Loading...

EL FúTBOL, DE LA MANO

Eduardo Sacheri  

0


Fragmento

Duérmete niño, duérmete ya

Siempre me costó conciliar el sueño. Desde que era muy, pero muy chico. Algún médico con el que consultó mi madre habló de terrores nocturnos, de miedo a la oscuridad y cosas por el estilo. Pero yo siempre sospeché que no. Lo mío nunca fue temor a la oscuridad. O si alguna vez lo fue, en algún momento de mi niñez se transformó, simplemente, en un enamoramiento absoluto de la noche. Me encanta el silencio, la intimidad que generamos con las cosas, el ritmo pausado de la respiración de los otros, los que sí duermen, y construyen sin proponérselo una esfera de soledad que siempre fue capaz de cautivarme.

Alguna vez lo conté en el prólogo de algún libro. Mis viejos me regalaron una lámpara pequeña, de plástico negro, que atornillamos a la cabecera de mi cama. Una cama cucheta de las que se hacían antes, fuerte como un barco. A mi hermano mayor le tocó la de arriba, por supuesto. Lo bueno de la de abajo era que tenía, para mí, forma de vagón de tren. De tren de carga, o de camarote, como se veía en alguna película de Abbott y Costello o en algún capítulo de Los tres chiflados. Tenía techo, tenía paredes más o menos altas. Y tenía una luz para leer hasta que me venciera el sueño. De todas maneras, a veces me resultaba difícil dormirme. “Pensás demasiado”, decía mi madre, y es posible que tuviese razón.

Supongo que a muchos de ustedes, amigos lectores, les habrá sucedido cosa parecida. Y estoy seguro de que a muchos de ustedes, como a mí, algún adulto les habrá sugerido: “¿Por qué no contás ovejitas?”.

Desconozco de dónde viene esa costumbre de contar ovejas para dormir. Imagino, sin demasiada inventiva, que debe provenir de nuestro antiguo acervo cultural judeo-cristiano de sociedad pastoril, allá lejos, en nuestro remotísimo pasado.

Pero, en lo personal, debo confesar que jamás me sirvió para un reverendo pepino. Para empezar, analicemos la propia imagen. Un grupo de ovejas, detrás de una tranquera, esperan para saltarla, de una en una. A medida que saltan (teniendo la precaución de no amontonarse) uno las va numerando, y se supone que va arrebujándose en los brazos de Morfeo. Ahora bien: ¿hay cosa más antinatural e inverosímil que un grupo de ovejas disponiéndose al salto sincronizado de la tranquera? La propia ridiculez del procedimiento nos produce una alarma, una inquietud que nos alerta y nos aleja del sueño. Pero sumemos otro factor: ¿cuántos de nosotros tienen a las ovejas como una imagen familiar y cotidiana? Acá, digo, en plena Área Metropolitana de Buenos Aires. O cuando salís al campo, de vacaciones. La familiaridad de las vacas, no te lo discuto. Están por todas partes. Pero, ¿ovejas? Abundaron hasta la década de 1860, pero después, vacas y más vacas, mi amigo. Lo de las ovejas genera una extrañeza, una ajenidad, como si me dijeras: para dormirte, contá chanchos haciendo una competencia olímpica de salto en largo. Y que me disculpen los amantes del folklore onírico.

Lo que sí me sirve, lo que sí me gusta, es otro procedimiento, del que alguna vez hablé en el pasado, pero no viene mal reflotarlo: si me cuesta conciliar el sueño, una buena manera de tranquilizarme consiste en meter goles de tiro libre. Eso sí es una actividad sedativa, relajante, preparatoria de un descanso reparador.

Ahora, sin costo alguno, y si me permiten, paso a dar las directivas básicas del asunto.

Para empezar, debe el lector organizar mentalmente el escenario. Evítense las multitudes. Éstas pueden provocarle mucha adrenalina, mucha energía y todo lo que usted quiera, pero si se va a imaginar pateando tiros libres delante de cincuenta mil fulanos me va a levantar un nivel tan alto de ansiedad que después usted no se me duerme ni por equivocación, mi amigo. De manera que no. Me evita el público. No me ponga esa cara. Si quiere situar su fantasía en su cancha, esa cancha que usted tanto quiere porque es la de su equipo, vaya y pase. Pero por lo menos me vacía las tribunas. De todos modos, y como me siento un poco responsable del experimento, voy a permitirme hacer una sugerencia. Búsquese una cancha bien chúcara, de esas que abundan en los campos de deportes de los sindicatos y en los clubes de pueblo. Tiene que tener arcos. Eso sí. Los necesitamos. Pero no nos hacen falta tribunas. Ni alambra

Recibe antes que nadie historias como ésta