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EL INFIERNO EN TU PIEL

Camucha Escobar  

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Fragmento

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A mis queridas editoras Gabriela Vigo y

Florencia Cambariere, por creer en esta historia y hacer posible que llegue a todos ustedes.

A Cristina Bajo, talentosa escritora, por sus sabios consejos.

A Vero Barrueco y a todo el equipo de prensa de Penguin Random House, por el gran trabajo que realizan antes, durante y después de la publicación de cada libro.

A mi querida Majo Zaldívar, por su colaboración desinteresada y sus sugerencias.

A mi hermana Marita, por crear y mantener mi sitio web con la dedicación que genera el amor fraterno.

A mi amiga Andrea Pacífico, quien fue leyendo cada párrafo y haciéndome sus comentarios con agudeza y cariño.

A mi profesor Daniel Ruiz Rubini, un pilar importante en mi escritura.

A mis amigas de Giras Literarias, por su buen humor y compañía.

A los maravillosos grupos de lectura, que siempre me acompañaron en este camino de la escritura:

Carnaval de Lecturas, Lectoras Marplatenses,

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Amigos Literarios sin Fronteras, Adictos a la Lectura de Córdoba, Amigas Bonellistas, Mundos de Papel, Recomiéndame Libros, Lectoras de Córdoba,

Lectoras Casañistas y los Fans de los Osorio.

A mi querido esposo, a mis hijos y a mis amigas del alma, quienes me apoyan con cariño y paciencia siempre.

A todos los que me leen, porque cada vez que eligen mis novelas me animan a seguir escribiendo.

A pólvora y sangre

Pagos del Pergamino
Octubre de 1857

Las risas de las muchachas se confundían con el ladrido de los perros. Una morena de ojos vivaces y una rubia de mirada serena jugaban en el agua barrosa de la laguna. Esa primavera era atípica por el calor intenso, calor que afectaba a las personas y a los animales por igual. Nicha salpicaba a Mailén, su amiga india, quien no dudaba en sumergirse una y otra vez en el agua, haciendo alarde de una gran destreza. Desde la orilla, los perros no dejaban de ladrar.

Cansadas de tanto juego, decidieron salir y permanecieron de pie mientras la ropa y los cabellos se les secaban al sol. Las hebras rubias de Nicha contrastaban con las oscuras de Mailén.

—Ven, ayúdame que voy a curar a este pequeñín. Tiene la pata infectada. —Nicha se dirigió hacia donde se encontraba el cachorro de puma de la india. El animal la observaba con sus ojos amarillos alertas. Mailén lo tomó en sus brazos mientras Nicha sacaba un paño de una bolsa y lo embebía en miel; despacio, le fue pasando el paño por la herida. El animal permanecía quieto. Parecía capaz de intuir que lo estaban curando. Finalmente, lo envolvió con unos trapos limpios que había cortado a modo de vendas. El cachorro salió disparando y se perdió entre las matas.

—¡Mira si será desagradecido! —exclamó Nicha, fingiendo enojo. El cabello destrenzado le colgaba hasta la cintura.

Mailén la miró con cariño:

—Gracias, amiga. Déjame que te ayude con el peinado. —En un santiamén la india le hizo dos gruesas trenzas, que ató con unas tiras de colores—. Ahora me voy. Debo ayudar con los preparativos de la boda.

El asombro se pintó en el rostro de Nicha. Indignada, le soltó:

—¡Pero si todavía falta más de una semana! Te casas con Laureano, el hijo del cacique Guayqueguir. ¿No tienes suficiente ayuda? ¡Eres la novia! Y mira, te estás olvidando tu brazalete.

Mientras hablaba se inclinó a juntarlo. Era una pieza hermosa de oro con incrustaciones en amatistas y en el cual se distinguían inscripciones indígenas. La joya se la había regalado su futura suegra.

Mailén se rio mostrando sus dientes blanquísimos:

—Gracias. No quiero ni imaginarme el disgusto de Laureano si lo hubiese perdido. —Luego, con mucho cariño le comentó—: En las bodas todos ayudamos, incluso la novia.

Nicha suspiró resignada:

—Voy a disfrutar de la tuya porque yo no pienso casarme. No. No —iba negando con la cabeza a la vez que se vestía con prendas de algodón y se calzaba unas sandalias livianas. A pesar de las advertencias de su madre, su piel lucía un dorado saludable. A ella le apetecía estar al aire libre. Había cumplido dieciocho años, y aún no tenía pretendiente.

Mailén no pudo evitar reírse:

—Eso dices ahora. Ya llegará el momento en que te enamores y cambies de parecer. —La túnica de colores que la india deslizó por su cuerpo realzaba sus curvas firmes. En unos pocos días se iba a convertir en la esposa de Laureano, el hijo mayor del cacique Guayqueguir y Juana María, “la india blanca”. A pesar de haber recibido las aguas bautismales y la comunión, Laureano se iba a casar según las normas paganas de su tribu. Los ritos se habían cumplido como correspondían: los amigos del novio se habían presentado en el toldo de los padres de Mailén y habían elogiado sus hazañas y también las de sus ancestros. El padre de la novia había recitado el preciado pasado familiar de la muchacha. Laureano les obsequió numerosos regalos y, finalmente, le había sido concedida la mano de Mailén.

—Eso no ocurrirá nunca. Quiero convertirme en doctora. Aunque las mujeres no podamos estudiar en una Universidad, al menos aprendo todo lo que está a mi alcance. En fin, nos vemos en dos días así le cambio la venda al cachorro.

Mientras guardaba sus bártulos, le pareció distinguir un carruaje a la vera del camino, pero la conversación de Mailén hizo que no le prestara la menor atención. Cuando levantó la vista el carruaje había desaparecido. “¡Jesús, lo que me falta, ver visiones! Seguro que me insolé”. Con esos pensamientos fue a desatar su caballo para regresar a La Firmeza.

La volanta estaba detenida hacía un buen rato. Un par de ojos con la oscuridad de la muerte miraban fijamente a las jóvenes mientras una mano pálida y trémula las señalaba. Al cabo de unos minutos la volanta siguió su camino.

Cuando llegó el día que habían acordado, Nicha aprovechó nuevamente la hora de la siesta para escaparse a la laguna. Había preparado su “equipo para emergencias”, como le llamaba, y unas naranjas para compartir con su amiga. Sabía que ese iba a ser el último día libre de la india antes de sumergirse por completo en los preparativos de su casamiento. Llevó su yegua al tranco para no hacer ruido y, recién cuando salió a campo traviesa pudo galopar.

Habían pasado dos horas y Mailén no aparecía. Nicha no le dio demasiada importancia. “Seguro que está con los arreglos de la boda”, pensó resignada mientras regresaba a La Firmeza. “Mejor vuelvo mañana”. Como su familia siempre decía: “El que espera, desespera y el que viene, nunca llega”. Debía tragarse su impaciencia. Sin embargo, al día siguiente Mailén tampoco apareció. Puntualmente la esperó todos los días de esa semana, pero no había rastros de su amiga.

En las tolderías reinaba el desconcierto por la desaparición de Mailén. Laureano junto con Guayqueguir organizaron varias partidas de indios rastreadores, pero todo fue en vano. No había señales de la muchacha.

Los ojos cansados de Laureano oteaban la distancia. Habían pasado ya varios días sin ningún resultado. Un miedo frío le recorría la piel como una exhalación cada vez que pensaba que podría estar en poder de los soldados.

Presagios de amanecer teñían el cielo al emprender los indios nuevamente la búsqueda. Se habían alejado unas cuantas leguas de las tolderías, en dirección a la laguna, cuando los perros se encresparon con aullidos feroces. Uno de los indios rastreadores alcanzó a divisar un bulto brillante escondido bajo unos arbustos. Se acercaron con sigilo y encontraron al cachorro de puma envuelto en la túnica de Mailén. El animal tenía la cabeza cortada. Laureano, trastornado hasta los huesos, profirió un grito desgarrador, casi inhumano.

Llevaron los restos del puma y la túnica de la joven a la machí de la tribu. Únicamente ella podría revelarles su significado.

Con solo ver el cuerpo del animal la hechicera exclamó:

—¡Gualicho! ¡Gualicho! —La colosal mujer irradiaba una poderosa energía. A pesar de su figura, se movía con la gracia de un felino. Había entrado en una especie de trance mientras pasaba las manos sobre los restos del puma y la túnica de la india. Sus ojos achinados se cerraron un momento para luego vaticinar—: Una sombra negra se ha apoderado de su espíritu… una sombra que se deslizará como una mortaja y se adueñará de otros espíritus, impidiéndoles su vuelo… el gualicho ha llegado a estas tierras para quedarse —profetizó la machí.

Enseguida comenzó a cantar a modo de plegaria mientras arrojaba unas hierbas sobre el cadáver del animal, al cual envolvió nuevamente en la túnica. Los minutos se hicieron horas mientras la mujer invocaba a sus ancestros. Por momentos el color la abandonaba dejándola con una tonalidad blanca calavera y su voz se perdía en loas inentendibles. El fuego encendido bailaba al son de sus cantos. De pronto, las llamas quedaron reducidas a hilos rojos y una sombra poderosa emergió del centro de la hoguera. De su boca sin labios, sin dientes y negra como un abismo salió un grito aterrador, elevándose en la oscuridad de la noche. El miedo en su estado más puro y brutal recorrió el espíritu de los presentes, quitándoles las esperanzas, llenándolos de desasosiego. La machí permaneció en silencio hasta que, finalmente, anunció:

—Ahora sus almas se liberaron y corren libres junto a los dioses.

Laureano alcanzó a comprender que su novia estaba muerta:

—¿Quiénes fueron los culpables? ¿Quiénes? —exigió saber. La furia le subió por el cuerpo estallándole en mil pedazos.

La mujer se tomó su tiempo para contestar, simplemente:

—Un corazón arcano. —Y no habló más.

Guayqueguir le hizo una seña para que salieran de la tienda.

El joven había cambiado el dolor por rabia y deseos de venganza:

—Los huincas, padre, han sido los huincas. —La voz le temblaba, tenía un gemido atascado en la garganta. Dejó que las lágrimas descendieran por su rostro, alcanzando su boca, entonces las tragó como queriendo tragarse todo el odio que lo consumía.

Guayqueguir no contestó, pero asintió con la cabeza. Se vengarían a sangre y pólvora.

Estancia La Firmeza

(Propiedad de los Godoy)

Una Nicha preocupada se encontraba preparándose para la boda. La familia Godoy había sido invitada, debido a la profunda amistad de Facundo con el cacique Guayqueguir, amistad que se remontaba a mucho tiempo atrás.

—Ese color te sienta de maravillas —le decía Emma, su hermana, mientras Nicha se probaba un vestido de tafetán azul noche. Se había dejado el cabello rubio suelto y calzaba unos zapatos de cuero blanco. La boda de su amiga Mailén iba a ser sencilla.

—¿Estás segura de que no quieres venir? Después, si te arrepientes… va a ser muy tarde. —Nicha no tenía dudas de que si no le hacían efecto las compresas de agua con avena que había preparado, se iba a ligar flor de reto. Esa mañana había estado al sol y ahora su piel estaba colorada.

—Ni loca asisto a una ceremonia de indios. Solo de pensar en el olor de los salvajes me sube el vómito. ¡Mira todas las pecas que te han salido! Madre se va a disgustar. —Emma no podía ocultar su desprecio por los indios.

—No seas mala y ayúdame con esto. Sujétame el cabello, por favor. —Mientras le hablaba, Nicha se aplicaba un paño embebido en el agua de avena para calmar el ardor de su piel—. Sabes muy bien que los indios se lavan a diario. No entiendo por qué les tienes tanta tirria. No sea que la vida dé vueltas y termines enamorándote de alguno. ¿No te parece, hermanita? —le dijo con burla.

Emma, furiosa, le soltó la cabellera.

—La verdad es que dices tantas idioteces, que mejor me marcho. —Se fue dando un portazo.

Nicha no le hizo caso y siguió mojando el paño en la preparación. Se había acostumbrado al carácter volátil de su hermana menor.

La volanta ya estaba lista cuando un lenguaraz llegó a La Firmeza. El hombre quería hablar con Facundo Godoy. Le informó que el cacique Guayqueguir lo aguardaba de inmediato. La boda se había suspendido.

Después de la Batalla de Caseros, donde Rosas fue derrotado, Facundo había regresado con su familia de su exilio en Inglaterra para instalarse nuevamente en La Firmeza, su estancia del Pergamino. De ese modo, retomó el manejo de sus campos y sus negocios. Habían tenido que emigrar debido a sus ideas. A pesar de ser federal no aprobaba los desmanes del gobierno rosista. Después de mucho penar, la familia había podido ponerse a salvo en el extranjero.

Ante el desconcierto de los suyos, Facundo marchó de inmediato rumbo a las tolderías. No le gustaba para nada la expresión del lenguaraz. Por eso resolvió viajar con la compañía de Nemesio, su fiel capataz y amigo.

—¿Qué habrá ocurrido? —se preguntaba en voz alta su esposa, María de la Cruz—. Espero que no haya sido una desgracia.

—Por la cara de funeral que traía el lenguaraz, no creo que recibamos buenas nuevas.

—¿Le habrá ocurrido algo a Mailén? Habíamos quedado en vernos, pero nunca apareció —preguntó Nicha preocupada.

—Seguro que habrá estado muy ocupada con los preparativos. Mejor nos cambiamos de ropa —sugirió María de la Cruz.

Nicha se dirigió a su habitación. Se quitó el vestido muy despacio y permaneció, solo con las enaguas, mirando largo rato por la ventana. No entendía por qué sentía como si un puñal le atravesara su corazón.

Pocas leguas antes de las tolderías, un grupo de indios armados con tacuaras y cara de pocos amigos se les unieron para escoltarlos. Facundo, incómodo, cabalgaba en silencio. Varios cabecitas negras y chingolos emprendieron el vuelo a su paso.

Facundo recordó la última vez que había visitado las tolderías. Había sido unos pocos meses después de arribar a sus tierras.

En esa oportunidad, Guayqueguir había celebrado una fiesta en su honor, donde comieron hígado de yegua medio cruda y bebieron chicha hasta el desmayado. Muchos de los crinudos tiraban un poco de alimento a sus espaldas y decían: “¡Para Dios!”. Facundo había hecho lo mismo.

Había asistido solo en compañía de Nemesio. El hombre junto con su madrina, Matilde Vicente Lago y Prudencio, el hombre de confianza de ella, se habían hecho cargo de los campos de Facundo cuando tuvieron que escapar hacia Inglaterra.

Ese día fueron testigos de cómo el primogénito del cacique domaba un caballo. El indio se acercó a un potro atado a un árbol. El caballo, que pateaba y relinchaba sin dar tregua, no había comido en varios días. Ese era el modo de asegurarse de que estuviera hambriento. Laureano se acercó bien despacio y, con un movimiento suave, le dio de comer en la boca. Luego, lo fue sobando de a poco; de ese modo, le sacaba las cosquillas. Se lo llevó al guadal para que pudiera corcovear a gusto y, recién entrada la noche, apareció montado en el animal. Ese día Facundo y Nemesio no pudieron ocultar una gran admiración hacia el joven indio.

Ahora, mientras entraban en las tolderías, Facundo pudo observar con asombro que, de los toldos hechos con cuero de guanacos, no salía nada de humo. Una calma perturbadora reinaba en el lugar. No se escuchaba el trajinar habitual propio de esa hora. Las fogatas estaban apagadas y no había indias que acarrearan agua, cortaran leña, tejieran canastos o hilaran en sus telares. Tampoco se oía el griterío de los niños. Silencio; solo silencio.

Se adelantó mientras Nemesio quedó atrás con los caballos que estaban inquietos, como presintiendo la desgracia. Se dirigió al toldo de Guayqueguir, pero no se le permitió el paso. Un indio de cabellos largos y ojos oscuros le hizo señas para que esperara. Era la primera vez que el cacique no lo aguardaba en la puerta de su toldo.

Al cabo de un cuarto de hora, Guayqueguir salió. En su rostro serio se podía observar una mirada llena de determinación y algo más oscuro, más insondable, que Facundo no supo discernir.

—¿Qué ha pasado, amigo? —le preguntó. La amistad entre ambos hombres era profunda. En una oportunidad Facundo lo había salvado de la muerte a Guayqueguir y el indio le había devuelto el favor cobrándose una deuda de vida que tenía Facundo con un traidor. De ahí en más, se había forjado un lazo espiritual inquebrantable entre ellos.

El cacique se tomó su tiempo en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó a sepulcro:

—Ha muerto Mailén, la novia de mi hijo. Hace ya muchas lunas que ha desaparecido. La machí anunció que su espíritu ya no poblaba estas tierras.

Facundo no pudo evitar un estremecimiento:

—¿Está muerta? ¡No es posible! —Enseguida su pensamiento voló hacia Nicha, quien era muy unida a la joven india.

Cuando su mirada se cruzó con la del cacique, Facundo supo discernir el desprecio oculto en un profundo dolor:

—Mejor pones a salvo a tu gente —le advirtió—: Ahora es tiempo de venganza. —Entonces Facundo comprendió aquel silencio. De los toldos comenzaron a salir los indios con los rostros embadurnados de pintura y los cuerpos cubiertos de grasa de avestruz. Llevaban al cinto boleadoras y cuchillos largos envueltos en fajas de lana tejidas por sus mujeres. El ataque era inminente.

Con el corazón en la boca Facundo y Nemesio regresaron a La Firmeza. Si bien la estancia estaba rodeada por un foso a modo de protección, Facundo no dudó en esconder a su familia en los túneles que habían sido construidos con el fin de protegerse de los malones. También mandó a dos de sus peones a que dieran aviso a las estancias vecinas y al fuerte. Él se quedó preparando la defensa.

Los peones jamás pudieron dar la alarma, fueron lanceados en el camino.

María de la Cruz junto con sus hijos, su tía Matilde y los sirvientes domésticos descendieron a los corredores. El lugar oscuro y húmedo estaba apenas iluminado por candiles. Agustín, el benjamín de la familia, lloraba a moco tendido. Cruz lo calmaba en sus brazos mientras la desesperación amenazaba con adueñarse de su espíritu. Cuando los indios atacaban, arrasaban con lo que encontraban a su paso, llevándose cautivos a mujeres y niños, y lanceando a los hombres. Por eso, su desesperación se tornó en terror cuando un acceso de tos dobló en dos a su hija Emma, quien padecía espasmos en los bronquios. La muchacha estaba tan débil que cayó de bruces al suelo. Un ataque bajo esas circunstancias podía causarle la muerte.

—¡Virgen de la Misericordia! ¡Protégenos de estos infieles! —rezaba en voz baja Matilde. Temía por los suyos—. Yo ya soy vieja, pero ellos… ¡Te prometo un mantón bordado con hilos de oro si nos sacas de esta! —Tal vez la Virgencita se compadeciera e hiciera el milagro.

—¿Qué ha pasado, madre? —le preguntó Nicha a María de la Cruz—. ¿Por qué la tribu de Guayqueguir nos quiere atacar si siempre han sido nuestros amigos?

María de la Cruz le tomó la mano y le dijo:

—Debes ser fuerte, hija. Parece que la montonera se llevó a Mailén.

—¡Qué dice, madre! Eso no es posible. Si ya se casaba y… —se interrumpió. Las ideas se iban aclarando en su cabeza. ¡Claro que era posible! Mailén no había ido más a la laguna y no le había avisado. ¡Jesús! Todo era una pesadilla. Un llanto silencioso bañó su rostro. Intuía que jamás volvería a ver a su amiga.

Facundo se encontraba armado con una escopeta. Mientras empuñaba el arma con fuerza, una mezcla de odio y rabia amenazaba con destruir aquella amistad forjada en el sufrimiento. ¿Sería capaz de perdonar al cacique alguna vez? En ese momento no lo creía posible.

La madrugada se reflejaba pálida sobre la lejanía. Los primeros sonidos del día comenzaban a desperezarse cuando a eso de las cinco el horizonte se oscureció. Una horda de salvajes comenzó a rodear al Pergamino y se preparó para el ataque. Cuando los escuadrones estuvieron formados y en orden, el cacique hizo una señal con su sable y, al instante, un alarido formidable salió del pecho de mil quinientos infieles. Miles de cascos sacudieron la tierra como un trueno. La indiada se había puesto en marcha con las lanzas y los caños de las armas refulgiendo al sol. Dio tres veces la vuelta al Pergamino a galope tendido, siempre gritando y golpeándose la boca con la mano. El objeto de ese salvaje clamor era el de echar fuera el gualicho del pueblo, si es que allí se encontraba.

En aquel amanecer de venganza las campanas de la iglesia tocaban a difuntos. El terror llegó envuelto en la polvareda que levantaban los caballos. Los indios avanzaban desbocados por las calles quemando, saqueando y pasando a degüello. El olor a sudor y a caballos se mezclaba con el de la pólvora y la sangre derramada. Los aullidos de los infieles helaban la piel de los pobladores. Se llevaron cautivos a mujeres y niños cuyos gritos se confundían con los disparos. El comandante en jefe mandó un postillón al Fortín Mercedes para dar la alarma, pero el muchacho no llegó a destino, fue alcanzado por una chuza y su cabeza colgaba de una lanza a modo de trofeo.

Los indios arriaban ganado y yeguarizos sin ninguna dificultad. A eso de las siete un vecino fue en busca del capitán Zamora. Los salvajes habían llegado hasta la Cañada de Gómez por el norte, hasta las Fontezuelas por el este y por el sur hasta el Arroyo Dulce, dejando la extensión del oeste para la salida del arreo. Hicieron campamento en La Botija, reuniendo toda la caballada y hacienda vacuna. Describieron un círculo perfecto cuyo foco era el Pergamino.

El capitán Zamora se lanzó al centro de la indiada, pero apenas si alcanzó a escapar con vida. Seis de sus hombres murieron en el enfrentamiento.

Al mediodía los indios se dirigieron rumbo a Melincué, que se encontraba a unas veinte leguas de distancia, pero siempre vadeando el Arroyo del Medio. La planificación y ejecución de ese malón se elaboró a la perfección. Las pérdidas fueron enormes.

Laureano cabalgaba en silencio. La venganza no había sido suficiente para calmar la soledad y el frío que lo devoraban.

Primer interrogatorio

Pagos del Pergamino

Julio de 1859

Al juez de Paz, don Mariano Echeverría, le temblaba el pulso mientras firmaba la orden de detención. La situación lo tenía desbordado. Él sabía de malandras, de gauchos ladinos o cuatreros, pero de esto… ¡Claro que no! Por eso había estado esperanzado en la comitiva que había llegado desde Buenos Aires. Ellos se harían cargo de la investigación. No era una tarea de su agrado, menos aún, teniendo en cuenta el apellido del acusado al que tenían preso en la cárcel anexa al Juzgado.

Recordaba perfectamente aquel día de fines de mayo, cuando un pálido sol intentaba disipar las nubes. Había estado lloviendo y el pampero azotaba la zona con su ímpetu habitual. Parecía como si la madre naturaleza se hubiera condolido con el ánimo de los pobladores. Esa tarde los funcionarios llegaron en una galera escoltada por soldados. Los hombres recorrieron las calles de un Pergamino sereno y despejado, como si el pueblo quisiese evadirse de la de crímenes y rituales que estaban cubriendo de sangre los caminos. Se alojaron en la posada del pueblo, donde dejaron el equipaje y se asearon para luego reunirse conmigo. Después de las presentaciones nos ubicamos en mi despacho, y allí pudieron saborear el chocolate con canela que la criadita de cabellos motosos nos había servido. La bebida caliente y espesa reconfortó el espíritu de los recién llegados. La tarea que tenían por delante no era nada agradable. El grupo estaba formado por tres hombres: dos que peinaban canas y un joven de porte altivo.

Los detalles se disuelven confusos en mi memoria, solo recuerdo haberme explayado un buen rato explicando los crímenes, dándoles a conocer pormenores para mí incomprensibles. Hablé de pie, me era imposible permanecer sentado.

La criada recogía nerviosa las tazas vacías mientras escuchaba retazos de nuestra conversación:

—¿Y dónde encontraron los cuerpos? —preguntó Pacífico, el más viejo. Llevaba el cabello blanco con raya al costado y un bigote frondoso ocultaba sus labios finos. Una barriga prominente se asomaba sin pudores por su cintura. Antes de comenzar las preguntas, había encendido su pipa, lo que hizo que el olor a humo picante inundara la habitación, molestándome sobremanera.

—El primer cuerpo estaba tirado en el camposanto de La Firmeza, la estancia de los Godoy. Ahí también encontramos más alejado el cuerpo del peón. El segundo cuerpo fue hallado en el camposanto de don Pío Cueto y, el tercero, en el camposanto de los Escobar, además…

—¿En qué estado estaban? —me interrumpió Elizalde, un hombre enjuto, de mirada acerada y gesto frío, donde las líneas de afabilidad parecían haber huido. Iribarren, el más joven, anotaba con letra clara y redonda lo que se hablaba en un cuaderno con tapas de cuero.

Me fue imposible evitar un estremecimiento cuando les expliqué que estaban carancheados por los carroñeros y que los pudimos identificar únicamente por las joyas.

Pacífico aspiró nuevamente su pipa:

—Suelte todo de una vez, don Echeverría. Si estamos acá fue por la índole de los asesinatos.

Tragué saliva antes de proseguir:

—Los cuerpos fueron encontrados en los camposantos, pero solo a los de las muchachas les habían arrancado el corazón. Los de los hombres estaban colocados en una posición extraña: con los brazos en forma de cruz invertida y… Hay uno que todavía no hemos podido identificar: el que se encontró en el camposanto de los Escobar...

—¿Y los animales? ¿Qué les habían hecho? —Me miraba por encima de los lentes como si yo fuese el responsable de tamaña desgracia.

Antes de contestarle, me pasé un pañuelo por el rostro para secar las gotitas de sudor que me perlaban la frente. Sentí el deseo de salir corriendo:

—A los perros de los Godoy se les cortó las cabezas, lo mismo ocurrió con el gato de una de las víctimas.

—Hace muchísimos años que no escuchaba algo parecido. Recuerdo cuando apenas había comenzado a trabajar, allá en mis años mozos, me topé con un caso con características similares —comentó Elizalde.

No pude evitar preguntar nervioso:

—¿Y dieron con los culpables?

—¡Jamás! Nunca fuimos capaces de resolver esas muertes. Porque usted debe de saber que un crimen de estas características generalmente está ligado a la brujería.

Lo miré sin entender.

—¿A la brujería? Pero si en estos pagos no hay nada parecido. —Me dejé caer lentamente en la silla, tenso e incómodo.

—Escuche, don Echeverría, en numerosas creencias utilizan huesos humanos como un medio para obtener gracias. Convocan a los espíritus de los muertos y qué mejor que realizar estos actos en un lugar sagrado. Por lo que usted me cuenta, los cuerpos fueron encontrados en los camposantos, sin el corazón. El hecho de que también se hayan encontrado restos de animales muertos nos indica prácticas ocultistas. Probablemente nos encontramos frente a un rito satánico o tal vez el vudú. ¿Hay algún sacerdote en la zona con el que podamos hablar? Con seguridad sus consejos nos serían de gran provecho.

Cambiando de tema me dijo:

—Si no es molestia me gustaría tomarme otra taza de ese riquísimo chocolate.

Me quedé en silencio durante unos segundos y desvié mis ojos de la mirada inquisitiva del anciano. Llamé a la criada y mandé por más chocolate. Después de lo que había escuchado tenía el estómago en un puño. En esos días adelgacé notablemente.

—¿Cómo es posible que hayan demorado tanto en encontrar al culpable? ¿Acaso no cuentan con suficientes hombres? —Elizalde vestía un traje negro impoluto y llevaba el calzado brillante. Se notaba que no estaba acostumbrado al polvo de los caminos y de los pueblos, porque no cesaba de pasarse un pañuelo por su vestimenta.

—Se organizó una búsqueda por toda la zona. Los hombres del capitán Zamora rastrillaron los campos, recorrieron cada estancia... —no pude evitar mordisquearme el bigote. Era un tic que me perseguía cuando estaba extremadamente nervioso—. Hasta llegamos a pensar que habían sido víctimas de algún indio rastrero, pero cuando se descubrieron los cuerpos… en fin, ya no hubo más que decir.

Un tumulto en la entrada distrajo al juez de Paz de sus recuerdos. Se dirigió a la ventana y alcanzó a distinguir varias personas que gritaban al ver pasar al acusado.

—Se me van pa’ sus casas, manga ’e vagos —vociferaba el comisario, abriéndose paso entre los curiosos con un machete—. Si siguen acá pa’ cuando güelva, los encierro a toditos en la celda. —Las amenazas surtieron efecto porque la multitud se dispersó de inmediato.

Ese mismo año se había inaugurado la Comisaría del pueblo que contaba con seis “tercerolas” (fusil corto de caballería) y diez sables.

Sentaron al acusado en una silla de madera gruesa y respaldo recto. Sus cabellos rubios estaban atados con una coleta y una furia sorda enrojecía sus ojos claros.

Iribarren, el funcionario más joven, observaba la escena desde un costado. La cabellera oscura y el tono de su piel indicaban cierta ascendencia mestiza.

El juez de Paz le quitó las esposas y entonces comenzó el interrogatorio.

Pacífico fue el primero en hablar, con voz potente ordenó:

—Dígame su nombre completo, por favor. —Sus ojos pequeños velados de incipientes cataratas miraban fijamente al imputado. Observador, poseía una intuición privilegiada. Meticuloso, paciente, apasionado de su trabajo.

El acusado los miró sin pestañear antes de responder:

—José Manuel Iriarte. —Las palabras se pronunciaron en un tono elevado.

—Tengo entendido que es usted hijo natural del difunto coronel Iriarte —agregó el otro funcionario.

El juez de Paz sudaba a pesar del frío existente. ¡Cómo se iba a enfrentar a los Iriarte!, pensaba angustiado. Era indudable que el hijo del difunto coronel era la viva imagen de su padre.

—En efecto —contestó José Manuel con soberbia—, soy el bastardo del coronel. ¿Algún problema con eso, caballeros?

Uno de ellos tosió levemente.

—Como usted ha sido informado, estamos acá para investigar una serie de crímenes, no el origen de su nacimiento. Debe saber que su nombre ha sido mencionado en varias oportunidades y hay una acusación en su contra.

—¡No me diga! ¡No me resulta difícil imaginarme quién la ha hecho! —contestó con sorna para luego decirles—: Miren, caballeros, les voy a contestar las preguntas únicamente porque tengo ganas. Ustedes no tienen ninguna prueba que me incrimine, solo habladurías de gente aburrida y además… esa denuncia… sé a ciencia cierta quien la puso. Mi amigo, que es letrado les puede…

Fue interrumpido por el anciano:

—A usted lo apodan el hijo del diablo ¿o me equivoco? —el hombre intentaba quebrar la seguridad del acusado mientras sus compañeros observaban en silencio.

Luego de un momento incómodo, José Manuel sonrió:

—En efecto, así es. —El tono burlón que usó no pasó inadvertido.

El anciano siguió:

—Se dice que las desapariciones coinciden con su llegada a estas tierras. ¿Es correcto?

El juez de Paz intervino:

—La familia Iriarte es intachable. Ninguno de sus miembros merece estas imputaciones. —Se percibía que estaba sumamente incómodo por la índole de las preguntas.

—Es nuestro deber investigar y es lo que hemos estado haciendo, señor juez. Para eso hemos venido. —Y luego dirigiéndose a José Manuel le dijo—: Usted se ausentó desde Caseros, años más, años menos, o ¿me equivoco?

—No, está usted en lo cierto. —La expresión de su rostro era indescifrable.

—Y, ¿dónde estuvo todo este tiempo?

José Manuel tardó en responder. Iba a decir lo estrictamente necesario:

—En el Portugal. Estuve un largo tiempo en aquellas tierras y luego regresé al país.

Una loba bajo la piel de cordero

Buenos Aires,

Noviembre de 1858

(ocho meses antes del primer interrogatorio)

Burdel de La Parda

José Manuel Iriarte bebía pausadamente, disfrutando la sensación del líquido espeso derramarse por su garganta. A su lado estaba la morisca por la cual había pagado prácticamente una locura. Pero la quería solo para él. La mujer bebía de su copa.

Él le levantó la barbilla con sus dedos y le besó despacio los labios, jugueteando con su lengua. La mujer friccionó la redondez de sus caderas contra su virilidad. Tenía los pechos hinchados, listos para que él los saboreara.

Entre arrumaco y arrumaco, alcanzó a distinguir a su amigo Tomás dirigiéndose a una de las habitaciones acompañado por dos mujeres. Sonrió. Tomás no iba a sentar cabeza jamás, como él tampoco tenía pensado hacerlo.

Sin prisas enfiló hacia una de las mejores habitaciones. Avanzaron por el pasillo iluminado únicamente por pequeños farolillos que irradiaban una luz tenue. Había puertas cerradas a un lado y otro del extenso corredor. Al pasar por una escuchó las carcajadas de su amigo. Sonrió. Él también planeaba pasárselo en grande. Tenía toda la noche para disfrutar del cuerpo de la morisca. Tenía decidido dormir en el burdel. Y así lo hizo.

Cuando se despertó bien temprano pudo apreciar la figura voluptuosa que descansaba a su lado. Lo había disfrutado por completo, sin inhibiciones, pero ¿de qué le había servido? Por más que lo intentara le resultaba imposible dejar de pensar en Elena, así como no podía dejar de latir su corazón ni de pasar sangre por sus venas. Ella siempre estaba presente. Cada vez que recordaba su traición, un fuego le quemaba las entrañas, secándolo por dentro. Con el devenir del tiempo se había ido acostumbrando a la herida obligada, orgullosa, como si estuviera aspirando el humo de un incendio que poco a poco lo sofocaba, aun sabiendo que, si no respiraba ese aire, moriría ahogado en la desdicha. Suspiró. Siempre era lo mismo. Comenzó a acariciar a la morisca. Al menos por un buen rato sus pensamientos iban a estar ocupados en otra parte.

José Manuel Iriarte cabalgaba junto a Tomás de Almeida, su amigo portugués. Hacía ya unas semanas que habían arribado a la ciudad de Buenos Aires. El viaje desde Portugal se le había hecho eterno. Las noticias que le habían impulsado a regresar no eran buenas: todavía conservaba arrugada en un bolsillo de su chaqueta la carta donde le avisaban que El Retiro, la estancia heredada de su padre, estaba en litigio.

Su medio hermano Jerónimo, aprovechando su ausencia, había confabulado en su contra. No solo quería las tierras que legítimamente le correspondían a él sino también exigía que no portase más el apellido Iriarte. Con seguridad contaba con muy poderosas influencias como para haber podido hacer valer semejante vileza.

La noche en que soñó a su tía Piedad supo que debía regresar. Si la mujer se le aparecía en sueños, la situación era más grave de lo que creía.

Decidió primero establecerse en Buenos Aires para empaparse personalmente de los dimes y diretes políticos del país. Se instalaron en una casa que arrendó en las afueras de la ciudad. De una sola planta, contaba con un jardín extenso, cocheras y un establo para los caballos. Compró varios a muy buen precio y también una volanta. Por más que le pesara en el alma, en algún momento no muy lejano tendría que viajar al Pergamino.

Pedro, aquel español que había sido el lugarteniente de su padre, lo acompañó en el viaje de vuelta. Ahora ya no andaba derecho y orgulloso como un viejo roble, debía cuidar los achaques propios de la edad. Por eso José Manuel lo dejaba descansar y, junto con Tomás, recorrían a diario la ciudad para ponerse al tanto de los sucesos que la mantenían convulsionada, aunque él tenía bien claro que su lealtad estaba del lado de Urquiza.

Habían pasado casi seis años desde que abandonara el país para radicarse en el Portugal. Allí había buscado a su familia materna. Su madre había sido hija única, pero tenía muchos tíos y primos que le brindaron una cálida acogida.

Cuando visitó Castelo Branco, donde se encontraban las tierras de su difunta madre, conoció al notario. El anciano prácticamente ya no ejercía y muchos de los asuntos legales los llevaba Tomás de Almeida, con quien José Manuel trabó una profunda amistad.

Desde aquel primer momento los jóvenes se volvieron inseparables. Tomás supo calmar a su amigo cuando recibió la noticia que afectaría su vida por completo y agriaría su carácter: el casamiento de Elena con su medio hermano Jerónimo. José Manuel pensó que, si no hubiese sido por las palabras del portugués, habría perdido la cordura durante un buen tiempo.

Como la mañana fría invitaba a una bebida caliente con confituras se dirigieron al café de Marcos, a la vuelta de la Plaza de la Victoria. El recinto estaba colmado por lo mejorcito de la sociedad. Era una delicia beber allí un chocolate a la española.

—Mi estimado amigo, espero que se encuentre a gusto en la ciudad —le dijo Enrique Cerruti a José Manuel—. Me han informado que ha estado usted muy ocupado últimamente.

José Manuel sonrió:

—Dejate de payasadas, Enriquito, y permite que te presente a Tomás de Almeida. Como te lo comenté en alguna carta, nos hicimos grandes amigos en Portugal.

Los hombres estrecharon las manos y Enrique se sentó con ellos. Era un muchacho desgarbado, demasiado en los huesos, pero sumamente agradable. Se habían conocido con José Manuel cuando entraron victoriosos en Buenos Aires, luego de Caseros, y habían mantenido correspondencia todos esos años. Ahora Enrique militaba de lleno en política.

—Es insólito que no apoyen a Urquiza —se sorprendía Tomás—. ¿Acaso el caudillo no los liberó de Rosas?

—Ah, mi querido amigo —Enrique había bajado el tono de voz, no sabía a ciencia cierta quién podría estar escuchando—, nuestro país está en vías de construcción, por eso vivimos con una de cal y otra de arena. Cuando Urquiza entró victorioso, lo aplaudían hasta los rosines y lomos negros. —Hizo una pausa para beber un poco del chocolate y prosiguió—: Pero el hombre no solo entró montando en un tordillo, que las malas lenguas decían que pertenecía a El Restaurador, sino que también vestía un poncho escotadísimo para que ningún porteño dejara de notar la banda roja que le cruzaba por el pecho. ¡Imagínense! ¡El color punzó! Y así el estupor se convirtió en desconsuelo y el desconsuelo en rabia. El pueblo creía firmemente que había cambiado un mandamás por otro.

—No debemos olvidar el fusilamiento de Chilavert y los deseos de Urquiza de nacionalizar a Buenos Aires —agregó José Manuel. Todos esos años de ausencia se había carteado con Ernesto Salvadores, fiel urquicista, enterándose así de sucesos dolorosos.

—Fue gravísimo que Buenos Aires no reconociera el Acuerdo de San Nicolás, firmado en el 52. Renunció el gobernador López y Planes y el entrerriano, como Director Provisorio de la Confederación, castigó el orgullo con la fuerza, disolvió la Legislatura, delegó el gobierno en el mismo que había renunciado, cerró periódicos no oficialistas y para rematar nacionalizó las aduanas —prosiguió Enrique, mientras ojeaba disimuladamente los que entraban y salían del café, que, por cierto, esa mañana estaba atestado—. Los círculos liberales se oponen a la igualdad de derechos con las restantes provincias y, más aun, teniendo en cuenta las disposiciones económicas que pretendían.

—Ahora hay dos grupos bien marcados —comentaba José Manuel mientras bebía el chocolate— los “chupandinos” y los “pandilleros” ¡Imagínense, Dios mío!

—¿Y esos apodos de dónde salieron? —preguntó Tomás, sirviéndose el segundo pastel. Estaban tan ricos que no podía dejar de comerlos.

—Los “chupandinos” son los fieles al Partido Federal Reformista, desean la unidad argentina en el seno de la Confederación. Se reúnen en bodegones y toman hasta perder la conciencia. Yo me incluyo en ellos. ¡Ja! ¡Ja! —bromeó Enrique.

—¡Madre Santa! ¡Qué ejemplo! —comentó Tomás.

—Nada de qué asustarse, mi querido amigo. Los “pandilleros” defienden a rajatabla el derecho de Aduana de Buenos Aires, se niegan a nacionalizarla. Se los acusa de cosas peores que andar borrachos: desmanes, atropellos, violaciones…, incluso de haber ganado las elecciones del año pasado por fraude. El fraude electoral no conoció límites ni tampoco la brutalidad de los procedimientos. ¿Pueden creerlo? La camarilla porteñista hizo votar seis y siete veces a los peones y hasta a los niños. Escuchen esto que es terrible —mientras hablaba sacó del bolsillo interior de su chaqueta un recorte del diario El Nacional, grasiento por el uso, donde Sarmiento escribía, y con voz temblorosa por la indignación leyó—: “Sembramos el terror y ganamos sin oposición. El miedo es como una enfermedad endémica en nuestro pueblo; esa es la gran palanca con la que siempre se gobernará a los porteños; manejada hábilmente, producirá infaliblemente los mejores resultados”. ¿Necesitan mayores explicaciones?

Enrique estaba exaltado. De pronto cuando un hombre de mediana edad enfundado en un traje raído pero limpio le hizo una inclinación de cabeza, el joven se disculpó con sus amigos y salió detrás del sujeto.

Tomás estaba muy preocupado con toda la información recibida. Una cosa era escribir las noticias desde Portugal y otra muy distinta escucharlas de primera mano. Por eso le aconsejó a José Manuel:

—Quiero creer que te mantendrás en tus trece. Es muy arriesgado.

José Manuel calló y bajó la vista. Prefirió servirse otra taza de chocolate.

—Sin riesgos no hay gloria. Puedo afirmar, mi querido amigo, que todo gira en torno al dinero. Siempre ha sido así y siempre lo será. —A pesar de sus veintidós años, la vida lo había convertido en un cínico sin remedio.

—Lo que dices es una gran verdad, pero confiemos en que, en los asuntos del corazón, la cosa cambie. —Tomás era un romántico empedernido. Sus padres habían muerto víctimas de unos bandoleros cuando era apenas una criatura. Por eso había sido criado por sus tíos, personas rígidas y apegadas a las buenas costumbres quienes lo habían hecho estudiar Leyes, a disgusto. La verdadera vocación de Tomás era el periodismo y, para ganar su sustento, trabajaba en el A República, jornal do povo. Esa tarea colmaba todas sus aspiraciones.

Si bien sus caracteres eran disímiles —Tomás era alegre y parrandero mientras que José Manuel era hosco y reservado—, a ambos los hermanaba la orfandad.

Cuando José Manuel decidió regresar, Tomás se tomó vacaciones corridas en el diario y renunció a su trabajo en el bufete donde trabajaba. Iba a embarcarse con su amigo hacia América. Intuía que, tarde o temprano, José Manuel lo iba a necesitar. Además, se había comprometido con el periódico en mandarle notas jugosas cuando la oportunidad se le presentara y el caos político en el país era digno de ser observado con los propios ojos.

José Manuel valoraba ante todo el dominio que tenía Tomás sobre sí mismo. Ni el trato con personalidades importantes, ni las mujeres sensuales o los partidos de cartas con truhanes peligrosos hacían perder al joven su compostura.

Siguiendo la conversación con Tomás le respondió:

—Uno de los dichos favoritos de mi finada abuela era “no todo lo que reluce es oro”, y, en esta oportunidad, le doy la razón, amigo —le respondió con todo el cinismo que era capaz. Hacía unos meses había recibido carta de su tía Piedad Iriarte en donde le contaba que Elena, su antigua novia, se había casado con su medio hermano Jerónimo. Esa confidencia lo había conmovido más que enterarse de las conspiraciones de Jerónimo para despojarlo de su apellido y de sus tierras. La noticia había sido un golpe muy duro y desde ese entonces la amargura reinaba en su espíritu.

—Pues yo no estoy de acuerdo, mi querido amigo. Los verdaderos valores del ser humano están aquí —se toca el corazón—, el dinero y los oropeles no tienen importancia. Presta atención a tu alrededor y verás que hay jovencitas en las que prevalecen otros ideales que el de cazar un esposo rico. —Mientras hablaba, Tomás dirigía la mirada a un grupo de muchachas acompañadas por dos señoras mayores que caminaban por la vereda estrecha conversando animadamente—. Mira a esa rubia, por ejemplo, mira bien sus ojos angelicales. ¿Cómo es posible que un ser así se mueva por otros intereses que no sean el amor?

José Manuel observó con cuidado a la que le señalaba su amigo: los ojos verdes vivarachos descollaban en el cutis trigueño, los largos cabellos rubios los llevaba peinados a la moda. Cuando sus miradas se encontraron, ella le dedicó una franca sonrisa.

—Bien, bien, mira si será fresca —prosiguió José Manuel, mientras seguía clavando sus ojos en la joven que lo miraba directamente, sin sonrojarse. Le hizo un gesto de aprobación con la cabeza a lo que ella le respondió con otra inclinación—. Una loba bajo la piel de cordero. Esta oportunidad no me la pierdo. Tal vez podamos pasar una tarde de lo más entretenida en lo de La Parda. —Cuando terminó de hablar sus ojos estaban llenos de ira y dolor.

Por eso, ni bien el grupo revoltoso prosiguió con su paseo, José Manuel no dudó en seguirlas. Así pudo comprobar que la joven era alta y espigada y que el vestido mañanero resaltaba su figura a la perfección.

Tomás, molesto con la situación, había decidido no acompañarlo. Sin embargo, antes de que marchara, intentó disuadirlo:

—No tienes necesidad de lastimarla. Ni siquiera sabes bien quién es. A mí no me parece una desvergonzada. Tal vez esté casada o comprometida. A mi parecer ronda los veinte años.

—Lo averiguaremos. “Donde hay rebaños de corderos siempre aparecen lobos hambrientos” —profetizó—. Como comprenderás, mi estimado amigo, tengo que estar a la altura de mi reputación. Todo se espera del “hijo del diablo”. —La ironía se dejaba entrever en su tono de voz. Una ironía sutil, que Tomás conocía y temía.

Tomás le sonrió con amargura:

—Creo que estás peor de lo que imaginé.

Sabía que la forma en que lo habían apodado lo había herido profundamente. Cuando se conocieron en Castelo Branco, José Manuel le había hablado acerca de su apodo. Debido a que caminaba en sueños, a su nacimiento poblado de malos augurios y a sus lunares en forma de tridente, se había ganado ese sobrenombre. Incluso se decía que era el responsable de la inundación terrible que había acontecido hacía unos años en San Nicolás de los Arroyos, causando la muerte de varias personas y pérdidas irreparables. Tomás entendía, y no sin razón, que una vez que los rumores empezaran a correr nadie los detendría.

José Manuel, con la terquedad pintada en su rostro, fue en busca de la joven. Con toda certeza iba a encontrar la oportunidad de abordarla. Semejante ejemplar era digno de su colección.

Mientras seguía disimuladamente al bullicioso grupo escoltado por las señoras mayores y una criada, su mente vagaba hacia el pasado. Su tía Piedad estaba felizmente casada con Ernesto Salvadores y ya era madre de unos cuantos niños. Ese pensamiento lo llenó de una alegría infinita. Su medio hermano Nicolás, con el cual habían sido inseparables, estaba en el seminario de Nuestra Señora de Loreto, en Córdoba. En las cartas que el joven le había enviado le contaba acerca de su vocación de servicio. No podía relacionar la imagen del Nicolás travieso y aventurero con el de un seminarista. Ya se haría el tiempo para ir a visitarlo. Ver para creer.

En los negocios se exhibían piezas de telas recién traídas de Europa, así como tafetanes, percales y satenes de distintos colores. En una de las tiendas principales había un maniquí que lucía un fino terciopelo. Cuando las jóvenes entraron en una mercería, José Manuel se recostó indolente contra una pared y encendió un cigarrillo. Seguramente se entretendrían bastante sepultadas bajo metros de encaje, puntillas, sombreros, guantes y horquillas. Pero no importaba, tenía todo el tiempo del mundo. En ese compás de espera una multitud de recuerdos le vino a la mente: la sonrisa de Elena, sus besos inocentes, sus caricias… él jamás vislumbró la vida sin ella. Ni siquiera en sus peores pesadillas la imaginó casada con Jerónimo, por eso su traición lo había marcado a fuego.

Al cabo de unos minutos no podía creer en su buena suerte cuando la joven rubia salió del lugar acompañada únicamente por la criada. Sin perder tiempo se dirigió apresurado hacia donde se encontraban. Tropezó con ellas a propósito, tirando sus paquetes. Inmediatamente ofreció una disculpa:

—¡Cuánto lo lamento! Sepan perdo ...