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EL LIBRO DE LA OSCURIDAD (LA BELLA SALVAJE 1)

Philip Pullman  

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Fragmento

1 El Cuarto de la Terraza

A cinco kilómetros del centro de Oxford remontando el Támesis, no lejos de los grandes centros universitarios de Jordan, Gabriel, Balliol y de las dos decenas más de instituciones que se disputaban la supremacía en las competiciones de remo, a una distancia donde la ciudad quedaba reducida a una concentración de torres y campanarios que descollaban por encima de la bruma de Port Meadow, se hallaba el priorato de Godstow, donde las bondadosas monjas se consagraban a sus santos menesteres. Y, enfrente del priorato, en la otra orilla del río, había una posada llamada La Trucha.

La posada era un viejo edificio de piedra, laberíntico y acogedor. Delante del río había una terraza, donde dos pavos reales, que respondían a los nombres de Norman y Barry, se paseaban entre los clientes, sirviéndose sin permiso ni escrúpulos, algún que otro bocado de sus mesas y emitiendo de vez en cuando incomprensibles y feroces gritos. Había una sala donde los señores, en el supuesto de que los alumnos de la universidad pudieran considerarse como tales, tomaban cerveza y fumaban en pipa; había una taberna donde los barqueros y campesinos se calentaban junto a la chimenea o jugaban a los dardos, charlaban en la barra, se peleaban, o bien se emborrachaban en silencio; había una cocina donde la mujer del posadero preparaba una gran pieza de carne cada día, con un complicado engranaje de ruedas y cadenas que hacían girar el asador encima del fuego; y había un muchacho que servía las mesas y que se llamaba Malcolm Polstead.

Malcolm, el único hijo del posadero, tenía once años. Era un chico curioso y amable, corpulento y de pelo rojizo. Iba a la escuela primaria de Ulvercote. Aunque tenía bastantes amigos, a él le gustaba más jugar con su daimonion Asta en su canoa, que se llamaba La bella salvaje. Un conocido suyo tuvo la ocurrencia de garabatear una S encima de la V. Malcolm tuvo que poner tres capas de pintura encima para corregir aquel desaguisado, hasta que perdió la paciencia y, de un puñetazo, arrojó al agua a ese graciosillo. A partir de entonces, ambos firmaron una suerte de tregua.

Al igual que todos los hijos de los posaderos, Malcolm tenía que trabajar en la taberna, fregar platos y vasos, servir comida y jarras de cerveza. También debía recoger las mesas. Le parecía normal encargarse de aquellas tareas. Lo único que le importunaba en la vida era una muchacha de quince años llamada Alice, que ayudaba a fregar los platos. Era alta y flaca, con un pelo moreno lacio que llevaba recogido con una cola de caballo nada favorecedora. En la frente y en torno a la boca empezaban a formársele ya arrugas de insatisfacción. Desde el día en que llegó, siempre le estaba tomando el pelo: «¿Quién es tu novia, Malcolm? ¿No tienes novia? ¿Con quién estabas anoche? ¿La besaste? ¿No te han dado un beso nunca?».

Lo soportó sin protestar durante un tiempo, pero al final Asta se abalanzó sobre la esquelética grajilla que Alice tenía por daimonion y la arrojó de un golpe al agua de fregar. Después mordió una y otra vez a aquella criatura, empapada de arriba abajo, hasta que Alice suplicó a gritos que parase. Luego se fue a quejar a la madre de Malcolm.

—Te está bien empleado —le contestó esta—. No esperes que yo te compadezca. Lo mejor será que dejes de hacer burlas desagradables.

Y Alice lo hizo. A partir de entonces no se dirigieron la palabra; él ponía los vasos junto al fregadero, ella los lavaba, él los secaba y los volvía a llevar al bar sin dedicarle ni una palabra, ni una mirada, ni un pensamiento.

En cualquier caso, le gustaba vivir en la posada. Disfrutaba, sobre todo, con las conversaciones que tenía oportunidad de escuchar, tanto si tenían que ver con las traicioneras aguas del río Board, con la irremediable idiotez del Gobierno o con cuestiones de índole más filosófica, como si las estrellas tenían o no la misma edad que la Tierra.

A veces a Malcolm le suscitaba tanto interés aquel último tipo de conversaciones que dejaba su carga de vasos vacíos encima de la mesa y se sumaba a ellas, aunque solo después de haber estado escuchando con gran atención. Muchos eruditos y visitantes lo conocían y le daban generosas propinas, pero él no aspiraba a ser rico; aceptaba las propinas como una dádiva de la providencia. Así llegó a considerarse una persona afortunada, cosa que le resultó bastante útil en la vida. De haber sido la clase de chico a quien se le atribuía un apodo, seguramente le habrían puesto «Profesor». Pero él no era ese tipo de niño. Quienes reparaban en aquel chico lo apreciaban, pero normalmente llamaba poco la atención, lo que no le importaba.

El otro foco importante en la vida de Malcolm quedaba justo al otro lado del río, frente a la posada, en el recinto de edificios de piedra gris rodeados de verdes campos y primorosas huertas: el priorato de Saint Rosamund. Las religiosas cultivaban sus verduras y sus frutas, cuidaban de sus abejas y cosían sus elegantes vestiduras. Sin embargo, aun siendo casi del todo autosuficientes, de vez en cuando necesitaban un muchacho para hacer recados o para ayudar al señor Taphouse, el viejo carpintero, a reparar una escalera, o bien para llevarles pescado desde los estanques de Medley, situados un poco más lejos, río abajo. La bella salvaje solía transportar víveres o personas al servicio de aquellas amables monjas; Malcolm había llevado más de una vez a la hermana Benedicta hasta la Royal Mail Zeppelin Station, cargada con valiosos paquetes de estolas, de capas pluviales o de casullas para el obispo de Londres, que parecía desgastar mucho sus atuendos, pues los cambiaba con una rapidez fuera de lo normal. Malcolm aprendía mucho de aquellos tranquilos viajes.

—¿Cómo hace para que le salgan tan bien los atadijos, hermana Benedicta? —le preguntó un día.

—No son atadijos precisamente, sino paquetes —le hizo ver la hermana Benedicta.

—Bueno, esos paquetes. ¿Cómo hace para que no le salgan escacharrados?

—Los paquetes no se escacharran, Malcolm.

No le importaba que lo corrigiera siempre; era como una especie de juego entre ellos.

—Pues yo pensaba que sí —dijo.

—Hay cosas que se escacharran, como los cacharros, y otras que se pueden chafar o deshacer, como los paquetes, si no están bien liados.

—Ah, pues yo solo quiero saber cómo los lía.

—Te prometo que la próxima vez que tenga que preparar un paquete, te lo enseñaré —dijo la hermana Benedicta, y cumplió su promesa.

Malcolm admiraba a las religiosas por la pulcritud con que hacían las cosas, por cómo disponían los frutales en espalderas en el muro más soleado de la huerta, por la gracia y la delicadeza con que combinaban sus voces en los cantos de los oficios de la iglesia, por los detalles que solían tener con la gente. Le gustaba conversar con ellas sobre cuestiones de religión.

—En la Biblia pone que Dios creó el mundo en seis días, ¿no? —dijo una vez, mientras ayudaba a la anciana hermana Fenella en la espaciosa cocina.

—Eso es —confirmó la hermana Fenella, que estaba trabajando una masa.

—Entonces ¿por qué hay fósiles y cosas que tienen millones de años de antigüedad?

—Ah, es que entonces los días eran mucho más largos —explicó la hermana—. ¿No has acabado de cortar el ruibarbo? Mira, yo habré terminado antes que tú.

—¿Por qué usamos este cuchillo para el ruibarbo y no los viejos? Los viejos están más afilados.

—Es por el ácido oxálico —dijo la hermana Fenella, colocando la masa en una bandeja—. El acero inoxidable es mejor para el ruibarbo. Ahora, pásame el azúcar.

—Ácido oxálico —repitió Malcolm, saboreando las palabras—. ¿Qué es una casulla, hermana?

—Es un vestido que se ponen los sacerdotes por encima de las albas.

—¿Y por qué usted no cose como las otras hermanas?

Apoyado en el respaldo de una silla cercana, el daimonion ardilla de la hermana Fenella emitió una mansa exclamación.

—Cada cual hace lo que se le da mejor —respondió la monja—. A mí nunca se me dio muy bien bordar… ¡Fíjate en qué dedos más gordos tengo! En cambio, las otras hermanas consideran que me quedan bien los pasteles.

—A mí me gustan sus pasteles —confirmó Malcolm.

—Gracias, cariño.

—Son casi tan buenos como los de mi madre. A ella le quedan más… tupidos. Igual tiene que aplastar más la masa.

—Igual sí.

En la cocina del priorato no se desperdiciaba nada. Los pedazos que le habían sobrado a la hermana Fenella después de recortar las tartas de ruibarbo servían para formar rudimentarias cruces, hojas de palmera o peces que, recubiertos con pasas y espolvoreados con un poco de azúcar, hacían cocer por separado. Todos tenían un significado religioso, aunque a la hermana Fenella (¡con aquellos dedos tan gordos!) le quedaban todos bastante parecidos. Malcolm era más hábil, pero antes tenía que lavarse meticulosamente las manos.

—¿Quién se come estos pastelitos, hermana? —preguntó.

—Ah, siempre se dejan para el final. A veces, a las visitas les gusta comer algo con el té.

Al estar en el punto de intersección de la carretera con el río, el priorato era muy conocido entre los viajeros; las monjas solían tener visitas. En La Trucha también las tenían, por supuesto. En la posada casi siempre se quedaban a dormir dos o tres huéspedes, a los cuales Malcolm debía servir el desayuno, aunque por lo general eran pescadores o viajantes de comercio, que vendían hoja de fumar, herramientas o maquinaria agrícola. Los huéspedes del priorato eran de otra categoría: grandes señores y damas; a veces obispos y otros miembros del clero; personas importantes que no tenían ninguna conexión con las universidades de la ciudad y no podían recabar hospitalidad en ellas. En una ocasión, hubo una princesa que se quedó seis semanas, pero Malcolm solo la vio dos veces. La habían mandado allí como castigo. Su daimonion era una comadreja que le gruñía a todo el mundo.

Malcolm también ayudaba con esos invitados. Cuidaba de sus caballos, les limpiaba las botas, les llevaba mensajes. Y, de vez en cuando, recibía una propina. Todo ese dinero iba a parar a una morsa de hojalata que tenía en la habitación. Cuando se le apretaba la cola, abría la boca y uno podía poner la moneda entre sus colmillos, uno de los cuales se había roto; había vuelto a ocupar su sitio, recompuesto con pegamento. Malcolm ignoraba cuánto dinero tenía, pero la morsa pesaba bastante. Quizá podría comprarse una escopeta cuando tuviera suficiente, pero, como no creía que su padre se lo permitiera, tendría que esperar. Mientras tanto, se iba familiarizando con las costumbres de los viajeros, ya fueran normales o especiales.

Desde su punto de vista, probablemente no había otro lugar en la Tierra donde uno pudiera aprender tanto del mundo como en esa pequeña curva del río, con la posada a un lado y el priorato en el otro. Él suponía que, de mayor, ayudaría a su padre en el bar y después se quedaría llevando el establecimiento cuando sus padres fueran demasiado viejos para seguir. No le parecía una mala perspectiva. Sería mucho mejor regentar La Trucha que la mayor parte de las otras posadas, porque por allí pasaba gente de mundo y a menudo había personas eruditas y distinguidas con las que hablar. No obstante, no era eso lo que de verdad le habría gustado hacer. A él le habría gustado ir a la universidad, para ser astrónomo o teólogo experimental, y hacer grandes descubrimientos sobre la naturaleza oculta de las cosas. Le habría encantado, por ejemplo, ser aprendiz de filósofo. Pero tenía pocas probabilidades de cumplir ese sueño. En la escuela primaria de Ulvercote se educaba a los alumnos para ejercer oficios artesanales o, a lo sumo, de escribientes, antes de soltarlos en el amplio mundo a los catorce años. Por lo que Malcolm sabía, un muchacho listo con una canoa tenía pocas oportunidades de acceder a estudios superiores.

ϒ

Un día de pleno invierno, llegaron a La Trucha unos clientes bastante inusuales. Tres de ellos aparecieron en coche ambárico y se fueron enseguida al Cuarto de la Terraza, el comedor más pequeño de la posada, que ofrecía vistas de la terraza, el río y el priorato. Quedaba al final del pasillo y no se usaba apenas en invierno ni en verano. Tenía unas ventanas pequeñas y no permitía salir a la terraza, a pesar de su nombre.

Malcolm había terminado sus deberes de geometría y acababa de engullir un poco de rosbif con pudin de Yorkshire, seguido de una manzana asada con natillas, cuando su padre lo llamó desde el bar.

—Ve a ver qué quieren esos señores del Cuarto de la Terraza —dijo—. Seguramente son forasteros y no saben si hay que ir a recoger la bebida al bar. Supongo que querrán que los sirvan allí mismo.

Encantado con la novedad, Malcolm fue hasta aquel pequeño cuarto y encontró a tres caballeros, cuyo rango no pudo determinar a primera vista. Estaban encorvados delante de la ventana, mirando afuera.

—¿Se les ofrece algo, caballeros? —preguntó.

Se volvieron en el acto. Dos de ellos pidieron vino tinto; el tercero, ron. Cuando Malcolm volvió con las bebidas, preguntaron si podían cenar allí. Y, en tal caso, qué tenían de comer.

—Rosbif, señores, y muy bueno. Lo sé porque acabo de comerlo yo mismo.

—Ah, le patron mange ici, ¿eh? —dijo el mayor de los señores, mientras acercaban las sillas a la pequeña mesa.

Su daimonion, un bonito lémur blanco y negro, permanecía tranquilamente sentado sobre sus hombros.

—Yo vivo aquí, señor, el dueño es mi padre —explicó Malcolm—. Y mi madre es la cocinera.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el más alto y delgado de los recién llegados, un hombre de aspecto instruido y pelo cano, que tenía un verderón por daimonion.

—Malcolm Polstead, señor.

—¿Qué es eso que hay al otro lado del río, Malcolm? —preguntó el otro, un individuo con unos grandes ojos oscuros y bigote negro, cuyo daimonion yacía enroscado en el suelo a sus pies, inidentificable.

Estaba todo a oscuras: lo único que podían ver en la otra orilla del río era el tenue brillo de las vidrieras de la capilla y la luz que siempre había encendida encima de la entrada.

—Es el priorato, señor, de las hermanas de la orden de Saint Rosamund.

—¿Y quién era Saint Rosamund?

—Nunca se lo he preguntado. Aunque hay una imagen de ella en las vidrieras: es como si estuviera de pie en el centro de una gran rosa. Supongo que de ahí le viene el nombre. Tendré

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