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EL úLTIMO FOUCAULT

Tomás Abraham  

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Fragmento

Abraham, Tomás

El último Foucault. - 1a ed. - Buenos Aires :
Sudamericana, 2011.

EBook. - (Ensayo)

ISBN 978-950-07-3465-3

1. Ensayo Argentino. I. Título

CDD A864

Edición en formato digital: abril de 2011

© 2011, Editorial Sudamericana S.A.®

Humberto I 555, Buenos Aires.

Diseño de cubierta: Random House Mondadori, S.A.

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopiao cualquier otro, sin permiso previo por escrito de la editorial.

ISBN 978-950-07-3465-3

Conversión a formato digital: eBook Factory

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El último Foucault Portadilla Portada Legales Prólogo El último Sócrates de Foucault Características de la parresía La trayectoria de Foucault: Apología, Critón y Fedón Sócrates filósofo Una ofrenda para Asclepios Sócrates parresiastés.La amistad sin secuaces El riesgo de pensar Un nuevo objeto, un nuevo sujeto[20] La problematización de la parresía La parresía política La parresía filosófica Los cínicos Prácticas de parresía El silencio El sí mismo y la escritura El entrenamiento Las pruebas La meditación ¿Foucault parresiasta? La filosofía como modo de vida El arte de vivir Oposición-curiosidad-innovación Vivir la muerte Paul Veyne. El amigo de Foucault Lo cotidiano y lo interesante El arqueólogo escéptico Pan y circo El estoicismo Aron Foucault Char Post scriptum La ascética del príncipe 1. Las versiones del señor 2. La versión de Maquiavelo 3. Maquiavelo: la versión de Foucault 4. La voluntad como obra de arte político: Il Principe a. Los otros b. De la contingencia del mercado a la necesidad soberana c. El amor, el temor, el odio d. La ley, las armas y la bestia e.Virtù, Fortuna y el saber de la anticipación 5. El caldo y la lente Átomos sueltos. El "cuidado de sí" entre los anarquistas a comienzos del siglo XX Coraje y verdad La palabra parrhèsía El significado de la palabra Franqueza Verdad Peligro Crítica Deber La evolución de la palabra Retórica Política Filosofía La parresía en Eurípides Las fenicias (c. 411-409 a.C.) Hipólito (428 a.C.) Las bacantes (c. 407-406 a.C.) Electra (415 a.C.) Ion (c. 418-417 a.C.) Prólogo de Hermes El silencio de Apolo El papel de Ion El papel parresiástico de Creusa Orestes (408 a.C.)[160] Problematizar la parresía La parresía en la crisis de las instituciones Democráticas La parresía en el cuidado de sí La parresía socrática La práctica de la parresía En las relaciones humanas Vida comunitaria Vida pública Relaciones personales En técnicas de examen Consideraciones preliminares Autoexamen solitario Diagnóstico de sí Pruebas de sí Consideraciones conclusivas Bibliografía

PRÓLOGO

por Tomás Abraham

Hay que saber distinguir a un lector sudamericano de otro francés. Es necesario tomar en cuenta ciertas coordenadas geográficas. Vivir en la Argentina entre 1975 y 1984 determinaba un espacio de lectura. Este espacio era el resultado de una fractura en el tiempo. De una postergación y de una ausencia de información impuestas por la distancia y la censura.

La voluntad de saber y Vigilar y castigar, publicados en Francia entre 1975 y 1976, constituyeron un milagro filosófico. Las ideas que Foucault presentaba en los dos libros eran tantas y de tal calidad que se convirtieron durante años en la proteína de nuestro organismo teórico. En especial el primero, que nos hacía viajar por el cristianismo, Bataille, el psicoanálisis, el nazismo, las formaciones clínicas del siglo XIX, y una serie de sugerencias maravillosas que hacían de su próxima revelación una ansiosa espera.

Foucault cumplía su promesa hecha en la Universidad de Vincennes en la primera clase de su curso “Historia de la penalidad” e “Historia de la sexualidad”, dos caminos que para los estudiantes —entre los que me contaba— no dejaban de ser un completo enigma. Los avatares del posmayo 68 no permitieron el normal desarrollo de las conferencias, y su nombramiento en el Collège de France lo alejó de las aulas universitarias.

“El orden del discurso”, la conferencia inaugural en el Collège, fue nitroglicerina envasada. El anuncio del plan de trabajo para los futuros años era un mar de promesas. No se detallaban los puntos históricos y temáticos de lo que iba a plantear, pero la dirección estaba establecida: los problemas del poder y la verdad. Los ejemplos de Semmelweiss y Mendel mostraban que en la ciencia los parámetros de la verdad no sólo estaban supeditados a normas de objetividad. Existía una corporación científica que mediante una serie de protocolos y murallas de contención delimitaba lo que era posible decir. Verdades futuras eran los sinsentidos de hoy. No era una cuestión del progreso del conocimiento ni de la optimista dinámica de las falsaciones, sino de tragedias epistemólogicas como la mencionada de Semmelweiss, la figura central de la tesis de Louis Ferdinand Céline.

Lo que interesaba era mostrar qué era estar “en lo verdadero”, expresión usada por Georges Canguilhem para señalar lo que había antes de la partición entre verdad y falsedad. Esta matriz definía el campo del sentido previo a su calificación en términos de veracidad. Primero había que eliminar los virus del absurdo y neutralizar la peligrosidad del discurso.

Los libros publicados sobre el poder y la sexualidad constituían la primera muestra de aquella promesa original. Foucault cumplía con lo dicho. Iniciaba su análisis de la microfísica del poder y de los dispositivos de saber-poder. Sin duda que las descripciones que hacía Foucault de los suplicios, las torturas, los descuartizamientos, en Vigilar y castigar, tenían un eco especial en nuestro país que vivía bajo el terror de un Estado criminal. El libro no circulaba en librerías, y la lectura, en grupos, que de él podía hacerse obligaba a tomar los recaudos propios de la época. En alguna librería todavía era posible conseguir la traducción de Las palabras y las cosas, un libro que bien podía descansar en las estanterías, ya que sus lectores eran prácticamente inexistentes. Como la lingüística estaba de moda y a nadie molestaba, los dedicados al estructuralismo eran los únicos que podían llegar a interesarse por un libro cuyo mayor prestigio parecía ser su difícil lectura.

Recuerdo que un ser tan curioso como Jorge Romero Brest estaba encantado con el libro de Foucault, que asociaba a las elucubraciones de Heidegger, pero la comunidad filosófica y académica no manifestaba, ningún interés por aquel texto ni otro de Foucault, ni en los setenta, ni en los ochenta, ni nunca, ni hoy.

La abundancia de temas de la microfísica del poder no nos hacía interrogar la ausencia de nuevos libros. Los problemas vinculados con la relación entre castigo y poder, ley y cuerpos, los aspectos nietzscheanos de su interpretación de la historia de esta nueva genealogía de la moral, sumados a su crítica histórico-política del psicoanálisis —disciplina hegemónica en su vertiente lacaniana en los años de la dictadura del Proceso—, articulando todo esto a la confesión cristiana, resaltando la figura de Freud como resistencia a la avanzada nazi, y encadenando el incesto y la ley a la “simbólica de la sangre” que hacía bisagra con Bataille, Artaud, hasta Lévi-Strauss y Lacan, todas estas riquezas teóricas nos daban suficientes estímulos para tener en qué pensar. Pero el hecho cierto era que durante siete largos años ignoramos el desarrollo de los trabajos de Foucault y nada sabíamos de sus investigaciones y de los nuevos senderos de su pensamiento. Y nada sabíamos de lo que creaba, anunciaba, araba y compartía con los oyentes de sus conferencias del Collège de France.

Por eso, cuando en junio de 1984 los arge

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