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EL LIBRO DE LA SELVA / EL SEGUNDO LIBRO DE LA SELVA

Rudyard Kipling  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Escribir «libros de la selva» es harto difícil. Tengo que traducir el lenguaje de los animales y el de la selva a un inglés sencillo y comprensible y, puesto que los animales utilizan palabras combinadas como las que Humpty-Dumpty dirigía a Alicia a través del espejo, cuesta mucho traducirlas. Cuando un tigre o un oso dice «Grrr» en tono agudo quiere decir algo muy distinto de «Grrr» en tono grave, y cuando dice «¿Grrr?», como si estuviera formulando una pregunta, significa otra cosa. Y lo mimo ocurre cuando [dice] «Grrr-rrr» con una pausa en medio.

Donde ahora vivo, en Estados Unidos, tenemos muchísimos animales, pero no son criaturas de la selva. Tenemos zorros y, de vez en cuando, un oso mata un ternero o un jabalí…1

I

El libro de la selva es una recopilación de dos colecciones de relatos, El libro de la selva (1894) y El segundo libro de la selva (1895), el fruto más importante de la etapa estadounidense de Kipling (1892-96) cuando vivía en Brattleboro, Vermont, hogar de su esposa Caroline («Carrie»), con quien hacía poco que se había casado. En su autobiografía Algo de mí mismo, obra póstuma publicada en 1937, Kipling recuerda cómo «en la incierta calma del invierno del 92», su daimon, su impulso creativo, que estuvo «con él» durante todo el proceso de escritura de El libro de la selva, lo llevó a escribir «Los hermanos de Mowgli»: «Tras esbozar el argumento principal, la pluma hizo el resto, y vi cómo empezaba a escribir historias sobre Mowgli y los animales, que luego se convertirían en El libro de la selva».2 Cabe destacar que dicho proceso coincidió con el mágico y espontáneo florecimiento de su nueva familia, que además los inspiró. Las ideas iniciales sobre las obras le vinieron a la mente mientras Carrie estaba embarazada de su primera hija, Josephine, y la segunda, Elsie, nació en 1896, poco después de terminar El segundo libro de la selva. Favoreció su creatividad la vida tranquila en la región montañosa de Vermont, famosa por su belleza natural y su clima saludable, donde construyó su primera casa, Naulakha, en la que escribió y revisó la mayor parte de los relatos de El libro de la selva.

Fue en esa época, la más feliz y productiva de su vida, cuando Kipling, a quien se alababa por su capacidad para identificarse con «cualquier cosa o persona sobre la que escribía»,3 se aventuró a adentrarse en el mundo de los animales y a ponerse en su piel. Rosemary Sutcliff, una famosa escritora de obras infantiles, al recordar su experiencia cuando de niña leyó El libro de la selva, se maravilla de «cómo alguien que no anda a cuatro patas ni tiene el cuerpo cubierto por un pelaje aterciopelado de color ébano puede estar tan seguro de lo que siente una pantera negra».4 El fragmento introductorio, extraído de una carta que Kipling escribió en respuesta a la que le envió un admirador de corta edad desde Inglaterra en 1895, capta de forma interesante hasta qué punto el escritor, al «traducir» el lenguaje de los animales al inglés, producía sonidos casi iguales a los de los propios animales, mientras que El libro de la selva se fusiona, mediante de la figura de Humpty-Dumpty, con el mundo de A través del espejo, que Kipling suponía que el niño había leído. Al escribir sobre los animales y como ellos, Kipling perseguía ser admitido de nuevo en el mágico y privilegiado universo de los lectores infantiles, cosa que también se aprecia en el tono fraternal con el que se dirige al niño. Algunos de los primeros relatos de El libro de la selva los escribió para la revista St Nicholas, una publicación infantil muy popular en Estados Unidos editada por Mary Mapes Dodge y que Kipling había disfrutado mucho leyendo. Le encantaba el reto de crear historias para niños, a quienes consideraba un público «bastante más importante y exigente» que el de los adultos.5

El libro de la selva, escrito en el momento culminante del poder imperial británico, invita inevitablemente a ser considerado una alegoría de la ideología imperialista del autor; de ahí la reputación de Kipling de «bardo del Imperio». No obstante, incluso quienes detestan a Kipling por su imperialismo son capaces de hacer una excepción con sus dos obras más famosas para niños, El libro de la selva y Solo cuentos (para niños) (1902), y considerarlos los únicos «que merece la pena leer».6 En particular, El libro de la selva, quizá la más conocida de las obras maestras de Kipling, ha tenido un impacto más trascendental en nuestra fantasía con la creación de Mowgli, el niño lobo. Su estructura, que integra la saga de Mowgli en otras historias más realistas de animales, representa el encuentro entre sueño y realidad; con ello Kipling buscaba construir una esfera infantil de juego e imaginación, lejos del mundo laboral de los adultos, con la forma de la selva de Mowgli. Incluso cuando las obras «para adultos» de Kipling perdieron rápidamente su popularidad al mismo tiempo que se iniciaba el declive de la hegemonía del Imperio británico en la primera mitad del siglo XX, El libro de la selva permaneció en las estanterías de las habitaciones infantiles y se convirtió prácticamente en sinónimo de la alegría de la infancia y de la lectura. Es posible que los lectores actuales lo hayan conocido a través de la versión de dibujos animados de Disney (1967) y sus spin-off que, aunque apenas captan la complejidad del original de Kipling, han desempeñado un importante papel a la hora de difundir el mito de Mowgli y las imágenes de animales salvajes que lo acompañan como parte fundamental de una infancia feliz.

Uno de los primeros borradores de «Los hermanos de Mowgli» revela que originalmente Kipling situó la selva en «los montes Aravulli», en el estado de Mewar en Rajputana (actual Rajastán), al noroeste de la India.7 Kipling conocía bien esa zona, ya que la había visitado en 1887 como enviado especial del The Pioneer, el periódico para el que entonces trabajaba en la India. Sin embargo, pronto trasladó la ubicación de la selva a «los montes de Seeonee» en el centro de la India, que jamás había visitado, y se dice que, para describir la zona, recurrió en gran medida a la obra de Robert Armitage Sterndale Seonee or Camp Life on the Satpura Range (1877).8 Así, durante el proceso de escritura de El libro de la selva, Kipling tomó la decisión deliberada de distanciarse de sus propias experiencias en la India reubicando la selva de Mowgli, como si con ello quisiera reproducir su reciente traslado a Estados Unidos. De ese modo, sus profundos conocimientos y experiencias de la India se reordenaron para adquirir nuevas formas de expresión, en las que al paisaje de la India se superpuso el de Estados Unidos, países ambos poblados por «muchísimos animales».

Resulta significativo que la ubicación en la India y la creación de un joven héroe permitan a Kipling revivir su propia infancia en la India colonial, donde había pasado sus primeros años. Igual que Mowgli, Kipling, un niño angloindio, se consideraba morador de dos mundos. Pertenecía al mundo de sus padres ingleses, del que procedía su autoridad como niño inglés, mientras que disfrutaba de la compañía de sus sirvientes indígenas con quienes exploraba el mundo indio, exótico y lleno de color, con sus «días de luz clara y de oscuridad».9 John McBratney lo llama «espacio feliz» de la infancia, un breve período de tiempo durante el que un niño inglés nacido en la India, inmerso en la lengua y la cultura autóctonas, pudo disfrutar de una verdadera fraternidad con los nativos, ajeno todavía a las políticas de jerarquía racial de los adultos.10 Al mismo tiempo, El libro de la selva, que termina cuando Mowgli alcanza la madurez y abandona la selva para entrar en el mundo de los humanos, la presenta como un lugar lleno de nostalgia, una infancia perdida muy atrás en el tiempo a la que los adultos evocan con reverencia. La maravillosa infancia del propio Kipling en la India terminó de forma abrupta cuando a los cinco años lo enviaron a Inglaterra para ser escolarizado. El trauma del desarraigo de la India y la época de desdicha que vivió en el hogar de la familia que lo acogió en Southsea, al que llamaba «Casa de la Desolación», fueron trasladados a la ficción con gran acierto en su relato semiautobiográfico «Baa Baa Black Sheep» (1888), mientras que en El libro de la selva sus queridos recuerdos de la India y la irreparable sensación de pérdida de la que jamás se recuperó quedan bellamente sublimados con un mito universal de la infancia.

Vermont fue el nuevo jardín del edén de Kipling, y la selva de Mowgli lo refleja de distintas maneras. Allí fue felizmente ajeno a las inminentes desdichas y tragedias que le sobrevendrían, pero la vida idílica en Vermont resultó durar menos que la infancia de Kipling en la India. La creciente tensión con su cuñado y vecino Beatty Balestier lo obligó a abandonar Estados Unidos con su familia en agosto de 1896. Cuando los Kipling visitaron el país en 1899 el escritor y su hija Josephine cayeron gravemente enfermos durante el viaje y ella murió mientras él estaba aún convaleciente. Después de esa tragedia, Kipling jamás regresó a Estados Unidos, y Vermont se convirtió en otro paraíso perdido.

II

La base sobre la que se fundamentó la temprana reputación de Kipling fue su papel de narrador de historias del pueblo indio. Escribía no solo acerca de una amplia variedad de «nativos» de diferentes razas y condiciones, sino también sobre los angloindios que servían a su país en la India. Kipling denomina a unos y otros «mi propia gente», y lo hace con gran cariño y un fuerte sentido de la camaradería, como bellamente queda reflejado en su epígrafe de El hándicap de la vida (1891): «Me crucé con cien hombres en el camino a Delhi y todos ellos eran mis hermanos».11 En El libro de la selva, Kipling vuelve su mirada hacia los animales, también «hermanos» queridos con los que se encontró durante su viaje por la India y más allá. Al igual que el narrador de El hándicap de la vida, que recopilaba relatos «en todas partes y entre toda clase de personas», el narrador de El libro de la selva reconoce en el prefacio su «deuda» para con los diversos animales que le proporcionaron de primera mano relatos de historias maravillosas —elefantes, un mono, un puerco espín, un oso, una mangosta y muchos otros que desean «permanecer en el más riguroso anonimato»—, y se presenta a sí mismo como un simple «recopilador» de esas asombrosas historias. Así pues, desde este punto de vista El libro de la selva es una versión animal de El hándicap de la vida. De hecho, Limmershin, el Reyezuelo Invernal, un «pajarillo muy raro» que «sabe decir la verdad» y que se identifica como el informador de «La foca blanca», recuerda en cierto modo a Gobinda, un viejo cuentacuentos indígena de El hándicap de la vida, que suele proporcionar al narrador historias «reales» aunque no necesariamente aptas para ser publicadas.12

El libro de la selva es, en primer lugar y ante todo, una historia de animales, cuya vida va íntimamente ligada a la sociedad humana y a los asuntos del Imperio británico. «Toomai de los Elefantes», por ejemplo, nos permite comprender la vida de Kala Nag, que «había servido al gobierno indio, de todas las maneras en que un elefante puede servir» durante cuarenta y siete largos años, así como la de cuatro generaciones de mahouts, también fieles al gobierno, que tuvieron buen cuidado de él. Muchos de los personajes del reino animal de Kipling están inspirados en los animales que conoció en la India. Por ejemplo, «una mangosta completamente salvaje», según Kipling, «solía acercarse y sentarse en [su] hombro en [su] despacho de la India»,13 y se convirtió en el modelo de la epónima heroína de «Rikki-Tikki-Tavi». Los maliciosos Bandar-log, el Pueblo de los Monos de los relatos de Mowgli, recuerdan un artículo que Kipling escribió sobre un grupo de monos de Simla —«La ladera del monte cobra vida con su clamor»— que mandó «una comisión» y lo interrumpió cuando estaba escribiendo en su galería.14 La propia foxterrier de Kipling, Vixen, aparece como perrita del narrador en «Los sirvientes de Su Majestad»: corretea «por todo el campamento» en busca de su dueño, evocando felices recuerdos de la época que Kipling pasó junto a ella en la India.

En muchos aspectos, El libro de la selva puede considerarse una versión imaginativa del libro del padre de Kipling Beast and Man in India (1891), en el que describe al detalle los animales de la India «en sus relaciones con la gente».15 John Lockwood Kipling, artista e ilustrador de gran talento, trabajó en Bombay y más tarde en Lahore como profesor y conservador de museo, desde 1865 hasta 1893. Padre e hijo compartían idénticas sensibilidad y adoración hacia los animales, y sus trabajos se solapan de forma significativa. Kipling escribió nueve epígrafes en verso y dos poemas para el libro de su padre —sobre monos, asnos, búfalos, bueyes y demás—.16 Para exhibir los escritos de su hijo sobre animales, el orgulloso padre citaba larguísimos fragmentos de artículos de periódico de Rudyard, y se ocupó de la publicación íntegra de una de sus baladas del cuartel, Oonts! (1890) pues, a decir de Kipling padre, esta captaba de forma «vívida y verdadera» la relación entre el soldado británico y el camello.17

A su vez, Kipling buscó libremente inspiración en el libro de su padre y materiales con los que escribir sus historias de animales. Además, John Lockwood Kipling colaboró como ilustrador en El libro de la selva, y pasó a ser ilustrador único en El segundo libro de

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