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EL HéROE DE LAS ERAS (NACIDOS DE LA BRUMA [MISTBORN] 3)

Brandon Sanderson  

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Fragmento

Título original: The Hero of Ages (Mistborn 3) 

Traducción: Rafael Marín Trechera 

1.ª edición: octubre 2016 

© Ediciones B, S. A., 2016 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-388-4 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contenido Dedicatoria
Agradecimientos Prólogo PRIMERA PARTE. EL LEGADO DEL SUPERVIVIENTE 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 SEGUNDA PARTE. TELA Y CRISTAL 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 TERCERA PARTE. LOS CIELOS ROTOS 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 CUARTA PARTE. HERMOSA DESTRUCTORA 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 QUINTA PARTE. CONFIANZA 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 Epílogo ARS ARCANUM Guía rápida sobre los metales Nombres y términos Resumen de libros anteriores

Para Jordan Sanderson,

que puede explicar a todo el que pregunte

cómo es tener un hermano que se pasa

la mayor parte del tiempo soñando.

(Gracias por soportarlo conmigo.)

Agradecimientos

Como siempre, debo agradecer a mucha gente el haberme ayudado a hacer de este libro lo que es hoy. Ante todo, a mi editor y a mi agente, Moshe Feder y Joshua Bilmes, por su excepcional habilidad para ayudar a que un proyecto alcance su máximo potencial. También a mi maravillosa esposa, Emily, que ha sido un gran apoyo y me ha facilitado el proceso de escritura.

Como siempre, Isaac Stewart (Nethermore.com) hizo un magnífico trabajo con los mapas, los símbolos de los capítulos y el círculo de metales alománticos. También agradezco sinceramente el arte de Jon Foster; esta ha resultado ser mi favorita de las tres portadas de Nacidos de la bruma. Gracias a Larry Yoder por ser asombroso, y a Dot Lin por el trabajo publicitario realizado para mí en Tor. A Denis Wong y Stacy Hague-Hill por la ayuda prestada a mi editor y a la siempre maravillosa Irene Gallo por su dirección artística.

Entre los lectores alfa de este libro se encuentran Paris Elliott, Emi­ly Sanderson, Krista Olsen, Ethan Skarstedt, Eric J. Ehlers, Eric Más estirado James Stone, Jillena O’Brien, C. Lee Player, Bryce Cundick/Moore, Janci Patterson, Heather Kirby, Sally Taylor, Bradley Reneer, Steve Ya no soy el chico de la librería Diamond, el general Micah Demoux, Zachary Fantasma J. Kavaney, Alan Layton, Janette Layton, Kaylynn ZoBell, Nate Hatfield, Matthew Chambers, Kristina Kugler, Daniel A. Wells, el Indivisible Peter Ahlstrom, Marianne Pease, Nicole Westenskow, Nathan Wood, John David Payne, Tom Gregory, Rebecca Dorff, Michelle Crowley, Emily Nelson, Natalia Judd, Chelise Fox, Nathan Crenshaw, Madison VanDenBerghe, Rachel Dunn y Ben OleSoon.

Doy asimismo las gracias a Jordan Sanderson, a quien está dedicado este libro, por su incansable trabajo en la página web. Jeff Creer también hizo un trabajo magnífico con el arte para BrandonSanderson.com. ¡Pásense a comprobarlo!

Prólogo

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Marsh se esforzó por matarse.

Su mano tembló mientras trataba de hacer acopio de fuerzas para obligarse a sacar el clavo de la espalda y poner fin a su monstruosa vida. Había renunciado a intentar liberarse. Tres años. Tres años como inquisidor, tres años prisionero de sus propios pensamientos. Estos años habían demostrado que no había escapatoria. Incluso ahora, su mente se nublaba.

Y entonces Aquello tomó el control. El mundo pareció vibrar a su alrededor; de pronto, podía ver con claridad. ¿Por qué había pugnado? ¿Por qué se había preocupado? Todo era como debería ser.

Dio un paso adelante. Aunque ya no veía como lo hacían los hombres normales (después de todo, grandes clavos de acero le atravesaban los ojos), sentía la sala a su alrededor. Los clavos le salían por la nuca: si la palpaba, podía notar las afiladas puntas. No había sangre.

Los clavos le daban poder. Todo quedaba contorneado con finas líneas azules alománticas, que iluminaban el mundo. La sala era de tamaño modesto, y varios compañeros (también recortados en azul, las líneas alománticas apuntando a los metales contenidos en su misma sangre) se encontraban junto a Marsh. Cada uno de ellos tenía clavos en los ojos.

Cada uno excepto el hombre atado a la mesa ante él. Marsh sonrió, cogió un clavo de la mesa que tenía al lado y lo sopesó. Su prisionero no llevaba mordaza alguna. Eso habría impedido los gritos.

—Por favor —susurró el prisionero, temblando. Incluso un mayordomo terrisano podía desmoronarse cuando se enfrentaba a su propia muerte violenta.

El hombre se debatió sin fuerza. Se hallaba en una postura muy incómoda, ya que había sido atado a la mesa encima de otra persona. La mesa había sido diseñada así, con huecos para que cupiera el cuerpo de debajo.

—¿Qué es lo que queréis? —preguntó el terrisano—. ¡No puedo deciros nada más sobre el Sínodo!

Marsh acarició el clavo de metal, palpando la punta. Había trabajo que hacer, pero vaciló, saboreando el dolor y el terror en la voz del hombre. Vaciló tanto que pudo...

Marsh se hizo con el control de su propia mente. Los olores de la sala perdieron su dulzor; apestaban a sangre y a muerte. La alegría se convirtió en horror. Su prisionero era un guardador de Terris, un hombre que había trabajado toda su vida por el bien de los demás. Matarlo sería no solo un crimen, sino una tragedia. Marsh trató de hacerse cargo de la situación, trató de forzar el brazo hacia arriba para agarrar el clavo de su espalda: si se lo quitaba, moriría.

Sin embargo, Aquello era demasiado fuerte. La fuerza. De algún modo, tenía el control sobre Marsh... y necesitaba que los otros inquisidores y él fueran sus manos. Era libre (Marsh todavía podía sentir que se regocijaba con ello), pero algo le impedía afectar demasiado al mundo por sí mismo. Una oposición. Una fuerza que se extendía sobre la Tierra como un escudo.

Aquello no estaba completo. Necesitaba más. Algo más... algo oculto. Y Marsh encontraría ese algo, se lo llevaría a su amo. El amo al que Vin había liberado. La entidad prisionera dentro del Pozo de la Ascensión.

Se llamaba a sí mismo Ruina.

Marsh sonrió cuando su prisionero se puso a llorar; entonces dio un paso al frente, alzando el clavo en su mano. Lo colocó contra el pecho del hombre sollozante. El clavo tendría que perforar el cuerpo del hombre, atravesarle el corazón, para luego entrar en el cuerpo del inquisidor atado debajo. La hemalurgia era un arte sangriento.

Por eso era tan divertida. Marsh cogió una maza y empezó a golpear.

PRIMERA PARTE

EL LEGADO DEL SUPERVIVIENTE

Soy, por desgracia, el Héroe de las Eras.

1

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Fatren entornó los ojos para contemplar el sol rojo que se ocultaba bajo su perpetua pantalla de bruma oscura. Del cielo caía una fina ceniza negra, como casi todos estos últimos días. Los gruesos copos caían sin parar, el aire era hediondo y caliente, sin el menor rastro de brisa que aliviara el estado de ánimo de Fatren. El hombre suspiró, apoyándose contra el muro de tierra, y miró hacia Vetitan. Su ciudad.

—¿Cuánto falta? —preguntó.

Druffel se rascó la nariz. Tenía la cara manchada de ceniza. De un tiempo a esta parte, no pensaba mucho en la higiene. Desde luego, considerando la tensión de los últimos meses, Fatren sabía que él mismo tampoco era gran cosa.

—Una hora, tal vez —respondió Druffel, y escupió en la tierra del muro defensivo.

Fatren suspiró y contempló la ceniza que caía.

—¿Crees que es cierto lo que dice la gente, Druffel?

—¿Qué? —preguntó Druffel—. ¿Que es el fin del mundo?

Fatren asintió.

—No lo sé —dijo Druffel—. En realidad, no me importa.

—¿Cómo puedes decir eso?

Druffel se encogió de hombros y se rascó.

—En cuanto lleguen los koloss, estaré muerto. Ese será el fin del mundo para mí.

Fatren guardó silencio. No le gustaba poner voz a sus dudas: se suponía que él era el fuerte. Cuando los lores dejaron el pueblo (una comunidad agrícola, poco más urbana que una plantación del norte), Fatren fue el que convenció a los skaa para que continuaran plantando. Él fue quien mantuvo a raya las levas de reclutamiento de soldados. En una época en que la mayoría de las aldeas y plantaciones habían perdido a todos los hombres capaces para un ejército u otro, Vetitan aún tenía población activa. Había costado gran parte de las cosechas en sobornos, pero Fatren había mantenido a la gente a salvo.

Casi siempre.

—Hoy las brumas no desaparecerán hasta mediodía —dijo Fatren en voz baja—. Cada vez duran más tiempo. Ya has visto las cosechas, Druff. No van bien..., supongo que no hay luz suficiente. No tendremos comida para este invierno.

—No duraremos hasta el invierno —dijo Druffel—. No duraremos hasta el anochecer.

Lo triste, lo que resultaba descorazonador, era que Druffel fuera en su día el optimista. Fatren no había oído reír a su hermano desde hacía meses. Aquella risa era su sonido favorito.

Ni siquiera las fábricas del lord Legislador pudieron arrancarle la sonrisa a Druffel, pensó Fatren. Pero estos dos últimos años lo han conseguido.

—¡Fats! —llamó una voz—. ¡Fats!

Fatren se volvió para ver a un joven que corría junto al muro. La construcción estaba a medio terminar: había sido idea de Druffel, antes de rendirse del todo. Su ciudad albergaba a unas siete mil personas, lo cual quería decir que era bastante grande. Había costado mucho trabajo rodearla con un muro defensivo.

Fatren tenía alrededor de un millar de soldados (había sido muy difícil reunir tantos en una población tan pequeña), y tal vez otros mil hombres que eran demasiado jóvenes, demasiado viejos o demasiado inexpertos para luchar bien. En realidad, no sabía qué tamaño tenía el ejército de los koloss, pero debía de superar las dos mil criaturas. Una muralla defensiva iba a ser de muy poca utilidad.

El muchacho, Sev, se detuvo por fin junto a Fatren, jadeando.

—¡Fats! ¡Viene alguien!

—¿Ya? —preguntó Fatren—. ¡Druffel dijo que los koloss aún estaban lejos!

—No son koloss, Fats —dijo el muchacho—. Es un hombre. ¡Ven a ver!

Fatren se volvió hacia Druff, quien se frotó la nariz y se encogió de hombros. Siguieron a Sev hacia el interior de la muralla, hacia la puerta delantera. La ceniza y el polvo se arremolinaban en la tierra compactada, se amontonaban en los rincones, se dispersaban. Últimamente, no habían tenido mucho tiempo para la limpieza. Las mujeres tenían que trabajar en el campo, mientras los hombres se entrenaban y hacían preparativos para la guerra.

Preparativos para la guerra. Fatren se decía a sí mismo que tenía un ejército de dos mil «soldados», pero lo que en realidad tenía eran mil campesinos skaa armados con espadas. Habían recibido dos años de instrucción, cierto, pero contaban con muy poca experiencia real de combate.

Un grupo de hombres se apiñaba en torno a las puertas de entrada, en el muro o junto a él. Tal vez fue un error invertir tantos recursos en adiestrar soldados, pensó Fatren. Si esos mil hombres hubieran trabajado las minas, tendríamos oro para hacer sobornos.

Solo que los koloss no aceptaban sobornos, sino que mataban sin más. Fatren se estremeció al pensar en Garthwood. Esa ciudad era más grande que la suya, pero menos de un centenar de supervivientes habían conseguido llegar a Vetitan. Eso fue tres meses atrás. Fatren había esperado, de un modo irracional, que los koloss se contentaran con la destrucción de la ciudad.

Tendría que haberlo sabido: los koloss nunca quedaban satisfechos.

Fatren se encaramó en lo alto del muro, y los soldados vestidos con ropas remendadas y trozos de cuero le abrieron paso. A través de la ceniza que caía, divisó un oscuro paisaje que parecía cubierto de profunda nieve negra.

Un jinete solitario se acercaba, ataviado con una oscura capa encapuchada.

—¿Qué te parece, Fats? —preguntó uno de los soldados—. ¿Un explorador koloss?

Fatren hizo una mueca.

—Los koloss no enviarían a un explorador, y menos aún a un explorador humano.

—Tiene un caballo —dijo Druffel con un gruñido—. Nos vendría bien otro.

En toda la ciudad solo había cinco. Todos sufrían desnutrición.

—Un mercader —dijo uno de los soldados.

—No trae mercancías —respondió Fatren—. Y tendría que ser un mercader muy valiente para viajar solo por estos territorios.

—Nunca he visto a un refugiado con un caballo —dijo otro de los hombres. Alzó un arco, mirando a Fatren.

Fatren negó con la cabeza. Nadie disparó mientras el desconocido se iba acercando, avanzando a paso despreocupado. Detuvo su montura justo ante las puertas de la población. Fatren se sentía orgulloso de ellas. Auténticas puertas de madera montadas sobre el muro de tierra. Había sacado la madera y la piedra de la mansión del señor, en el centro del pueblo.

Se veía muy poco del forastero bajo la gruesa y oscura capa que llevaba para protegerse de la ceniza. Fatren observó desde lo alto del muro, examinó al desconocido, luego miró a su hermano y se encogió de hombros. La ceniza caía en silencio.

El desconocido saltó de su caballo.

Salió disparado hacia arriba, como impulsado desde abajo, la capa sacudiéndose libre mientras volaba. Debajo llevaba un brillante uniforme blanco.

Fatren maldijo y dio un salto atrás cuando el desconocido llegó a lo alto del muro y se posó sobre la puerta de madera. Se trataba de un alomántico. Un noble. Fatren esperaba que estos se ciñeran a las peleas del norte y dejaran a su pueblo en paz.

O, al menos, que lo dejaran morir en paz.

El recién llegado se volvió. Llevaba la barba corta, y el cabello era corto y oscuro.

—Muy bien, no tenemos mucho tiempo —dijo, caminando sobre la puerta con un innatural sentido del equilibrio—. Pongámonos a trabajar.

Pasó de la puerta al muro. Druffel desenvainó su espada de inmediato y la blandió ante el recién llegado.

La espada saltó de su mano, arrancada por una fuerza invisible. El desconocido la agarró cuando pasaba sobre su cabeza. Y la volvió, inspeccionándola.

—Buen acero —dijo, asintiendo—. Estoy impresionado. ¿Cuántos de vuestros soldados van tan bien equipados?

Giró el arma en su mano, volviéndola hacia Druffel por la empuñadura.

Druffel miró a Fatren, confuso.

—¿Quién eres, forastero? —exigió Fatren con todo el valor que pudo reunir. No sabía mucho de alomancia, pero estaba bastante seguro de que aquel hombre era un nacido de la bruma. No era descabellado pensar que sería capaz de aniquilar a todos los que estaban en lo alto del muro sin apenas pensárselo.

El desconocido ignoró la pregunta y se dio la vuelta para contemplar la población.

—¿Este muro cubre todo el perímetro de la ciudad? —preguntó, volviéndose hacia uno de los soldados.

—¡Humm...! Sí, mi señor —respondió el hombre.

—¿Cuántas puertas hay?

—Solo esta, mi señor.

—Abre la puerta y deja entrar a mi caballo —dijo el recién llegado—. Supongo que tendréis establos.

—Sí, mi señor —dijo el soldado.

Vaya, pensó Fatren con insatisfacción mientras el soldado echaba a correr, este desconocido desde luego sabe dar órdenes a la gente. El soldado de Fatren ni siquiera se detuvo a pensar que estaba obedeciendo a un desconocido sin pedir permiso. Fatren vio que los otros soldados se estiraban un poco, que perdían cautela. El recién llegado hablaba como si esperara ser obedecido, y los soldados respondían. No era un noble como los que Fatren había conocido cuando servía en la mansión del señor. Este hombre era diferente.

El desconocido siguió observando la ciudad. La ceniza caía sobre su hermoso uniforme blanco, y a Fatren le pareció una lástima que el atuendo se ensuciara. El recién llegado asintió para sí, y luego empezó a bajar por el lado del muro.

—Espera —dijo Fatren, haciendo que el desconocido se detuviera—. ¿Quién eres?

El recién llegado se volvió y miró a Fatren a los ojos.

—Me llamo Elend Venture. Soy vuestro emperador.

Dicho esto, el hombre se volvió y continuó bajando por el terraplén. Los soldados le abrieron paso; muchos de ellos lo siguieron.

Fatren miró a su hermano.

—¿Emperador? —murmuró Druffel, y luego escupió.

Fatren pensaba lo mismo. ¿Qué hacer? Nunca antes había combatido contra un alomántico; ni siquiera estaba seguro de cómo empezar. Desde luego, el «emperador» había desarmado a Druffel con suma facilidad.

—Organiza a la gente de la ciudad —dijo el desconocido, Elend Venture, desde más adelante—. Los koloss vendrán por el norte. Ignorarán la puerta, rebasarán la muralla. Quiero a los niños y los ancianos concentrados en la parte sur de la ciudad. Reunidlos en el menor número de edificios posible.

—¿De qué servirá eso? —exigió Fatren. Corrió tras el «emperador»: en realidad, no veía ninguna otra opción.

—Los koloss son más peligrosos cuando tienen un deseo frenético de sangre —dijo Venture, sin dejar de caminar—. Si toman la ciudad, será mejor que pasen el mayor tiempo posible buscando a vuestra gente. Si el frenesí se consume mientras buscan, se frustrarán y se dedicarán al saqueo. Entonces puede que vuestra gente logre escapar sin ser perseguida.

Venture se detuvo, luego se volvió para mirar a Fatren a los ojos. El forastero adoptaba una sombría expresión:

—Es una esperanza tenue. Pero ya es algo.

Después continuó su camino, atravesando la calle principal de la ciudad.

Desde la retaguardia, Fatren oyó susurrar a los soldados. Todos habían oído hablar de un hombre llamado Elend Venture. Era el que se había hecho con el poder en Luthadel tras la muerte del lord Legislador hacía ya más de dos años. Las noticias del norte eran escasas y poco fiables, pero en la mayoría de ellas se mencionaba a Venture. Había eliminado a todos los aspirantes al trono, incluso había matado a su propio padre. Había ocultado su naturaleza como nacido de la bruma, y al parecer estaba casado con la mismísima mujer que había acabado con el lord Legislador. Fatren dudaba que un hombre tan importante, un hombre que debía de ser más leyenda que realidad, viniera a una ciudad tan humilde del Dominio Meridional, sobre todo sin compañía. Ni siquiera las minas valían ya mucho. El desconocido debía de estar mintiendo.

Por otra parte, estaba claro que se trataba de un alomántico...

Fatren corrió para alcanzar al desconocido. Venture (o quienquiera que fuese) se detuvo ante una gran estructura cercana al centro de la ciudad. Las antiguas oficinas del Ministerio del Acero. Fatren había ordenado tapiar con tablones las puertas y ventanas.

—¿Encontrasteis las armas ahí dentro? —preguntó Venture, volviéndose hacia Fatren.

Fatren vaciló un momento. Luego, por fin, negó con la cabeza:

—En la mansión del señor.

—¿Dejó armas? —preguntó Venture, con sorpresa.

—Creemos que pretendía volver a por ellas —respondió Fatren—. Los soldados que dejó allí acabaron desertando, y se unieron a un ejército de paso. Se llevaron lo que pudieron. Nosotros saqueamos el resto.

Venture asintió para sí, acariciándose pensativo la barbilla mientras contemplaba el antiguo edificio del Ministerio. Era alto y ominoso, a pesar de su desuso... o tal vez a causa de él.

—Vuestros hombres parecen bien adiestrados. No me lo esperaba. ¿Alguno de ellos tiene experiencia de combate?

Druffel bufó en voz baja, indicando que pensaba que el desconocido no tenía ningún derecho a ser tan fisgón.

—Nuestros hombres han luchado lo suficiente para ser peligrosos, forastero —dijo Fatren—. Algunos bandidos quisieron quitarnos la ciudad. Asumieron que éramos débiles y que nos dejaríamos intimidar con facilidad.

Si el desconocido vio las palabras como una amenaza, no lo mostró. Se limitó a asentir con la cabeza.

—¿Alguno ha luchado contra los koloss?

Fatren y Druffel intercambiaron una mirada.

—Los hombres que luchan contra los koloss no sobreviven, forastero —dijo por fin.

—Si eso fuera cierto, yo habría muerto una docena de veces —contestó Venture. Se volvió hacia la creciente multitud de soldados y lugareños—: Os enseñaré lo que pueda para luchar contra los koloss, pero no disponemos de mucho tiempo. Quiero a los capitanes y jefes de pelotón organizados en la puerta de la ciudad dentro de diez minutos. Los soldados regulares tienen que formar en fila a lo largo de la muralla. Enseñaré unos cuantos trucos a los capitanes y jefes de pelotón, y luego ellos pueden transmitirlos a sus hombres.

Algunos de los soldados se movieron; pero, dicho sea en su honor, la mayoría permaneció donde estaba. El recién llegado no pareció ofendido porque no obedecieran sus órdenes. Esperó sin impacientarse, contemplando a la multitud armada. No parecía asustado, ni furioso ni decepcionado. Tan solo parecía... regio.

—Mi señor —preguntó por fin uno de los capitanes—. ¿Has... has traído un ejército para que nos ayude?

—En realidad, he traído dos —repuso Venture—. Pero no tenemos tiempo para esperarlo. —Miró a Fatren a los ojos—. Me escribiste pidiéndome ayuda. Y, como señor tuyo, he venido a proporcionártela. ¿La sigues queriendo?

Fatren frunció el ceño. Nunca había pedido ayuda a este hombre, ni a ningún señor. Abrió la boca para objetar, pero se detuvo. Me dejará fingir que lo mandé llamar, pensó Fatren. Actuar como si esto fuera parte del plan. Yo podría dej

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