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¡EL MUNDO ES NUESTRO!

Ana Punset  

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Fragmento

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La clase de hip-hop siempre tenía el mismo efecto en Lucía: acababa hipercansada y con una energía fuera de lo común al mismo tiempo. Solo faltaban dos días para el festival de Navidad, en el que bailarían en el teatro, delante de todo el mundo, y tenía la sensación de que todavía podía mejorar mucho. Con el de ballet clásico de un par de semanas atrás no se había puesto ni la mitad de nerviosa, pero es que llevaba practicando los mismos pasos desde que era una niña.

Al final, su amiga y compañera Nadia había tenido que arrancarla, literalmente, de delante del espejo, frente al que no dejaba de practicar el pop, lock and drop it, que no consistía en otra cosa que en mover los brazos y las caderas y agacharse (como salía en el vídeo de Huey del mismo nombre), pero, desde luego, no era tan fácil como sonaba (o se veía en el vídeo). ¡Ni de lejos!

—Si practicas tanto vas a acabar lesionándote y entonces seguro que no te sale bien el festival, ¡porque no podrás bailar en él! —la regañó Nadia ya en los vestuarios.

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Lucía se deshizo la coleta pelirroja y volvió a hacérsela más arriba para recogerse todos los pelos que se le habían escapado. Después se quitó los pantalones de chándal.

—Es mi primer festival de hip-hop y no quiero estropearlo —se justificó antes de coger su ropa de la taquilla y ponérsela.

—No vas a estropearlo. Llevas aquí tres meses y ya bailas mejor que yo, que llevo practicando toda la vida. ¡Eres lo peor! —protestó Nadia mientras se ponía la gorra de los New York Yankees delante del espejo. La melena castaña le caía por la espalda.

Se cerró la sudadera para taparse el ombligo con el piercing que la camiseta dejaba al aire y cogió la cazadora dispuesta a salir ya a la calle. Lucía también había acabado de vestirse. Se puso un poco de gloss en los labios y salió con ella animada.

Estaban a punto de cruzar la puerta de la calle cuando oyó el pitido del móvil. Lo sacó de la mochila violeta que llevaba al hombro y al ver el nombre que aparecía en la pantalla se quedó tan paralizada que no vio venir la puerta que Nadia había dejado escapar tras pasar delante y estuvo a punto de comérsela. Menos mal que su amiga reaccionó con rapidez y volvió a sujetarla...

—Me ha faltado un pelo para dejarte marcada de por vida. —Nadia se quitó unas gotitas de sudor imaginarias de la frente.

—Perdona, es que... —dijo Lucía al tiempo que salía a la calle, pero no sabía ni por dónde empezar.

Ya le estaba costando contener una sonrisa gigante que revelaría lo que sentía en ese momento. Y es que ÉL tenía ese efecto en ELLA.

—¿Qué pasa, picarona? ¡Exijo saberlo ya! —exclamó Nadia dándole un pellizco en las mejillas, ya de por sí sonrosadas de la emoción.

Lucía ya no pudo evitar echarse a reír y levantó las manos para pedir unos segundos: necesitaba respirar hondo antes de contarle a su amiga TODA la historia. Y, de paso, para calmar los nervios. ¡Le temblaban hasta las pestañas! Entonces, así, paradas en medio de la calle, Lucía comenzó a explicar lo que había sucedido durante el viaje a la nieve con el colegio la semana anterior: como había conocido a un chico guapísimo llamado Mario que, al principio, le había parecido un chulo, pero que después había resultado ser todo un príncipe azul. Y también que, tras despedirse delante del autobús de vuelta, habían acordado verse en Barcelona. Sin embargo, a excepción de unos pocos mensajes (MUY POCOS), apenas habían hablado desde su regreso, porque él decía que estaba de exámenes.

—¿Y qué te ha dicho ahora? —le preguntó Nadia con los ojos muy abiertos, contagiada de la emoción.

—Mira —respondió Lucía con una sonrisa de oreja a oreja.

Nadia frunció el ceño, extrañada.

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—Vaya, qué romántico... —soltó, visiblemente decepcionada.

—Es que es una broma entre nosotros —se justificó Lucía, y le explicó que el día que habían hecho el ángel en plena montaña nevada habían quedado precisamente en eso.

—Vamos, que no es más que una excusa para veros —concluyó Nadia.

—Pues sí —acabó por confirmar Lucía—. ¡AL FIN!

La cabeza no paraba de darle vueltas: ¿qué le respondía? Estaba deseando verle desde que se habían despedido el sábado anterior, pero tampoco quería parecer ansiosa. Nadia le propuso empezar a caminar para no quedarse «pajaritos», como ella llamaba a «pelarse de frío». Lucía tenía que coger el metro unas manzanas más abajo y Nadia vivía cerca, así que se ofreció a acompañarla hasta la parada. Tenían que encontrar la mejor manera de poner fecha a la esperada cita de Lucía y Mario YA.

—¿Por qué no le dices que venga al festival de hip-hop? Puede considerarlo una clase avanzada de baile... —le propuso Nadia.

Lucía miró a su amiga con cara de espanto: ¿se había vuelto loca?

—¡NI EN BROMA!

—¿Por qué?

—Porque no quiero que me vea hacer el ridículo...

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—respondió Nadia, y le guiñó un ojo.

De forma inconsciente, Lucía comenzó a toquetearse el flequillo y a morderse el labio. Decididamente, estaba de los nervios.

—¿Tú crees? —se atrevió a preguntar al final.

No podía evitar sentir esa inseguridad. Seguía viéndose como una extraña bailando hip-hop, como si no estuviera a la altura de los demás.

—Me gustaría que te vieras bailar como te vemos los demás. ¡LO HACES GENIAL! —exclamó Nadia levantando los brazos en un gesto exagerado que logró que Lucía se riera y se relajara un poco.

Todavía llevaba el móvil en la mano, así que abrió de nuevo el mensaje de Mario y, sin darle más vueltas, escribió:

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Se arrepintió nada más pulsar el botón de enviar. Si ya estaba preocupada por el festival, no conseguiría pegar ojo en las dos noches que tenía por delante. Su cara de preocupación debía de ser un poema, porque Nadia le apoyó una mano en el hombro y trató de animarla.

—No te preocupes. Eres buena y él lo verá. ¡Va a flipar!

Lucía se convenció de que su amiga tenía razón y comenzó a imaginar un futuro probable: Mario entre los espectadores, con la boca abierta hasta el ombligo, deslumbrado por su actuación. Mario apareciendo en los camerinos con un ramo de flores para felicitarla delante de toda la clase. Mario dándole un beso apasionado y los aplausos de sus compañeros inundándolo todo...

—¡Tierra llamando a Lucía! —Oyó de repente los gritos de Nadia, que seguía a su lado con los brazos en jarras.

Lucía se había trasladado al universo paralelo de Mario y no se había dado cuenta de que había empezado a descender las escaleras de la parada del metro sin despedirse de Nadia. Levantó los ojos del suelo y se disculpó por el despiste. ¡Era lo que tenía ser tan imaginativa!

—Bueno, espero noticias frescas antes de que acabe el día. —Nadia se despidió haciendo el gesto de ok con el pulgar mientras se alejaba de ella.

Lucía se dirigió al interior del metro, pasó el tíquet y, mientras esperaba a que llegara el tren, se sacó el móvil del bolsillo. Con todo aquel despiste, se le había olvidado comprobar cuál era la respuesta de su príncipe. ¿Podría ir el sábado o ya tendría planes? Mientras sacaba el móvil de su funda de color violeta con el lema de

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lo único con lo que no contaba Lucía era con que Mario no hubiera respondido. Pero al desbloquear el móvil se encontró con que, efectivamente, así era.

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Lucía introdujo la llave en la cerradura sin soltar el móvil y por poco se le cae al suelo. ¡Lo que le faltaba! Llevaba media hora sin apartar los ojos del teléfono y no había señal de Mario. Y, para rematar, el mensaje que le había enviado estaba marcado con las dos rayitas en azul, lo que significaba que lo había leído SÍ o SÍ. Estaba del todo arrepentida de haberle dicho nada del festival. ¿Le habría asustado con un tono desesperado? Abrió el mensaje y lo leyó otra vez (se había pasado todo el trayecto en metro haciéndolo): no, no le parecía que reflejara desesperación... Respiró hondo antes de girar la llave y abrir la puerta; debía calmarse un poco, quizá solo se estaba poniendo paranoica y el chico estaba en medio de algo que no le permitía parar para escribir un mensaje. Se obligó a ser un poco más razonable.

Su madre y José María la estarían esperando al otro lado de la puerta y no tenía ganas de que comenzaran (su madre, más que nada) con preguntas inquisitivas al ver su expresión atormentada. Además, había algo Imagen más importante que debía preocuparle: había llegado el momento de hablar con ellos para convencerlos de que pasar la Nochevieja en Berlín con Marta y las chicas era una buena idea. Solo faltaban once días y debía prepararse.

En un principio había pensado en hablar primero con su padre, pero María, su madre, se lo habría tomado fatal y la habría acusado de preferirle a él (cosa que no se alejaba demasiado de la realidad). Tampoco es que lo prefiriera a él, pero sí prefería su manera optimista de ver las cosas, de escucharla y considerar bien su respuesta antes de dársela. Y también que fuera bastante más (o mejor dicho

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