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EL úLTIMO JURADO

John Grisham  

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Fragmento

1

En 1970, tras varias décadas de paciente desgobierno y amoroso abandono, The Ford County Times se declaró en quiebra. Su propietaria y editora, la señorita Emma Caudle, tenía noventa y tres años y permanecía confinada en una cama de un geriátrico de Tupelo. El editor, su hijo Wilson Caudle, tenía setenta y tantos años y llevaba una placa en la cabeza a causa de una herida de la Primera Guerra Mundial. Un perfecto círculo de oscura piel injertada cubría la placa de la parte superior de su alta e inclinada frente, por lo que a lo largo de su vida de adulto había tenido que soportar el apodo de Lunar. Lunar hizo tal cosa. Lunar hizo tal otra. Lunar por aquí, Lunar por allá.

Cuando era más joven, se encargaba de cubrir las asambleas municipales, los partidos de fútbol, las elecciones, los juicios, los acontecimientos sociales de la iglesia, toda suerte de actividades del condado de Ford. Era un buen reportero, concienzudo e intuitivo. Estaba claro que la herida en la cabeza no había mermado su capacidad de escribir. Pero, en algún momento posterior a la Segunda Guerra Mundial, la placa se debió de desplazar y el señor Caudle dejó de escribir acerca de cualquier otro tema que no fueran las notas necrológicas. Le encantaban las notas necrológicas. Les dedicaba horas y horas. Redactaba párrafos de elocuente prosa, relatando la vida incluso de los más humildes habitantes del condado de Ford. Y la muerte de un acaudalado o importante ciudadano se publicaba en la primera plana, pues el señor Caudle no desaprovechaba la oportunidad. Jamás se perdía un velatorio o un entierro, jamás escribía nada malo acerca de nadie. Al final, todos eran objeto de glorificación. El condado de Ford era un lugar maravilloso donde morir. Y Lunar era un hombre muy popular, aunque estuviera más loco que un cencerro.

La única crisis auténtica de su carrera periodística se había producido en 1967, aproximadamente hacia el período en que el movimiento a favor de los derechos civiles llegó finalmente al condado de Ford. El periódico jamás había dado la menor muestra de tolerancia racial. En sus páginas no aparecían rostros negros, exceptuando los pertenecientes a conocidos criminales o a sospechosos de serlo. Ningún anuncio de boda entre personas de color. Ninguna mención a alumnos negros premiados con distinciones especiales al término de sus estudios. Sin embargo, en 1967 el señor Caudle hizo un descubrimiento sorprendente. Una mañana, al despertar, comprendió que en el condado de Ford los negros también se morían y que nadie informaba debidamente de ello. Allí fuera había todo un nuevo y fértil mundo de notas necrológicas esperando, y decidió lanzarse a navegar por unas peligrosas e inexploradas aguas. El miércoles 8 de marzo de 1967, el Times se convirtió en el primer semanario de propiedad blanca de Mississippi en publicar la nota necrológica de un negro. El hecho pasó bastante inadvertido.

A la semana siguiente, publicó tres notas necrológicas de negros y la gente empezó a hacer comentarios. A la cuarta semana, ya se había iniciado un boicot, los suscriptores empezaron a darse de baja y los anunciantes, a guardarse el dinero. El señor Caudle supo lo que estaba ocurriendo, pero había asumido hasta tal extremo su nueva condición de partidario de la integración racial que no se preocupaba por cuestiones tan triviales como las ventas y los beneficios. Seis semanas después de la publicación de la histórica nota necrológica, anunció en primera plana y en grandes caracteres en negrita su nueva política. Explicó a los lectores su intención de publicar lo que le viniera en gana y, si a los blancos no les gustaba, él procedería, sencillamente, a reducir el número de las notas necrológicas que solía dedicarles.

Cabe señalar que el hecho de morir como es debido constituye una parte importante de la vida en Mississippi, tanto para los blancos como para los negros, por lo que el hecho de ser enterrado sin la complacencia de una de las soberbias despedidas de Lunar era algo que la mayoría de los blancos no habría podido soportar. Y sabían que Lunar estaba lo bastante chiflado como para cumplir su amenaza.

La siguiente edición estaba llena de toda clase de notas necrológicas de blancos y negros, cuidadosamente clasificadas por orden alfabético sin distinción de raza. La tirada se agotó y fue seguida por un breve período de prosperidad.

La quiebra se calificó de forzosa, como si hubiera alguna que se declarara gustosamente y de buen grado. La jauría estaba encabezada por un taller gráfico de Memphis al que se adeudaban sesenta mil dólares. Varios acreedores llevaban seis meses sin cobrar. El viejo Security Bank estaba reclamando el pago de un préstamo.

Yo era nuevo en la plaza, pero había oído los rumores. Estaba sentado en un escritorio en la sala que precedía a las oficinas del Times leyendo una revista cuando una miniatura de hombre calzado con unos puntiagudos zapatos cruzó pavoneándose la entrada principal y preguntó por Wilson Caudle.

—Está en la funeraria —contesté.

Era un enano presumido. Vi un arma de fuego junto a su cadera, por debajo de una arrugada chaqueta azul marino, exhibida con el decidido propósito de que la gente reparase en ella. Probablemente tuviera licencia, pero en 1970 semejante cosa no era necesaria en el condado de Ford. Es más, las licencias estaban mal vistas.

—Tengo que hacerle entrega de estos papeles —dijo, agitando la mano en que sostenía un sobre.

Yo no tenía la menor intención de mostrarme servicial, pero resulta un poco difícil ser grosero con un enano. Aunque lleve pistola.

—Está en la funeraria —repetí.

—Pues entonces se los dejaré a usted —señaló.

A pesar de que llevaba allí menos de dos meses y había cursado estudios universitarios en el Norte, ya había aprendido unas cuantas cosas. Sabía que a la gente no se le hacía entrega de papeles buenos. Estos se enviaban por correo, se expedían o se daban en mano, pero jamás se hacía entrega de ellos por medio de otra persona. Aquellos papeles significaban problemas y yo no quería mezclarme en ellos.

—No pienso aceptarlos —dije, mirándole desde arriba.

Las leyes de la naturaleza exigen que los enanos sean personas dóciles y poco agresivas, y aquel pequeñajo no era una excepción. La pistola era un truco. Miró alrededor de la sala con una afectada sonrisa en los labios, pero sabía que la situación no tenía remedio. Con cierta tendencia a lo teatral, se volvió a guardar el sobre en el bolsillo y preguntó:

—¿Dónde está la funeraria?

Se lo indiqué señalando aquí y allá y el hombre se retiró. Al cabo de una hora, Lunar cruzó la puerta a trompicones, agitando los papeles en la mano y aullando como un histérico.

—¡Todo ha terminado! ¡Todo ha terminado! —berreaba mientras yo sostenía en la mano la declaración de quiebra forzosa.

Margaret Wright, la secretaria, y Hardy, el tipógrafo, salieron de la parte de atrás y trataron de consolarlo. Se sentó en una silla sosteniéndose el rostro entre las manos y empezó a sollozar en tono lastimero, con los codos apoyados sobre las rodillas. Yo leí la declaración en voz alta para que los demás se enteraran.

Decía que el señor Caudle tenía que comparecer ante el tribunal en Oxford en cuestión de una semana para reunirse con los acreedores y el juez, y que allí se decidiría si el periódico podría seguir publicándose mientras un síndico aclaraba la situación. Adiviné que Margaret y Hardy estaban más preocupados por sus empleos que por el señor Caudle y su quiebra, pero ambos permanecieron solícitamente al lado de este dándole palmadas en la espalda.

Cuando cesó el llanto, Caudle se levantó de repente, se mordió el labio inferior y anunció:

—Tengo que decírselo a mi madre.

Los tres nos miramos el uno al otro. La señorita Emma Caudle había abandonado esta vida varios años atrás, pero su frágil corazón seguía funcionando justo lo suficiente para aplazar un entierro. Ignoraba y no le importaba el color de la gelatina con que la alimentaban y estaba claro que le importaba un carajo el condado de Ford y su periódico. Estaba ciega y sorda y pesaba menos de treinta y cinco kilos, y de pronto Lunar tenía el propósito de discutir con ella la cuestión de la quiebra forzosa. Fue entonces cuando comprendí que él ya no estaba tampoco con nosotros.

Volvió a echarse a llorar y se fue. Seis meses más tarde yo escribiría su nota necrológica.

Puesto que yo había estudiado en la universidad y sostenía los papeles en la mano, Hardy y Margaret me miraron esperanzados en busca de consejo. Yo no era abogado sino periodista, pero les dije que llevaría los papeles al abogado de la familia Caudle. Seguiríamos su consejo. Esbozaron una leve sonrisa y regresaron a su trabajo.

Al mediodía compré un pack de seis latas de cerveza en el Quincy’s One Stop de Lowtown, el sector negro de Clanton, y me fui a dar un largo paseo en mi Spitfire. Estábamos a finales de febrero y hacía un calor impropio de la estación, por lo que bajé la capota y me dirigí al lago, preguntándome, no por primera vez, qué estaba haciendo exactamente en el condado de Ford, Mississippi.

Me había criado en Memphis y me había pasado cinco años estudiando Periodismo en Syracuse cuando mi abuela se hartó de pagarme unos estudios que se estaban prolongando en demasía. Mis notas no eran gran cosa y me faltaba un año para conseguir el título. Puede que un año y medio. Ella, BeeBee, tenía un montón de dinero, le molestaba gastarlo y, al cabo de cinco años, pensó que ya había financiado lo suficiente mi oportunidad. Cuando me dejó sin blanca, sufrí una gran decepción pero no me quejé, por lo menos ante ella. Yo era su único nieto y su herencia sería muy agradable.

Estudié Periodismo con lo poco que me quedaba. En mis primeros días en Syracuse aspiraba a convertirme en un reportero de investigación para el New York Times o el Washington Post. Quería salvar el mundo dejando al descubierto la corrupción y el deterioro ambiental, el despilfarro del gobierno y la injusticia que sufrían los débiles y los oprimidos. Los premios Pulitzer me estaban esperando. Tras pasarme uno o dos años con tan elevados sueños, vi una película acerca de un corresponsal extranjero que recorría velozmente el mundo en busca de guerras, seduciendo a bellas mujeres y encontrando tiempo para escribir reportajes ganadores de premios. Hablaba ocho idiomas y llevaba barba, botas de combate y almidonados pantalones caqui que jamás se arrugaban. Entonces decidí convertirme en un periodista como él. Me dejé crecer la barba, me compré unas botas y unos caquis, intenté aprender alemán y traté de conquistar a las chicas más guapas. Durante mi penúltimo año de estudios, cuando mis notas empezaron a bajar progresivamente hasta dejarme en el último lugar de la clase, me cautivó la idea de trabajar para el periódico de una pequeña ciudad. No puedo explicar la causa de semejante atracción, solo decir que fue aproximadamente por las fechas en que conocí y me hice amigo de Nick Diener. Procedía de la zona rural de Indiana y su familia era propietaria desde hacía varias décadas de un periódico del condado bastante rentable. Conducía un pequeño y lujoso Alfa Romeo y siempre tenía montones de dinero en el bolsillo. Nos hicimos íntimos amigos.

Nick era un alumno brillante que habría podido estudiar medicina, derecho o ingeniería. Sin embargo, su único objetivo era regresar a Indiana y ponerse al frente de la empresa familiar. Eso me desconcertaba, hasta que una noche ambos nos emborrachamos y él me reveló cuánto ganaba anualmente su padre con su pequeño semanario cuya tirada no superaba los seis mil ejemplares. Era una mina de oro, me dijo. Simpl

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