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EL úLTIMO JURADO

John Grisham  

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Fragmento

1

En 1970, tras varias décadas de paciente desgobierno y amoroso abandono, The Ford County Times se declaró en quiebra. Su propietaria y editora, la señorita Emma Caudle, tenía noventa y tres años y permanecía confinada en una cama de un geriátrico de Tupelo. El editor, su hijo Wilson Caudle, tenía setenta y tantos años y llevaba una placa en la cabeza a causa de una herida de la Primera Guerra Mundial. Un perfecto círculo de oscura piel injertada cubría la placa de la parte superior de su alta e inclinada frente, por lo que a lo largo de su vida de adulto había tenido que soportar el apodo de Lunar. Lunar hizo tal cosa. Lunar hizo tal otra. Lunar por aquí, Lunar por allá.

Cuando era más joven, se encargaba de cubrir las asambleas municipales, los partidos de fútbol, las elecciones, los juicios, los acontecimientos sociales de la iglesia, toda suerte de actividades del condado de Ford. Era un buen reportero, concienzudo e intuitivo. Estaba claro que la herida en la cabeza no había mermado su capacidad de escribir. Pero, en algún momento posterior a la Segunda Guerra Mundial, la placa se debió de desplazar y el señor Caudle dejó de escribir acerca de cualquier otro tema que no fueran las notas necrológicas. Le encantaban las notas necrológicas. Les dedicaba horas y horas. Redactaba párrafos de elocuente prosa, relatando la vida incluso de los más humildes habitantes del condado de Ford. Y la muerte de un acaudalado o importante ciudadano se publicaba en la primera plana, pues el señor Caudle no desaprovechaba la oportunidad. Jamás se perdía un velatorio o un entierro, jamás escribía nada malo acerca de nadie. Al final, todos eran objeto de glorificación. El condado de Ford era un lugar maravilloso donde morir. Y Lunar era un hombre muy popular, aunque estuviera más loco que un cencerro.

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La única crisis auténtica de su carrera periodística se había producido en 1967, aproximadamente hacia el período en que el movimiento a favor de los derechos civiles llegó finalmente al condado de Ford. El periódico jamás había dado la menor muestra de tolerancia racial. En sus páginas no aparecían rostros negros, exceptuando los pertenecientes a conocidos criminales o a sospechosos de serlo. Ningún anuncio de boda entre personas de color. Ninguna mención a alumnos negros premiados con distinciones especiales al término de sus estudios. Sin embargo, en 1967 el señor Caudle hizo un descubrimiento sorprendente. Una mañana, al despertar, comprendió que en el condado de Ford los negros también se morían y que nadie informaba debidamente de ello. Allí fuera había todo un nuevo y fértil mundo de notas necrológicas esperando, y decidió lanzarse a navegar por unas peligrosas e inexploradas aguas. El miércoles 8 de marzo de 1967, el Times se convirtió en el primer semanario de propiedad blanca de Mississippi en publicar la nota necrológica de un negro. El hecho pasó bastante inadvertido.

A la semana siguiente, publicó tres notas necrológicas de negros y la gente empezó a hacer comentarios. A la cuarta semana, ya se había iniciado un boicot, los suscriptores empezaron a darse de baja y los anunciantes, a guardarse el dinero. El señor Caudle supo lo que estaba ocurriendo, pero había asumido hasta tal extremo su nueva condición de partidario de la integración racial que no se preocupaba por cuestiones tan triviales como las ventas y los beneficios. Seis semanas después de la publicación de la histórica nota necrológica, anunció en primera plana y en grandes caracteres en negrita su nueva política. Explicó a los lectores su intención de publicar lo que le viniera en gana y, si a los blancos no les gustaba, él procedería, sencillamente, a reducir el número de las notas necrológicas que solía dedicarles.

Cabe señalar que el hecho de morir como es debido constituye una parte importante de la vida en Mississippi, tanto para los blancos como para los negros, por lo que el hecho de ser enterrado sin la complacencia de una de las soberbias despedidas de Lunar era algo que la mayoría de los blancos no habría podido soportar. Y sabían que Lunar estaba lo bastante chiflado como para cumplir su amenaza.

La siguiente edición estaba llena de toda clase de notas necrológicas de blancos y negros, cuidadosamente clasificadas por orden alfabético sin distinción de raza. La tirada se agotó y fue seguida por un breve período de prosperidad.

La quiebra se calificó de forzosa, como si hubiera alguna que se declarara gustosamente y de buen grado. La jauría estaba encabezada por un taller gráfico de Memphis al que se adeudaban sesenta mil dólares. Varios acreedores llevaban seis meses sin cobrar. El viejo Security Bank estaba reclamando el pago de un préstamo.

Yo era nuevo en la plaza, pero había oído los rumores. Estaba sentado en un escritorio en la sala que precedía a las oficinas del Times leyendo una revista cuando una miniatura de hombre calzado con unos puntiagudos zapatos cruzó pavoneándose la entrada principal y preguntó por Wilson Caudle.

—Está en la funeraria —contesté.

Era un enano presumido. Vi un arma de fuego junto a su cadera, por debajo de una arrugada chaqueta azul marino, exhibida con el decidido propósito de que la gente reparase en ella. Probablemente tuviera licencia, pero en 1970 semejante cosa no era necesaria en el condado de Ford. Es más, las licencias estaban mal vistas.

—Tengo que hacerle entrega de estos papeles —dijo, agitando la mano en que sostenía un sobre.

Yo no tenía la menor intención de mostrarme servicial, pero resulta un poco difícil ser grosero con un enano. Aunque lleve pistola.

—Está en la funeraria —repetí.

—Pues entonces se los dejaré a usted —señaló.

A pesar de que llevaba allí menos de dos meses y había cursado estudios universitarios en el Norte, ya había aprendido unas cuantas cosas. Sabía que a la gente no se le hacía entrega de papeles buenos. Estos se enviaban por correo, se expedían o se daban en mano, pero jamás se hacía entrega de ellos por medio de otra persona. Aquellos papeles significaban problemas y yo no quería mezclarme en ellos.

—No pienso aceptarlos —dije, mirándole desde arriba.

Las leyes de la naturaleza exigen que los enanos sean personas dóciles y poco agresivas, y aquel pequeñajo no era una excepción. La pistola era un truco. Miró alrededor de la sala con una afectada sonrisa en los labios, pero sabía que la situación no tenía remedio. Con cierta tendencia a lo teatral, se volvió a guardar el sobre en el bolsillo y preguntó:

—¿Dónde está la funeraria?

Se lo indiqué señalando aquí y allá y el hombre se retiró. Al cabo de una hora, Lunar cruzó la puerta a trompicones, agitando los papeles en la mano y aullando como un histérico.

—¡Todo ha terminado! ¡Todo ha terminado! —berreaba mientras yo sostenía en la mano la declaración de quiebra forzosa.

Margaret Wright, la secretaria, y Hardy, el tipógrafo, salieron de la parte de atrás y trataron de consolarlo. Se sentó en una silla sosteniéndose el rostro entre las manos y empezó a sollozar en tono lastimero, con los codos apoyados sobre las rodillas. Yo leí la declaración en voz alta para que los demás se enteraran.

Decía que el señor Caudle tenía que comparecer ante el tribunal en Oxford en cuestión de una semana para reunirse con los acreedores y el juez, y que allí se decidiría si el periódico podría seguir publicándose mientras un síndico aclaraba la situación. Adiviné que Margaret y Hardy estaban más preocupados por sus empleos que por el señor Caudle y su quiebra, pero ambos permanecieron solícitamente al lado de este dándole palmadas en la espalda.

Cuando cesó el llanto, Caudle se levantó de repente, se mordió el labio inferior y anunció:

—Tengo que decírselo a mi madre.

Los tres nos miramos el uno al otro. La señorita Emma Caudle había abandonado esta vida varios años atrás, pero su frágil corazón seguía funcionando justo lo suficiente para aplazar un entierro. Ignoraba y no le importaba el color de la gelatina con que la alimentaban y estaba claro que le importaba un carajo el condado de Ford y su periódico. Estaba ciega y sorda y pesaba menos de treinta y cinco kilos, y de pronto Lunar tenía el propósito de discutir con ella la cuestión de la quiebra forzosa. Fue entonces cuando comprendí que él ya no estaba tampoco con nosotros.

Volvió a echarse a llorar y se fue. Seis meses más tarde yo escribiría su nota necrológica.

Puesto que yo había estudiado en la universidad y sostenía los papeles en la mano, Hardy y Margaret me miraron esperanzados en busca de consejo. Yo no era abogado sino periodista, pero les dije que llevaría los papeles al abogado de la familia Caudle. Seguiríamos su consejo. Esbozaron una leve sonrisa y regresaron a su trabajo.

Al mediodía compré un pack de seis latas de cerveza en el Quincy’s One Stop de Lowtown, el sector negro de Clanton, y me fui a dar un largo paseo en mi Spitfire. Estábamos a finales de febrero y hacía un calor impropio de la estación, por lo que bajé la capota y me dirigí al lago, preguntándome, no por primera vez, qué estaba haciendo exactamente en el condado de Ford, Mississippi.

Me había criado en Memphis y me había pasado cinco años estudiando Periodismo en Syracuse cuando mi abuela se hartó de pagarme unos estudios que se estaban prolongando en demasía. Mis notas no eran gran cosa y me faltaba un año para conseguir el título. Puede que un año y medio. Ella, BeeBee, tenía un montón de dinero, le molestaba gastarlo y, al cabo de cinco años, pensó que ya había financiado lo suficiente mi oportunidad. Cuando me dejó sin blanca, sufrí una gran decepción pero no me quejé, por lo menos ante ella. Yo era su único nieto y su herencia sería muy agradable.

Estudié Periodismo con lo poco que me quedaba. En mis primeros días en Syracuse aspiraba a convertirme en un reportero de investigación para el New York Times o el Washington Post. Quería salvar el mundo dejando al descubierto la corrupción y el deterioro ambiental, el despilfarro del gobierno y la injusticia que sufrían los débiles y los oprimidos. Los premios Pulitzer me estaban esperando. Tras pasarme uno o dos años con tan elevados sueños, vi una película acerca de un corresponsal extranjero que recorría velozmente el mundo en busca de guerras, seduciendo a bellas mujeres y encontrando tiempo para escribir reportajes ganadores de premios. Hablaba ocho idiomas y llevaba barba, botas de combate y almidonados pantalones caqui que jamás se arrugaban. Entonces decidí convertirme en un periodista como él. Me dejé crecer la barba, me compré unas botas y unos caquis, intenté aprender alemán y traté de conquistar a las chicas más guapas. Durante mi penúltimo año de estudios, cuando mis notas empezaron a bajar progresivamente hasta dejarme en el último lugar de la clase, me cautivó la idea de trabajar para el periódico de una pequeña ciudad. No puedo explicar la causa de semejante atracción, solo decir que fue aproximadamente por las fechas en que conocí y me hice amigo de Nick Diener. Procedía de la zona rural de Indiana y su familia era propietaria desde hacía varias décadas de un periódico del condado bastante rentable. Conducía un pequeño y lujoso Alfa Romeo y siempre tenía montones de dinero en el bolsillo. Nos hicimos íntimos amigos.

Nick era un alumno brillante que habría podido estudiar medicina, derecho o ingeniería. Sin embargo, su único objetivo era regresar a Indiana y ponerse al frente de la empresa familiar. Eso me desconcertaba, hasta que una noche ambos nos emborrachamos y él me reveló cuánto ganaba anualmente su padre con su pequeño semanario cuya tirada no superaba los seis mil ejemplares. Era una mina de oro, me dijo. Simplemente noticias de ámbito local, anuncios de bodas, acontecimientos sociales de la iglesia, lista de estudiantes premiados con distinciones especiales, eventos deportivos, fotografías de equipos de baloncesto, unas cuantas recetas de cocina, unas cuantas notas necrológicas y varias páginas de anuncios. Puede que un poco de política, pero siempre procurando mantenerse al margen de las polémicas. Y a contar el dinero. Su padre era millonario. Se trataba de un tipo de periodismo moderado y de baja presión con el cual se ganaba el dinero a espuertas, según Nick.

Eso me atrajo. Al terminar mi cuarto año de estudios, que debería haber sido el último pero no lo fue ni de lejos, me pasé el verano haciendo prácticas en un pequeño semanario en las montañas Ozark, Arkansas. La paga era una birria, pero a BeeBee le impresionó porque significaba que yo estaba trabajando. Cada semana le enviaba por correo la publicación, la mitad de la cual, como mínimo, estaba redactaba por mí. El propietario y editor era un maravilloso y anciano caballero encantado de contar con un reportero dispuesto a escribir. Era muy rico.

Después de cinco años en Syracuse mis calificaciones ya no tenían remedio y el pozo se secó. Regresé a Memphis, visité a BeeBee, le agradecí su esfuerzo y le dije que la quería. Ella me contestó que me buscara un trabajo.

Por aquel entonces la hermana de Wilson Caudle vivía en Memphis y, por una serie de casualidades, aquella señora trabó amistad con BeeBee en una de esas reuniones de aficionados al té. Después de unas cuantas llamadas telefónicas en uno y otro sentido, me envolvieron como un paquete y me enviaron a Clanton, Mississippi, donde Lunar me esperaba con ansia. Tras una hora de instrucción, me dejó suelto por el condado de Ford.

En el siguiente número publicó un pequeño y simpático reportaje con una fotografía mía, anunciando mi período de «prácticas» en el Times. El reportaje apareció en primera plana. Las noticias escaseaban aquellos días.

El anuncio contenía un par de errores garrafales que me perseguirían durante varios años. El primero y menos importante era que ahora Syracuse se había incorporado al grupo de prestigiosas universidades de la Ivy League, por lo menos según Lunar. Este informaba a sus cada vez menos numerosos lectores de que yo había recibido mi educación de la Ivy League en Syracuse. Transcurrió un mes antes de que alguien me lo comentara. Estaba empezando a creer que nadie leía el periódico o, peor, que aquellos que lo hacían eran unos idiotas de campeonato.

La segunda información inexacta cambió mi vida. Yo me llamaba Joyner William Traynor. Hasta los doce años, machaqué a mis padres con preguntas acerca de por qué dos personas presuntamente inteligentes le habían endilgado el nombre de Joyner a un recién nacido. Al final se filtró la historia de que uno de mis progenitores, que negaban ser los responsables del desaguisado, había insistido en llamarme Joyner a modo de ramo de olivo para hacer las paces con un pariente que, por lo visto, tenía dinero. Jamás conocí a aquel hombre, mi tocayo. Por lo que a mí respecta, murió sin un centavo, pero yo me quedé con el nombre de Joyner para toda la vida. Cuando me matriculé en Syracuse, me llamaba J. William, un nombre bastante impresionante para un chico de dieciocho años. Pero Vietnam, los disturbios, la rebelión y las revueltas sociales me convencieron de que J. William sonaba demasiado empresarial, demasiado «sistema». Y me convertí en Will.

Lunar me llamaba indistintamente Will, William, Bill e incluso Billy y, puesto que yo respondía a todos ellos, jamás supe cuál sería el siguiente. En el anuncio, bajo mi sonriente rostro, figuraba mi nuevo nombre. Willie Traynor. Me quedé horrorizado. Jamás pensé que alguien pudiera llamarme Willie. Había asistido a la escuela preuniversitaria en Memphis y después al centro universitario de Nueva York y jamás había conocido a nadie que se llamara Willie. Yo no era un chico formal. Conducía un Triumph Spitfire y llevaba melena.

¿Qué les diría a mis compañeros de la asociación estudiantil de Syracuse? ¿Qué le diría a BeeBee?

Tras permanecer un par de días escondido en mi apartamento, hice acopio de valor para presentarme ante Lunar y exigirle que hiciera algo. No sabía muy bien qué, pero él había cometido el error y lo tendría que arreglar. Entré con paso decidido en la redacción del Times y me tropecé con Davey Bigmouth Bass, el editor deportivo del periódico.

—Hola, vaya nombre tan pijo que tienes —dijo.

Lo seguí a su despacho en busca de consejo.

—Yo no me llamo Willie —dije.

—Ahora sí.

—Me llamo Will.

—Aquí te van a querer mucho. Un sabelotodo del Norte con el cabello largo y un cochecito deportivo de importación. Pero, hombre, si aquí la gente va a pensar que un nombre como Willie te cuadra muy bien. Piensa en Joe Willie.

—¿Quién es Joe Willie?

—Joe Willie Namath.

—Ah, ya.

—Pues sí, es un yanqui como tú, de Pennsylvania o algún sitio así, pero cuando llegó a Alabama pasó de Joseph William a Joe Willie. Las chicas lo perseguían por todas partes.

Empecé a sentirme mejor. En 1970, Joe Namath era probablemente el deportista más famoso de todo el país. Salí a dar una vuelta repitiendo sin cesar el nombre de «Willie». Al cabo de un par de semanas, empezó a cuajar. Todo el mundo me llamaba Willie y parecía sentirse más a gusto con aquel nombre tan prosaico.

Le dije a BeeBee que era solo un seudónimo provisional.

El Times era un periódico muy delgado y comprendí de inmediato que estaba en apuros. Muchas notas necrológicas y pocos anuncios y noticias. Los empleados estaban descontentos pero se mostraban tranquilos y leales. Los empleos escaseaban en el condado de Ford en 1970. Al cabo de una semana, a pesar de ser un novato, me di cuenta de que el periódico sufría pérdidas. Las notas necrológicas son gratuitas..., los anuncios no. Lunar se pasaba casi todo el rato en su desordenado despacho, dando de vez en cuando alguna cabezadita y llamando a la funeraria. En ocasiones eran ellos quienes lo llamaban a él. A veces las familias se pasaban por allí pocas horas después de que tío Wilber hubiera exhalado su último suspiro y entregaban un largo y florido relato que Lunar recibía y trasladaba cuidadosamente a su escritorio. Detrás de la puerta cerrada, redactaba, corregía, investigaba y reescribía hasta dejarlo todo impecable.

Me dijo que yo cubriría la información de todo el condado. El periódico contaba con otro reportero general, Baggy Suggs, un viejo chivo borrachín que se pasaba las horas en el edificio de los juzgados al otro lado de la calle husmeando en busca de chismes y bebiendo bourbon en compañía de un pequeño club de abogados fracasados, demasiado viejos y alcoholizados como para seguir ejerciendo la profesión. Tal como averiguaría poco después, Baggy era demasiado holgazán como para comprobar las fuentes y escarbar en busca de algo interesante, por lo que no debía sorprender que su reportaje de primera plana fuera un aburrido relato acerca de una disputa sobre unas lindes de tierras o la agresión de un marido a su mujer.

Margaret, la secretaria, era una virtuosa dama cristiana que lo gobernaba todo, aunque ponía la inteligencia necesaria como para permitir que Lunar pensara que el jefe era él. Tenía cincuenta y tantos años y llevaba veinte trabajando en el mismo lugar. Era la roca y el ancla del periódico; todo el Times giraba a su alrededor. Margaret era afable y casi tímida, y ya desde el primer día se sintió completamente intimidada por mi persona porque era de Memphis y había estudiado cinco años en el Norte. Yo me cuidaba mucho de no hacer ostentación de mi pertenencia al privilegiado grupo de ex alumnos de la Ivy League, pero al mismo tiempo quería que aquellos palurdos de Mississippi supieran que había recibido una educación esmerada.

Margaret y yo nos convertimos en compañeros de chismorreos y, al cabo de una semana, esta me confirmó lo que yo ya sospechaba... En efecto, el señor Caudle estaba loco y el periódico se encontraba en graves apuros económicos. Pero, me dijo, ¡los Caudle eran dueños de un importante patrimonio familiar!

Tardaría años en comprender aquel misterio.

En Mississippi, el patrimonio familiar no debía confundirse con la riqueza. No tenía nada que ver con el dinero en efectivo u otros bienes. El patrimonio familiar equivalía a una posición o a un rango social adquirido por alguien perteneciente a la raza blanca, con unos estudios en cierto modo superiores al simple bachillerato, nacido en una soberbia mansión con pórtico —preferiblemente rodeada por campos de algodón o de soja, aunque eso no era imprescindible— y parcialmente criado por una apreciada sirvienta negra llamada Bessie o Pearl y unos abuelos a los que se les caía la baba por él y que habían sido los amos de los antepasados de Bessie o de Pearl, además de haber sido instruido desde la cuna en las severas cualidades sociales de un sector de la población por demás privilegiado. Las hectáreas de tierras y los depósitos bancarios ayudaban también en cierto modo, pero Mississippi estaba lleno de insolventes personajes de sangre azul que habían heredado el rango social propio de un patrimonio familiar. Se trataba de algo que no se podía adquirir. Se heredaba en el momento de nacer.

Cuando hablé con el abogado de la familia Caudle, este me explicó un tanto someramente el verdadero valor del patrimonio de los Caudle.

—Son tan pobres como el pavo de Job —me dijo, mientras yo permanecía repantigado en un gastado sillón de cuero y le miraba desde el otro lado de un antiguo escritorio de caoba.

Se llamaba Walter Sullivan y pertenecía al prestigioso bufete Sullivan & O’Hara (prestigioso en el condado de Ford... donde había siete abogados). Examinó la declaración de quiebra y me empezó a hablar de los Caudle y del dinero que antes tenían y de lo necios que habían sido al hundir un periódico otrora rentable. Se encargaba de sus intereses desde hacía treinta años. En la época en que la señorita Emma lo dirigía todo, el Times tenía cinco mil suscriptores y sus páginas estaban llenas de anuncios. Tenía el certificado de un depósito de quinientos mil dólares en el Security Bank en previsión de futuras dificultades.

Más tarde murió su marido y la señorita Emma se volvió a casar con un alcohólico del lugar veinte años más joven que ella. Cuando estaba sereno, era medianamente culto y se creía un poeta y ensayista torturado. La señorita Emma lo amaba con todo su corazón y lo instaló en el cargo de coeditor, una situación que él utilizaba para escribir largos editoriales atacando y criticando con dureza cualquier cosa que ocurriera en el condado de Ford. Fue el principio del final. Lunar odiaba a su nuevo padrastro, los sentimientos eran recíprocos, y, al final, la relación entre ambos culminó en una de las más pintorescas peleas de la historia del centro de Clanton. Tuvo lugar en la calle, delante de la redacción del Times, en la plaza del centro, en presencia de una asombrada muchedumbre. Los habitantes del lugar pensaban que aquel día el ya frágil cerebro de Lunar sufrió unos daños adicionales. Poco después de aquel episodio, a este le dio por no escribir otra cosa que no fueran aquellas malditas notas necrológicas.

El padrastro se largó con el dinero de su mujer y la señorita Emma, con el corazón destrozado por la pena, se encerró en sí misma.

—Antes era un periódico estupendo —dijo el señor Sullivan—. Pero mire ahora. Menos de mil doscientas suscripciones y fuertemente endeudado. La quiebra.

—¿Y qué hará el tribunal? —pregunté.

—Intentar buscar un comprador.

—¿Un comprador?

—Sí, alguien lo comprará. El condado necesita un periódico.

De inmediato pensé en dos personas: Nick Diener y BeeBee. La familia de Nick se había hecho rica con el semanario de un condado. BeeBee estaba forrada y solo tenía un amado nieto. Se me aceleraron los latidos del corazón al olfatear la oportunidad.

El señor Sullivan me miró fijamente y comprendí que había adivinado lo que estaba pensado.

—Se podría comprar por una miseria —dijo.

—¿Cuánto? —pregunté con toda la audacia de un novato reportero de veintitrés años cuya abuela era tan áspera y dura como una pastilla de jabón de lavar la ropa.

—Probablemente cincuenta mil. Veinticinco mil por el periódico y veinticinco mil para gestionarlo. Casi todas las deudas se pueden incluir en la quiebra y renegociar después con los acreedores que usted necesite. —Hizo una pausa y se inclinó hacia delante con los codos apoyados sobre la mesa y las pobladas y grises cejas moviéndose a sacudidas como si su cerebro estuviera funcionando a destajo—. Podría ser una auténtica mina de oro, ¿sabe?

BeeBee jamás había invertido en una mina de oro, pero tras pasarme tres días dándole la tabarra me fui de Memphis con un cheque de cincuenta mil dólares. Se lo entregué al señor Sullivan, quien lo ingresó en una cuenta fiduciaria y pidió autorización al tribunal para la venta del periódico. El juez, un carcamal que habría podido permanecer acostado al lado de la señorita Emma, asintió benignamente con la cabeza y garabateó su firma en una orden que me convirtió en el nuevo propietario de The Ford County Times.

Hacen falta por lo menos tres generaciones para que lo acepten a uno en el condado de Ford. Independientemente del dinero o de la educación, uno no puede afincarse allí sin más y ganarse la confianza de la gente. Una oscura nube de sospecha se cierne sobre cualquier recién llegado, y yo no fui una excepción. La gente de allí es extremadamente cordial, amable y cortés casi hasta el extremo de resultar entrometida con su empalagosa gentileza. Saludan a todo el mundo con una inclinación de la cabeza en las calles del centro. Te preguntan por la salud y por el tiempo y te invitan a la iglesia. Se desviven por prestar ayuda a los desconocidos.

Pero nadie se fía realmente de ti a menos que ya confiara en tu abuelo.

En cuanto se corrió la voz de que yo, un joven e inexperto desconocido de Memphis, había comprado el periódico por cincuenta mil o quizá cien mil o tal vez incluso doscientos cincuenta mil dólares, una enorme oleada de chismorreos sacudió la comunidad. Margaret me tenía informado de todas las novedades. Por el hecho de ser soltero, cabía la posibilidad de que yo fuera homosexual. Por el hecho de haber estudiado en Syracuse, dondequiera que eso estuviese, lo más probable era que fuese comunista. O, peor, un liberal. Por el hecho de ser de Memphis, era un elemento subversivo dispuesto a poner en un aprieto al condado de Ford.

Sin embargo, tal como todos ellos reconocían en voz baja entre sí, ¡yo controlaba ahora las notas necrológicas! ¡Era alguien!

El nuevo Times debutó el 18 de marzo de 1970, apenas tres semanas después de que se presentara el enano con los papeles. Tenía más de dos centímetros de grosor y ofrecía más fotografías que las que jamás hubiera ofrecido el semanario de un condado. Tropas de clubes de escultismo de niños de ocho a diez años, clubes de escultismo de niñas, equipos de béisbol de escuela secundaria, clubes de jardinería, clubes de lectores, clubes de té, grupos de estudios bíblicos, equipos de sófbol, asociaciones cívicas. Docenas de fotos. Traté de incluir a todo bicho viviente del condado. Y los muertos fueron ensalzados como jamás lo habían sido. Las notas necrológicas eran embarazosamente largas. Estoy seguro de que Lunar se sintió orgulloso, aunque yo jamás supe nada de él.

Las noticias eran ligeras e insustanciales. Ningún editorial en absoluto. A la gente le encanta leer noticias de sucesos y delitos, por lo que inauguré en el ángulo inferior izquierdo de la primera plana la sección «Notas de sucesos». Afortunadamente, la semana anterior se había registrado el robo de dos camionetas y yo cubrí aquellos acontecimientos como si del saqueo de Fort Knox se tratara.

En el centro de la primera plana figuraba una fotografía de considerable tamaño de la nueva plantilla: Margaret, Hardy, Baggy Suggs, yo, nuestro fotógrafo Wiley Meek, Davey Bigmouth Bass y Melanie Dogan, una estudiante de bachillerato que trabajaba con nosotros a tiempo parcial. Me sentía orgulloso de mi equipo de colaboradores. Nos habíamos pasado diez días trabajando las veinticuatro horas del día y nuestra primera edición fue todo un éxito. Imprimimos cinco mil ejemplares y los vendimos todos. Le envié una caja de ellos a BeeBee y esta se mostró sumamente impresionada.

A lo largo del mes siguiente, el nuevo Times fue adquiriendo lentamente forma mientras yo trataba de establecer en qué pretendía convertirlo. Los cambios resultan muy dolorosos en el Mississippi rural, por cuyo motivo decidí introducirlos de manera paulatina. El viejo periódico estaba en quiebra, pero apenas había cambiado en cincuenta años. Publiqué más noticias, vendí más anuncios, incluí cada vez más fotografías de toda clase de grupos. Y trabajé duro con las notas necrológicas.

Jamás me había entusiasmado trabajar muchas horas, pero, puesto que era el dueño, me olvidé del reloj. Era demasiado joven y estaba demasiado ocupado como para sentir miedo. Tenía veintitrés años y, gracias a la suerte, la habilidad para la elección del momento oportuno y una abuela rica, me había convertido de repente en el dueño de un semanario. Si hubiera vacilado y estudiado la situación, si hubiera solicitado el consejo de los bancos y los contables, estoy seguro de que alguien habría conseguido hacerme entrar en razón, al menos un poco. Pero a los veintitrés años se es valiente. Como no tienes nada, no hay nada que perder.

Pensé que la publicación tardaría un año en resultar rentable. Y, al principio, los ingresos aumentaron muy lentamente. Pero, de pronto, se produjo el asesinato de Rhoda Kassellaw. Supongo que lo natural es que se vendan más periódicos cuando ha habido un brutal delito y la gente quiere conocer los detalles. Habíamos vendido dos mil cuatrocientos ejemplares la semana anterior a su muerte y vendimos casi cuatro mil la semana posterior.

No fue un asesinato corriente.

El condado de Ford era un lugar muy tranquilo, lleno de gente que, o bien era cristiana, o bien afirmaba serlo. Las reyertas eran el pan de cada día, pero solían producirse entre las clases más bajas que frecuentaban las cervecerías y locales por el estilo. Una vez al mes, un patán pueblerino le pegaba un tiro a un vecino o puede que a su propia mujer, y cada fin de semana se registraba por lo menos un apuñalamiento en los barrios negros. Semejantes episodios raras veces culminaban en alguna muerte.

Fui propietario del periódico durante diez años, de 1970 a 1980, y durante ese tiempo informamos de muy pocos asesinatos en el condado de Ford. Pero ninguno de ellos fue tan brutal como el de Rhoda Kassellaw, ni tan premeditado. Treinta años después, sigo pensando en él a diario.

2

Rhoda Kassellaw vivía en la comunidad de Beech Hill, a quince kilómetros al norte de Clanton, en una modesta casa de ladrillos grises en un estrecho camino rural asfaltado. Los arriates de flores que había frente a la casa no tenían malas hierbas y eran objeto de cuidados cotidianos y, entre estos y el camino asfaltado, la ancha y larga extensión de césped era muy tupida y estaba muy bien cortada. El camino de la entrada era de grava blanca. Diseminada a ambos lados del mismo se podía ver toda una colección de patinetes, balones y bicicletas.

Era una agradable casita rural, a un tiro de piedra de la del matrimonio Deece. El joven que la había comprado había resultado muerto en un accidente de camión en algún lugar de Texas y, a la edad de veintiocho años, Rhoda se quedó viuda. El seguro de vida le permitió terminar de pagar la casa y el coche. El resto se invirtió de tal manera que le proporcionara unos modestos ingresos mensuales, gracias a los cuales pudo seguir ocupando la casa y ofrecer toda clase de caprichos a sus hijos. Se pasaba muchas horas fuera cuidando el huerto, plantando flores, arrancando malas hierbas y echando estiércol y paja en los arriates de la parte delantera de la casa.

Vivía muy retirada. Las ancianas de Beech Hill la consideraban una viuda modelo que se quedaba en su casa, se mostraba debidamente triste y limitaba sus salidas sociales a alguna que otra visita a la iglesia. Habría tenido que asistir a los oficios con más regularidad, murmuraban entre sí.

Poco después de la muerte de su marido, Rhoda decidió regresar a Missouri junto a su familia. Ni ella ni su difunto esposo eran naturales del condado de Ford. El trabajo los había llevado allí. Sin embargo, la casa ya estaba pagada, los niños eran felices, los vecinos amables y su familia estaba demasiado interesada en saber cuánto dinero había cobrado del seguro de vida. Así pues, se quedó, siempre con la idea de marcharse de allí pero sin llegar a hacerlo jamás.

Rhoda Kassellaw era una mujer guapa cuando quería, lo cual no ocurría con demasiada frecuencia. Solía camuflar su esbelta y bien proporcionada figura con un holgado vestido de algodón o un blusón de trabajo de batista, que era lo que acostumbraba a ponerse cuando trabajaba en el huerto. Apenas usaba maquillaje y se recogía el cabello color pajizo en la parte superior de la cabeza. Casi todo lo que comía procedía de su huerto ecológico y su tez presentaba un color saludable. Por regla general, una joven viuda tan atractiva hubiera sido algo muy codiciado en el condado, pero ella se mantenía siempre apartada.

Sin embargo, después de tres años de luto, Rhoda empezó a dar muestras de inquietud. La juventud se le estaba escapando de las manos y los años pasaban volando. Era demasiado joven y guapa para permanecer sentada en casa todos los sábados, leyendo relatos de entretenimiento. Allí fuera tenía que haber alguna diversión, aunque desde luego no en Beech Hill.

Contrató a una chica negra que trabajaba unas casas más abajo para que le cuidara a los niños y se tiraba una hora de carretera hasta el límite de Tennessee donde le habían dicho que existían algunos respetables salones sociales y clubes de baile. Era probable que allí nadie la conociese. Le gustaba bailar y coquetear, pero jamás bebía y siempre regresaba a casa temprano. La cosa se convirtió en una costumbre, tres o cuatro veces al mes.

Después, los vaqueros se volvieron cada vez más ajustados, los bailes más rápidos y las horas más largas. Se estaba haciendo notar y se hablaba de ella en los bares y los clubes del límite del estado.

Él la siguió dos veces hasta su casa antes de matarla. Corría el mes de marzo y un frente cálido había llevado consigo una prematura esperanza de primavera. La noche era oscura y sin luna. Bear, el perro mestizo de la familia, fue el primero en olfatearlo cuando se ocultó subrepticiamente detrás de un árbol del patio de atrás. Bear gruñó y ladró tal como le habían enseñado a hacer antes de que lo hicieran enmudecer para siempre.

Michael, el hijo de Rhoda, tenía cinco años y su hija Teresa, tres. Llevaban unos pijamas a juego con motivos de dibujos animados de Disney impecablemente planchados y contemplaban los luminosos ojos de su madre cuando esta les leía el relato de Jonás y la ballena. Rhoda los arropó en la cama y les dio un beso de buenas noches, por lo que, cuando apagó la luz del dormitorio de los niños, él ya se encontraba en el interior de la casa.

Una hora más tarde apagó el televisor, cerró las puertas y esperó a Bear, que no apareció. No le extrañó, porque a menudo le daba por perseguir conejos y ardillas por el bosque y regresaba a casa tarde. Bear dormiría en el porche de atrás y la despertaría con sus ladridos al amanecer. En su dormitorio, se quitó el ligero vestido de algodón y abrió la puerta del armario. Él la estaba esperando allí, en la oscuridad.

La agarró por detrás, le cubrió la boca con una mano fuerte y sudorosa y le dijo:

—Tengo un cuchillo; os voy a pinchar a ti y a tus hijos. —Con la otra mano sostuvo en alto una fina hoja y la agitó delante de sus ojos—. ¿Entendido? —le susurró al oído.

Ella se puso a temblar y consiguió asentir con la cabeza. No podía ver su aspecto. Él la arrojó boca abajo al suelo del armario lleno de ropa y le colocó las manos a la espalda. Tomó una bufanda de lana marrón que le había dado a Rhoda una anciana tía suya y se la anudó de cualquier manera alrededor de la cabeza.

—No hagas ruido —le dijo— o pincharé a tus hijos.

Cuando terminó de vendarle los ojos, la agarró por el cabello, la levantó y la arrastró hasta la cama. Le acercó la punta de la hoja a la barbilla y le dijo:

—No opongas resistencia. El cuchillo está aquí mismo.

Le rasgó las bragas y se inició la violación.

Quería ver sus ojos, aquellos ojos tan bonitos que había visto en los clubes. Y el largo cabello. La había invitado a beber y había bailado un par de veces con ella, pero, cuando finalmente decidió insinuarse, ella le había parado los pies.

—Sigue haciendo lo mismo, nena —musitó él lo bastante alto para que ella lo oyera.

Él y el Jack Daniel’s llevaban tres horas haciendo acopio de valor y el whisky acabó por atontarlo. Se movía lentamente encima de ella, disfrutando de cada segundo. Emitió los gruñidos de satisfacción que suele emitir un hombre de verdad cuando toma y recibe lo que quiere.

El olor a whisky de su sudor resultaba nauseabundo, pero Rhoda estaba demasiado asustada para vomitar. Quizá eso lo enfureciera y lo indujera a echar mano del cuchillo. Mientras empezaba a aceptar el horror del momento, Rhoda se puso a pensar. No hagas ruido. No despiertes a los niños. ¿Qué haría con el cuchillo cuando terminara?

Los movimientos de él se hicieron más rápidos y sus murmullos más fuertes.

—Tranquila, nena —murmuraba una y otra vez entre dientes—. De lo contrario, utilizaré el cuchillo.

La cama de hierro forjado estaba chirriando, señal de que no se usaba demasiado, se dijo él. Hacía demasiado ruido, pero no le importaba.

Los chirridos de la cama despertaron a Michael, que a su vez despertó a Teresa. Ambos salieron de su habitación y bajaron por el oscuro pasillo para ver qué pasaba. Michael abrió la puerta del dormitorio de su madre, vio a un desconocido encima de ella y gritó:

—¡Mami!

Por un segundo, el hombre se detuvo y volvió la cabeza hacia los niños.

El sonido de la voz del niño horrorizó a Rhoda, que se incorporó repentinamente y extendió las manos hacia su agresor. Un pequeño puño le dio al hombre en el ojo izquierdo y lo dejó momentáneamente aturdido. Después ella se arrancó la bufanda que le cubría los ojos mientras lo pateaba con ambas piernas. El hombre la abofeteó y trató de inmovilizarla de nuevo sobre la cama.

—¡Danny Padgitt! —exclamó ella sin dejar de arañarlo.

Él la golpeó una vez más.

—¡Mami! —gritó Michael.

—¡Corred, niños! —gritó Rhoda, pero la fuerte embestida de su agresor la hizo callar.

—¡Cállate! —masculló Padgitt.

—¡Corred! —alcanzó a gritar de nuevo Rhoda, y entonces los niños se retiraron y bajaron corriendo por el pasillo para dirigirse a la cocina y salir en busca de protección.

En la décima de segundo que transcurrió después de que ella pronunciara su nombre, Padgitt comprendió que no tendría más remedio que hacerla callar. Sacó el cuchillo y la apuñaló dos veces. Apenas huyeron los niños, él se levantó precipitadamente de la cama y recogió su ropa.

El señor Aaron Deece y su mujer estaban mirando la televisión de Memphis cuando oyeron la voz de Michael gritando cada vez más cerca. El señor Deece abrió la puerta de la casa y vio al niño. Tenía el pijama empapado de sudor y rocío y los dientes le castañeteaban tanto que apenas podía hablar.

—¡Le ha hecho daño a mi mamá! —repetía una y otra vez—. ¡Le ha hecho daño a mi mamá!

En medio de la oscuridad que reinaba entre ambas casas, el señor Deece vio a Teresa corriendo detrás de su hermano. Corría casi sin moverse de sitio, como si quisiera llegar a un lugar sin abandonar el otro. Cuando la señora Deece la alcanzó finalmente junto al garaje, la niña se estaba chupando el pulgar y no podía hablar.

El señor Deece corrió a su estudio y agarró dos escopetas de caza, una para él y otra para su mujer. Los niños estaban en la cocina, aterrados hasta el extremo de haberse quedado petrificados.

—Le ha hecho daño a mamá —repetía Michael.

La señora Deece los abrazó amorosamente y les dijo que todo se arreglaría. Contempló la escopeta de caza cuando su marido la depositó sobre la mesa.

—Tú quédate aquí —dijo el señor Deece, saliendo a toda prisa de la casa.

No tuvo que alejarse demasiado. Rhoda ya estaba a punto de alcanzar la vivienda de los Deece cuando se desplomó sobre la húmeda hierba. Estaba completamente desnuda y cubierta de sangre del cuello para abajo. Él la levantó en brazos, la llevó al porche de la casa y le gritó a su mujer que condujese a los niños a la parte de atrás de la vivienda y los encerrara en un dormitorio. No podía permitir que vieran a su madre en sus últimos momentos.

Mientras la depositaba en el columpio, Rhoda musitó:

—Danny Padgitt. Ha sido Danny Padgitt.

Él la cubrió con una manta y después llamó a una ambulancia.

Danny Padgitt mantenía su furgoneta en el centro de la carretera y circulaba a ciento treinta por hora. Estaba medio borracho y muerto de miedo, pero no quería reconocerlo. Llegaría a casa en cuestión de diez minutos y allí, en el pequeño reino familiar conocido como Padgitt Island, estaría a salvo.

Aquellos pequeños rostros lo habían echado todo a perder. Ya pensaría en ello al día siguiente. Bebió un buen trago de la botella de Jack Daniel’s y se sintió mejor.

Era un conejo o un perrito o algún otro bicho y, cuando este salió corriendo del arcén, lo vislumbró fugazmente y reaccionó de la forma indebida. Pisó instintivamente el pedal del freno por una simple décima de segundo porque, en realidad, le importaba un bledo lo que hubiera golpeado y más bien le gustaba el deporte de matar en la carretera, pero había pisado con demasiada fuerza. Los neumáticos posteriores se bloquearon y la furgoneta experimentó una sacudida. Antes de darse cuenta, Danny se vio metido en un grave problema. Dio un volantazo hacia un lado, el equivocado, y la furgoneta se desplazó hacia el arcén de grava donde empezó a girar. Patinó hacia la zanja, dio dos vueltas de campana y fue a estrellarse contra una hilera de pinos. Si hubiera estado sereno, se habría matado, pero los borrachos siempre salen bien librados.

Se escabulló por una ventanilla rota y se pasó un buen rato apoyado contra la furgoneta, contando sus heridas y rasguños y analizando las alternativas que se le ofrecían. De repente, sintió que una pierna se le quedaba rígida, y, mientras subía por el terraplén hacia la carretera, se dio cuenta de que no podría llegar muy lejos andando. Ni falta que le haría.

Las luces azules se le echaron encima antes de que pudiese reaccionar. El ayudante del sheriff bajó del vehículo y examinó la escena con una larga linterna negra. Otras linternas aparecieron por la carretera.

El agente vio la sangre, percibió el olor de whisky y llevó la mano a las esposas.

3

El río Big Brown desciende indolentemente hacia el sur desde Tennessee y fluye tan recto como un canal excavado por manos humanas a lo largo de más de cuarenta y cinco kilómetros por el centro del condado de Tyler, Mississippi. A unos tres kilómetros del límite territorial del condado de Ford empieza a serpear y a describir vueltas, enroscándose desesperadamente sin llegar a ninguna parte. Sus aguas son espesas y pesadas, cenagosas y lentas, someras en casi todo su recorrido. El Big Brown es famoso por su belleza. Bajíos de arena, lodo y grava bordean sus innumerables curvas y meandros. Cien esteros y arroyos lo alimentan con unas inagotables corrientes de lentas aguas.

Su viaje a través del condado de Ford es muy breve. Se hunde y forma un vasto círculo alrededor de unas mil hectáreas de tierras en el extremo más septentrional del condado y después regresa a Tennessee. El círculo es casi perfecto y forma prácticamente una isla, pero en el último momento el Big Brown se aparta de sí mismo y deja una estrecha franja de tierra entre sus orillas.

El círculo se conoce con el nombre de Padgitt Island, una espesa masa boscosa cubierta de pinos, árboles gomíferos, olmos, robles y una miríada de ciénagas y canalizos y fangales, algunos de ellos conectados entre sí, pero en su mayor parte aislados. Muy poco de aquel suelo fértil había sido desbrozado. Nada se cosechaba en la isla como no fuera madera y gran cantidad de maíz... para el whisky que se destilaba de manera clandestina. Y marihuana, pero eso fue más tarde.

En la estrecha franja de tierra entre las orillas del Big Brown entraba y salía, iba y venía un camino asfaltado, siempre bajo la vigilancia de alguien. El camino lo había construido el condado hacía mucho tiempo, pero muy pocos contribuyentes se atrevían a utilizarlo.

Toda la isla pertenecía a la familia Padgitt desde la reorganización de los estados secesionistas después de la guerra civil, cuando Rudolph Padgitt, un aventurero del Norte, llegó poco después de la contienda y descubrió que las mejores tierras ya habían sido ocupadas. Buscó infructuosamente, no encontró nada interesante y, de repente, se tropezó con aquella isla infestada de serpientes. Sobre el mapa parecía prometedora. Reunió a un grupo de esclavos recién liberados y, con armas y machetes, se abrió camino hacia el interior de la isla. Nadie más la quería.

Rudolph se casó con una prostituta de la zona y empezó a talar árboles. Puesto que después de la guerra había una gran demanda de madera, no tardó en prosperar. La prostituta resultó ser muy fértil y muy pronto hubo toda una horda de pequeños Padgitt en la isla. Uno de sus antiguos esclavos había aprendido el arte de destilar. Rudolph se convirtió en un cultivador de maíz que no consumía ni vendía su cosecha sino que la utilizaba para la producción de lo que no tardó en ser conocido como uno de los mejores whiskies del Profundo Sur. Rudolph se pasó treinta años fabricando whisky ilegal hasta que murió de cirrosis en 1902. Para entonces, todo el clan de la familia Padgitt habitaba en la isla y era muy hábil en la producción no solo de madera, sino también de whisky ilegal. Unas seis destilerías estaban repartidas por toda la ínsula, todas bien protegidas y escondidas y todas dotadas de la maquinaria más avanzada.

Aunque no aspiraban a la fama, los Padgitt eran famosos por su whisky. También sigilosos y reservados, profundamente cerrados y mortalmente temerosos de que alguien pudiera infiltrarse en su pequeño reino y arruinar su próspero negocio. Decían que se dedicaban a la explotación forestal y era de sobras conocido que producían madera y se ganaban estupendamente la vida con ello. La Pa ...