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EL LIBRO DE LA OSCURIDAD (LA BELLA SALVAJE 1)

Philip Pullman

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Fragmento

1 El Cuarto de la Terraza

A cinco kilómetros del centro de Oxford remontando el Támesis, no lejos de los grandes centros universitarios de Jordan, Gabriel, Balliol y de las dos decenas más de instituciones que se disputaban la supremacía en las competiciones de remo, a una distancia donde la ciudad quedaba reducida a una concentración de torres y campanarios que descollaban por encima de la bruma de Port Meadow, se hallaba el priorato de Godstow, donde las bondadosas monjas se consagraban a sus santos menesteres. Y, enfrente del priorato, en la otra orilla del río, había una posada llamada La Trucha.

La posada era un viejo edificio de piedra, laberíntico y acogedor. Delante del río había una terraza, donde dos pavos reales, que respondían a los nombres de Norman y Barry, se paseaban entre los clientes, sirviéndose sin permiso ni escrúpulos, algún que otro bocado de sus mesas y emitiendo de vez en cuando incomprensibles y feroces gritos. Había una sala donde los señores, en el supuesto de que los alumnos de la universidad pudieran considerarse como tales, tomaban cerveza y fumaban en pipa; había una taberna donde los barqueros y campesinos se calentaban junto a la chimenea o jugaban a los dardos, charlaban en la barra, se peleaban, o bien se emborrachaban en silencio; había una cocina donde la mujer del posadero preparaba una gran pieza de carne cada día, con un complicado engranaje de ruedas y cadenas que hacían girar el asador encima del fuego; y había un muchacho que servía las mesas y que se llamaba Malcolm Polstead.

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Malcolm, el único hijo del posadero, tenía once años. Era un chico curioso y amable, corpulento y de pelo rojizo. Iba a la escuela primaria de Ulvercote. Aunque tenía bastantes amigos, a él le gustaba más jugar con su daimonion Asta en su canoa, que se llamaba La bella salvaje. Un conocido suyo tuvo la ocurrencia de garabatear una S encima de la V. Malcolm tuvo que poner tres capas de pintura encima para corregir aquel desaguisado, hasta que perdió la paciencia y, de un puñetazo, arrojó al agua a ese graciosillo. A partir de entonces, ambos firmaron una suerte de tregua.

Al igual que todos los hijos de los posaderos, Malcolm tenía que trabajar en la taberna, fregar platos y vasos, servir comida y jarras de cerveza. También debía recoger las mesas. Le parecía normal encargarse de aquellas tareas. Lo único que le importunaba en la vida era una muchacha de quince años llamada Alice, que ayudaba a fregar los platos. Era alta y flaca, con un pelo moreno lacio que llevaba recogido con una cola de caballo nada favorecedora. En la frente y en torno a la boca empezaban a formársele ya arrugas de insatisfacción. Desde el día en que llegó, siempre le estaba tomando el pelo: «¿Quién es tu novia, Malcolm? ¿No tienes novia? ¿Con quién estabas anoche? ¿La besaste? ¿No te han dado un beso nunca?».

Lo soportó sin protestar durante un tiempo, pero al final Asta se abalanzó sobre la esquelética grajilla que Alice tenía por daimonion y la arrojó de un golpe al agua de fregar. Después mordió una y otra vez a aquella criatura, empapada de arriba abajo, hasta que Alice suplicó a gritos que parase. Luego se fue a quejar a la madre de Malcolm.

—Te está bien empleado —le contestó esta—. No esperes que yo te compadezca. Lo mejor será que dejes de hacer burlas desagradables.

Y Alice lo hizo. A partir de entonces no se dirigieron la palabra; él ponía los vasos junto al fregadero, ella los lavaba, él los secaba y los volvía a llevar al bar sin dedicarle ni una palabra, ni una mirada, ni un pensamiento.

En cualquier caso, le gustaba vivir en la posada. Disfrutaba, sobre todo, con las conversaciones que tenía oportunidad de escuchar, tanto si tenían que ver con las traicioneras aguas del río Board, con la irremediable idiotez del Gobierno o con cuestiones de índole más filosófica, como si las estrellas tenían o no la misma edad que la Tierra.

A veces a Malcolm le suscitaba tanto interés aquel último tipo de conversaciones que dejaba su carga de vasos vacíos encima de la mesa y se sumaba a ellas, aunque solo después de haber estado escuchando con gran atención. Muchos eruditos y visitantes lo conocían y le daban generosas propinas, pero él no aspiraba a ser rico; aceptaba las propinas como una dádiva de la providencia. Así llegó a considerarse una persona afortunada, cosa que le resultó bastante útil en la vida. De haber sido la clase de chico a quien se le atribuía un apodo, seguramente le habrían puesto «Profesor». Pero él no era ese tipo de niño. Quienes reparaban en aquel chico lo apreciaban, pero normalmente llamaba poco la atención, lo que no le importaba.

El otro foco importante en la vida de Malcolm quedaba justo al otro lado del río, frente a la posada, en el recinto de edificios de piedra gris rodeados de verdes campos y primorosas huertas: el priorato de Saint Rosamund. Las religiosas cultivaban sus verduras y sus frutas, cuidaban de sus abejas y cosían sus elegantes vestiduras. Sin embargo, aun siendo casi del todo autosuficientes, de vez en cuando necesitaban un muchacho para hacer recados o para ayudar al señor Taphouse, el viejo carpintero, a reparar una escalera, o bien para llevarles pescado desde los estanques de Medley, situados un poco más lejos, río abajo. La bella salvaje solía transportar víveres o personas al servicio de aquellas amables monjas; Malcolm había llevado más de una vez a la hermana Benedicta hasta la Royal Mail Zeppelin Station, cargada con valiosos paquetes de estolas, de capas pluviales o de casullas para el obispo de Londres, que parecía desgastar mucho sus atuendos, pues los cambiaba con una rapidez fuera de lo normal. Malcolm aprendía mucho de aquellos tranquilos viajes.

—¿Cómo hace para que le salgan tan bien los atadijos, hermana Benedicta? —le preguntó un día.

—No son atadijos precisamente, sino paquetes —le hizo ver la hermana Benedicta.

—Bueno, esos paquetes. ¿Cómo hace para que no le salgan escacharrados?

—Los paquetes no se escacharran, Malcolm.

No le importaba que lo corrigiera siempre; era como una especie de juego entre ellos.

—Pues yo pensaba que sí —dijo.

—Hay cosas que se escacharran, como los cacharros, y otras que se pueden chafar o deshacer, como los paquetes, si no están bien liados.

—Ah, pues yo solo quiero saber cómo los lía.

—Te prometo que la próxima vez que tenga que preparar un paquete, te lo enseñaré —dijo la hermana Benedicta, y cumplió su promesa.

Malcolm admiraba a las religiosas por la pulcritud con que hacían las cosas, por cómo disponían los frutales en espalderas en el muro más soleado de la huerta, por la gracia y la delicadeza con que combinaban sus voces en los cantos de los oficios de la iglesia, por los detalles que solían tener con la gente. Le gustaba conversar con ellas sobre cuestiones de religión.

—En la Biblia pone que Dios creó el mundo en seis días, ¿no? —dijo una vez, mientras ayudaba a la anciana hermana Fenella en la espaciosa cocina.

—Eso es —confirmó la hermana Fenella, que estaba trabajando una masa.

—Entonces ¿por qué hay fósiles y cosas que tienen millones de años de antigüedad?

—Ah, es que entonces los días eran mucho más largos —explicó la hermana—. ¿No has acabado de cortar el ruibarbo? Mira, yo habré terminado antes que tú.

—¿Por qué usamos este cuchillo para el ruibarbo y no los viejos? Los viejos están más afilados.

—Es por el ácido oxálico —dijo la hermana Fenella, colocando la masa en una bandeja—. El acero inoxidable es mejor para el ruibarbo. Ahora, pásame el azúcar.

—Ácido oxálico —repitió Malcolm, saboreando las palabras—. ¿Qué es una casulla, hermana?

—Es un vestido que se ponen los sacerdotes por encima de las albas.

—¿Y por qué usted no cose como las otras hermanas?

Apoyado en el respaldo de una silla cercana, el daimonion ardilla de la hermana Fenella emitió una mansa exclamación.

—Cada cual hace lo que se le da mejor —respondió la monja—. A mí nunca se me dio muy bien bordar… ¡Fíjate en qué dedos más gordos tengo! En cambio, las otras hermanas consideran que me quedan bien los pasteles.

—A mí me gustan sus pasteles —confirmó Malcolm.

—Gracias, cariño.

—Son casi tan buenos como los de mi madre. A ella le quedan más… tupidos. Igual tiene que aplastar más la masa.

—Igual sí.

En la cocina del priorato no se desperdiciaba nada. Los pedazos que le habían sobrado a la hermana Fenella después de recortar las tartas de ruibarbo servían para formar rudimentarias cruces, hojas de palmera o peces que, recubiertos con pasas y espolvoreados con un poco de azúcar, hacían cocer por separado. Todos tenían un significado religioso, aunque a la hermana Fenella (¡con aquellos dedos tan gordos!) le quedaban todos bastante parecidos. Malcolm era más hábil, pero antes tenía que lavarse meticulosamente las manos.

—¿Quién se come estos pastelitos, hermana? —preguntó.

—Ah, siempre se dejan para el final. A veces, a las visitas les gusta comer algo con el té.

Al estar en el punto de intersección de la carretera con el río, el priorato era muy conocido entre los viajeros; las monjas solían tener visitas. En La Trucha también las tenían, por supuesto. En la posada casi siempre se quedaban a dormir dos o tres huéspedes, a los cuales Malcolm debía servir el desayuno, aunque por lo general eran pescadores o viajantes de comercio, que vendían hoja de fumar, herramientas o maquinaria agrícola. Los huéspedes del priorato eran de otra categoría: grandes señores y damas; a veces obispos y otros miembros del clero; personas importantes que no tenían ninguna conexión con las universidades de la ciudad y no podían recabar hospitalidad en ellas. En una ocasión, hubo una princesa que se quedó seis semanas, pero Malcolm solo la vio dos veces. La habían mandado allí como castigo. Su daimonion era una comadreja que le gruñía a todo el mundo.

Malcolm también ayudaba con esos invitados. Cuidaba de sus caballos, les limpiaba las botas, les llevaba mensajes. Y, de vez en cuando, recibía una propina. Todo ese dinero iba a parar a una morsa de hojalata que tenía en la habitación. Cuando se le apretaba la cola, abría la boca y uno podía poner la moneda entre sus colmillos, uno de los cuales se había roto; había vuelto a ocupar su sitio, recompuesto con pegamento. Malcolm ignoraba cuánto dinero tenía, pero la morsa pesaba bastante. Quizá podría comprarse una escopeta cuando tuviera suficiente, pero, como no creía que su padre se lo permitiera, tendría que esperar. Mientras tanto, se iba familiarizando con las costumbres de los viajeros, ya fueran normales o especiales.

Desde su punto de vista, probablemente no había otro lugar en la Tierra donde uno pudiera aprender tanto del mundo como en esa pequeña curva del río, con la posada a un lado y el priorato en el otro. Él suponía que, de mayor, ayudaría a su padre en el bar y después se quedaría llevando el establecimiento cuando sus padres fueran demasiado viejos para seguir. No le parecía una mala perspectiva. Sería mucho mejor regentar La Trucha que la mayor parte de las otras posadas, porque por allí pasaba gente de mundo y a menudo había personas eruditas y distinguidas con las que hablar. No obstante, no era eso lo que de verdad le habría gustado hacer. A él le habría gustado ir a la universidad, para ser astrónomo o teólogo experimental, y hacer grandes descubrimientos sobre la naturaleza oculta de las cosas. Le habría encantado, por ejemplo, ser aprendiz de filósofo. Pero tenía pocas probabilidades de cumplir ese sueño. En la escuela primaria de Ulvercote se educaba a los alumnos para ejercer oficios artesanales o, a lo sumo, de escribientes, antes de soltarlos en el amplio mundo a los catorce años. Por lo que Malcolm sabía, un muchacho listo con una canoa tenía pocas oportunidades de acceder a estudios superiores.

ϒ

Un día de pleno invierno, llegaron a La Trucha unos clientes bastante inusuales. Tres de ellos aparecieron en coche ambárico y se fueron enseguida al Cuarto de la Terraza, el comedor más pequeño de la posada, que ofrecía vistas de la terraza, el río y el priorato. Quedaba al final del pasillo y no se usaba apenas en invierno ni en verano. Tenía unas ventanas pequeñas y no permitía salir a la terraza, a pesar de su nombre.

Malcolm había terminado sus deberes de geometría y acababa de engullir un poco de rosbif con pudin de Yorkshire, seguido de una manzana asada con natillas, cuando su padre lo llamó desde el bar.

—Ve a ver qué quieren esos señores del Cuarto de la Terraza —dijo—. Seguramente son forasteros y no saben si hay que ir a recoger la bebida al bar. Supongo que querrán que los sirvan allí mismo.

Encantado con la novedad, Malcolm fue hasta aquel pequeño cuarto y encontró a tres caballeros, cuyo rango no pudo determinar a primera vista. Estaban encorvados delante de la ventana, mirando afuera.

—¿Se les ofrece algo, caballeros? —preguntó.

Se volvieron en el acto. Dos de ellos pidieron vino tinto; el tercero, ron. Cuando Malcolm volvió con las bebidas, preguntaron si podían cenar allí. Y, en tal caso, qué tenían de comer.

—Rosbif, señores, y muy bueno. Lo sé porque acabo de comerlo yo mismo.

—Ah, le patron mange ici, ¿eh? —dijo el mayor de los señores, mientras acercaban las sillas a la pequeña mesa.

Su daimonion, un bonito lémur blanco y negro, permanecía tranquilamente sentado sobre sus hombros.

—Yo vivo aquí, señor, el dueño es mi padre —explicó Malcolm—. Y mi madre es la cocinera.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el más alto y delgado de los recién llegados, un hombre de aspecto instruido y pelo cano, que tenía un verderón por daimonion.

—Malcolm Polstead, señor.

—¿Qué es eso que hay al otro lado del río, Malcolm? —preguntó el otro, un individuo con unos grandes ojos oscuros y bigote negro, cuyo daimonion yacía enroscado en el suelo a sus pies, inidentificable.

Estaba todo a oscuras: lo único que podían ver en la otra orilla del río era el tenue brillo de las vidrieras de la capilla y la luz que siempre había encendida encima de la entrada.

—Es el priorato, señor, de las hermanas de la orden de Saint Rosamund.

—¿Y quién era Saint Rosamund?

—Nunca se lo he preguntado. Aunque hay una imagen de ella en las vidrieras: es como si estuviera de pie en el centro de una gran rosa. Supongo que de ahí le viene el nombre. Tendré que preguntárselo a la hermana Benedicta.

—Ah, entonces las conoces bien, ¿no?

—Hablo prácticamente con ellas todos los días, señor. Hago chapuzas, recados y cosas así.

—¿Y reciben algunas veces visitas? —quiso saber el hombre de más edad.

—Sí, señor, bastante a menudo. De toda clase de personas. Señor, no querría molestarlos, pero aquí hace mucho frío. ¿Quieren que encienda el fuego? O, si no, también pueden ir al salón. Allí se está muy bien y es muy bonito.

—No, nos quedaremos aquí, gracias, Malcolm. Pero sí nos gustaría que encendieras la chimenea.

Malcolm encendió una cerilla y el fuego prendió de inmediato. Su padre sabía preparar muy bien la chimenea; Malcolm lo había observado muchas veces. La leña era suficiente para toda la velada, si aquellos hombres se querían quedar.

—¿Hay mucha gente esta noche? —preguntó el individuo de ojos oscuros.

—Supongo que debe de haber una docena de personas más o menos, señor. Lo normal.

—Estupendo —dijo el mayor—. Bueno, tráenos un poco de rosbif.

—¿Con sopa de primero, señor? Hoy es de chirivía con especias.

—Sí. ¿Por qué no? Sopa para todos y después ese famoso rosbif. Y otra botella de vino.

Malcolm no creía que el rosbif fuera realmente famoso: era solo una manera de hablar. Se fue a buscar los cubiertos y a transmitir el pedido a su madre, que estaba en la cocina.

Asta, transformado en jilguero, le murmuró algo al oído:

—Ellos ya sabían lo de las monjas.

—Entonces ¿por qué han preguntado? —contestó Malcolm en voz baja.

—Era para probar si decíamos la verdad.

—¿Qué querrán?

—No parecen universitarios.

—Un poco sí.

—Parecen políticos —insistió el daimonion.

—¿Y cómo sabes tú qué aspecto tienen los políticos?

—Es una impresión.

Malcolm prefirió no discutir. Había otros clientes que atender y estaba ocupado. Además, compartía la impresión de Asta. Pocas veces tenía ese tipo de sensaciones con respecto a las personas (si eran amables con él, le caían simpáticas), pero su daimonion había demostrado muchas veces su buena intuición. Claro que, puesto que él y Asta componían una misma entidad, las intuiciones eran compartidas.

El padre de Malcolm sirvió en persona la comida a los tres huéspedes y descorchó el vino. Malcolm no había aprendido a llevar tres platos calientes al mismo tiempo. Cuando el señor Polstead volvió a la sala principal, indicó a Malcolm que se acercara con un gesto.

—¿Qué te han dicho esos señores? —preguntó en voz baja.

—Me han preguntado por el priorato.

—Quieren volver a hablar contigo. Dicen que eres un chico listo. Tienes que tratarlos con mucha educación, ¿eh? ¿Sabes quiénes son?

Malcolm sacudió la cabeza, con ojos como platos.

—El mayor es lord Nugent, el que antes era el lord canciller de Inglaterra.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo he reconocido porque he visto su foto en el periódico. Ahora ve. Responde a todo lo que te pregunten.

Malcolm se fue por el pasillo.

—¿Lo ves? —le susurró Asta—. ¿Quién tenía razón, eh? ¡El lord canciller de Inglaterra, nada menos!

Los hombres comían las generosas raciones de rosbif que les había servido la madre de Malcolm y hablaban en voz baja. Aun así, callaron de repente en cuanto el chico entró.

—He venido para ver si quieren que encienda otra luz, caballeros —dijo—. Puedo traer una lámpara de petróleo, si lo desean.

—Sí, es una buena idea…, dentro de poco, Malcolm —respondió el hombre que había sido el lord canciller—. Pero antes dime: ¿cuántos años tienes?

—Once, señor.

Tal vez habría tenido que decir «milord», pero el antiguo lord canciller de Inglaterra pareció conformarse con «señor». Quizá viajaba de incógnito, en cuyo caso no querría que le dieran el tratamiento que le correspondía.

—¿Y dónde vas a la escuela?

—Voy a la escuela primaria de Ulvercote, señor. Está al otro lado de Port Meadow.

—¿Qué crees que vas a hacer de mayor?

—Seguramente seré posadero, igual que mi padre, señor.

—Una ocupación bastante interesante, diría yo.

—A mí también me lo parece, señor.

—Por eso de que hay un trasiego de gente muy variada, ¿verdad?

—Eso es, señor. Aquí viene gente de la universidad y barqueros y marinos de todas partes.

—Vosotros veis todo lo que pasa, ¿no?

—Bastante, señor.

—El tráfico del río, en un sentido y en otro, por ejemplo.

—Lo más interesante es en el canal, señor. Hay barcos giptanos que suben y bajan… y la Feria del Caballo…, en julio. Entonces el canal está lleno de barcos y de viajeros.

—La Feria del Caballo… y giptanos, ¿eh?

—Vienen de todas partes a comprar y vender caballos.

—Y las monjas del priorato —intervino el hombre que parecía más instruido—, ¿cómo se ganan ellas la vida? ¿Elaboran perfumes o algo por el estilo?

—Cultivan muchas verduras —explicó Malcolm—. Mi madre siempre les compra verduras y fruta. Miel también. Ah, y cosen y bordan ropa que lleva la gente del clero. Casullas y cosas así. Seguro que les deben pagar bastante por eso. Deben de tener algo de dinero, porque compran pescado del estanque de Medley, que queda río abajo.

—Cuando en el priorato reciben visitas, ¿de qué clase de gente se trata, Malcolm? —preguntó el antiguo lord canciller.

—Bueno, señoras, a veces…, damas jóvenes…, otras veces, algún cura u obispo anciano. Creo que vienen aquí a descansar.

—¿A descansar?

—Eso me dijo la hermana Benedicta. Dijo que antiguamente, antes de que hubiera posadas como esta y hoteles, y sobre todo hospitales, la gente solía quedarse en monasterios, prioratos y sitios así, pero que hoy en día eran casi siempre señores del clero o a veces monjas de otros lugares los que venían a pasar la convales…, conva…

—Convalecencia —lo ayudó lord Nugent.

—Sí, eso es, señor. Para ponerse bien.

El comensal de los ojos oscuros terminó el rosbif y colocó juntos el cuchillo y el tenedor en el plato.

—¿Y ahora hay alguien? —preguntó.

—Me parece que no, señor. A no ser que sea alguien que casi no sale. Normalmente a las visitas les gusta salir a pasear por el jardín, pero como tampoco ha hecho muy buen tiempo… No sé… ¿Quieren que les sirva ahora el postre, caballeros?

—¿Qué hay?

—Manzana asada con natillas. Las manzanas son de la huerta del priorato.

—Vaya, no podemos perder la ocasión de probarlas —dijo el hombre con aspecto de erudito—. Sí, tráenos manzanas asadas con natillas.

Malcolm empezó a recoger los platos y los cubiertos.

—¿Tú siempre has vivido aquí, Malcolm? —quiso saber lord Nugent.

—Sí, señor. Yo nací aquí.

—Y dada tu dilatada experiencia con el priorato, ¿sabes si alguna vez cuidaron de un niño?

—¿De un niño muy pequeño, señor?

—Sí. Un niño demasiado pequeño para ir a la escuela, un bebé incluso. ¿Sabes si han tenido a alguien así?

Malcolm se quedó pensando.

—No, señor, nunca —respondió—. Damas, caballeros o clérigos sí, pero nunca han tenido un bebé.

—Comprendo. Gracias, Malcolm.

Recogiendo las copas por los tallos, logró llevárselas las tres, además de los platos.

—¿Un bebé? —susurró Asta, de camino a la cocina.

—Es algo misterioso —comentó Malcolm con satisfacción—. Quizá sea un huérfano.

—O algo peor —dijo Asta con aire sombrío.

Malcolm dejó los platos junto al fregadero y, sin prestarle la menor atención a Alice, como de costumbre, encargó los postres.

—Tu padre cree que uno de esos señores es el anterior lord canciller —comentó la madre de Malcolm.

—Entonces será mejor que le pongas una manzana bien grande y hermosa —opinó Malcolm.

—¿Qué es lo que querían saber? —preguntó ella, mientras rociaba las manzanas con natillas.

—Eh, cosas del priorato.

—¿Vas a poder con todo eso? Está caliente.

—Sí, no ocupa mucho. Puedo solo, de verdad.

—Más te vale. Si dejas caer la manzana del lord canciller, vas a ir a parar a la cárcel.

Consiguió llevar los cuencos con esmero, aunque en el trayecto se fueron poniendo cada vez más calientes. Los caballeros no le hicieron más preguntas. Solo pidieron café. Malcolm les llevó una lámpara de petróleo antes de ir a buscar las tazas a la cocina.

—Mamá, tú ya sabes que en el priorato tienen invitados a veces. ¿Te enteraste de si alguna vez estuvieron cuidando de un bebé?

—¿Y para qué lo quieres saber?

—Me lo acaban de preguntar el lord canciller y los demás.

—¿Y tú qué les has dicho?

—Les he dicho que me parecía que no.

—Pues eso es lo que tenías que responder. Ahora sal de aquí y trae unos cuantos vasos.

En la sala principal, Asta le susurró algo, entre el ruido y las carcajadas.

—Se ha sobresaltado cuando le has preguntado eso. He visto cómo Kerin se despertaba y levantaba las orejas.

Kerin era el daimonion de la señora Polstead, un tejón hosco y tolerante.

—Es solo porque era algo sorprendente —opinó Malcolm—. Seguro que tú también has demostrado sorpresa cuando me lo han preguntado a mí.

—Ah, no. Yo soy inescrutable.

—Bueno, pues a mí sí deben de haberme visto cara de extrañado.

—¿Se le contaremos a las monjas?

—Creo que sí: es lo mejor —respondió Malcolm—. Mañana. Tienen que saber que alguien ha estado haciendo preguntas sobre ellas.

2 La bellota

El padre de Malcolm tenía razón. Lord Nugent había sido lord canciller, pero eso fue con el Gobierno anterior, que era más progresista que el actual. En aquel momento, lo que se estilaba en política era una obsequiosa sumisión a las autoridades religiosas y, en última instancia, a Ginebra. A consecuencia de ello, algunas organizaciones de tendencias religiosas afines vieron incrementado su poder, mientras que los funcionarios y ministros que habían apoyado el bando secular que ahora había quedado desbancado debían buscarse otras ocupaciones, o trabajar de manera clandestina, con el consiguiente riesgo de ser descubiertos.

Thomas Nugent era una de aquellas personas. Para el mundo, para la prensa y para el Gobierno, era un abogado jubilado de menguante prestigio, una personalidad del pasado, desprovista de todo interés. En realidad, dirigía una organización que funcionaba de forma parecida a un servicio secreto: hacía tan solo unos años, había formado parte de los servicios de seguridad y espionaje de la Corona. Ahora, bajo el liderazgo de Nugent, sus actividades estaban destinadas a obstaculizar la labor de las autoridades religiosas, detrás de una discreta e inofensiva fachada. Para ello se necesitaban buenas dosis de ingenio, valentía y suerte, que hasta entonces los habían acompañado. Escudados tras un inocente y engañoso nombre, llevaban a cabo toda clase de misiones, peligrosas, complicadas o aburridas. Y, en algunas ocasiones, totalmente ilegales. Hasta entonces, sin embargo, nunca habían tenido que actuar para impedir que una niña de seis meses cayera en manos de las personas que la querían matar.


El sábado, después de haber atendido sus quehaceres de la mañana en La Trucha, Malcolm dispuso de tiempo libre para cruzar el puente y visitar el priorato.

Llamó a la puerta de la cocina. Al entrar, encontró a la hermana Fenella raspando unas patatas. Había una manera más práctica de quitarles la piel, tal como le había visto hacer a su madre. De haber tenido un cuchillo afilado, se la habría enseñado a la hermana, pero prefirió callarse.

—¿Has venido a ayudarme, Malcolm? —preguntó ella.

—Si quiere…, pero en realidad quería decirle algo.

—Podrías preparar esas coles de Bruselas.

—De acuerdo —aceptó Malcolm.

Después de coger el cuchillo más afilado que encontró en el cajón, acercó varias coles que había al otro lado de la mesa, iluminada con la pálida luz del sol del mes de febrero.

—No te olvides de la cruz de abajo —le recordó la hermana Fenella.

Una vez le había dicho que eso servía para poner la marca del Salvador en cada col y asegurarse de que el diablo no pudiera entrar. Malcolm se quedó impresionado en su momento, pero entonces ya sabía que era para que se cocieran mejor, tal como le había explicado su madre: «Pero no vayas a contradecir a la hermana Fenella —le había advertido esta—. Es una anciana muy buena: si quiere pensar así, no vale la pena disgustarla».

Malcolm habría aceptado bastantes contrariedades antes de disgustar a la hermana Fenella, por quien profesaba una profunda y sencilla devoción.

—¿Y qué es eso que querías decirme? —consultó, mientras Malcolm se instalaba en un taburete a su lado.

—¿Sabe quién vino a La Trucha anoche? Tuvimos a tres caballeros para cenar, y uno de ellos era lord Nugent, el lord canciller de Inglaterra. Bueno, el antiguo lord canciller. Y la cosa no acaba ahí. Estuvieron mirando hacia el priorato por la ventana, con mucha curiosidad. Me hicieron muchas preguntas…, como qué clase de monjas había aquí, si tenían huéspedes, qué clase de personas eran… Y al final preguntaron si habían tenido un bebé aquí…

—Un niño pequeño —precisó Asta.

—Sí, un niño pequeño. ¿Alguna vez han tenido a un niño pequeño aquí?

—¿El lord canciller de Inglaterra? —dijo la hermana Fenella, parando de raspar las patatas—. ¿Estás seguro?

—Mi padre sí estaba seguro, porque había visto su foto en el periódico y lo reconoció. Quisieron comer solos en el Cuarto de la Terraza.

—¿En persona?

—El antiguo lord canciller. Hermana Fenella, ¿qué es lo que hace el lord canciller?

—Bueno, es un alto cargo, muy importante. No me extrañaría que tuviera que ver con asuntos de leyes o con el Gobierno. ¿Era muy pomposo y altanero?

—No. Pero se notaba que era un caballero. Era atento y agradable.

—Y quería saber…

—Si habían tenido un niño alojado en el priorato. Supongo que se refería a que lo cuidaran aquí.

—¿Y tú qué le dijiste, Malcolm?

—Que me parecía que no. ¿Han tenido alguna vez un niño?

—No que yo sepa. ¡Jesús! No sé si debería decírselo a la hermana Benedicta.

—Seguramente. A mí se me ocurrió que a lo mejor buscaba un sitio donde dejar un niño, que estuviera convaleciente, pongamos por caso. Igual hay un niño de la realeza del que no se ha hablado porque estaba enfermo, por ejemplo, o porque le picó una serpiente…

—¿Por qué le iba a picar una serpiente?

—Porque su niñera estaba distraída, probablemente leyendo una revista o hablando con alguien: entonces la serpiente se acerca y, de repente, se oye un grito y ella se vuelve y la serpiente ha mordido al niño. La niñera se encontraría en un tremendo aprieto. Hasta podría ir a la cárcel. Y cuando el niño se hubiera curado de la picadura de la serpiente, de todas maneras estaría convaleciente, así que el rey y el primer ministro y el lord canciller estarían buscando un sitio donde pasara la convalecencia. Y, claro, no querrían un sitio donde no tuvieran experiencia con niños.

—Ah, ya veo —dijo la hermana Fenella—. Mirado así, se entiende. Me parece que se lo tengo que contar a la hermana Benedicta, como mínimo. Ella sabrá qué hay que hacer.

—Yo diría que, si fueran serios, vendrían a preguntar aquí. En La Trucha vemos a mucha gente, pero si tenían que preguntar a alguien, habrían tenido que venir aquí, ¿no?

—A no ser que no quisieran que nosotras nos enterásemos —dijo la hermana Fenella.

—Pero si me preguntaron si yo hablaba con ustedes y les contesté que muchas veces, porque trabajo a ratos aquí. O sea, que podían prever que yo diría algo. Y no me pidieron que no dijera nada.

—En eso tienes razón —convino la hermana Fenella, que puso la última patata raspada en aquella voluminosa cazuela—. De todas maneras, parece curioso. Quizá le escribirán a la madre priora en lugar de presentarse en persona. Es posible que en realidad estén buscando asilo.

—¿Asilo? —repitió Malcolm, encantado con el sonido de aquella palabra—. ¿Qué es eso?

—Bueno, si alguien incumplía la ley y lo perseguían las autoridades, podía refugiarse en una capilla y pedir asilo. Eso significa que no podían detenerlo mientras permaneciera allí.

—Pero ese niño no podría haber incumplido la ley a su edad.

—No, pero eso también se podía aplicar a los refugiados, a personas que estaban en peligro, aunque no fuera por culpa suya. Nadie podía detenerlos si estaban en un santuario de asilo. Antes, algunas universidades podían dar asilo a los profesores. No sé si aún lo hacen.

—Bueno, el niño tampoco podría ser un profesor. ¿Quiere que ponga todas esas coles de Bruselas?

—Todas menos dos coles grandes. Esas las guardaremos para mañana.

La hermana Fenella recogió los restos de hojas de coles de Bruselas y cortó los tallos en varios trozos. Luego lo echó todo en un cubo de comida para los cerdos.

—¿Qué vas a hacer hoy, Malcolm? —preguntó.

—Voy a salir con la canoa. El río está un poco alto, así que seguramente tendré que ir con cuidado, pero quiero limpiarla y dejarla a punto.

—¿Vas a hacer algún viaje largo?

—Ya me gustaría, ya, pero mamá y papá necesitan que los ayude.

—Además estarían preocupados por ti.

—Les escribiría cartas.

—¿Y adónde irías?

—Me iría río abajo hasta Londres. O incluso llegaría hasta el mar, aunque no creo que mi barca fuera buena para ir por el mar. Podría volcar con alguna ola grande. Igual tendría que dejarla amarrada e irme con otro barco. Algún día lo haré.

—¿Nos enviarás una postal?

—Claro. O, si no, usted podría venir conmigo.

—¿Y quién les haría entonces la comida a las hermanas?

—Podrían comer meriendas frías… o ir a La Trucha.

La monja dio una palmada, echándose a reír. Con la tenue luz que entraba por las polvorientas ventanas, Malcolm vio que tenía la piel de los dedos roja, agrietada y despellejada. «Le debe de doler cada vez que pone las manos en agua caliente», pensó. Sin embargo, nunca la había oído quejarse.


Esa tarde, Malcolm fue al cobertizo que había al lado de la casa y retiró la lona que cubría su canoa. Después de inspeccionarla de la proa a la popa, raspó el limo verde que se había acumulado durante el invierno, examinando cada centímetro. El pavo Norman se acercó para ver si había algo de comer; al comprobar que no había nada, demostró su descontento agitando las plumas.

Toda la madera de La bella salvaje estaba en perfecto estado, aunque la pintura empezaba a desprenderse. Ya puestos, Malcolm pensó que igual podía lijar el antiguo nombre y volverlo a pintar, para que quedara mejor. Era verde, pero en rojo se vería más. Quizá podría hacer alguna chapuza en el astillero de Medley a cambio de una lata pequeña de pintura roja. Después arrastró la barca por la pendiente cubierta de hierba hasta la orilla del río. Se planteó ir hasta allí para negociar un precio, pero al final lo dejó para otro día y se fue remando un trecho río arriba antes de desviarse a la derecha en Duke’s Cut, uno de los ríos que comunicaban el Támesis con el canal de Oxford.

Estaba de suerte: como había una barcaza a punto de entrar en la esclusa, no tuvo más que colocarse al lado. A veces tenía que esperar una hora, intentando convencer al señor Parsons para que abriera la compuerta solo para él, pero el esclusero tenía mucho apego al cumplimiento de la normativa; además, no le gustaba trabajar más de lo necesario. Si había otro barco que circulaba, no le importaba, en cambio, dejar pasar a Malcolm.

—¿Adónde vas, Malcolm? —preguntó elevando la voz, mientras el agua salía en tromba en la otra punta y empezaba a subir el nivel.

—A pescar —respondió Malcolm.

Era lo que solía decirle: a veces era verdad. Ese día, sin embargo, como no podía quitarse de la cabeza la lata de pintura roja, pensó que podía ir a una tienda de Jericho donde vendían material para barcos, para hacerse una idea del precio. También era posible que no tuvieran lo que él necesitaba, pero de todas formas le gustaba ese sitio.

Una vez en el canal, descendió remando con brío entre los huertos y los campos de deporte de las universidades hasta llegar al extremo norte de Jericho, con sus pequeños jardines y las casas de ladrillo donde vivían las familias de los trabajadores de la prensa o de las fundiciones Eagle. La zona se estaba volviendo más burguesa, pero todavía conservaba rincones antiguos y callejones oscuros, un cementerio abandonado y una iglesia con un campanario de estilo italiano que montaba guardia por encima del astillero y el establecimiento que lo abastecía.

En la orilla occidental del agua, la que quedaba a la derecha de Malcolm, había un camino de sirga, pero estaba invadido por la maleza. Al posar la vista entre las plantas acuáticas que crecían en el borde, Malcolm captó un movimiento entre los juncos. Deteniendo la canoa, se coló entre los rígidos tallos y vio un somormujo que se apresuró a atravesar con torpeza el camino de sirga para bajar a la angosta zona de aguas remansadas del otro lado. Moviéndose muy despacio, sin hacer ruido, se adentró aún más con la canoa entre los juncos y observó a aquel pájaro, que sacudió la cabeza, antes de alejarse nadando hacia la hembra.

Malcolm había oído decir que había unos somormujos muy grandes por allí, pero no se lo había acabado de creer. Ahora tenía la prueba. En primavera, volvería para ver si tenían crías.

Sentado en la canoa, los juncos eran más altos que él; si no hacía ningún ruido, seguramente nadie lo vería. Oyó voces por detrás, de un hombre y una mujer: se quedó quieto como una estatua mientras pasaban, concentrados en sus cosas. Los había visto antes. Eran dos enamorados que paseaban cogidos de la mano; sus daimonions, dos pájaros pequeños, que volaban un poco más adelante, se paraban de vez en cuando a cuchichear y luego seguían volando.

El daimonion de Malcolm, Asta, estaba posado, en forma de martín pescador, en el borde de la canoa. Una vez que se hubo ido la pareja, voló hasta el hombro de Malcolm.

—Ese hombre de ahí… Mira… —le murmuró.

Malcolm no lo había visto. Estaba unos metros más allá, de pie debajo de un roble, apenas visible a través de los juncos. Vestido con gabardina y un sombrero de fieltro gris, parecía como si se estuviera resguardando de la lluvia. Pero no estaba lloviendo. La gabardina y el sombrero tenían exactamente el mismo color del atardecer. Costaba tanto verlo como a los somormujos, o incluso más, pensó Malcolm, pues no tenía penacho de plumas.

—¿Qué está haciendo? —susurró Malcolm.

Asta se transformó en mosca y se alejó tan lejos como pudo de Malcolm. Cuando empezaba a sentir dolor, paró de aletear y se posó justo encima de una espadaña para poder observar bien al hombre. Aunque este procuraba pasar inadvertido, lo hacía con tanta torpeza y desgana que era como si estuviera agitando una bandera roja.

Asta vio que su daimonion, un gato, se movía entre las ramas bajas del roble; desde abajo, él miraba a uno y otro lado del camino de sirga. Después el gato emitió un ruido quedo, el hombre levantó la vista y el daimonion saltó encima de su hombro… Pero algo se le cayó de la boca.

El hombre dejó escapar una exclamación consternada y su daimonion se precipitó hacia el suelo. Empezaron a mirar a su alrededor, buscando debajo del árbol, en el borde del agua y entre la maleza.

—¿Qué se le ha caído? —susurró Malcolm.

—Algo como una nuez. Tenía el tamaño de una nuez.

—¿Has visto adónde ha ido a parar?

—Creo que sí. Me parece que ha rebotado al pie del árbol y luego ha caído debajo de esa mata de ahí. Mira, están disimulando, haciendo como que no buscaran…

Era cierto. Por el camino se acercó un hombre con un daimonion perro; hasta que no hubieron pasado, el individuo de la gabardina estuvo fingiendo un gran interés por su reloj. Lo miró, movió la muñeca, se lo acercó a la oreja, volvió a mover la muñeca, se lo quitó, le dio cuerda… No bien el otro se hubo alejado, se lo volvió a colocar en el brazo y se puso a buscar el objeto que había dejado caer su daimonion. Se notaba que estaba ansioso: era como si el daimonion se disculpara con todo el cuerpo. Entre los dos componían una viva imagen de angustia.

—Podríamos ir a ayudarlos —propuso Asta.

Malcolm no sabía qué hacer. Todavía podía ver los somormujos y tenía muchas ganas de observarlos, pero parecía que el hombre necesitaba ayuda. Y estaba seguro de que, con su aguda vista, Asta encontraría el objeto. Sería solo cuestión de un par de minutos.

No obstante, no le dio tiempo a hacer nada porque el hombre se inclinó, cogió su daimonion gato y se alejó a toda prisa por el camino de sirga, como si hubiera decidido ir en busca de ayuda. Malcolm sacó enseguida la canoa del juncar y se acercó. Al cabo de un momento, se bajó sujetando la amarra. Asta atravesó, como una mosca, el camino y se introdujo debajo de la mata. Siguió un roce de hojas, un silencio, otro roce, un lapso de silencio más, mientras Malcolm miraba cómo el hombre llegaba al pie del pequeño puente de hierro y subía las escaleras. Luego, por el chillido de excitación de Asta, Malcolm dedujo que lo había encontrado. Efectivamente, transformado en ardilla, este acudió corriendo y se le subió al brazo y luego al hombro, antes de dejar caer algo en su mano.

—Debe de ser esto —dijo—. Tiene que serlo.

A primera vista era una bellota, pero pesaba más de lo normal. Cuando la examinó mejor, vio que estaba esculpida en una madera de grano fino. En realidad, se componía de dos piezas, la del cascabillo, que reproducía a la perfección la superficie rugosa de los de verdad y que tenía una leve capa de tinte verde; y la del glande, que estaba pulida y encerada y que tenía una reluciente tonalidad marrón. Era muy bonita. Asta estaba en lo cierto: tenía que ser eso lo que el hombre había perdido.

—Vamos a ver si lo alcanzamos antes de que cruce el puente —dijo, poniendo el pie en la canoa.

—Espera, mira —dijo Asta.

Se había convertido en una lechuza, como siempre que quería ver bien algo. Observaba el canal: cuando Malcolm miró en la misma dirección, vio que el hombre llegaba al centro del puente y vacilaba; otro individuo había empezado a subir desde el otro lado: un hombre corpulento vestido de negro, con un daimonion zorra de liviano andar. Malcolm y Asta comprendieron que el segundo hombre iba a detener al de la gabardina y que este tenía miedo.

Dio media vuelta y un par de pasos precipitados. De nuevo, se detuvo. En el puente había aparecido un tercer individuo detrás de él. Era más delgado que el otro y también iba vestido de negro. Su daimonion era un ave muy grande, que llevaba encaramada en el hombro. Ambos parecían muy seguros, como si tuvieran mucho tiempo para hacer lo que querían. Después de decirle algo al hombre de la gabardina, lo cogieron cada uno por un brazo. Este se resistió en vano un momento y después pareció como si se dejara caer al suelo, pero ellos lo sostuvieron y lo condujeron al otro lado del puente, a la plazuela que había debajo del campanario de la iglesia. Después se perdieron de vista. Su daimonion gato los siguió corriendo, con aire de desesperación.

—Guárdalo en el bolsillo de adentro —susurró Asta.

Malcolm puso la bellota en el bolsillo interior de la chaqueta y después se sentó con mucho cuidado. Estaba temblando.

—Lo están deteniendo —musitó.

—Pero no eran policías.

—No, pero tampoco eran ladrones. Se comportaban con mucha calma, como si tuvieran permiso para hacer lo que quisieran.

—Será mejor que vayamos a casa —opinó Asta—, por si acaso nos han visto.

—Ni siquiera se han tomado la molestia de vigilar —señaló Malcolm, que también pensaba que debían volver a casa.

Estuvieron hablando en voz baja mientras remaba vigorosamente de regreso hacia Duke’s Cut.

—Apuesto a que es un espía —aventuró Asta.

—Podría ser. Y esos hombres…

—TCD.

—¡Chis!

El TCD era el Tribunal Consistorial de Disciplina, un brazo de la Iglesia que se ocupaba de la herejía y el descreimiento. Malcolm no sabía gran cosa de él, pero sí tenía constancia del horripilante terror que el TCD era capaz de inspirar: una vez había escuchado a unos clientes hablando de lo que podía haberle ocurrido a una persona a quien conocían. Ese hombre, un periodista, había planteado demasiadas preguntas relacionadas con el TCD en una serie de artículos. Luego, de repente, había desaparecido. Al director de su periódico lo habían detenido y lo habían encarcelado por sedición, pero al periodista nunca lo habían vuelto a ver.

—No tenemos que contarles nada de esto a las hermanas —opinó Asta.

—A ellas menos que a nadie —convino Malcolm.

Aunque costara de entender, el Tribunal Consistorial de Disciplina estaba en el mismo bando que las bondadosas hermanas del priorato de Godstow, más o menos. Ambos formaban parte de la Iglesia. La única vez en que Malcolm vio a la hermana Benedicta apurada fue cuando, cierto día, le preguntó al respecto.

—Hay ciertos misterios en los que no debemos indagar, Malcolm —le contestó—. Son demasiado profundos para nosotros. Pero la santa Iglesia conoce la voluntad de Dios y lo que se debe hacer. Nosotros debemos seguir amándonos los unos a los otros y no hacer demasiadas preguntas.

A Malcolm, que era de naturaleza afectuosa, no le costaba mucho seguir el primer precepto, pero el segundo le resultaba más difícil. De todas maneras, ya no volvió a preguntar por el TCD.

Estaba anocheciendo cuando llegó a casa. Sacó La bella salvaje del agua y la guardó en el cobertizo contiguo a la posada, antes de entrar a toda prisa y subir corriendo, con los brazos doloridos, hasta su habitación.

Después de dejar caer la chaqueta en el suelo y poner los zapatos debajo de la cama, encendió la lámpara de la mesita, mientras Asta se esforzaba por sacar la bellota del bolsillo interior. Una vez que la tuvo en la mano, se puso a darle vueltas, examinándola con gran atención.

—¡Fíjate en cómo está tallada! —exclamó, maravillado.

—Intenta abrirla.

Eso era lo que trataba de hacer, haciéndola girar con cuidado. Como no se desenroscaba, lo intentó con más fuerza; después probó tirando, por si se destapaba.

—Prueba a hacerla girar en el otro sentido —sugirió Asta.

—Con eso solo conseguiría que se cerrara más —objetó.

Aun así, lo intentó: dio resultado. La rosca iba al revés.

—Qué extraño. Nunca había visto nada igual —comentó Malcolm.

La rosca era tan fina y precisa que tuvo que dar en torno a una docena de vueltas hasta que por fin se separaron las dos partes. En el interior había un papel plegado muy pequeño: esa clase de papel tan delgado con el que hacían las Biblias. Malcolm y Asta intercambiaron una mirada.

—Eso es el secreto de otra persona —señaló—. No deberíamos mirar.

Aun así, lo desplegó, con mucho cuidado para no romper el delicado papel, aunque en realidad resultó que no era nada frágil.

—Cualquiera podría haberlo encontrado —dijo Asta—. Ha tenido suerte de que fuéramos nosotros.

—No sé si ha tenido tanta suerte —objetó Malcolm.

—En todo caso, ha tenido suerte de no llevarla encima cuando lo han detenido.

En el papel había escritas, en tinta negra y con una pluma muy fina, estas palabras:

Querríamos que a continuación se centrara en otra cuestión. Como ya sabrá, la existencia de un campo Rusakov implica la existencia de una partícula relacionada con él, pero hasta el momento no hemos conseguido analizarla. Cuando intentamos medirla con un procedimiento, la sustancia se hace esquiva y parece preferir otro, pero cuando probamos otro procedimiento, tampoco conseguimos mejores resultados. Hay una propuesta de Tokojima que, pese a haber sido rechazada de entrada por la mayoría de los organismos oficiales, nosotros consideramos interesante; por eso querríamos pedirle que indague a través del aletiómetro la posible existencia de alguna conexión entre el campo de Rusakov y el fenómeno al que oficialmente se denomina «Polvo». Esto entraña, por supuesto, un peligro; por eso, el otro bando no debe tener conocimiento de esta investigación, aunque querríamos ponerla al corriente de que ellos mismos están emprendiendo un programa de investigación sobre este asunto. Proceda con mucha cautela.

—¿Qué significa eso? —preguntó Asta.

—Algo que tiene que ver con un campo. Como un campo magnético, supongo. Hablan como filósofos experimentales.

—¿A quién crees que se refieren con eso de «el otro bando»?

—El TCD. Tiene que ser eso, porque eran ellos los que perseguían a ese hombre.

—¿Y qué es un alet…, un aleti…?

—¡Malcolm! —llamó su madre desde abajo.

—Ya voy —contestó.

Plegó el papel tal como estaba, antes de volverlo a poner dentro de la bellota y enroscarla. Después de guardarla dentro de uno de los calcetines limpios de un cajón de la cómoda, bajó corriendo para atender sus obligaciones de la noche.


La noche del sábado siempre había mucho trabajo, desde luego, pero aquel día todo el mundo hablaba en voz baja. Había un ambiente de nerviosismo general y los clientes estaban más callados que de costumbre, tanto los de la barra como los que jugaban al dominó en las mesas. Durante una pausa, Malcolm le preguntó el motivo a su padre.

—Chis —le advirtió este, inclinándose por encima de la barra—. Esos dos hombres que están junto a la chimenea. Son del TCD. No mires. Cuidado con lo que dices cerca de ellos.

A Malcolm le recorrió un escalofrío de miedo; casi fue audible, como la punta de una baqueta que hubiera recorrido un platillo.

—¿Cómo sabes que lo son?

—Por los colores de la corbata. De todas formas, se nota. Fíjate en la gente que hay a su alrededor —dijo—. Sí, Bob, ¿qué te pongo?

Mientras su padre servía un par de pintas a un cliente, Malcolm se puso a recoger discretamente los vasos vacíos y advirtió con satisfacción que no le temblaban las manos. Entonces se percató del miedo que se había adueñado de Asta. Convertida en mosca encima de su hombro, había mirado directamente a los hombres que estaban junto al fuego y se había dado cuenta de que ellos la miraban: eran los mismos del puente.

A continuación, uno de ellos le hizo una seña, curvando un dedo.

—Jovencito —dijo, dirigiéndose a Malcolm.

Él volvió la cabeza y se fijó por primera vez en ellos. El que había hablado era un hombre corpulento de cara colorada y ojos marrón oscuro: el primer individuo que había visto en el puente.

—¿Diga, señor?

—Ven un momento.

—¿Quiere que le traiga algo, señor?

—Igual sí, o igual no. Ahora te voy a hacer una pregunta y me vas a decir la verdad, ¿no?

—Yo siempre digo la verdad, señor.

—No. Ningún chico dice siempre la verdad. Ven aquí…, acércate un poco más.

Aunque no hablaba en voz alta, Malcolm era consciente de que todos los presentes, y su padre en especial, estarían escuchando atentamente. Se acercó al hombre y se quedó parado cerca de su silla, advirtiendo el olor de su colonia. Llevaba un traje oscuro, camisa blanca y una corbata de rayas de color azul marino y ocre. Su daimonion zorra permanecía a sus pies, observándolo todo con los ojos muy abiertos.

—Diga, señor.

—Tú seguramente te fijas en la mayoría de las personas que vienen aquí, ¿verdad?

—Sí, bastante.

—¿Conoces a los clientes habituales?

—Sí, señor.

—¿Reconocerías a un desconocido?

—Probablemente sí, señor.

—¿Viste a este hombre en La Trucha hace unos días?

Le enseñó un fotograma. Malcolm reconoció enseguida la cara. Era uno de los hombres que acompañaban al lord canciller, el del bigote negro.

Al final, igual resultaba que no era el individuo del camino de sirga y la bellota lo que les interesaba, pensó con expresión imperturbable.

—Sí lo vi, señor —respondió Malcolm.

—¿Con quién estaba?

—Con otros dos hombres, señor. Uno más viejo y otro alto y delgado.

—¿Reconociste a alguno? ¿Los habías visto en el periódico o algo así?

—No, señor —contestó Malcolm, sacudiendo despacio la cabeza—. No reconocí a ninguno.

—¿De qué hablaban?

—Bueno, a mí no me gusta escuchar las conversaciones de los clientes, señor. Mi padre me dijo que es de mala educación…

—Pero a veces oyes cosas sin querer, ¿no?

—Sí, es verdad.

—¿Qué oíste que decían, entonces?

El hombre se había puesto a hablar cada vez más bajo, obligando a Malcolm a acercarse. La conversación se había interrumpido en la mesa de al lado: sabía que todo lo que dijera se oiría hasta en la barra.

—Hablaron del vino, señor. Dijeron que estaba muy bueno. Pidieron otra botella con la cena.

—¿Dónde estaban sentados?

—En el Cuarto de la Terraza, señor.

—¿Y dónde está eso?

—En la punta de ese pasillo. Como hace un poco de frío allí, les dije que si querían podía encender el fuego, pero dijeron que no.

—¿Y no te pareció un poco extraño?

—Los clientes hacen de todo, señor. No me paro mucho a pensar en esas cosas.

—O sea, que querían un poco de intimidad.

—Podría ser, señor.

—¿Has vuelto a ver a alguno de ellos?

—No, señor.

El hombre tabaleó encima de la mesa.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, al cabo de un poco.

—Malcolm, señor. Malcolm Polstead.

—Muy bien, Malcolm. Ya te puedes ir.

—Gracias, señor —dijo el chico, procurando que no se le alterara la voz.

Después el hombre elevó un poco el tono, mirando en derredor. En cuanto tomó la palabra, todos los demás se callaron, como si hubieran estado esperándolo.

—Ya han oído lo que le he estado preguntando al joven Malcolm. Hay un hombre al que estamos siguiendo la pista. Dentro de un minuto, voy a colgar su foto en la pared para que todos puedan verla. Si alguno sabe algo de este hombre, que se ponga en contacto conmigo. Se trata, como comprenderán, de un asunto importante. Todo aquel que quiera hablar conmigo, puede acercarse después de haber mirado la foto. Yo estaré sentado aquí.

Su acompañante cogió el trozo de papel y lo colgó en la plancha de corcho donde se exponían los avisos para las celebraciones de bailes, subastas, torneos de whist y actividades similares. Para disponer de espacio, arrancó de un tirón un par de anuncios sin siquiera mirar de qué eran.

—Eh —protestó un parroquiano que se encontraba cerca, a cuyo daimonion perro se le había erizado el pelo—. Vuelva a poner ahora mismo los anuncios que acaba de quitar.

El hombre del TCD se volvió a mirarlo. Su daimonion cuervo desplegó las alas y emitió un quedo graznido.

—¿Cómo ha dicho? —intervino el otro miembro del TCD, el que se había quedado al lado del fuego.

—Le he dicho a su compañero que vuelva a poner en su sitio los anuncios que acaba de quitar. Este es nuestro tablón de anuncios, no el suyo.

Malcolm retrocedió hacia la pared. El cliente que había manifestado su descontento se llamaba George Boatwright. Era un hombre colorado y agresivo, a quien su padre había echado de La Trucha unas cuantas veces, pero era una buena persona y a Malcolm nunca le había hablado con aspereza. En el bar se había hecho un silencio absoluto; incluso los clientes de otras salas de la posada se habían dado cuenta de que ocurría algo y habían acudido a mirar desde la puerta.

—Tranquilo, George —murmuró el señor Polstead.

El primer miembro del TCD tomó un sorbo de brantwijn. Después miró a Malcolm.

—Malcolm, ¿cómo se llama este hombre?

Antes de que el chico pudiera decidir qué iba a contestar, el propio Boatwright respondió con voz potente:

—George Boatwright, ese es mi nombre. No intente poner al chico en medio. Eso es lo que hacen los cobardes.

—George… —dijo el señor Polstead.

—No, Reg, hablaré yo solo —contestó Boatwright—. Y también voy a hacer esto —añadió—, en vistas de que su amigo con cara de vinagre hace como que no me ha oído.

Se acercó a la pared, arrancó el papel y formó una bola con él antes de tirarlo al fuego. Después se enderezó y se quedó de pie, con una postura algo inestable, en medio de la sala mirando con ferocidad al responsable del TCD. En ese momento, Malcolm sintió una gran admiración por él.

Entonces el daimonion zorra del individuo del TCD se levantó. Salió trotando con elegancia de debajo de la mesa y se paró con la cola recta y la cabeza muy quieta, mirando a los ojos al daimonion de Boatwright.

El daimonion de este, Sadie, era mucho mayor. Era un cruce entre staffordshire terrier, pastor alemán y lobo, según tenía entendido Malcolm: a juzgar por su actitud, tenía ganas de pelea. Pegado a las piernas de Boatwright con todo el pelo erizado, movía lentamente la cola, enseñando los dientes, de entre los cuales surgía un profundo gruñido gutural, parecido a un trueno en la lejanía.

Asta se coló en el cuello de la camisa de Malcolm. Las peleas entre daimonions adultos no eran algo insólito, pero Polstead nunca permitía que estallaran dentro de la posada.

—George, será mejor que te marches —dijo entonces—. Venga, lárgate. Ya volverás cuando estés sobrio.

Boatwright volvió la cabeza; entonces Malcolm advirtió, consternado, que, efectivamente, estaba un poco borracho, porque le costaba mantenerse en pie: tuvo que dar un paso para equilibrar la postura… Pero después todo el mundo vio lo mismo. No era el efecto de la bebida sobre Boatwright, sino el miedo de su daimonion.

Algo lo había asustado. Aquella brutal criatura que había hincado los dientes en la piel de varios daimonions se iba acobardando, se estremecía y gemía, mientras la zorra avanzaba despacio. El daimonion de Boatwright cayó al suelo y giró sobre sí. Boatwright retrocedía, encogido, tratando de contener a su daimonion, intentando evitar la mortífera dentellada de la zorra.

El hombre del TCD murmuró un nombre. La zorra se paró y después dio un paso atrás. El daimonion de Boatwright permaneció ovillado en el suelo, temblando. Boatwright tenía una expresión tan patética que Malcolm prefirió no seguir mirando, para no ser testigo de su humillación.

La esbelta zorra volvió trotando a la mesa y se echó en el suelo.

—George Boatwright, ve afuera y espera allí —dijo el individuo del TCD, con tal seguridad en sí mismo que a nadie se le ocurrió que Boatwright pudiera desobedecerle y marcharse.

Acariciando y sosteniendo en parte a su amilanado daimonion, que le mordió y le hizo sangre en la temblorosa mano, Boatwright se dirigió, abatido, hasta la salida.

El otro miembro del TCD sacó un nuevo anuncio del maletín y lo colgó igual que el primero. Después terminaron, sin apurarse, sus bebidas. Cogieron los abrigos antes de salir para encargarse de su prisionero. Nadie pronunció ni una palabra.