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EL MUNDO SUBTERRáNEO (ARTEMIS FOWL 1)

Eoin Colfer  

5


Fragmento

CAPÍTULO I: EL LIBRO

CIUDAD Ho Chi Minh en verano. Un calor asfixiante, se mire por donde se mire. Naturalmente, Artemis Fowl no habría estado dispuesto a soportar semejante suplicio de no haberse tratado de un asunto de la máxima importancia. De una importancia vital para el plan.

El sol no le sentaba bien a Artemis. No tenía buen aspecto bajo sus rayos. Las largas horas frente a la pantalla del ordenador le habían desteñido el color de la piel. Estaba pálido como un vampiro y casi igual de irritable a la luz del día.

–Espero que esto no sea otra pérdida de tiempo, Mayordomo –dijo en voz baja y entrecortada–. Sobre todo después de la última vez en El Cairo.

Era una pequeña regañina. Habían viajado hasta Egipto siguiendo las pistas proporcionadas por el confidente de Mayordomo.

–No, señor. Esta vez estoy seguro. Nguyen es un buen hombre.

–Hum –rezongó Artemis, escéptico.

Las personas que pasaban por allí se habrían asombrado al oír al enorme euroasiático llamar «señor» al chico. Al fin y al cabo, estábamos en el tercer milenio. Pero aquella no era una relación normal y corriente, y ellos tampoco eran dos turistas normales y corrientes.

Estaban sentados en la terraza de un café de la calle Dong Khai, viendo a los adolescentes del barrio dar vueltas a la plaza subidos a sus ciclomotores.

Nguyen llegaba tarde, y el ridículo pedazo de sombra que proporcionaba el parasol no servía de gran ayuda para mejorar el humor de Artemis. Sin embargo, no estaba más pesimista de lo habitual; al contrario: bajo su enfurruñamiento se escondía una chispa de esperanza. ¿De verdad resultaría fructífero aquel viaje? ¿Encontrarían el Libro? No podía hacerse demasiadas ilusiones.

De repente, un camarero se acercó a la mesa.

–¿Quieren más té, caballeros? –preguntó, meneando la cabeza frenéticamente.

Artemis lanzó un suspiro.

–Ahórreme toda esa pantomima y siéntese.

El camarero se volvió instintivamente hacia Mayordomo, quien, a fin de cuentas, era el adulto.

–Pero, señor, soy el camarero.

Artemis dio unos golpecitos en la mesa para reclamar su atención.

–Lleva mocasines hechos a mano, una camisa de seda y tres sellos de oro en los dedos. Por su acento, yo diría que ha estudiado en Oxford, y ese brillo en las uñas sólo se consigue después de una sesión de manicura. Usted no es camarero: es nuestro contacto, se llama Nguyen Xuan y se ha puesto ese disfraz tan patético para comprobar, sin levantar sospechas, si llevamos armas encima.

Nguyen dejó caer los hombros.

–Es verdad. Asombroso.

–No es para tanto. Un delantal raído no le convierte en camarero.

Nguyen se sentó y se sirvió un poco de té de menta en una diminuta taza de porcelana.

–Permítame que le ponga al día con respecto a las armas –prosiguió Artemis–. Yo voy desarmado, pero Mayordomo, mi..., bueno..., mi mayordomo lleva una Sig Sauer semiautomática en la sobaquera, dos machetes en las botas, una Derringer de dos cañones en la manga, hilo de nailon para estrangulamientos en el reloj y tres granadas aturdidoras escondidas en varios bolsillos. ¿Algo más, Mayordomo?

–La porra, señor.

–Ah, sí. Una buena porra como las de antes metida por dentro de la camisa.

Nguyen se llevó la taza a los labios con mano temblorosa.

–Pero no se asuste, señor Xuan –sonrió Artemis–. No vamos a utilizar esas armas contra usted.

Sus palabras no parecieron tranquilizar a Nguyen.

–No –continuó Artemis–. Mayordomo podría matarlo de cien maneras distintas sin necesidad de recurrir a su arsenal. Aunque estoy seguro de que con una sola bastaría.

Ahora Nguyen estaba muerto de miedo. Artemis solía producir ese efecto en la gente. Un adolescente paliducho que hablaba con la autoridad y el vocabulario de un adulto poderoso. Nguyen ya había oído hablar de Fowl antes –¿quién no había oído ese nombre en los bajos fondos internacionales?–, pero había supuesto que tendría que vérselas con alguien mayor, no con aquel mocoso. Aunque la palabra «mocoso» no hacía justicia a aquel individuo descarnado. Y aquel gigante, Mayordomo... Saltaba a la vista que era capaz de partirle la columna a un hombre como si tal cosa con aquellas manazas de mamut. Nguyen empezaba a pensar que no valía la pena pasar un minuto más en tan extraña compañía, ni por todo el oro del mundo.

–Y ahora, vayamos al grano –dijo Artemis, al tiempo que colocaba una micrograbadora encima de la mesa–. Usted respondió a nuestro anuncio en Internet.

Nguyen asintió, rezando por que su información fuese exacta.

–Sí, señor..., maestro Fowl. Lo que usted está buscando... Sé dónde está.

–¿De veras? ¿Y se supone que tengo que confiar en su palabra? Podía estar tendiéndome una trampa. A mi familia no le faltan enemigos.

Mayordomo dio un manotazo a un mosquito que rondaba la oreja de su amo.

–No, no –repuso Nguyen, hurgando en su cartera–. Échele un vistazo a esto.

Artemis examinó la Polaroid. Trató con todas sus fuerzas de apaciguar los latidos de su corazón. Parecía prometedora, pero en aquellos tiempos se podía falsificar cualquier cosa con un PC y un escáner. En la foto aparecía una mano entre una nebulosa de sombras. Una mano con manchas verdes.

–Hum… –murmuró–. Explíquese.

–Esta mujer. Es una curandera que vive cerca de la calle Tu Do. Trabaja a cambio de licor de arroz. Se pasa el día borracha.

Artemis asintió con la cabeza. Tenía sentido. El alcoholismo. Uno de los pocos hechos lógicos que había descubierto en su investigación. Se levantó, alisándose las arrugas del polo blanco.

–Muy bien. Adelante, señor Xuan, le escuchamos.

Nguyen se limpió el sudor de su bigote hirsuto.

–Sólo información. Ese era el trato. No quiero que me echen ningún mal de ojo.

Mayordomo agarró al confidente por el pescuezo con mano experta.

–Lo siento, señor Xuan, pero hace un rato que perdió su capacidad de decisión en esa materia.

Haciendo caso omiso de sus protestas, Mayordomo arrastró al vietnamita hasta el cuatro por cuatro que habían alquilado, poco útil en las calles planas de Ciudad Ho Chi Minh, o Saigón, como seguían llamándola las gentes del lugar, pero Artemis prefería no tener nada que ver con la población civil.

El todoterreno empezó a avanzar con una lentitud exasperante, más aún por la ansiedad que se iba acumulando en el pecho de Artemis. Era incapaz de reprimirla por más tie

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