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EL NIñO DEL AñO

Franco Rinaldi  

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Fragmento

Saludos, me llamo Franco Rinaldi. Soy tan alto y largo como un metro nueve centímetros. Mis amigos, y los no tan amigos, no me dicen petiso, me dicen Franquito.

Desde que salí del vientre de mi mamá, o antes, tengo una patología que hace de mis huesos los más frágiles del mundo. Nada me resultó más fácil en la vida que fracturarme. La enfermedad en cuestión se llama osteogénesis imperfecta; en Google se la puede buscar como OI. Mi mamá me contó que cuando el médico estuvo seguro del diagnóstico, después de semanas de búsqueda y estudios de todo tipo, le dijo: “Señora, usted tiene un cristal entre sus manos”. Pesé cinco kilos trescientos gramos. En la clínica Córdoba, de Salta, el personal murmuraba: “Este bebé… ¡tan grande y tan llorón!”. Ni las enfermeras ni los médicos habían atribuido el llanto a las fracturas —en la clavícula derecha y el fémur izquierdo— con las que nací.

Ahora ya soy un adulto, peso veintinueve kilos, uso una silla de ruedas y tengo un lindo jopo: mi traumatólogo y las chicas que conozco y entran en confianza, todos, me alaban el pelo: ¡qué lindo pelo tenés, Franquito! El traumatólogo me dice Franco, pero al referirse a mi pelo entona “Melenita de oro”. Soy politólogo de la Universidad de Buenos Aires, pero la mayoría de las personas me sigue diciendo Franquito. Me lo dicen con cariño, pero me dicen Franquito. Casi nadie me quiere discriminar, pero casi todos me dicen Franquito.

El Premio Persona

El 12 de diciembre de 1992 es casi la única fecha que no tiene relación con algo malo y que recuerdo después de pasados varios años. Además, sólo retengo los cumpleaños de mis ex novias, y de tres o cuatro que no lo fueron pero que me gustaron tanto como las que llegaron a serlo. Las fechas de los muertos en general no las olvido, por ejemplo mi abuela (mamá de mi mamá) murió el 8 de agosto de 1989. Fue una tarde amarilla; con mi hermano del medio, Mauro, buscábamos un vendedor de quinotos mayorista para nosotros, minoristas. Él tenía once y yo nueve. También me acuerdo fácilmente del día del Mundial 94 que murió el hermano de mi papá: tío Gino, un fumador bárbaro a quien en muchas cosas quise parecerme.Y así mi memoria me persigue con otras muertes.

Estamos con Esteban Schmidt en el Havanna de Avenida de Mayo y Perú, parece que va a llover, una semana entera de lindos días y temperatura promedio de veintidós grados; este viernes de enero de 2007 el cielo está cargadísimo. La fealdad de los cuadros que estoy obligado a mirar por mi ubicación en la mesa parece a propósito para que los clientes no se queden mucho tiempo, cuadros como pintados con crayones. Uno de ellos tiene un fondo ámbar desteñido, un dibujo de tres conitos del mismo color de las deposiciones que los perros hacen y que sus dueños dejan en las veredas, conitos como los que vende Havanna y que yo no puedo comer porque me resultan muy empalagosos, lo que se suma a mi fuerte tendencia a no comer dulces, y entonces, como una metáfora del consultorio de mi analista, un consultorio pelado, sin elementos distractivos, le comento a Esteban mi imposibilidad de escribir algo que me conforme.

Esteban fue mi primer amigo escritor, aunque nos conocimos en la Radio Nacional de

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