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EL NEGRO CORAZóN DEL CRIMEN

Marcelo Figueras  

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Fragmento

1.

—Escuchen —dijo Valerga. La voz del gordo rodó por el bar, alejándose del estaño. El verbo en imperativo alarmó a la clientela y, vibrando todavía, rompió sobre las mesas de ajedrez—. ¿Qué es eso? ¿Petardos o tiros?

La caja National ya no doblaba por los bebedores. Lo único que se movía era la nube de humo, en su ascenso imparable.

Los ruidos a que Valerga hacía referencia —trallazos: pac pac pac— perforaron el silencio. Venían de afuera, desde la ciudad diseñada como un damero.

—Usted tiene oído de tísico —dijo don Chicho. El repiqueteo lo pescó en plena tarea, servía una medida de Legui. A sus espaldas, custodiado por el botellerío, había un reloj. Sus manecillas coincidían en el rezo de medianoche.

—Alguien juega al carnaval —dijo un cliente a quien nadie conocía.

—¿En junio? —lo contradijeron.

Todo el mundo giró la cabeza, buscando el norte de los ventanales. Pero los vidrios estaban empañados. No velaban más que sombras.

—Los muchachos meten bulla con lo que encuentran —dijo un hombre de acento español. Jugaba a la brisca, tenía las manos llenas de oros—. ¡Eso suena a buscapiés, de aquí a la China!

El bar se llenó de hipótesis, cada vez más estentóreas. Alguien se desplazó hacia la puerta, en busca de evidencia.

Al abrir permitió que se colase un perro asustado. El bicho se perdió en el bosque de piernas. Y la clientela volvió a moderarse. Nadie supo a qué atribuir sus escalofríos: si a la corriente helada o a los estallidos.

Valerga abandonó el mostrador que usaba como muleta. Pero no puso en movimiento su masa corporal —tarea más digna de Homero que de Rabelais— para sumarse a la especulación de mesa alguna ni para husmear la calle.

Se acercó al único cliente que no había abierto la boca.

Un hombre que, a pesar de la conmoción, seguía abocado al tablero de ajedrez.

2.

—¿Y? Usted, ¿qué dice?

Nada, pensó Erre sin levantar la vista. Yo no digo nada.

Le habían tocado blancas y su contrincante, el Ruso Broitman, no disimulaba su impaciencia.

—¿Petardos o tiros? —insistió Valerga. El tablero estaba erizado de formaciones, en posición de descanso: la partida no había arrancado.

Pero eso era lo que estaba en juego. El comienzo, ni más ni menos. No era cuestión de lanzarse a la bartola. La importancia de ese momento era indiscutible, desde Aristóteles: el movimiento inicial —el primer motor— lo determina todo.

Y Valerga estaba decidido a estropeárselo.

El gordo soltó el dedal de Legui y abrazó el baúl de su vientre.

Sin apartar la vista del damero, Erre acomodó sus anteojos —siempre usaba el mismo dedo, el mayor izquierdo, para subirlos al puente de la nariz— y dijo:

—Mausers.

Valerga se apartó con velocidad (le va a costar frenarse, hay que considerar el tema de las consecuencias) y repitió, a un volumen que escucharon hasta los que pisaban la calle:

—¡Mausers! ¡Son tiros de Mauser!

El salón principal quedó desierto. El Huracán Valerga se los había llevado a todos, colgados de su estela. Sólo quedaban dos tipos detrás del mostrador —don Chicho y el cajero— y un par de mujeres jóvenes que cuchicheaban en una mesa.

—¿Y usted cómo sabe? —preguntó el Ruso Broitman, que se había olvidado de la partida.

Erre se dejó caer contra el respaldo de su silla. Valerga no le había pedido pruebas porque no las necesitaba: ya le había mencionado a su hermano una vez, cuando discutieron el artículo de Leoplán. Pero el Ruso estaba en bolas, nunca habían hablado de nada que no fuese ajedrez.

De haber cerrado la boca —de haber resistido la tentación de mostrar lo que sabía—, la partida estaría ya en marcha. Al final se había decidido a ir por camino seguro: P4R, el valor de lo clásico, aun al precio de bancarse la sorna del Ruso (¿tanta espera para esto?), pero ya era tarde. Le había ofrendado su primer movimiento a Valerga. No quedaba otra que atenerse a las consecuencias.

—A usted, ¿qué música le gusta? —preguntó.

—Clásica —dijo el Ruso—. ¡Beethoven!

—Si le silbo la apertura de la Quinta Sinfonía, ¿la reconocería?

—Claro.

Erre manoteó el vaso, apurando la ginebra.

Afuera seguían los latigazos. Dos clientes regresaron al bar, pero no para quedarse: recuperaron sus gabanes y emprendieron la fuga. Uno de ellos dejó plata sobre una mesa y chifló a don Chicho; el otro tuvo la delicadeza de alertar a los que, como Erre, parecían ajenos a todo.

—Esto es cosa seria —les dijo—. No sé qué pasa, pero... ¡Yo que ustedes, me tomo el olivo!

El único que recogió el consejo fue el Ruso. Echó mano al sobretodo, puso a prueba un rictus que explicaba su defección y salió.

Erre se levantó y abotonó el saco. El libro le pesaba en el bolsillo. Era un ejemplar de ¡Hamlet, venganza!, de Michael Innes. Una de las pocas ediciones de El Séptimo Círculo que no había leído.

En Hachette lo presionaban para que escribiese una novela. Al final, el Premio Municipal se le había vuelto en contra, una condena: desde que se lo habían dado, la editorial quería que escribiese otra historia de Hernández —su detective aficionado, corrector de pruebas como él mismo—, pero eso sí: larga.

Y Erre lo había intentado. ¿Quién se resistiría a coronar un éxito, a rematar cuando la pelota quedó picando ante el arco? Sin embargo, los relatos que había empezado pecaban por su corto aliento. Culpaba a la fórmula: crimen teatral, breve investigación, explicación final del detective ante los sospechosos. Cierta gente le sacaba un jugo infinito a esa receta; sin ir más lejos, la vieja Christie. Eso lo sublevaba: ¿por qué podían ellos y él no?

Ahora que volvía a estar de pie, el peso de aquel bolsillo lo desequilibraba.

Abrió el libro en las primeras páginas. Le gustaron las frases que Innes había elegido para arrancar el prólogo:

Los actores han llegado, milord... Mañana habrá comedia.

—La radio no dice nada.

Era don Chicho. Se había acercado para levantar las mesas.

—No news, good news —replicó Erre.

—Para mí que hay revolución.

—Aramburu ya destronó a Lonardi. ¿Quién bajaría a Aramburu?

La mano de Erre sobrevoló el tablero. La política se parecía al ajedrez. Una pieza se come a otra, para ser a su vez comida. Peones que hacen el trabajo sucio y no llegan a arañar a los poderosos.

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