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EL INFIERNO EN TU PIEL

Camucha Escobar  

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Fragmento

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Penguin Random House

A Carmencita, mi madre, mi amiga…

A Gaby, hermana del alma, cómplice de mis secretos,

lámpara y sostén en los días oscuros de la angustia.

Gracias…

A mis queridas editoras Gabriela Vigo y

Florencia Cambariere, por creer en esta historia y hacer posible que llegue a todos ustedes.

A Cristina Bajo, talentosa escritora, por sus sabios consejos.

A Vero Barrueco y a todo el equipo de prensa de Penguin Random House, por el gran trabajo que realizan antes, durante y después de la publicación de cada libro.

A mi querida Majo Zaldívar, por su colaboración desinteresada y sus sugerencias.

A mi hermana Marita, por crear y mantener mi sitio web con la dedicación que genera el amor fraterno.

A mi amiga Andrea Pacífico, quien fue leyendo cada párrafo y haciéndome sus comentarios con agudeza y cariño.

A mi profesor Daniel Ruiz Rubini, un pilar importante en mi escritura.

A mis amigas de Giras Literarias, por su buen humor y compañía.

A los maravillosos grupos de lectura, que siempre me acompañaron en este camino de la escritura:

Carnaval de Lecturas, Lectoras Marplatenses,

Fans de Autoras de Novelas Románticas,

Espacio para Autores y Lectores,

Amigos Literarios sin Fronteras, Adictos a la Lectura de Córdoba, Amigas Bonellistas, Mundos de Papel, Recomiéndame Libros, Lectoras de Córdoba,

Lectoras Casañistas y los Fans de los Osorio.

A mi querido esposo, a mis hijos y a mis amigas del alma, quienes me apoyan con cariño y paciencia siempre.

A todos los que me leen, porque cada vez que eligen mis novelas me animan a seguir escribiendo.

A pólvora y sangre

Pagos del Pergamino
Octubre de 1857

Las risas de las muchachas se confundían con el ladrido de los perros. Una morena de ojos vivaces y una rubia de mirada serena jugaban en el agua barrosa de la laguna. Esa primavera era atípica por el calor intenso, calor que afectaba a las personas y a los animales por igual. Nicha salpicaba a Mailén, su amiga india, quien no dudaba en sumergirse una y otra vez en el agua, haciendo alarde de una gran destreza. Desde la orilla, los perros no dejaban de ladrar.

Cansadas de tanto juego, decidieron salir y permanecieron de pie mientras la ropa y los cabellos se les secaban al sol. Las hebras rubias de Nicha contrastaban con las oscuras de Mailén.

—Ven, ayúdame que voy a curar a este pequeñín. Tiene la pata infectada. —Nicha se dirigió hacia donde se encontraba el cachorro de puma de la india. El animal la observaba con sus ojos amarillos alertas. Mailén lo tomó en sus brazos mientras Nicha sacaba un paño de una bolsa y lo embebía en miel; despacio, le fue pasando el paño por la herida. El animal permanecía quieto. Parecía capaz de intuir que lo estaban curando. Finalmente, lo envolvió con unos trapos limpios que había cortado a modo de vendas. El cachorro salió disparando y se perdió entre las matas.

—¡Mira si será desagradecido! —exclamó Nicha, fingiendo enojo. El cabello destrenzado le colgaba hasta la cintura.

Mailén la miró con cariño:

—Gracias, amiga. Déjame que te ayude con el peinado. —En un santiamén la india le hizo dos gruesas trenzas, que ató con unas tiras de colores—. Ahora me voy. Debo ayudar con los preparativos de la boda.

El asombro se pintó en el rostro de Nicha. Indignada, le soltó:

—¡Pero si todavía falta más de una semana! Te casas con Laureano, el hijo del cacique Guayqueguir. ¿No tienes suficiente ayuda? ¡Eres la novia! Y mira, te estás olvidando tu brazalete.

Mientras hablaba se inclinó a juntarlo. Era una pieza hermosa de oro con incrustaciones en amatistas y en el cual se distinguían inscripciones indígenas. La joya se la había regalado su futura suegra.

Mailén se rio mostrando sus dientes blanquísimos:

—Gracias. No quiero ni imaginarme el disgusto de Laureano si lo hubiese perdido. —Luego, con mucho cariño le comentó—: En las bodas todos ayudamos, incluso la novia.

Nicha suspiró resignada:

—Voy a disfrutar de la tuya porque yo no pienso casarme. No. No —iba negando con la cabeza a la vez que se vestía con prendas de algodón y se calzaba unas sandalias livianas. A pesar de las advertencias de su madre, su piel lucía un dorado saludable. A ella le apetecía estar al aire libre. Había cumplido dieciocho años, y aún no tenía pretendiente.

Mailén no pudo evitar reírse:

—Eso dices ahora. Ya llegará el momento en que te enamores y cambies de parecer. —La túnica de colores que la india deslizó por su cuerpo realzaba sus curvas firmes. En unos pocos días se iba a convertir en la esposa de Laureano, el hijo mayor del cacique Guayqueguir y Juana María, “la india blanca”. A pesar de haber recibido las aguas bautismales y la comunión, Laureano se iba a casar según las normas paganas de su tribu. Los ritos se habían cumplido como correspondían: los amigos del novio se habían presentado en el toldo de los padres de Mailén y habían elogiado sus hazañas y también las de sus ancestros. El padre de la novia había recitado el preciado pasado familiar de la muchacha. Laureano les obsequió numerosos regalos y, finalmente, le había sido concedida la mano de Mailén.

—Eso no ocurrirá nunca. Quiero convertirme en doctora. Aunque las mujeres no podamos estudiar en una Universidad, al menos aprendo todo lo que está a mi alcance. En fin, nos vemos en dos días así le cambio la venda al cachorro.

Mientras guardaba sus bártulos, le pareció distinguir un carruaje a la vera del camino, pero la conversación de Mailén hizo que no le prestara la menor atención. Cuando levantó la vista el carruaje había desaparecido. “¡Jesús, lo que me falta, ver visiones! Seguro que me insolé”. Con esos pensamientos fue a desatar su caballo para regresar a La Firmeza.

La volanta estaba detenida hacía un buen rato. Un par de ojos con la oscuridad de la muerte miraban fijamente a las jóvenes mientras una mano pálida y trémula las señalaba. Al cabo de unos minutos la volanta siguió su camino.

Cuando llegó el día que habían acordado, Nicha aprovechó nuevamente la hora de la siesta para escaparse a la laguna. Había preparado su “equipo para emergencias”, como le llamaba, y unas naranjas para compartir con su amiga. Sabía que ese iba a ser el último día libre de la india antes de sumergirse por completo en los preparativos de su casamiento. Llevó su yegua al tranco para no hacer ruido y, recién cuando salió a campo traviesa pudo galopar.

Habían pasado dos horas y Mailén no aparecía. Nicha no le dio demasiada importancia. “Seguro que está con los arreglos de la boda”, pensó resignada mientras regresaba a La Firmeza. “Mejor vuelvo mañana”. Como su familia siempre decía: “El que espera, desespera y el que viene, nunca llega”. Debía tragarse su impaciencia. Sin embargo, al día siguiente Mailén tampoco apareció. Puntualmente la esperó todos los días de esa semana, pero no había rastros de su amiga.

En las tolderías reinaba el desconcierto por la desaparición de Mailén. Laureano junto con Guayqueguir organizaron varias partidas de indios rastreadores, pero todo fue en vano. No había señales de la muchacha.

Los ojos cansados de Laureano oteaban la distancia. Habían pasado ya varios días sin ningún resultado. Un miedo frío le recorría la piel como una exhalación cada vez que pensaba que podría estar en poder de los soldados.

Presagios de amanecer teñían el cielo al emprender los indios nuevamente la búsqueda. Se habían alejado unas cuantas leguas de las tolderías, en dirección a la laguna, cuando los perros se encresparon con aullidos feroces. Uno de los indios rastreadores alcanzó a divisar un bulto brillante escondido bajo unos arbustos. Se acercaron con sigilo y encontraron al cachorro de puma envuelto en la túnica de Mailén. El animal tenía la cabeza cortada. Laureano, trastornado hasta los huesos, profirió un grito desgarrador, casi inhumano.

Llevaron los restos del puma y la túnica de la joven a la machí de la tribu. Únicamente ella podría revelarles su significado.

Con solo ver el cuerpo del animal la hechicera exclamó:

—¡Gualicho! ¡Gualicho! —La colosal mujer irradiaba una poderosa energía. A pesar de su figura, se movía con la gracia de un felino. Había entrado en una especie de trance mientras pasaba las manos sobre los restos del puma y la túnica de la india. Sus ojos achinados se cerraron un momento para luego vaticinar—: Una sombra negra se ha apoderado de su espíritu… una sombra que se deslizará como una mortaja y se adueñará de otros espíritus, impidiéndoles su vuelo… el gualicho ha llegado a estas tierras para quedarse —profetizó la machí.

Enseguida comenzó a cantar a modo de plegaria mientras arrojaba unas hierbas sobre el cadáver del animal, al cual envolvió nuevamente en la túnica. Los minutos se hicieron horas mientras la mujer invocaba a sus ancestros. Por momentos el color la abandonaba dejándola con una tonalidad blanca calavera y su voz se perdía en loas inentendibles. El fuego encendido bailaba al son de sus cantos. De pronto, las llamas quedaron reducidas a hilos rojos y una sombra poderosa emergió del centro de la hoguera. De su boca sin labios, sin dientes y negra como un abismo salió un grito aterrador, elevándose en la oscuridad de la noche. El miedo en su estado más puro y brutal recorrió el espíritu de los presentes, quitándoles las esperanzas, llenándolos de desasosiego. La machí permaneció en silencio hasta que, finalmente, anunció:

—Ahora sus almas se liberaron y corren libres junto a los dioses.

Laureano alcanzó a comprender que su novia estaba muerta:

—¿Quiénes fueron los culpables? ¿Quiénes? —exigió saber. La furia le subió por el cuerpo estallándole en mil pedazos.

La mujer se tomó su tiempo para contestar, simplemente:

—Un corazón arcano. —Y no habló más.

Guayqueguir le hizo una seña para que salieran de la tienda.

El joven había cambiado el dolor por rabia y deseos de venganza:

—Los huincas, padre, han sido los huincas. —La voz le temblaba, tenía un gemido atascado en la garganta. Dejó que las lágrimas descendieran por su rostro, alcanzando su boca, entonces las tragó como queriendo tragarse todo el odio que lo consumía.

Guayqueguir no contestó, pero asintió con la cabeza. Se vengarían a sangre y pólvora.

Estancia La Firmeza

(Propiedad de los Godoy)

Una Nicha preocupada se encontraba preparándose para la boda. La familia Godoy había sido invitada, debido a la profunda amistad de Facundo con el cacique Guayqueguir, amistad que se remontaba a mucho tiempo atrás.

—Ese color te sienta de maravillas —le decía Emma, su hermana, mientras Nicha se probaba un vestido de tafetán azul noche. Se había dejado el cabello rubio suelto y calzaba unos zapatos de cuero blanco. La boda de su amiga Mailén iba a ser sencilla.

—¿Estás segura de que no quieres venir? Después, si te arrepientes… va a ser muy tarde. —Nicha no tenía dudas de que si no le hacían efecto las compresas de agua con avena que había preparado, se iba a ligar flor de reto. Esa mañana había estado al sol y ahora su piel estaba colora

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