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EL IMPERIO DEL AGUA (DIRK PITT 14)

Clive Cussler  

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Fragmento

Índice

El imperio del agua

Agradecimientos

Réquiem por una princesa

Primera parte. Aguas asesinas

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Segunda parte. El último galgo

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Tercera parte. Canal a ninguna parte

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Recibe antes que nadie historias como ésta

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Cuarta parte. Old Man River

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Quinta partE. El hombre de Pekín

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Epílogo. Fritz

Capítulo 55

Capítulo 56

Notas

Biografía

Créditos

AGRADECIMIENTOS

El autor desea expresar su gratitud a los hombres y mujeres del Servicio de Inmigración y Naturalización, por su generosa aportación de datos y estadísticas sobre inmigración ilegal.

Gracias también al Cuerpo de Ingenieros del Ejército por su colaboración para la descripción de los ríos Misisipí y Atchafalaya.

Y a las muchas personas que ofrecieron ideas y sugerencias sobre los obstáculos que Dirk y Al debían superar.

RÉQUIEM POR UNA PRINCESA

10 de diciembre de 1948

Aguas desconocidas

La violencia de las olas aumentaba con cada ráfaga de viento. El tiempo sereno de la mañana se había transformado de doctor Jekyll en un vehemente señor Hyde al anochecer. Las palomillas que coronaban las crestas de las gigantescas olas arrojaban cortinas de espuma. El agua agitada y las nubes negras se fundían bajo el ataque de una virulenta tormenta de nieve. Resultaba imposible definir dónde terminaba el agua y empezaba el cielo. Mientras el transatlántico Princess Dou Wan se abría camino entre olas que se elevaban como montañas, para luego desplomarse sobre el barco, los hombres que iban a bordo no eran conscientes del inminente desastre que iba a producirse al cabo de escasos minutos.

Las aguas enloquecidas eran azotadas por vientos muy fuertes que impulsaban feroces corrientes que se estrellaban contra el casco del barco. Los vientos no tardaron en alcanzar los ciento cincuenta kilómetros por hora, y las olas sobrepasaban los nueve metros de altura. Atrapado en el maelstrom, el Princess Dou Wan no tenía donde refugiarse. Su proa cabeceaba y las olas barrían sus cubiertas al aire libre, corriendo hacia la proa cuando la popa se alzaba y las hélices, girando a toda velocidad, quedaban fuera del agua. Sacudido por todos lados, el barco escoró treinta grados, y la barandilla de estribor a lo largo de la cubierta de paseo desapareció bajo un torrente de agua. Se enderezó muy lentamente y siguió sorteando la terrible tormenta.

Muerto de frío, incapaz de ver algo a causa de la nevisca, el segundo de a bordo Li Po, que montaba guardia, volvió al interior de la timonera y cerró la puerta de golpe. En todos sus días de navegar por el mar de la China nunca había visto la nieve remolinear en mitad de una tormenta tan violenta. Po no consideraba justo que los dioses enviaran contra el Princess unos vientos tan huracanados, después de recorrer la mitad del mundo y cuando sólo quedaban menos de doscientas millas para llegar a puerto. Durante las últimas dieciséis horas sólo habían avanzado cuarenta millas.

A excepción del capitán Leight Hunt y su jefe de máquinas, que se encontraba en la sala de máquinas, toda la tripulación estaba compuesta por chinos. Hunt, un avezado marinero que había servido doce años en la Royal Navy y dieciocho como oficial en tres diferentes flotas comerciales, había ostentado durante quince años el grado de capitán. De adolescente pescaba con su padre en las aguas de Bridlington, una pequeña ciudad de la costa este de Inglaterra, antes de embarcarse como marinero en un carguero con rumbo a Sudáfrica. Era un hombre delgado, de cabello gris, ojos tristes e inexpresivos, y se sentía muy pesimista sobre las posibilidades de que su barco saliera indemne de aquel infierno.

Dos días antes, uno de los tripulantes le había llamado la atención sobre una grieta descubierta en el revestimiento exterior de la única chimenea. Ahora que el barco estaba soportando una presión increíble, habría dado un mes de sueldo por inspeccionar la grieta. Desechó la idea a regañadientes. Tratar de llevar a cabo una inspección bajo vientos de ciento cincuenta kilómetros por hora y el agua que inundaba las cubiertas habría sido un suicidio. Sentía en sus huesos que el Princess estaba en peligro de muerte, y aceptaba que el destino del barco le había sido arrebatado de las manos.

Hunt clavó la vista en la capa de nieve que cubría las ventanas de la timonera y habló a su segundo sin volverse.

—¿El grueso de hielo es alarmante, señor Po?

—Se forma con gran rapidez, señor.

—¿Cree que corremos peligro de zozobrar?

Li Po meneó la cabeza.

—Todavía no, señor, pero el peso acumulado sobre la superestructura y las cubiertas quizá sea decisivo, si escoramos demasiado.

Hunt reflexionó y después dijo al timonel:

—No varíe el rumbo, señor Tsung. Que la proa continúe cortando el viento y las olas.

—Sí, señor —contestó el timonel chino, sujetando con fuerza el timón de latón.

Los pensamientos de Hunt regresaron a la grieta del casco. No recordaba cuándo el Princess Dou Wan había sido sometido a una revisión estricta en dique seco. Por extraño que pareciera, la tripulación no sentía la menor inquietud por las vías de agua, las planchas del casco muy oxidadas y los remaches flojos o ausentes. Daba la impresión de que hacía caso omiso de la corrosión y del funcionamiento constante de las bombas de carena, que se esforzaban por eliminar las frecuentes filtraciones durante el viaje. Si el Princess tenía un talón de Aquiles, era su cansado y desgastado casco. Un barco que recorre los mares se considera viejo al cabo de veinte años. El Princess había surcado cientos de miles de millas, castigado por mares agitados y tifones, durante los treinta y cinco años transcurridos desde que había abandonado el astillero. El que siguiera a flote casi podía considerarse un milagro.

Botado en 1913 con el nombre de Lanai por los constructores navales Harland y Wolff, para la Singapore Pacific Steamship Lines, pesaba 10.758 toneladas. Su longitud total era de ciento cincuenta metros, desde la roda hasta la popa en forma de copa de champán, con una manga de dieciocho metros. Sus máquinas a vapor de triple expansión tenían una potencia de 5.000 caballos y hacían girar dos hélices gemelas. En su época de máximo esplendor era capaz de cortar las olas a una respetable velocidad de diecisiete nudos. Cubrió la ruta Singapur-Honolulú hasta 1931, cuando fue vendido a la Canton Lines y rebautizado Princess Dou Wan. Después de ser renovado se utilizó para transporte de pasajeros y carga entre los puertos del Sudeste Asiático.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno australiano lo requisó y adaptó como transporte de tropas. Tras sufrir gravísimos desperfectos como consecuencia de un ataque aéreo japonés, cuando efectuaba una misión de escolta, fue devuelto a la Canton Lines una vez finalizada la contienda, y efectuó unas pocas travesías entre Shanghai y Hong Kong hasta la primavera de 1948, en que fue vendido a los desguazadores de Singapur.

Estaba preparado para transportar a 55 pasajeros de primera clase, 85 de segunda, y 370 de tercera. Por lo general, su tripulación se componía de 190 hombres, pero en el que iba a ser su último viaje, este número se había reducido a tan sólo 38.

Hunt se imaginaba a su barco como una diminuta isla en un mar turbulento, protagonista de un drama sin público. Su actitud era fatalista. Estaba preparado para embarrancar, y el Princess estaba preparado para el desguace. Hunt sentía compasión por su barco, cubierto de cicatrices, mientras intentaba sortear la furia de la tormenta. Se retorcía y gruñía cuando olas titánicas lo inundaba, pero siempre se liberaba y hundía la proa en la siguiente. El único consuelo de Hunt era que sus agotados motores funcionaban sin el menor desmayo.

En la sala de máquinas, los crujidos y gruñidos del casco eran estruendosos. La herrumbre se desprendía de los mamparos a medida que el agua filtrada a través de las rejillas de las pasarelas ascendía de nivel. Los remaches que sujetaban las planchas de acero empezaban a soltarse. Salían disparados de las placas y cruzaban el aire como misiles. Por lo general, la reacción de los tripulantes era apática. Era algo que solía suceder en los barcos en los días anteriores a las soldaduras. Sin embargo, había un hombre tocado por los tentáculos del miedo.

El jefe de máquinas Ian Hong Kong Gallagher era un irlandés muy aficionado a la bebida, de hombros anchos, cara colorada y bigote poblado. Sabía cuándo un barco estaba a punto de romperse en pedazos en cuanto lo veía y oía. No obstante, apartó el miedo y concentró sus pensamientos en la supervivencia.

Huérfano desde los siete años, Ian Gallagher huyó de los suburbios de Belfast y se hizo a la mar como grumete. Como poseía un talento natural para alimentar máquinas a vapor, llegó a ser limpiador, y después tercer ayudante de maquinista. A los veintisiete años había conseguido su diploma de jefe de máquinas y servía en cargueros de servicio irregular entre las islas del sur del Pacífico. Adquirió el apodo de Hong Kong después de una épica pelea en una taberna de la ciudad, disputada contra ocho estibadores que intentaron desplumarle. Cuando cumplió los treinta, en el verano de 1945, fue contratado para el Princess Dou Wan.

Gallagher, con semblante serio, se volvió hacia su segundo, Chu Wen.

—Ve arriba, ponte un chaleco salvavidas y prepárate para abandonar el barco cuando el capitán dé la orden.

El maquinista chino se quitó la colilla de puro de la boca y miró a Gallagher con aire inquisitivo.

—¿Cree que nos vamos a hundir?

—Sé que nos vamos a hundir —replicó Gallagher—. Este cascarón no aguantará ni una hora más.

—¿Se lo ha dicho al capitán?

—Tendría que ser ciego, sordo y mudo para no haberse dado cuenta ya.

—¿Me acompaña?

—Voy enseguida.

Chu Wen se secó sus manos grasientas con un trapo, se despidió con un cabeceo del jefe de máquinas y subió por una escalerilla hasta la escotilla que conducía a las cubiertas superiores.

Gallagher echó un último vistazo a sus queridas máquinas, seguro de que no tardarían en yacer en las profundidades. Se puso rígido cuando un crujido, más sonoro de lo acostumbrado, resonó a lo largo del casco. El anciano Princess Dou Wan estaba atormentado por la fatiga metálica, una plaga que azotaba a los aviones tanto como a los barcos. Muy difícil de distinguir en aguas serenas, sólo se manifiesta con claridad en un barco sacudido por aguas muy agitadas. Incluso en sus mejores tiempos, el Princess habría tenido dificultades para aguantar el ataque de las olas, que golpeaban el casco con una fuerza de 10.000 kilos por cada 2,5 cm2.

El corazón de Gallagher se heló cuando vio aparecer una grieta en un mamparo de babor, extenderse hacia abajo y luego avanzar lateralmente por las planchas del casco. Se ensanchaba a medida que progresaba hacia estribor. Descolgó de un manotazo el teléfono y llamó al puente.

—Puente —contestó Li Po.

—¡Póngame con el capitán! —rugió Gallagher.

Una pausa.

—Aquí el capitán.

—Señor, una grieta del copón acaba de abrirse en la sala de máquinas, y empeora a cada minuto que pasa.

Hunt se quedó estupefacto. Había confiado en que arribarían a puerto antes de que los desperfectos fueran irreparables.

—¿Está entrando agua?

—Las bombas tienen la batalla perdida.

—Gracias, señor Gallagher. ¿Puede mantener los motores en marcha hasta que tomemos tierra?

—¿Cuánto tiempo?

—Dentro de una hora nos encontraremos en aguas más tranquilas.

—Lo dudo —dijo Gallagher—. Le concedo diez minutos.

—Gracias —dijo Hunt, abatido—. Será mejor que abandone la sala de máquinas mientras pueda.

Hunt colgó, se volvió y echó un vistazo a las ventanillas de popa de la timonera. El barco había escorado visiblemente y cabeceaba con violencia. Dos botes ya habían resultado destrozados y habían caído por la borda. Dirigirse hacia la costa más cercana y conseguir que el barco tocara tierra sano y salvo era imposible. Para llegar a aguas más calmas habría que virar a estribor. El Princess no sobreviviría si las aguas enloquecidas lo atacaban de costado. Existían muchas posibilidades de que se hundiera en un seno y no emergiese. En cualquier caso, partido por obra de las grietas o hundido debido al peso del hielo amontonado sobre la superestructura, el barco estaba condenado.

Su mente retrocedió sesenta días en el tiempo y diez mil millas en la distancia, hasta el muelle del río Yangtze en Shanghai, donde estaban despojando de muebles los camarotes del Princess Dou Wan con vistas a su último viaje hasta el desguace de Singapur. La partida fue interrumpida por la llegada al muelle del general Kung Hui, del ejército de la China Nacionalista, en una limusina Packard. El militar ordenó al capitán Hunt que entrara en el coche para hablar en privado.

—Perdone mi intrusión, capitán, pero actúo bajo las órdenes directas del generalísimo Chiang Kai-shek.

El general Kung Hui, cuya piel y manos eran tan suaves y blancas como una hoja de papel, estaba sentado, pulcro e inmaculado, con un uniforme hecho a medida que no mostraba la menor huella de arrugas. Mientras hablaba, ocupaba todo el asiento posterior, de modo que el capitán Hunt se vio forzado a adoptar una postura incómoda en un asiento plegable.

—Le ordeno que tenga preparado el barco y la tripulación para un largo viaje.

—Creo que hay un error —dijo Hunt—. El Princess no está preparado para una larga travesía. Está a punto de zarpar con los tripulantes, el combustible y las provisiones casi justos para llegar al desguace de Singapur.

—Olvídese de Singapur —repuso Hui con un ademán ampuloso—. Se le proporcionarán combustible y comida de sobra, junto con veinte hombres de nuestra marina nacionalista. En cuanto la carga se halle a bordo… —Hizo una pausa para encender un cigarrillo en una larga boquilla—. Dentro de unos diez días, diría yo, recibirá la orden de zarpar.

—Debo aclarar esto con los directores de la compañía —repuso Hunt.

—Los directores de la compañía ya han sido avisados de que el gobierno requisa temporalmente el Princess Dou Wan.

—¿Han accedido?

Hui asintió.

—Considerando la generosa oferta en oro transmitida por el generalísimo, se sintieron muy felices de colaborar.

—Después de llegar a nuestro, o mejor dicho, su destino, ¿qué haremos?

—En cuanto la carga haya sido bajada a tierra, podrá continuar hacia Singapur.

—¿Puedo preguntar adónde nos dirigimos?

—No.

—¿Y la carga?

—El secreto será la palabra clave de toda la misión. A partir de este momento, usted y su tripulación permanecerán a bordo del barco. Nadie bajará a tierra. No podrá ponerse en contacto con amigos o familiares. Mis hombres vigilarán el barco día y noche para garantizar la máxima seguridad.

—Entiendo —dijo Hunt, aunque era evidente que el militar mentía. No recordaba haber visto nunca ojos tan huidizos.

—Mientras hablamos —continuó Hui—, todos sus equipos de comunicación están siendo trasladados o destruidos.

Hunt se quedó estupefacto.

—No esperará que me arriesgue a un viaje así sin una radio. ¿Qué haremos si encontramos dificultades y hemos de pedir ayuda?

Hui alzó la boquilla y la examinó.

—No preveo dificultades.

—Es usted optimista, general —repuso Hunt—. El Princess es un viejo barco, y hace mucho tiempo que dejó atrás su mejor época. Está mal preparado para aguantar mares agitados y tormentas violentas.

—No puede ni imaginarse la importancia de esta misión, ni la recompensa que le aguarda si la corona con éxito. El generalísimo Chiang Kai-shek le recompensará generosamente con oro a usted y su tripulación después de que arribe a puerto.

Hunt miró por la ventanilla de la limusina hacia el casco oxidado de su barco.

—Una fortuna en oro no me servirá de mucho en el fondo del mar.

—Entonces descansaremos juntos por toda la eternidad —sonrió sin humor el general Hui—. Iré con usted en calidad de pasajero.

El capitán Hunt recordaba la febril actividad que no tardó en desarrollarse alrededor del Princess. Se bombeó combustible hasta llenar los depósitos. El cocinero del barco se quedó asombrado al ver la cantidad y calidad de la comida que se subía a bordo y se guardaba en la despensa. Un flujo constante de camiones empezó a llegar, y se detenían bajo las gigantescas grúas del muelle. Sin más, enormes cajas de madera fueron subidas a bordo y almacenadas en las bodegas, que pronto quedaron abarrotadas.

La llegada de camiones parecía incesante. Las cajas lo bastante pequeñas para ser cargadas por uno o dos hombres fueron destinadas a los camarotes de pasajeros vacíos, pasillos desocupados y todos los compartimientos disponibles bajo cubierta. La carga de los últimos seis camiones fue depositada en las cubiertas de paseo, transitadas en otros tiempos por los pasajeros. El general Hui fue el último en subir a bordo, junto con un pequeño destacamento de oficiales. Su equipaje consistía en diez baúles de camarote y treinta cajas de vinos y licores caros.

Todo para nada, pensó Hunt. Derrotados en el último tramo por la naturaleza. Todo el secreto, todo el sigilo, para nada. Desde que había zarpado de Shanghai, el Princess había navegado en silencio y soledad. Desprovisto de equipos de comunicación, las llamadas de otros barcos que se cruzaban con él no se contestaron.

El capitán contempló el radar recién instalado, pero no mostraba señales de un barco en cincuenta millas a la redonda. Incapaz de enviar una llamada de auxilio, el rescate era imposible. Levantó la vista cuando el general Hui entró con paso vacilante en la timonera, con el rostro blanco como el papel y un pañuelo apretado contra los labios.

—¿Mareado, general? —preguntó Hunt con tono burlón.

—Esta condenada tormenta —murmuró Hui—. ¿Es que nunca va a amainar?

—Usted y yo fuimos proféticos.

—¿De qué está hablando?

—Cuando dijo aquello de que descansaríamos juntos para el resto de la eternidad. Ya falta poco.

Gallagher subió a cubierta y corrió por el pasillo en dirección a su camarote, sin dejar de sujetarse a la barandilla. No estaba nervioso ni confuso, sino sereno y sosegado. Sabía muy bien lo que debía hacer. Su puerta siempre estaba cerrada con llave, a causa de lo que cobijaba en su interior, pero no perdió tiempo buscando la llave. La abrió de una patada, y la hoja rebotó en el tope.

Una mujer de largo cabello rubio, vestida con una bata de seda, estaba tendida en la cama leyendo una revista. Levantó la vista sobresaltada, al tiempo que un pequeño perro pachón se incorporaba de un salto junto a ella y empezaba a ladrar. El cuerpo de la mujer era largo, perfectamente proporcionado. Su rostro era suave, inmaculado, de pómulos altos, y sus ojos poseían el azul intenso del cielo a mediodía. Si hubiera estado de pie, su cabeza habría llegado a la altura de la barbilla de Gallagher. Pasó las piernas sobre la cama con un gesto delicado y se sentó en el borde.

—Deprisa, Katie. —Gallagher la obligó a ponerse en pie—. Nos queda muy poco tiempo.

—¿Falta poco para llegar? —preguntó la mujer, perpleja.

—No, cariño. El barco está a punto de hundirse.

La mujer se llevó la mano a la boca.

—¡Dios mío! —jadeó.

Gallagher ya había abierto las puertas del armario y le lanzaba la ropa que iba encontrando.

—Ponte todas las prendas que puedas, incluidas todas las bragas que tengas y los calcetines míos que puedas embutirte en los pies. Rodéate de capas, las prendas más delgadas por dentro y las más gruesas por fuera, y deprisa. Este cascarón se irá al fondo de un momento a otro.

Dio la impresión de que la mujer iba a protestar, pero se quitó la bata sin decir palabra y empezó a ponerse ropa interior. Sus movimientos eran veloces y precisos. Cinco jerséis de punto se acomodaron sobre tres blusas. Se consideró afortunada por haber llenado la maleta en vistas a la cita con su prometido. Cuando ya no pudo ponerse nada más, Gallagher la ayudó a enfundarse uno de sus monos de trabajo. Del mismo modo, le puso varios pares de sus calcetines y le calzó un par de sus botas.

El perro correteaba entre sus piernas y brincaba, meneando las orejas en señal de excitación. Gallagher se lo había regalado, además de un anillo de esmeraldas, cuando le propuso que se casaran. El perro llevaba un collar rojo, del cual colgaba un amuleto en forma de dragón de oro, que oscilaba alegremente sobre su pecho.

—¡Fritz! —le reprendió la mujer—. Súbete en la cama y estate quieto.

Katrina Garin era una mujer decidida. Tenía doce años cuando su padre inglés, capitán de un carguero que realizaba la ruta entre las islas, se perdió en el mar. Educada por la familia de su madre, una rusa blanca, empezó a trabajar en la Canton Lines como administrativa y fue ascendiendo hasta acceder al cargo de secretaria ejecutiva del director. De la misma edad que Gallagher, le había conocido en las oficinas del buque, cuando le llamaron para que informara sobre el estado de las máquinas del Princess Dou Wan, y se sintió atraída por él al instante. Aunque habría preferido un hombre con más estilo y sofisticación, sus rudos modales y disposición jovial le recordaron a su padre.

Se encontraron con frecuencia durante las semanas siguientes y se acostaron juntos, sobre todo en el camarote de Gallagher. Lo que Kate encontró más excitante fue la emoción añadida de subir a bordo furtivamente y hacer el amor ante las mismísimas narices del capitán y la tripulación. Katie había quedado atrapada a bordo cuando el general Hui rodeó el barco y el muelle con un pequeño ejército de guardias de seguridad. Incapaz de alcanzar la orilla, pese a las súplicas de Gallagher y de un enfurecido capitán Hunt, cuando fue informado de su presencia, el general Hui insistió en que permaneciera a bordo durante el resto del viaje. Desde que habían zarpado de Shanghai, apenas había salido del camarote. Su única compañía, cuando Gallagher se hallaba en la sala de máquinas, era el perrito, al que había enseñado algunos trucos para distraerse durante las largas horas en alta mar.

Gallagher introdujo a toda prisa sus documentos, pasaportes y objetos de valor en una bolsa de hule impermeable. Se puso una gruesa chaqueta de marinero y la miró con sus ojos azules nublados de preocupación.

—¿Preparada?

Ella alzó los brazos y contempló la voluminosa masa de prendas.

—Nunca conseguiré ponerme un chaleco salvavidas encima de todo esto —dijo con voz temblorosa—. Me hundiré como una piedra.

—¿Lo has olvidado? Hace cuatro semanas el general Hui ordenó arrojar por la borda todos los chalecos salvavidas.

—Entonces huiremos en los botes.

—Los que aún no están hechos trizas no sirven de nada en estas aguas.

La mujer le miró sin pestañear.

—Vamos a morir, ¿verdad? Si no nos ahogamos, moriremos congelados.

Él le encasquetó una gorra sobre su cabello rubio y las orejas.

—Una cabeza caliente equivale a unos pies calientes. —Cogió la adorada cabeza entre sus manazas y la besó—. Cariño, ¿no te enseñaron que los irlandeses nunca se ahogan?

Cogió a Katie de la mano, la llevó hacia el pasillo y se encaminaron hacia la cubierta superior por una escalerilla.

El perro pachón, olvidado a causa de las prisas, se quedó obediente sobre la cama, convencido de que su ama no tardaría en regresar, con expresión de perplejidad en sus ojos.

Los miembros de la tripulación fuera de servicio que no estaban sentados alrededor de una mesa jugando a cartas, o relatando historias sobre otras tormentas a las que habían sobrevivido, dormían en sus catres, sin saber que el barco estaba a punto de partirse en pedazos. El cocinero y su pinche estaban lavando los platos de la cena, y servían café a los rezagados. Pese a los embates de la tormenta, la perspectiva de llegar a puerto alegraba a los tripulantes. Si bien nadie les había revelado el destino al que se dirigían, sabían cuál era su posición exacta.

En la timonera no había la menor alegría. Hunt tenía la vista clavada en la popa, esforzándose por ver a través de la nevisca las luces de cubierta, que se extendían hacia la popa. Preso de una fascinación horrorizada, observaba que la popa parecía elevarse en ángulo descendente hacia el medio del barco. Por encima del aullido del viento, oía los crujidos del casco mientras se iba despedazando. Pulsó el timbre de emergencia, que disparaba la alarma general en todo el barco.

Hui apartó de un manotazo el dedo con el que Hunt estaba apretando el timbre.

—No podemos abandonar el barco —susurró.

Hunt le miró con desprecio.

—Muera como un hombre, general.

—No puedo permitirme el lujo de morir. Juré que la carga sería entregada sana y salva.

—El barco va a partirse en dos —dijo Hunt—. Nada puede salvarle a usted y su preciosa carga.

—Entonces hay que fijar nuestra posición, para que pueda ser recuperada.

—¿Fijada para quién? Los botes salvavidas se han perdido. Ordenó que todos los chalecos salvavidas fueran arrojados por la borda. Destruyó la radio. No podemos enviar ninguna llamada de auxilio. Borró nuestro rastro demasiado bien. Ni siquiera deberíamos estar en estas aguas. El resto del mundo desconoce nuestra posición. Lo único que Chiang Kai-shek sabrá es que el Princess Dou Wan se desvaneció con todos sus tripulantes seis mil millas al sur. Lo planeó muy bien, general, demasiado bien.

—¡No! —gritó Hui—. ¡Esto no puede suceder!

Hunt experimentó una oleada de satisfacción al ver la expresión de rabia e impotencia en la cara de Hui. Aquella mirada huidiza de sus ojos oscuros había desaparecido. El general no se resignaba a aceptar lo inevitable. Abrió la puerta que conducía al ala del puente y salió a la tormenta como enloquecido. Vio que el barco se retorcía, a las puertas de la muerte. La popa se inclinaba en un ángulo pronunciado hacia estribor. Surgía un chorro de vapor de la grieta abierta en el casco. Vio como atontado cómo la popa se separaba del resto del barco, al tiempo que oía el chirrido atormentado del metal al partirse. Después, todas las luces se apagaron y ya no pudo ver nada más.

Los tripulantes salieron como una exhalación a las cubiertas, sobre las que se extendía una capa de hielo y nieve. Maldijeron la falta de chalecos salvavidas y las olas asesinas que habían destrozado los botes. El final se produjo casi al instante, y los pilló a casi todos desprevenidos. En aquella época del año, la temperatura del agua apenas alcanzaba un grado positivo, y la temperatura atmosférica descendía hasta los quince bajo cero. Saltaron por la borda, presa del pánico, como indiferentes al hecho de que el agua helada les mataría en cuestión de minutos, si no de hipotermia por paro cardíaco, cuando sus cuerpos se expusieran a un brusco y letal descenso de temperatura.

La popa desapareció en menos de cuatro minutos. El casco de la parte media del barco pareció evaporarse en la nada, y dejó un amplio boquete entre la popa hundida y la sección de la chimenea de proa. Un pequeño grupo se esforzaba con desesperación en bajar el único bote salvavidas que había resistido, pero una ola gigantesca se abatió sobre el castillo de proa y barrió la cubierta. Hombres y bote desaparecieron para siempre bajo el diluvio.

Gallagher, sin soltar la mano de Katie, subió por una escalerilla y corrió sobre el techo de los camarotes de los oficiales, en dirección a una balsa salvavidas montada a popa de la timonera. Se quedó sorprendido al ver que estaba vacía. Resbalaron y cayeron dos veces sobre la capa de hielo que cubría el techo. La espuma levantada por el vendaval aguijoneó sus caras y los cegó. En la confusión, ninguno de los oficiales chinos ni los tripulantes habían recordado la balsa salvavidas sujeta al techo. Casi todos, incluidos los soldados del general Hui, habían corrido hacia el único bote salvavidas o se habían arrojado a las aguas mortíferas.

—¡Fritz! —gritó angustiada Katie—. Hemos dejado a Fritz en el camarote.

—No hay tiempo de regresar —dijo Gallagher.

—¡No podemos irnos sin él!

Él la miró con solemnidad.

—Has de olvidar a Fritz. Es nuestra vida o la suya.

Katie intentó soltarse, pero Gallagher la retuvo con fuerza.

—Sube, cariño, y sujétate bien.

Extrajo un cuchillo de la bota y cortó las cuerdas que amarraban la balsa. Se detuvo antes de cortar la última y miró por las ventanillas de la timonera. Apenas iluminado por las luces de emergencia, el capitán Hunt se erguía con calma junto al timón, aceptando su muerte estoicamente.

Gallagher agitó las manos frenéticamente para que Hunt le viera, pero el capitán no se volvió. Se limitó a hundir las manos en los bolsillos de su chaquetón y miró sin ver la nieve que se amontonaba sobre las ventanas.

De repente, una silueta emergió del puente entre los remolinos de nieve. Se tambaleaba como un hombre perseguido por un demonio, pensó Gallagher. El intruso tropezó contra la balsa salvavidas y cayó dentro. Sólo cuando levantó la vista, con ojos enloquecidos más que aterrorizados, Gallagher reconoció al general Hui.

—¿No hemos de soltar la balsa? —gritó Hui por encima del viento.

Gallagher negó con la cabeza.

—Ya me he encargado yo.

—La succión del barco al hundirse nos arrastrará a las profundidades.

—En este mar no, general. Nos alejará en cuestión de segundos. Tiéndase en el fondo y sujétese a las cuerdas de seguridad.

Demasiado atontado para contestar, Hui obedeció y se acomodó en el interior de la balsa.

Un rugido profundo surgió desde abajo cuando el agua inundó las calderas y provocó su explosión. La sección delantera del barco tembló y vibró, y después se hundió por el medio, de forma que la proa se alzó hacia la noche gélida. Los cables que sujetaban la alta y anticuada chimenea se partieron debido a la tensión, y se desplomó con un estruendoso chapoteo. El agua llegó al nivel de la balsa salvavidas, que al flotar se liberó de sus soportes. La última vez que Gallagher vio al capitán Hunt, el agua entraba a presión por las puertas de la timonera y remolineaba alrededor de sus piernas. Decidido a hundirse con su barco, él aferraba el timón y se mantenía tan firme como si estuviera esculpido en granito.

Gallagher sintió que el tiempo se había detenido. Esperar a que el barco se hundiera se le antojó una eternidad. No obstante, todo sucedió en escasos segundos. Después, la balsa quedó libre y se precipitó a las aguas turbulentas.

Oyeron gritos en dialecto mandarín y cantonés a los que no pudieron contestar. Las súplicas finales a los amigos se desvanecieron poco a poco entre las monstruosas crestas de las olas, sus senos y la furia del viento. No habría rescate. No había barcos cercanos para que advirtieran su desaparición por el radar, ni se había pedido auxilio. Gallagher y Katie vieron con horror que la proa se elevaba cada vez más, como si intentara arañar el cielo tormentoso. Colgó suspendida durante casi un minuto, con el aspecto de una aparición. Después cedió y se hundió en las negras aguas. El Princess Dou Wan ya no existía.

—Destruido —murmuró Hui—. Todo desaparecido.

Contemplaba con absoluta incredulidad el lugar que el barco había ocupado segundos antes.

—Arrimémonos para aprovechar el calor de nuestros cuerpos —ordenó Gallagher—. Si aguantamos hasta el amanecer, existe una posibilidad de que nos recojan.

Rodeada por el espectro de la muerte y una terrible sensación de vaciedad, la balsa y sus desdichados pasajeros fueron engullidos por la noche gélida y la furia incontenible de la tormenta.

Al amanecer, las malévolas olas continuaban sacudiendo la pequeña balsa. La negrura de la noche había dado paso a un cielo gris espectral, cubierto de nubes oscuras. La nieve se había convertido en lluvia helada. Por suerte, el viento había amainado a veinte millas por hora y las olas habían descendido de nueve a tres metros. La balsa era sólida y fuerte, pero era un modelo antiguo que carecía de equipo para la supervivencia. A sus pasajeros sólo les quedaba su entereza personal para mantener la moral elevada hasta que les rescataran.

Gallagher y Katie, arrebujados bajo las gruesas capas de ropa, habían sobrevivido a la noche en buena forma, pero el general Hui, vestido sólo con su uniforme y sin chaquetón, se iba congelando lenta e inexorablemente. El viento despiadado atravesaba su uniforme como mil picos de hielo. Su cabello estaba cubierto de hielo. Gallagher se había quitado su grueso chaquetón para arropar a Hui, pero Katie sabía que el viejo militar se estaba apagando rápidamente.

La balsa era arrojada sobre las crestas y agitada por las brutales olas. Parecía imposible que aquella frágil embarcación pudiera aguantar los embates. Sin embargo, siempre se recuperaba, enderezaba y estabilizaba, antes de hacer frente al siguiente ataque. Ni una sola vez arrojó a sus desdichados pasajeros a las frías aguas.

Gallagher se ponía de rodillas cada media hora y escudriñaba las aguas desde la cresta de las olas, cuando la balsa era empujada hacia el cielo, para luego hundirse de nuevo en otro seno. Era un ejercicio inútil. Las aguas estaban desiertas. Durante aquella noche terrorífica, no había visto ni rastro de luces de otro barco.

—Tiene que haber un barco cerca —dijo Katie entre sus dientes castañeteantes.

Gallagher meneó la cabeza.

—El agua está tan desierta como la hucha de un niño abandonado.

No añadió que la visibilidad era inferior a cincuenta metros.

—Nunca me perdonaré por abandonar a Fritz —susurró Katie, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas, antes de convertirse en hielo.

—Fue por mi culpa —la consoló Gallagher—. Tendría que haberlo cogido cuando salimos del camarote.

—¿Fritz? —preguntó Hui.

—Mi perrito pachón —explicó Katie.

—Ha perdido un perro. —Hui se incorporó de repente—. ¿Ha perdido un perro? —repitió—. ¡Yo he perdido el alma y el corazón de mi país! —Sufrió un acceso de tos. El abatimiento abría surcos en su rostro, la desesperación nublaba sus ojos. Parecía un hombre cuya vida hubiera perdido todo sentido—. No he cumplido mi misión. Debo morir.

—No sea estúpido —repuso Gallagher—. Saldremos de ésta. Aguante un poco más.

Hui no pareció oírle. Daba la impresión de estarse encogiendo. Katie estudió los ojos del general. Era como si una luz encendida detrás de ellos se hubiera apagado de repente. Adoptaron una mirada vidriosa, muerta.

—Creo que ha muerto —susurró Katie.

Gallagher lo comprobó.

—Apriétate contra su cuerpo y utilízalo como protección contra el viento y la espuma. Yo me tenderé al otro lado de ti.

A Katie se le antojó horripilante, pero descubrió que apenas podía sentir el cadáver de Hui a través de su masa de ropa. La pérdida de su fiel perrito, el hundimiento del barco, el viento demencial y las olas enloquecidas, todo le parecía irreal. Esperaba que todo fuera una pesadilla de la que pronto despertaría. Se acurrucó más entre los dos hombres, uno vivo y otro muerto.

Durante el resto del día y la siguiente noche, la intensidad de la tormenta se calmó poco a poco, pero siguieron expuestos al viento asesino. Katie ya no sentía las manos ni los pies. Empezó a deslizarse en la inconsciencia. Diversas fantasías desfilaron por su mente. Consideró macabra la idea de que tal vez había tomado ya su última comida. Creyó ver una playa arenosa sobre la cual se mecían las palmeras. Imaginó que Fritz correteaba por la arena y ladraba cuando se acercaba a ella. Habló con Gallagher como si estuvieran en un restaurante, y escogió los platos de la cena. Se le apareció su padre, ya fallecido, vestido con su uniforme de capitán. Erguido sobre la balsa, la miró y sonrió. Le dijo que viviría, que no se preocupara. La tierra estaba muy cerca. Y después, desapareció.

—¿Qué hora es? —preguntó con voz ronca.

—La tarde está bastante avanzada —contestó Gallagher—. Mi reloj se paró poco después de abandonar el Princess.

—¿Cuánto tiempo hace que vamos a la deriva?

—Calculo que unas cuarenta horas, desde que el Princess se fue a pique.

—Estamos cerca de tierra —murmuró ella.

—¿Cómo lo sabes, cariño?

—Mi padre me lo ha dicho.

—¿De veras?

Gallagher le dedicó una sonrisa compasiva, que floreció bajo un bigote y unas cejas cubiertas de hielo. Los carámbanos que colgaban de sus cabellos expuestos al aire libre dotaban a Gallagher de la apariencia de un monstruo surgido de las profundidades del polo en una película de ficción científica. A excepción de que ella no tenía pelo en la cara, Katie se preguntó si su aspecto sería el mismo.

—¿No la ves?

Entumecido por el frío, Gallagher consiguió sentarse y escudriñó el horizonte de su pequeño mundo. La cellisca nublaba su vista, pero insistió en sus esfuerzos. Pensó que sus ojos le estaban engañando. Distinguió grandes rocas esparcidas sobre una playa. A escasa distancia, no más de cincuenta metros, la nieve formaba un manto sobre los árboles que el viento agitaba. Vio lo que parecía la forma oscura de una pequeña cabaña entre los árboles.

Gallagher, pese al entumecimiento de sus miembros, se quitó una bota y la utilizó a modo de remo. Al cabo de unos minutos, el ejercicio pareció calentarle el cuerpo, y el esfuerzo le resultó menos arduo.

—Ánimo, querida. Pronto llegaremos a tierra.

La corriente circulaba paralela a la orilla, y Gallagher hizo lo posible por liberarse de sus garras. Tuvo la impresión de que estaba luchando contra un torrente de melaza. La distancia fue disminuyendo con agonizante lentitud. Los árboles parecían tan cercanos como si pudiera tocarlos y sacudirlos, pero aún se hallaban a sus buenos sesenta metros de distancia.

Justo cuando Gallagher había llegado al fin de sus fuerzas y estaba a punto de desmayarse del agotamiento, notó que la balsa golpeaba contra pedruscos bajo el agua. Miró a Katie. Estaba temblando de forma incontrolable, debido al frío y la humedad. No duraría mucho.

Embutió su pie helado en la bota. Contuvo el aliento, rezó para que el agua no cubriera su cabeza y saltó. Era un riesgo que debía correr. Por suerte, sus botas tocaron roca dura antes de que el nivel del agua le llegara a las ingles.

—¡Katie! —gritó, presa de un delirio de alegría—. ¡Lo hemos conseguido! ¡Estamos en tierra!

—Estupendo —murmuró Katie, demasiado paralizada y amodorrada para que le importara.

Gallagher arrastró la balsa hasta una orilla cubierta de rocas y guijarros pulidos por el oleaje. El esfuerzo consumió sus últimas reservas de energía, y se desplomó como un muñeco de trapo sobre las rocas frías. No supo cuánto tiempo había pasado inconsciente, pero cuando por fin se recuperó lo suficiente para arrastrarse hasta la balsa y mirar por encima de la borda, vio que la piel de Katie estaba azul y moteada. La atrajo hacia sí, desesperado. No estaba seguro de si aún seguía con vida. Entonces reparó en que un hilillo de vapor surgía de su nariz. Buscó el pulso en su cuello. Era tenue y lento. Su fuerte corazón todavía latía, pero la muerte no tardaría en llegar.

Alzó la vista hacia el cielo. Ya no era una espesa capa de color gris oscuro. Las nubes estaban adoptando formas diferentes, al tiempo que adquirían un tono blancuzco. La tormenta se batía en retirada, e incluso notó que el viento racheado se había convertido en una brisa calma. Tenía poco tiempo. Si no encontraba calor enseguida, la perdería.

Gallagher respiró hondo, la cogió con sus brazos y la levantó de la balsa. Propinó una patada de odio a la balsa, que albergaba el cadáver del general Hui, para alejarla de la orilla. La siguió con la vista unos segundos, mientras la corriente empezaba a empujarla hacia aguas más profundas. Después apretó a Katie contra su pecho y se encaminó hacia lo que parecía una cabaña entre los árboles. De pronto, el aire gélido se le antojó más tibio, y ya no se sintió entumecido ni cansado.

Tres días después, el carguero Stephen Miller informó que había descubierto un cadáver en una balsa salvavidas. El muerto era un chino, y parecía que lo habían esculpido en hielo. Nunca fue identificado. La balsa salvavidas, de un modelo que ya no se utilizaba desde hacía casi veinte años, llevaba escrito su nombre en chino. La traducción posterior reveló que pertenecía al Princess Dou Wan.

Se ordenó una investigación. Restos flotantes fueron avistados, pero no se recuperaron. No se descubrió ninguna mancha de aceite. No se había informado de la desaparición de ningún barco. Nadie había recibido una señal de socorro, ni en tierra ni en mar. Ninguna de las estaciones de rescate que controlaban las frecuencias de los barcos en apuros recibieron nada, sólo la estática de la nieve.

El misterio se ahondó al llegar la noticia del hundimiento de un barco llamado Princess Dou Wan ante las costas de Chile, el mes anterior. El cadáver encontrado en la balsa salvavidas fue enterrado, y el extraño enigma no tardó en olvidarse.

PRIMERA PARTE

AGUAS ASESINAS

1

14 de abril del 2000

Océano Pacífico, costa de Washington

Como si luchase para salir de un pozo sin fondo, la conciencia regresó lentamente a Ling T’ai. La parte superior de su cuerpo aullaba de dolor. Gimió con los dientes apretados, deseosa de lanzar un chillido de agonía. Levantó una mano amoratada y se tocó con cautela la cara. Un ojo estaba cerrado por completo; el otro seguía abierto en parte, pero muy hinchado. Tenía la nariz rota, y aún brotaba sangre de sus fosas nasales. Por suerte, conservaba los dientes, pero sus brazos y hombros estaban virando a un tono lívido. No quiso empezar a contar los moratones.

Al principio, Ling T’ai no estaba segura de por qué la habían elegido para el interrogatorio. La explicación llegó después, justo antes de que comenzara la brutal paliza. Sí estaba segura de que habían sacado a otros del contingente de inmigrantes ilegales que transportaba el barco, para torturarlos a continuación y encerrarles en un compartimiento a oscuras de la bodega de carga. No tenía muchas cosas claras, todo le parecía confuso y oscuro. Tenía la sensación de que iba a perder la conciencia y caer de nuevo en el pozo.

El barco en el que había atravesado el Pacífico desde el puerto chino de Qingdao tenía la apariencia de un típico crucero. Se llamaba Indigo Star y su casco estaba pintado de blanco. Comparable en tamaño a la mayoría de cruceros más pequeños que transportaban entre cien y ciento cincuenta pasajeros con todo tipo de comodidades, el Indigo Star apretujaba a casi mil doscientos inmigrantes ilegales chinos en enormes compartimientos dentro del casco y la superestructura. Era una fachada inocente por fuera, un infierno humano por dentro.

Ling T’ai no había imaginado las insufribles condiciones que ella y otros mil desgraciados iban a soportar. La comida era mínima, suficiente apenas para subsistir. No existían condiciones sanitarias y los retretes eran deplorables. Algunos inmigrantes habían muerto, sobre todo niños pequeños y ancianos. Sus cuerpos habían desaparecido. Ling T’ai suponía que los habían echado al agua, como si fueran basura.

El día antes de que el Indigo Star llegara a la costa noroeste de Estados Unidos, un grupo de guardias sádicos llamados comisarios, que mantenían un clima de terror e intimidación a bordo del barco, habían reunido a treinta o cuarenta pasajeros, y después les habían sometido a un interrogatorio, sin más explicaciones. Cuando llegó su turno, Ling T’ai fue conducida a un compartimiento pequeño y oscuro, donde le ordenaron que se sentara en una silla delante de cuatro comisarios, sentados detrás de una mesa. Le formularon una serie de preguntas.

—¡Tu nombre! —preguntó un hombre delgado, vestido con un traje a rayas gris. Su rostro barbilampiño y oscuro era inteligente, pero inexpresivo.

Los otros tres guardaron silencio y se limitaron a dirigirle miradas malvadas. Para los iniciados, era el clásico esquema de coerción interrogativa.

—Me llamo Ling T’ai.

—¿En qué provincia naciste?

—En Jiangsu.

—¿Vivías allí? —preguntó el hombre delgado.

—Hasta que cumplí veinte años y acabé mis estudios. Después fui a Cantón, donde empecé a trabajar como maestra de escuela.

Las preguntas se sucedían de forma desapasionada, carentes de inflexión.

—¿Por qué quieres ir a Estados Unidos?

—Sabía que el viaje sería muy peligroso, pero la promesa de oportunidades y una vida mejor era demasiado atrayente —contestó ella—. Decidí abandonar a mi familia y hacerme estadounidense.

—¿De dónde sacaste el dinero para tu pasaje?

—De los ahorros de mi paga de maestra, durante más de diez años. El resto se lo pedí prestado a mi padre.

—¿Cuál es su ocupación?

—Es profesor de química en la Universidad de Pekín.

—¿Tienes amigos o familia en Estados Unidos?

Ling T’ai meneó la cabeza.

—No tengo a nadie.

El hombre la miró durante un rato, con calculado interés. Después la señaló con el dedo.

—Eres una espía enviada para informar sobre nuestras operaciones ilegales.

La acusación llegó de una forma tan repentina que la muchacha se quedó paralizada, antes de tartamudear:

—No sé a qué se refiere. Soy maestra de escuela. ¿Por qué me llama espía?

—No tienes aspecto de haber nacido en China.

—¡No es verdad! —repuso Ling T’ai, presa del pánico—. Mis padres son chinos, y también lo eran mis abuelos.

—En ese caso, explica por qué excedes en diez centímetros la talla media de las mujeres chinas, y por qué tus rasgos faciales poseen ese leve toque de antepasados europeos.

—¿Quién es usted? —preguntó la mujer—. ¿Por qué es tan cruel?

—Me llamo Ki Wong. Soy el comisario jefe del Indigo Star. Ahora, contesta a mi última pregunta.

Ling, con aspecto asustado, explicó que su bisabuelo había sido un misionero holandés en la ciudad de Longyan. Tomó como esposa a una campesina de la localidad.

—Ésa es la única sangre occidental que corre por mis venas, lo juro.

Los inquisidores no concedieron crédito a su historia.

—Mientes.

—¡Ha de creerme, por favor!

—¿Hablas inglés?

—Sólo conozco algunas palabras y frases.

Wong fue directo al verdadero problema.

—Según nuestros registros, no pagaste lo suficiente por tu pasaje. Nos debes otros diez mil dólares estadounidenses.

Ling T’ai se puso en pie y sollozó:

—¡Pero no tengo más dinero!

Wong se encogió de hombros.

—Entonces, serás devuelta a China.

—¡No, por favor, ahora ya no puedo volver!

Se retorció las manos.

El comisario jefe dirigió una mirada significativa a los otros tres hombres, inmóviles en sus sillas como esculturas de piedra. Su voz experimentó un cambio sutil.

—Tal vez haya otra forma de que entres en Estados Unidos.

—Haré lo que sea —suplicó Ling T’ai.

—Si te depositamos en tierra, tendrás que trabajar hasta que termines de pagar tu deuda. Como apenas hablas inglés, será imposible que encuentres empleo como maestra de escuela. Sin amigos o familiares, careces de medios de sustento. Por lo tanto, nosotros nos encargaremos de proporcionarte comida, un lugar donde vivir y una oportunidad de trabajar, hasta que seas capaz de subsistir por tus propios medios.

—¿A qué clase de trabajo se refiere? —preguntó ella, vacilante.

Wong hizo una pausa y luego sus labios esbozaron una sonrisa perversa.

—Te dedicarás al arte de satisfacer a los hombres.

Así que se trataba de eso. Ling T’ai y la mayoría de sus compañeros de penurias nunca disfrutarían de la posibilidad de vivir libres en Estados Unidos. En cuanto pisaran suelo extranjero se convertirían en esclavos, sujetos a tortura y extorsión.

—¿Prostitución? —gritó airada Ling T’ai—. ¡Nunca me rebajaré hasta ese extremo!

—Una lástima —dijo Wong, impasible—. Eres una mujer atractiva, y podría pedir un buen precio.

El hombre se puso en pie, rodeó la mesa y se plantó frente a ella. Su sonrisa burlona se desvaneció de repente, sustituida por una mirada de malicia. Extrajo del bolsillo de su chaqueta lo que parecía una manguera de goma rígida y la azotó en la cara y el cuerpo. Luego levantó la barbilla de la mujer con una mano y examinó su rostro amoratado. Ling T’ai gimió y suplicó que parara.

—Tal vez has cambiado de opinión.

—Nunca —murmuró ella con sus labios partidos y ensangrentados—. Antes moriré.

Wong esbozó una fría sonrisa y golpeó la base del cráneo de Ling T’ai con todas sus fuerzas. La desgraciada se sumió en las tinieblas al instante.

Su torturador regresó a la mesa y tomó asiento. Descolgó un auricular y dijo:

—Puedes sacar a la mujer y llevártela con los que van a Orion Lake.

—¿No crees que puede transformarse en una propiedad ventajosa? —preguntó un hombre corpulento sentado al extremo de la mesa.

Wong meneó la cabeza y contempló a Ling T’ai, que yacía ensangrentada en el suelo.

—Hay algo en esta mujer que me inspira desconfianza. Es mejor ir a lo seguro. A ninguno de nosotros se le ocurriría incurrir en la ira de nuestro estimado superior echando a perder el negocio. Ling T’ai verá satisfecho su deseo de morir.

Una mujer anciana, que decía ser enfermera, aplicó con delicadeza un paño húmedo a la cara de Ling T’ai, limpió la sangre coagulada y la trató con un desinfectante que había sacado de un botiquín de primeros auxilios. Después de atender a sus heridas, la anciana fue a consolar a un muchacho que lloraba en brazos de su madre. Ling T’ai abrió a medias el ojo que no estaba demasiado hinchado y reprimió una súbita náusea. Si bien padecía dolores espantosos que nacían en cada terminación nerviosa, su mente tenía muy claros todos los aspectos de cómo había ido a parar a aquella situación.

Su nombre no era Ling T’ai. El nombre que constaba en su partida de nacimiento estadounidense era Julia Marie Lee, nacida en San Francisco, California. Su padre había sido un analista financiero estadounidense destinado en Hong Kong, que se casó con la hija de un acaudalado banquero chino. A excepción de los ojos grises, que ocultaba bajo unas lentillas marrones, se parecía a su madre, de la que había heredado el hermoso cabello negroazulado y los rasgos faciales asiáticos. Tampoco había sido maestra de escuela en la provincia de Jiangsu.

Julia Marie Lee era una agente secreto especial de la División de Investigaciones de Asuntos Internacionales, perteneciente al Servicio de Naturalización e Inmigración de Estados Unidos (INS). En su papel de Ling T’ai, había pagado el equivalente a treinta mil dólares en moneda de curso legal china a un representante de la mafia de inmigración ilegal en Pekín. Durante el viaje, había reunido información muy valiosa sobre las actividades y los métodos operativos del sindicato.

En cuanto la depositaran en la orilla, su plan consistía en ponerse en contacto con la oficina del subdirector de investigaciones del distrito de Seattle, quien estaba a la espera de la información para detener a los contrabandistas de seres humanos dentro de los límites jurisdiccionales, y destruir así el conducto que utilizaba la mafia para introducirse en Estados Unidos. Ahora, su suerte era incierta y no veía forma de escapar.

Gracias a cierta reserva de entereza que ignoraba poseer, Julia había conseguido sobrevivir a la tortura. Meses de duro entrenamiento no la habían preparado para una paliza brutal. Se maldijo por haber elegido el cursillo equivocado. Si hubiera aceptado con docilidad su destino, habría contado con buenas probabilidades de escapar. Pero pensó que, si se ceñía a su papel de mujer china asustada pero orgullosa, engañaría mejor a los mafiosos. Cometió un error. Ahora sabía que no había piedad si se mostraba la menor señal de resistencia. A la tenue luz, empezó a ver que muchos hombres y mujeres habían sido golpeados con la misma saña que ella.

Cuanto más pensaba en su situación, más se convencía de que ella y todos cuantos la acompañaban en la bodega iban a ser asesinados.

2

El propietario de la pequeña tienda de Orion Lake, situada a 135 kilómetros al oeste de Seattle, se volvió apenas y miró al hombre que abría la puerta y se quedaba un momento en el umbral. Orion Lake estaba apartada de las rutas más transitadas, y Dick Colburn conocía a todo el mundo en esa zona escarpada de las montañas de la península de Olympic. El forastero era un turista de paso o un pescador de la ciudad que intentaba probar su suerte con los salmones y las truchas que el Servicio Forestal había llevado al cercano lago. Llevaba una chaqueta de cuero corta sobre un jersey de punto irlandés y pantalones color vino. Ningún sombrero cubría su cabello negro ondulado, que empezaba a encanecer en las sienes. Colburn vio que el forastero contemplaba sin pestañear los estantes y vitrinas antes de entrar.

Colburn estudió al hombre por unos segundos. Era alto. Su cabeza no tocaba el dintel de la puerta por tres dedos. No era el rostro de un oficinista, decidió. La piel estaba demasiado bronceada y agrietada para una vida pasada entre cuatro paredes. Las mejillas y la barbilla necesitaban un afeitado urgente. El cuerpo parecía delgado para su tamaño. Tenía el inconfundible aspecto de alguien que había visto demasiado, que había sufrido penurias y desdichas. Parecía cansado, pero no físicamente, sino agotado emocionalmente, alguien a quien la vida ya no importaba demasiado. Casi era como si la muerte le hubiera dado una palmadita en el hombro, pero él se la hubiera sacudido como si tal cosa. No obstante, una serena alegría habitaba en sus ojos verdes opalinos pese a las facciones demacradas, además de un vago sentido del orgullo.

Colburn procuró disimular su interés y continuó colocando artículos en los estantes.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó sin volverse.

—Quiero comprar comestibles.

La tienda de Colburn era demasiado pequeña para que circularan carritos, de modo que cogió una cesta y pasó las asas sobre un brazo.

—¿Cómo va la pesca?

—Aún no he puesto a prueba mi suerte.

—Hay un buen remanso en el extremo sur del lago. Dicen que pican bastante.

—No lo olvidaré, gracias.

—¿Ha comprado ya la licencia de pesca?

—No, pero apuesto a que tiene autorización para venderme una.

—¿Residente o no residente en el estado de Washington?

—No residente.

El tendero sacó un formulario de debajo del mostrador y alargó un bolígrafo al forastero.

—Llene sólo los espacios en blanco pertinentes. Añadiré la cuota a su cuenta. —Para el oído experto de Colburn, el acento sonaba vagamente del sudoeste—. Los huevos son frescos. Tengo en oferta latas de estofado Shamus O’Malley. El salmón ahumado y los filetes de alce saben a gloria.

Por primera vez, la insinuación de una sonrisa asomó a los labios del forastero.

—Los filetes de alce y el salmón prometen, pero creo que pasaré del estofado del señor O’Malley.

Después de casi quince minutos, el cesto quedó lleno y apoyado en el mostrador, al lado de una antigua caja registradora de latón. En lugar de la habitual selección de alimentos enlatados, por la que se decantaba la mayoría de los pescadores, aquel cesto estaba repleto de frutas y verduras.

—Pensará alojarse en algún sitio —comentó Colburn.

—Un viejo amigo de la familia me ha prestado su cabaña del lago. Tal vez le conozca. Se llama Sam Foley.

—Hace veinte años que conozco a Sam. Su cabaña es la única que ese maldito chino no ha comprado todavía —gruñó Colburn—. Eso es bueno. Si Sam vende, los pescadores se quedarán sin acceso al lago para echar sus barcas al agua.

—Me preguntaba por qué todas las cabañas parecían descuidadas y abandonadas, a excepción de ese edificio de aspecto extraño. El que hay en la parte norte del lago, frente a la boca del riachuelo que fluye hacia el oeste.

Colburn contestó mientras marcaba los precios en la caja.

—Era una fábrica de conservas de pescado en los años cuarenta, hasta que la empresa quebró. El chino la compró por un precio irrisorio y la reconvirtió en una mansión elegante. Hasta construyó un campo de golf de nueve hoyos. Después, empezó a comprar todas las propiedades que daban al lago. Su amigo, Sam Foley, es el único que resiste.

—Parece que la mitad de la población de Washington y la Columbia Británica es china —comentó el forastero.

—Los chinos se han desparramado sobre el noroeste del Pacífico como una inundación desde que el gobierno comunista recuperó Hong Kong. Ya se han apoderado de la mitad del centro de Seattle y de casi todo Vancouver. Vaya usted a saber qué aspecto tendrá la población dentro de cincuenta años. —Colburn pulsó la tecla de TOTAL—. Con el permiso de pesca, serán setenta y nueve dólares con treinta centavos.

El forastero extrajo un billete del bolsillo, tendió a Colburn un billete de cien y esperó el cambio.

—¿A qué clase de negocios se dedica el chino del que ha hablado?

—Sólo he oído que es un rico magnate naviero de Hong Kong. —Colburn empezó a guardar los artículos en bolsas mientras hablaba—. Nadie le ha visto nunca. Nunca baja a la ciudad. A excepción de los conductores de grandes camiones de reparto, nadie entra ni sale. Un comportamiento extraño, si presta oído a las habladurías. Él y sus compinches nunca pescan de día. De noche sólo se oyen motores de barco, y navegan sin luces. Harry Daniels, que caza y acampa junto al río, afirma que ha visto un barco de aspecto raro surcando el lago después de medianoche, y nunca cuando hay luna.

—A todo el mundo le hace gracia un misterio.

—Si puedo hacer algo por usted mientras esté por aquí, dígamelo. Me llamo Dick Colburn.

El forastero exhibió unos dientes blancos y perfectos en una amplia sonrisa.

—Dirk Pitt.

—¿Es usted de California, señor Pitt?

—El profesor Henry Higgins* se sentiría orgulloso de usted —dijo Pitt, risueño—. Nací y me crié en el sur de California, pero durante los últimos quince años he vivido en Washington.

Colburn olfateó nuevas posibilidades.

—Debe de trabajar para el gobierno.

—La NUMA, Agencia Nacional Marina y Submarina. Antes de que extraiga conclusiones precipitadas, le diré que he venido a Orion Lake sólo para relajarme y desconectar. Nada más.

—Perdone que se lo diga —contestó Colburn—, pero tiene aspecto de necesitar un descanso.

Pitt sonrió.

—Lo que necesito es un buen masaje en la espalda.

—Cindy Elder. Sirve en la barra del Sockeye Saloon y da unos masajes estupendos.

—Lo tendré presente. —Pitt acomodó las bolsas en ambos brazos y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y dio media vuelta—. Por pura curiosidad, señor Colburn, ¿cómo se llama ese chino?

Colburn miró a Pitt, intentando leer algo que sus ojos no transparentaban.

—Se hace llamar Shang, Qin Shang.

—¿Alguna vez explicó por qué había comprado la antigua fábrica de conservas?

—Norman Selby, el agente de bienes raíces que se ocupó de la transacción, dijo que Shang quería una zona retirada a la orilla del agua para construir un retiro elegante, donde pudiera agasajar a clientes ricos. —Colburn hizo una pausa, con expresión reprobadora—. Tendría que ver lo que hizo con una fábrica de conservas perfecta. Sólo era una cuestión de tiempo que la Comisión de Historia estatal la declarara monumento histórico. Shang la convirtió en un cruce entre un edificio de oficinas moderno y una pagoda. Un aborto, se lo digo yo, un maldito aborto.

—Posee un aspecto moderno —admitió Pitt—. Supongo que Shang, como gesto de buena voluntad, invita a los ciudadanos a fiestas y torneos de golf, ¿no?

—¿Bromea? Shang ni siquiera permite que el alcalde y los concejales se acerquen a un kilómetro de su propiedad. ¿Puede creer que ha erigido una verja metálica de tres metros, con alambre de espino en lo alto, y que rodea casi todo el lago?

—¿Puede hacer eso?

—Puede y pudo, sobornando a los políticos. No puede alejar a la gente del lago. Pertenece al estado. Pero se lo puede poner crudo.

—Algunas personas consideran la intimidad un fetiche —dijo Pitt.

—Para Shang es algo más que un fetiche. Cámaras de seguridad y matones armados patrullan por los bosques que rodean la propiedad. Los cazadores y pescadores que se acercan demasiado son expulsados y tratados como delincuentes comunes.

—Procuraré no abandonar mi lado del lago.

—No será mala idea.

—Le veré dentro de unos días, señor Colburn.

—Vuelva cuando quiera, señor Pitt. Buenos días.

Pitt levantó la vista hacia el cielo. El día estaba terminando. Las copas de los abetos que se alzaban detrás de la tienda de Colburn ocultaban en parte el sol del atardecer. Dejó las bolsas en el asiento trasero de su coche alquilado y se sentó al volante. Giró la llave de encendido, puso la primera y pisó el acelerador. Cinco minutos después, se desvió de la autovía de asfalto por un camino de tierra que conducía a la cabaña de Foley. Durante tres kilómetros, el camino serpenteaba por un bosque de cedros, abetos y pinabetes.

Al final de una recta de casi medio kilómetro, llegó a una bifurcación. Cada camino bordeaba la orilla del lago en direcciones opuestas, hasta que se encontraban de nuevo al otro lado, que era la extravagante morada de Qin Shang. Pitt tuvo que dar la razón al tendero. La antigua fábrica de conservas había sido transformada en un aborto arquitectónico, totalmente inadecuado para el hermoso paisaje de un lago alpino. Era como si el constructor hubiera iniciado un moderno edificio de placas solares tintadas de color entremezcladas con vigas de acero, para luego cambiar de idea y ponerlo en manos de un contratista de la dinastía Ming del siglo XV, que había coronado el edificio con un tejado de tejas doradas sacado del majestuoso Salón de la Armonía Suprema de la Ciudad Prohibida.

Pitt, después de saber que el propietario estaba protegido por un sofisticado sistema de seguridad, supuso que sus movimientos eran observados mientras disfrutaba de la soledad del lago. Se internó por la carretera de la izquierda y continuó otro kilómetro, hasta detenerse junto a una escalera de madera que conducía al porche techado que rodeaba una bonita cabaña de troncos que dominaba el lago. Siguió sentado en el coche durante un minuto, contemplando a un par de ciervos que pacían en el bosque.

El dolor había desaparecido de sus heridas, y podía realizar los movimientos casi tan bien como antes de la tragedia. Casi todos los cortes y quemaduras habían cicatrizado. Lo más costoso era curar su mente y sus emociones.

Había adelgazado cinco kilos y no hacía el menor esfuerzo por recuperarlos. Experimentaba la sensación de haber perdido todo sentido de la determinación. Era un caso de sentirse peor de lo que el aspecto delataba. No obstante, en el fondo existía una chispa encendida por una urgencia inherente de escudriñar en lo desconocido. La chispa se transformó en llama nada más entró los comestibles en la cabaña y dejó las bolsas sobre el fregadero de la cocina.

Algo no estaba bien. No sabía qué era, pero torturaba en silencio su mente, algún sexto sentido que le advertía. Entró en la sala de estar. Nada anormal. Entró con cautela en el dormitorio, paseó la vista alrededor, echó un vistazo al armario y entró en el cuarto de baño. Allí estaba. Sus artículos de aseo, que guardaba en el neceser (navaja de afeitar, colonia, cepillo de dientes, cepillo del pelo) siempre estaban ordenados sobre la repisa del lavabo. Y seguían estándolo como él los había dejado, excepto el neceser. Recordaba muy bien que lo había sujetado por el asa para depositarlo sobre la repisa. Ahora, el asa miraba hacia la pared posterior.

Registró habitación tras habitación, con la atención puesta en todos los objetos sueltos. Alguien, probablemente más de una persona, había registrado hasta el último centímetro de la cabaña. Tenían que ser profesionales, pero se desinteresaron del asunto cuando llegaron a la conclusión de que el huésped no era un agente secreto o un asesino a sueldo, sino un invitado del propietario de la cabaña que disfrutaba de unos días de apacible descanso. Desde que Pitt había ido a la ciudad hasta que había vuelto, habían contado con sus buenos cuarenta minutos para llevar a cabo la tarea. Al principio, Pitt no entendió el motivo del registro, pero una tenue luz alumbró las profundidades de su cerebro.

Tenía que existir otro motivo. Para un espía o detective experto, la respuesta sería inmediata, pero Pitt no era ninguna de ambas cosas. Ex piloto de la fuerza aérea y director de proyectos especiales de la NUMA desde hacía mucho tiempo, su especialidad consistía en solucionar las dificultades con que tropezaban los proyectos submarinos de la agencia, no las investigaciones secretas. Tardó más de un minuto en resolver el enigma.

Comprendió que el registro era secundario. El auténtico propósito era instalar micrófonos o minicámaras. Alguien no confía en mí, pensó Pitt. Y ese alguien debe de ser el jefe de seguridad de Qin Shang.

Como los micrófonos no eran más grandes que una cabeza de alfiler, sería difícil descubrirlos sin aparatos de rastreo electrónicos. De todos modos, como Pitt sólo podía hablar con él mismo, decidió concentrarse en las cámaras. Tras asumir que se encontraba bajo vigilancia y que alguien sentado ante un monitor de televisión, al otro lado del lago, observaba sus movimientos, se sentó y fingió leer un periódico, mientras su mente se zambullía en una frenética actividad. Les dejaremos ver lo que quieran en la sala de estar y en el dormitorio, concluyó. La cocina es otra historia. La cocina sería su cuartel general.

Dejó el periódico y empezó a guardar las provisiones en las alacenas y la nevera, mientras sus ojos escudriñaban hasta el último rincón. No descubrió nada a primera vista. Luego paseó la mirada con aparente indiferencia p ...