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EL MUNDO (BIBLIOTECA CARMEN BOULLOSA)

Carmen Boullosa  

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Fragmento

UNO

¿Verlo? Todo lo he visto. Por algo tengo los ojos de J. Smeeks, a quienes algunos atribuyen el nombre de Oexmelin, y quien se dice a sí mismo públicamente, para no llamar la atención sobre su persona, Esquemelin, Alejandro Oliverio Esquemelin, aunque mi nombre sea Jean Smeeks, o El Trepanador cuando compañero de correrías de J. David Nau, L’Olonnais entre los suyos y Lolonés para los españoles, hijo de un pequeño comerciante de Sables d’Olonne —de ahí su sobrenombre—, vago cuando niño, y de tan largas piernas y cuerpo tan ligero que a veces desaparecía de casa por varios días.

¿Oírlo? Yo lo he escuchado todo, porque tengo también los oídos de Smeeks. Juntos, ojos y oídos, empezarán conmigo a narrar las historias de Smeeks en el mar Caribe y de aquellos con quienes compartí aventuras, como el ya mentado Nau, L’Olonnais, de quien oí decir se dejó contratar por un colonizador de Martinica de paso por Flandes, con quien firmó contrato de tres años para las Indias Occidentales, un amo brutal, bueno sólo para golpearlo sin cansarse, por el cual, al poco tiempo, pero ya en Martinica, el joven Nau encontró la esclavitud insoportable. Qué bueno que fue ahí, porque en el viaje no le hubiera quedado más que echarse de cabeza al mar, aunque tampoco imagino cómo hizo Nau para huir del amo en Martinica, porque era tan imposible hacerlo como en el medio del ancho mar, y no puedo explicar aquí cómo fue que escapó porque nadie contó nunca con qué artimaña (él, que era tan bueno para tramarlas) huyó con bucaneros de Santo Domingo que vendían pieles en Martinica, atraído por la vida libre, que, había oído decir, llevan estos hombres, sin esposa ni hijos, perdidos en los bosques durante un año, o a veces dos, en compañía de otro bucanero que los socorre si enferman y con quien comparten todo, pesares, alegrías y cuanto tienen, dedicados a cazar y descuartizar los animales cuya carne secan al sol y ahúman con leña verde para vender, o a los colonos de las islas vecinas, o a los barcos holandeses o a los de los filibusteros que buscan matalotaje, vestidos con un sayo suelto hasta las rodillas en el que es difícil ver la tela de que está hecho por andar siempre cubierto de plastas de sangre, sujeto con un cinturón en el que suelen traer cuatro cuchillos y una bayoneta; pero cuando se ve Nau entre los bucaneros, el jefe le impide su independencia, y lo tiene, amenazado de muerte, como su sirviente, durante meses, dándole tan malos tratos que Nau enferma pues son los tales bucaneros cruelísimos con sus criados, en tal grado que éstos preferirían remar en galera, o aserrar palo del Brasil en los Rasp-Huys de Holanda que servir a tales bárbaros, y un día, por la enfermedad, no puede seguir a su amo, doblado hasta el suelo por los pesados bultos de pólvora y sal con los que siempre carga sus espaldas, amo tan cruel que, en un ataque de ira, lo golpea con el mosquete en la cabeza, medio matándolo y abandonándolo, solo, con las moscas de fuego y tres perros por única compañía, creyéndolo muerto: las moscas de fuego iluminan su alrededor en las noches oscuras, con los cuerpos que se encienden en intensa luz, como no hemos visto salir del cuerpo de ningún insecto en toda Europa, y los perros lo cuidan, lo alimentan cazándole jabalíes, hasta que, a base de comer carne cruda, se restablece su precaria salud y se alivian las heridas, borrando los animales, con su bondad, los golpes del amo y aliviando las fiebres que también debía a los malos tratos del cruel bucanero. Nau lleva una vida solitaria durante meses, interrumpidos cuando topa con él una pareja de bucaneros que le tiene compasión y lo nombra bucanero, enseñándole, primero que nada, a comer carne cocida, a prepararla, como ellos acostumbran, a la usanza de los indios araucos, en la forma que llamaran “bucan” y que ya explicamos aquí, y a hacerse de calzado, fabricándose a sí mismo los mocasines que esos hombres suelen usar y que hacen de la siguiente manera: apenas matan al puerco o al toro, recién desollado, meten el pie en la piel que recubría la pierna del animal, acomodan el dedo gordo donde ha ido la rodilla, la suben cuatro o cinco centímetros arriba del tobillo y ahí la amarran, hecho lo cual la dejan secar sobre el pie para que cobre horma.

Nau era un cazador muy hábil, pero, atraído por otro tipo de vida más audaz, más aventurera y más cruel, abandona la compañía de los bucaneros, no sin antes regar los sesos de su anterior amo por el suelo del bucan que habitara, dándole un merecido y bien dado golpe de hacha mientras dormía.

Fui también compañero de Henry Morgan, el más famoso de los ingleses en el mar Caribe, según supe de primera fuente, hijo de un labrador rico y de buenas cualidades que, al no sentir inclinación por los caminos del padre, se empleó en el puerto en algunos navíos destinados para la isla de Barbados, con los cuales determinó ir en servicio de quien después le vendió. Eso fue lo que supe, pero muchos años después de darlo como un hecho, Henry Morgan nos obligó (al editor y a mí) a añadir un párrafo en el libro: “Esquemelin se ha equivocado en lo que concierne a los orígenes de Sir Henry Morgan —hubo de agregarse a la edición inglesa—. Éste es el hijo de un gentilhombre de la antigua nobleza, del condado de Momouth, y él nunca ha sido servidor de nadie, salvo de su Majestad, el rey de Inglaterra”. ¡A saber! Para entonces el traidor de Morgan era tan rico y poderoso que podía decirse a sí mismo hijo de quien fuera. Otra cosa es que haya quien lo crea. Yo, con los ojos y oídos de Smeeks, lo único que puedo hacer al respecto es no hablar en este libro del traidor Morgan, y dedicar todas sus páginas a nuestra estadía en el Caribe para la memoria del Negro Miel y para hablar de Pineau, de quienes yo aprendí el oficio y la verdadera Ley de la Costa.

Para un par de ojos y un par de oídos fijar las imágenes y los sonidos en el orden temporal en que ocurrieron no es tarea fácil, su memoria gusta burlar la tiranía del tiempo. Pero aunque salten a nosotros, desordenadas, imágenes como las de los pájaros atacando a los cangrejos en la arena de alguna isla del Caribe para comérselos, corrompiendo el sabor de sus carnes tiernas con la hiel de los cangrejos que enturbian la vista y nublan la razón de quien los coma en exceso, y el sonido herrumbroso del tronar de sus duros picos destruyendo los caparazones, intentaré domarnos para empezar por el principio de la historia que deseo contar, con el momento en que Smeeks pone los dos pies en uno de los treinta navíos de la Compañía de Occidente Francesa que se unen en el cabo de Barfleur, con rumbo a Senegal, Terranova, Nantes, La Rochelle, San Martín y el Caribe, un navío llamado San Juan, montado con veinticinco piezas de artillería, veinte marineros y doscientos veinte pasajeros, con destino a la isla Tortuga, cuyo gobernador sería en el corriente 1666 Bertrand D’Ogeron, que más de un motivo nos daría para odiarlo.

Zarpamos el dos de mayo. En el navío van muchos otros jóvenes como Smeeks, jóvenes que han mendicado por las calles, que han trabajado de sirvientes, que han sido vendidos por sus familias, y que los colonos o la Compañía contratan por tres años con el anzuelo de las riquezas de las Indias Occidentales, de las aventuras, las nuevas, desconocidas y distintas tierras, pero sobre todo con el anzuelo de abandonar la Europa, con nosotros tan poco generosa. El San Juan no va solamente cargado de jóvenes y de marineros, también viajan en él hombres de guerra contratados para defender los intereses de la Compañía, comerciantes, hombres maduros que no saben a ciencia cierta con qué se enfrentarán, algunos con experiencia en muchos viajes, los más emprendiendo el primero, aventureros de distintas raleas, colonos que han ido a traer mano de obra, algún representante del Rey con sus criados y secretarios que viajan en cabina aparte… Para ser franco, tenía bastante con lo propio como para poder pasar revista a los doscientos veinte pasajeros del San Juan: Smeeks no usa el tiempo para observar a los que van con él o a los que viajan de distinta manera, Smeeks usa el primer tiempo del viaje, un tiempo tan diferente al tiempo en tierra firme, mucho más largo y monótono, para tratar de alcanzarse a sí mismo: hace pocas tardes, él era un muchacho de trece años vagando sin rumbo en Flandes, algunas veces haciendo de criado, si corría con fortuna (hasta excesiva buena fortuna, como cuando aprendí a leer y escribir por un amo clérigo que parecía estimarme más que a un criado, y más que a un muchacho), otras sobreviviendo quién sabe cómo, cargando bultos, acarreando víveres en el puerto, afuera de la casa donde se me crio de niño y que no era ni la casa del padre ni la casa de la madre, donde no recibí nunca buenos tratos o suficiente comida para tener en paz las tripas, donde ya no se me permitía dormir, pero alrededor de la cual me había dado por vagar, sabía que sin sentido, sin para qué, porque allá adentro me esperaba nadie, no había nada para mí ni estaban dispuestos a seguir cargando con un estorbo que ya tenía trece largos años y que ya hacía más de cinco se había rascado con sus propias uñas y se debía seguir rascando y debía rascarse tanto que por qué no hasta llevaba comida a la casa. Mi primer trabajo había sido de criado, de criado de un criado si soy más preciso, pero me duró poco porque tuve la suerte de topar con el clérigo que… ¿Para qué retroceder más? Allá, en el patio de atrás de los años, no me espera ningún recuerdo merecedor de ser traído al presente, ni que ayude en algo a la historia que deseo contar, la historia de Smeeks en el mar Caribe. Avanzando, me uno al viaje donde Esquemelin trata de reunirse a sí mismo, de hacerse a la idea de que es él el muchacho que mira con paciencia la madera en que remata la bodega donde duermen a bordo del navío los muchachos, como si viera en sus vetas los arañazos de la mar sobre la necia brea que bajo el agua cubre el casco del buque, aunque en realidad, con la mirada fija, no está mirando, como no es similar la madera al agua de la mar.

Una de esas primeras tardes, todavía desconcertado por verme en un viaje que nunca imaginé, que no busqué, un viaje salido de la nada un día cualquiera, cuando deambulaba sin visos de cambiar la casa de mi pobreza, como si el viaje fuera fruto de las artes insondables del mago cuya sabiduría le permitiera obtener materia de la nada, aparecido sólo porque oí decir que un hombre buscaba brazos para ser contratados por la Compañía de Occidente Francesa, y fui a su encuentro, una de las primeras tardes en el navío, decíamos, con los ojos vacíos clavados en las vetas, se acercó a mí otro de los jovencitos con quienes comparto el viaje, un jovencito callado y tímido, que camina poco y lento, con pasos pequeños, con la cabeza baja aunque el cuerpo erguido, esquivando las conversaciones y las chanzas, y que, cuando subimos a cubierta a recibir en escudilla de barro o plato de madera la porción diaria de comida caliente (siempre mal aderezada por las manos de los marineros viejos y guisada o cocida sobre los hierros del fogón de carbón y brasas que reposan en la cama de arena en la cubierta, adentro de calderos enormes en los que aventaban con desgano, casi sin reparar en ver qué iba junto a qué, garbanzos, arroz, tasajo, ajos, alcaparras, almendras, anchoas, ciruelas pasas, carne de membrillo, mostaza, pescado seco, tocino añejo, sardinas, lentejas, de todo muy poco, es verdad, pero revuelto, y de los que se salvaran de parar en el caldero sólo los bizcochos, la miel, el vino y una vaca que se llevaba a bordo para procurar leche y quesos a los pasajeros de privilegio entre los que yo, por supuesto, no me encontraba —junto con agua para beber, tales eran los bastimentos que llevaba a bordo el San Juan para quienes pertenecían a la Compañía, pero cada pasajero ajeno a ella se hacía responsable de su propio matalotaje, muchas veces con poco tino porque se corrompían seguido sus mal saladas carnes, se pudrían los granos y los bizcochos, a veces hasta los odres y pellejos donde guardara el agua o el vino, motivos por los cuales los oídos escuchamos durante el trayecto marítimo quejas reiteradas por la poca bondad de la comida, y lamentos dolorosísimos de quienes padecieran hambre y sed locas por la impericia al preparar en tierra el matalotaje—) cuando, como decía, estábamos en cubierta para recibir nuestra porción diaria de alimento caliente (a la mañana y a la noche bajaban bizcochos y semillas a la bodega en que dormíamos para que no estorbásemos), él se mantenía aparte, como si fuera gente de calidad de cuchara forjada, aunque esto no fuera cierto, según dejaba ver su muy pobre vestido, rehuyendo los corros de quienes hacían burlas y chanzas mientras llevábamos con los dedos de las manos la comida triste, casi incomible, a nuestras bocas disgustadas pero siempre apetentes.

No solamente su extraña y triste manera de comportarse hacía notorio a este muchacho. Era más característico por sus rasgos hermosos, aunque, la verdad sea dicha, puede que yo no hubiera reparado en esto antes de lo que voy a contar. Como muchos de nosotros, aún no tenía forma alguna de pelo cubriéndole la cara, pero mejor que el de ninguno de nosotros era el tono sonrosado de su piel que se adivinara suave en extremo. Aquella tarde no pensaba yo en esto, por supuesto, y tampoco pensaba en nada, como si para hacerme a la idea de que era yo el que viajaba en el San Juan, con rumbo a la isla Tortuga, de la que había oído hablar muy poco pero siempre de modo incomprensible, necesitara descansar en una especie de vacío mental, cercano al hastío, fácil de alcanzar porque ya hacía días que habíamos dejado tierra firme y la mayor parte del tiempo la pasábamos encerrados en lo que la tripulación llamaba pomposamente “Cabina de la Compañía” pero que no era más que una bodega de la que solamente nos permitían salir a ver la mar cuando fastidiaban nuestro apetito con sus guisos inmundos. Debí pensar, si no en lo peculiar que era el muchacho, en algo, en lo que fuera, para que el “golpe” no cayera artero y eficaz en un ser desprevenido, en mí, el pobre Smeeks de cabo a rabo distraído cuando sucedió lo que relataré; debí pensar, por ejemplo, en lo extraño que era que él se me aproximara tanto, él, que parecía rehuir, hasta donde se lo permitían nuestras condiciones de hacinamiento, cualquier cercanía, y debí reaccionar antes de que me ocurriera lo que después me trajo tanto dolor y tan minúsculo beneficio. Sí, la cercanía del joven debió inquietarme, pero ni lo vi, y también debió extrañarme el que empezara a hablar conmigo y, más todavía, el tono de su voz. Me habló, al principio, no sé de qué, pero cuando consiguió llamar mi atención me preguntó mi nombre (yo no le pregunté el suyo) y continuó hablándome con voz dulce y suave de cosas a las que no di mayor importancia, pero que me eran gratas y me adormecían al tiempo que me rodeaban con una amable calidez que podría llamar sin equivocarme confianza y que hacía que no tuviera sentido negativo el que él se fuera acercando más y más a mí, hasta que su cuerpo quedó pegado por un costado al mío y sus palabras, continuas, uniformes, procuraran que se me restregase por el movimiento con que él las expulsaba de la boca. De pronto, sin violencia, al ritmo de la charla, tomó mi mano y la acomodó entre la ropa que cubría su pecho, hasta alcanzar la piel, y al mismo tiempo, casi interrumpiendo la sensación de azoro de la palma de mi mano ante la sorpresa de la forma con que la había juntado, me preguntó, mirándome fijo a los ojos:

—¿Habías tocado antes a una mujer? ––y sin esperar mi respuesta ni separar mi mano azorada e inmóvil de su pecho, agregó––: A mí me han tocado más hombres que todos los que viajan en este navío. Pero eso se acabó, quiero que lo sepas. Por eso voy a cambiar de tierras. Y prefiero pasar por hombre, aunque los hombres sean seres que desprecio, que seguir siendo una puta. Se acabó.

Repitiendo esta frase, zafó con enojo mi mano de su cuerpo y de sus vestidos (¡como si hubiera sido mi voluntad quien la pusiera en tal lugar!), se separó abruptamente de mi compañía, mirándome de reojo con intensa furia, poniéndome el membrete de enemigo, y se incorporó a un corrillo que perdía el tiempo fijando las miradas entre ellos mismos, porque no había ningún otro punto en que pudieran acomodarlas y estaban hartos de mirar las vetas, sin conversación que los sacara del aburrimiento. No separé ni por un instante la mirada de ella; no sabía si quería confiar a todos lo que a mí me había herido la mano, primero, hasta este momento, sólo la mano, y que después se alzaría como una enfermedad aciaga sobre el resto de mi cuerpo, de mi pensamiento, de mi sueño, de mi apetito, de mis palabras… ¡No había peor lugar para verme herido de amor, porque ahí en nada podía yo distraerme!

En lo que restó del viaje, y fue mucho, hubiera o no buen tiempo, traté por todos los medios de volver a hablar con ella, con la hermosísima mujer vestida de muchachito, pero con la misma constancia ella se empeñó en esquivar y desviar la mirada, siendo lo más que conseguí que un día, sólo un día más, me dirigiera la palabra, pero no me habló como hablándome a mí, sino que me habló como si hablara con uno que no fuera yo, con cualquiera, con el que fuera y no con el que ya entonces tenía herido el cuerpo entero por la eficaz munición que era en mí su pecho suave y firme: “…en las tierras a que vamos, he oído decir que no hay lo tuyo y lo mío, sino que todo es nuestro, y que nadie pide el quién vive, ahí no se cierran las puertas con cerrojos y cadenas, porque todos son hermanos de todos. Lo oí decir. Y que la única ley es la lealtad a los hermanos, para serlo no se puede ser débil, o cobarde, o mujer. Aun siéndolo, veré cómo formo parte de esa vida, que es la vida mejor”, y no me habló viéndome a los ojos, habló para que cualquiera (aunque ese cualquiera fuera yo) la oyera.

No fue difícil descubrir lo bien que se guardó ella de confesar a alguien más que era mujer, porque de nadie más procuraba mantenerse lejos, mientras que Smeeks quería, es verdad, volver a sentir en la palma de la mano la suavidad de su pecho, el primero de mujer que había tocado, pero también, o encima de eso, estar cerca de ella, volver a ser su confidente y amigo, ser parte de ella, escuchar su dulce voz y, ¿por qué no?, encontrar qué más guardaba bajo las pobres y tristes ropas engañosas, preguntarle por qué caminaba así, lenta e imprecisa y si no quería que la tocara no la tocaría, ser de la manera precisa que ella quisiera, pero ser de ella… Imaginaba charlas que podría, o quisiera poder, sostener con ella, en una de las cuales oí decirle “Entiendo que no eres un hombre, pero no importa tanto; entiendo que, a pesar de ser mujer, busques, como los demás, vivir lejos de la crueldad y de la miseria”, porque yo quería ser comprensivo para estar cerca de ella. Esa charla imaginaria la recuerdo muy bien porque ¡cuánta fue mi burla pasado el tiempo! ¡No sabía Smeeks lo que le esperaba! Primero el viaje: ni ella ni la mayoría de nosotros había puesto antes un pie en alta mar, ¡menos íbamos a imaginar lo que quiere decir tener los dos pies durante más de treinta días en constante bamboleo! El marco de quien no toca firme en seiscientas horas no cae en la palabra mareo, y quién sabe cómo se llame cuando tarda días en dejarnos ya en tierra. Después el horrible aburrimiento en que los viajeros se hundían, encerrados en la cabina diez veces más pestilente cuando se desató la borrasca, como ya contaremos…

Para mí, en todo el largo viaje, a partir del encuentro, no hubo punto de aburrimiento: llenaba cada uno de los segundos, como si fueran rincones de un cuerpo disecado, con la expectativa de tenerla a ella cerca, a su cuerpo, a sus ojos, a su voz, infundiendo al tiempo la realidad artificiosa de mi amor por la que era ella exclusivamente para Smeeks, y escapando así del aburrimiento pegajoso en que los demás parecían venir sumergidos. ¿Qué me emocionaba tanto en ella? Los ojos no vieron nada, los oídos no escucharon nada que pudiera sobresaltarlos. La materia con que yo hacía cobrar al tiempo otra verdad al retacar con ella cada uno de sus segundos, surtía a chorros del foco de la palma de la mano con que había tocado su pecho, y en las noches, desesperadas de amor, apretaba la mano con fuerza hasta sangrar la palma con las uñas para ahogar el flujo de la emoción que tanto me torturara y en la que yo confiara tenía curación en una posible saciedad.

Durante años, no pude más que burlarme de ese muchachito emocionado con la carne de mujer guarecida en la oscuridad de la ruda tela de camisa de varón pobre. ¡No hace falta decir que el corazón hilaba a borbotones el paño estrambótico de días cargados con el sentimiento de desear tocar otra vez y otra y otra ese pequeño trecho de carne que adivinaba blanca, que sabía infinitamente dulce e impregnada de un olor desconocido por mí, el olor de mujer! ¿Y cómo lo sabía impregnado de tal olor? ¡Porque con la palma de la mano enamorada, leía el olor de ella…! Cuarenta años después me producía risa de burla aquel muchacho, ilusionado con un trecho de carne, sólo para él carne en el viaje, expuesta y pudibunda en un mismo gesto, porque hubo un día en que pude haber forrado la mar que cubre el globo con la piel de la carne que se nos entregó a cambio de monedas y servicios en los burdeles de Jamaica y Tortuga y vuelto a forrar dos veces con la piel de las mujeres forzadas, sin que yo les diera más valor que el de las pocas monedas (siempre vueltas nada en nuestras manos) y el ser la contraparte del sueño de violencia en que yo viví treinta y siete años inmerso… Y aún ahora, algo que parece ternura me mueve, viéndolo a él en mi memoria, a la risa…

A partir del momento en que me hizo el cómplice-enemigo de su secreto, el viaje cambió para mí, enmedio de los temores, el hedor de los vómitos y el invencible mareo que parecía envolvernos a todos, como un manto hecho de aire y mar, y se convirtió en el marco para la excitación encarnada en ese pequeño trozo de piel, suave y firme, detenida casi horizontal por milagro, que a ratos era mi delicia y otros mi tortura afiebrada. Yo no podía contenerme y me veía obligado a compartir mi encierro con decenas de adormilados muchachos, aturdidos por el encierro y golpeados por la desilusión: ¿quién de ellos creyó que el viaje podría ser tan aburrido? Ninguno, y menos aún que la peligrosa borrasca no representara para los pasajeros más que la obligación de permanecer, ocurriera lo que ocurriera, encerrados en la bodega-cabina, y que al topar con un barco pirata éste huyera en el momento de medir fuerzas.

Quería tocarla una vez más, aunque fuera una vez… ¿Y para qué iba yo a tocar el trozo de piel de una mujer que no podía ser mía, porque yo no sabía cómo hacer mía una mujer, y porque las condiciones de hacinamiento en que vivimos apilados los contratados por la Compañía, acomodados como zanahorias en una arpilla en las bodegas del navío junto a los bastimentos que ya enumeré, al lado de la vaca que no paraba de mugir, condiciones que nos hacían ahí tener más de cosas que de personas, más de alimentos que de creyentes? A pesar de la oración matinal y de que a cada cambio de guardia nos reunieran nuestras voces en el rezo, éramos tan infieles como las habas, hacinados en esa triste bodega que en nada se parecía a nuestras aspiraciones, sueños y anhelos por los que era soportable el viaje insoportable, ni tampoco a las tormentas y las esclavitudes que nos esperaban, sin que lo supiéramos, en la tierra nueva. ¿Y qué iba a hacer una haba —en esas condiciones yo lo era— con una mujer? ¿Por qué no bastarían para humanizarnos nuestros rezos? ¿Qué faltaba decir cuando al empezar el día, el grumete que anunciaba el amanecer, cantaba:

Bendita sea la luz

y la Santa Veracruz,

y el Señor de la Verdad,

y la Santa Trinidad,

Bendita sea el alma,

y el Señor que nos la manda.

Bendito sea el día,

y el Señor que nos lo envía.

Dios nos dé los buenos días;

buen viaje, buen pasaje tenga la nao,

señor capitán y maestre y buena compaña, amén.

Así faza buen viaje, taza;

buen día dé Dios a vuestras mercedes,

señores de popa y proa?

¿Nos faltaba repetir o añadir alguna palabra al unirnos a su canto?

Cuando la veía pasar, con ese caminar suyo tan peculiar, llevando la escudilla entre las manos, que era cuando tenía más trecho para desplazarse, o cuando con malicia me rozaba como si no se diera cuenta de que ese cuerpo que tocaba era yo, su confidente, el único que conocía su secreto, para ella el único hombre en todo el barco por ser el único que la sabía mujer y que por ella se echaría de cabeza al mar para que me devorara en la desesperación de no poder poner mis dos palmas (ya no me contentaba con una) en las partes todas de su cuerpo, el único que se echaría de balde y de cabeza por ella en el profundo, interminable, mudo mar… De balde, porque si yo era para ella el único hombre de todo el barco, entonces era el único ser del cual ella no querría saber nada (“eso se acabó”, había dicho), su confidencia me había borrado por completo del mapa. En cambio, los demás sí tenían interés para ella, o para él que era ella. Los que le hablaban de las historias marinas con que todos vestíamos el peludo miedo que despierta la noche oscura en alta mar, la hacían abrir los ojos como si éstos se le quisieran ir, como si éstos tuvieran la intención de desorbitarse, y los que se negaban a enseñarle los rudimentos de los más sencillos oficios necesarios para la navegación ejercían aún más atracción sobre ella, desde los grumetes que la empujaban para que no viera cómo mantenían las cuerdas de las velas en buen estado o cómo achicaban el agua que había hecho el navío, o los marineros viejos que interponían sus gruesos cuerpos para que no pudiera averiguar cómo mantenían vivo el fuego sobre la arena en el que calentaban los torvos guisos con que torturaban nuestros paladares a mediodía… Todos los marineros de oficio o grumetes principiantes, los que iban en busca de aventura o sustento, los que no sabían a qué iban, los que ya se arrepentían de estar yendo, los que habían cruzado el mar océano más de una vez o nunca antes habían viajado, los que habían mendicado, los que habían sido vendidos por sus familias, todos, todos tenían más interés para ella que yo, porque yo era el depositario de un secreto que me ligaba ardientemente a ella… El recuerdo febril de aquello que me hizo sufrir tanto (porque es sufrimiento el mal de amor) me está haciendo romper el orden, mejor retomarlo para poder contar cómo transcurrió el viaje:

Primero que nada había que rehuir a los ingleses. Junto a la isla de Ornay, cuatro fragatas esperaban la flota para asaltarla, de las que no sólo temíamos ser despojados de toda mercancía, armamento y matalotaje, sino padecer su crueldad. Mientras se sospechaba su ataque, mucho se habló de horrores perpetrados por piratas ingleses a los que yo sumé en la imaginación con los peligros que mi compañera corría por ser mujer, y que yo enfrentaba (en la imaginación, también) valeroso, salvándola de una y mil maneras, todas heroicas, de la lujuria y la violencia de los ingleses. Afortunadamente algunas nieblas se levantaron, impidiendo que fuéramos vistos y evitando que cayéramos en manos de ellos. ¡Quién me iba a decir entonces que J. Smeeks formaría parte de tripulaciones de tal ralea! No lo hubiera creído, como ahora me es difícil creer en la piedad que entonces sentí por mi compañera y en la fidelidad por su piel.

Durante la primera parte del viaje, navegamos siempre cerca de las costas de Francia. Los habitantes costeros nos veían pasar alborotados y atemorizados, tomándonos por ingleses, sin sospechar que compartíamos el temor por el mismo objeto, que el motivo por el cual estábamos a su vista era protegernos de los hombres que ellos temían. Arbolábamos nuestras banderas, pero ni así se confiaban, ni en los cascos de los navíos pintados de colores vivos, ni en las velas decoradas con cruces y escudos: por su temor, veían en nosotros la garra de la rapiña inglesa buscando un buen punto para hacerse fuertes y asaltar sus pueblos. Vernos como asaltantes preparó en algunos de mis compañeros el nacimiento de la llama de la ambición: deteniendo en las manos la escudilla hedionda, devoraban con los ojos las casas de los adinerados, y fantaseaban que las opíparas comidas preparadas bajo su techo por mujeres hermosas mientras cantaban (mujeres de pechos exuberantes y blusas de amplio escote) se podrían estar cociendo para ellos…

El viento nos fue favorable hasta el cabo de Finisterre, donde sobrevino una grandísima borrasca que nos separó de las otras naves. Durante ocho largos días, el mar echó de una parte a otra a los pasajeros, y la tripulación se esforzó veinticuatro horas diarias por guardar bajo control la nave. El primer día de la borrasca, cuando aún no arreciaba tanto, en castigo a una notoria indisciplina, el Capitán había obligado a un tripulante a subir y permanecer en lo alto de la verga, sin amarrar, y había caído al mar agotado. Con una cuerda lo rescataron del mar agitado, pero bien pudo el Capitán castigarlo, si su autoridad así lo decidía, con la muerte.

Como es necesario al encontrar vientos furiosos, replegaron todas las velas, porque los cascos no soportarían el peso de los enormes velámenes jalados con ira en toda su extensión, así que los marineros confiaban, para el rumbo de la nave, sólo en su suerte. Los carpinteros y calafates no tenían momento de reposo, reparando y revisando aquí y allá, y achicando varias veces al día, no sólo, como es cuando hay buen tiempo, por las mañanas, lo que el barco ha hecho por las noches. Nadie podía caminar la tabla que sobrevuela las dimensiones del navío para descomer sobre el mar, porque el movimiento lo hacía peligrosísimo, así que cagaban y meaban los tripulantes sobre la cubierta, los pasajeros en las cabinas en que veníamos hacinados, entre los vómitos revueltos de quienes no sabían comportarse como gente de mar en la borrasca que si empezaron a ser expelidos en un rincón, junto a las demás suciedades, acabaron embarrados por todos sitios, de modo que quien no había vomitado, vomitara. La vaca, atada dos a dos de las cuatro patas, se negaba a beber agua, y en medio del desorden casi se hacía invisible por su pésimo aspecto, y echaba al aire un continuo mu lastimero que más la hacía gato del navío que la digna vaca proveedora de leche.

Los que no hacían agua por todos los canales, mordiscaban bizcochos y pescado seco cuando el miedo no les impedía comer o las náuseas provocadas por las náuseas vecinas. El reloj de arena se había humedecido, las horas pasaban sordas, porque nadie cantaba su cambio, ni al izar las velas se oía lo que repetían en el buen tiempo a coro:

Bu iza

O Dio ayuta noi

o que somo — ben servir

o la fede — mantenir

o la fede — de cristiano

o malmeta — lo pagano

sconfondi — i sarrabin.

No podía ver nada las noches de nubes cerradas de la borrasca, y en nada me iluminaba el brillo de mi amor por ella. Se oscurecía tanto la oscuridad que ni nuestras propias manos eran visibles. Todos temíamos más cuando, en esa oscuridad, amainaba la borrasca, cuando el zangoloteo del barco se hacía más lento, como si empezara un baile fúnebre. Ciegos del todo en esas noches ciegas, sin luna y sin estrellas, el faro del navío apagado por la borrasca, la oscuridad total dejaba ir nuestras fantasías a tierras y seres que, se decía, habitaban el mar: creíamos llegar a islas sin retorno, nos imaginábamos a punto de topar con peces tan grandes como islas o barcos fantasma, trombas devoradoras, pulpos inmensos, anfibios extraños que rodeaban a los marineros de la cubierta con sus raros tentáculos y los atesoraban en los fondos marinos… Ante prodigios y monstruos, ¡yo me veía salvándola a ella!… Quienes conseguían vencer el miedo, a pesar del temor de navegar sin la orientación de las estrellas y sin velas, entregados a la voluntad de la borrasca, imaginaban las islas maravillosas de la Antilia, la de las Siete Ciudades, la de San Barandán, la de las Amazonas, todas ellas de grandes maravillas y tesoros, y alguno llegó a pensar en la Fuente de la Eterna Juventud, creyéndola en la tierra más a mano… Las voces, nunca demasiado altas, iban y venían por la bodega sin que distinguiéramos quién pronunciaba y describía cuál maravilla o monstruo y hubo un momento en que formamos todos (incluso yo, tan distinto a los demás por mi apego a ella) algo parecido a un solo cuerpo a quien no le molestan sus propias excrecencias y sobre el que las horas, encerrándolo, se han detenido en un tono gris idéntico al no y al sí, al ahora y al siempre y al nunca…

Cumplió ocho eternos días la borrasca cuando la vaca murió. Pareció que bastara con su muerte para que se restaurara el buen tiempo. Sin su mugir continuo, las horas nuestras se descongelaron, y entre todos regresamos a la bodega a un estado que en algo se parecía a su primer aspecto, a aquel en que nos había recibido con sus maderas grasosas y las ratas impúdicas brincando por aquí y por allá y la temperatura despertó también, subiendo hasta llegar a hacerse insoportable en la bodega… Los marineros viejos encargados de la cocina destazaron la vaca ayudados por el barbero, el único de brazos más jóvenes que no estaba afanado en comprobar el estado del navío. Parte la cocieron en los calderos, parte la salaron y la pusieron al sol para que se secara, pero toda ella, silenciosa y sin leche, terminó en las barrigas de la tripulación y las de los más hambrientos pasajeros.

Retomar nuestra marcha no fue difícil, a fuerza de trabajar el barco; gracias a que la tempestad no despertó en toda su furia se había conseguido conservar las anclas, las cuerdas, las velas y las barcas.

El tiempo fue muy favorable hasta el Trópico de Cáncer, y desde ahí nos fue muy próspero, de lo que nos alegramos infinito por tener gran necesidad de agua, tanta que ya estábamos tasados por persona a dos medios cuartillos de ella al día. La sed ya lastimaba hasta a los ojos, si en ese momento los hombres hubieran requerido lágrimas, como en medio de la borrasca, para calmar su desesperación, no hubieran ellas podido salir: estaban secos los ojos, de tan sedientos. ¿Cómo, con dos cuartillos diarios de agua y dieta de alimentos salados, iba a llegar a los ojos la poquita agüita necesaria para derramar lágrimas? Ni una gota del agua les correspondía…

Fue entonces cuando uno de los marineros más recios y enteros enfermó. Sus encías se hincharon tanto que era imposible mirarle los dientes. El barbero las sangró: un humor negro salió de ellas. Se deshincharon con el sangrado, pero el marinero quedó en pocos días sin un diente, ni una muela ni un colmillo, y se lamentaba a gritos:

—¡Cuatro muelas solía tener en esta parte, porque en toda mi vida me han sacado diente ni muela de la boca, ni se me ha caído ni comido de neguijón ni de reuma alguna!

El lamento sólo escondía uno más triste. Él ya sabía el desenlace de su enfermedad. Era escorbuto. Lo siguiente era que se hincharan los miembros en medio de horrendos dolores, los sangraría el barbero, sacando de ellos pestilentes humores, y después, sin remedio, vendría la muerte.

Cerca de las Barbados, un corsario inglés trató de darnos caza, pero en cuanto vio que no llevaba ventaja

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