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EL úLTIMO HAMMETT

Juan Sasturain

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Fragmento

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Penguin Random House

Esta novela es para Lili,

que sabe remar.

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Hammett logró llevar la novela de misterio al nivel de la literatura.

Lo hizo durante más de diez años.

Al final, la tensión fue imposible de soportar: no pudo mantener por más tiempo el sistema cambiante, complejo y equilibrado de contradicciones que emanaba su creatividad y que expresaba en su obra.

Su carrera de escritor acabó en el momento en que le fue imposible continuar asimilando las opacidades literarias, sociales y morales, las inestabilidades y contradicciones que caracterizan lo mejor de su obra…

Pero durante esos diez años consiguió hacer lo que ningún escritor del género había podido lograr: fue capaz de escribir en el auténtico sentido de la palabra.

STEVEN MARCUS

Al hipotético lector

Antes de emprender la lectura de El último Hammett cabe hacer algunas aclaraciones. Primero, que este relato no es una biografía sino una novela, una historia imaginaria que se apoya impune, libremente, en textos, hechos, lugares, circunstancias y personas reales pero sólo para aventurar, a partir de ellos, peripecias inverificables. Así, aunque se quiere verosímil carece de la mínima pretensión de veracidad y los personajes que tienen nombres de personas de carne y hueso —incluso el mismísimo Dashiell Hammett, así como Lillian Hellman, Nell Martin, Roald Dahl, Pat Neal, E.E. Cummings, Bertolt Brecht o José María Gatica— son tan inventados como los que sí lo son, y no dejan de ser entes de pura ficción; por lo tanto, no cabe atribuirles a los históricos y genuinos ninguno de los hechos y dichos que se narran aquí.

En segundo lugar —y primero en importancia— corresponde señalar con orgullo, sin permiso y sin pudor alguno, que la laboriosa escritura de esta novela tuvo origen a partir de la salvaje transcripción, expansión, manipulación, cita, distorsión y atrevida apropiación de dos maravillosos textos de Dashiell Hammett: la inconclusa novela Tulip —sesenta páginas que sólo se publicaron tras su muerte y que tradujo con solvencia Ana Goldar para la edición de Bruguera de la que me valgo aquí— y el emblemático capítulo séptimo, “Una G en el aire”, de El halcón maltés, con múltiples versiones en español. Es un desafío y una invitación al lector acudir a esas fuentes explícitas de inspiración: sin esos dos textos, sin su tono “de traducción” incluso, no sólo no existiría El último Hammett, sino que el relato mismo carecería de sentido. En todo escritor hay un lector enamorado. Y esta novela es un acto de amor, a Hammett y a la literatura.

Es más: si bien el arranque de la historia sigue alevosa, casi despreocupadamente, el texto de Tulip —tomándose saludables e infinitas libertades que seguro el hombre flaco hubiera deplorado—, esta novela no es un Hammett menor y oportunista, como me temo es el The Poodle Springs firmado por Robert Parker tras prolongar el galope muerto de Marlowe desde donde lo dejó un Chandler cansado. Tampoco es una glosa, homenaje o simple tributo. El último Hammett es otra imperfecta cosa. Suma por simple adición de ciertas acciones y resoluciones que se reiteran casi especularmente —textos que se leen y releen, personajes yacentes que se confiesan, objetos escondidos escamoteados una y otra vez—, con varias piezas narrativas extrañas a la trama incrustadas con engarce arbitrario, la historia avanza mientras continuamente se vuelve sobre sí misma. Pese a sus equívocas marcas de origen, creo que El último Hammett forma parte —sobre todo por el gesto reiterado de apropiación sesgada de los relatos— de cierta rica tradición rastreable en el corpus de la narrativa argentina, a la que indudablemente pertenece. Si el relato no se sostiene, más allá de cualquier atribución o impostura, que los lectores del viejo, amado e inoxidable Dash —pero no sus acaso celosos herederos— me lo demanden.

La última aclaración o salvedad o promesa tiene que ver con la materialidad del texto, con el manuscrito mismo de esta novela que alguna vez se llamó The Last Dash y cuyos avatares de escritura y peripecias ulteriores —a lo largo de más de treinta años— serán merecedores de una próxima crónica no menos novelesca que este relato.

Pero ésa es otra historia. La que vendrá.

J.S.

Buenos Aires, abril de 2017

Postrimerías: el funeral

En esa fría mañana de enero del 61, sin micrófono y con un sol sin fe que no llegaba a entibiar los estrechos vitraux y apenas le permitía leer sin anteojos, la mujer de vestido color habano y sombrero al tono comenzó a hablar con voz baja pero clara y firme:

—Hace algunas semanas, una noche en la que él la estaba pasando muy mal, le dije: “Dash, eres un hombre valiente”.

Y ahí la dama se detuvo un momento, como si fuera excesivamente consciente del ámbito en el que soltaba de a poco las palabras, del espacio cerrado, de los rostros serios, acaso también de los metros de aire quieto y helado que gravitaban desde la cúpula de la capilla sobre su estrado de madera junto al féretro descubierto.

—Yo nunca le había dicho nada parecido anteriormente, y entonces él, abriendo apenas los ojos, pues estaba en ese estado de semisomnolencia propio de la enfermedad, sonrió levemente y me dijo con su habitual ironía: “Mejor guárdate palabras como éstas para el final”.

La mujer, Lillian Hellman —quién si no ella, inequívoca compañera del yacente—, se permitió una pausa pero no levantó la mirada de los papeles que sostenía en su mano derecha enguantada. Carraspeó, acaso sin necesidad, y eso hizo que se agitara apenas la pluma más larga de su excesivo sombrero.

—Ahora el final ha llegado y sé muy bien que a él —y hubo un levísimo gesto en dirección al hombre allí acostado y quieto para siempre en su cajón oscuro—; a él, digo, no le habría gustado que haya palabras. Por eso, este pequeño funeral, este pequeño tributo, corre exclusivamente por mi cuenta.

Ninguno de los presentes lo hubiera puesto en duda. Si alguno se hubiese podido aproximar lo suficiente a la sentida oradora, que sería la única, habría advertido que un mínimo escalofrío recorría en ese instante el cuello apenas perlado de Lillian. La piel blanca surcada de finísimas arrugas tembló por un momento hasta el límite del casi invisible maquillaje que atenuaba las ojeras y el contraste con los labios iluminados; el vello casi imperceptible de los antebrazos desnudos se erizó. Casi ahogada por la tensión del último momento, antes de acercarse al estrado había desechado los anteojos y el abrigo negro que habían quedado allí, en uno de los bancos de la primera fila, en custodia, junto a la fiel y vigilante Selma. Y ahora, como todos o acaso un poco más que los reunidos en la casi colmada capilla de 82th Street, tenía frío.

—Hammett fue un hombre que respetó el sentido de las palabras cuando las usaba en sus libros y siempre sospechó de ellas en la vida diaria: pensaba que muchas veces las palabras ocupaban el lugar del pensamiento y, sobre todo, que casi siempre pretendían reemplazar a la acción. Y Dash creía profundamente en el pensamiento y en la acción. Como muy poca gente que yo haya conocido, Hammett tuvo el mayor de los respetos por el saber y el conocimiento. Leía enormemente, podía leer hasta cinco o seis libros en una semana, además de cualquier otra cosa que estuviera a mano. Hubo un tiempo en el que el tema eran las matemáticas, y entonces había montones de libros de matemáticas. Y después fue el ajedrez y aprendió por sí mismo, memorizando los problemas, murmurando el desarrollo de las partidas, a solas… Y hubo un año en el que se interesó por el funcionamiento de la retina y otro en el que incluso se compró uno de esos aparatos que usan los sordos y se paseaba por el bosque tratando de percibir con la mayor claridad los sonidos de los animales, el canto de los pájaros, a través del aparato. En realidad, leía cualquier libro que le cayera entre manos: poesía, novela, ciencia, filosofía. Creía en la salvación por el saber y la inteligencia, y trató de hacerlo realidad.

Hellman lo afirmaba con serena autoridad, proveía detalles de testigo privilegiada, pero ya no era posible saber realmente en qué creía o había creído el hombre largo y flaco de la nariz afilada y el pelo blanco cortado casi al rape que lucía inevitablemente elegante incluso allí, tendido y acaso distendido en ese cajón que le quedaba holgado, con el traje de etiqueta que sólo se había puesto una vez, el año anterior, en su última salida social, para el estreno de Toys in the Attic, una pieza de la mismísima Lillian.

—Me he preguntado muchas veces a mí misma, en los últimos treinta años —decía ahora ella en tono algo más coloquial— por qué Hammett me parecía un gran hombre. Y probablemente lo sea o lo haya sido —se corrigió sin énfasis— porque la naturaleza produce combinaciones tan inesperadas como interesantes. Él era un caso. Por ejemplo: no siempre pensó bien de la gente pero sin embargo no conocí a nadie que fuera capaz, como él, de dar todo lo que tenía a quien lo necesitase o incluso a quien sólo deseara algo con intensidad; ni nadie que, como él, aceptase a todo el mundo con tolerancia.

Tal vez la afirmación no fuera del todo corroborable para muchos de los presentes. Pero tampoco estaban allí para eventualmente contradecir a Lillian algunas de las otras personas que habían sido importantes en la vida de Hammett. Ni las dos hijas con sus respectivos maridos y nietos, ni Jose, la única mujer con la que se había casado alguna vez, habían atinado a atravesar de apuro el país de oeste a este en la primera semana de un enero helado e impiadoso en New York, para asistir a su velatorio en esa capilla de 82th Street, apenas a un par de calles del departamento donde el escritor había vivido casi recluido los últimos años a partir del momento en que la enfermedad le impidió seguir viviendo solo en la cabaña de Katonah. Y sin embargo había mucha gente.

—Como todos sabemos —supuso la Hellmann con adecuado criterio—, Hammett no pensaba bien de la sociedad en la que vivimos; pero incluso cuando la sociedad lo castigó no se quejó, ni le tuvo miedo al castigo. La noche antes de ir a la cárcel me dijo que no importaba que alguien pensara que acaso él no tuviera argumentos políticos para sostener la postura que tomó. Me dijo que hacía mucho tiempo que había llegado a la conclusión de que un hombre, simplemente, debe mantener su palabra.

Ninguno de los allí más cercanos a la oradora y frecuentadores esporádicos del último Hammett hizo un gesto. Tal vez alguno entre los individuos circunspectos y vestidos con abrigos oscuros de confección diseminados en las últimas filas habrá asentido o apenas bajado la mirada hacia el sombrero sostenido con frías manos enguantadas. Sin embargo, ninguno buscó algún tipo de complicidad manifiesta a su alrededor. Parecían, todos, hombres acostumbrados a callar. Acaso entre ellos hubiera algún ex alumno de las clases de escritura que había dictado Hammett en la Jefferson School, tal vez algún improbable camarada de los años en el Ejército, veterano la última guerra, o incluso —nadie podría jamás saberlo— algún secreto y más o menos culposo beneficiario del soberbio respeto de Hammett a la palabra empeñada. Porque, entre otras pocas cosas, había nombres que el hombre flaco se llevaba simplemente consigo sin haberlos compartido con nadie.

—La noche que Dash salió de la cárcel no se sentía bien, estaba enfermo; y tardé años en entender lo que pasó durante aquel paseo por Kentucky, donde debía tomar el avión para New York y se encontró con un destilador ilegal de alcohol que había conocido en los meses de prisión y que andaba junto a su mujer mendigando por la calle porque no encontraba trabajo. Dash le dio todo el dinero que llevaba encima y cuando llegó a New York se sentía mal: no había comido nada porque no se había guardado dinero para comer. Mucha gente sería capaz de hacer una cosa así, pero seguro que cualquiera de nosotros lo hubiera contado.

Lillian levantó la mirada buscando, suponiendo tácita aprobación. Muy cerca de ella, en primera fila, estaba Reba, la hermana de Dash, con su esposo, pero parecía abstraída. Había gente de pie a los costados. Incluso todavía llegaban algunos rezagados. Un muchacho rubio y alto de chaqueta verde y anteojos de armazón negro y grueso avanzó por el pasillo lateral hasta apoyarse informalmente en una de las columnas adosadas al muro, bajo el vitraux de San Jorge y el dragón, y desde allí observó ostensiblemente a la concurrencia como si buscara a alguien en particular.

—Dash escribió acerca de la violencia pero la despreciaba, y por eso despreciaba las heroicidades. Y sin embargo se alistó para participar en la Segunda Guerra Mundial con 48 años porque era un patriota, muy comprometido con los Estados Unidos. Pero no hacía ostentación de eso. Estuvo en tres campamentos de instrucción con muchachos tan jóvenes como para ser sus nietos y me contó después que su mayor contribución durante la guerra fue sentarse en el campamento de las Aleutianas y explicarles a los más jóvenes soldados que la falta de mujeres no tenía que ver necesariamente con el avance de la calvicie ni con el dolor de muelas.

El comentario provocó cierta distensión en el ambiente, incluso algunas leves sonrisas aprobatorias. La bella Pat Neal apretó la flaca mano de su esposo buscando algún tipo de complicidad. Hubo una brevísima pausa durante la cual Lillian se enjugó la nariz y el muchacho de la chaqueta verde pareció localizar finalmente a quien buscaba: la mujer negra de gorro y abrigo de lana estaba sentada en una silla agregada a la altura de la penúltima fila, en el lado apuesto de la capilla. Inclinada hacia adelante, se miraba las manos cruzadas sobre el regazo en un gesto que el muchacho creyó reconocer.

—Hammett fue un hombre alegre, divertido, ingenioso. Durante gran parte de su vida estuvo abierto a todo, a vivir a la aventura, y disfrutó mucho y siempre, mientras pudo. Estudió mucho y actuó de acuerdo con lo que sabía. Creía en el derecho del hombre a la dignidad y nunca jugó durante su vida a ningún juego que no fuera el que le permitían sus propias reglas: nunca mintió, nunca fingió, nunca se rebajó: “Cualquier cosa por un dólar”, decía con sarcasmo sobre aquellos que sí lo hicieron. Durante los treinta años que lo conocí no le oí decir una mentira, y eso me enojaba a veces, tal vez porque le envidiaba el valor que hace falta para eso. Podía ver a través de las mentiras de los demás, pero las perdonaba con una especie de desprecio tolerante. Dash fue un hombre de honor, sencillo y valiente.

Lillian bajó los papeles que había estado leyendo hasta entonces y los dobló en dos. Se tocó con el índice de la mano libre enguantada el borde exterior del ojo izquierdo y terminó su homilía con dos largas frases sólo en apariencia improvisadas que no por eso sonaron menos sinceras ni convincentes.

—Alabados sean, así espero, aquellos que dejan una obra importante detrás de sí, y una vida tan rica en dignidad y respeto por los demás. Ojalá que todos aquellos que han llegado hoy hasta este bendito lugar tengan la consideración suficiente como para bendecir a un buen hombre —y dirigió la mirada al féretro— en éste, que es su último día en la Tierra.

Con las últimas palabras, desde alguna parte de la capilla comenzó a sonar un cálido armonio, sucesivos acordes largos que se superpusieron al leve rumor general de los cuerpos al erguirse y ponerse en movimiento, al golpeteo de los pies, al roce de las suelas sobre el piso rugoso. Al bajar del estrado Lillian pareció repentinamente más menuda, acaso porque algunos de los amigos que estaban en las primeras filas se levantaron y se acercaron, ocultándola a la vista del resto.

Hubo quienes se encolumnaron naturalmente por el pasillo central para echar un último vistazo al hombre flaco antes de que cerraran el oscuro ataúd; otros se dispusieron discretamente a los lados, cada uno junto a una manija. El coche fúnebre esperaba en la puerta para trasladar el cuerpo a la Pennsylvania Station y desde allí, en tren, a su destino final en Arlington. Después de todo, el díscolo ciudadano Samuel Dashiell Hammett, radical confeso y pocos años antes acusado y condenado por sus actividades antinorteamericanas, era un inequívoco patriota veterano de dos guerras —como había recordado Lillian con irónica precisión— y como tal no sólo tenía derecho sino que había formulado su explícito deseo de terminar en el cementerio militar.

Mientras la gente se encaminaba hacia la salida, el muchacho de la chaqueta verde vaciló por un momento ante la posibilidad de aproximarse a Lillian, darse a conocer. Incluso dio unos pasos hacia ella pero la vio tan rodeada de amigos que optó por ir en busca de la mujer que —se dio cuenta al girar la cabeza— tampoco se había acercado a saludar y él había perdido momentáneamente de vista. Salió de la capilla, atravesó con paso rápido el breve jardín donde verificó que tampoco estaba en ninguno de los grupos, y al llegar a la acera recién la vio en el extremo de la calle, frente a la senda peatonal, sola, esperando el cambio de la luz del semáforo para cruzar.

Se subió el cuello de piel de la chaqueta y caminó hasta colocarse detrás, muy cerca, sin que ella lo notara. Algunas hebras de pelo gris asomaban bajo el gorro de lana y advirtió que ahora usaba anteojos. Pensó que la cartera de cuero con manijas de carey que colgaba del codo pegada al cuerpo un poco más rollizo era la misma que recordaba de siempre.

En el momento en que el semáforo cambiaba inclinó la cabeza rubia hacia la mujer y le dijo:

—Linda.

Ella se volvió apenas, frunció el entrecejo mirándolo de reojo por un instante, y comenzó a cruzar la calle.

—Soy Tony, Linda —insistió el muchacho.

Ella dio unos pasos más antes de volverse otra vez sin dejar de caminar:

—¿Tony? —y lo observó por encima de los anteojos.

—Tony Irongate —confirmó él mirándola fijo.

—Ah… No puede ser.

La mujer se quedó inmóvil en medio de la calle. Él la tomó del brazo y la llevó casi en vilo los metros que faltaban para llegar a la acera opuesta.

Se abrazaron. Se separaron. Se volvieron a abrazar. Ella lo miraba y le acariciaba la cara con la mano enguantada.

—Estás tan grande…

—Hace ocho años… Tengo veintidós, Linda.

—La última vez… Fue en el hospital.

—Cuando estaba internado papá, la segunda vez —confirmó él.

Ella meneó la cabeza como si el recuerdo le resultara excesivo.

—¿Tus hermanas? —dijo de pronto, más animosa.

—Bien, muy bien. Es largo de contar…

Ahora fue el muchacho el que quedó cortado ante lo que no podía dejar de preguntar:

—¿Y Donald?

Linda enarcó las cejas, asintió:

—Muy largo de contar, también.

—¿Estás enojada conmigo?

Ella agitó la cabeza sin dejar de mirarlo. Suspiró.

En ese momento el coche fúnebre que trasladaba a Dashiell Hammett llegó lenta, interminablemente, hasta la esquina donde estaban y se detuvo. Lo miraron juntos.

—No quise asomarme al cajón —dijo ella—. Me gusta recordarlo como era.

—A mí también.

Quedaron un momento en silencio. El coche se puso en movimiento con media docena de autos negros detrás, en discreta procesión pagana.

Cuando la caravana partió, el muchacho retomó a la mujer familiarmente del brazo y la arrastró sin esfuerzo hacia la puerta vidriada de la cafetería de la esquina.

—Hace frío para charlar aquí, entremos.

Ella vaciló, miró su relojito.

—En media hora tengo que encontrarme con alguien a un par de calles de aquí.

—Yo tampoco tengo mucho tiempo —dijo él; y al momento agregó, repentinamente jovial—: Te debo algunos miles de desayunos, Linda. ¿Puedo invitarte una vez yo?

1. Tulip & Chimney

Dashiell Hammett estaba sentado, solo, dentro del pozo abierto por las raíces de un viejo abeto azul que entre el viento y un rayo habían abatido durante una noche de furiosa tormenta, algunos días atrás. No estaba allí por eso, pero algo de eso había. Quieto y callado en medio del bosque iluminado por el sol de la tarde, expectante sobre la tierra removida, el hombre delgado de pelo blanco y ojos todavía inquisitivos observaba a un zorro rojo. Al abrigo de un mustio matorral de zarzamoras, el animal parecía preguntarse qué significaba ese olor a zorrino que atravesaba el claro del bosque, llevado por una brisa que hasta unos momentos antes también le había permitido oír los débiles chillidos de un ratón de campo. El zorro giró la cabeza hacia un lado, se volvió después para mirar el camino por el que había llegado, y de pronto se fue; desapareció de la vista con ese andar típico de los zorros, una impecable soltura que hace que sus veloces movimientos parezcan carentes de apuro.

Hammett supuso que los perros de la casa estarían cerca. Los perros, los que quedaban, solían hacer mucho ruido cada vez que entraban al bosque y por esa época —un momento de su vida en que cuando no estaba sentado frente a la Remington pasaba largas horas en el bosque acechando a los animales— el hombre flaco había llegado a creer que los zorros utilizaban la misma clase de despectiva cautela tanto ante la presencia de los hombres como frente a los perros. Sin embargo, en ese mismo instante oyó pasos. Alguien se acercaba.

Podría haber sido cualquiera, pero nunca hubiera esperado que fuera quien fue: Tulip —el hombre al que desde hacía más de veinte años Hammett solía llamar Tulip— apartó unas ramas a menos de cuatro metros del lugar en el que había estado el zorro y se metió en el claro.

—Hola, Chimney —dijo sonriendo con toda la superficie de su ancha cara.

Hammett, repentinamente tenso, no llegó a contestar. Sólo Tulip lo llamaba así: Chimney. El visitante dio unos pasos, lo miró de cerca:

—Estás más seco y chupado que nunca; pero jamás lograrán matarte, eh...

—¿Cómo hiciste para encontrarme?

Tulip señaló hacia sus espaldas con un enorme pulgar.

—Me dijeron en la casa que tal vez te encontraría acá arriba, pero si te estás escondiendo puedo decirles que no te encontré…

—No me estoy escondiendo. Cómo llegaste hasta Katonah, quiero decir.

El hombre al que Hammett apodaba Tulip abrió los brazos, casi una forma de disculpa:

—Sigues apareciendo en los diarios, viejo Chim.

Hammett no dijo nada, pero supuso que era por alguna cuestión política. Como todo lo que tenía que ver con el senador McCarthy y su entorno, su caso no había pasado inadvertido ni mucho menos para la prensa.

—Estás otra vez en la picota —dijo el otro como si tuviese acceso a su pensamiento.

El hombre flaco lo contuvo con un gesto. No pensaba hablar de eso.

—¿Y tú de dónde vienes? —dijo cortante.

—Estoy en movimiento, voy y vengo desde hace un tiempo —Tulip se expresaba con estudiada vaguedad—. En New York supe que ya no estabas donde solías…

—No habrás preguntado por mí…

—Soy discreto, Chim. Además, hasta que me echen, pertenezco al Ejército de los Estados Unidos y tengo mis contactos todavía aceitados. No necesito tocar el timbre para ubicar a alguien.

El hombre flaco, sin levantar la mirada, hizo un gesto de desaliento.

Tulip pareció entender; miró la escopeta que Hammett sostenía entre las manos y comenzó por otra parte:

—¿Para qué es eso? Estamos en marzo, el primer sábado de la primavera, y la temporada de caza ya terminó.

—Todavía hay ciervos y venados.

Tulip encogió sus anchos hombros:

—El hombre que mata lo que no va a comer es un imbécil. Creo habértelo oído decir.

Hammett suspiró.

—Debo haber dicho también que era algo que decía mi abuelo Hammett.

—O tu madre.

—Ella decía otras cosas.

El otro sonrió levemente, pareció recordar alguna de esas cosas que solía decir Hammett que decía su madre. De pronto levantó la cabeza y habló mirando por encima de las copas de los árboles, como si leyera con dificultad algo escrito allí:

—¿Cómo lo pasaste en la cárcel?

—¿Me lo preguntas en serio?

Tulip sonrió.

—Claro; nunca estuve en una de ésas. Sólo en alguna cárcel del Estado o en calabozos de pueblo. ¿Cómo son las prisiones federales?

—Una basura, por supuesto. Cualquier cárcel que te toque siempre es un agujero.

—¡Si lo sabré yo! ¿Te conté alguna vez cuando...?

Hammett lo interrumpió:

—Por el amor de Dios, no empieces...

—De acuerdo —aceptó el otro de buen humor—. Recuérdame que te lo cuente en otro momento. Y de paso tú también me contarás.

La pesada mano del hombre apodado Tulip se apoyó por un instante en el hombro de Hammett.

—¿Seis meses fueron?

El hombre flaco asintió sin mirarlo y se inclinó para recoger el banquito portátil en el que había estado sentado dentro del pozo todavía húmedo y removido: era un doble marco de metal plegable en cruz, con el asiento de color verde oscuro y bolsas con cierre de cremallera por debajo.

—¿De dónde sacaste eso?

—Lo compré en Gokey, no es caro.

—¿En Gokey, cuando estábamos allá? ¿Y eso verde y marrón de los costados?

—Se lo agregué yo. Son tiras de tela adhesiva puestas sobre el metal para que no se vea el brillo en el bosque.

El recién llegado asintió.

—Te las arreglas bien solo, Chim... Me imagino que un hombre de tu edad que anda acechando animalitos en el bosque como un viejo trampero ya no tiene ganas de sentarse en el suelo y humedecerse el trasero.

—Tú también ya estás en los cincuenta largos —dijo Hammett.

—Pero tú eres mucho más viejo que yo.

—No tanto, voy a cumplir cincuenta y nueve este año.

—¡A eso me refiero, Chim! Tienes que comenzar a cuidarte, y es bueno empezar por el culo.

—No es un mal consejo —dijo Hammett sonriendo casi a su pesar.

—Te quiero bien, Chim. Y lo sabes.

El hombre apodado Tulip se quedó de pie junto al pozo mientras Hammett iba a buscar un frasco que había dejado colgado en la rama de un joven arce y regresaba ajustándole la tapa.

—¿Y eso qué es?

—Pedazos de trapo impregnados con esencia de zorrino —explicó el hombre flaco poniéndose en movimiento—. Así, los venados no se espantan y se acercan más, tal vez porque este olor es más fuerte que el del hombre. Lo estaba experimentando con un zorro.

—Puedes seguir en lo tuyo, no quiero interrumpirte.

—No, vámonos, contigo se acabó mi tranquilidad.

—A veces eres como un chico —dijo el otro siguiéndolo a través del claro.

—Qué podría decirte yo entonces.

Volvieron por el sendero que bajaba del bosque, pasaron junto a una cabaña de troncos y caminaron en silencio entre los árboles, atravesando el jardín pedregoso que rodeaba la casa.

—No está mal, eh —dijo Tulip.

—Es sólida.

La casa era una construcción de piedra y madera pintada de blanco, de dos plantas, con techo gris de pizarra y una amplia galería más ancha en el frente que a los costados. Dos amplias ventanas flanqueaban la puerta de acceso.

Hammett se detuvo en un ángulo de la casa, al pie de la galería, donde había una pila de rocas encimadas. Metió el frasco en un hueco entre dos de ellas y le puso una tercera encima; después descargó la escopeta y subió los escalones del frente golpeando fuerte los pies contra las maderas del piso. Al levantar la mirada vio las dos viejas valijas de cuero y un bolso de tela verde que descansaban junto a la entrada.

—¿Qué es esto? —preguntó Hammett—. Acá el único visitante admitido soy yo.

—¿Qué clase de amigos serían tus amigos si un amigo tuyo no lo es de ellos también? —dijo Tulip a sus espaldas—. De todos modos, sólo será por un par de días. Ya sabes que no puedo quedarme quieto durante mucho más tiempo.

Hammett habló sin volverse, la voz firme:

—No quiero que te quedes. Estoy tratando de empezar a escribir un libro.

—Justo de eso quería hablarte. Conduje más de mil kilómetros para eso —Tulip puso su enorme mano en la espalda del hombre flaco y lo empujó hacia la puerta de doble hoja—. Te lo podría contar todo acá mismo y de corrido, pero supongo que tú necesitas estar sentado con una copa en la mano.

Hammett meneó la cabeza y lo hizo entrar. Puso la escopeta y el asiento plegable en un rincón, fue hasta el bar y sin levantar la mirada ni consultarlo sirvió una copa, volvió y la puso en su mano. Cuando el grandote lo miró con aire inquisitivo, le explicó:

—Hace cinco años que no bebo.

Tulip hizo girar su vaso de whisky con soda, como lo hace la gente que quiere oír el tintineo del hielo. Pero no tenía hielo en el vaso.

—Quizá sea mejor así —dijo—. Creo que la bebida no te caía bien....

Hammett se echó a reír mientras le señalaba un sillón color granate.

La sala era un amplio cuarto pintado de marrón, rojo, verde y blanco con un hermoso Vuillard sobre el televisor.

—Ésas no son las cosas que preocupan a los ex alcohólicos, Tulip... Además, en estos casos se suele decir que, después de todo, tampoco el tipo bebía tanto...

—Pues mira, en realidad, tú sí que bebías...

—Dejemos ese tema. La cuestión es que lo dejé. Y te aseguro que no fue agradable.

Tulip meneó la cabeza:

—Supongo. No supe nunca cómo te las arreglabas pero siempre tenías algún cajón de whisky bajo el catre, allá en tu modesta tienda de sargento. Sería un buen tema, ése… ¿Has visto The Lost Weekend, la de Ray Milland?

Hammett lo cortó:

—No la he visto y no me importa volver sobre el tema del alcohol. Siéntate y déjame explicarte por qué vas a irte al motel de la ruta o tomarás el tren a New York luego de la cena.

—Vine en mi coche.

—No importa, o mejor aún. He comenzado a escribir un libro y...

—No fue precisamente lo que me dijiste allá afuera —interrumpió Tulip.

—¿Eh?

—Me dijiste que estabas tratando de empezar a escribir un libro, que no es lo mismo. Y de eso te quería hablar. Siempre ha sido una verdadera tontería de tu parte, Chim, no comprender que yo...

—Escúchame, Tulip: no escribiré una sola palabra sobre ti jamás, mientras pueda.

El otro arqueó las cejas pero no llegó a replicar.

—Sé muy bien cómo son las cosas contigo —continuó el hombre flaco—. Eres un inconsciente que va por ahí, de un lado a otro, haciendo burradas y tonterías que confunde con aventuras, y que piensa, no sé por qué, que alguien algún día escribirá sobre todo eso. Es una idea estúpida.

—Puede que no sea precisamente de mí de lo que te quiera hablar, Chim…

—Y, además… —prosiguió Hammett—. ¿Dónde se ha visto que los escritores busquen o necesiten temas para escribir? El problema es organizar el material, no conseguirlo. La mayoría de los escritores que conozco tienen demasiados temas sobre la mesa; están llenos de historias que jamás podrán contar.

—No creo en eso —dijo el otro, seguro—. Si tienes tantos temas para escribir, ¿por qué hace tanto tiempo que no escribes una palabra?

—¿Cómo sabes que hace mucho tiempo que no escribo nada?

—Mucho no has de haber escrito. Las revistas solían publicarte seguido. Ahora todo lo que veo son reediciones de tus primeras cosas. Y ni siquiera las novelas; apenas rejuntes de aquellos viejos cuentos. Y de eso, incluso, cada vez menos.

—No vivo sólo para escribir —protestó Hammett—. He estado...

—No me cambies de tema —lo interrumpió el otro con cierta rudeza—. Estábamos hablando de escribir. No me interesa si quieres perder un poco o todo tu tiempo en jueguitos con animales o haciendo el papel del héroe duro que va a la cárcel, pero... —sonrió francamente—. ¿No habrás ido a la cárcel sólo para tener esa experiencia límite? ¿Verdad que no, Chimney? Porque yo podría haberte ahorrado mucho tiempo y problemas contándote todo lo que necesitabas saber.

—Uh… Seguro que sí —dijo Hammett.

Quedaron un momento en silencio.

Tulip se encogió de hombros, como decepcionado, bebió un trago de whisky y se limpió los labios con un índice grueso antes de replicar:

—Eso que dices de los temas y del… material y de cómo organizarlo no significa nada. Como tantas cosas que tú dices, no significan nada. Sólo es algo que dices, puras palabras. Ustedes, los escritores, tienen más palabras que...

—Ahí está la cuestión —lo interrumpió Hammett—. Tú eres de los que creen que tienen mucho que decir, mucho para contar. Y que con eso basta. No es así: para escribir hay que tener algo que… escribir.

—¿Y eso qué quiere decir?

Hammett meneó la cabeza:

—No sé por qué pierdo el tiempo contigo.

—Mejor pregúntate por qué y con quién has perdido el tiempo durante los últimos veinte años.

Tulip se detuvo bruscamente después de decir eso. El hombre flaco no replicó. Le dio la espalda, caminó con pasos largos y salió a la galería. Tulip no lo siguió. Se empinó el whisky y después de un par de minutos se puso de pie y preguntó en voz alta dónde quedaba el baño. Nadie le contestó.

Entonces se levantó con cierta dificultad y caminó rengueando hacia el interior de la casa. La primera puerta que abrió era una habitación con dos camas, la segunda era el baño.

Cuando regresó, encontró a Hammett sentado en el mismo sillón que antes. Había encendido una lámpara y tenía un libro en la mano.

—¿Todo bien? —quiso saber el hombre flaco.

—Todo bien, inmejorable —Tulip miró a su alrededor y lo que veía pareció gustarle—. Está bien puesto este lugar que te has agenciado. ¿De quién es?

—De la familia Irongate.

—¿Amigos tuyos?

—No tanto como para decir eso; o tal vez ahora sí. Los conocí hace relativamente poco, son de New York. Esta casa era del padre de él, ahora les quedó como casa de fin de semana.

—Mira qué raro.... Porque te han hecho un lugar ¿Están aquí ahora?

—Según las noticias que tengo, todavía no han vuelto de Florida.

—Si es así, es más ridículo que antes lo que me dijiste acerca de que no puedo quedarme por un par de días —dijo el grandote volviéndose a sentar—. ¿Cómo son?

—Son gente, gente común.

Tulip resopló:

—Puede que seas o hayas sido un escritor interesante, Chim… pero no hablas como si lo fueras. Explícate: ¿Qué clase de gente es? ¿Jóvenes? ¿Viejos? ¿Zurdos de los tuyos?

—Son jóvenes. Paulie debe tener poco más de treinta y cinco, Gus es unos años mayor.

—¿Sólo ellos dos? ¿No tienen chicos?

El hombre flaco se golpeó el muslo con el libro:

—¿Por qué no escribes todas esas preguntas, así no tendremos que volver sobre el tema cuando venga el tipo del censo? —se burló, fastidiado—. Tres hijos, entre los dieciséis y los doce años, más o menos. Dos chicas y un varón. Tony, el del medio, es muy inteligente.

Los ojos grisáceos de Tulip relumbraron.

—Dieciséis la mayor, ¿eh? ¿Y ella tiene sólo treinta y cinco? ¿Un casamiento de apuro?

—¿Cómo puedo saber eso? Vine acá hace apenas algo más de un año, cuando salí de la cárcel. Aunque los conocí antes, al volver de las Aleutianas.

El visitante se iluminó.

—Qué bien lo pasamos allá, ¿eh? —se puso de pie con el vaso vacío—. No te molestes, que me serviré solo. Ya comprobé, con un solo trago, que desde que no bebes te has olvidado de lo poco que sabías sobre cómo prepararlos. Qué guerra de mil demonios peleamos en las Aleutianas, ¿eh? Creo que tú te volviste antes que yo...

—Regresé en septiembre del cuarenta y cinco. Un mes después de la bomba.

—Entonces hace casi ocho años que no te veía —Tulip volvió con su vaso al sillón color granate; se sentó.

—Hace un poco más, casi nueve —precisó Hammett—. La última vez que te vi fue en Kiska y no volví allá después del cuarenta y cuatro.

Tulip apuró el whisky, fastidiado:

—¿Cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco? ¿Qué importa la diferencia? ¿Qué te crees, un piojoso historiador que va por la vida con un calendario en la mano? Háblame un poco más de los Irongate. ¿Tienen dinero?

—Ya veo que no te gusta recordar los tiempos de Kiska... Pero creo que sí, que tienen, aunque no sé cuánto dinero.

—¿Qué hace él?

—Gus es pintor, de cuadros; pero con eso no gana para vivir.

Tulip señaló con un golpe de cabeza la pintura sobre la chimenea:

—¿Ése es de él?

—Ése es un Vuillard, burro. Vale sus buenos pesos, y Gus me contó que se lo regaló su padre. Le ha dejado bastante dinero, además.

—Ese padre debe haber sido un tipo encantador...

—Sea como fuere, si aparecen los Irongate, ni se te ocurra proponerles ningún negocio —advirtió el hombre flaco sin levantar la voz.

El otro lo miró con los ojos fijos; su cara de facciones toscas parecía honestamente sorprendida bajo su mata de pelo corto color arena.

—¿Qué negocio?

—Cualquier tipo de negocio de los tuyos. Ni se te ocurra, Tulip.

—Dios me libre y guarde —se defendió el grandote—. Mira lo que consigue este perverso sistema carcelario: pone a un hombre supuestamente normal como tú en contacto durante un tiempo de encierro con los delincuentes más endurecidos y a partir de ese momento lo único que el tipo ve es maldad y delitos posibles por todas partes. Y no es que tú te hayas distinguido precisamente por ver lo mejor de tus compañeros, pero...

—No necesité ir a la cárcel ni alistarme en el Ejército para conocer delincuentes —dijo Hammett sin un dejo de ironía—. Hubo una época, cuando tú seguramente sólo debías cuidarte de que el chico de la casa de al lado no te soltara el perro al pasar, en que yo casi la única gente con la que trataba eran delincuentes. Y otra época en que esos tipos duros eran la única gente sobre la que escribía.

—¿Y ahora?

—¿Ahora qué?

—Está claro, Chimney. Escondido acá, viviendo de prestado y haciéndote el ermitaño incomprendido. Ya no tratas con gente interesante, delincuentes o no. ¿Por eso no escribes más? Aquella revista…

—¿Dices The Black Mask? No existe más. Me enteré de que hace unos meses salió el último número: duró treinta años. Ya no hay lugar para esas historias.

—Pero ese Spillane no opina lo mismo. Y sus lectores menos. No baja de los cinco millones de ejemplares con cada novela.

—No me hables de ese fascista.

Tulip lanzó una carcajada:

—Mírate: digas lo que digas hay muchos que dicen que toda esta basura sádica la empezaste tú, un zurdo de biblioteca. Tu Sam Spade no trata a la chica mucho mejor que el hijo de puta de Mike Hammer.

—Es diferente.

—¿Para quién? ¿Para los lectores?

—Para el FBI, por ejemplo.

Tulip enarcó las cejas:

—¿Qué quieres decir?

—Exactamente eso —dijo Hammett, cortante—. Es posible que el FBI aún me tenga el ojo puesto encima, me busquen para que reaccione, y no quiero darles ningún tipo de pretextos. Esta semana que viene… —vaciló apenas—. Esta semana que viene, si leíste los diarios, sabes que será complicada, en general. Así que te reitero: nada de traerme problemas a mí o a la gente que está a mi alrededor que no tiene nada que ver...

—Eso es distinto —lo interrumpió Tulip—. ¿Por qué no me lo dijiste desde el principio?

—Pensé que si has estado siguiendo las noticias sabrías cómo están las cosas para mí.

—Te han dicho de todo menos bonito. ¿Se vive bien con el oro de Moscú?

—Se supone que hubo una época en que tenía vodka gratis, pero ahora ni eso. Para colmo se nos acaba de morir San José, el padre Stalin —bromeó Hammett—. Pero no te digo que me vigilan para que te asustes.

—¿Asustarme yo? ¡No es fácil! En realidad, en estos momentos me las estoy arreglando lo más bien. No me falta nada. Incluso por primera vez tengo un buen auto.

—¿De dónde sacas el dinero?

Tulip lo miró fijamente durante unos segundos y de pronto dijo:

—La plata me llega vía Texas-Oklahoma, su ruta…

—¿Una viuda rica y petrolera?

Tulip se echó a reír.

—Eres un caso serio, Chim.

—Sólo experiencia carcelaria. El verano pasado, durante la semana que estuve en la cárcel de West Street en New York, antes de que me mandaran a la federal, conocí a varios tipos que estaban a la espera de juicio por ese motivo.

Tulip se mostró o pareció o quiso mostrarse sorprendido:

—Dios mío, ¿cómo puede ser que un tipo se ponga fuera de la ley sólo para sacarle dinero a una mujer?

—¿Para sacarle o por sacarle? —precisó Hammett.

—Da lo mismo.

—No sé, pero evidentemente puede ser, porque es algo que pasa —concluyó Hammett.

Se puso de pie, dejó el libro sobre el sillón y salió.

Fue hasta la cocina. Donald limpiaba verduras junto a su mujer, Linda. Hammett bajó el volumen de la radio y de la voz de Johnnie Ray, de modo que la canción titulada peligrosamente “Cry” no resultara tan ruidosa.

—Ya lo han visto. Tenemos un invitado esta noche —dijo.

—Se apareció de pronto en la puerta de la cocina y preguntó por usted —afirmó Linda como disculpándose—: “¿El sargento Chimney?”, así dijo.

—Y él es “el coronel Tulip”, al menos para mí. Es algo especial, un cruce de apodos entre nosotros. Tulip es un camarada del Ejército, un amigo al que hacía años que no veía.

—Resultó un desembarco sorpresivo, señor.

Donald Poynton era un negro elegante de talla mediana y treinta y cinco años, de cara muy linda y muy negra. Hammett lo apreciaba. Tenía un fino sentido del humor que sólo dejaba aflorar ante los conocidos.

—Algo así —admitió Hammett—. Se quedará a dormir esta noche y tal vez un día, a lo sumo dos. ¿Pueden prepararle una habitación?

—Ya cambié el vidrio roto de la cabaña y Linda terminó de ordenar todo e hizo la limpieza. ¿Usted volverá para allá?

Hammett meneó la cabeza.

—Yo seguiré aquí.

—¿Quiere que le demos a su amigo el cuarto contiguo al que está usando usted estos días? —preguntó Donald—. ¿O prefiere que se quede en el cuarto amarillo, al lado de la sala?

—A él prepárale el cuarto amarillo, mejor. Y gracias.

Hammett se iba pero volvió sobre sus pasos:

—¿Sabemos algo de Paulie y de Gus?

—No creo que vengan este fin de semana, señor Hammett. Se quedarán en New York. Pero los chicos sí vendrán hoy o mañana, por unas horas, a buscar sus cosas. Van a pasar el fin de semana largo de campamento en la montaña, ya que no tienen clases lunes y martes —dijo Linda.

—Claro —dijo el hombre flaco.

Desde que había aceptado la oferta de vivir en Katonah —pagaba o no un alquiler simbólico— muy raramente recibía visitas. Y no las deseaba tampoco. Lillian estaba en Europa y los amigos intelectuales de ella seguramente intuían que no serían bien recibidos. A veces pasaba días enteros sin ver a nadie ni pronunciar una palabra.

Cuando regresó a la sala, atardecía en las ventanas. Encendió un par de luces más. Tulip se puso de pie y dijo:

—¿Qué es esto? —tenía en la mano el libro que había abandonado Hammett y leía la portada en voz alta—. Essays in Physics, de Herbert Samuels… Y con un prólogo de Albert Einstein… ¿Qué me quieres demostrar con esto? ¿Que estás en otro nivel intelectual que yo?

—Dame eso. No quiero demostrar nada.

Tulip se lo arrojó al pecho y Hammett lo abarajó.

—Mira, Chim, evidentemente estás mucho peor de lo que suponía. No es buena esta vida que estás llevando —Tulip miró su reloj—. Se me ocurre algo: tengo que hacer una llamada a una chica que conocí anteayer y sé que tiene una simpática hermanita. ¿Por qué no les pedimos que...?

—Oh, sí, por supuesto —lo paró Hammett—. Seguro que también debes tener algunas relaciones por aquí, en Katonah, que hiciste en los diez minutos que te detuviste en la gasolinera.

—No seas sarcástico. No era más que una idea —dijo Tulip y volvió a la mesa del rincón a prepararse otro trago—. De todos modos, mejor que te hable de tu trabajo de escritor. Para eso vine.

—No es cierto. Si no es por algo peor, viniste para hablarme de ti.

—No solamente de mí. Pero en el fondo es lo mismo, Chimney —el coronel volvió a su sillón, se sentó, cruzó las piernas, rodilla sobre rodilla, y observó a Hammett—. ¿Se puede saber por qué cuando alguien te pregunta algo sobre tu trabajo de escritor alzas la guardia?

—No, no se puede saber ni quiero hablar de eso —le contestó el hombre flaco con enfática pretensión de honestidad—. Mejor volvamos a nuestro tema: ¿qué cosas tan fascinantes has estado haciendo, además de seducir viudas en el Medio Oeste? ¿Por qué no estás en Corea?

—Se me mezclarían los amarillos, Chim. Porque ahora hay amarillos buenos y amarillos malos. Es un problema que no teníamos en las Aleutianas.

Hammett meneó la cabeza, sonrió mirándolo a los ojos:

—Teníamos otros. Y si no los teníamos tú siempre encontrabas cómo fabricar alguno. ¿O te olvidaste?

—Dejemos eso ahora —en la voz ronca del coronel hubo un matiz que bien podía interpretarse como de incomodidad—. A veces pienso que tú no siempre me comprendes. Bah, casi nunca.

Se hizo un breve silencio.

—¿Te cruzaste alguna vez, cuando estuvimos en Shemya, con Lee Branch? —dijo repentinamente Tulip.

—¿En Shemya? No, no lo recuerdo —de pronto el mapa de las Aleutianas, el puñado de islas, se desplegó en la memoria de Hammett—. Y me parece que no sé quién es Lee Branch. ¿Por qué?

—Por nada, sólo estaba pensando en algo raro que me pasó con él. Branch pertenecía al regimiento XII, era aviador. Era un chico muy agradable. Nos hicimos amigos y fui a visitarlo cuando me licenciaron. ¿Y sabes qué?

Hammett se encogió de hombros.

—Una cosa muy rara: intentó ligarme con la hermana. Nunca, ni en la adolescencia, me había pasado una cosa así.

Hammett no hizo ningún comentario porque temía lo que podía desencadenarse. Sin embargo por alguna razón no pudo ni quiso evitarlo, le dio el pie:

—¿Al menos estaba buena? La hermana, digo.

—Verás.

Y a continuación, sin mediar prólogo alguno o introducción explicativa, Tulip arrancó con el largo relato de esa visita, de la semana que había pasado, poco después de la desmovilización, en casa de su amigo. En principio, el coronel le adjudicó a la hermana de Branch el nombre de Paulie (Hammett no pudo evitar recordar que él le había hablado de Paulie Irongate hacía apenas un rato) y después describió la casa del aviador con rasgos, en su entorno, que la hacían parecida a la misma casa en la que estaban hablando, sentados en la sala de estar, a la luz de la lámpara, aunque naturalmente la ubicó en otro estado. En Illinois, según creyó retener Hammett. Y no sólo eso: en su anécdota con Lee Branch, Tulip incluyó escopetas como la que había visto en manos de Hammett al encontrarlo en el claro del bosque. E incluso hubo algún otro detalle coincidente.

Pero todo eso no le importó porque había algo en la historia, a pesar de ser probablemente inventada sobre la marcha o poco menos, que tenía cierto morboso interés. Hammett sabía por experiencia que Tulip por lo común era de largo aliento, sobre todo cuando se internaba en uno de sus relatos, pero sintió que de todo eso, más allá de las palabras y de los pensamientos que según dijo se le habían ocurrido en esos momentos, lo medular, acaso lo único verdadero que se desprendía de la historia era que —mientras cazaban patos— el coronel dijo que Branch había expresado la notable frase metafórica “La bandera está ondeando”, mientras inclinaba un poco la cabeza para observar, por debajo del ala de su sombrero castaño, las puntas de las espadañas...

Después de esa observación, según el literal relato de Tulip, cinco patos negros se habían recortado “sobre el cielo perlado de noviembre, perdiendo las plumas inferiores de sus alas, de blanco purísimo, cuando rozaron las trampas. Y después se fueron alejando en el viento”. Tal cual.

Y prosiguió así, con la minuciosa descripción de una larga escena en el embarcadero a orillas del lago que había en la propiedad, en la que el joven Branch primero mostraba su decepción ante la decisión de Tulip, tras una semana de estadía, de volver a partir, y luego manifestaba francamente su deseo de que se quedara para siempre, ocupara el lugar que había dejado el marido muerto de su hermana.

Hammett se sintió con derecho, casi con el deber, de intervenir:

—¿Te lo propuso así, directamente, o tú creíste leer entre líneas que…?

Las manos de Tulip se agitaron frente a su cara:

—Swede, me dijo Lee (porque él siempre me dijo así, Swede): a Paulie le gustas, eso lo sé, ¿te detiene para hacer algo pensar que el tipo fue un héroe de guerra?

—¿El marido de ella había sido un héroe de guerra?

—Estuvo en las Aleutianas antes de que nosotros llegáramos, Chim: Horris, coronel Horris, ascendido post mortem. Veterano de Guadalcanal, murió de una complicación estúpida tras una operación más estúpida aún. Tú nunca te enteraste de nada, pero todos hablaban maravillas de él en las islas.

—Estará en algunas de las fotos que tenemos de allá.

—Ya no estaba cuando llegamos, te digo. La cuestión es que Lee, que se dio cuenta de que su hermana me gustaba, creyó y me dijo que suponía que lo que me detenía era que idealizaba mucho al tipo. Es cierto que yo cometí el error de preguntarle si ella había estado muy enamorada de Horris.

Hammett lanzó la carcajada:

—No puedo creerte eso. Estás inventando toda esta historia, no sé para qué.

—Ojalá, Chim. Porque la pasé muy mal, en serio. Fue horrible: ella se dio cuenta de lo que estaba tramando su hermano a sus espaldas y me encaró. Volvíamos a la casa desde el muelle, con los patos que habíamos cazado, y ella me dice, con el hermano ahí: ¿Lee estuvo tratando de ligarte conmigo?

—Así nomás…

—No es una manera feliz de decirlo, Paulie, le contesté.

—¿Y entonces?

Tulip agitó la cabeza, se tomó su tiempo, como si quisiera recordar mejor o como si recordara demasiado bien una escena excesiva.

En ese momento Donald entró a la sala para avisar que la cena estaba servida. Pasaron al comedor y después de unos minutos Tulip retomó el relato y lo completó, con estudiados silencios, utilizando casi todo el transcurso de la cena.

En síntesis, lo medular era que tras ese diálogo con Paulie, en medio de un silencio mortal, Tulip había subido a su cuarto decidido a hacer su maleta y partir esa misma noche sin saber a dónde iría, pero que de pronto se había acordado —en realidad algún gesto de Paulie le había hecho acordar— de otra chica, Julie, de Atlanta, y se había sentado a escribirle una carta avisándole que pasaría a visitarla en pocos días. Se había demorado en eso una hora, cuanto mucho. Ahora pensaba que acaso lo había hecho porque esperaba que pasara algo. Pero nada pasó. Cuando bajó con la maleta hecha y la carta en el bolsillo ninguno de los dos hermanos estaba visible. Esperó un tiempo prudencial —así dijo—, garabateó una nota de despedida y partió.

Recién puso punto final al relato cuando empezaban a comer el postre, tarta de nueces.

—No debería comer esto —dijo, como si el comentario estuviera vinculado de algún modo con lo que acababa de contar.

Hammett se había limitado a escucharlo en silencio. Ahora sí, dijo:

—Todo eso está muy bien. Pero si quieres entusiasmarme con tu historia te diré que todo esto poco tiene que ver contigo. Dentro de ese relato no eres más que un mero número, un pretexto, no apareces involucrado, sólo pasas por ahí. A menos que admitas que, tan pronto como las personas o las cosas amenazan con comprometerte, elaboras una fantasía a la que denominas recuerdo de alguien o de algún lugar para evadirte de cualquier tipo de responsabilidad.

Tulip depositó sobre el plato el segundo pedazo de tarta que estaba a punto de comer y dijo:

—No sé por qué pierdo tiempo hablando contigo, Chim. Mira, ya te he dicho qué sentía por Paulie y tal vez también por la chica de Atlanta. Yo...

—Lo que hasta ahora me has dicho que sentías o tenías en la cabeza no significa nada. Si lo escribiese no tomaría en cuenta ni una sola palabra de todo eso.

Tulip sacudió la cabeza.

—Eres insoportable cuando te pones así. No es raro que en general la literatura no tenga mucho que ver con la vida, si los escritores, al menos los escritores como tú, la practican así.

—Vamos, come... —dijo Hammett—. Son tus ideas sobre la vida y las relaciones entre las personas las que no tienen nada que ver con la vida. ¿O por qué crees que te escapaste de esa Paulie, si es que no lo inventaste todo?

Sin dejar de masticar la tarta, Tulip le respondió:

—Siempre he sido de esos que las aman donde las encuentran y después las abandonan cuando las aman y...

—A eso precisamente me refería. ¿Y supones que consideraré que esa simplificación mentirosa es un pensamiento digno de ser consignado por escrito?

El coronel cortó con el tenedor otro bocado de tarta y sacudió la cabeza una vez más.

—Eres un desagradable.

Hammett fue un poco más lejos:

—¿Crees, por ejemplo, que ella tenía razón al suponer que su hermano ya había hecho lo mismo antes con Horris?

Tulip lo miró y parpadeó como si asimilara el comentario.

—Nunca se me ocurrió pensar en eso —admitió por lo bajo. Y luego prosiguió con vivacidad—: Oye, Chim, tuviera lo que tuviese Lee de homosexual, no creo que jamás se haya dado cuenta. No es un mal chico…

Hammett meneó la cabeza:

—El principal problema con gente como tú no es que sus pensamientos sean elementales o muy infantiles. Lo grave es que les molesta, que no permiten, que la gente que está a su alrededor piense.

Se hizo un breve silencio.

—Ya veo, ya sé lo que te pasa —sentenció Tulip desencantado—. Todavía no he dicho la cantidad adecuada de ah, de oh y de otras exclamaciones admirativas que sueles escuchar ante esos retazos de teoría freudiana que tú encuentras en todas partes y que has malinterpretado leyéndolos en cualquier libro. Seguro que con las chicas es más fácil: están siempre más dispuestas para eso, y con ellas te va mejor...

—No con las que yo conozco. Creo que debo tener mala suerte.

Tulip resopló:

—Pues cuando haya descansado un poco veré si puedo conseguir que me cuentes algo de eso.

—¿De mi relación con las mujeres?

—Tal vez. Nunca me he vuelto loco por el tipo de chicas que tú tenías a mano o que perseguías. Pero eres raro con las mujeres, algo les haces. ¿Cómo se llamaba aquella con la que viniste a New York la primera vez? Ésa me gustó.

—Detesto pensar que he salido o pueda salir con el tipo de chicas que te vuelve loco a ti —dijo desagradablemente Hammett poniéndose de pie—. ¿Tomaremos el café aquí o en la sala?

—Quédate quieto, culo flaco, y escucha —Tulip volvió a sentarlo con un gesto de cuartel—: quiero decir que me gustó la historia, no la chica. Nunca la conocí. Pero me contaste toda tu historia con ella una noche, en Kiska, creo, porque te escribió un par de cartas largas cuando estábamos allá. Y según me dijiste te sorprendió recibirlas porque habían pasado muchos años desde la última vez que…

—Nell.

—Ésa, Nell, la que escribía para Hollywood, creo.

—Nell Martin, o al menos así se llamaba entonces. Un seudónimo —y en la voz de Hammett pareció una definición—. Pero no escribía para Hollywood: hicieron una película con una novela suya, Lord Byron en Broadway.

—Parece un buen título. ¿Has vuelto a saber algo de ella?

—No, la perdí de vista —Hammett volvió a ponerse de pie—. ¿El café acá o en la sala?

Tulip se encogió de hombros.

—¿Ves lo que te digo, Chimney? Ahí tenías una historia, con esa chica. Y no has hecho nada con ella.

—Cómo que no: le dediqué La llave de cristal.

Regresaron en silencio a la sala y Donald les sirvió el café.

—No te mereces esta confidencia —dijo Hammett después de un momento, con la taza en suspenso—. Pero cada vez que le dediqué una novela a una mujer, en el momento de publicarse el libro ya había terminado con ella.

—No entiendo.

—Es así: le dediqué El halcón maltés a Jose, mi mujer, pero cuando salió ya me había venido con Nell Martin a New York; le dediqué La llave de cristal a Nell, pero se demoró la salida y para esa época ya no vivía con ella; después le dediqué El hombre flaco a Lillian, estando con ella, y…

Tulip lo interrumpió apuntándole con su grueso índice:

—Ya no está tampoco.

—Sí que está.

Tulip miró aparatosamente hacia todos lados:

—¿Dónde?

Hammett meneó la cabeza:

—En París, en Roma, esos lugares donde suele… —hizo un gesto con las manos—. No entenderías.

—No está —redundó Tulip, triunfal—. No pretendas engañarme ni engañarte. Por eso no escribes más: no tienes ninguna mujer a la que puedas dedicarle una novela y dejarla después. Eres perverso en serio, Chim. Y ahora eres tú el que no se merece esta interpretación freudiana. No te cobraré nada por esto.

—Gracias, doctor —dijo Hammett repentinamente jovial—. Suelo olvidarme de que pasaste por Harvard.

—Y no sólo por la acera.

Rieron ambos.

Cuando terminaron con el café, volvió Poynton y dijo:

—Los perros están en la cocina, señor Hammett, si quiere que los traiga...

—No hay apuro. Mándalos para acá cuando hayas terminado con tus cosas, a menos que te molesten mucho. ¿Cómo están?

—Bastante tranquilos, señor.

—¿Les contaste a los chicos lo que pasó con Rush?

—Sí, señor. A Tony; le expliqué lo de la tormenta, pero nada más.

—Gracias, Donald. Tráelos cuando quieras.

—De acuerdo, señor.

Tulip miró a Poynton mientras se retiraba.

—¿De qué hablaban?

Hammett suspiró, habló cansadamente:

—Durante la tormenta de la semana pasada, en medio de los truenos y un par de rayos que cayeron desapareció Old Rush, el perro de Donald. Hay tres más de la casa, pero éste había venido con ellos, lo trajeron de Brooklyn. Se asustó esa noche; no sabemos qué pasó con él.

—¿Fue sólo la tormenta?

—Que yo sepa…

Tulip lo observó un momento, miró la puerta por la que había salido Poynton y dijo:

—Si me dijeras un cachorro, puede ser; pero un perro adulto y grande… Una vez, en el campamento teníamos un pastor alemán de más de doce años…

—No viene al caso, por favor. No empieces.

—Tu soberbia no tiene límites.

—Sí que tiene: limita con tu necedad.

Las últimas réplicas quedaron flotando entre ambos como si fueran actores descreídos pasando la letra de una pieza demasiado conocida para ambos.

Optaron tácitamente por soslayar la posibilidad de seguir por ahí.

Hammett le ofreció la cigarrera y Tulip eligió un puro.

—¿Tuyos? ¿O estaban en la casa?

—Míos.

—Excelentes. Quizá tus puros son lo único de ti que siempre me ha gustado, aunque tú hayas creído que era tu pelo —y ahí, aliviados, rieron ambos—. Recuerdo que los tenías en una caja de lata de cigarros cubanos, de la que después de terminados los puros no te desprendiste. La usabas para guardar chucherías, como un chico. Seguro que la conservas aún.

—Fuma y calla.

—¿Me equivoco?

—No.

—¿Lo ves? Eres naturalmente escondedor.

Tulip mordió la punta del cigarro y miró al hombre rígido pero relajado frente a él con ojos mustios.

—A veces es difícil hablar contigo, Chim: eres un hijo de puta arrogante. No es extraño que te hayan mandado a la cárcel por empacarte como un chico con esa lista de los tipos esos que pusieron para las fianzas: no te lo diré, no te lo diré y no te lo diré… —lo parodió Tulip.

—Uno tiene derecho a la ...