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EL ORIGEN

Mariana Zuvic

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Fragmento

PRÓLOGO

Sin memoria, los sujetos no son. Los pueblos no existen y las naciones no se entienden. Recuperar la memoria, en el caso de Santa Cruz, es recuperar gran parte de nuestra historia reciente o quizás toda la historia del Sur argentino. Que lo haya escrito una “nyc”, es decir, una nacida y criada en Río Gallegos, que se atrevió a romper los muros del silencio —diría la única que se atrevió a romper esos muros—, implica para la Argentina la más valiosa contribución a la historia de una década infame como fue la del kirchnerismo.

La conocí en 2007 en Santa Cruz, cuando ella estaba luchando junto a los docentes y a mí me declaraban persona no grata. Quiso seguir colaborando con nosotros en la pelea contra la corrupción de De Vido, de Jaime, de Báez y de tantos otros. No tenía fueros, no aspiraba a ningún cargo político; solo quería batallar por la verdad de su pueblo y también por la reivindicación de su familia, cruelmente expulsada de la provincia. Movida por la verdad, pero también movida por la dignidad de su propia familia que fue destrozada, luchó con fuerza, con vitalidad, corriendo un riesgo enorme. ¡Porque hay que vivir en Santa Cruz y luchar en Santa Cruz! Ningún hombre tuvo el coraje de hacerlo.

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Para mí “Las Zuvic”, como llamo a las hermanas, son mis hijas adoptivas. Las quiero como si fueran de mi familia, siento que en ellas está el dolor de lo que perdieron y también la fuerza de volver a nacer. Que hoy Mariana esté en la Capital y sea una de las líderes en la Coalición Cívica es el premio que merece por tanta soledad, por tanto acoso, por tanta mezquindad recibida de parte de muchos que supuestamente la acompañaban.

Ser linda, ser joven, tener una familia con dinero siempre trae numerosos prejuicios. Pero al final no pudieron con ella. Hoy están presos aquellos que Mariana denunciaba, y muchas veces sus denuncias eras cubiertas por mi firma sencillamente porque ella no tenía ningún tipo de fuero, ningún tipo de protección… El valor de lo que hizo, entonces, es doble. Yo me he movido a veces con fueros y a veces sin ellos, pero ella lo hizo siempre sin ningún apoyo político, salvo el respaldo personal y el de la Coalición Cívica.

Por eso Mariana es parte de mi familia, por eso es como una hija, que tiene un hijo y este hijo ayuda a la memoria colectiva del país. Y este libro también es una catarsis, porque sin esa catarsis ella no va a sanar y no va a sanar Santa Cruz.

ELISA LILITA CARRIÓ

¿POR QUÉ NECESITAMOS CONOCER LO QUE PASÓ EN SANTA CRUZ?

Viví toda mi vida en Río Gallegos. Ahí nací, me crié y estudié. En mi casa siempre se cultivaron dos valores: la generosidad y la solidaridad. No hubo formación ideológica ni religiosa fuerte, pero éramos muy pródigos y muy solidarios. Mi mamá era la madre de todos, incluso de nuestros amigos, y los almuerzos en casa eran multitudinarios. Era un hogar de puertas abiertas a todo el mundo. De mi padre heredé la pasión por la política. El regreso a la democracia terminó de confirmar mi interés por la vida pública, como ocurrió con casi todas las personas de mi generación, y siempre sentí que, en algún momento, iba a llevar ese interés a la práctica en mi provincia.

Nunca imaginé que esto ocurriría en condiciones tan dramáticas: cuando Néstor y Cristina Kirchner dejaron Río Gallegos y se mudaron a Buenos Aires para que él asumiera la Presidencia de la Nación después de haber gobernado Santa Cruz durante más de diez años, mi provincia era, por mérito de ellos, un lugar opresivo, donde el miedo y el silencio reinaban a sus anchas y donde opinar distinto implicaba un riesgo que muy pocos se animaban a tomar. El matrimonio Kirchner dejaba a sus espaldas una provincia tomada por el tráfico de drogas, la mafia, el juego, la trata de personas y la miseria. Yo vi en vivo y en directo cómo se gestó y se profundizó este proceso de descomposición social. Presencié la distorsión demencial de la realidad que operó el kirchnerismo en Santa Cruz al correr los parámetros morales de lo que está bien y lo que está mal. Y esto, que parece tan básico, es esencial para que una sociedad funcione: significa, en el fondo, que todos somos iguales ante la ley y que quien las hace, las paga. Eso, con los Kirchner, dejó de existir en Santa Cruz.

En la provincia ejercieron una violencia estructural y sistemática. Violentaron las instituciones, y por ende violentaron a las personas. Y eso ocurrió porque para el kirchnerismo siempre fue más barato el conflicto que la paz. Los Kirchner fueron los generadores y gestores de la violencia porque estaban convencidos de que podían decidir todo y hacer lo que querían en Santa Cruz. No tuvieron límites. Fueron derribando todas las vallas institucionales y sociales hasta anestesiar a la sociedad, al punto de que la gran mayoría de los santacruceños no pudiese reaccionar y se mantuviese al margen de lo que pasaba, como si no la afectase. En Santa Cruz la violencia fue una política de Estado para generar sumisión, sometimiento, cooptación y temor. Para todos los díscolos que no aceptaban por la razón, siempre existió la fuerza. Sin embargo, eso no fue lo más difícil del kirchnerismo. Lo más duro fue el pesimismo colectivo, el escepticismo, la apatía, la abulia, la indiferencia moral que se había propagado como un virus en toda la provincia. “No se puede”, “Nadie va a ir preso” y “Roban pero hacen” eran mantras que se repetían al unísono. Nuestro planteo, para quienes nos miraban con misericordia, era utópico, romántico, naíf. Para los demás, lisa y llanamente estábamos locos.

Un día, un conocido me dijo algo como si fuese una sentencia: “Ellos pueden, nosotros no”. Me alarmó su resignación, saber que los descendientes de quienes habían llegado un siglo atrás a este territorio alejado que luego se convirtió en la provincia de Santa Cruz, los hijos y nietos de aquellos pioneros llenos de sueños, proyectos y esperanzas, habían renunciado a todo. Recordé el relato de tantos pioneros —croatas, ingleses, chilenos, españoles y alemanes, todos aventureros y aguerridos— sobre los obstáculos que tuvieron que vencer, sus esfuerzos titánicos en tierras despobladas, en un territorio hostil, con temperaturas de veinte grados bajo cero. Audaces y condenadamente optimistas, enfrentaron la adversidad en el fin del mundo. Era una lucha que no daba tregua contra el clima, el suelo rocoso y árido, viviendo a la intemperie, en tiendas que armaban con total precariedad y sin víveres. Y recordé que mi abuelo Nicolás Zuvic contaba que el barco en el que navegaban sus padres los “había tirado” en Puerto San Julián, y esto no es una metáfora: como debían enfrentar con menos carga el canal de Beagle hacia Punta Arenas, en Chile, donde iba a ser el destino final, fueron arrojados al agua en la costa de San Julián. Una vez en tierra tuvieron que alimentarse de ratas. Solo había guanacos, pumas y charitos. Les llevó treinta años transformar ese desierto desolado en su patria. Construyeron caminos, puentes, instalaciones rurales que fueron un modelo de eficacia productiva, ferrocarriles, todo a tracción de coraje y constancia, sudor y tenacidad. También recordé a aquellos valientes peones rurales que se enfrentaron al abuso y la injusticia dejando su vida en la pelea por sus derechos. ¿Cómo era posible que en la misma tierra de la “Patagonia rebelde” alguien creyese que “ellos pueden, nosotros no”?

Siempre pensé que el viento nos define a los santacruceños. Nuestra cotidianidad se rige en función de ese factor climático constante que nos acompaña durante todo el año. La temperatura y la humedad son actores secundarios; el viento es el que definió la arquitectura, la planificación urbana, la vegetación, hasta la habilidad para manejar en las extensas rutas, donde el viento castiga sin clemencia. “Hoy no hay viento” es celebrado en Santa Cruz como un día especial.  Mi madre, mendocina, jamás se acostumbró y yo la escuchaba despotricar diariamente contra el viento, como la gran mayoría en Santa Cruz. Yo sabía que el viento era algo contra lo que no podía luchar, que me iba a acompañar siempre, y quizá por eso lo acepté, me adapté y hasta desarrollé por él cierta fascinación. El poder del viento es feroz, incontenible e imparable. El sonido es permanente y por momentos ensordecedor, los árboles crecen torcidos sin guías y si no hay buenos cimientos y techos amurados y reforzados, las ráfagas logran hacerlos volar.

Pero así como me acostumbré al viento jamás me adapté al kirchnerismo. “Putean contra el viento, pero se callan contra el kirchnerismo. El viento a ustedes les cagó la cabeza”, llegué a pensar más de una vez, sobre todo cuando la violencia, la mentira, la represión y el robo llegaron a niveles intolerables hacia 2007, el año en que comenzó la huelga docente y que marcó un antes y un después en la historia reciente de la provincia.

Ese año salí por primera vez a las calles de Río Gallegos a protestar junto con los maestros y con miles de galleguenses que, como yo, nunca antes habían participado en ninguna manifestación. Algunos eran amigos de toda la vida; otros, vecinos con los que nunca había cruzado una palabra, pero a los que había visto tantas veces en las calles de la capital. Llegamos a ser veinte mil personas, una multitud para una ciudad tan chica, movilizadas contra ese sistema autoritario y corrupto que los Kirchner ...