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EL LEOPARDO

Jo Nesbø  

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Fragmento

1

El ahogamiento

Se despertó. Parpadeó ante aquella oscuridad profunda. Abrió la boca y respiró por la nariz. Volvió a parpadear. Notó que le caía una lágrima, notó que disolvía la sal de otras lágrimas. Pero ya no le bajaba la saliva por la garganta, tenía la cavidad bucal reseca y dura. Se le habían tensado las mejillas por la presión interior. Tenía la sensación de que el cuerpo extraño que tenía en la boca fuera a reventarle la cabeza. Pero ¿qué era, qué era? Lo primero que pensó al despertar era que quería descender otra vez. Bajar a esa profundidad cálida y oscura que la había rodeado. El líquido que él le había inyectado seguía surtiendo efecto, pero ella sabía que el dolor se iba acercando, lo notaba en la percusión lenta y sorda del pulso y en el fluir atropellado de la sangre en el cerebro. ¿Y él, dónde se habría metido? ¿Estaría allí mismo, detrás de ella? Contuvo la respiración, aguzó el oído. No oía nada, pero sí sentía la presencia. Como un leopardo. Alguien le había contado que el leopardo era tan silencioso que podía acercarse y llegar al lado de su presa en la oscuridad, que podía ajustar sus jadeos y respirar a tu ritmo. Contener la respiración cuando tú contienes la respiración. Le dio la impresión de que sentía el calor de su cuerpo. ¿A qué esperaba? Dejó de contener la respiración. Y en ese momento, creyó notar en la nuca la de otra persona. Se giró, agitó los brazos, pero solo encontró aire. Se acurrucó tratando de encogerse, de esconderse. Inútil.

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¿Cuánto tiempo llevaba inconsciente?

Empezó a pasarse el efecto de la droga. Fue solo una décima de segundo. Pero suficiente para darle el anticipo, la promesa. La promesa de lo que estaba por venir.

El cuerpo extraño que le habían puesto delante en la mesa era del tamaño de una bola de billar, de metal brillante, con agujeros pequeños troquelados y figuras y símbolos en relieve. De uno de los agujeros sobresalía un hilo de color rojo con un lazo que, automáticamente, le recordó al árbol de Navidad que iban a decorar en casa de sus padres la víspera de Nochebuena, dentro de siete días. Con bolas brillantes, duendecillos, cestas, luces y banderas de Noruega. Dentro de ocho días cantarían el salmo «Grande es la Tierra», y tendría la oportunidad de ver el brillo en los ojos de sus sobrinos a la hora de abrir los regalos que les llevaba. Todo lo que habría hecho de un modo totalmente distinto. Todos los días que habría vivido con mucha más intensidad, con mayor honradez, los habría llenado de alegría, de aire y de amor. Los lugares que había recorrido solo de paso; los lugares a los que se dirigía. Los hombres a los que había conocido, el hombre que le faltaba por conocer. El feto del que se libró a los diecisiete, los hijos que aún no había tenido. Los días que malgastó pensando en aquellos que tendría en el futuro.

Al final, dejó de pensar en cualquier cosa que no fuera el cuchillo que le pusieron delante. Y en la voz dulce que le dijo que tenía que meterse la bola en la boca. Y ella obedeció, naturalmente que sí. Con el corazón martilleándole en el pecho, abrió la boca todo lo que pudo y empujó la bola hacia dentro de modo que el hilo quedara colgando por fuera. El metal tenía un sabor amargo y salado, como las lágrimas. Alguien le forzó la cabeza hacia atrás y el acero le quemó la piel cuando notó la hoja plana del cuchillo en la garganta. Una lámpara que había apoyada en la pared, en una de las esquinas, iluminaba el techo y la habitación entera. Solo el gris del cemento. Aparte de la lámpara, había en la habitación una mesa de camping de plástico blanco, dos sillas, dos botellas de cerveza vacías, dos personas. Él y ella. Ella notó el olor de un guante de piel cuando un dedo índice tironeó del lazo de hilo rojo que le sobresalía por la boca. Y un segundo después fue como si le hubiera explotado la cabeza.

La bola se expandió y presionó el interior de la boca. Y con independencia de cuánto la abriera, la presión era constante. Él examinó aquella boca abierta con concentración e interés, como el dentista cuando comprueba que el aparato corrector está bien colocado. Manifestó su satisfacción con una sonrisita.

Ella notó con la lengua que de la bola salían unas varillas, que eso era lo que le presionaba el paladar, la carne blanda de debajo de la lengua, la cara interna de los dientes, la campanilla. Trató de decir algo. Él escuchó paciente los sonidos inarticulados que le surgían de la boca. Se mostró satisfecho cuando vio que ella se rendía y sacó una jeringa. La gota parpadeó en el extremo de la jeringa a la luz de la linterna. Él le susurró al oído: «No toques el hilo».

Luego, le clavó la aguja en un lado del cuello. Al cabo de unos segundos, ella se quedó inconsciente.

Escuchaba con pavor su propia respiración y parpadeó en la oscuridad.

Tenía que hacer algo.

Apoyó las palmas de las manos en el asiento, que estaba pegajoso por el sudor, y se puso de pie. Nadie se lo impidió.

Fue caminando con pasos cortos hasta que se topó con una pared. Fue tanteando con la mano hasta dar con una superficie lisa y fría. La puerta de metal. Empujó el picaporte metálico. No se movía. Cerrada con llave. Pues claro que estaba cerrada con llave, ¿qué se había creído? ¿Eran risas lo que oía, o eran sonidos que tenía dentro de la cabeza? ¿Dónde estaba él? ¿Por qué jugaba con ella de aquel modo?

Hacer algo. Pensar. Pero para poder pensar tenía que librarse de aquella bola de metal antes de que el dolor la volviera loca. Metió el pulgar y el índice a ambos lados de la boca. Tocó las varillas. Trató de meter los dedos debajo de una de ellas, pero sin éxito. Le dio un ataque de tos, al tiempo que la invadía el pánico al ver que no podía respirar. Comprendió que las varillas habrían inflamado la carne que rodeaba la faringe y que no tardaría en asfixiarse. Dio una patada a la puerta de hierro, intentó gritar, pero la bola de metal ahogó el sonido. Volvió a rendirse. Se apoyó en la pared. Prestó atención. ¿Eran pasos discretos lo que oía? ¿Estaría él moviéndose por la habitación, jugando a la gallinita ciega con ella? ¿O sería solamente el bombear de la sangre en los oídos? Se armó de valor, pensando en los dolores, y cerró la boca. Apenas había conseguido presionar las varillas hacia dentro de la bola cuando estas la obligaron a abrir la boca de nuevo. Era como si la bola estuviera latiendo, como si se hubiera vuelto un corazón de hierro, como si se hubiera convertido en una parte de ella.

Hacer algo. Pensar.

Resortes. Las varillas funcionaban con resortes.

Las varillas se dispararon cuando él tiró del hilo.
«No toques el hilo», le dijo.
¿Por qué no? ¿Qué pasaría si lo hiciera?

Deslizó la espalda por la pared hasta quedar sentada en el suelo. Del suelo de cemento ascendía un frío húmedo. Sintió deseos de gritar otra vez, pero no tenía fuerzas. Calma. Silencio.

Todas las palabras que habría dicho en presencia de las personas a las que quería, en lugar de aquellas que habrían llenado el silencio en presencia de aquellas que le eran indiferentes.

No había salida alguna. Solo estaban ella y aquel dolor infernal, y la cabeza, que estaba a punto de estallarle.

«No toques el hilo.»

Si tiraba, tal vez las varillas se meterían otra vez en la bola y ella se vería libre del dolor.

Pensaba en círculos, había entrado en un bucle. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Dos horas? ¿Ocho horas? ¿Veinte minutos?

Si era tan fácil y no había más que tirar del hilo, ¿por qué no lo había hecho ya? ¿Por la advertencia de una persona que, a todas luces, no estaba en su sano juicio? ¿O sería parte del juego el que ella se dejara engañar y no detuviera aquel dolor totalmente innecesario? ¿O consistiría el juego en que ella desoyera la advertencia y tirara del hilo para que así…, para que así ocurriera algo terrible? ¿Y qué ocurriría, en ese caso, qué era aquella bola?

Sí, eso era, un juego, un juego cruel. Porque a ella no le quedaba otra salida. El dolor era insoportable, se le inflamaba la garganta, no tardaría en asfixiarse.

Una vez más, intentó gritar, y el grito quedó en un sollozo, y parpadeó, parpadeaba sin parar, pero ya no afloraban más lágrimas.

Los dedos encontraron el hilo que colgaba por fuera de los labios. Tiró un poco hasta que se quedó tenso.

Lamentaba todo aquello que no había hecho, naturalmente. Pero aunque vivir una vida de privaciones la hubiera llevado a un lugar distinto de aquel en el que ahora se encontraba, habría preferido esa opción.

Tiró del hilo.

Las agujas salieron del extremo de las varillas. Tenían siete centímetros de longitud. Cuatro atravesaron las mejillas y quedaron por fuera; tres salieron por los senos nasales; dos entraron por las fosas nasales y otras dos asomaron por la barbilla. Una aguja le perforó el esófago y otra el globo ocular derecho. Dos de las agujas atravesaron la parte posterior del paladar y alcanzaron el cerebro. Pero esa no fue la causa directa de la muerte. Dado que la bola de metal cerraba el paso, no pudo escupir la sangre de las heridas que le chorreaba en la boca. La sangre fue cayendo en la tráquea y de ahí pasaba a los pulmones; a consecuencia de ello, no llegaba oxígeno a la sangre, lo que causó el paro cardiaco y lo que el forense llamaría en su informe hipoxia cerebral, es decir, falta de oxígeno en el cerebro. En otras palabras: Borgny Stem-Myhre se ahogó.

2

La oscuridad esclarecedora

18 de diciembre

Los días son cortos. Fuera todavía hay luz, pero aquí, en el interior de mi sala de recortes la oscuridad es eterna. A la luz del flexo, las personas de las fotos que hay en la pared resultan irritantes con sus caras alegres e ingenuas. Tan llenas de expectativas, como si fuera una obviedad tener la vida por delante, lisa y sin alteraciones, como un mar de tiempo en calma absoluta. He sacado el recorte del periódico, he recortado las historias lacrimógenas de la familia, que está conmocionada, he eliminado los detalles sangrientos del hallazgo del cadáver. Solo he seleccionado la foto inevitable que un familiar o un amigo le habrá dado a algún periodista pesado, la foto en la que ella estaba en su mejor momento, cuando sonreía como si fuera a ser inmortal.

La policía no sabe apenas nada. Todavía no. Pero pronto tendrán más con lo que trabajar.

¿Qué es, dónde radica aquello que convierte a una persona en asesino? ¿Es congénito, depende de un gen, una posibilidad que se hereda, que unos tienen y otros no? ¿O es algo que se produce necesariamente, que se desarrolla en el encuentro con el mundo, una estrategia de supervivencia, una enfermedad que te salva la vida, una locura racional? Porque, así como la enfermedad es el pistoletazo febril del cuerpo, la locura es la retirada necesaria del ser humano a un lugar donde atrincherarse de nuevo.

Personalmente, pienso que la capacidad de asesinar es fundamental en todo hombre sano. Nuestra existencia es una lucha por las cosas buenas, y aquel que no es capaz de matar a su prójimo no tiene derecho a existir. Matar es, pese a todo, anticipar lo inevitable. La muerte no hace excepciones, y mejor así, porque la vida es dolor y sufrimiento. Visto de ese modo, todo asesinato es un acto de compasión. Solo que no lo vemos cuando el sol nos calienta la piel, cuando el agua nos refresca los labios y sentimos a cada latido ese absurdo deseo de vivir; e incluso por unas migajas de tiempo estamos dispuestos a pagar con todo lo que hemos conseguido en la vida: dignidad, posición, principios. En ese momento debemos ir hasta el fondo, dejar atrás la luz que nos desorienta y nos ciega. Hasta la oscuridad fría y esclarecedora. Y sentir la dureza del núcleo. La verdad. Que era lo que yo debía encontrar. Que fue lo que encontré. Lo que hace de una persona un asesino.

¿Y qué pasa con mi vida? ¿Acaso creo yo como los demás que es un mar de tiempo sin alteraciones?

Desde luego que no. Dentro de poco, yo también acabaré en el vertedero de la muerte, junto con otros intérpretes de este drama insignificante. Pero, con independencia de en qué nivel de descomposición se encuentre mi cadáver, aunque solo quede el esqueleto, tendré la sonrisa en la boca. Porque para eso vivo ahora, esa es la única razón de mi existencia, la posibilidad que tengo de purificarme, de liberarme de toda la ignominia.

Pero este es solo el principio. Ahora pienso apagar la lámpara y salir a la luz del día. La poca que queda.

3

Hong Kong

La lluvia no se rindió a la primera. Ni tampoco a la segunda. Sencillamente, no se rindió. Hacía un tiempo húmedo y templado, semana tras semana. La tierra estaba empapada de agua, las autopistas europeas se hundían, las aves migratorias dejaron de emigrar y advirtieron de la existencia de insectos de los que no se había tenido noticia hasta ahora tan al norte. El almanaque decía que era invierno, pero las colinas de Oslo aparecían no solo sin nieve, sino que ni siquiera estaban de color pardo. Estaban verdes y acogedoras, como la pista de césped artificial de Sogn, ...