia.

El poder se está degradando.

En pocas palabras, el poder ya no es lo que era. En el siglo XXI, el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder. Desde las salas de juntas y las zonas de combate hasta el ciberespacio, las luchas de poder son tan intensas como lo han sido siempre, pero cada vez dan menos resultados. La ferocidad de estas batallas oculta el carácter cada vez más evanescente del poder. Por eso, ser capaces de comprender cómo está perdiendo el poder su valor —y de afrontar los difíciles retos que ello supone— es la clave para asimilar una de las tendencias más importantes que están transformando el mundo en el siglo XXI.

Esto no quiere decir, repito, que el poder haya desaparecido ni que no existan todavía personas que lo poseen, y en abundancia. Los presidentes de Estados Unidos y China, los consejeros delegados de J. P. Morgan, Shell Oil o Microsoft, la directora de The New York Times, la directora del Fondo Monetario Internacional y el Papa siguen ejerciendo un poder inmenso. Pero menos que el que tenían sus predecesores. Las personas que ocuparon esos cargos con anterioridad no solo tenían que hacer frente a menos rivales, sino que también estaban sometidos a menos limitaciones —las que imponen el activismo ciudadano, los mercados financieros mundiales, el escrutinio de los medios de comunicación o la proliferación de rivales— a la hora de utilizar ese poder. Como consecuencia, los poderosos de hoy suelen pagar por sus errores un precio más elevado y más inmediato que sus predecesores. A su vez, su reacción ante esa nueva realidad está alterando el comportamiento de las personas sobre las que ejercen el poder que tienen y poniendo en marcha una reacción en cadena que afecta a todos los aspectos de la interacción humana.

La degradación del poder está transformando el mundo.

El propósito de este libro es demostrar esta afirmación.

¿HAN OÍDO HABLAR DE J

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