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EL GHETTO DE LAS OCHO PUERTAS

Alejandro Parisi  

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Fragmento

Salvo por los secuestros, las desapariciones y los asesinatos arbitrarios, si es que este peligro era leve, el primer año de la ocupación alemana transcurrió sin mayores novedades. Al menos para nuestra familia.

El 1 de septiembre de ese año, 1940, un edicto del gobernador nazi de Polonia estableció que todos los judíos debíamos entregar nuestros bienes a las SS. Lo único que se podía conservar era la cantidad de mil zlotys en efectivo por familia. Este duro golpe agitó las calles de Varsovia: las SS registraron casa por casa en busca de joyas, dinero, títulos de propiedad. Aquellos que eran descubiertos escondiendo dinero eran fusilados sin más explicaciones.

Los disparos se oían en cada calle, en cada rincón de Varsovia. Hombres y mujeres se rasgaban las ropas, lloraban y gritaban ante la risa de los alemanes, que organizaron el saqueo con esa obsesión burocrática con que hacían todo. Aunque se suponía que los bienes expropiados debían servir para engrosar las cuentas de Reich y financiar la guerra, los soldados alemanes se apuraban en esconderse fajos de billetes y joyas entre las ropas.

A pesar de la amenaza que significaba ser descubiertos, muchos de nosotros logramos esconder una parte de nuestros bienes en trampas disimuladas con alfombras, en cajones de doble fondo, y no faltaron los desesperados que se comieron diamantes y anillos de oro para salvarlos de la requisa.

Pero los alemanes no se conformaron con marcarnos y robarnos. Otro edicto, publicado a mediado de mes, ordenaba a todos los judíos de Varsovia mudarse al barrio judío antes del 31 de octubre. Vencido el plazo, cualquiera que fuera visto en la zona aria, como llamaron al resto de la ciudad que no era el barrio judío, también sería apresado.

Al leer aquella orden, sentí una enorme desolación. A pesar de que vivíamos a apenas una cuadra de distancia de los límites del barrio judío establecidos por los alemanes, esto significó que debíamos mudarnos. Al principio me opuse a dejar nuestro departamento. Luego, mamá dijo que la guerra no podía durar por siempre, que pronto llegaría el día en que los alemanes fueran vencidos y todo volvería a la normalidad y nosotras a nuestra casa. Eso me enojó aún más: ciega de juventud y esperanza, aún conservaba el orgullo que mi madre había sabido esconder cada vez que había sido necesario y que, por otro lado, la había mantenido con vida hasta entonces.

Gracias a Boris conseguimos un departamento en la misma calle, pero en el número 28. Aquellos días previos al vencimiento del plazo, las calles de Varsovia se llenaron de gente que, como nosotras, abandonaba su casa para mudarse a otro sitio. Judíos venidos de toda la ciudad, católicos que vivían en el barrio judío y que debían dejar sus casas para dirigirse a la zona aria, gente de todos los lugares recorría las calles cargando bultos y atillos, instrumentos musicales y muebles, ropas y reservas de comida escondidas bajo las mantas… un ir y venir de fantasmas acorralados por los edictos que, como tablas de una nueva Ley, regían nuestras vidas con la amenaza del castigo.

El 30 de octubre, después de trabajar en la fábrica, regresé a casa y junto con mamá dejamos el piso en que habían vivido y muerto mis abuelos. En silencio nos unimos a aquellas familias que arrastraban los pies, abatidos. A los judíos de Varsovia pronto se unieron los judíos de los alrededores, que eran acarreados como ganado hacia la ciudad. Familias enteras llegaban con las pocas pertenencias que habían logrado salvar de los alemanes. Los ojos de los campesinos se abrían de par en par al ver las calles de Varsovia; lejos de sus tierras, sin ningún sitio para sembrar, despojados de sus herramientas, de sus animales, se preguntaban cómo harían para sobrevivir en un lugar tan extraño. Lo habían perdido todo en manos de los alemanes y ahora debían buscarse un sitio donde dormir en una ciudad que no era la suya. Y eso no era fácil: sólo los judíos de la ciudad éramos el treinta por ciento de la población total, y el lugar que nos habían asignado ocupaba menos del tres por ciento de la superficie de Varsovia.

Nosotras habíamos conseguido un departamento pequeño, pero al menos estábamos solas y, comparadas con los demás, bastante cómodas. Sentada en la cama, la vista detenida en la manada de hombres, mujeres y niños que pasaban frente a mi ventana, me preguntaba cómo harían para vivir 350.000 personas en un sitio tan estrecho como ese. Todos nos preguntábamos lo mismo, y la respuesta era obvia: los que podían, como nosotras, viviríamos en una casa más pequeña pero con la comodidad necesaria; los otros, los pobres o los que no tenían los contactos apropiados para asegurarse una casa adecuada, vivirían hacinados: familias enteras entre cuatro paredes, sin las camas necesarias ni baños ni cocinas suficientes para todos.

Quizá sólo querían eso: marcarnos, robarnos, agruparnos… Pero no: también querían encerrarnos. Y fueron los mismos judíos quienes debieron enterrar los postes, tender los alambrados y rematarlos con alambres de púas que desalentaban hasta a los más aventureros que querían saltar la frontera. Como si eso no bastara, luego comenzaron a construir un muro de tres metros de altura que alcanzó un largo de dieciocho kilómetros. Poco a poco, ese muro se erigió como la frontera que nos separaba del mundo y de la vida. Así fuimos reunidos todos los judíos, asimilados y ortodoxos, ricos y pobres, urbanos y campesinos. El 16 de noviembre, el muro quedó terminado y el barrio judío se convirtió en el Ghetto de Varsovia.

A mediados de noviembre llegamos a Izabelín, y aunque teníamos la sensación de haber atravesado Polonia, descubrimos que sólo nos habíamos alejado quince kilómetros de Varsovia. Allí Edek buscó un lugar apartado, fácil de identificar y, sirviéndose apenas de un trozo de metal que alguna vez había sido el chasis de un camión, cavó un pozo al pie de un tilo centenario. Luego, con movimientos delicados, se arrodilló en la tierra abierta para esconder la bolsa con sus fotos familiares que había logrado conservar hasta entonces. “Y las tuyas también”, dijo de pronto, ante mi sorpresa. Me llevé una mano al cuello. “No”, dije. “Las recuperaremos cuando acabe la guerra”, dijo. Volví a negarme. Podía estar tan desquiciada como para creer que iba a salvarme, pero no tanto como para animarme a tentar a la suerte: quizá, de un modo extraño e inexplicable, aquel retrato de mi padre escrito en hebreo, junto con la herradura del alemán que llevaba en el bolsillo y la lejana muesca en mi cabeza, formaban parte de ese gran amuleto que nos había mantenido a salvo hasta entonces.

Di media vuelta y me alejé mientras Edek volvía a cubrir el pozo. De tanto caminar, los clavos de las suelas habían comenzado a despegarse y ahora me estaban lastimando el talón. Al quitarme las botas descubrí mis pies cubiertos de llagas, y eso aumentó la sensación de dolor. Debía buscar a alguien que pudiera arreglarme las botas que me había regalado Firtz si quería seguir escapando. Al fin, encontré una zapatería donde un polaco que olía a pegamento y cuero reparó mis suelas en menos de quince minutos. Entonces pensé que podría seguir mi camino sin problemas, pero al salir a la calle caí en manos de los alemanes.

Edek también había sido detenido y ahora esperaba junto a un grupo de polacos. Nos reunieron a todos en una calle y, custodiados por soldados a caballo, nos obligaron a marchar otra vez hacia el sur.

Alcanzamos Pruszkow al atardecer. La ciudad estaba repleta de polacos desplazados de Varsovia o capturados en los alrededores. Nos habían reunido allí para organizar nuestro destino inmediato. Esperamos durante horas. En

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