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EL úLTIMO HAMMETT

Juan Sasturain  

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Fragmento

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Penguin Random House

Esta novela es para Lili,

que sabe remar.

Hammett logró llevar la novela de misterio al nivel de la literatura.

Lo hizo durante más de diez años.

Al final, la tensión fue imposible de soportar: no pudo mantener por más tiempo el sistema cambiante, complejo y equilibrado de contradicciones que emanaba su creatividad y que expresaba en su obra.

Su carrera de escritor acabó en el momento en que le fue imposible continuar asimilando las opacidades literarias, sociales y morales, las inestabilidades y contradicciones que caracterizan lo mejor de su obra…

Pero durante esos diez años consiguió hacer lo que ningún escritor del género había podido lograr: fue capaz de escribir en el auténtico sentido de la palabra.

STEVEN MARCUS

Al hipotético lector

Antes de emprender la lectura de El último Hammett cabe hacer algunas aclaraciones. Primero, que este relato no es una biografía sino una novela, una historia imaginaria que se apoya impune, libremente, en textos, hechos, lugares, circunstancias y personas reales pero sólo para aventurar, a partir de ellos, peripecias inverificables. Así, aunque se quiere verosímil carece de la mínima pretensión de veracidad y los personajes que tienen nombres de personas de carne y hueso —incluso el mismísimo Dashiell Hammett, así como Lillian Hellman, Nell Martin, Roald Dahl, Pat Neal, E.E. Cummings, Bertolt Brecht o José María Gatica— son tan inventados como los que sí lo son, y no dejan de ser entes de pura ficción; por lo tanto, no cabe atribuirles a los históricos y genuinos ninguno de los hechos y dichos que se narran aquí.

En segundo lugar —y primero en importancia— corresponde señalar con orgullo, sin permiso y sin pudor alguno, que la laboriosa escritura de esta novela tuvo origen a partir de la salvaje transcripción, expansión, manipulación, cita, distorsión y atrevida apropiación de dos maravillosos textos de Dashiell Hammett: la inconclusa novela Tulip —sesenta páginas que sólo se publicaron tras su muerte y que tradujo con solvencia Ana Goldar para la edición de Bruguera de la que me valgo aquí— y el emblemático capítulo séptimo, “Una G en el aire”, de El halcón maltés, con múltiples versiones en español. Es un desafío y una invitación al lector acudir a esas fuentes explícitas de inspiración: sin esos dos textos, sin su tono “de traducción” incluso, no sólo no existiría El último Hammett, sino que el relato mismo carecería de sentido. En todo escritor hay un lector enamorado. Y esta novela es un acto de amor, a Hammett y a la literatura.

Es más: si bien el arranque de la historia sigue alevosa, casi despreocupadamente, el texto de Tulip —tomándose saludables e infinitas libertades que seguro el hombre flaco hubiera deplorado—, esta novela no es un Hammett menor y oportunista, como me temo es el The Poodle Springs firmado por Robert Parker tras prolongar el galope muerto de Marlowe desde donde lo dejó un Chandler cansado. Tampoco es una glosa, homenaje o simple tributo. El último Hammett es otra imperfecta cosa. Suma por simple adición de ciertas acciones y resoluciones que se reiteran casi especularmente —textos que se leen y releen, personajes yacentes que se confiesan, objetos escondidos escamoteados una y otra vez—, con varias piezas narrativas extrañas a la trama incrustadas con engarce arbitrario, la historia avanza mientras continuamente se vuelve sobre sí misma. Pese a sus equívocas marcas de origen, creo que El último Hammett forma parte —sobre todo por el gesto reiterado de apropiación sesgada de los relatos— de cierta rica tradición rastreable en el corpus de la narrativa argentina, a la que indudablemente pertenece. Si el relato no se sostiene, más allá de cualquier atribución o impostura, que los lectores del viejo, amado e inoxidable Dash —pero no sus acaso celosos herederos— me lo demanden.

La última aclaración o salvedad o promesa tiene que ver con la materialidad del texto, con el manuscrito mismo de esta novela que alguna vez se llamó The Last Dash y cuyos avatares de escritura y peripecias ulteriores —a lo largo de más de treinta años— serán merecedores de una próxima crónica no menos novelesca que este relato.

Pero ésa es otra historia. La que vendrá.

J.S.

Buenos Aires, abril de 2017

Postrimerías: el funeral

En esa fría mañana de enero del 61, sin micrófono y con un sol sin fe que no llegaba a entibiar los estrechos vitraux y apenas le permitía leer sin anteojos, la mujer de vestido color habano y sombrero al tono comenzó a hablar con voz baja pero clara y firme:

—Hace algunas semanas, una noche en la que él la estaba pasando muy mal, le dije: “Dash, eres un hombre valiente”.

Y ahí la dama se detuvo un momento, como si fuera excesivamente consciente del ámbito en el que soltaba de a poco las palabras, del espacio cerrado, de los rostros serios, acaso también de los metros de aire quieto y helado que gravitaban desde la cúpula de la capilla sobre su estrado de madera junto al féretro descubierto.

—Yo nunca le había dicho nada parecido anteriormente, y entonces él, abriendo apenas los ojos, pues estaba en ese estado de semisomnolencia propio de la enfermedad, sonrió levemente y me dijo con su habitual ironía: “Mejor guárdate palabras como éstas para el final”.

La mujer, Lillian Hellman —quién si no ella, inequívoca compañera del yacente—, se permitió una pausa pero no levantó la mirada de los papeles que sostenía en su mano derecha enguantada. Carraspeó, acaso sin necesidad, y eso hizo que se agitara apenas la pluma más larga de su excesivo sombrero.

—Ahora el final ha llegado y sé muy bien que a él —y hubo un levísimo gesto en dirección al hombre allí acostado y quieto para siempre en su cajón oscuro—; a él, digo, no le habría gustado que haya palabras. Por eso, este pequeño funeral, este pequeño tributo, corre exclusivamente por mi cuenta.

Ninguno de los presentes lo hubiera puesto en duda. Si alguno se hubiese podido aproximar lo suficiente a la sentida oradora, que sería la única, habría advertido que un mínimo escalofrío recorría en ese instante el cuello apenas perlado de Lillian. La piel blanca surcada de finísimas arrugas tembló por un momento hasta el límite del casi invisible maquillaje que atenuaba las ojeras y el contraste con los labios iluminados; el vello casi imperceptible de los antebrazos desnudos se erizó. Casi ahogada por la tensión del último momento, antes de acercarse al estrado había desechado los anteojos y el abrigo negro que habían quedado allí, en uno de los bancos de la primera fila, en custodia, junto a la fiel y vigilante Selma. Y ahora, como todos o acaso un poco más que los reunidos en la casi colmada capilla de 82th Street, tenía frío.

—Hammett fue un hombre que respetó el sentido de las palabras cuando las usaba en sus libros y siempre sospechó de ellas en la vida diaria: pensaba que muchas veces las palabras ocupaban el lugar del pensamiento y, sobre todo, que casi siempre pretendían reemplazar a la acción. Y Dash creía profundamente en el pensamiento y en la acción. Como muy poca gente que yo haya conocido, Hammett tuvo el mayor de los respetos por el saber y el conocimiento. Leía enormemente, podía leer hasta cinco o seis libros en una semana, además de cualquier otra cosa que estuviera a mano. Hubo un tiempo en el que el tema eran las matemáticas, y entonces había montones de libros de matemáticas. Y después fue el ajedrez y aprendió por sí mismo, memorizando los problemas, murmurando el desarrollo de las partidas, a solas… Y hubo un año en el que se interesó por el funcionamiento de la retina y otro en el que incluso se compró uno de esos aparatos que usan los sordos y se paseaba por el bosque tratando de percibir con la mayor claridad los sonidos de los animales, el canto de los pájaros, a través del aparato. En realidad, leía cualquier libro que le cayera entre manos: poesía, novela, ciencia, filosofía. Creía en la salvación por el saber y la inteligencia, y trató de hacerlo realidad.

Hellman lo afirmaba con serena autoridad, proveía detalles de testigo privilegiada, pero ya no era posible saber realmente en qué creía o había creído el hombre largo y flaco de la nariz afilada y el pelo blanco cortado casi al rape que lucía inevitablemente elegante incluso allí, tendido y acaso distendido en ese cajón que le quedaba holgado, con el traje de etiqueta que sólo se había puesto una vez, el año anterior, en su última salida social, para el estreno de Toys in the Attic, una pieza de la mismísima Lillian.

—Me he preguntado muchas veces a mí misma, en los últimos treinta años —decía ahora ella en tono algo más coloquial— por qué Hammett me parecía un gran hombre. Y probablemente lo sea o lo haya sido —se corrigió sin énfasis— porque la naturaleza produce combinaciones tan inesperadas como interesantes. Él era un caso. Por ejemplo: no siempre pensó bien de la gente pero sin embargo no conocí a nadie que fuera capaz, como él, de dar todo lo que tenía a quien lo necesitase o incluso a quien sólo deseara algo con intensidad; ni nadie que, como él, aceptase a todo el mundo con tolerancia.

Tal vez la afirmación no fuera del todo corroborable para muchos de los presentes. Pero tampoco estaban allí para eventualmente contradecir a Lillian algunas de las otras personas que habían sido importantes en la vida de Hammett. Ni las dos hijas con sus respectivos maridos y nietos, ni Jose, la única mujer con la que se había casado alguna vez, habían atinado a atravesar de apuro el país de oeste a este en la primera semana de un enero helado e impiadoso en New York, para asistir a su velatorio en esa capilla de 82th Street, apenas a un par de calles del departamento donde el escritor había vivido casi recluido los últimos años a partir del momento en que la enfermedad le impidió seguir viviendo solo en la cabaña de Katonah. Y sin embargo había mucha gente.

—Como todos sabemos —supuso la Hellmann con adecuado criterio—, Hammett no pensaba bien de la sociedad en la que vivimos; pero incluso cuando la sociedad lo castigó no se quejó, ni le tuvo miedo al castigo. La noche antes de ir a la cárcel me dijo que no importaba que alguien pensara que acaso él no tuviera argumentos políticos para sostener la postura que tomó. Me dijo que hacía mucho tiempo que había llegado a la conclusión de que un hombre, simplemente, debe mantener su palabra.

Ninguno de los allí más cercanos a la oradora y frecuentadores esporádicos del último Hammett hizo un gesto. Tal vez alguno entre los individuos circunspectos y vestidos con abrigos oscuros de confección diseminados en las últimas filas habrá asentido o apenas bajado la mirada hacia el sombrero sostenido con frías manos enguantadas. Sin embargo, ninguno buscó algún tipo de complicidad manifiesta a su alrededor. Parecían, todos, hombres acostumbrados a callar. Acaso entre ellos hubiera algún ex alumno de las clases de escritura que había dictado Hammett en la Jefferson School, tal vez algún improbable camarada de los años en el Ejército, veterano la última guerra, o incluso —nadie podría jamás saberlo— algún secreto y más o menos culposo beneficiario del soberbio respeto de Hammett a la palabra empeñada. Porque, entre otras pocas cosas, había nombres que el hombre flaco se llevaba simplemente consigo sin haberlos compartido con nadie.

—La noche que Dash salió de la cárcel no se sentía bien, estaba enfermo; y tardé años en entender lo que pasó durante aquel paseo por Kentucky, donde debía tomar el avión para New York y se encontró con un destilador ilegal de alcohol que había conocido en los meses de prisión y que andaba junto a su mujer mendigando por la calle porque no encontraba trabajo. Dash le dio todo el dinero que llevaba encima y cuando llegó a New York se sentía mal: no había comido nada porque no se había guardado dinero para comer. Mucha gente sería capaz de hacer una cosa así, pero seguro que cualquiera de nosotros lo hubiera contado.

Lillian levantó la mirada buscando, suponiendo tácita aprobación. Muy cerca de ella, en primera fila, estaba Reba, la hermana de Dash, con su esposo, pero parecía abstraída. Había gente de pie a los costados. Incluso todavía llegaban algunos rezagados. Un muchacho rubio y alto de chaqueta verde y anteojos de armazón negro y grueso avanzó por el pasillo lateral hasta apoyarse informalmente en una de las columnas adosadas al muro, bajo el vitraux de San Jorge y el dragón, y desde allí observó ostensiblemente a la concurrencia como si buscara a alguien en particular.

—Dash escribió acerca de la violencia pero la despreciaba, y por eso despreciaba las heroicidades. Y sin embargo se alistó para participar en la Segunda Guerra Mundial con 48 años porque era un patriota, muy comprometido con los Estados Unidos. Pero no hacía ostentación de eso. Estuvo en tres campamentos de instrucción con muchachos tan jóvenes como para ser sus nietos y me contó después que su mayor contribución durante la guerra fue sentarse en el campamento de las Aleutianas y explicarles a los más jóvenes soldados que la falta de mujeres no tenía que ver necesariamente con el avance de la calvicie ni con el dolor de muelas.

El comentario provocó cierta distensión en el ambiente, incluso algunas leves sonrisas aprobatorias. La bella Pat Neal apretó la flaca mano de su esposo buscando algún tipo de complicidad. Hubo una brevísima pausa durante la cual Lillian se enjugó la nariz y el muchacho de la chaqueta verde pareció localizar finalmente a quien buscaba: la mujer negra de gorro y abrigo de lana estaba sentada en una silla agregada a la altura de la penúltima fila, en el lado apuesto de la capilla. Inclinada hacia adelante, se miraba las manos cruzadas sobre el regazo en un gesto que el muchacho creyó reconocer.

—Hammett fue un hombre alegre, divertido, ingenioso. Durante gran parte de su vida estuvo abierto a todo, a vivir a la aventura, y disfrutó mucho y siempre, mientras pudo. Estudió mucho y actuó de acuerdo con lo que sabía. Creía en el derecho del hombre a la dignidad y nunca jugó durante su vida a ningún juego que no fuera el que le permitían sus propias reglas: nunca mintió, nunca fingió, nunca se rebajó: “Cualquier cosa por un dólar”, decía con sarcasmo sobre aquellos que sí lo hicieron. Durante los treinta años que lo conocí no le oí decir una mentira, y eso me enojaba a veces, tal vez porque le envidiaba el valor que hace falta para eso. Podía ver a través de las mentiras de los demás, pero las perdonaba con una especie de desprecio tole

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