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EL HéROE DE RONCESVALLES

Richard Dubell  

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Fragmento

PRÓLOGO

Afdza Asdaq

Otoño de 777

PASO DE IBAÑETA

1

La noche convertía el bosque en un mar negro y las crestas de las montañas en lomos de monstruos que, a la luz incierta, parecían respirar entre las nubes.

Arima se aflojó el paño que le cubría la cabeza y se lo quitó. Incluso allí en lo alto, en la última altiplanicie antes de alcanzar el paso, el aire era pringoso y el viento tibio, a destiempo; el sudor le cubría la nuca. Ella y su acompañante habían cabalgado a la mayor velocidad posible, ya habían dejado atrás el convento de Roncesvalles, agazapado contra la abrupta ladera por debajo del paso de Ibañeta. Más allá y por debajo de ellos, allí donde se encontraba la entrada meridional del paso, rugía una tormenta otoñal. Por encima de las interminables y boscosas crestas de las montañas, las nubes resplandecían iluminadas por los relámpagos.

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Si la tormenta se dirigía hacia allí, un torrente helado inundaría el paso. En los Pirineos las tormentas de otoño eran las peores. Empezaban por invadir el paso —que atravesaba el macizo montañoso en el extremo noroccidental— de un aire pegajoso, seguido de lluvia, nieve, granizo y finalmente una niebla persistente. En esos momentos incluso Arima, que se había criado allí y sentía un profundo amor por su patria, se sentía pequeña y solo tolerada.

De vez en cuando las tormentas evitaban el paso. Ojalá el destino también evitara que se convirtiera en escenario de una tragedia de la cual incluso después de siglos nadie hablaría sin estremecerse. Pero solo habría motivos para confiar en ello si Arima lograba llevar a cabo su misión, una misión que se había autoimpuesto.

Pensó en los hombres que se verían envueltos en el estrago casi indefensos: a un lado los francos, al otro los sarracenos, y ambos sometidos a los mismos sufrimientos. Mañana volverían a atacarse mutuamente y no cabía duda de cuál sería el resultado de la batalla. Los francos sucumbirían y con ellos Roldán, su comandante, Roldán de Maine, el mayor héroe del ejército franco y el futuro esposo de Arima.

Arima Garcez, hija del comes Sanche Loup Garcez, señora del castillo de Roncesvalles situado en la cresta del paso, disponía de una única oportunidad para impedir la aniquilación del ejército franco.

Se volvió en la silla de montar hacia su acompañante, que se aproximaba a sus espaldas a cierta distancia. Arima sintió el impulso de espolear a su caballo, pero sabía que necesitaba un descanso.

—Te rezagas, amigo mío —dijo, sin aliento.

—Jamás me rezago, Dúnaelf, es que tengo un caballo más viejo que yo y, encima, le atemorizan las tormentas —dijo en perfecto franco, aunque con un pronunciado deje anglosajón.

—Pues entonces que se apresure a ponerse a resguardo de la lluvia —dijo Arima, que sabía que quien temía las tormentas no era el caballo sino el jinete y que el término con que se dirigía a ella cuando estaba preocupado por su seguridad (Dúnaelf, hada de las montañas) era un cumplido.

—Solo estará satisfecho cuando tenga un techo donde guarecerse.

»Cuanto antes alcancemos el campamento del ejército, tanto mayor será la posibilidad de regresar secos al castillo.

—Vaya —suspiró ella.

El acompañante de Arima alzó la cabeza y la miró a los ojos.

—Como si tú tuvieras intención de regresar a Roncesvalles una vez que hayas alcanzado la tienda del comandante del ejército.

—¡Ese es un comentario impertinente!

—Faltarle al respeto a la juventud es un privilegio de la edad.

Arima guardó silencio.

—¿Siempre resulta tan evidente? —preguntó después.

—¿Qué? ¿El lenguaje del corazón? ¿Tu mirada iluminada cuando hablas de él? Cuando hace buen día ni el sol resulta tan evidente.

—Me sorprende que no me hagas reproches.

—¿Por qué habría de hacerlos?

—Porque en general manifiestas tu opinión acerca de todo y de todos, amigo Ealhwine.

—Un momento, me confundes con otro: quien siempre tiene algún comentario que hacer acerca de todo es el maldito obispo.

—El obispo Turpín dijo lo mismo de ti.

—Humm —refunfuñó el acompañante de Arima.

La expresión burlona se borró de su rostro pálido y barbudo tras mencionar al obispo Turpín y se tornó adusta. Arima comprendió su preocupación, pero no sabía cómo remediarla; su propia inquietud era cien veces mayor y volvió a dirigir la mirada al frente.

—Hemos llegado —dijo poco después.

De pronto, tres silenciosas figuras aparecieron en el estrecho sendero. Arima vio el brillo de yelmos en la penumbra, cotas de malla y aceradas puntas de lanza. Sacó el amuleto en forma de mano de debajo de su túnica, que había mantenido oculto allí todo el tiempo, y se lo tendió a uno de los soldados. Notó su mirada cuando cogió la tibia joya y se la alcanzó al capitán de la guardia. Este contempló el amuleto en silencio y luego a Arima, después se lo devolvió sin pronunciar palabra y le franqueó el paso. El corazón de la muchacha palpitaba tan fuerte que casi creyó oír los latidos. Los guardias se confundieron con la oscuridad por detrás de ambos jinetes. No hubo problemas, tal como se lo habían anunciado. Puede que mañana la implacable batalla entre francos y sarracenos ya hubiese durado tres días, pero los soldados mantenían la disciplina. A lo lejos retumbaban los truenos y el viento traía el aroma de la lluvia.

Una mitad del campamento se encontraba bajo los árboles y la otra, al aire libre. Los soldados estaban sentados en torno a pequeñas hogueras; quien no afilaba su espada, su lanza o su hacha, se atareaba en remendar cotas de malla, botas desgarradas o escudos abollados. Arima oyó el nítido sonido de los golpes de martillo del herrero que volvía a unir las hojas rotas de las espadas y reparaba yelmos abollados. Junto a una hoguera estaba sentado un hombre delgado con las piernas cruzadas; en su regazo reposaba la cabeza de otro al que le cosía una herida abierta en la mejilla. El herido gemía y la sangre le cubría el rostro. Otros soldados heridos y lastimados formaban una larga fila ante la hoguera del médico. Nadie cantaba, nadie reía.

En cambio, por todas partes se percibía una determinación que le decía a Arima que la batalla no alcanzaría un cuarto día. Mañana los hombres saldrían victoriosos o sucumbirían, y le pareció que la suerte que correrían casi les daba igual, que lo más importante es que se acabaran las muertes. Percibió que los soldados no esperaban misericordia ni la concederían: ya solo se trataba de forzar un final.

Al tiempo que ambos caballos avanzaban al paso y se adentraban en el campamento, Arima a duras penas lograba respirar. En escasos instantes vería su rostro, tocaría sus manos, notaría su proximidad. El miedo ante lo que se proponía hacer era casi tan grande como el temor a lo que sucedería el día siguiente, pero aún mayor que su inquietud era el amor que sentía. Si no hubiera estado sentada a lomos del caballo hubiera echado a correr hasta la tienda situada en el centro del campamento, que vislumbró por detrás de las llamas de las hogueras y los guerreros acampados. Unos soldados le salieron al paso, la saludaron con la cabeza, cogieron las riendas de sus caballos y los condujeron hasta el círculo de tiendas apiñadas en torno a la del comandante. Arima dejó que la ayudaran a desmontar y en cuanto apoyó los pies en el suelo junto a Ealhwine, la tienda se abrió.

No había dejado de pensar ni un momento que se encontraría con él allí, rodeado de todo su ejército. Había decidido saludarlo con la cabeza, dejar los cumplidos a cargo de su erudito acompañante y solo cuando ambos se encontraran a solas en su tienda... solo entonces...

Él salió de la tienda y se detuvo. Ella había imaginado que llevaría cota de malla, botas, espada e incluso tal vez el yelmo ornado con una cola de caballo. Pero solo llevaba una túnica brillante que casi rozaba el suelo, estaba descalzo y llevaba suelto el largo cabello. A la luz titilante de las llamas, la cicatriz que le cruzaba el lado izquierdo de la cara se volvió borrosa y el delgado parche que cubría la cuenca vacía de su ojo casi parecía una diadema desplazada. Se había recortado la barba y cuando le lanzó una sonrisa, Arima lo olvidó todo: ese hombre era el amor de su vida.

—He contado los segundos tras recibir tu mensaje —dijo él.

Ese era el hombre por el cual se había internado de noche en un campamento militar, solo acompañada por un anciano...

—Y como guardaespaldas te acompaña el erudito más importante de nuestra época —prosiguió él y su sonrisa se ensanchó—. As-salamu alaikum, amigo Ealhwine de York.

—Sigues siendo el único que pronuncia mi nombre correctamente —gruñó Ealhwine.

Ese era el hombre con quien ella cometería la mayor traición a su pueblo, por quien rompería todos los juramentos que habían marcado su vida, y por quien traicionaría a Roldán, sobrino y paladín del rey Carlomagno, el héroe más importante de los francos, su prometido, a quien ella amaba. Lo amaba, pero no lo suficiente.

—Hé walá bahebak habibi —susurró Afdza Asdaq, el comandante del ejército sarraceno que iba a aniquilar a los francos al mando de Roldán—. Juro ante Dios que te amo, estrella mía.

—Roldán está rodeado y no tiene ninguna posibilidad —dijo más tarde, cuando los tres estaban sentados en su tienda.

Afdza había enviado a sus segundos de patrulla. Aunque de mala gana, los hombres obedecieron sin titubear. A diferencia del ejército franco, cuando un respetado comandante de los sarracenos quería algo solo tenía que ordenarlo: sus hombres siempre le obedecían. En cambio, un comandante franco siempre se enfrentaba a discusiones, tenía que persuadir si quería que sus subcomandantes y la tropa lo apoyaran. Los soldados sarracenos seguían a su general en la victoria y en la derrota y, una vez que lo habían reconocido como tal, le eran leales sin protestar. Un comandante franco estaba obligado a alcanzar la victoria: si sufría una derrota, sus hombres se apartaban de él.

Pero Roldán era un caso aparte. Sus hombres lo reverenciaban al igual que los sarracenos admiraban a Afdza, y en ese sentido ambos guardaban un curioso parecido. Roldán y Afdza...

—Se ha retirado con su ejército a un valle lateral —dijo Afdza—. La entrada es tan estrecha que podrá defenderla durante un tiempo solo con un puñado de hombres. Una posición perfecta; en su situación yo hubiese actuado del mismo modo.

Arima asintió con la cabeza, conocía la región tan bien como el patio de su castillo. Un estrecho sendero recorría una cresta abrupta hasta una depresión entre dos altas laderas, tan idílicas como mortíferas.

—Solo que ese valle no tiene salida —añadió Afdza—. Se ha atrapado a sí mismo.

—¿De cuántos guerreros dispone aún? —preguntó Ealhwine.

Afdza se encogió de hombros.

—En todo caso, los suficientes para que mañana vuelva a ser un día sangriento.

—¿Y... qué paladines siguen con vida?

—No lo sé. Bajo el yelmo y la cota de malla todos los hombres parecen iguales.

—Mientes —dijo Arima con calma.

Afdza bajó la mirada.

—Es verdad —dijo.

—¿El obispo Turpín? —preguntó Ealhwine tras una pausa.

Una breve sonrisa recorrió el rostro de Afdza.

—Todavía está vivo, muy vivo. Si el Profeta (salla-llahu ’alaihi wa salam) lo hubiese tenido a su lado, haría años que todo el mundo se hubiera convertido a la vera fe.

—¿Y Remi? —preguntó Arima tras una pausa más larga.

Los paladines eran los guerreros de élite de Carlomagno y le eran tan fieles como lo eran entre sí. Uno de ellos se hubiera sacrificado por otro antes que salvarse a sí mismo, y juntos eran guerreros temibles. Un paladín era capaz de enfrentarse a media docena de atacantes y, en el peor de los casos, solo sufría un arañazo causado por él mismo por error. Roldán también era un paladín, como el obispo Turpín y asimismo Remi de Vienne, el muchacho siempre sonriente en cuya mirada brillaba la alegría de vivir, que echaba una carrera con los galgos y era el mejor amigo que un hombre o una mujer podrían desear. Remi siempre había estado tan próximo a Roldán como un hermano. Durante los dos últimos días Afdza y sus oficiales habrían observado atentamente a los paladines, pues uno de ellos era capaz de cambiar el resultado de la batalla por sí solo, si se lo permitían. Afdza estaría muy bien informado sobre la suerte corrida por cada uno de ellos.

El sarraceno suspiró.

—Los únicos que quedan con vida son Roldán, Beggo de Septimania, Gerbert de Roselló y el obispo —contestó—. Lo siento, me hubiese gustado salvarlos a todos pero lucharon como titanes. Ninguno de ellos se hubiera dejado tomar prisionero.

Arima, que se había echado a llorar, dijo:

—Que Dios se apiade de sus almas.

—Inshalá —murmuró Afdza.

Arima le cogió la mano y la presionó contra su mejilla.

—Remi... —susurró—. Gereon, Otker, Berengar, el comes Gerold, Samo, el viejo Anskar... ¿todos muertos? —preguntó con la vista clavada en el suelo—. Ganelón de Ponthieu desearía estar muerto también.

Afdza Asdaq le lanzó una interrogativa mirada de soslayo a Ealhwine. El viejo erudito se levantó del arcón en que estaba sentado, hurgó en el saco que había traído consigo, extrajo un pergamino enrollado envuelto en cuero y lo depositó junto a Arima con un carraspeo elocuente.

—He de estirar las piernas —dijo entonces—. He pasado demasiado tiempo a lomos del caballo.

Cuando llegó a la entrada de la tienda un sonoro trueno sobre el valle lo hizo vacilar, pero se enderezó y salió fuera.

Arima se secó las lágrimas. Contempló el rostro de Afdza y rozó la vieja cicatriz con la punta de los dedos.

—¿Y tú? —musitó.

—Ni un rasguño —dijo él—. Dios me protege.

—Pensar en la muerte de Roldán me resulta insoportable. Y aún más en la tuya...

Afdza aguardó hasta que la joven se recuperó.

—No puedo salvar a Roldán, estrella mía —dijo—. Él no lo permitirá.

—Es un necio.

—No —replicó Afdza—. Es un héroe, a diferencia de mí. Yo solo soy el carnicero del valí de Medina Barshaluna, ni siquiera puedo impedir que mañana comience la peor de todas las masacres.

Ella recorrió la cicatriz con el dedo, después se inclinó hacia delante y besó a Afdza. Fue un beso prolongado y, al igual que la primera vez, despertó una oleada de pasión en su alma que, en vista de su situación, casi resultaba bochornosa, pero que apenas logró dominar. Notó que se ruborizaba, hincó los dedos en el cabello de él y apretó sus labios contra los suyos.

—Tú eres el héroe —dijo, jadeando—. Y tú puedes impedir la matanza.

—Pero ¿cómo, estrella mía, cómo?

—¿Quieres saber de dónde proviene tu cicatriz en realidad? —musitó ella. Apretó la cabeza contra el hombro de él y le susurró algo al oído.

Afdza se soltó y la miró fijamente con expresión estupefacta. De pronto una lágrima se desprendió de su ojo sano y recorrió su mejilla. Sacudió la cabeza.

—Sabes que es la verdad —murmuró Arima—. Lo sabes en tu corazón —dijo y señaló el pergamino—. Y aquí está la prueba.

Afdza trató de pronunciar palabras sensatas, pero no pudo.

—Hemos de decírselo —dijo Arima—. Llévame con él mañana, antes de que empiece la batalla. Si ambos nos presentamos ante él, nos creerá. Ayúdame a salvar a Roldán, Afdza. Por nuestro amor.

RETROSPECTIVA

La señora de Roncesvalles

Primavera de 777

CASTILLO DE RONCESVALLES

1

Hacía un buen rato que Arima notaba la presión del muslo contra el suyo. Durante unos momentos logró hacer caso omiso de la presión, pero entretanto el enfado que le provocaba era mayor que cualquier reticencia que se hubiera impuesto a sí misma. Apartarse resultó inútil: Adalric de Gascuña se había limitado a volver a acercarse.

El banquete celebrado en la sala del castillo de Roncesvalles, el guardián del paso de Ibañeta y situado por encima de este, seguía su curso. A juzgar por el bullicio, todos se divertían mucho: la delegación franca enviada por Carlomagno, los gascones que acudieron en compañía de Adalric y la delegación de los sarracenos. Todos estaban unidos en el disfrute de la carne, la salsa y el vino, por así decir, salvo que todos esperaban que el bellaco que tenían enfrente cometiera el primer error y que ella, Arima Garcez, hija del difunto Sanche Garcez, señor de Roncesvalles, también cometiera el primer error. Porque derramaría la salsa caliente en el regazo de Adalric, o le rompería un diente con el codo al escanciarle el vino o bien le propinaría tal bofetada que se pasaría tres días retrocediendo.

Algo que los gascones aprovecharían para ponerse de pie ofendidos y gritarle palabras humillantes, lo que a su vez haría que los francos tomasen partido por Arima derribando al primer gascón que se pusiera a su alcance, lo cual impulsaría a los sarracenos a atacar a las otras dos facciones, con el resultado de que ambas partes cristianas se aliarían contra los sarracenos. El precario equilibrio en ese lugar, punto de encuentro entre el reino de los francos y el reino musulmán de Al Andalus, se convertiría en una guerra... cuándo evitarla era el verdadero motivo de esa reunión. Y ella, Arima, sería la culpable de todo y no valdría ninguna excusa porque, además, ella habría infringido la única ley realmente sagrada conocida por los francos: la de la hospitalidad, puesto que ante la mesa del anfitrión incluso el peor enemigo estaba a salvo.

—Echa un vistazo a esos francos —dijo Adalric con la boca llena y se inclinó hacia Arima—, es increíble que alguien sea capaz de devorar toda esa comida. Bueno, a fin de cuentas todos ellos son unos atocinados.

Adalric soltó una carcajada y cogió la mano de la joven; bajo las uñas manchadas de salsa grasienta de la suya se apreciaba la mugre.

Adalric no dejaba de tener cierta razón: la delegación franca disfrutaba comiendo. Eran hombres fornidos de rostros regordetes y barrigas abultadas sobre las cuales se tensaban sus túnicas bordadas. A su lado, los nervudos gascones y los casi delicados y gráciles sarracenos parecían adolescentes.

Sin embargo, Arima sabía que bajo la grasa se ocultaban fuertes músculos. Quien se enfrentaba a un grupo de corpulentos guerreros francos creyendo que acabaría fácilmente con esos gordinflones cometía el último error de su vida. Los francos cargaban con su gordura con la misma facilidad que los antiguos legionarios romanos con su equipo de combate. Su constitución corporal no se debía a la buena vida sino a un vínculo sacro —para Arima difícilmente comprensible— entre el vientre abultado de una embarazada y el de un hombre nacido libre: ambos simbolizaban hijos y abundancia. Para los francos, la fertilidad del campo, del ganado y del pueblo era casi tan sagrada como la ley de la hospitalidad. Carlomagno tampoco era delgado. Arima recordaba a un gigante no solo corpulento, sino también dos cabezas más alto que los demás. Los únicos francos de constitución atlética que Arima había visto eran los paladines, los guerreros de élite de Carlomagno.

Los cocineros habían preparado tres clases de carnes para el banquete: de ternera y cerdo para los francos y los gascones, de cordero para los sarracenos. Cocinadas de dos maneras: asadas para los francos porque Arima sabía que Carlomagno prefería la carne asada, y hervida para los demás, que era el modo habitual de preparar la carne. Los trozos de carne asada eran más grandes que los de la hervida, que había sido cortada en pequeños trozos que cupieran en las ollas. Desde el principio Adalric optó por la carne asada, al parecer por temor a quedarse con hambre. Su cara enrojecida y la cantidad de vino que bebió revelaban que las fuertes especias del asado que los francos degustaban sin parpadear —o más bien devoraban— no le sentaban bien.

Arima retiró la mano de debajo de la zarpa de Adalric.

—¿Más vino? —preguntó, con la esperanza de emborrachar al gascón y que se durmiera en la mesa.

—Si tú me lo escancias —dijo el hombretón con una sonrisa melosa. Entre sus dientes había restos de carne—. Solo entonces me sabe dulce.

Arima le devolvió la sonrisa y le llenó la copa, imaginando que le rompía la jarra de arcilla en la cabeza. ¡Esa sí que era una idea dulce! Adalric cogió la copa y se acercó aún más a ella.

—¡A la salud de Carlomagno! —dijo Arima.

—¡A la salud de Carlomagno! —repitió Adalric—. ¡Y a la de la flor de Roncesvalles!

Su voz sonó un tanto insegura, más de lo que le hubiese agradado y durante unos instantes la presión de su pierna contra la de ella se redujo.

La joven sonrió para sus adentros; mencionar a Carlomagno había hecho recordar a Adalric quién era el jefe supremo de los francos —¡y de los gascones!—, y que tanto el castillo de Roncesvalles como la propia Arima estaban bajo su protección personal. Incluso los rebeldes gascones sentían respeto por el rey, por el rey y sus paladines.

Arima sabía que ese día le mostraría el tiempo que aún podría seguir como señora de Roncesvalles. Cuando su padre, el comes Sanche, yacía en su lecho de muerte y se preparaba para pasar a mejor vida, la única que quedaría de su familia era ella, su hija. Sus hermanos y su madre se habían ido a la tumba antes que él. Sin embargo, el comes Sanche no murió maldiciendo su destino sino con lágrimas en los ojos y una disculpa murmurada por no poder seguir cuidando de Arima, la niña de sus ojos. A su vez, Arima había susurrado que desde allí a donde se dirigía, su alma observaría cómo ella cuidaba de sí misma. Hasta ese momento había logrado cumplir con dicha promesa. En todo caso, ya habían transcurrido seis meses desde la muerte del comes Sanche...

Si la reunión que tenía lugar allí, en su castillo en la cima del paso de Ibañeta —el lugar estratégicamente más importante de los Pirineos—, fracasaba, el dux Lope de Gascuña, tío suyo y padre de Adalric, la expulsaría de su hogar. O aún peor: la casaría, a ser posible con Adalric. La claramente manifestada benevolencia de Carlomagno aún la protegía de los tejemanejes de Lope, pero dicha benevolencia se apagaría si esa reunión fracasaba. Y era probable que tal cosa entrara en los cálculos de Adalric.

En aquel entonces, el dux se había considerado muy astuto al endosarle a su hermano menor Sanche la ruinosa propiedad situada por encima del paso: una finca con una empalizada inclinada por el viento cuyo único edificio de piedra había sido una torre de escasa altura, una antigua aduana romana. Lope no podía saber lo que ocurriría: que debido al repentino interés mutuo entre el reino de los sarracenos y el franco de Carlomagno, el paso de Ibañeta se convertiría en uno de los lugares estratégicos más importantes de su época. En vez de un edificio insignificante en el fin del mundo, el castillo de Roncesvalles de pronto se transformó en una especie de joya de la política de dos reinos. Quien dominaba el castillo, controlaba el paso. Quien controlaba el paso, regulaba la única vía comercial entre el reino sarraceno y el franco. Y si bien Arima no sabía mucho de política, tenía claro que la guerra estallaría en cuanto una de las partes lograra controlar el paso, porque entonces la otra temería que la primera le impidiera atravesarlo.

Adalric, que al parecer había comprendido que se había puesto a la defensiva, clavó el cuchillo en un trozo de carne y se lo ofreció a Arima.

—Una exquisitez para la señora de Roncesvalles —dijo.

Arima le lanzó una mirada de soslayo. Su gesto confianzudo suponía una arrogación. ¿Debía aceptar el trozo de asado a pesar de ello? Pero la rescató el jefe de la delegación franca —cuyo nombre había olvidado— poniéndose de pie para servirse más asado del centro de la mesa. Chocó contra el brazo de Adalric sin querer y el cuchillo con el trozo de carne cayó sobre la mesa. El franco se disculpó ruborizado hasta las orejas y, como compensación, le ofreció a Adalric el trozo del que acababa de apoderarse. Arima aprovechó la oportunidad para apartarse de su molesto primo y repasar la situación en que se encontraba.

Hacía ocho años que había muerto Carlomán, el hermano menor del rey, con quien Carlomagno había compartido el reino de los francos tras la muerte de su padre Pipino. Antes, Carlomán había demostrado su auténtico carácter cuando dejó a su hermano en la estacada durante los combates contra los nobles rebeldes de Aquitania. Aunque Carlomagno logró derrotar al ejército rebelde, a partir de entonces ambos hermanos se enemistaron. Tras la muerte de Carlomán, sus seguidores habían temido recibir un castigo terrible por parte de Carlomagno, ya convertido en único rey, pero este se mostró misericordioso. Así que también Lope, el tío de Arima, y Sanche, su padre —que por entonces le habían jurado lealtad a Carlomán—, se libraron del castigo y solo tuvieron que prestar un nuevo juramento de lealtad a Carlomagno. Este se mostró tan misericordioso que incluso apadrinó a Arima, la única hija de Sanche. Entretanto, Arima había comprendido que dicho favor no solo se debía al afecto de Carlomagno. Antes que todos los demás, el rey comprendió la importancia del aparentemente intrascendente castillo de Roncesvalles. Por eso tampoco lo hizo arrasar —tal como acostumbraban hacer los francos con todas las fincas fortificadas cuya construcción no había recibido el permiso manifiesto del rey—, sino al contrario: animó al comes Sanche a ampliarlo. Haberse convertido en el tutor de Arima le granjeó la lealtad absoluta de Sanche, y ella también sabía que le debía un profundo agradecimiento. Que después de la muerte de su padre —a diferencia de la costumbre practicada por los francos— Carlomagno no la arrancara de su hogar y la trasladara a su corte, supuso que ella le pagara con un afecto sincero pero también con su absoluta integridad. Aparte de los paladines, era de suponer que en todo el reino franco no había nadie tan leal al rey como Arima Garcez, señora de Roncesvalles.

Pocos miembros de la corte se dieron cuenta de que su lealtad se manifestaba manteniéndose estrictamente neutral con respecto a los intereses de los sarracenos, los gascones y los francos, pero sí Carlomagno, Arima estaba segura de ello. Al no situar Roncesvalles bajo el poder militar de los francos le aseguraba la paz al sur del reino, porque de ese modo el castillo no significaba una amenaza para los sarracenos. Sin embargo, mediante ese proceder también se condenaba a la deslealtad, pues no había ningún hombre de rango que no hubiera tomado partido por los unos o los otros. Ese era el auténtico sacrificio ofrecido a Carlomagno por haberse mostrado clemente con su familia y comportado como un segundo, aunque lejano, padre para ella: la soledad en su lecho de virgen. A menudo, por las noches, cuando no lograba conciliar el sueño y escuchaba los ronquidos de su doncella tendida a su lado, la invadía el amargo deseo de que los ronquidos fueran los de un esposo entre cuyos brazos hubiera podido dormirse apaciblemente.

Entretanto y por desgracia, Adalric se había deshecho del franco parlanchín sentado al otro lado y volvía a incordiarla.

—Bebe, señora de Roncesvalles —dijo y le tendió la copa.

Arima, que se juró a sí misma que lo ahogaría en una jofaina si volvía a llamarla «señora» en ese tono autocomplaciente, bebió un sorbo. Él le guiñó un ojo y luego giró la copa para que ella viera que él apoyaba los labios allí donde habían rozado los suyos. La expresión de Arima hubiera convertido una olla de agua hirviendo en hielo, pero, por lo visto, Adalric era inmune a semejantes finuras expresivas y le dedicó una amplia sonrisa.

—Me pregunto si sabes que tanto de día como de noche... —empezó, pero se vio bruscamente interrumpido.

Uno de los hombres de armas que había acompañado la delegación desde allende las montañas hasta el castillo entró a la sala, se acercó a uno de los nobles sarracenos y le susurró unas palabras al oído. El sarraceno asintió, se puso en pie y se dispuso a abandonar la mesa.

Arima se levantó y gritó a voz en cuello:

—¡Alto!

El bullicio de la sala se apagó. Con el rabillo del ojo, la joven se percató de que le había dado un empujón a Adalric, que su copa se había volcado y el vino goteaba de la túnica del gascón, que la contempló tan sorprendido como los demás.

—¿Ese hombre os ha traído un mensaje? —continuó Arima, señalando al guerrero.

El sarraceno dijo:

—Sí... —y tras un ligero titubeo, añadió—: señora.

—Cuando un mensajero entra en la corte del valí de Medina Barshaluna, ¿quién es el primero en recibir su mensaje?

La mirada de todos los delegados sarracenos osciló entre Arima y el interpelado. Algunos francos apartaron las manos disimuladamente de la mesa, para tenerlas más próximas al cuchillo que llevaban al cinto. En la sala todavía reinaba el silencio.

—El valí, señora —contestó el sarraceno.

—Entonces, ¿por qué este hombre te lo transmitió a ti y no a mí, la señora de la casa?

El sarraceno volvió a titubear. La delegación solo tenía el encargo de preparar la visita del valí de Medina Barshaluna al castillo de Roncesvalles y era absurdo esperar que actuaran con diplomacia protocolaria. Pero al parecer, el valí Solimán bin al Arabi, el gobernador del emir de Qurtuba en Medina Barshaluna, había formado la delegación con mucho esmero: de esa misión dependían muchas cosas para todas las partes.

El sarraceno hizo una reverencia.

—Perdonadme, señora, he incumplido las leyes de la hospitalidad. Pero ese hombre es un simple soldado y no domina otra lengua que la suya.

—En ese caso, ¿me traducirás el mensaje, sí o no? —preguntó Arima en tono dulzón.

El sarraceno reaccionó con la agilidad que cabía esperar de un mediador avezado. Volvió a hacer una reverencia, rodeó la mesa con porte majestuoso y se dirigió a Arima.

—La delegación de mi señor, el valí, se aproxima al castillo de Roncesvalles.

—Bien. Lo recibiré personalmente en la puerta.

El sarraceno dio un paso a un lado para que Arima pudiera rodear el banco. Poco a poco, las conversaciones se reanudaron, los gascones se pegaron codazos y señalaron a Arima, los sarracenos se contemplaban las uñas y los guerreros francos se relajaron y se sirvieron más asado.

—Vaya, vaya —soltó Adalric, atónito. El vino aún le manchaba la cara—. ¿Un sarraceno que se deja ningunear por una mujer? ¡Creí que aquí estallaría una batalla!

Arima lo miró. El gascón tenía razón. El sarraceno había infringido la ley de la hospitalidad, pero si se hubiese producido un enfrentamiento la habrían culpado a ella. Posteriormente, se preguntó cómo había podido ser tan impulsiva. En ese caso, también podría haberle roto la jarra de vino en la cabeza a su primo; quizá Carlomagno lo hubiera comprendido mejor que el incidente con el mensajero sarraceno. No obstante, ella sabía que en una situación parecida hubiese vuelto a actuar del mismo modo.

—Si una no recibe respeto no es nadie —dijo ella—. Y yo disto mucho de no ser nadie.

Y siguió al sarraceno al exterior; el corazón le latía aprisa y le temblaban las rodillas, pero nadie lo notó.

El castillo de Roncesvalles estaba situado en una meseta ligeramente inclinada hacia el sur, por encima de la cresta del paso; el camino del paso transcurría mucho más abajo. El castillo dominaba esa vía de comunicación; hacia el sur y hacia el norte la visibilidad era muy buena y, en caso de necesidad, podían enviarse guardias al camino a fin de bloquearlo con obstáculos preparados de antemano. En cuanto al propio castillo, resultaba muy difícil tomarlo, pues el atacante se veía obligado a luchar cuesta arriba; la única desventaja era el tamaño reducido de sus edificaciones, que no podían albergar un número suficiente de guerreros como para resistir un asedio prolongado. No obstante, en los últimos años la neutralidad de Sanche y su hija Arima había supuesto mejor protección que cientos de aguerridos guerreros.

Hacia el norte, la meseta acababa en una empinada ladera cuyo pie estaba cubierto por las últimas estribaciones del bosque que se extendía desde la entrada norte del paso hasta la meseta. La única puerta de Roncesvalles orientada hacia el sur estaba enmarcada por un muro de piedra, pero la mayor parte de la muralla que rodeaba el castillo no era más que una empalizada de madera con un adarve solo en parte cubierto. Un foso doble que el camino al castillo cruzaba por dos estrechos diques proporcionaba una protección adicional. Bajo el saliente del adarve se encontraban las caballerizas, la herrería y el taller del carpintero y del corta cuernos. Los hornos destinados a la alfarería estaban situados en el centro del patio del castillo, uno a espaldas del otro. Tanto los edificios destinados a viviendas como las dependencias del servicio eran de madera, bajos y apiñados; además de las torres que flanqueaban la puerta, el único edificio de piedra era la vivienda de los señores, una modesta construcción de dos plantas cuya entrada —situada en la planta superior— solo era accesible a través de una escalera de madera. En la planta baja se encontraban los almacenes y la cocina; una capilla, el gran salón y el antiguo dormitorio del comes Sanche ocupaban la primera planta y en el altillo se hallaban los secaderos y las habitaciones de Arima y las criadas. Antes de morir, el comes Sanche había iniciado la construcción de la torre del homenaje situada en el punto más elevado de la meseta, una torre cuya base era de piedra. Arima había ordenado proseguir con la construcción, al menos hasta poder subir y disfrutar del panorama cuando el tiempo lo permitiera; la plataforma superior aún no estaba cubierta. Era un castillo austero y práctico, poco más que un apeadero en medio del páramo. En los días en que la niebla avanzaba a lo largo del paso y era como si el castillo estuviera separado del mundo, Arima detestaba su hogar, su ubicación solitaria y que precisamente ella fuera la heredera de todo eso. Pero en el fondo amaba Roncesvalles y estaba dispuesta a aceptar muchas cosas a condición de nunca verse obligada a abandonar el castillo.

La delegación del valí se acercaba a lo largo del serpenteante camino, iluminada por las antorchas que llevaban soldados y criados. Los perros de Roncesvalles empezaron a ladrar: bestias negras e hirsutas criadas por el comes Sanche que solo lo reconocían a él y al perrero y gruñían feroces a todos cuantos osaran acercarse a las perreras. De vez en cuando Sanche los dejaba salir del castillo por las noches, a través de una portezuela que conducía al exterior situada en l ...