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EL áNGEL ROTO

Gloria V. Casañas  

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Fragmento

Cubierta Portada Epígrafe Dedicatoria Prólogo. Los designios del “Tata Dios” Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Capítulo 25 Capítulo 26 Capítulo 27 Capítulo 28 Capítulo 29 Capítulo 30 Capítulo 31 Capítulo 32 Epílogo Nota de la autora Agradecimientos Créditos Acerca de Random House Mondadori ARGENTINA

“He nacido en Buenos Aires.

¡Qué me importan los desaires

con que me trate la suerte!

Argentino hasta la muerte,

he nacido en Buenos Aires.”

(Fragmento de “Trova”, de CARLOS GUIDO Y SPANO)

A mis abuelos Vodanovich, Mateo y Aurora,

y mis abuelos Casañas, Cirilo y Nicolasa,

que llenaron mi vida de recuerdos imborrables.

PRÓLOGO
Los designios del “Tata Dios”

Serranías del Tandil, enero de 1872

El camino de tierra se abría paso entre las cortaderas y se perdía en la llanura, donde se dibujaban los techos bajos de las casas. El viento peinaba los penachos blancos con su hálito ardiente.

El Tandil. La áspera belleza de la sierra, recortada sobre el cielo de verano, estaba en su esplendor. La siesta se alargaba sobre roquedales y espinillos, aplacando el trino de las calandrias. Sólo el zumbido de las avispas y el canto perezoso de las cigarras revelaban la vida latente. Los pobladores dormían, o bien se recogían en la frescura de los patios emparrados, dedicados a labores sencillas que no exigiesen esfuerzo.

En uno de esos patios rodeados de pitas, dos mujeres compartían el silencio que caía con pesadez sobre las baldosas de barro. El goteo del aljibe marcaba el ritmo de las agujas en el bastidor. Entre ambas yacía, amodorrado, un gato blanco y gris.

—A ver, hija… —murmuró la mujer mayor, inclinándose hacia la otra.

La joven de rubia cabellera extendió su labor sobre el regazo, ofreciéndola al juicio de la más experta.

—Mmm… está bien. Un poco fruncida la tela acá, ma bene.

Volvieron al silencio acogedor y el gato, molesto por la interrupción de su ronroneo, se volvió panza arriba, gruñendo. La muchacha lo acarició con su pie descalzo. La blancura de su piel contrastaba con la morena de doña Filipa, que ya peinaba canas en el cabello oscuro.

Todo en Brunilda era peculiar: los labios rojos, los ojos negros como pozos profundos, el cabello enroscado en la cintura, la silueta delgada… Nada tenía en común con aquella italiana rolliza, y menos aún con don Pasquale, el viejo molinero que había llegado al país con una mano atrás y otra delante, como solía decir cuando las cosas no marchaban como hubiese querido. Y Brunilda no era en verdad de su sangre, sino una huérfana acogida en la casa de aquel matrimonio de inmigrantes. Por sus venas corría la estirpe eslava de Hvar, la isla cubierta de lavanda que los griegos llamaban Pharos. Había sustituido su verdadero apellido por el de sus padres adoptivos: Marconi.

Brunilda Marconi colmó de dicha el hogar de los viejos anconitanos. Pasquale decía que daba lo mismo que la niña hubiese nacido en Hvar o en Ancona, pues ambos pueblos reposaban en las aguas del Adriático. Y Brunilda había crecido como italiana, recordando apenas la vida junto a su padre en la isla azul de su infancia.

La casita de los Marconi se erguía en la ondulada llanura con su tapial pintado de rosa, su frondoso nogal que brindaba sombra a los caminantes, y su patio trasero mirando hacia el horizonte infinito.

—Vaya a ver, hija, si viene mi Pasquale.

La joven dejó su labor ovillada sobre el banco de piedra y subió presta los peldaños que conducían a la azotea, desde donde se veía la inmensidad salpicada de techos rojos. La italiana aprovechó ese momento para revisar la costura de su hijastra. Las puntadas finas y pequeñas la hicieron sonreír con satisfacción. Brunilda era buena aprendiz, tenía manos de hada. Filipa procuraba no ensalzar demasiado su trabajo para que la muchacha se esmerase. Su intención era dejarle un oficio que pudiera servirle de sustento, llegado el caso. En una tierra como aquella, más valía estar prevenido.

Brunilda recibió el latigazo del sol en la cara e hizo visera sobre los ojos para atisbar los alrededores. Filipa siempre se preocupaba cuando su marido demoraba unos minutos más de lo habitual. El matrimonio se aferraba a la rutina que ellos mismos habían creado, como un refugio ante la hostilidad del medio en el que habían erigido su hogar. Si bien las fronteras se habían aquietado y ya no vibraban los aterradores alaridos indios en el aire límpido de la sierra, aún pululaban bandoleros en la región, más temibles a veces, ya que no obedecían a ninguna autoridad. Eran la ley en sí mismos, una ley escrita con sangre.

El Tandil dormía su apacible siesta provinciana.

Filipa sintió una repentina zozobra ante la quietud de la hora y llamó a voces a Brunilda, espantando al gato, que se refugió bajo un macizo de campanillas azules.

—Aquí estoy, mamma —se apresuró a decir la muchacha—. No se ve nada aún.

—Questo cómo tarda… En fin, sigamos…

—No se aflija, mamma, es temprano, me parece.

Filipa guardó silencio, angustiada. Contaba los segundos del regreso de su hombre, siempre puntual. El trabajo de molinero era harto peligroso, Pasquale debía treparse a descomunales alturas para cumplirlo, y ella rezaba cada noche para que la Virgen le conservase las piernas firmes y no sufriese una caída.

Ambas mujeres retomaron sus tareas, hasta que la italiana se interrumpió y su mirada se perdió más allá de las pitas que cercaban el patio. La llaneza del campo le causó aprensión, y las palabras brotaron de su boca de manera imprevista:

—Vea, figlia mia, si algo sucede, no dude en recurrir a don Armando Zaldívar, de El Duraznillo. ¿Capisci? Es un caballero que sabrá protegerla.

—¿Por qué me lo dice, madre? ¿Qué puede suceder?

Filipa volvió su rostro redondo hacia la joven con sorpresa, como si recién se diese cuenta de lo que había dicho.

—Cosas de vieja, no haga caso.

El amodorrado Fígaro maulló de repente, y las mujeres saltaron en sus bancos al ver entrar al tan esperado Pasquale. El hombre venía cubierto de polvo y un poco inclinado hacia delante.

—¿Qué pasa, viejo, te has lastimado? —acudió solícita Filipa.

El molinero se quitó la gorra para colgarla del gancho junto a la puerta.

—¡No pasa nada, mujer! Cosas del oficio, un traspiés… Mamma mia, estos huesos se están poniendo viejos…

—No diga eso, padre, usted es joven todavía —lo endulzó Brunilda, mientras corría a colocarle un almohadón tras la espalda.

Filipa se apresuró a calentar la pava y a retirar de la despensa las confituras que había horneado en su ausencia.

El hombre se besó la punta de los dedos al probar una de aquellas delicias.

Y la italiana se colocó el delantal, clueca de satisfacción, dispuesta a compartir con su esposo la merienda. Brunilda dejó un beso en la frente curtida de Pasquale y se retiró a su pequeño cuarto, contenta de saber que reinaba la tranquilidad en la casa, ahora que estaban todos juntos.

Los Marconi se habían acriollado lo suficiente como para incluir el mate entre sus costumbres, de manera que Pasquale sorbió con gusto del que su mujer le cebaba, en tanto se acomodaba para contar los sucesos del día. Era la mejor hora, la de las confidencias y los recuerdos.

—Ti ricordi, viejo, la casa de Ancona… tenía tantas flores…

—Y una buena huerta, Filipa.

—Y osté tenía la barquita, que no era mucho, pero…

—Sempre traía buena pesca, ¿no?

—Éramos felices, viejo…

—¡Atenti, Filipa! ¿Es que no lo somos ahora? —Pasquale enfatizó su expresión con un ademán que mostraba el interior de la casita, embellecida por los detalles que Filipa y Brunilda elaboraban con sus propias manos.

—Certo —asintió ella—. No debo quejarme, sería un pecado para la Virgen Santa que nos protege.

—Y que nos dio a Brunilda.

—Eso, que nos dio una hija cuando ya pensábamos… —y Filipa dejó en suspenso la referencia a los largos años de aguardar hijos propios que no habían sido fecundos.

—Así y todo, Pasquale… ¿No tienes deseos de volver a ver tu tierra, a tu gente?

Una sombra de tristeza cruzó el rostro del hombre, que se atusó el bigote caído.

—Eh… un poco, puede ser, sí… Pero sabe bien, Filipa, que no había sitio para nosotros allá, el campo le quedaba al mayor, y luego, los otros en la guerra… ¿Qué destino hubiera tenido io?

La mujer se sacudió los pensamientos como si se tratase de una nube de mosquitos y se echó a reír.

—Madonna Santa, hoy estoy de tonta… Me pasé el día pensando tonteras, en lugar de atender la casa como es debido.

—Filipa, nadie atiende la casa mejor que osté —y el viejo molinero oprimió la barbilla temblorosa de su mujer con ternura que trató de disimular de inmediato, quejándose:

—Ma este gato, ¿qué cosa hace acá? ¡Sempre en el camino!

—El pobre, nos acompaña adonde vayamos. Si sembramos, nos sigue por el surco; si cosemos, se echa a los pies; si amaso la pasta, se sube a la despensa.

Fígaro levantó la cabeza como si supiese que era el centro de la conversación, y echó una mirada lánguida sobre los amos, que lo observaban. De sus ojos como ranuras emergió un destello malicioso y volvió a enroscarse, olvidado ya del asunto.

—El muy vago… —comentó risueño Pasquale, y se levantó para asearse antes de la cena.

Brunilda se refugió en su catre, junto a la ventana que daba a la sierra. Esa vista era la más bonita, le permitía imaginar lo que había detrás de la gran roca y gozar de sus cambiantes colores: azul al amanecer, dorado en la tarde, violeta al caer la noche.

A esa hora el murallón se alzaba, imponente, ofreciendo a los ojos de la joven sus grietas arcillosas, sus brillos metálicos y sus laderas manchadas de gris. Más allá, la enorme piedra oscilante, la maravilla de la región, adorada por los nativos y visitada por los forasteros curiosos. Brunilda temía que alguna vez, al despertar, ya no estuviese.

Se rompería el hechizo de aquel sitio para siempre.

El murmullo de la conversación de los Marconi se interrumpió, y un chirrido quebró la paz de la tarde. Brunilda se inclinó sobre el marco de la ventana y vio a Fígaro disparar como alma que lleva el diablo. Extrañada, se levantó y corrió la cortina que separaba su cuarto del comedor de la casita.

El horror se presentó ante sus ojos.

Sobre el mantel de flores amarillas donde aún reposaba la bandeja del mate, descansaba la cabeza de Pasquale, dormido… sobre un charco de sangre. La mirada azul del hombre se apagaba como la llama de una vela moribunda. Filipa yacía recostada sobre la mesada de azulejos que su esposo había construido con sus propias manos. Todavía sostenía entre sus dedos crispados la espátula de madera con la que pensaba dar comienzo al guiso de la noche. Y en medio de ambos, erguido como una estatua de maldad, un hombre vestido de paisano, con la frente envuelta en un pañuelo rojo, la camisa abierta en el pecho velludo, una rastra repleta de monedas sosteniendo el chiripá, y botas de potro teñidas de rojo.

La sangre de los Marconi.

Brunilda miró ese rostro siniestro surgido de la nada y comprendió que su vida había terminado, que no volvería a disfrutar del cariño de sus padres adoptivos ni seguiría viviendo en la casa rosada del camino. Como en torbellino resonaron en sus oídos las palabras de Filipa: “No dudes en recurrir a don Armando Zaldívar… es un caballero”. Aun en su conmoción, entendió que debía correr por su vida y, sin esperar a que el asesino reaccionase, saltó sobre la alfombrilla de esparto que protegía el portal y huyó a través del patio, hacia donde sus pies descalzos pudieran llevarla.

Cruz Ramírez sonrió con ferocidad. El asalto acababa de proporcionarle una recompensa inesperada. Creía encontrar tan sólo al matrimonio de gringos, y ahora veía que una pajarita tierna anidaba en aquella casa que él y sus secuaces se habían propuesto borrar de la faz de la tierra. Una señal más de que su misión era un designio divino. Enarboló la tacuara con la que había atravesado a los Marconi, y salió en pos de Brunilda.

Recién al cruzar el campo aledaño, la joven se dio cuenta de que aquel ataque no era casual, que formaba parte de un plan, pues avistó a otros hombres que recorrían la zona, gritando y alardeando con sus armas sobre sus monturas, poseídos de una salvaje alegría:

—¡Viva la República Argentina!

—¡Mueran los gringos y masones!

—¡Viva la religión federal, carajo!

Las voces reverberaban como ecos trágicos entre los desfiladeros que cortaban la sierra.

Sin sentir las llagas que laceraban sus pies, Brunilda enfiló hacia los laberintos rocosos, segura de hallar mejor refugio que en el caserío. Sonaban disparos mezclados con gritos de angustia, y adivinó la suerte de otros pobladores en otras casas como la suya. El espanto le dio alas y saltó sobre los matorrales para internarse en senderos habitados por serpientes y lagartijas. Con el rostro arrasado por las lágrimas y presa de escalofríos, llegó hasta una gruta que le sirvió de cobijo. El interior sombreado y fresco le dio respiro. Hasta allí no llegaban los aullidos ni los lamentos, aunque antes de penetrar en la parte más honda, Brunilda alcanzó a escuchar un alarido que le causó pavor:

—¡El día del Juicio ha llegado! ¡Que se cumplan los designios del Tata Dios!

La noche cayó, inexorable, sobre la cresta de la roca movediza, y el cielo del Tandil se cuajó de estrellas indiferentes a la masacre que había costado la vida de treinta y siete personas, todas extranjeras: hombres, mujeres y niños, víctimas de un oscuro propósito que las autoridades estaban lejos de advertir.

Brunilda apoyó la cabeza sobre sus rodillas y, encogida de dolor y de frío, elevó una plegaria a la Virgen de su tierra para que jamás la encontrara aquel hombre de ojos llameantes. Antes, prefería morir.

Una figura se recortó entonces en la entrada de la gruta.

—Acá est

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