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EL MUCHACHO PERONISTA

Marcelo Figueras  

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Fragmento

Uno

Nací el 20 de abril de 1925, en el número 96 de la calle Ensenada. Una casona pintada de blanco, en el rincón de Floresta que linda con Flores. El acta de bautismo se refiere a mí como Roberto Hilaire Calabert. El Hilaire, me han dicho siempre, responde a un capricho de papá. Nunca llegué a preguntarle al respecto: desapareció de mi casa al cumplir yo dos años. No conservo ningún recuerdo de él, de Alfredo Calabert, más allá de algunas imágenes que no sé si responden a lo que recogieron mis ojos o a la suma de anécdotas que me han contado una y mil veces, memorias ajenas de las que me he apropiado. La familia —mamá Matilde, mi hermana Matildita, los tíos Sara y Pedro— dice que papá murió. Pero no es cierto. Se fue, apenas. Algo lo impulsó, un día, a salir para no volver.

A veces miro a mi madre, la espalda encorvada, esos ojos como de cordero que esconden un alma capaz de ser cruel, y creo comprender a papá. Pero no me engaño: debe haber algo más, un motivo, una explicación inapelable. De todos modos, jamás me animé a dudar en voz alta de la historia que fraguó la familia: Alfredito murió, Dios lo tenga en su gloria. Matilde es viuda. Los niños, huérfanos.

Había un retrato a un costado del espejo del cuarto, al que mamá fingía venerar como se venera a una estampa. Esa es la única imagen que tengo de papá. Cabello negro, peinado a la gomina; con un pico que le nace en medio de la frente. Cejas como alas sobre ojos oscuros. Una nariz huesuda. Y la mandíbula echada hacia atrás, como en un hombre que se apresta a saltar. Ese es mi padre. Eso es todo lo que sé de él. Lo que veo. Lo que he visto.

El día de Año Nuevo de 1938 amanecimos en lo de mi tía María Luisa, la hermana de mamá y de Sara, que se había casado seis meses antes y vivía en una casa con jardín al 4400 de Segurola. Era una delicia, mi tía María Luisa. Alta, con estampa de amazona —de hecho montaba, y bien—, le gustaba mostrarme sus botas de caña alta, que hacía lustrar todas las semanas, las usara o no. Mi madre era la doliente, Sara era la mujer responsable que trabajaba en el Banco Holandés y María Luisa la juguetona, un torrente de risas y palabras solo interrumpido de tanto en tanto por una tosecita que nunca curaba del todo.

A eso de las once de la mañana estaban todos en pie. Mi hermana Matilde había desplegado un ejemplar de La Nación sobre la mesa de roble del comedor, y leía con atención uno de los suplementos. El artículo se titulaba “Cómo deben tomarse los baños de sol”. A Matildita —o Beba, como la llamaban en casa— se la suponía toda una señorita, pero en verdad enloquecía con Carlitos y su barra o las viñetas de Geo McManus, que leía diariamente a escondidas o, en su defecto, ante la presencia de un único intruso: yo, el menor de la familia, el hermano de pantalones cortos. Pedro desayunaba en la cocina. De pie, aferrando una taza llena de sidra con las manos, apuraba el contenido antes de que Sara saliera del baño y descubriera que aquello no era café, y mucho menos leche. Hugo, el marido de María Luisa, ya había abierto el mapa asiático sobre el escritorio de su estudio, y marcaba con una pluma los últimos movimientos del ejército japonés sobre territorio chino: avanzaban sobre Tsingtao, sobre Weu-Hsien, y en las montañas del Caballo Blanco y de los Mil Budas.

Pedí un café. Mamá me sirvió un Toddy.

Tenían entradas para ver a la Xirgu en Doña Rosita la soltera, esa misma tarde de Año Nuevo, en el Fénix. Iban a ir mamá, Sara, Pedro, María Luisa y Beba, que ya era una dama y debía asistir a eventos acordes a su edad. Robertito, el nene, se quedaría a pasar la jornada con Hugo. Lo único que me molestaba era que ni siquiera concibieran la idea de dejarme solo en casa, a pesar de las pocas cuadras que separaban Ensenada del teatro. Me paseé por todos los cuartos en mi pijama azul con los pantalones insólitamente largos. Pedro me ofreció un trago de sidra. Me hizo reír. Los días en que no funcionaba la Bolsa de Comercio parecía perdido.

A mediodía el aire del verano lo había encendido todo, y todo era blanco o por lo menos reflejaba ese blanco incandescente. Yo me decía que ese era el aspecto que mostraría el mundo en sus últimos días. No sé si a causa de esas fantasías o del aburrimiento —desde el final de las clases no frecuentaba a nadie de mi edad, lo cual en cierto modo me alegraba: yo no era, precisamente, el más popular de los alumnos—, el hecho es que mi ánimo estaba tan sensible como una cuerda de violín. Al menor roce, lloraba. Lloré cuando sonaron las campanas del Año Nuevo. Lloraba con los radioteatros, sin parar. Y la perspectiva de la adultez no me gustaba nada: sería como regentear un bazar de vajilla fina y tener las uñas larguísimas, kilométricas, curvas de un mandarín.

Almorzamos pastel de papas sin pasas de uva —se habían acabado en la preparación del pan dulce—. Después sobrevino la ocupación del baño por parte de las mujeres, en el orden estricto que habían pactado. A pesar del acuerdo, lo desquiciaban todo con sus gritos, risas y las sucesivas oleadas de perfume que se colaban desde los cuartos.

Me apropié del diario y fui derechito a las últimas páginas. En la viñeta Carlitos no dormía, de entusiasmado que estaba con la lectura de un libro de piratas. Cuando llegaba su madre a levantarlo, por la mañana, lo encontraba lívido, ojeroso, como si su cama hubiera sido uno de los galeones asaltados por los corsarios.

Se fueron al teatro a las cinco menos cuarto, en el flamante Renault Celtaquatre de Hugo. Yo seguía en pijama y les decía adiós desde el umbral con la cara marcada por pintura de labios, la de Sara, la de María Luisa y la de mamá, que me besó mil veces.

—¿Querés un cigarrillo? —dijo Hugo, una vez cerrada la puerta cancel. Desconfié. Sabía que él no iba a contárselo a mamá, pero mi aceptación le hubiera demostrado que yo era un pibito desesperado por jugar al hombre grande. Además Hugo, el dueño del Celtaquatre, de la casa de dos plantas y del hotel en el que yo, se suponía, pronto iba a comenzar a trabajar, fumaba unos Vuelta Abajo que apestaban. Dije que no. Pero acepté una copita de licor. Hugo abrió una botella de 8 Hermanos y me invitó al estudio.

—¿Por qué hacés eso? —pregunté, señalando el mapa.

Sonrió. Tenía una bella sonrisa y unos dientes desparejos.

—No sé muy bien. Por lo pronto, me divierte. Los trazos negros corresponden al ejército japonés, ¿ves? Estas son las columnas comandadas por Chiang Kai-shek. A veces hago apuestas conmigo mismo sobre los próximos movimientos. ¿Querés jugar? Te apuesto a que hoy cae Shantung. Esta ciudad, ¿ves?

Yo lo ignoraba todo sobre la geografía china, sobre la guerra moderna, sobre el efecto de las heladas de enero en el avance de las tropas. Sin embargo, acepté la apuesta: un paquete de Vuelta Abajo.

Hugo se sentó en su sillón y me dejó frente al mapa. Yo miraba aquí y allá, desordenadamente, como quien observa el tablero de un juego nuevo sin saber cuáles son las reglas.

—Cuando era pibe —dijo mientras yo sobrevolaba Mongolia—, tenía una obsesión por la China, vaya a saber uno por qué. Hay gente a la que le da por el fútbol, y se saben el fixture de todo el campeonato como si fuera el himno nacional, o son capaces de recitarte de memoria todas las formaciones: Poggi, Sirne, Cuello, Iribarren, qué sé yo. A mí me daba por la China. Quizá por contagio de Marco Polo. Yo suponía que en esta vida había algo que merecía ser buscado, perseguido, y ese algo, esa llave de todos los cofres, debía estar en China. En Catay. Marco Polo y el chambón de Colón buscaban algo físico, tangible. Yo pensaba que había algo más, una regla de vida, una frase en clave escrita sobre el muro de algún templo, y la qu

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