Loading...

EL áNGEL ROTO

Gloria V. Casañas  

0


Fragmento

Cubierta Portada Epígrafe Dedicatoria Prólogo. Los designios del “Tata Dios” Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Capítulo 25 Capítulo 26 Capítulo 27 Capítulo 28 Capítulo 29 Capítulo 30 Capítulo 31 Capítulo 32 Epílogo Nota de la autora Agradecimientos Créditos Acerca de Random House Mondadori ARGENTINA

“He nacido en Buenos Aires.

¡Qué me importan los desaires

con que me trate la suerte!

Argentino hasta la muerte,

he nacido en Buenos Aires.”

(Fragmento de “Trova”, de CARLOS GUIDO Y SPANO)

Recibe antes que nadie historias como ésta

A mis abuelos Vodanovich, Mateo y Aurora,

y mis abuelos Casañas, Cirilo y Nicolasa,

que llenaron mi vida de recuerdos imborrables.

PRÓLOGO
Los designios del “Tata Dios”

Serranías del Tandil, enero de 1872

El camino de tierra se abría paso entre las cortaderas y se perdía en la llanura, donde se dibujaban los techos bajos de las casas. El viento peinaba los penachos blancos con su hálito ardiente.

El Tandil. La áspera belleza de la sierra, recortada sobre el cielo de verano, estaba en su esplendor. La siesta se alargaba sobre roquedales y espinillos, aplacando el trino de las calandrias. Sólo el zumbido de las avispas y el canto perezoso de las cigarras revelaban la vida latente. Los pobladores dormían, o bien se recogían en la frescura de los patios emparrados, dedicados a labores sencillas que no exigiesen esfuerzo.

En uno de esos patios rodeados de pitas, dos mujeres compartían el silencio que caía con pesadez sobre las baldosas de barro. El goteo del aljibe marcaba el ritmo de las agujas en el bastidor. Entre ambas yacía, amodorrado, un gato blanco y gris.

—A ver, hija… —murmuró la mujer mayor, inclinándose hacia la otra.

La joven de rubia cabellera extendió su labor sobre el regazo, ofreciéndola al juicio de la más experta.

—Mmm… está bien. Un poco fruncida la tela acá, ma bene.

Volvieron al silencio acogedor y el gato, molesto por la interrupción de su ronroneo, se volvió panza arriba, gruñendo. La muchacha lo acarició con su pie descalzo. La blancura de su piel contrastaba con la morena de doña Filipa, que ya peinaba canas en el cabello oscuro.

Todo en Brunilda era peculiar: los labios rojos, los ojos negros como pozos profundos, el cabello enroscado en la cintura, la silueta delgada… Nada tenía en común con aquella italiana rolliza, y menos aún con don Pasquale, el viejo molinero que había llegado al país con una mano atrás y otra delante, como solía decir cuando las cosas no marchaban como hubiese querido. Y Brunilda no era en verdad de su sangre, sino una huérfana acogida en la casa de aquel matrimonio de inmigrantes. Por sus venas corría la estirpe eslava de Hvar, la isla cubierta de lavanda que los griegos llamaban Pharos. Había sustituido su verdadero apellido por el de sus padres adoptivos: Marconi.

Brunilda Marconi colmó de dicha el hogar de los viejos anconitanos. Pasquale decía que daba lo mismo que la niña hubiese nacido en Hvar o en Ancona, pues ambos pueblos reposaban en las aguas del Adriático. Y Brunilda había crecido como italiana, recordando apenas la vida junto a su padre en la isla azul de su infancia.

La casita de los Marconi se erguía en la ondulada llanura con su tapial pintado de rosa, su frondoso nogal que brindaba sombra a los caminantes, y su patio trasero mirando hacia el horizonte infinito.

—Vaya a ver, hija, si viene mi Pasquale.

La joven dejó su labor ovillada sobre el banco de piedra y subió presta los peldaños que conducían a la azotea, desde donde se veía la inmensidad salpicada de techos rojos. La italiana aprovechó ese momento para revisar la costura de su hijastra. Las puntadas finas y pequeñas la hicieron sonreír con satisfacción. Brunilda era buena aprendiz, tenía manos de hada. Filipa procuraba no ensalzar demasiado su trabajo para que la muchacha se esmerase. Su intención era dejarle un oficio que pudiera servirle de sustento, llegado el caso. En una tierra como aquella, más valía estar prevenido.

Brunilda recibió el latigazo del sol en la cara e hizo visera sobre los ojos para atisbar los alrededores. Filipa siempre se preocupaba cuando su marido demoraba unos minutos más de lo habitual. El matrimonio se aferraba a la rutina que ellos mismos habían creado, como un refugio ante la hostilidad del medio en el que habían erigido su hogar. Si bien las fronteras se habían aquietado y ya no vibraban los aterradores alaridos indios en el aire límpido de la sierra, aún pululaban bandoleros en la región, más temibles a veces, ya que no obedecían a ninguna autoridad. Eran la ley en sí mismos, una ley escrita con sangre.

El Tandil dormía su apacible siesta provinciana.

Filipa sintió una repentina zozobra ante la quietud de la hora y llamó a voces a Brunilda, espantando al gato, que se refugió bajo un macizo de campanillas azules.

—Aquí estoy, mamma —se apresuró a decir la muchacha—. No se ve nada aún.

—Questo cómo tarda… En fin, sigamos…

—No se aflija, mamma, es temprano, me parece.

Filipa guardó silencio, angustiada. Contaba los segundos del regreso de su hombre, siempre puntual. El trabajo de molinero era harto peligroso, Pasquale debía treparse a descomunales alturas para cumplirlo, y ella rezaba cada noche para que la Virgen le conservase las piernas firmes y no sufriese una caída.

Ambas mujeres retomaron sus tareas, hasta que la italiana se interrumpió y su mirada se perdió más allá de las pitas que cercaban el patio. La llaneza del campo le causó aprensión, y las palabras brotaron de su boca de manera imprevista:

—Vea, figlia mia, si algo sucede, no dude en recurrir a don Armando Zaldívar, de El Duraznillo. ¿Capisci? Es un caballero que sabrá protegerla.

—¿Por qué me lo dice, madre? ¿Qué puede suceder?

Filipa volvió su rostro redondo hacia la joven con sorpresa, como si recién se diese cuenta de lo que había dicho.

—Cosas de vieja, no haga caso.

El amodorrado Fígaro maulló de repente, y las mujeres saltaron en sus bancos al ver entrar al tan esperado Pasquale. El hombre venía cubierto de polvo y un poco inclinado hacia delante.

—¿Qué pasa, viejo, te has lastimado? —acudió solícita Filipa.

El molinero se quitó la gorra para colgarla del gancho junto a la puerta.

—¡No pasa nada, mujer! Cosas del oficio, un traspiés… Mamma mia, estos huesos se están poniendo viejos…

—No diga eso, padre, usted es joven todavía —lo endulzó Brunilda, mientras corría a colocarle un almohadón tras la espalda.

Filipa se apresuró a calentar la pava y a retirar de la despensa las confituras que había horneado en su ausencia.

El hombre se besó la punta de los dedos al probar una de aquellas delicias.

Y la italiana se colocó el delantal, clueca de satisfacción, dispuesta a compartir con su esposo la merienda. Brunilda dejó un beso en la frente curtida de Pasquale y se retiró a su pequeño cuarto, contenta de saber que reinaba la tranquilidad en la casa, ahora que estaban todos juntos.

Los Marconi se habían acriollado lo suficiente como para incluir el mate entre sus costumbres, de manera que Pasquale sorbió con gusto del que su mujer le cebaba, en tanto se acomodaba para contar los sucesos del día. Era la mejor hora, la de las confidencias y los recuerdos.

—Ti ricordi, viejo, la casa de Ancona… tenía tantas flores…

—Y una buena huerta, Filipa.

—Y osté tenía la barquita, que no era mucho, pero…

—Sempre traía buena pesca, ¿no?

—Éramos felices, viejo…

—¡Atenti, Filipa! ¿Es que no lo somos ahora? —Pasquale enfatizó su expresión con un ademán que mostraba el interior de la casita, embellecida por los detalles que Filipa y Brunilda elaboraban con sus propias manos.

—Certo —asintió ella—. No debo quejarme, sería un pecado para la Virgen Santa que nos protege.

—Y que nos dio a Brunilda.

—Eso, que nos dio una hija cuando ya pensábamos… —y Filipa dejó en suspenso la referencia a los largos años de aguardar hijos propios que no habían sido fecundos.

—Así y todo, Pasquale… ¿No tienes deseos de volver a ver tu tierra, a tu gente?

Una sombra de tristeza cruzó el rostro del hombre, que se atusó el bigote caído.

—Eh… un poco, puede ser, sí… Pero sabe bien, Filipa, que no había sitio para nosotros allá, el campo le quedaba al mayor, y luego, los otros en la guerra… ¿Qué destino hubiera tenido io?

La mujer se sacudió los pensamientos como si se tratase de una nube de mosquitos y se echó a reír.

—Madonna Santa, hoy estoy de tonta… Me pasé el día pensando tonteras, en lugar de atender la casa como es debido.

—Filipa, nadie atiende la casa mejor que osté —y el viejo molinero oprimió la barbilla temblorosa de su mujer con ternura que trató de disimular de inmediato, quejándose:

—Ma este gato, ¿qué cosa hace acá? ¡Sempre en el camino!

—El pobre, nos acompaña adonde vayamos. Si sembramos, nos sigue por el surco; si cosemos, se echa a los pies; si amaso la pasta, se sube a la despensa.

Fígaro levantó la cabeza como si supiese que era el centro de la conversación, y echó una mirada lánguida sobre los amos, que lo observaban. De sus ojos como ranuras emergió un destello malicioso y volvió a enroscarse, olvidado ya del asunto.

—El muy vago… —comentó risueño Pasquale, y se levantó para asearse antes de la cena.

Brunilda se refugió en su catre, junto a la ventana que daba a la sierra. Esa vista era la más bonita, le permitía imaginar lo que había detrás de la gran roca y gozar de sus cambiantes colores: azul al amanecer, dorado en la tarde, violeta al caer la noche.

A esa hora el murallón se alzaba, imponente, ofreciendo a los ojos de la joven sus grietas arcillosas, sus brillos metálicos y sus laderas manchadas de gris. Más allá, la enorme piedra oscilante, la maravilla de la región, adorada por los nativos y visitada por los forasteros curiosos. Brunilda temía que alguna vez, al despertar, ya no estuviese.

Se rompería el hechizo de aquel sitio para siempre.

El murmullo de la conversación de los Marconi se interrumpió, y un chirrido quebró la paz de la tarde. Brunilda se inclinó sobre el marco de la ventana y vio a Fígaro disparar como alma que lleva el diablo. Extrañada, se levantó y corrió la cortina que separaba su cuarto del comedor de la casita.

El horror se presentó ante sus ojos.

Sobre el mantel de flores amarillas donde aún reposaba la bandeja del mate, descansaba la cabeza de Pasquale, dormido… sobre un charco de sangre. La mirada azul del hombre se apagaba como la llama de una vela moribunda. Filipa yacía recostada sobre la mesada de azulejos que su esposo había construido con sus propias manos. Todavía sostenía entre sus dedos crispados la espátula de madera con la que pensaba dar comienzo al guiso de la noche. Y en medio de ambos, erguido como una estatua de maldad, un hombre vestido de paisano, con la frente envuelta en un pañuelo rojo, la camisa abierta en el pecho velludo, una rastra repleta de monedas sosteniendo el chiripá, y botas de potro teñidas de rojo.

La sangre de los Marconi.

Brunilda miró ese rostro siniestro surgido de la nada y comprendió que su vida había terminado, que no volvería a disfrutar del cariño de sus padres adoptivos ni seguiría viviendo en la casa rosada del camino. Como en torbellino resonaron en sus oídos las palabras de Filipa: “No dudes en recurrir a don Armando Zaldívar… es un caballero”. Aun en su conmoción, entendió que debía correr por su vida y, sin esperar a que el asesino reaccionase, saltó sobre la alfombrilla de esparto que protegía el portal y huyó a través del patio, hacia donde sus pies descalzos pudieran llevarla.

Cruz Ramírez sonrió con ferocidad. El asalto acababa de proporcionarle una recompensa inesperada. Creía encontrar tan sólo al matrimonio de gringos, y ahora veía que una pajarita tierna anidaba en aquella casa que él y sus secuaces se habían propuesto borrar de la faz de la tierra. Una señal más de que su misión era un designio divino. Enarboló la tacuara con la que había atravesado a los Marconi, y salió en pos de Brunilda.

Recién al cruzar el campo aledaño, la joven se dio cuenta de que aquel ataque no era casual, que formaba parte de un plan, pues avistó a otros hombres que recorrían la zona, gritando y alardeando con sus armas sobre sus monturas, poseídos de una salvaje alegría:

—¡Viva la República Argentina!

—¡Mueran los gringos y masones!

—¡Viva la religión federal, carajo!

Las voces reverberaban como ecos trágicos entre los desfiladeros que cortaban la sierra.

Sin sentir las llagas que laceraban sus pies, Brunilda enfiló hacia los laberintos rocosos, segura de hallar mejor refugio que en el caserío. Sonaban disparos mezclados con gritos de angustia, y adivinó la suerte de otros pobladores en otras casas como la suya. El espanto le dio alas y saltó sobre los matorrales para internarse en senderos habitados por serpientes y lagartijas. Con el rostro arrasado por las lágrimas y presa de escalofríos, llegó hasta una gruta que le sirvió de cobijo. El interior sombreado y fresco le dio respiro. Hasta allí no llegaban los aullidos ni los lamentos, aunque antes de penetrar en la parte más honda, Brunilda alcanzó a escuchar un alarido que le causó pavor:

—¡El día del Juicio ha llegado! ¡Que se cumplan los designios del Tata Dios!

La noche cayó, inexorable, sobre la cresta de la roca movediza, y el cielo del Tandil se cuajó de estrellas indiferentes a la masacre que había costado la vida de treinta y siete personas, todas extranjeras: hombres, mujeres y niños, víctimas de un oscuro propósito que las autoridades estaban lejos de advertir.

Brunilda apoyó la cabeza sobre sus rodillas y, encogida de dolor y de frío, elevó una plegaria a la Virgen de su tierra para que jamás la encontrara aquel hombre de ojos llameantes. Antes, prefería morir.

Una figura se recortó entonces en la entrada de la gruta.

—Acá estás.

Cruz Ramírez avanzó hacia el interior y se plantó ante la fugitiva con las piernas abiertas y una sonrisa triunfal. La persecución le había cubierto de sudor el rostro y mojaba el pañuelo grasiento, revelando una frente hundida.

Ella no conocía a ese hombre malvado, aunque al verlo cernirse amenazador, alcanzó a distinguir la marca a fuego sobre el mango de cuero de su puñal: dos eses entrelazadas.

Brunilda cerró los ojos con fuerza y deseó no estar allí, no estar allí…

CAPÍTULO 1

Otoño de 1876

La calesa se desplazó a lo largo del Paseo de Julio, bajo un sol otoñal que atenuaba la aspereza del viento que azotaba la ciudad desde el muelle. Al llegar a la calle de la Piedad el cochero se detuvo, esperando que su pasajero le indicase qué hacer.

Julián Zaldívar y Durand asomó su rubia cabeza bajo la capota y contempló la modesta construcción que se alzaba sobre la esquina. Un muro encalado ostentaba en letras azules el rimbombante nombre de “Almacén de la Marina”, y en la azotea se veían dos casillas de madera en cuyo techo un letrero rezaba: “Retratos”.

El conjunto era deprimente. Consultó las direcciones que llevaba escritas en un trozo de papel y, tras echar una última mirada a las instalaciones de La Fotografía de Mayo, indicó a su cochero:

—Sigue. Hasta la calle de la Victoria.

Con resignación, el hombre fustigó al caballo y tomó el rumbo de la plaza a lo largo de la calle 25 de Mayo. Llevaban un buen rato dando vueltas en pos de un estudio fotográfico al gusto del patrón, uno de esos talleres donde los extranjeros montaban sus cámaras de madera y sus catres repletos de frascos con extraños líquidos, para dar gusto a la vanidad de los porteños. Todos querían sus retratos, logrados con las modernas técnicas del daguerrotipo.

En el número 66 de la calle de la Victoria, en los altos de la Recova Nueva, se levantaba el estudio de Ansaldi. Al igual que las otras galerías fotográficas que abrían sus puertas en esa misma cuadra, la de Juan Bautista Ansaldi buscaba aprovechar al máximo la luz del sol, y su estudio contaba con paredes y techo de vidrio.

—Espérame —dio la orden Julián.

El cochero se arrellanó en el pescante, dispuesto a fumar un cigarro y a disfrutar de la vista de las muchachas que salían de compras con sus madres en ese soleado día de marzo. Algunas de ellas saludaron con falsa timidez al soltero más codiciado de la élite porteña, el hombre que por años había estado ausente del país, para volver con una estampa formidable y leves líneas en el rostro varonil que indicaban madurez y experiencia.

Julián pasó bajo uno de los arcos de la Recova, donde en una vitrina se exponían los retratos del artista, y atravesó un sombrío vestíbulo antes de subir la escalera que lo condujo al piso superior. Allí se topó con un cuarto iluminado desde los ventanales del balcón que daba a la plaza. Cortinas y pantallas le daban un aspecto teatral, y en el centro, una aparatosa máquina que obraba la maravilla del retrato.

El hombre que lo recibió debía de ser el mismísimo Ansaldi. Llevaba guardapolvo y fundas de lona para proteger sus brazos.

—¿Señor?

—Vengo por una fotografía.

—¿Tenía usted cita?

No la tenía. Julián se había lanzado a cumplir ese pedido absurdo de su madre sin darle mucha importancia. A doña Inés Durand se le había antojado colocar un retrato de su único hijo en la repisa de la chimenea, para mirarlo a gusto cuando a él se le ocurriese dar la vuelta al mundo otra vez.

Algo en el porte del cliente le dijo al fotógrafo que le convenía hacer una excepción. Tomó la tarjeta que le tendió y con amabilidad lo invitó a sentarse en una butaca, a la espera de su turno. Julián se dispuso a tener paciencia y se acomodó en el asiento de terciopelo gastado, de cara al cuarto donde se revelaban las fotografías. La cortina se movió de repente, y atisbó una silueta esbelta que trajinaba entre las bateas y los frascos. Su vestido negro contrastaba con la blancura del cuartito.

Una mujer. ¿Sería la esposa?

—Por aquí, caballero.

Ansaldi lo condujo con gentileza hacia otro sillón con apariencia de trono, y lo ayudó a acomodar su levita para lograr el efecto deseado. El fotógrafo reparó en el bastón de ébano que llevaba su cliente y supuso que podría sacar provecho de él, creando una pose distinguida con el bastón en primer plano. El puño de marfil, con cabeza de dragón, era una imagen exquisita.

—Por favor, siéntase cómodo. Los preparativos son algo tediosos, pero el resultado es estupendo.

Julián se resignó a mantener la actitud de quien se pierde en pensamientos remotos, la mirada en la lejanía, con una mano en el antebrazo del sillón y la otra apoyada con indolencia en el bastón de la China.

El reposo del guerrero.

—¡Perfecto! ¡Sublime! Ahora unos minutos más, por favor, y estaremos listos.

El fotógrafo bien merecía la calificación de artista, ya que creaba un escenario para cada toma y modelaba la luz como con un pincel sobre el lienzo. Ansaldi arrastró bustos de mármol, banquetas y mesitas para simular un rincón íntimo, y luego manipuló una larga vara para cambiar los telones del fondo hasta dar con el más apropiado. Su expresión se tornó absorta, olvidado del cliente y de sus necesidades, concentrado tan sólo en la belleza del retrato. Julián Zaldívar y Durand ya no existía para él, sino el personaje que su fantasía y su oficio habían creado.

—¡Listo! Puede relajarse, hemos terminado. Le garantizo que quedará satisfecho, caballero. Muy buenas tomas, ya lo verá usted.

—Así lo espero en bien de mi madre, que es la promotora de todo esto.

—Ah, las damas… Sin ellas, no habría belleza en este mundo.

La mujer del cuarto de revelado se hizo presente ante esa invocación.

—Terminé por hoy, señor Ansaldi.

A Julián le sorprendió la inflexión grave de aquella voz. En el contraluz pudo apreciar su silueta a placer, ya que él se encontraba entre los bastidores y ella no lo veía. El rostro de la mujer estaba cubierto por un velo negro. ¿Una viuda?

El misterio no se reveló, la mujer desapareció sin duda autorizada por algún gesto del patrón, y Julián quedó con el sinsabor de no tener una imagen de la dama audaz que osaba trabajar en un estudio de fotografías.

Tal vez, cuando regresara a buscar el retrato…

El sol le dio de lleno al salir, dejándolo ciego por un momento. Su cochero había trabado relación con un vendedor de flores, y ambos competían en requiebros a las señoritas que pasaban. Julián decidió tomar un café antes de regresar, de modo que enfiló hacia la confitería Victoria, en la esquina de la Defensa. El tiempo transcurrido en el sillón del fotógrafo se había cobrado su precio, le costaba mover la pierna mala con soltura, y tuvo que dar unos cuantos pasos cortos antes de lograr su tranco largo característico. Desde el umbral divisó la figura triste de su amigo Adolfo, acodado sobre una mesa, y hacia allí se encaminó.

Pobre Adolfo, había nacido para el martirio. La melancolía de su mirada, acentuada por unas cejas que caían hacia abajo, lo recibió cuando se sentó, sin permiso, en la silla de enfrente.

—Julián… —murmuró, como si el otro lo hubiese salvado de un pensamiento tormentoso.

—¿Qué estás tomando? ¿Quieres café?

El vasito de licor hablaba a las claras del estado de ánimo de Adolfo Alexander, compañero de estudio, ya que no de juerga. Adolfo jamás iba de juerga, sólo leía y sufría. Desde muy joven, las angustias de la existencia habían hecho de él su presa. Julián lo encontró desmejorado, temía que aquel amigo no hallase jamás el sosiego de una vida apacible, con hijos y una amante esposa.

Una vida que él tampoco tendría.

—Gracias. Me vendrá bien para aguar esto —y Adolfo levantó el vasito para mirar a través del vidrio, como en un prisma.

—¿No es muy temprano para el licor?

—Da igual.

—¿Qué estás leyendo?

Julián manoteó el libro que reposaba sobre la mesa y del primer vistazo comprendió que con esas compañías su amigo jamás remontaría vuelo. El Werther, de Goethe, no era lo apropiado para un espíritu sensible como el de Adolfo. Intentó distraerlo.

—¿Sabías que en la India enjaezan a los elefantes como nosotros a los caballos? Claro que con flores y guirnaldas.

—Sé que cubren con flores los cadáveres y los arrojan al Ganges.

El comentario iba por mal camino.

—Cada pueblo tiene sus costumbres, por extrañas que nos parezcan. A las mujeres chinas les vendan los pies desde niñas para que los conserven pequeños, un signo de belleza y distinción. Hasta se piensa que pueden conseguir un mejor marido así.

—Este mundo es un calvario —repuso acongojado Adolfo, y hundió su mirada en el fondo del vaso.

Julián se echó hacia atrás en la silla y sacó otro tema.

—¿Qué me cuentas de la política de Avellaneda? Es un tipo espiritual y práctico a la vez, ¿no te parece? Creo que es el hombre que conviene al país en este momento.

Adolfo iba a replicar, sin duda con alguna ironía, cuando voces eufóricas interrumpieron el murmullo suave de la confitería.

—¡Julián Zaldívar! ¿Dónde te habías metido, viejo?

La expresión de Adolfo Alexander se tornó desgraciada cuando avistó a los dos camaradas, Patricio Lamas y León Pereyra, el uno casado, el otro comprometido, ambos adictos a las francachelas como cuando tenían veinte años.

—Olvidándote de tus amigos, ¿eh? —bromeó Patricio, palmeando los hombros de Adolfo al pasar, ya que la chanza iba dirigida a Julián.

Se sentaron sin preámbulos y solicitaron del mozo cuatro copitas de jerez para brindar por el regreso del hijo pródigo.

—Ahora que eres un hombre de mundo te parecemos poca cosa, pero antes éramos tus confidentes. ¡Ingrato!

Celebraron entre carcajadas y cuando supieron que Julián venía de hacerse un retrato, exclamaron casi al unísono:

—¿Cómo no fuiste al estudio de Loudet, en la Galería San Miguel? Allí van todos los hombres bien, desde Sarmiento y Mitre hasta el presidente de la República. Nosotros le encargamos nuestras cartes de visite.

El estudio de la calle de la Piedad era una de las direcciones que Julián llevaba escritas cuando emprendió el periplo en pos del dichoso retrato, pero al hallar desocupado el atelier de Ansaldi, no le pareció oportuno seguir dando vueltas. Además, allí encontró un atractivo inesperado: la joven fotógrafa. Guardó silencio sobre eso.

León y Patricio no habían cambiado en absoluto, la vida los había tratado con indulgencia, pues conservaban el entusiasmo juvenil a flor de piel. La mención de las cartes de visite revelaba que seguían los pasos de la sociedad porteña, que adoptaba la moda francesa en todo. Después de haber viajado por tantos lugares distintos, Julián poseía una visión mucho más amplia de lo que se consideraba “extranjero”, y las pequeñeces con las que las gentes procuraban distinguirse unas de otras lo tenían sin cuidado. Su natural amable, sin embargo, le impedía ridiculizarlas, como sin duda haría alguien más cínico. Soportó cuanto pudo las risotadas a sus expensas, hasta que de repente Patricio se inclinó en su respaldo para atisbar por la ventana, y soltó un silbido admirativo.

—Miren quién va, la maestra.

Julián se tensó, y una oleada de calor tiñó de rojo sus pómulos. ¡Tan pronto! Había eludido el encuentro hasta ese día, prolongando lo inevitable, y ahora…

Buscó en el bolsillo de su levita sus lentes de fino armazón y fingió desinterés cuando siguió la mirada de su amigo hacia la calle. La mujer que todos admiraban no era ella.

Se trataba de una joven rubia, por empezar, más alta que Elizabeth, con una nota exótica en su rostro. Caminaba igual de resuelta, eso sí, aunque ahí terminaba el parecido.

Julián suspiró aliviado, y pudo preguntar:

—¿De quién se trata?

—Una de las maestras normales que se formaron acá, con las que trajo Sarmiento de Norteamérica. ¿Cómo se llama, León?

—“La China”, le dicen.

El puñetazo sobre la mesa hizo saltar las copas y el rostro furibundo de Adolfo los conmocionó a todos.

—¡Desdichados! Estáis tan acostumbrados al infundio, que no reparáis en el honor que mancilláis.

Julián notó que hablaba como poseído, remedando las frases de los textos que leía.

—Una pobre mujer que se gana el pan con su trabajo es objeto de burla porque no va acompañada por su chaperona, pero esa maestra es más dama y más mujer que todas las otras juntas, porque lucha contra los prejuicios de una sociedad chata e hipócrita, incapaz de valorar a las personas por su alma, sólo ve los abalorios con que se adornan.

A pesar de lo inoportuno del discurso no le faltaba razón, y los dos bromistas se mostraron compungidos. No había sido su intención faltarle el respeto a la maestrita.

Julián puso paños fríos a la discusión.

—Es el precio que se paga por ser diferente. Con el tiempo, estas cosas se verán normales, y ya nadie reirá de las mujeres que trabajan —y su pensamiento vagó hacia la viuda misteriosa.

—No quisimos… eh… ser groseros. Nadie mira mal a las maestras, al contrario.

León y Patricio hablaban en plural, dando por descontado que ambos pensaban lo mismo sobre todo.

Adolfo se mantuvo callado, tal vez avergonzado por el estallido que llamó la atención de algunos clientes, y Julián dio por zanjada la reunión.

—Ven a verme —le dijo al torturado amigo, mientras garabateaba su dirección.

—¿No vives con tu madre?

—Un hombre necesita cierta independencia.

Aunque intentó que sonara como chiste, todos permanecieron serios. Desde el regreso de Julián Zaldívar y Durand, sólo se hablaba de la manera misteriosa en que vivía, sin recibir a nadie, frecuentando los salones y lugares públicos sin comprometerse a ser anfitrión, a menos que la invitación corriese por cuenta de su madre y en casa de ella.

Se sintió aliviado al salir de la confitería y del escrutinio de sus amigos. Buscó al cochero y emprendió el camino de regreso. Tenía mucho en qué pensar, analizar por qué, al cabo de tanto tiempo, había reaccionado como lo hizo al suponer que la mujer de la que hablaban era su antiguo amor no correspondido: Elizabeth O’Connor, la maestra de Boston que se había casado con su mejor amigo, Francisco Peña y Balcarce.

Al entrar en su refugio, “a media cuadra del campo”, como hubiesen dicho León y Patricio si supieran dónde estaba, una oleada de calidez lo invadió.

El brasero encendido en el pequeño vestíbulo parpadeaba en los espejos que tapizaban las paredes; con sus variados marcos de pan de oro, hojalata, marfil labrado, caoba tallada, y hasta incrustados de jade, creaban la ilusión de que el espacio reducido se multiplicaba hasta el infinito. La imagen que le devolvieron fue la de un hombre triste, incapaz de esperar nada de la vida, sin proyectos ni ilusiones. Un hombre que todo lo hacía por encargo, sin comprometerse.

Retiró la mirada, disgustado.

—¿Pétalo?

El aroma de sándalo precedió a la silueta femenina que se presentó ante él.

Una joven enfundada en una bata de seda verde con arabescos amarillos se inclinó reverente, mostrando gracia y discreción.

—Pétalo, prepárame un baño de aceites, que hoy he tenido un mal día con la… pierna.

Iba a decir con la “maldita pierna” y se refrenó. La muchacha no tenía por qué padecer sus arranques de furia.

Su nombre verdadero era Xiang-Bo, y ante la dificultad para pronunciarlo, Julián prefirió mantener en su trato el nombre con que la conoció en la casa de citas de Madame Li. Pétalo era una “profesional” que alquilaba sus servicios en un burdel de Shanghai cercano al hotel donde él pasó dos semanas, en su recorrido alrededor del mundo. La casa de Madame Li era muy recomendada entre los pasajeros debido al lujo de sus instalaciones y a la exquisita educación de sus discípulas.

Julián recordaba con nitidez el momento en que vio a Xiang-Bo: ella lo aguardaba en un cuartito tapizado de terciopelo rojo, sentada en un taburete, las manos entrelazadas bajo las rodillas, el busto erguido y la cabeza apenas inclinada. Llevaba el sedoso cabello sujeto en un rodete bajo, una túnica negra que destacaba su cutis blanco de polvos, y una tristeza infinita en sus ojos rasgados. Julián habría jurado que en ellos titilaba una lágrima cuando entró. Xiang-Bo fue una amante extraordinaria: gentil, delicada, comprensiva del estado de ánimo de su cliente. Supo captar la melancolía profunda que ahogaba el corazón de Julián, y la trató con el mismo cuidado con que masajeó su pierna mala, con constancia y firmeza, concentrada en ella como si fuese lo único en el mundo. Julián jamás se sintió tan reconfortado como cuando las manos de la joven china recorrían su cuerpo, murmurando palabras incomprensibles y envolviéndolo en una tibieza inesperada. Una y otra vez regresó al burdel de Madame Li buscando la misma sensación, y siempre salió de allí sintiéndose un hombre nuevo. Pétalo se había convertido en una droga que él necesitaba para vivir. Hasta que llegó el momento de seguir viaje y acudió al burdel a despedirse. Le llevó de regalo un broche de turquesas que él mismo colocó en el cuello de su kimono plateado, y una exótica flor blanca adentro de un globo de vidrio.

—Para que me recuerdes —le dijo, con voz quebrada—, porque yo soy como esta flor, si me expongo, me desintegro. Te la confío, sé que tus manos harán con ella el mismo milagro que hicieron conmigo.

Pétalo permaneció inmóvil, conmocionada. De repente se echó a llorar y cayó de rodillas ante Julián.

—¡Lléveme, señor! ¡Lléveme con usted! Plancharé su ropa, limpiaré su casa, haré lo que me pida… No me deje aquí, señor, soy desdichada y no habrá otro que me trate como usted lo hizo…

El arrebato tomó por sorpresa a Julián. Él no deseaba alejarse de Pétalo, y tampoco sabía cómo llevarla sin comprometerse. La levantó del suelo con dulzura y prometió que la sacaría de allí, aunque le aclaró que él vivía en un lugar muy lejano donde las costumbres no permitían que una mujer joven y hermosa como ella compartiese la casa de un hombre solo. Pétalo lo había contemplado con los ojos arrasados en lágrimas y pronunció las palabras que conmovieron a Julián hasta lo más hondo y determinaron su decisión:

—¿Qué lugar es ése, señor, donde no se puede aliviar sin culpa el tormento de un alma perdida?

Julián Zaldívar viajó en compañía de Pétalo desde ese momento. Pagó por ella la considerable suma que Madame Li exigió, después de hacerle saber que le ocasionaba una gran pérdida en sus intereses al llevársela, y recorrieron juntos la ciudad sagrada de Pekín, las nieves del Tibet, remontaron barriletes en el aire gélido, se bañaron en hoyas termales mientras el aliento se les congelaba en nubes de granizo, y por las noches, envueltos en el humo de los sahumadores, se confortaron el uno al otro, conociendo las artes del amor más excelso. Pétalo siempre supo que aquella dicha tendría fin cuando su amado señor regresase al país de su infancia, ya que allí reinaban las reglas de Occidente, y su presencia sería cuestionada. Como no quería perjudicarlo, ella misma orquestó el ardid salvador.

—¿Cómo que serás mi sirviente chino? —exclamó atónito Julián ese día.

—Puedo pasar por un muchacho si me lo propongo, nadie se dará cuenta de nada. Al bajar de este barco, nadie verá a Xiang-Bo, sino a Yong.

—¿Yong?

—Mi nuevo nombre chino, de varón. Significa “con coraje”, y es lo que debo tener para viajar a un país tan distinto del mío. Pero no me quejo, por fin seré alguien, porque en China las mujeres no somos nadie.

Pétalo se mostró tan complacida, que Julián se dejó convencer.

Y aquella mañana de marzo, Julián Zaldívar y Durand, hijo de un estanciero criollo y de una dama inglesa, único heredero, miembro de la élite porteña y galán por el que suspiraban muchas señoritas, descendió en el muelle de pasajeros de Buenos Aires, seguido de cerca por un curioso asistente que empujaba con vigor sus baúles y mantenía todo el tiempo el rostro inclinado, en señal de sumisión.

Aquella rareza dio que hablar a las lenguas viperinas. Sin embargo, por respeto a la familia los chismes se fueron acallando. Doña Inés Durand se ocupó de ello, invitando a lo más granado de la sociedad a numerosos tés y saraos realizados en honor del hijo que regresaba de su largo viaje de placer y conocimientos.

Así fue como Pétalo llevó una doble vida: sirviente durante el día, amante por la noche. Julián alquiló una vivienda alejada del centro porteño, un lugar tranquilo donde sus idas y venidas no fuesen motivo de comidilla y Pétalo se sintiese protegida.

Hasta el momento, lo habían conseguido.

Pétalo preparó un ambiente caldeado en su propia habitación. Encendió sahumadores con esencia de bambú, trituró varas de naranjo en un braserito de cobre y corrió las cortinas, a fin de proteger a Julián de las corrientes de aire y de la luz del día. Quería obsequiarle momentos de placer sin que nada interfiriese. Cuando las esencias y el humo colmaron el aire, la joven extendió una manta de seda sobre la tarima donde ella dormía y la perfumó con un líquido almizclado. Luego se dedicó a embellecerse: cambió su bata por otra, roja con guirnaldas verdes en el alto cuello y dos tajos sugerentes en los costados. Para halagar a su señor, prendió el broche de turquesas en el pecho, ya que ese regalo significaba mucho para ella, y se soltó el cabello. A Julián le agradaba sentirlo entre sus dedos. Se plantó frente al espejo y delineó con suavidad sus ojos de ágata, esparció polvos con discreción, ya que no quería parecerse a la chica del burdel, y hundió los labios en un pote cremoso donde había fundido pétalos de rosas en un aceite especial. El resultado fue un rostro de porcelana, bello y sutil en su seducción. Xiang-Bo no creía que hubiese otra mujer en aquellas tierras que supiese complacer a Julián Zaldívar como ella.

Él se había cambiado de ropa también. Entró al cuarto ataviado con una bata negra, descalzo, apoyado más que nunca en su bastón. No le importaba mostrar su debilidad a Pétalo, era la única que podía verlo cuando peor se sentía.

Desempeñaron los papeles tantas veces representados. Julián se acostó sobre la tarima y Pétalo desató el lazo de su bata, descubriendo un pecho firme afeado por largas cicatrices que formaban una cruz. Ella sabía que en la espalda ostentaba iguales marcas, fruto de un ataque perpetrado por los salvajes del país varios años antes. Deslizó las palmas de sus manos pequeñas por esas líneas rugosas, y luego apoyó en ellas los labios, que dejaron un rastro de carmín. Con su lengua borró la huella roja, como si al hacerlo pudiese quitarlas para siempre del cuerpo de su amante. Hundió sus dedos en el aceite de almendras amargas que había colocado a su lado y untó las marcas con devoción, las lamió de nuevo, y por fin acercó sus labios a los de Julián, que estaba ansioso por sentir el sabor de las almendras en la lengua de Pétalo. El beso duró varios minutos. Con pericia, la mujer recorría el interior de la boca del hombre hasta notar que se relajaba lo suficiente como para permitirle el siguiente paso. Julián se mostraba siempre reacio a las caricias en un primer momento, como si le trajesen malos recuerdos, pero al fin se dejaba seducir por las artes de Pétalo y sucumbía, presa de un frenesí amoroso que ella disfrutaba como si fuese la primera vez.

La joven deslizó su mano, sin separar los labios, hasta rozar el vientre de Julián. Allí la detuvo, formando caricias circulares que descendieron hacia el pubis. Pronto se topó con la virilidad erguida del hombre, que palpitaba a la espera de su satisfacción. Con sabiduría lo dejó esperando; la mano se movió hacia la ingle y de allí, a la parte alta de la pierna herida. El muslo ostentaba un tajo desde el comienzo de la cadera hasta la rodilla, cruzado por delante. El cuchillo que lo causó caló el hueso, y Pétalo sabía que sólo un milagro lo había salvado de la infección. En ese sitio de perpetuo dolor ella detuvo la caricia, que se tornó insistente y minuciosa. Hacia arriba y abajo, atrás y adelante, toda la pierna recibía el amoroso cuidado del masaje con aceite tibio de almendras. Cuando supuso que ya el músculo estaría relajado, Pétalo se desnudó en silencio y permitió que sus senos diminutos rozaran, en otra caricia, el torso bronceado de Julián. Su amante era un hombre privilegiado, con un cuerpo armonioso. Pétalo adoraba las curvas de sus músculos, los huecos de su vientre y la firmeza de sus piernas. Cada vez que él la poseía, sentía que una fuerza superior la elevaba hasta una región donde sólo existían la dicha y la bondad, donde ella jamás había sido ultrajada ni vendida por su esposo.

Pétalo era feliz en brazos de Julián.

—Mmm… —ronroneó él, al notar las cosquillas en su pecho.

La joven sonrió y se acostó entera sobre el cuerpo masculino. Con movimientos ondulantes se deslizó hasta las puntas de sus pies, y desde allí comenzó a subir de nuevo, sinuosa. Lo repitió varias veces, hasta que el camino se le dificultó por la imponente erección de Julián. Entonces cerró los ojos y la envolvió con su boca rosada. Fue el turno del hombre de sentir un placer más allá de todo entendimiento. Las manos varoniles, fuertes y a la vez finas, tomaron la cabeza de la mujer para dirigir el movimiento a su antojo. Pétalo era una experta en provocar dando en lugar de recibiendo, para eso la habían enseñado, pero Julián deseaba que también se acostumbrase a reclamar lo que anhelaba su cuerpo femenino, y día a día le demostraba, con pequeñas caricias, que a un hombre le agradaba ver la dicha reflejada en el rostro de su amante.

—Ven acá, cerca de mí.

La atrajo con suavidad y besó los labios húmedos, la obligó a recostarse a su lado y acarició el contorno de su cuerpo delgado hasta que la sintió estremecerse. La giró de espaldas y de un golpe la penetró hasta el fondo, pues sabía que estaba lista para él.

Se hamacó sobre ella con delicadeza, y cuando notó que los ojos de Pétalo comenzaban a nublarse, salió para volver a entrar sólo a medias, rozándola con malicia.

Sonrió al ver su desencanto.

—Hoy vamos a durar mucho, mi pequeña bandida.

Lo prometido. Mientras aspiraba el aroma de las esencias y el calor del aceite penetraba en su piel, Julián llevó a Pétalo hasta la cima, sin permitirle desbordarse, siempre conteniéndola, evitando que aquella tortura deliciosa concluyese. Se mantenía alejado de ella con la tensión de los brazos, extendidos a ambos lados de su cabeza, controlando la sucesión de gestos que revelaban el sentir de la joven. Arriba, abajo, adentro, afuera, despacio, más rápido, brutal, delicado… todo junto y en su momento, hasta que Pétalo lanzó un grito de desesperación. Entonces Julián se puso serio y arremetió en el interior de la mujer con ímpetu, cabalgando en su propia angustia al tiempo que le brindaba a ella felicidad. El último estertor culminó con un grito de rabia y de dolor que Julián no pudo ahogar. Pétalo, comprensiva, lo abrazó y lo mantuvo pegado a su cuerpo palpitante, hasta que recobró la compostura.

Él se volvió de lado y se tapó el rostro con un brazo.

—Sabes lo que tienes que hacer —le dijo con voz neutra.

Sin responder, Pétalo se levantó, cubrió su desnudez con la bata negra de él, y se inclinó sobre el brasero para preparar el mejunje de hierbas abortivas.

Julián la contempló por debajo del brazo con infinita tristeza.

A las cuatro de la tarde se presentó en su casa natal. Su madre lo esperaba para el té y para saber si había logrado hacerse el retrato que ella quería.

Golpeó la aldaba de bronce y aguardó, mientras sus ojos recorrían las calles de su infancia. El otoño había desnudado las ramas de los paraísos, y el sol daba de lleno en los muros del palacete de los Zaldívar y Durand. La puerta se abrió sin un chirrido.

—Señorito Julián.

—¿Mi madre está?

—Lo espera en el salón de labores.

La criada tomó el sombrero y el abrigo del patroncito, como le decían desde que se había hecho hombre, y él caminó sin que lo anunciaran hacia la parte de atrás, donde el pasillo de mármol se abría en dos alas: la derecha hacia los dormitorios de huéspedes, y la izquierda hacia las salitas de recibo. Encontró a su madre secundada por la fiel doncella inglesa que la había acompañado toda la vida. Doña Inés bordaba, inclinada sobre un complicado bastidor de pie, mientras que Evelyn envolvía los hilos en un carretel de madera. Ambas lo recibieron sonrientes.

—Por fin llegas, justo para el té. ¿Has ido donde…?

—Sí, madre, ya lo hice.

—Bueno, ya puedo quedarme tranquila, tengo algo para recordar tu cara cuando partas.

—Si acabo de volver.

—Pero está claro que necesitas alejarte de nosotros, o no nos habrías abandonado durante tantos años.

—Fueron sólo cuatro.

—¿Has oído, Evelyn? Sólo cuatro, dice, como si fuese poco tiempo para una madre enferma.

—Madre, no empiece…

—Está bien, está bien. Dejemos a Evelyn con este lío y vayamos a tomar el té.

Doña Inés empujó a Julián hasta el saloncito contiguo, donde una mesa tendida con la vajilla de porcelana china los aguardaba. Julián contempló los arabescos verdes sobre fondo blanco, y pensó en la expresión de su madre si supiese que él había traído de su periplo a una concubina de ese país. La idea le arrancó una sonrisa torcida.

—Te ríes. Pues no importa, una madre tiene derecho a reclamar la compañía de su único hijo. Y no sólo yo, te han venido a buscar otros.

—¿Aquí?

—Tu amigo, por ejemplo.

Julián creyó que hablaba de Adolfo, quizá porque acababa de verlo, y se sorprendió cuando doña Inés le aclaró:

—Francisco Peña y Balcarce. No podía creer que hasta ahora no le hubieses hecho una visita. Al parecer, su esposa estaba al tanto de tu regreso y por eso te esperaba.

Él no había dejado de enviar cartas a Elizabeth durante el tiempo que estuvo fuera. Así fue como se enteró del nacimiento de sus hijos, del padrinazgo que ella le otorgó sobre el primogénito, y de sus andanzas por la ciudad de Tucumán, donde ejerció su profesión de maestra normal mientras Fran se dedicaba al asesoramiento de los hacendados de la caña de azúcar. Esas noticias lo llevaron a postergar el regreso, pues aún no se sentía fuerte como para asimilar la dicha de aquellos a quienes amaba y que, sin quererlo, le habían causado tanta angustia.

—Así que vino Fran…

—Sí, y bastante prepotente, como es su proceder. Hubiérase esperado que la compañía de su dulce mujercita lo ablandase un poco…

Julián sonrió con disimulo. Vaya si lo había ablandado, su madre no se imaginaba cuánto. Hasta lo curó de su terrible dolencia, unos dolores de cabeza que lo postraban y le hicieron creer que su fin estaba próximo.

Elizabeth O’Connor era un bálsamo para cualquier hombre.

—Iré a visitarlos apenas me acomode —repuso, conciliador.

—Ésa es otra cuestión —objetó su madre, mientras comprobaba la temperatura de la tetera panzona—. ¿Por qué no vives aquí, en lugar de alquilar un sitio barato quién sabe dónde? Ni siquiera me has dicho dónde conseguiste vivienda.

—Madre, ya le expliqué que mis circunstancias son otras. Necesito la independencia que un hombre adulto debe tener.

—Aquí nadie te importunaría en tus salidas. Ni Evelyn ni yo dormimos cerca de tu antiguo cuarto. Además, no es mi intención vigilarte, pero resulta extraño para todos que, estando sola en esta casa y tu padre allá en la estancia, nuestro único hijo elija vivir solo también. Cualquiera diría que los miembros de esta familia no se soportan.

Julián vio la oportunidad de desviar la conversación.

—¿Es que padre no ha venido a casa en el último tiempo?

Inés Durand hizo un gesto con su mano huesuda.

—Creo que tendré que acostumbrarme a verlo en Navidades.

—Madre… —y mientras medía lo que diría, el hombre plegó con cuidado su servilleta de lino—. ¿Por qué no se viene conmigo cuando vaya a la estancia?

La expresión de desconsuelo de la mujer enterneció a Julián, muy a su pesar.

—¿Es que ya te irás? Apenas me acostumbro a tenerte aquí los pocos ratos que me dispensas tu atención, y ya debo quedarme sola de nuevo.

—Con Evelyn. Y sus amigas, que la visitan seguido, según entiendo.

—No es igual, esta casa ya no tiene hombres, daría lo mismo que fuese viuda o…

Doña Inés calló, temerosa de haber herido la sensibilidad de su hijo. Él siempre había sido muy apegado al padre y no deseaba alejarlo de ella criticando a Armando Zaldívar. Julián ignoró el desafortunado comentario y buscó otro tema de conversación. Le costaba lidiar con su madre, más intemperante y dependiente de como él la recordaba. Años antes, doña Inés había organizado la boda de Elizabeth como si se tratase de su propia nuera, pese a que en su fuero interno lamentaba que el novio fuese Francisco Peña y Balcarce y no su hijo. Aquello quedó en el pasado, sin embargo, y él sabía que Elizabeth visitaba a su madre y le llevaba los niños para que la alegraran.

—Hoy estuve en compañía de algunos amigos que encontré en la Victoria —comentó.

—Es hora de que retomes los lazos de la sociedad a la que perteneces. Ya has tenido tu época de retozar como un salvaje por los campos.

“Como lo hace tu padre”, hubiera seguido diciendo de no haberse contenido a tiempo. Julián comprendió la intención y suspiró. Desde su regreso, venía postergando la visita a El Duraznillo, a pesar de ser lo que más anhelaba: reencontrarse con su padre y pasar una temporada en la estancia, recuperar los recuerdos de las mañanas frías, el olor a humo y el monótono mugido de las vacas pastoreando. Si no lo había hecho hasta el momento era porque no tenía resuelta la situación de Pétalo. No podía dejarla sola sin avisar a nadie de su existencia, ya que la muchacha no se mostraba a menos que se convirtiese en Yong, y aun así, él no se quedaba tranquilo sabiendo que corría peligro de ser descubierta. Con su madre era imposible contar y tampoco creía que su padre estuviese de acuerdo con su actual manera de vivir, de modo que debía pensar en alguien más comprensivo, alguien que no juzgase a los demás por su pasado ni fuese tan rígido con las costumbres extranjeras.

Elizabeth. ¿Cómo no lo pensó antes? Ella misma había sido víctima de la incomprensión de sus semejantes. Cuando llegó al país para enseñar, convocada por Sarmiento, debió enfrentar la maledicencia de las matronas de familias encumbradas que apoyaban las escuelas de la Sociedad de Beneficencia, y también la terquedad de la Iglesia, que no aceptaba maestras de otro credo, si bien a Elizabeth, por ser irlandesa, ese camino se le había allanado bastante.

En su mente cobró forma la excusa perfecta para presentarse en la casa de los Balcarce.

—Te has quedado callado —le reprochó su madre.

—Tengo varios compromisos que atender. Me preguntaba si podré llevarlos a cabo en el día.

—Es cuestión de organizarse. Si quieres, puedo encargarme de algunas invitaciones.

—Debe descansar y cuidar de su salud —la cortó—, así me sentiré mucho más tranquilo.

La belleza pálida de Inés Durand se veía ajada, no sólo por los años, sino por una dolencia crónica que en los meses fríos se acentuaba hasta rozar la tisis, y ésa había sido la principal razón del regreso de Julián.

—Prométeme que vendrás más seguido. Invité a las Lezica a merendar el próximo jueves y me gustaría que las honraras con tu presencia. Están diciendo en algunos círculos que te recluyes bastante.

Julián sorbió el resto de té y se levantó, mientras tomaba un bizcocho del plato.

—Prometido. ¿A qué hora?

—Parece mentira. A las cuatro, por supuesto.

Lo regañaba con la palabra y lo acariciaba con la mirada.

Julián se inclinó a besar su frente y percibió la humedad que la perlaba. Pobre madre, no debía de ser fácil mantener el decoro y el ánimo con un marido siempre ausente. Hablaría con su padre, él también era un hombre mayor, no podía exigirse tanto en la estancia.

Con ese pensamiento salió a la calle y dirigió sus pasos hacia la casa que tanto había esquivado hasta ese día: la mansión Balcarce.

CAPÍTULO 2

Si había un hombre que vivía tiempos difíciles en Buenos Aires, ése era el propio Presidente, Nicolás Avellaneda. Su gestión se había iniciado en el fragor de la revuelta comandada por Mitre, y los detractores se le echaban encima con la fuerza de una ola oceánica. Tenía a su lado, sin embargo, a un partidario formidable: Adolfo Alsina.

Alsina era el caudillo perfecto: descomunal, imponente en su aspecto y su carácter, dispuesto a salir de su despacho de ministro de Guerra y Marina para defender sus ideas con los puños cerrados. Eran famosas sus andanzas por la ciudad, seguido de sus compadritos de comité que daban la vida por él, provocando miradas de respeto entre los hombres y suspiros de amor entre las damas. Porque Alsina era también un seductor. Sus ojos penetrantes, su barba de canas precoces, su nariz fuerte, el pecho saliente y la colonia que impregnaba el aire que lo rodeaba, bastaban para crearle un halo irresistible.

Julián Zaldívar se había informado de los vaivenes del país desde el extranjero, ya que su corazón sangraba por su tierra, pese a que los motivos que lo alejaron de ella seguían latiendo en él. Había leído en los periódicos la noticia del fraude electoral que alzó en armas a Mitre contra el candidato de Sarmiento, y sabía de las trifulcas que se armaban entre chupandinos y pandilleros, en las que el propio Alsina descollaba como púgil. Esos entuertos tan familiares lo enardecían, y debió armarse de un temple de hierro para resistir el llamado de la patria.

Ahora que pisaba el suelo querido y se embebía de sus veredas angostas, de los adoquines donde crecía el pasto y de los baldíos rebosantes de yuyales, recuperaba poco a poco los recuerdos. El viento arrastraba el olor a tierra húmeda desde el río, como siempre, y pensaba entonces que Buenos Aires no había cambiado en su ausencia.

Dejó que sus pasos lo llevaran sin premura hacia su destino, gozando del sol tibio y de la visión de las señoritas chispeantes que iban de regreso de las tiendas por la calle Perú, echando miradas furtivas a los caballeros que las apreciaban desde la acera opuesta.

¿Cómo había podido vivir sin la belleza y vivacidad de las porteñas?

Unos atrevidos marinos de uniforme extranjero silbaron admirados a tres damitas que marchaban delante de dos matronas. Las mujeres mayores dieron la orden de acelerar el paso, pero ya ellas habían recibido un beso lanzado al aire. El frío no atemperaba el vigor de los jóvenes. Julián se sintió viejo de repente, un hombre que lo había visto todo. O casi.

De manera imprevista, al doblar la esquina se topó con un tumulto en la calle Florida.

Al principio pensó que se trataba del eco que todavía provocaba la revuelta de Mitre, pues en las calles, cafés y bares de mala fama, solían enzarzarse los partidarios de uno y otro bando. A medida que se acercaba, el panorama se fue aclarando.

Un círculo de curiosos rodeaba a un grupo de mujeres ataviadas con guardapolvo gris, que se apretujaban con temor. Enfrentándolas con aire de sargento, otra mujer les gritaba que entrasen sin demora, bajo pena de perder su empleo. También ella vestía guardapolvo, cubierto por un delantal con bolsillos abultados por tijeras, carretes de hilo y reglas métricas de madera. La mujer mayor se hallaba parada en el umbral de una casa en cuyo pórtico un cartel anunciaba: “Modas Viviani”. Todo parecía indicar que se trataba de un taller, y las mujeres uniformadas, las costureras. Lo extraño era que se hubiesen amotinado en la vereda. Y más extraño aún, ver que obedecían a las arengas de otra mujer que, vestida con anchos pantalones y gruesa chaqueta, despertaba silbidos y voces airadas entre los concurrentes.

Julián acudió, temiendo que los ánimos caldeados por cuestiones políticas recayesen sobre mujeres inocentes. Se abrió paso a codazos en la multitud, y su sombrero alto y su bastón sirvieron para amedrentar a los más osados.

—¿Qué pasa aquí?

Su voz sonaba amenazante si se lo proponía.

—Un marimacho —le respondieron—. Como si hicieran falta más cocoliches de los que hay.

El objeto de la burla se dio vuelta para ver quién le había endilgado el mote, y Julián quedó pasmado ante la belleza del rostro que contemplaba: unos ojos violetas que él nunca había visto en toda su vida de rompecorazones, orlados por espesas pestañas, lo horadaron hasta el alma. El hombre que largó el insulto retrocedió ante esa mirada, y el propio Julián permaneció hechizado unos segundos. La vocinglería continuaba, sin embargo, y era preciso actuar. Tomando el toro por las astas, se acercó a la joven con imperiosidad.

—¿Qué está haciendo con estas pobres mujeres? ¿Por qué no les permite entrar?

Violeta parecía desear que le formularan esa pregunta.

—Entrarán cuando se marche ese hombre —y la joven señaló a un sujeto que ocultaba un rostro picado de viruelas tras las solapas de su abrigo.

Al advertir que lo marcaban, el hombre metió las manos en los bolsillos y dirigió la vista hacia la mujer del umbral. Ésta cambió con él una mirada de complicidad que no escapó a Julián. Aquellos dos se entendían.

—¿Por qué? ¿Quién es él?

Violeta alzó la barbilla y encaró con suficiencia al caballero que la interrogaba.

—Un cafisho —respondió, con todas las letras.

Julián quedó atónito, no tanto por el hecho de que aquel hombre se dedicase a un oficio deleznable, sino por la soltura con que la niña pronunciaba la palabra, cuando no debería siquiera haberla conocido. Observó con atención y vio en el sujeto una actitud sospechosa: en lugar de interesarse como los demás en la escena callejera, se mantenía alejado con indiferencia fingida, como si aquello le aburriese. Aún sin estar seguro de lo que ocurría, Julián decidió abordarlo y cruzó la calle. El desconocido se puso en guardia y caminó hacia la esquina con paso rápido, para desaparecer sin echar una ojeada atrás. Julián quedó frente a la regenta del taller de costura.

—¿Estas señoras corren peligro ahí dentro? —reclamó.

—¡Claro que no! —se ofendió la mujer—. Son unas vagas que quieren trabajar el mínimo cobrando el máximo.

Julián contempló al miserable grupo. Eran muchachas de aspecto sencillo, algunas con nítidos rasgos extranjeros, todas mostrando la misma expresión de recelo.

—¿Quién es la dueña de este taller?

—Pues el patrón no está, ya que pregunta. Yo soy la que les marca el paso, y si me apura, le diré que su intervención no las ayuda para nada. El tiempo que pierdan se les descontará de su salario.

La mujer demostraba poca educación en el trato, y su rostro de aguilucho no caía simpático a Julián. Sin embargo, él no podía juzgarla por pretender que las empleadas cumpliesen con su jornada. Alguien le tocó el hombro.

Ella, la de los ojos violetas.

—El hombre no volverá, teme ser descubierto. Por hoy no corren peligro, señor, y ya están avisadas, no harán caso a ninguna propuesta de trabajo.

—¿Y usted quién es, si puede saberse? —graznó la mujer—. ¿O es que quiere armar un motín? ¡Voy a denunciarla a ...