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EL INTERMEDIARIO

John Grisham  

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Fragmento

1

En las postrimerías de una presidencia destinada a interesar menos a los historiadores que cualquier otra, aparte tal vez de la de William Henry Harrison (treinta y un días desde el nombramiento hasta su muerte), Arthur Morgan se reunió en el Despacho Oval con el último amigo que le quedaba para reflexionar acerca de sus últimas disposiciones. En aquel momento tenía la sensación de haberse equivocado en todas las decisiones que había tomado durante los cuatro años precedentes y a aquellas alturas no confiaba demasiado en poder enmendar hasta cierto punto las cosas. Su amigo tampoco estaba muy seguro aunque, como siempre, apenas habló y lo poco que dijo fue lo que el presidente deseaba oír.

Se trataba de la cuestión de los indultos, de las súplicas desesperadas de ladrones, malversadores y embusteros, algunos de ellos todavía en la cárcel y otros que jamás habían cumplido condena pero, pese a ello, querían recuperar el buen nombre y ver restituidos sus privilegios. Todos alegaban ser amigos, o amigos de amigos, o bien partidarios acérrimos, a pesar de que solo unos cuantos habían tenido la ocasión de manifestarle su apoyo antes de aquel momento. Qué pena que después de cuatro tumultuosos años de gobernar el mundo libre todo quedara reducido a un miserable montón de peticiones de un grupito de chorizos. ¿A qué ladrones se podía permitir volver a robar? Esta era la trascendental cuestión a la que se enfrentaba el presidente en aquellas horas finales.

Su último amigo era Critz, un antiguo compañero de la asociación estudiantil de su época universitaria en Cornell. En aquellos tiempos Morgan dirigía la división administrativa y Critz atiborraba fraudulentamente de papeletas las urnas electorales. En los últimos cuatro años Critz había sido secretario de prensa, jefe de Estado Mayor, asesor de seguridad nacional e incluso secretario de Estado, aunque solo duró tres meses en el cargo, del que fue fulminantemente destituido cuando, con su singular estilo diplomático, estuvo a punto de desencadenar la Tercera Guerra Mundial. El último nombramiento de Critz había tenido lugar el octubre anterior, durante las últimas y enloquecidas semanas de la violenta embestida de la reelección. Cuando las encuestas señalaban que el presidente Morgan iba quedando rezagado en por lo menos cuarenta estados, Critz se hizo con el control de la campaña y consiguió enemistarlo con el resto del país, excepto, hasta cierto punto, con Alaska.

Habían sido unas elecciones históricas; jamás un presidente en ejercicio había conseguido tan pocos votos electorales. Tres para ser exactos, todos de Alaska, el único estado que Morgan no había visitado siguiendo el consejo de Critz. Quinientos treinta y cinco para el aspirante, tres para el presidente Morgan. La expresión «aplastante victoria» no reflejaba ni por asomo la situación.

Una vez efectuado el recuento de votos, el aspirante, siguiendo un mal consejo, decidió poner en tela de juicio los resultados de Alaska. ¿Por qué no ir por los quinientos treinta y ocho votos electorales?, se dijo. Un candidato a la presidencia no tiene nunca la oportunidad de derrotar por completo a su contrincante, de alzarse con la madre de todas las victorias y dejar a su adversario sin un solo voto. El presidente tuvo que padecer todavía durante otras seis semanas mientras arreciaban los pleitos en Alaska. Cuando el Tribunal Supremo le otorgó finalmente los tres votos electorales del estado, él y Critz se bebieron discretamente una botella de champán.

El presidente Morgan se había enamorado de Alaska, a pesar de que los resultados solo le habían concedido finalmente un escaso margen de diecisiete votos.

Habría tenido que evitar más estados.

Perdió incluso en su Delaware natal, donde el otrora esclarecido electorado le había permitido ocho maravillosos años como gobernador. Si él no había tenido tiempo de visitar Alaska, su contrincante había ignorado por completo Delaware... ni la menor organización, ni anuncios en televisión, nada para contrarrestar la campaña. ¡Y así y todo su oponente había obtenido el cincuenta y dos por ciento de los votos!

Critz, sentado en un sillón de cuero, sostenía en las manos un cuaderno de apuntes con una lista de los cientos de cosas que había que hacer de inmediato. Observó cómo su presidente se desplazaba muy despacio de una ventana a la siguiente mientras escudriñaba la oscuridad y soñaba con lo que hubiese podido ser. El hombre estaba deprimido y humillado. A los cincuenta y ocho años su vida había terminado, su carrera era un fracaso, su matrimonio se estaba desmoronando. La señora Morgan ya había regresado a Wilmington y bromeaba sin recato acerca de irse a vivir a una cabaña de Alaska. Critz abrigaba ciertas dudas acerca de la capacidad de su amigo de pasarse el resto de la vida cazando y pescando, pero la perspectiva de vivir a más de tres mil kilómetros de la señora Morgan resultaba de lo más seductora. Hubiesen podido ganar en Nebraska si la un tanto aristocrática primera dama no se hubiera referido a su equipo de fútbol como a los Sooners, tal como se conocía popularmente a los habitantes del estado de Oklahoma.

¡Los Sooners de Nebraska!

De la noche a la mañana, Morgan cayó en picado no solo en las encuestas de Nebraska, sino también en las de Oklahoma; jamás se recuperó.

Y en Tejas, su mujer tomó un bocado de una guindilla galardonada con un premio y vomitó. Mientras la llevaban a toda prisa al hospital, un micrófono captó sus todavía famosas palabras: «¿Cómo es posible que sean ustedes tan retrasados como para comer semejante mierda?».

Nebraska cuenta con cinco votos electorales. Tejas tiene treinta y cuatro. Insultar al equipo de fútbol local era un error al que hubiesen podido sobrevivir. Sin embargo, ningún candidato supera una descripción tan degradante de la guindilla de Tejas.

¡Menuda campaña! ¡Critz estaba tentado de escribir un libro! Alguien tenía que dejar constancia del desastre.

La colaboración de casi cuarenta años entre ambos estaba a punto de terminar. Critz había conseguido un empleo con un contratista del Departamento de Defensa por doscientos mil dólares anuales y llevaría a cabo una gira de conferencias a cincuenta mil dólares cada una siempre y cuando hubiera alguien tan desesperado como para pagarlos. Tras dedicar su vida a la Administración Pública, se había quedado sin un céntimo, estaba envejeciendo rápidamente y ansiaba ganar unos dólares.

El presidente había vendido su preciosa casa de Georgetown a muy buen precio. Se había comprado un pequeño rancho en Alaska donde estaba claro que la gente lo admiraba y tenía previsto pasar el resto de sus días allí, cazando, pescando y quizá escribiendo sus memorias. Lo que hiciera en Alaska no tendría nada que ver ni con la política ni con Washington. No sería un veterano estadista, la figura decorativa del partido de nadie, la sabia voz de la experiencia. No emprendería ninguna gira de despedida, no pronunciaría discursos en convenciones, no le otorgarían ninguna cátedra de ciencias políticas. No habría ninguna biblioteca presidencial. La gente se había expresado con claridad, de un modo rotundo. Si no lo querían, él, desde luego, podía vivir sin ellos.

—Tenemos que tomar una decisión sobre Cuccinello —dijo Critz.

El presidente permanecía de pie junto a la ventana con la mirada perdida en la oscuridad, pensando todavía en Delaware.

—¿Quién?

—Figgy Cuccinello, el director cinematográfico acusado de haber mantenido relaciones sexuales con una joven aspirante a actriz.

—¿Cómo de joven?

—De quince años, creo.

—Eso es muy joven.

—Pues sí. Huyó a Argentina, donde ya lleva diez años. Ahora siente nostalgia, quiere regresar y volver a rodar películas tremendas. Dice que su arte lo está llamando para que regrese a casa.

—A lo mejor, son las chicas jóvenes las que lo están llamando para que regrese a casa.

—Eso también.

—Diecisiete años no me molestaría. Quince es demasiado.

—Su oferta llega a los cinco millones.

El presidente se volvió y miró a Critz.

—¿Ofrece cinco millones por un indulto?

—Sí, y hay que decidir con rapidez. El dinero se tiene que sacar por transferencia de Suiza. Y allí son las tres de la madrugada.

—¿Adónde iría a parar?

—Tenemos cuentas offshore en paraísos fiscales. Es fácil.

—¿Qué haría la prensa?

—Sería desagradable.

—Siempre es desagradable.

—Pero esto sería especialmente desagradable.

—La verdad es que a mí la prensa me importa un bledo —dijo Morgan.

—Pues entonces, ¿por qué lo preguntas? —quiso saber Critz.

—¿Se puede seguir el rastro del dinero? —preguntó el presidente, volviéndose de nuevo hacia la ventana.

—No.

Con la mano derecha, el presidente se empezó a rascar la nuca, tal como siempre hacía cuando se enfrentaba con una decisión difícil. A punto de lanzar un ataque nuclear contra Corea del Norte se había rascado la piel hasta hacerse sangre y mancharse el cuello de la camisa blanca.

—La respuesta es no —dijo—. Quince es demasiado joven.

Sin previo aviso se abrió la puerta y Artie Morgan, el hijo del presidente, irrumpió en la habitación con una Heineken en una mano y unos papeles en la otra.

—Acabo de hablar con la CIA —dijo con aire indiferente. Llevaba unos vaqueros desteñidos e iba sin calcetines—. Maynard está de camino.

Dejó los papeles sobre el escritorio y se retiró dando un portazo.

Artie hubiese aceptado los cinco millones de dólares sin dudar, se dijo Critz, independientemente de la edad de la chica. Quince años seguro que no eran demasiado poco para Artie. Habrían ganado en Kansas si no hubieran sorprendido a Artie en la habitación de un motel de Topeka con tres animadoras, la mayor de diecisiete años. Un fiscal grandilocuente había desestimado finalmente las acusaciones, dos días después de las elecciones: las chicas firmaron una declaración jurada; no habían mantenido relaciones sexuales con Artie. Estaban a punto de hacerlo y, de hecho, habían faltado segundos para que participaran en toda clase de retozos, pero una de las madres llamó a la puerta de la habitación del motel e impidió la orgía.

El presidente se sentó en su mecedora de cuero simulando hojear unos inútiles documentos.

—¿Qué es lo último que se sabe sobre Backman? —preguntó.

En los dieciocho años que llevaba como director de la CIA, Teddy Maynard había estado en la Casa Blanca menos de diez veces. Y jamás para cenar (siempre declinaba la invitación por motivos de salud), y jamás para saludar a un pez gordo extranjero (era algo que le importaba un carajo). Cuando podía caminar se pasaba alguna vez por allí para consultas con el presidente de turno y quizá con algún que otro de los que elaboraban sus programas políticos. Desde que iba en silla de ruedas, hablaba con la Casa Blanca por teléfono. Nada menos que todo un vicepresidente había sido conducido dos veces en automóvil a Langley para reunirse con Maynard.

La única ventaja de ir en silla de ruedas era que le daba un pretexto para ir o quedarse o hacer lo que le diera la real gana. Nadie quería presionar

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