Loading...

EL LIBRO DE LOS BALTIMORE

Joël Dicker  

0


Fragmento

 

Mañana ingresa en la cárcel mi primo Woody. Va a pasar allí los próximos cinco años de su vida.

Por la carretera que lleva del aeropuerto de Baltimore a Oak Park, el barrio de su infancia, adonde voy para acompañarlo en su último día de libertad, me lo imagino ya presentándose ante las verjas del impresionante penal de Cheshire, en Connecticut.

Pasamos el día con él en casa de mi tío Saul, donde fuimos tan felices. Están Hillel y Alexandra, y juntos volvemos a formar, durante unas pocas horas, aquel cuarteto maravilloso que fuimos. Ahora mismo no tengo ni idea de la incidencia que tendrá este día en nuestras vidas.

Dos días después, recibo una llamada de mi tío Saul.

—¿Marcus? Soy Tío Saul.

—Hola, Tío Saul, ¿cómo es…?

No me deja hablar.

—Atiende, Marcus: necesito que vengas ahora mismo a Baltimore. Sin hacer preguntas. Ha pasado algo grave.

Cuelga. Primero pienso que se ha cortado la comunicación y vuelvo a llamar acto seguido: no lo coge. Insisto y acaba por descolgar y me dice de un tirón:

—Ven a Baltimore.

Y vuelve a colgar.

Si encontráis este libro, por favor, leedlo.

Querría que alguien supiera la historia de los Goldman-de-Baltimore.

Primera parte

EL LIBRO DE LA JUVENTUD PERDIDA

(1989-1997)

1.

Soy el escritor.

Así es como me llama todo el mundo. Mis amigos, mis padres, mi familia e incluso aquellos a quienes no conozco pero que sí me reconocen a mí en un lugar público y me dicen: «¿No será usted el escritor…?». Soy el escritor, es mi identidad.

La gente piensa que, en nuestra calidad de escritores, llevamos una vida más bien sosegada. Hace poco, uno de mis amigos, que se estaba quejando de lo largos que eran los trayectos cotidianos entre su casa y la oficina, acabó por decirme, una vez más:

—En el fondo, tú te levantas por las mañanas, te sientas detrás de la mesa y escribes. Y ya está.

No le contesté nada, demasiado deprimido desde luego al darme cuenta de hasta qué punto consistía mi trabajo, en la imaginería colectiva, en no hacer nada. La gente piensa que uno no pega palo al agua, pero resulta que es precisamente cuando no haces nada cuando más trabajas.

Escribir un libro es como montar un campamento de vacaciones. La vida de uno, que suele ser solitaria y tranquila, te la dejan manga por hombro un montón de personajes que llegan un día sin avisar y te ponen patas arriba la existencia. Llegan una mañana, subidos a un autocar del que se bajan metiendo bulla, entusiasmados con el papel que les ha correspondido. Y tienes que apañarte con lo que hay, tienes que ocuparte de ellos, tienes que darles de comer, tienes que alojarlos. Eres responsable de todo. Porque eres el escritor.

Esta historia empezó en el mes de febrero de 2012, cuando me marché de Nueva York para irme a escribir mi nueva novela en la casa que acababa de comprar en Boca Ratón, en Florida. La había adquirido tres meses antes con el dinero de la cesión de los derechos cinematográficos de mi último libro y, sin contar unos cuantos viajes rápidos de ida y vuelta para amueblarla en diciembre y enero, era la primera vez que iba a pasar una temporada en ella. Era una casa espaciosa, llena de ventanales, que tenía delante un lago muy del agrado de los paseantes. Estaba en un barrio muy tranquilo y con mucha vegetación en el que vivían sobre todo jubilados acomodados entre los que yo desentonaba. Tenía la mitad de años que ellos, pero si había escogido ese lugar era precisamente por su absoluta quietud. Era el sitio que necesitaba para escribir.

A diferencia de mis anteriores estancias, que habían sido muy breves, en esta ocasión tenía mucho tiempo por delante y me fui a Florida en coche. Las mil doscientas millas del viaje no me asustaban en absoluto: en los años anteriores había hecho incontables veces ese trayecto desde Nueva York para ir a ver a mi tío, Saul Goldman, que se había afincado en los arrabales de Miami después del Drama que le había sucedido a su familia. Me sabía el camino de memoria.

Salí de Nueva York, con una fina capa de nieve y el termómetro marcando diez grados bajo cero, y llegué a Boca Ratón dos días después en plena tibieza del invierno tropical. Al volver a encontrarme con ese escenario familiar de sol y palmeras, no podía por menos de acordarme de Tío Saul. Lo echaba muchísimo de menos. Caí en la cuenta de cuánto lo añoraba en el momento de salir de la autopista para ir a Boca Ratón: habría querido seguir para llegar hasta Miami y volver a verlo. Tanto fue así que llegué a preguntarme si mis anteriores estancias en la zona habían sido realmente por el asunto de los muebles o más bien una manera de restablecer las relaciones con Florida. Sin mi tío, nada era lo mismo.

Mi vecino más próximo en Boca Ratón era un septuagenario simpático, Leonard Horowitz, una antigua eminencia de Harvard en Derecho Constitucional, que pasaba los inviernos en Florida y se dedicaba, desde el fallecimiento de su mujer, a escribir un libro que no conseguía empezar. La primera vez que coincidí con él fue el día en que compré la casa. Llamó a mi puerta con un lote de cervezas para darme la bienvenida y enseguida congeniamos. Desde aquel día tomó la costumbre de entrar a saludarme cada vez que pasaba yo por allí. No tardamos en entablar amistad.

Le gustaba mi compañía y creo que se alegraba cuando me veía llegar para quedarme cierto tiempo. Cuando le dije que había ido a escribir mi siguiente novela, me habló en el acto de la suya. Ponía mucho empeño en ello, pero le costaba avanzar con la historia. Llevaba siempre consigo un cuaderno grande de espiral en el que había puesto con rotulador Cuaderno n.º 1, dando a entender que iba a haber más. Lo veía siempre con las narices metidas en él: desde por la mañana en la terraza de su casa o sentado a la mesa de la cocina; lo vi varias veces en una mesa de un café céntrico, concentrado en su texto. Él, en cambio, me veía pasearme, nadar en el lago, ir a la playa, salir a correr. Por la noche llamaba a mi puerta con unas cervezas frías. Nos las tomábamos en mi terraza, jugando al ajedrez y oyendo música. A nuestra espalda, el paisaje sublime del lago y de las palmeras, sonrosadas por el sol poniente. Entre dos movimientos, me preguntaba siempre, sin apartar la vista del tablero:

—¿Qué tal va su libro, Marcus?

—Va avanzando, Leo. Va avanzando.

Llevaba allí dos semanas cuando una noche, en el instante en que me iba a comer la torre, se paró en seco y me dijo con tono repentinamente irritado:

—¿No había venido para escribir su nueva novela?

—Sí. ¿Por qué?

—Porque no da usted palo al agua y me pone de los nervios.

—¿Y qué le hace pensar que no hago nada?

—¡Si es que lo veo! Se pasa el día pensando en las musarañas, haciendo deporte, mirando pasar las nubes. Tengo setenta y ocho años: debería ser yo quien anduviera vegetando como hace usted, mientras que usted, que apenas si pasa de los treinta, debería estar matándose a trabajar.

—¿Qué es lo que lo pone de verdad de los nervios, Leo? ¿Mi libro o el suyo?

Había dado en el clavo. Se apaciguó:

—Solo quería saber cómo se organiza. Mi novela no avanza. Tengo curiosidad por saber cómo trabaja usted.

—Me siento en esta terraza y pienso. Y, créame, no es poco trabajo. Usted escribe para tener la cabeza en algo. Es diferente.

Adelantó el caballo y me amenazó el rey.

—¿No podría darme una buena idea para ambientar una novela?

—Es imposible.

—¿Por qué?

—Porque tiene que salir de usted.

—En cualquier caso, evite mencionar Boca Ratón en su libro, se lo ruego. Lo que me faltaba: tener aquí a todos sus lectores de plantón para ver dónde vive.

Con una sonrisa, añadí:

—La idea no hay que buscarla, Leo. La idea acude a uno. La idea es un acontecimiento que puede ocurrir en cualquier segundo.

¿Cómo iba a imaginarme que eso era exactamente lo que iba a suceder en el mismo instante en que estaba diciendo esas palabras? Vi, a la orilla del lago, la silueta de un perro que andaba vagabundeando. Cuerpo musculoso pero delgado, orejas puntiagudas y el hocico metido en la hierba. No había ningún paseante por las inmediaciones.

—Parece que ese perro está solo —dije.

Horowitz alzó la cabeza y miró al animal vagabundo.

—Por aquí no hay perros que anden errantes —declaró.

—No he dicho que anduviera errante. He dicho que iba de paseo solo.

Me gustan muchísimo los perros. Me levanté de la silla, hice altavoz con las manos y silbé para que viniera. El perro enderezó las orejas. Volví a silbar y vino.

—Está usted loco —refunfuñó Leo—. ¿Cómo sabe que ese perro no tiene la rabia? Le toca mover.

—No lo sé —repuse, adelantando distraídamente la torre.

Horowitz me comió la reina para castigar mi insolencia.

El perro llegó a la altura de la terraza. Me acuclillé a su lado. Era un macho bastante grande, con el pelo oscuro, un antifaz negro en los ojos y bigotes largos, de foca. Me arrimó la cabeza y lo acaricié. Parecía muy manso. Noté de inmediato que nacía un vínculo entre ambos, como un flechazo, y los que entienden de perros saben a qué me refiero. No llevaba collar, nada que pudiera identificarlo.

—¿Había visto antes a este perro? —le pregunté a Leo.

—Nunca.

El perro, tras pasarle revista a la terraza, se marchó otra vez, sin que consiguiera retenerlo, y desapareció entre unas palmeras y unos matorrales.

—Parece que sabe dónde va —me dijo Horowitz—. Seguramente es el perro de algún vecino.

Hacía mucho bochorno esa noche. Cuando se fue Leo, se intuía, pese a la oscuridad, un cielo amenazador. No tardó en estallar una fuerte tormenta que proyectó relámpagos impresionantes en la otra orilla del lago antes de que las nubes se rasgasen y soltaran una lluvia torrencial. Alrededor de la medianoche, cuando estaba leyendo en el salón, oí unos ladridos que venían de la terraza. Fui a ver lo que sucedía y por la puerta acristalada vi al perro, con el pelo chorreando y aspecto muy infeliz. Le abrí y se coló en el acto en casa. Me miró con una expresión de lo más suplicante.

—Está bien, puedes quedarte —le dije.

Le di de beber y de comer en dos escudillas que improvisé con unas cazuelas, me senté a su lado para secarlo con una toalla y miramos chorrear la lluvia por los cristales.

Pasó la noche en casa. Cuando me desperté por la mañana me lo encontré tranquilamente dormido en las baldosas de la cocina. Le fabriqué una correa con un cordel, lo que no pasaba de ser una precaución, porque me seguía, muy formal, y nos fuimos a buscar a su amo.

Leo estaba tomándose el café en el porche de su casa, con el Cuaderno n.º 1 abierto ante sí por una página desesperadamente en blanco.

—¿Qué está haciendo con ese perro, Marcus? —me preguntó cuando me vio subiendo al perro al maletero del coche.

—Estaba en mi terraza esta noche. Con la tormenta que había, lo metí en casa. Creo que se ha perdido.

—¿Y dónde va?

—A poner un anuncio en el supermercado.

—En realidad, no trabaja nunca.

—Ahora mismo estoy trabajando.

—Bueno, pues no se pase, muchacho.

—Se lo prometo.

Tras poner un anuncio en los dos supermercados más cercanos, fui a dar una vuelta con el perro por la calle principal de Boca Ratón con la esperanza de que alguien lo reconociera. Todo inútil. Acabé por ir a la comisaría, donde me encaminaron a una consulta veterinaria. Los perros llevan a veces u

Recibe antes que nadie historias como ésta