Loading...

EL LIBRO DE LA SELVA / EL SEGUNDO LIBRO DE LA SELVA

Rudyard Kipling  

0


Fragmento

INTRODUCCIÓN

Escribir «libros de la selva» es harto difícil. Tengo que traducir el lenguaje de los animales y el de la selva a un inglés sencillo y comprensible y, puesto que los animales utilizan palabras combinadas como las que Humpty-Dumpty dirigía a Alicia a través del espejo, cuesta mucho traducirlas. Cuando un tigre o un oso dice «Grrr» en tono agudo quiere decir algo muy distinto de «Grrr» en tono grave, y cuando dice «¿Grrr?», como si estuviera formulando una pregunta, significa otra cosa. Y lo mimo ocurre cuando [dice] «Grrr-rrr» con una pausa en medio.

Donde ahora vivo, en Estados Unidos, tenemos muchísimos animales, pero no son criaturas de la selva. Tenemos zorros y, de vez en cuando, un oso mata un ternero o un jabalí…1

I

El libro de la selva es una recopilación de dos colecciones de relatos, El libro de la selva (1894) y El segundo libro de la selva (1895), el fruto más importante de la etapa estadounidense de Kipling (1892-96) cuando vivía en Brattleboro, Vermont, hogar de su esposa Caroline («Carrie»), con quien hacía poco que se había casado. En su autobiografía Algo de mí mismo, obra póstuma publicada en 1937, Kipling recuerda cómo «en la incierta calma del invierno del 92», su daimon, su impulso creativo, que estuvo «con él» durante todo el proceso de escritura de El libro de la selva, lo llevó a escribir «Los hermanos de Mowgli»: «Tras esbozar el argumento principal, la pluma hizo el resto, y vi cómo empezaba a escribir historias sobre Mowgli y los animales, que luego se convertirían en El libro de la selva».2 Cabe destacar que dicho proceso coincidió con el mágico y espontáneo florecimiento de su nueva familia, que además los inspiró. Las ideas iniciales sobre las obras le vinieron a la mente mientras Carrie estaba embarazada de su primera hija, Josephine, y la segunda, Elsie, nació en 1896, poco después de terminar El segundo libro de la selva. Favoreció su creatividad la vida tranquila en la región montañosa de Vermont, famosa por su belleza natural y su clima saludable, donde construyó su primera casa, Naulakha, en la que escribió y revisó la mayor parte de los relatos de El libro de la selva.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Fue en esa época, la más feliz y productiva de su vida, cuando Kipling, a quien se alababa por su capacidad para identificarse con «cualquier cosa o persona sobre la que escribía»,3 se aventuró a adentrarse en el mundo de los animales y a ponerse en su piel. Rosemary Sutcliff, una famosa escritora de obras infantiles, al recordar su experiencia cuando de niña leyó El libro de la selva, se maravilla de «cómo alguien que no anda a cuatro patas ni tiene el cuerpo cubierto por un pelaje aterciopelado de color ébano puede estar tan seguro de lo que siente una pantera negra».4 El fragmento introductorio, extraído de una carta que Kipling escribió en respuesta a la que le envió un admirador de corta edad desde Inglaterra en 1895, capta de forma interesante hasta qué punto el escritor, al «traducir» el lenguaje de los animales al inglés, producía sonidos casi iguales a los de los propios animales, mientras que El libro de la selva se fusiona, mediante de la figura de Humpty-Dumpty, con el mundo de A través del espejo, que Kipling suponía que el niño había leído. Al escribir sobre los animales y como ellos, Kipling perseguía ser admitido de nuevo en el mágico y privilegiado universo de los lectores infantiles, cosa que también se aprecia en el tono fraternal con el que se dirige al niño. Algunos de los primeros relatos de El libro de la selva los escribió para la revista St Nicholas, una publicación infantil muy popular en Estados Unidos editada por Mary Mapes Dodge y que Kipling había disfrutado mucho leyendo. Le encantaba el reto de crear historias para niños, a quienes consideraba un público «bastante más importante y exigente» que el de los adultos.5

El libro de la selva, escrito en el momento culminante del poder imperial británico, invita inevitablemente a ser considerado una alegoría de la ideología imperialista del autor; de ahí la reputación de Kipling de «bardo del Imperio». No obstante, incluso quienes detestan a Kipling por su imperialismo son capaces de hacer una excepción con sus dos obras más famosas para niños, El libro de la selva y Solo cuentos (para niños) (1902), y considerarlos los únicos «que merece la pena leer».6 En particular, El libro de la selva, quizá la más conocida de las obras maestras de Kipling, ha tenido un impacto más trascendental en nuestra fantasía con la creación de Mowgli, el niño lobo. Su estructura, que integra la saga de Mowgli en otras historias más realistas de animales, representa el encuentro entre sueño y realidad; con ello Kipling buscaba construir una esfera infantil de juego e imaginación, lejos del mundo laboral de los adultos, con la forma de la selva de Mowgli. Incluso cuando las obras «para adultos» de Kipling perdieron rápidamente su popularidad al mismo tiempo que se iniciaba el declive de la hegemonía del Imperio británico en la primera mitad del siglo XX, El libro de la selva permaneció en las estanterías de las habitaciones infantiles y se convirtió prácticamente en sinónimo de la alegría de la infancia y de la lectura. Es posible que los lectores actuales lo hayan conocido a través de la versión de dibujos animados de Disney (1967) y sus spin-off que, aunque apenas captan la complejidad del original de Kipling, han desempeñado un importante papel a la hora de difundir el mito de Mowgli y las imágenes de animales salvajes que lo acompañan como parte fundamental de una infancia feliz.

Uno de los primeros borradores de «Los hermanos de Mowgli» revela que originalmente Kipling situó la selva en «los montes Aravulli», en el estado de Mewar en Rajputana (actual Rajastán), al noroeste de la India.7 Kipling conocía bien esa zona, ya que la había visitado en 1887 como enviado especial del The Pioneer, el periódico para el que entonces trabajaba en la India. Sin embargo, pronto trasladó la ubicación de la selva a «los montes de Seeonee» en el centro de la India, que jamás había visitado, y se dice que, para describir la zona, recurrió en gran medida a la obra de Robert Armitage Sterndale Seonee or Camp Life on the Satpura Range (1877).8 Así, durante el proceso de escritura de El libro de la selva, Kipling tomó la decisión deliberada de distanciarse de sus propias experiencias en la India reubicando la selva de Mowgli, como si con ello quisiera reproducir su reciente traslado a Estados Unidos. De ese modo, sus profundos conocimientos y experiencias de la India se reordenaron para adquirir nuevas formas de expresión, en las que al paisaje de la India se superpuso el de Estados Unidos, países ambos poblados por «muchísimos animales».

Resulta significativo que la ubicación en la India y la creación de un joven héroe permitan a Kipling revivir su propia infancia en la India colonial, donde había pasado sus primeros años. Igual que Mowgli, Kipling, un niño angloindio, se consideraba morador de dos mundos. Pertenecía al mundo de sus padres ingleses, del que procedía su autoridad como niño inglés, mientras que disfrutaba de la compañía de sus sirvientes indígenas con quienes exploraba el mundo indio, exótico y lleno de color, con sus «días de luz clara y de oscuridad».9 John McBratney lo llama «espacio feliz» de la infancia, un breve período de tiempo durante el que un niño inglés nacido en la India, inmerso en la lengua y la cultura autóctonas, pudo disfrutar de una verdadera fraternidad con los nativos, ajeno todavía a las políticas de jerarquía racial de los adultos.10 Al mismo tiempo, El libro de la selva, que termina cuando Mowgli alcanza la madurez y abandona la selva para entrar en el mundo de los humanos, la presenta como un lugar lleno de nostalgia, una infancia perdida muy atrás en el tiempo a la que los adultos evocan con reverencia. La maravillosa infancia del propio Kipling en la India terminó de forma abrupta cuando a los cinco años lo enviaron a Inglaterra para ser escolarizado. El trauma del desarraigo de la India y la época de desdicha que vivió en el hogar de la familia que lo acogió en Southsea, al que llamaba «Casa de la Desolación», fueron trasladados a la ficción con gran acierto en su relato semiautobiográfico «Baa Baa Black Sheep» (1888), mientras que en El libro de la selva sus queridos recuerdos de la India y la irreparable sensación de pérdida de la que jamás se recuperó quedan bellamente sublimados con un mito universal de la infancia.

Vermont fue el nuevo jardín del edén de Kipling, y la selva de Mowgli lo refleja de distintas maneras. Allí fue felizmente ajeno a las inminentes desdichas y tragedias que le sobrevendrían, pero la vida idílica en Vermont resultó durar menos que la infancia de Kipling en la India. La creciente tensión con su cuñado y vecino Beatty Balestier lo obligó a abandonar Estados Unidos con su familia en agosto de 1896. Cuando los Kipling visitaron el país en 1899 el escritor y su hija Josephine cayeron gravemente enfermos durante el viaje y ella murió mientras él estaba aún convaleciente. Después de esa tragedia, Kipling jamás regresó a Estados Unidos, y Vermont se convirtió en otro paraíso perdido.

II

La base sobre la que se fundamentó la temprana reputación de Kipling fue su papel de narrador de historias del pueblo indio. Escribía no solo acerca de una amplia variedad de «nativos» de diferentes razas y condiciones, sino también sobre los angloindios que servían a su país en la India. Kipling denomina a unos y otros «mi propia gente», y lo hace con gran cariño y un fuerte sentido de la camaradería, como bellamente queda reflejado en su epígrafe de El hándicap de la vida (1891): «Me crucé con cien hombres en el camino a Delhi y todos ellos eran mis hermanos».11 En El libro de la selva, Kipling vuelve su mirada hacia los animales, también «hermanos» queridos con los que se encontró durante su viaje por la India y más allá. Al igual que el narrador de El hándicap de la vida, que recopilaba relatos «en todas partes y entre toda clase de personas», el narrador de El libro de la selva reconoce en el prefacio su «deuda» para con los diversos animales que le proporcionaron de primera mano relatos de historias maravillosas —elefantes, un mono, un puerco espín, un oso, una mangosta y muchos otros que desean «permanecer en el más riguroso anonimato»—, y se presenta a sí mismo como un simple «recopilador» de esas asombrosas historias. Así pues, desde este punto de vista El libro de la selva es una versión animal de El hándicap de la vida. De hecho, Limmershin, el Reyezuelo Invernal, un «pajarillo muy raro» que «sabe decir la verdad» y que se identifica como el informador de «La foca blanca», recuerda en cierto modo a Gobinda, un viejo cuentacuentos indígena de El hándicap de la vida, que suele proporcionar al narrador historias «reales» aunque no necesariamente aptas para ser publicadas.12

El libro de la selva es, en primer lugar y ante todo, una historia de animales, cuya vida va íntimamente ligada a la sociedad humana y a los asuntos del Imperio británico. «Toomai de los Elefantes», por ejemplo, nos permite comprender la vida de Kala Nag, que «había servido al gobierno indio, de todas las maneras en que un elefante puede servir» durante cuarenta y siete largos años, así como la de cuatro generaciones de mahouts, también fieles al gobierno, que tuvieron buen cuidado de él. Muchos de los personajes del reino animal de Kipling están inspirados en los animales que conoció en la India. Por ejemplo, «una mangosta completamente salvaje», según Kipling, «solía acercarse y sentarse en [su] hombro en [su] despacho de la India»,13 y se convirtió en el modelo de la epónima heroína de «Rikki-Tikki-Tavi». Los maliciosos Bandar-log, el Pueblo de los Monos de los relatos de Mowgli, recuerdan un artículo que Kipling escribió sobre un grupo de monos de Simla —«La ladera del monte cobra vida con su clamor»— que mandó «una comisión» y lo interrumpió cuando estaba escribiendo en su galería.14 La propia foxterrier de Kipling, Vixen, aparece como perrita del narrador en «Los sirvientes de Su Majestad»: corretea «por todo el campamento» en busca de su dueño, evocando felices recuerdos de la época que Kipling pasó junto a ella en la India.

En muchos aspectos, El libro de la selva puede considerarse una versión imaginativa del libro del padre de Kipling Beast and Man in India (1891), en el que describe al detalle los animales de la India «en sus relaciones con la gente».15 John Lockwood Kipling, artista e ilustrador de gran talento, trabajó en Bombay y más tarde en Lahore como profesor y conservador de museo, desde 1865 hasta 1893. Padre e hijo compartían idénticas sensibilidad y adoración hacia los animales, y sus trabajos se solapan de forma significativa. Kipling escribió nueve epígrafes en verso y dos poemas para el libro de su padre —sobre monos, asnos, búfalos, bueyes y demás—.16 Para exhibir los escritos de su hijo sobre animales, el orgulloso padre citaba larguísimos fragmentos de artículos de periódico de Rudyard, y se ocupó de la publicación íntegra de una de sus baladas del cuartel, Oonts! (1890) pues, a decir de Kipling padre, esta captaba de forma «vívida y verdadera» la relación entre el soldado británico y el camello.17

A su vez, Kipling buscó libremente inspiración en el libro de su padre y materiales con los que escribir sus historias de animales. Además, John Lockwood Kipling colaboró como ilustrador en El libro de la selva, y pasó a ser ilustrador único en El segundo libro de la selva. El libro de la selva fue, pues, fruto de la colaboración familiar, como tantos proyectos imperiales.

En el siglo XIX la figura del animal salvaje gozaba de gran popularidad, ya fuera en libros de historia natural o en literatura de caza, dado que la exploración y la explotación de la naturaleza formaban parte esencial de la expansión colonial británica. Kipling, al escribir El libro de la selva, se apoya considerablemente en esta tradición. En este sentido, una de sus fuentes es la obra de R. A. Sterndale Natural History of the Mammalia of India and Ceylon (1884), y el encuentro de Mowgli con el tigre Shere Khan está en la línea de la literatura colonial de caza, que se recrea en la emoción de cazar grandes animales. Durante este período hubo también muchos relatos «fantásticos» en los que aparecían animales, como Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll (1865) y su secuela A través del espejo (1871). Estos relatos, como los de Mowgli, situaban el paso de la niñez a la edad adulta en un mundo de animales parlantes. Kipling, en Algo de mí mismo, se refiere a «el vago recuerdo de los leones de la Masonería de la revista de [su] infancia» como fuente de inspiración para El libro de la selva, junto con «una frase» de Nada, el lirio de Rider Haggard (1892), que contiene un episodio de dos hombres que se convierten en reyes de lobos fantasma.18 La fuente citada en primer lugar se ha identificado como King Lion de James Greenwood, publicado por entregas en Boy’s Own Magazine de enero a diciembre de 1864.19

En El libro de la selva, Kipling combinó las versiones populares de los animales exóticos del territorio colonial con el mundo de fantasía de los animales parlantes, y de este modo elevó el viejo género de los cuentos de animales a un nuevo estadio. Por encima de todo, Kipling fue aplaudido por sus vívidas descripciones de animales, que «ayudan [a los lectores] a entrar, mediante el poder de la imaginación, en la naturaleza misma de las criaturas»,20 Además, fue pionero en la presentación de los animales salvajes como personajes con nombres que los identificaban y con numerosas e interesantes historias que contar. Si bien ya existía la obra de Anna Sewell Belleza Negra (1877), donde se describe gráficamente la crueldad humana con los caballos desde el punto de vista de uno de ellos, hasta entonces ningún escritor se había mostrado comprensivo con los animales salvajes. El libro de la selva creó un mercado y despertó el gusto por esta clase de relatos, allanando así el terreno a escritores naturalistas como Ernest Thompson Seton y Charles G. D. Roberts, quienes desarrollaron el género de ficción animal realista, e impulsando a la vez la aparición de cuentos fantásticos sobre animales parlantes en libertad, entre los que se encuentran los libros de Perico el Conejo de Beatrix Potter (1902-12) y El viento en los sauces de Kenneth Grahame (1908). Tal como Kipling recuerda en Algo de mí mismo, El libro de la selva engendró «auténticos zoos [de imitadores]»; según Kipling, uno de esos imitadores es el escritor estadounidense Edgar Rice Burroughs, el autor de Tarzán de los monos (1912), quien «improvisaba sobre el tema de El libro de la selva cuando tocaba jazz, y supongo que se lo pasaba muy bien».21

A los animales de Kipling se los ha acusado de inexactos, o de «francamente humanizados».22 Tal como dice Seton: «Puesto que Kipling no tenía conocimientos de historia natural, y no hace ningún esfuerzo por exponerlo, y puesto que, además, sus animales hablan y viven como humanos, sus relatos no son relatos de animales en un sentido realista: son bellos y maravillosos cuentos de hadas».23 El verdadero ingenio de El libro de la selva, sin embargo, reside en la combinación de relatos realistas de animales, situados en el mundo contemporáneo, con la consagrada tradición de las fábulas de animales. En estas, sobre todo en la tradición literaria occidental, los animales se crean para representar tipos humanos, y sus historias son, tácitamente, reflexiones o sátiras de aspectos diversos de la sociedad humana. Este desdoblamiento de la figura animal nos permite leer El libro de la selva como una alegoría de, por ejemplo, el imperialismo, la política racial, la infancia o cualquier otro tema que nos interese encontrar en el texto. En cuanto se publicó El libro de la selva Kipling fue aclamado como el Esopo de su época.

Es más, en el siglo XIX las fábulas de animales —como ocurre en el folclore oriental y africano— se consideraban documentos antropológicos vitales que arrojaban luz sobre los orígenes de la especie humana. Se creía que originariamente habían sido transmitidos de boca en boca por salvajes primitivos, que todavía no se diferenciaban a sí mismos de los otros animales, y para cuyas mentes «el animal semihumano no es ninguna criatura ficticia» sino una realidad.24 Kipling escribió sus relatos sobre la selva con la idea de las fábulas de animales en mente, y «[le] parec[ía] algo nuevo en el sentido de que se trataba de una idea muy antigua y olvidada».25 En gran medida influían en él los cuentos jataka, fábulas y parábolas budistas que tratan de las encarnaciones previas de Buda tanto en forma humana como animal, así como los cuentos de «los cazadores indígenas de la India actual», la mayoría de los cuales, según Kipling, pensaban «de forma muy parecida a como lo hace un cerebro de animal». Así pues, había «“plagiado” libremente sus cuentos».26 Otra fuente de inspiración fue la obra de Joel Chandler Harris Uncle Remus (1881), basada en fábulas de animales de la tradición «negra» recogidas en el sur de Estados Unidos, donde figura el famoso embaucador Brer Rabbit. Uncle Remus fue un best seller cuando Kipling iba a la escuela, y según decía en una carta a Harris: «... los dichos de los nobles animalitos de Uncle Remus se propagaron como un voraz incendio por la escuela pública inglesa cuando [él] tenía alrededor de quince años».27

Los préstamos del antiguo género de las fábulas de animales dotaron de una cualidad mítica a los relatos de El libro de la selva de Kipling, quien los creó, según J. M. S. Tompkins, para explorar «el mundo de lo salvaje y lo extraño, lo antiguo y lo lejano».28 El libro de la selva nos traslada a nuestros orígenes primigenios, «extraordinariamente diversos, agrestes y remotos»,29 donde las fieras proporcionan un vínculo esencial con la naturaleza animal del ser humano y con etapas primitivas, mientras que Mowgli es la expresión del regreso del hombre a lo arcaico y a su exploración. Es más, al emplazar El libro de la selva principalmente en la India, Kipling sitúa sus historias en la tradición oriental de la fraternidad universal entre las criaturas vivientes. En la época de Kipling a nadie extrañaba que en las fábulas indias o budistas «a los animales se les permit[iera] actuar como animales», puesto que los orientales creían en la transmigración del alma a través de la reencarnación, que «borra las diferencias entre el hombre y el animal, y que en todo lo viviente ve a un hermano».30 «El milagro de Purun Bhagat» es un bonito ejemplo de ello: un santón traba amistad con criaturas salvajes que más tarde le advierten del peligro de un inminente desprendimiento de tierras, permitiéndole de ese modo que salve a los aldeanos. El hombre se dirige a sus amigos animales con las palabras «Bhai! Bhai!», es decir, «¡Hermano! ¡Hermano!», y esa llamada que conecta al hombre con las fieras resuena a lo largo de todos los relatos de Mowgli, a quien los animales reciben como a un hermano.

La India es el lugar de origen del Panchatantra, una de las colecciones de fábulas de animales no solo más antiguas conocidas hasta la fecha, sino además más difundidas y repetidas por todo el mundo, por lo que han ido cambiando a lo largo de su recorrido: La Fontaine, por ejemplo, reconoce su deuda con las antiguas fuentes indias a la hora de escribir sus fábulas.31 El estrecho vínculo entre El libro de la selva y las fábulas de animales de la India es evidente en «Rikki-Tikki-Tavi», un relato que recuerda el de «El brahmán y la mangosta» del Panchatantra, en el que una mangosta doméstica lucha con una serpiente y la mata para defender al bebé de su amo. Asimismo, «El ankus del rey», en el que Mowgli es testigo de cómo unos hombres se matan entre sí por una aguijada para elefantes cubierta de piedras preciosas, se hace eco de «El cuento del perdonador» de Chaucer, cuya fuente original se dice que fue el cuento jataka «Los ladrones y el tesoro». De hecho, Kipling, en una carta de 1905, rebatía la sugerencia de que «El ankus del rey» era una adaptación de «El cuento del perdonador», ya que conocía una versión india de la historia: «No recuerdo una época en que no conociera esa historia. Supongo que la aprendí como un cuento de hadas de mi niñera de Bombay». Para Kipling «Chaucer era un advenedizo» en la antigua tradición fabulística original de la India, en la que él se inspiró directamente.32

Los relatos de El libro de la selva, que están conectados con el resto del mundo gracias a la tradicional transmisión de fábulas de animales, están tejidos en torno a un fuerte sentido del cosmopolitismo, de la conciencia de que hay —por citar el título de la colección de relatos de Kipling publicada en 1917— «una diversidad de criaturas» que coexisten y comparten el mismo mundo. Kipling se esmera en mostrar hasta qué punto el reino animal, en apariencia atemporal y mítico, está, de hecho, íntimamente relacionado con el mundo contemporáneo y en proceso de una rápida globalización. En «Los enterradores», por ejemplo, el Marabú describe desde la orilla de un río de la India las sensaciones que experimentó al «tragarse un trozo de hielo, de siete libras de peso» del lago Wenham, recién transportado desde Massachusetts por un buque frigorífico americano, sin saber lo que era. En «Quiquern» se muestra asimismo una población inuit de la isla de Baffin como parte integrante de un mundo internacional más amplio: «... la olla que el cocinero de un barco se agenciara en el bazar de Bhendy [la zona más cosmopolita de Bombay] tal vez terminaba sus días colgada sobre una lámpara de grasa de ballena en algún frío paraje del Círculo Polar Ártico». Esta historia narra la aventura de Kotuko y una muchacha inuit, una «extranjera» de otra zona del Círculo Polar Ártico, que partió en busca de comida para su hambriento pueblo. Termina con la integración de la chica en la comunidad al casarse con él. El movimiento y el impulso del trineo tirado por perros, que hace avanzar la aventura de la pareja, se yuxtaponen implícitamente con los de los barcos de vapor, que finalmente traerán la historia escrita de Kotuko, que había pasado de mano en mano entre los comerciantes, y la llevarán hasta Colombo, donde la encuentra el narrador. Este sentido de la interconexión del mundo se solapa con la unidad o asociación del hombre y la naturaleza, que con extraordinaria concisión expresa el hecho de que Kotuko se llame igual que su perro, el cual avanza hacia la edad adulta en paralelo con su amo y, de hecho, constituye una parte esencial de su identidad.

III

Las historias de cachorros humanos que son criados por lobos y viven con ellos vienen de antiguo y tienen un origen mitológico, como la leyenda de Rómulo y Remo, los gemelos que fundaron la ciudad de Roma, que de bebés fueron abandonados y arrojados al río, y luego fueron rescatados por una loba, que los amamantó para devolverles la salud. En el mito los niños lobo, expulsados de la comunidad humana y criados por una loba, prosperan y fundan lo que acabará siendo el Imperio romano. En El libro de la selva Mowgli, un paria en la sociedad india de la que procede a quien una familia de lobos adopta, desempeña un papel similar en relación con el Imperio británico. La selva, de la que Mowgli acaba convirtiéndose en señor, representa el paradigma del imperio con su sentido del juego limpio y la legalidad. Kipling también presenta la selva como el lugar preciso en el que se crea un orden social más elevado a través de la interacción con la naturaleza y la integración en esta. Mowgli, el niño lobo, es la personificación de este nuevo orden social, en el que el pueblo indio no puede participar a causa de su actitud supersticiosa y hostil hacia la selva.

Los últimos años del siglo XIX vieron renacer el interés por las historias de niños lobo debido a su importancia crucial en la exploración del origen del hombre —así como de la frontera entre humanos y animales, entre cultura y naturaleza— en las investigaciones antropológicas estimuladas por El origen de las especies de Charles Darwin (1859). La India se convirtió en el centro de atención por considerarse «la cuna»33 de tales historias a raíz de la publicación en 1852 del opúsculo «An Account of Wolves Nurturing Children in Their Dens», de William Henry Sleeman (1788-1856), un oficial británico que trabajaba como administrador en la India, en el que se presentaban diversos casos de niños lobo indios.34 Estos niños, descubiertos y «rescatados» por aldeanos, caminan a cuatro patas, comen carne cruda y mueren poco después de ser capturados. El testimonio de Sleeman se citó repetidamente y apareció en publicaciones diversas a finales del siglo XIX, y lo corroboraron numerosos relatos de testigos oculares. Kipling, mientras trabajaba como periodista en la India, debió de tropezarse con infinidad de historias de niños lobo. No obstante, los antropólogos tuvieron dificultades para determinar hasta qué punto esas historias eran reales o inventadas, y advirtieron de la necesidad de cribar la información. Por ejemplo, cuando Friedrich Max Müller (1823-1900), filólogo y mitólogo comparatista, escribió un breve artículo sobre los niños lobo hizo hincapié en la probabilidad de que esos relatos se hubieran creado a partir de mitos y supersticiones indígenas, aunque aceptó de buen grado los testimonios presentados por honorables «caballeros y servidores ingleses». Müller llega incluso a comparar los niños lobo con criaturas mitológicas como los monstruos marinos: «Aunque se acabe con ellos y se les dé muerte, aparecen una y otra vez, cada una con más fuerza y con el apoyo de testigos más poderosos».35 Así, la figura del niño lobo brindaba un fértil campo de investigación, donde interactuaban los hechos y la imaginación, los mitos y la preocupación occidental por el lugar que ocupaba el hombre en la naturaleza, acentuada por el temor colonial a los nativos, considerados criaturas salvajes. Tal vez sea esta la razón por la que el padre de Kipling, en su Beast and Man in India, se abstuvo de explorar el tópico en detalle, aduciendo que el lobo quedaba «fuera del limitado ámbito de este tratado»,36 mientras que su hijo se aferró con ambas manos al fascinante material y a partir de él creó a Mowgli, uno de los personajes más extraordinarios de la literatura.

En El libro de la selva, Kipling se sumerge en los mitos que rodean a los niños lobo y los enfoca desde una nueva perspectiva. Por una parte, Mowgli es, como señala Daniel Karlin, «casi el polo opuesto al típico niño lobo de Sleeman», que era «mudo, feroz, sucio y espantoso» y era imposible reformar para que se adaptara a la condición humana.37 Mowgli es limpio e inteligente, y adopta con rapidez los usos y costumbres de los aldeanos, incluido el lenguaje. Además, sus aventuras, fabulosas e increíbles por sí solas, no tienen nada que ver con las supersticiones indígenas sobre los niños lobo y los animales de la selva. Mowgli desprecia las historias sobre la selva que cuenta Buldeo, el cazador del poblado, porque las considera «patrañas y sandeces»: «He estado aquí tendido, escuchando lo que decís, toda la velada […] y, salvando una o dos excepciones, Buldeo no ha dicho una sola palabra cierta acerca de la jungla, y eso que la tiene a la puerta de su casa. Siendo así, ¿cómo voy a creerme esas historias de fantasmas, dioses y duendecillos que dice haber visto?». A la inversa, Buldeo, que ha sido testigo de cómo Mowgli da órdenes a un lobo, lo tacha de «demonio de la jungla» e incita a los habitantes del poblado a ponerse en su contra. Si tenemos en cuenta que Buldeo es un experto cuentacuentos, capaz de relatar historias maravillosas que encandilan a los niños, percibiremos quizá cierta rivalidad entre este y Kipling en el arte de narrar: al inventar a Mowgli, cuyo dominio y conocimiento de la selva ponen en entredicho la autenticidad de los relatos indígenas, Kipling devuelve a Buldeo su papel de verdadero cuentacuentos indio, y transforma astutamente la selva en un espacio imperial.

Por otra parte, Mowgli también es distinto del típico niño lobo en cuanto a que el lobo no es ni mucho menos el único animal tótem cuyas características comparte. Mowgli es asimismo «la Rana», pues así lo llaman cariñosamente sus amigos animales, destacando con este apelativo la ligereza de sus movimientos saltarines. Mowgli la Rana es el nombre que le asigna Madre Loba cuando se da cuenta de su desnudez y vulnerabilidad por su condición de criatura humana, y pide a los animales de la selva que lo protejan. Irónicamente, ese mismo nombre simboliza también sus privilegios por ser una criatura humana, a saber: su pertenencia a dos mundos y su capacidad para moverse tanto en la selva como entre los humanos, al igual que la rana, por ser anfibio, se mueve en la tierra y en el agua. En efecto, Mowgli es por encima de todo un «cachorro de hombre», dotado de encanto para atraer y ganarse el afecto de una amplia variedad de animales poderosos; como Harry Rickett indica con humor, hay «una cola de aspirantes a padres adoptivos que se atropellan unos a otros por cuidarlo».38 En particular, Mowgli crea un estrecho vínculo con Baloo, Bagheera y Kaa, cada uno de los cuales ejerce de guía y maestro suyo. También el buey es un animal especial para Mowgli, ya que Bagheera compra su ingreso en la Manada de Lobos a cambio de la vida de un buey. Por ello se le ordena «jamás […] matar o comer reses, ya sean jóvenes o viejas», pues así lo dicta la Ley de la Jungla, y se precisará la vida de otro buey para liberarlo de la selva al final de su periplo. Por otra parte, algunos animales representan los peligros y a los enemigos que Mowgli, el joven héroe, debe vencer como parte de su proceso de maduración. En la dramática historia «Los perros jaros», por ejemplo, lucha junto a los lobos contra la invasión de una gran manada de mortíferos dholes (perros salvajes). Los dholes representan una amenaza para la sociedad de la selva, y luchar contra ellos ayuda a Mowgli a madurar para convertirse en un defensor de la justicia y de la ley.

Kipling añadió otra dimensión a la cualidad híbrida de Mowgli de niño lobo al destacar su relación con dos sociedades. Como ya hemos visto, las historias de Mowgli entrelazan dos temas opuestos de la infancia que reflejan la experiencia del propio Kipling: la alegría del niño en un entorno cariñoso y su trauma a causa del abandono. Sin embargo, a pesar de que el tono general es de felicidad y fraternidad con los animales, Mowgli, antes incluso de abandonar por fin la selva, es expulsado de ella en «Los hermanos de Mowgli», así como del poblado indio en «¡El tigre! ¡El tigre!». La pertenencia y el rechazo en estos dos mundos definen la doble identidad de Mowgli. Así queda brevemente reflejado en la canción que canta en la Roca del Consejo:

[…] La jungla me está vedada

y me han cerrado las puertas del poblado. ¿Por qué?

Igual que Mang vuela entre las fieras y los pájaros,

vuelo yo

entre el poblado y la jungla. ¿Por qué?

Serán sus madres adoptivas quienes encarnen la polaridad de los dos hogares de Mowgli: Madre Loba en la selva y Messua en el poblado indio. Y a través de la relación con sus dos madres se gana la pertenencia a sus respectivas comunidades. La leche con la que amamantan a Mowgli no solo simboliza el amor materno sino que también facilita, a modo de poción mágica, su circulación de un hogar a otro; tal como señala Jan Montefiore, la leche, ofrecida como alimento tanto por parte de la madre humana como de la madre loba, «cruza la línea divisoria entre el mundo de los humanos y la selva».39 Resulta irónico que ambas madres representen también la no pertenencia de Mowgli al lugar que ha convertido en su casa. Madre Loba, que ama a Mowgli más que a sus otros hijos, es consciente a su pesar de que está destinado a marcharse con los hombres y de que no le pertenece. Messua, por otra parte, lo llama Nathoo porque cree que puede tratarse del hijo que el tigre le arrebató tiempo atrás. De hecho, es poco probable que Mowgli, hijo de un leñador, sea el hijo de Messua, teniendo en cuenta que ella es la esposa del habitante más rico del poblado. Sin embargo, el narrador no llega a descartar explícitamente esa posibilidad.40 Su encuentro apunta constantemente y de un modo inquietante a las razones que inducen a creer que Mowgli podría ser su hijo, y esa incertidumbre textual convierte a Mowgli en el fantasma de Nathoo, e impide que llegue a establecerse del todo en el hogar de Messua. En «Correteos primaverales», Mowgli es finalmente liberado de ese rol, ya que encuentra a Messua con su nuevo bebé varón, que, tal como corresponde, llena el vacío que había dejado el Nathoo original.

Es importante destacar que el momento en que Mowgli mata a Shere Khan coincide con el momento en que toma conciencia de su doble identidad. Shere Khan, el malvado por excelencia de El libro de la selva, representa la transgresión de la ley, ya que quebranta una y otra vez el mayor tabú de la selva, a saber: dar muerte y devorar a un hombre. Mowgli, en un inicio, entra en la selva como presa suya. La pareja formada por Mowgli y Shere Khan es la mayor innovación de Kipling en relación con el mito del niño lobo. En cuanto a estructura, es asombroso hasta qué punto se asemejan: igual que Mowgli, Shere Khan, el devorador de hombres, representa un nexo entre el poblado y la selva, entre la civilización y la naturaleza, entre los humanos y los animales. A través de la lucha entre ambos, Kipling explora esa intersección y plasma las tensiones entre los dos mundos. Shere Khan, el archienemigo de Mowgli, es también su propia sombra: igual que el tigre, Mowgli es fundamentalmente un intruso, temido y rechazado por los dos mundos con los que crea vínculos.

En cierto sentido, Kipling convierte el mito del niño lobo en una Bildungsroman que, según Elliot L. Gilbert, «trata del crecimiento interior de un joven —con sus esfuerzos por acoplarse al mundo en el que se encuentra y por descubrir su verdadera naturaleza».41 Desde este punto de vista, el niño lobo es como un adolescente: al sentirse siempre como un intruso, se ve impulsado a embarcarse en un viaje para descubrir su verdadera identidad y su lugar en el mundo. Para Mowgli, el final de su viaje adopta la forma de una constatación y aceptación de su cualidad de hombre. La edénica selva de Mowgli, el mundo fabuloso de mitos y animales, deviene entonces un punto de referencia con el que medimos sus constantes progresos. Su educación termina cuando por fin se convierte en hombre, en un triple sentido: adulto, varón y humano. Cuando abandona la selva se lleva consigo a sus hermanos lobos como para demostrar que el hecho de mandar sobre los lobos/perros es una parte esencial de su condición humana.

IV

En la selva de Mowgli impera la Ley de la Jungla, que, según el narrador, es «la más antigua de las leyes del mundo». Se compone de una serie de normas e instrucciones prácticas que cubren todos los aspectos de la vida animal. A pesar del énfasis en la tradición y la costumbre, las normas de la ley son, al parecer, lo bastante flexibles para adaptarse a una situación nueva. Por ejemplo, se nos dice que la «verdadera razón» por la que la Ley de la Jungla prohíbe a la bestias comerse al hombre es que «antes o después aparecerán hombres blancos montados en elefantes, armados con fusiles y acompañados por centenares de hombres morenos provistos de gongs, cohetes y antorchas», imagen que remite claramente al gobierno británico de la India en la época. La ley combina tradición y modernidad para generar nuevos códigos que encajen con la realidad: la del Imperio británico. Además, Bagheera reinterpreta las normas de la ley para que Mowgli sea aceptado como miembro de la Manada de Lobos, escena que puede interpretarse como una interesante alegoría de cómo los británicos negociaron su entrada en la India para acabar gobernando su vasto territorio.

El aspecto de la ley que más llama la atención es el extraordinario énfasis que pone en el orden y en la virtud de la sumisión: «... la cabeza y la pata y las ancas y el lomo de la ley son: ¡Obedecedla!». Kipling atribuye los mismos principios al ejército de la India en «Los sirvientes de Su Majestad», el último relato de El libro de la selva:

[Los animales] obedecen como obedecen los hombres. El mulo, el caballo, el elefante o el buey obedecen al hombre que los conduce, y este obedece a su sargento, y el sargento a su teniente, y el teniente a su capitán, y el capitán a su mayor, y el mayor a su coronel, y el coronel a su brigadier, que manda tres regimientos, y el brigadier a su general, que obedece al virrey, que es el sirviente de la emperatriz.

La historia está inspirada en el Rawalpindi Durbar, el encuentro entre el virrey lord Dufferin y el emir de Afganistán que tuvo lugar en 1885, sobre el que Kipling informó como enviado especial. Afganistán era un protectorado británico, y el emir era la pieza clave del Gran Juego: la rivalidad entre la India británica y Rusia para disputarse el dominio de Asia Central. La cita anterior muestra el deseo de Kipling de considerarlo parte de la gran cadena imperial de mando, en la que los animales, y el apego y la lealtad hacia sus amos, quieren representar la solidaridad del Imperio británico. Bajo una misma orden de «¡Obedecedla!», Kipling aúna, e incluso equipara, dos representaciones de la vida animal en la India: una que consiste en que los animales salvajes sigan la ley de la naturaleza y otra que simboliza la jerarquía militar a la que los animales domesticados se someten voluntariamente. Así pues, presenta el Raj como el encuentro de distintos espacios, separados aunque comparten la misma ley, mientras que la asombrosa afinidad de la selva de Mowgli con la India británica nos permite contemplar la primera como una simbolización del Imperio británico que encarna los ideales imperiales de Kipling.

Resulta interesante el hecho de que «Los sirvientes de Su Majestad» aborde el encuentro entre los británicos y los dirigentes nativos, teniendo en cuenta que, como se ha mencionado con anterioridad, los Estados Nativos de Rajputana inspiraron originariamente la selva de Mowgli. Por ejemplo, para los Cubiles Fríos, el principal escenario de «La cacería de Kaa» y de «El ankus del rey», sirven de modelo las viejas ciudades desiertas de Amber y Chitor, que Kipling visitó durante su viaje a Rajputana en 1887. Las ciudades indias desiertas y en ruinas ejercían un atractivo especial en el imaginario británico y eran destinos turísticos muy populares; tal como afirma Stephen Montagu Burrows en su artículo de 1887: «Las dos grandes ciudades desiertas de la India, Ambair [Amber] en Rajputana y Fathpur Sikri cerca de Agra, atraen cada año más aglomeraciones de visitantes».42 Y Kipling era uno de ellos. Los Estados Nativos representaban, pues, un espacio de exotismo y fantasía integrado en el Imperio británico. Además, eran poderosos aliados que los británicos tenían que «domar» para poder conservarlos. El personaje de Bagheera, nacida y criada en «las jaulas del rey en Oodeypore», representa a la vez el poder, la nobleza y el exotismo de los Estados Nativos así como su brutal modo de tratar a los animales salvajes, y está inspirado en una pantera negra real que Kipling vio entre la colección de animales salvajes del rey en Udaipur (Oodeypore). También en este estado fue testigo, para su horror, de cómo atraían a panteras para matarlas por puro placer y como una exhibición del poder que tenía el estado en la reserva de caza del rey.43 Dichos Estados Nativos, aunque estaban sujetos al gobierno británico mediante tratados independientes, tenían permiso para ejercer poder absoluto sobre la vida animal en sus dominios. En las historias de Mowgli, Kipling libera a la pantera de la jaula y, del mismo modo, el poder de los Estados Nativos, y estudia la posibilidad de establecer una relación más «natural» con los animales salvajes, de la que el Imperio británico pueda sentirse orgulloso. De esta manera, el Raj británico puede reclamar sus derechos de protección sobre los animales y sobre el inmenso territorio de la India en el que habitan, donde los príncipes nativos son vistos como animales salvajes y poderosos aliados a los que sojuzgar.

El libro de la selva principalmente se presenta como el área de juego de un chico, donde habitan jóvenes héroes como Mowgli, Toomai, Rikki-Tikki-Tavi, Kotick y Kotuko. En cuanto a las afinidades entre El libro de la selva y las ideologías imperialistas, se aprecian también en el hecho de que las historias de Mowgli prepararon maravillosamente el terreno para los Lobatos, la sección más joven del movimiento scout, creada en 1916. Los boy scouts nacieron en el seno del Imperio británico en 1907, cuando el teniente general Robert Baden-Powell —el héroe del sitio de Mafeking, que tuvo lugar durante la guerra de los Bóer— fundó el movimiento con el fin de entrenar a los chicos para futuras operaciones militares mediante juegos y actividades al aire libre. En su obra The Wolf Cub’s Handbook (1916), Baden-Powell, con permiso de Kipling, utiliza exhaustivamente material de El libro de la selva.44 Los jóvenes scouts, igual que Mowgli, deben convertirse en «lobos» con un cuerpo fuerte y sano, a quienes la Ley de la Jungla enseñe las reglas prácticas y las habilidades necesarias para la supervivencia diaria, así como disciplina y orden. Tales scouts compartían el espíritu de «los colonizadores de las zonas más agrestes de nuestro imperio», y se esperaba que acabaran convirtiéndose en uno de ellos, entre los que se contaban «los habitantes de los bosques, los cazadores, los rastreadores, los cartógrafos, nuestros soldados y marinos, los navegantes del Ártico, los misioneros»: «… todos esos hombres de nuestra raza que viven lejos de la civilización, haciendo frente a dificultades y peligros porque ese es su deber, soportando penurias, cuidando de sí mismos, ensalzando el nombre de británicos con su valentía, su amabilidad y su justicia en todo el mundo; estos son los scouts de la nación hoy día: los Lobos».45 Cuando Baden-Powell escribió estas líneas el Imperio británico estaba sufriendo los devastadores efectos de la Primera Guerra Mundial, pero El libro de la selva siempre podía ofrecer inspiración y esperanza a la fortaleza y la vitalidad renovadas de los hombres del imperio.

La selva de Mowgli se presenta como un espacio de amistad y hospitalidad en el que las diferentes naciones y razas coexisten en armonía bajo la autoridad suprema del hombre blanco. Los animales amigos de Mowgli, por tanto, representan sujetos coloniales que respetan la ley y que no pueden ni quieren desobedecer al hombre blanco, encarnado en la figura masculina de Mowgli (especies aparte). En palabras de John McClure: «Estar por encima pero integrado, ser obedecido como un dios pero amado como un hermano, ese es el sueño de Kipling en relación con el gobernante imperial, un sueño que Mowgli consigue alcanzar».46 El hecho de utilizar animales, que pueden ser domados y que no replican en la lengua de los humanos, facilita la construcción y la perpetuación de esa fantasía colonial.

Las historias de Mowgli han sido muy criticadas por su caracterización racista de los nativos. No solo ofrecen una imagen negativa de los habitantes del poblado, sino que además se genera una incómoda confusión entre ellos y los demonizados adversarios animales de Mowgli. Veamos por ejemplo a los Bandar-log, el Pueblo de los Monos que Mowgli compara con los habitantes del poblado indio: «¡Palabras y nada más! ¡Mucho ruido y pocas nueces! Los hombres son hermanos de sangre de los Bandar-log». Estos monos son los marginados de la sociedad de la selva, y «se presentan como holgazanes e insensatos porque carecen por completo de organización y de código social de conducta» al igual que los yahoo de Los viajes de Gulliver (1726), como señala Mark Paffard.47 Los Bandar-log han sido interpretados como una alegoría política, para citar a Green, de «los americanos o los liberales, o una de esas “razas inferiores que carecen de ley” ya que […] Kipling se moría de ganas de insultarlos en el momento en que escribía».48 En el contexto colonial simbolizan la parte subversiva e indomable de la subjetividad colonial: «una psique colonial, una forma de identidad enloquecedora o tal vez ya enloquecida, que amenaza la estabilidad del gobierno colonial».49 Para Nirad C. Chaudhuri, un famoso escritor bengalí, los Bandar-log no son sino la caricatura de los intelectuales bengalíes o babus que, a ojos de Kipling, se anglicanizaban hasta extremos alarmantes con tal de conseguir la independencia. Chaudhuri señala la representación de los monos como «malvados, sucios, desvergonzados», cuyo único deseo es «llamar la atención del Pueblo de la Jungla», que en este caso se refiere, por supuesto, a los británicos, y argumenta que la falta de líderes, principios y perseverancia de los Bandar-log revela que Kipling conocía y ridiculizaba «el papel que desempeñaban los bengalíes» en sus esfuerzos por conseguir la independencia.50

Los Bandar-log son numerosos, por lo que representan también el miedo a que los nativos se conviertan en una masa ingobernable, y Kaa, que puede obligarlos a meterse en su boca con su fascinante Danza del Hambre, es creada para ejercer de guardián contra tal amenaza. El poblado indio representa otra comunidad como la de los Bandar-log, una distopía en marcado contraste con la naturaleza edénica y utópica de la selva. Los habitantes del poblado se caracterizan por ser mucho más «salvajes» que los Bandar-log, precisamente porque son «humanos» y a diferencia de los animales de la selva son capaces de tenderse trampas, torturarse y matarse entre ellos a causa de sus supersticiones y sobre todo por dinero. La avaricia humana es el tema central de «El ankus del rey», y en «La selva invasora», los habitantes del poblado atraen a Messua y a su marido con la intención de matarlos para apoderarse de su ganado y de sus tierras. Cuando Mowgli moviliza a los animales de la selva y acaba con el poblado, Kipling combina sus pulsiones misantrópicas contra la parte bárbara y corrupta de la naturaleza humana, que representan los nativos, con la fantasía colonial de perderlos de vista. En cualquier caso, la representación racista de los nativos sirve para justificar la presencia del hombre blanco, la encarnación de la legalidad, la justicia e incluso la propia humanidad.

La rebelión de los Cipayos de 1857, la mayor crisis de la historia del Raj, en la que los nativos se alzaron contra los británicos, marcó un importante punto de inflexión en la dominación colonial de la India: cuando se hubo sofocado, contribuyó a la consolidación del Raj, ya que el gobierno británico se atribuyó de inmediato la administración de la Compañía Británica de la Indias Orientales y la India pasó a recibir órdenes directas de la Corona. Don Randall califica acertadamente los relatos de El libro de la selva de «alegorías del imperio tras la sublevación».51 En este contexto, la cacería de Shere Khan puede interpretarse como la nueva versión y puesta en escena de la sofocación del motín como mito del imperio, sobre todo porque en el siglo XIX los tigres simbolizaban la parte más feroz e indomable de la India.52 La lucha de Mowgli con Shere Khan se eleva a la categoría de la eterna batalla entre el hombre y la bestia que, según Hathi en «De cómo llegó el miedo», tiene su origen en la muerte del hombre bajo las garras del Primer Tigre, en tanto que la rebelión de los Cipayos siempre fue descrita como una «represalia» británica ante las atrocidades cometidas por los nativos. La historia de Hathi borra silenciosamente cualquier posible planteamiento sobre una actuación inapropiada por parte de los británicos/hombres para provocar el ataque de los nativos/tigres.

Si bien muchas de las historias de El libro de la selva parecen celebrar abiertamente el funcionamiento del imperio, «Los enterradores», de El segundo libro de la selva, insinúa de un modo interesante que entre los nativos circulaban numerosos relatos no oficiales, e incluso entre los animales, y que tuvieron que ser eliminados a toda costa. La historia adopta la forma de una conversación entre tres carroñeros que viven en la periferia de la India británica: el Mugger, un cocodrilo devorador de hombres, el Chacal y el Marabú. Su versión de la rebelión de los Cipayos se refleja en los recuerdos del Mugger, que en aquel momento recorrió la zona afectada y celebró un festín con los cadáveres. El hecho de que lamente haber perdido la oportunidad de devorar a una criatura blanca durante la rebelión representa la latente insubordinación frente a la dominación británica y la posibilidad de otro levantamiento. El relato acaba con la muerte del Mugger abatido por los disparos del niño blanco, que ha crecido y se dedica a construir puentes, poniendo así fin a la persistente amenaza de los nativos, en teoría sin daños. Sin embargo, los otros dos carroñeros siguen con vida, y con ellos el inframundo indígena que transmite la versión de la historia que cuenta el Mugger. Este relato debe leerse conjuntamente con otra de las historias de Kipling, «Los constructores del puente», incluido en The Day’s Work de 1898,* en la que el Mugger es Madre Gunga, la personificación del río Ganges, que lamenta que lo hayan sometido a la rigidez de los puentes británicos. El Mugger representa el poder de la naturaleza india, que, como el motín, los británicos tuvieron que dominar para consolidar su imperio.

A menudo se compara a Mowgli con Kim, el héroe de la novela homónima que Kipling escribió en 1901. Kim es un huérfano irlandés criado por los nativos de la India como si fuera uno de ellos. Igual que Mowgli, lleva una doble vida: por una parte es un chela (discípulo) de su querido lama —al que acompaña en la búsqueda que ha de liberarlo de la Rueda de la Vida— y por otra parte es un muchacho «inglés» que disfruta de su papel de espía en el Gran Juego. Tanto Kim como Mowgli gozan de la privilegiada posición de niño favorito entre los nativos. La condición de niño blanco de Kim y la de humano de Mowgli los dotan respectivamente de una superioridad natural; ambos, a causa de su doble lealtad, experimentan una crisis de identidad que forma parte de su proceso de maduración. La gran discrepancia entre ellos, sin embargo, radica en que Kim, a diferencia de Mowgli, no llega a sentir una hostilidad manifiesta por parte de los dos mundos a los que pertenece. Edward Said ha destacado «la ausencia de conflicto» en Kim, que él interpreta como un reflejo del absoluto convencimiento de Kipling de la rectitud del gobierno británico: «... no porque Kipling no pueda hacerle frente sino porque para él en la India británica no había conflicto alguno».53 Por el contrario, El libro de la selva se construye en torno a conflictos, que se trasladan a la naturaleza al ambientarlos en la selva, donde los animales luchan entre sí por la supervivencia y donde cualquier desacuerdo se zanja con violencia. Es posible que el fabuloso recurso de los animales parlantes permita que la narración exprese los conflictos y contradicciones del Raj británico sin llegar a admitir claramente su existencia. Por ejemplo, el hecho de que Mowgli sea expulsado tanto del poblado como de la selva puede interpretarse como la preocupación ante la posibilidad de que la mayoría de la población rechace la dominación británica. A pesar de que en la selva Mowgli dispone de bastantes patronos poderosos, cuando se marcha tan solo se despiden de él unos cuantos animales, y Messua es la única persona del poblado en quien confía.

V

Mowgli hizo su primera aparición con anterioridad a El libro de la selva en un relato llamado «En el rukh» que se publicó por primera vez en Muchas fantasías (1893). La historia cuenta cómo Mowgli, de adulto, se topa con funcionarios del servicio forestal de la India, a quienes impresiona con sus amplios conocimientos sobre los animales salvajes. En consecuencia, le ofrecen un empleo como funcionario del servicio forestal que le permite casarse y formar una familia. En las lecturas poscoloniales de El libro de la selva, «En el rukh» deviene un texto clave porque muestra claramente qué lugar corresponde a Mowgli en el orden imperial. El relato proporciona contextos históricos e ideológicos qu ...