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EL PASADO

Alan Pauls  

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Fragmento

1

Rímini estaba duchándose cuando sonó el portero eléctrico. Salió cubierto con una toalla de manos —la única que encontró en ese bazar de perfumes, gorras de plástico, cremas, sales, aceites, remedios y masajeadores en el que Vera había convertido el baño— y un reguero de gotas obedientes lo siguió hasta la cocina. “Correo”, oyó que le decían entre dos rugidos de camiones. Rímini pidió que le pasaran la carta por debajo de la puerta y de golpe, como si la sombra de un intruso lo sorprendiera en una habitación que creía desierta, se vio desnudo, temblando, en la hoja vidriada de una puerta que un golpe de viento acababa de abrir. La clásica estampa de la contrariedad: trivial, eficaz, demasiado deliberada. Las volutas de vapor que venían flotando desde el baño —había dejado la ducha corriendo con la idea de que así abreviaría la interrupción— le provocaron algo parecido a una náusea. “Tiene que firmar”, le gritaron por el portero eléctrico. Rímini, bufando, apretó la tecla y abrió, y vio impávido cómo el paisaje de su dicha se resquebrajaba entero.

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La mañana en casa, la felicidad del rayo de sol que había estado acariciándole la cara mientras se duchaba, esa disponibilidad nueva, como de primer día de viaje, que sentía cuando despertaba y descubría que estaba solo y sus primeros movimientos, torpes y jóvenes, hacían crujir el silencio de toda una noche, la beligerancia vital, un poco ingenua, que solían dejarle las largas noches de amor con Vera —todo se desmoronaba. Aunque tal vez... Rímini escondió el auricular en la palma de la mano y permaneció unos segundos inmóvil, un poco encorvado contra la mesada, como tratando de volverse invisible. Pero el portero volvió a sonar y casi sin ruido, como en una película muda, los últimos cristales de su euforia matinal terminaron de astillarse. Rímini, que nada detestaba tanto como la forma en que el mundo, a veces, se ponía a calcar sus contrariedades privadas, esta vez no se sintió plagiado. Estaba en peligro. Ya no era víctima de una glosa sino de un complot. Pero se resignó y atendió igual, y mientras se miraba los pies —unos pies de gigante, alrededor de los cuales crecían dos minúsculos océanos humanos— alcanzó a oír lo que desde el principio había temido que le dijeran: la puerta de calle estaba cerrada con llave.

Cuando llegó a la planta baja, después de sortear a la carrera los tres pisos interminables que maldecía todos los días (“¡Genial: odio los ascensores!”, había exclamado Vera el día en que vieron el departamento por primera vez, mientras admiraba la oscura espiral de la escalera), Rímini abrió la puerta, miró a todas partes, no vio a nadie. Sintió un furor tal que pensó que no lo resistiría. ¿Era posible? Una vieja camioneta cruzó en cámara lenta, poblada de brazos bronceados que sobraban por las ventanillas. Sonó una bocina interminable. “¡Belleza!”, le gritó una voz burlona, abriéndose camino entre la parva de brazos. Rímini volvió a mirarse los pies (la sandalia izquierda en el derecho, la derecha en el izquierdo: el típico enroque matutino), la toalla rosada, como de gladiador romano, cubriéndolo hasta la mitad de los muslos, el impermeable que se le humedecía en los hombros —pero por alguna razón no se dio por aludido. Estaba a punto de volver a entrar cuando una cara sonriente brotó del kiosco de al lado y lo frenó. Era un chico joven, flaco como un faquir; tenía esa delgadez fibrosa, llena de venas flagrantes, que el rock le había robado a Egon Schiele. Pero no era alto, y tampoco llevaba uniforme. “¿Rémini?”, preguntó, barajando un sobre en el aire. Rímini iba a corregirlo pero prefirió tomar un atajo: “¿Dónde te firmo?”. El otro le alcanzó la carta y una planilla arrugada, llena de casilleros rectangulares donde florecían firmas y números de documentos. Rímini esperó: una birome, un lápiz, algo. Pero el cartero se limitó a mirarle las uñas de los pies, que destellaban bajo el sol, y a producir con una pajita mordida extrañas burbujas sonoras en el fondo vacío de una lata. “¿Tenés para escribir?”, dijo Rímini. “Sabés que no. Qué loco, ¿no?”, contestó el otro, como si esa mera declaración de asombro lo absolviera de su imbecilidad.

Diez minutos más tarde, en el colmo del malhumor (Rímini pidió prestada una birome en el kiosco, el kiosquero sólo aceptó vendérsela, Rímini —cuyo vestuario de emergencia no incluía billetera— prometió pagársela después y reclamó la carta, el cartero-faquir la retuvo a modo de rehén, comprometiéndolo, para obtenerla, a comprarle una rifa de Navidad, Rímini alegó que no tenía dinero encima, el cartero —guiñando un ojo cómplice hacia el kiosco— le sugirió que usara el crédito con el que acababa de comprar la birome), Rímini se dejó caer en un sillón y contempló la carta por primera vez. Sintió un alivio infinito, como si ese pequeño sobre apaisado, ahora en primer plano, fuera el único talismán capaz de conjurar una mañana de pesadilla.

La forma le llamó menos la atención que el papel, barnizado, suntuoso como la seda, y que el color, un celeste anémico que algún tiempo atrás, en el momento de comprarlo, podría haber sido lavanda. Como observando un protocolo de rigor entre los receptores de cartas pasadas de moda, Rímini se llevó el sobre a la nariz. El perfume (una mezcla de combustible, nicotina y chicle de frutilla o cereza) hacía menos juego con el papel y el color del sobre que con los dedos del cartero, parte de cuyas huellas digitales habían quedado grabadas a un costado. No había remitente; la caligrafía tampoco le dijo gran cosa. Las señas de Rímini estaban escritas en mayúsculas de imprenta, demasiado impersonales para ser espontáneas (no las ha dictado el corazón sino la astucia, pensó, súbitamente traspapelado entre las páginas de una novela libertina): nada que tampoco pudieran explicar el azar o una escasa familiaridad con la práctica de escribir cartas. Lo que le resultó extraño fue el modo en que las habían acorralado en un ángulo del sobre, como si el autor de la carta hubiese reservado el espacio principal para algo que nunca llegó a ocurrírsele o que se arrepintió de escribir. Ahí había algo, pensó, y se le ocurrió que tal vez la destrucción de su felicidad matutina no sería del todo gratuita. Miró el sello del correo, leyó “Londres”. Multiplicada por tres, una cara con peluca, insolente y consumida, lo contemplaba desde las estampillas. A duras penas descifró la fecha de despacho, cuyas cifras dibujaban un bigote ralo en una de las caras. Calculó un mes y medio. En una fracción de segundo, Rímini imaginó las peripecias de un itinerario tortuoso, entorpecido por huelgas, carteros ebrios, buzones equivocados. Le pareció que un mes y medio de viaje era demasiado tiempo para una carta dirigida a alguien que no tenía la costumbre de recibirlas.

Rímini, en rigor, ni siquiera sabía abrirlas. Quiso romper uno de los ángulos del sobre; algo se le resistió. Lo desgarró con los dientes, con una saña de perro, y al escupir el pedacito de sobre descubrió que también había mutilado una porción de su contenido. Era una foto en color: en el centro, exhibida en una vitrina, había una rosa roja acostada sobre un modesto pedestal negro; más abajo, en letras pequeñas pero legibles, una placa blanca decía: “In memoriam Jeremy Riltse, 1917-1995”. Una ráfaga oscura lo sacudió: humedad, polvo, esas alquimias rancias que de golpe empiezan a filtrarse por la rendija de una puerta. Algo de su inocencia se desmoronó. Cuando dio vuelta la foto, Rímini, que presentía lo que iba a encontrar, era menos joven que diez segundos antes.

Tinta azul negro fijo, letra microscópica, peinada hacia la derecha. Y la antigua compulsión de abrir paréntesis por cualquier motivo. Leyó: En Londres (como hace seis años), pero ahora la ventana del departamento (alquilado a una mujer china con un parche en un ojo) da a un patio sin flores donde unos perros (creo que siempre los mismos) rompen todas las noches las bolsas de basura y se gruñen por unos huesos tristes. (Tendrías que ver el paisaje con el que me despierto todas las mañanas). Hace dos noches me desveló un sueño largo y dulce: me acuerdo poco, pero estabas vos, ansioso, como siempre, por algo que no tenía la menor importancia. Exactamente mientras yo soñaba (me enteré más tarde) se mataba J. R. Las cosas pasan; pasan por vocación, sin que nadie las envalentone. Podés hacer con esto lo que quieras. (Estoy cambiada, Rímini, tan cambiada que no me reconocerías). Este papel parece hecho especialmente para vos: todo lo que escribís encima puede borrarse con el dedo, sin que deje marca. Puede incluso que cuando las recibas, estas líneas ya hayan desaparecido. Pero ni J. R. ni la foto son culpables de nada. De haber estado en mi lugar (y estabas: mi sueño jura que estabas), vos también la habrías sacado. La única diferencia es que yo me atrevo a mandártela. Espero que la joven Vera no se ponga celosa de un pobre pintor muerto. Espero que sepas ser feliz. S.

Rímini volvió a la foto y volvió a examinarla. Reconoció el museo y después, en el borde derecho, fuera del alcance del flash, la sombra de un cuadro de Riltse que antes no había notado. Ahora la vitrina parecía como nublada por una sobreimpresión. Acercó la foto a sus ojos y vio, reflejados sobre el cristal que protegía a la rosa, el fogonazo blanco, la pequeña cámara automática y por fin, deslumbrante como una corona de luz, el gran halo rubio del pelo de Sofía.

2

¿Qué lo sorprendía tanto? Lo último que había sabido de ella, unos seis meses atrás, al año y medio de haberse separado, también le había llegado a través de un mensaje escrito. No fue una carta, ni siquiera una hoja de papel, sino la mitad —cortada a mano, con ese breve sobrante en la parte superior que un tirón negligente o colérico suele dejar sobre la línea trazada con la uña del dedo pulgar— de una hoja amarilla en cuyo pie, huérfana de membrete, sobrevivía una dirección del barrio de Belgrano.

Rímini cumplía años. Una vez más, había decidido no festejarlo, o reducir el festejo al placer solitario de ir listando en un bloc los nombres de los amigos que a lo largo del día iban dejándole saludos en el contestador automático. Pero Vera, que interpretaba su reticencia como una forma viril de la coquetería (y Vera acertaba), le robó en un descuido su catálogo de probadas lealtades telefónicas, las contó y reservó una mesa para doce en un restaurante del centro. (Sólo diez años separaban la franqueza de ella de la histeria de él: Rímini había nacido con la Revolución Cubana; Vera, con el primer alunizaje.) Víctor fue el primero en llegar; Rímini lo vio entrar, barrer el restaurante con una mirada apremiada y atravesar el salón desierto con el torso demasiado volcado hacia adelante, en ese equilibrio inestable que Rímini atribuía al tamaño de sus pies, desproporcionadamente chicos, y dedujo que sería el primero también en irse. Se sentó a su lado, resoplando, y no lo felicitó. Algo lo urgía. “¿Y Vera?”, preguntó en voz baja. Rímini señaló hacia la barra, donde Vera, frotándose una pantorrilla con el empeine del pie, pasaba en limpio el menú de la noche con el maître. “Me crucé con Sofía esta tarde”, dijo Víctor. Rímini sintió de golpe una presión contra sus costillas, como si estuvieran asaltándolo, y bajó los ojos. El puño de Víctor se abrió: una flor delicada, carnívora, de pétalos largos y uñas esmaltadas. Rímini vio en la palma de su mano un trozo de papel que se desperezaba luego de un rato de cautiverio, y después de echar un vistazo hacia la barra (Vera ya se encaminaba hacia ellos) lo hizo desaparecer con un rápido pase de magia. “Perdoname”, le susurró Víctor, ya aliviado, mientras empezaba a incorporarse para saludar a Vera: “pero apenas supo que te iba a ver no hubo manera de pararla”.

Rímini recién recordó esa secreta bomba de tiempo tres horas más tarde, en el baño, cuando trataba de disipar un mareo mirándose fijo en el espejo y buscaba una moneda para el expendedor de jabones. Rozó con las yemas de los dedos las llaves, el capuchón de la birome que en ese mismo momento, acéfala, le desteñía algún bolsillo del saco, un cospel de subte con el canto mellado y, por fin, el filo del papel. Ese simple contacto lo sobresaltó; le pareció que con sólo abrirlo desencadenaría una cascada de catástrofes. Pero era entonces o nunca. De modo que abrió el mensaje y lo leyó frente al espejo, apoyándose y alejándose del borde del lavatorio, bajo la luz que se había puesto a parpadear: Maldito. Feliz cumpleaños. ¿Cómo es posible que sigas cumpliendo años sin mí? Hoy me desperté temprano, demasiado temprano (no estoy segura, en realidad, de haber dormido), y recién cuando salí a la calle (sobretodo encima del camisón, medias de lana, zapatillas) me di cuenta de por qué. ¡Otro 14 de agosto! Te compré algo (no pude evitarlo, te lo juro). Es una pavada, la tengo conmigo. No se la doy a Víctor porque me da vergüenza (y sabés bien que no quiero comprometerte adelante de mi sucesora), pero apenas se haya ido (tratalo bien, cuidá que la joven Vera lo trate bien, hacele acordar que tome los remedios) me voy a arrepentir, seguro, y ya será tarde. Si lo querés, llamame. Estoy siempre en el mismo lugar. S. (No tengas miedo: este mensaje se autodestruirá en quince segundos).

Empujaron la puerta; Rímini sintió un golpe en la espalda y, creyéndose descubierto, abrió la canilla para disimular. El papel se le escabulló entre los dedos y aterrizó en el fondo de la pileta, donde lo bautizaron tres hilitos tímidos de agua. “Miserable”, oyó que le decía una voz conocida. Rímini giró apenas, mientras la letra de Sofía se deshacía bajo el agua en volutas de tinta pálida. Era Sergio, uno de sus invitados. “Te la tomaste toda solito”. Rímini sonrió: “Tengo derecho, ¿no? Era un regalo de cumpleaños”.

3

Esa compulsión a escribir no era nueva para él. ¿Cuántas veces la había padecido? ¿Cuántas veces a lo largo del tiempo que llevaba separado de Sofía, y cuántas durante los casi doce años que había pasado con ella? Enfrentados con un límite sentimental, ese punto sin retorno en el que una pasión imperiosa les exige que cambien de lengua, los personajes de las óperas dejan de hablar y cantan, los actores de las comedias musicales dejan de caminar y bailan. Sofía escribía. De chica había estudiado canto (el prototipo de la niña abrumada por actividades extracurriculares, siempre soñolienta y siempre feliz), y en el circuito de sus “investigaciones corporales” (como llamaba a la variedad de cursos y talleres a la que se había entregado al salir de la adolescencia) más de una vez le había tocado tropezar con la disciplina de la danza. Pero cuando el amor la ahogaba, cuando alguno de sus accidentes, el más feliz y el más desdichado, el éxtasis, por ejemplo, o la desesperación, cruzaba el umbral con que el amor limita la validez de las palabras y los gestos en vivo, Sofía enmudecía y se retiraba, como si para seguir adelante tuviera que desaparecer. Una hora, un día, a veces una semana más tarde, cuando ya la economía del amor había recuperado su equilibrio cotidiano y el “incidente”, como Rímini bautizaba en privado a esos episodios de afasia, parecía haber cicatrizado espontáneamente, Rímini tropezaba de golpe con un mensaje, una carta, tres renglones apurados o páginas enteras de abnegación confesional que Sofía había redactado a solas, en los extraños intervalos en los que existía sin Rímini pero sólo para él: encerrada en un cuarto, en un bar, acodada a una mesa tapizada de servilletitas, o insomne en plena madrugada, sentada a la mesa de la cocina, mientras Rímini, durmiendo en diagonal, aprovechaba para ocupar toda la cama con el 4 perfecto que dibujaban sus piernas. Dos líneas románticas, deslizadas como por casualidad en medio de un inventario de verduras y productos de limpieza, lo asaltaban sin aviso cuando revisaba la lista de compras. Abría su billetera, de pie junto a la parada de colectivos, y entre dos billetes ajados descubría el borde intruso de un sobre, con sus iniciales amorosamente labradas en el frente y, adentro, los frutos de la recapitulación pasional amontonados en una hoja de un recetario médico. Los mensajes de Sofía lo sorprendían en el botiquín del baño, en el fondo del bolsillo de un saco, en el bloc junto al teléfono, entre las páginas del documento que Rímini tenía que traducir (donde Sofía los dejaba caer como señaladores sigilosos) o incluso en la heladera, donde lo esperaban durante horas, ateridos pero estoicos, apoyados contra un cartón de leche o un envase de yogur.

Al principio Rímini los tomó como ofrendas de amor y se sintió halagado. Escritos casi siempre en el reverso de un papel ya escrito, como pedidos de auxilio o mensajes clandestinos, tenían algo de gemas domésticas, el encanto de una artesanía sentimental, anhelante y coyuntural, que conmueve tanto por su perspicacia como por sus negligencias. Apenas los encontraba, Rímini sentía la urgencia de leerlos, réplica tardía de la urgencia que Sofía habría experimentado al escribirlos, y con tal de paladear aquellas frasecitas intempestivas era capaz de abrir la llave de una hornalla y olvidarse de prenderla, interrumpir un trabajo por la mitad, detenerse en medio del cruce de una avenida o dejar flotando en el aire, con la descortesía clásica de los enamorados, la pregunta que alguien acababa de hacerle. Cada mensaje era un bálsamo, una descarga de felicidad, la pequeña dosis con que una droga absoluta, el amor que sentía por Sofía, revitalizaba su adicción cuando Rímini menos se lo esperaba, o cuando la costumbre —y la ausencia momentánea de Sofía— le había hecho creer que podría abstenerse de ella. No era el hecho de encontrarlos lo que lo conmovía; era el hecho de que ellos, infalibles, siempre lo encontraran a él, atravesando y venciendo como mensajeros suicidas todos los obstáculos que el mundo interponía entre él y Sofía. Los leía de inmediato, a veces en las situaciones más comprometidas, cuando cualquier distracción podía perjudicarlo o ponerlo en peligro. Pero se creía invulnerable: las cartas —y sobre todo esa nube deliciosa en la que lo envolvían— eran su coraza y su antídoto. Y después de leerlas, casi siempre en voz baja, con la ilusión de que así la voz de Sofía se haría oír en las entrelíneas de la suya, Rímini hacía de cuenta que reanudaba la tarea que las cartas habían interrumpido y volvía a trabajar, a hablar, a caminar por la calle con la eficacia mecánica de un sonámbulo, abrigándolas largamente en el hueco de la mano, como a un talismán secreto. Y luego, al anochecer, cuando volvían a verse, Sofía ni siquiera tenía que preguntarle si las había leído, porque Rímini, adelantándosele, se dejaba caer en sus brazos, a la vez eufórico y vencido, y antes incluso de saludarla, arrebatado por la dicha de poder por fin corresponder al testimonio de amor que Sofía le había hecho llegar, la cubría de besos y, atropellándose, retomaba el mensaje desde el mismo punto en que ella había decidido ponerle fin. Habían pasado apenas ocho, diez horas lejos, a veces incluso menos, pero la simple intervención de la carta, que Rímini, aun familiarizado como estaba con el sistema, siempre recibía con sorpresa y algún desamparo, como se reciben las intervenciones del azar, parecía dilatar el tiempo de la separación hasta límites insoportables y multiplicar la distancia entre los mundos en los que, a lo largo de esas horas, cada uno había vivido sin el otro. (Una vez, sorprendido por un mensaje mientras viajaba en subte, Rímini, al reconocer, rozándola con los ojos, la letra de Sofía, estuvo a punto de desmayarse: se descubrió creyendo que Sofía estaba muerta, muerta desde hacía años, y al mismo tiempo comprobando espantado cómo ese párrafo deslizado en una página furtiva de su agenda, igual que una voz del más allá o una inesperada señal de vida, hacía pedazos su creencia en el mismo momento en que se la inoculaba). Era ese extraño recrudecimiento del amor, fruto, sin duda, más de la ilusión retrospectiva que del amor mismo, lo que explicaba el trance extremo y como desesperado en el que Rímini y Sofía se hundían al reencontrarse. No se abrazaban como amantes sino como víctimas, víctimas por fin liberadas, y las palabras de amor que exhalaban entre los besos, casi inaudibles, lejos de aludir a un distanciamiento fatal de la vida cotidiana, parecían celebrar, en cambio, la conclusión de un tormento atroz, el levantamiento de una condena que los hubiera mantenido separados por una eternidad.

Con el tiempo, Rímini llegó a tener una colección de mensajes considerable. Los guardaba en lugares secretos que cambiaba periódicamente, temiendo que Sofía los descubriera. Nunca los releía: le bastaba con poseerlos; pero pocas cosas lo excitaban tanto, sobre todo cuando sentía los pasos de Sofía acercándose, como husmear en una vieja caja de zapatos, un libro o el bolsillo de un saco que no usaba, para añadir una pieza nueva a su colección. (Rímini, que no condenaba el adulterio pero lo consideraba el colmo de lo ajeno, algo tan extravagante e inaccesible como la levitación, la astrología o la adicción a las drogas, había encontrado, sin embargo, una forma singular de ponerlo en práctica: engañar a su amada con las pruebas de amor que ella misma le dedicaba). Los conservaba como otros conservan fotografías, mechones de pelo, posavasos de bares, entradas de teatro, tarjetas de embarque o postales de países extranjeros, reliquias en las que los amantes se ensimisman de tanto en tanto para recordar la dimensión histórica de una pasión cotidiana o bien para revitalizarla, para avivar su calor cuando, estancada en un remanso de languidez, tiende a confundirse con un horizonte de puras repeticiones.

Un día —un día como otros, sin presagios ni signos excepcionales— Rímini descubrió un mensaje y por primera vez postergó el momento de leerlo. Llegaba tarde a alguna parte. Bajaba de tres en tres los escalones del subte, abriéndose paso en medio de una muchedumbre adormilada, cuando oyó que el tren se detenía en el andén. Buscó un cospel en el bolsillo; sus dedos, a ciegas, tuvieron que rescatarlo de entre los pliegues de papel donde se había atrincherado. Cruzó el molinete, sorteó un cordón de viajeros que se arrepentían y frenó el cierre de las puertas metiendo la mitad del cuerpo en el vagón. Viajó dos estaciones cabizbajo, avergonzado por su propio alarde de audacia, y cuando metió las manos en los bolsillos —para no abultar, como si con ese gesto de civismo, que nadie le reconoció, buscara reparar el desplante de su irrupción— volvió a tropezar con el mensaje. Se le ocurrió que leerlo ahí, en esa situación extrema, estampado contra las puertas del vagón, sería una prueba de amor irresistible, pero lo pensó mejor, y después de palpar los bordes con los dedos, como para aquietar esa voz muda que lo llamaba, lo dejó descansar en el bolsillo. Pero siguió llegando tarde, víctima de ese extraño efecto encadenado que desata una primera impuntualidad, y el resto del día, que recién empezaba, se le fue entero tratando de recuperar los diez o doce minutos que había perdido a la mañana. No lo consiguió. Tomó todas las decisiones equivocadas, confundió horarios y lugares de citas, protagonizó incidentes callejeros, almorzó y trabajó mal, crispado, encarnizándose con detalles insignificantes (leyó un ocho en vez de un tres en la cuenta y se consideró estafado; defendió, casi con escándalo, una nota al pie de una traducción que era indefendible). Y se olvidó por completo del mensaje de Sofía.

Dos días más tarde, mientras cenaban, Sofía le preguntó si lo había leído. Rímini sintió vértigo, como si se le levantara un viento en la boca del estómago. “Sí”, alcanzó a decir, “claro”. Comieron unos minutos en silencio, sin mirarse. Rímini veía todo color blanco, ese blanco mate, infinito y culpable que a menudo cubre la memoria de un estudiante ante una mesa de examen. Jugó un poco con la comida y, casi sin darse cuenta, cruzó los cubiertos sobre el plato. Después, en la cama, fueron adormeciéndose mientras miraban una vieja película argentina por televisión. Rímini se encontró luchando por mantener los ojos abiertos; el sonido de la película le llegaba como un rumor sucio, en segundo plano, una especie de espuma antigua sobre la que se recortaba el vaivén de la respiración de Sofía. Ni siquiera se atrevía a mirarla. Acechaba su aliento, los más ínfimos estremecimientos de su cuerpo, el modo en que el brazo de Sofía, atravesado sobre su pecho, parecía volverse más pesado o más ligero. Le pareció, por un momento, que toda su vida dependía de quién de los dos sucumbiera primero al sueño, y que ese instante clave, que ellos solían esperar, confiados y felices, como una bendición amorosa, el umbral de la noche en el que uno, el más débil, se entregaba por fin a la vigilia del otro, ahora se convertía en la batalla que decidiría una guerra desconocida.

Una mujer joven, de espaldas a cámara, se desnudaba ante los ojos lascivos de un escultor y casi al mismo tiempo moría envenenada, como en éxtasis. Soñaba con una imagen (una mano muy blanca, como de marfil, cuyos dedos se abrían y dejaban caer un diminuto frasco de veneno) cuando se despertó. Estaba solo. Era de mañana, más de las once, probablemente. Empezaba a vestirse cuando vio, colgando de una llave del armario, una percha con el pantalón que Sofía había rescatado de la tintorería la noche anterior. Decidió ponérselo. Hundió la mano en un bolsillo y reconoció en el fondo un pedazo de papel endurecido, rugoso, cuyos bordes se deshacían al tacto.

4

Decir que Riltse les gustaba hubiera sido un ultraje —el peor, el más mezquino, el ultraje filisteo por excelencia. Lo adoraban. Lo habían adorado siempre, desde que tenían uso de razón, una era cuyo comienzo solían fechar, para sí mismos y también, cada uno por separado, para los testigos incrédulos que accedieran a escucharlos, el día en que habían descubierto que se amaban. Rímini tenía dieciséis años; Sofía, siete meses más —una diferencia a la que Rímini nunca se terminaría de acostumbrar y que imaginaba tan inconsolable como los metros, pocos pero definitivos, que siempre separarían a Aquiles de la tortuga. Adoraban a Riltse y amaban a Tanguy, a Fauxpass, a Aubrey Beardsley, a toda esa sospechosa familia de artistas que los estudiantes ilustrados —esos profesionales de la ingenuidad y la petulancia— lucían en la portada de sus carpetas para humillar a sus enemigos, que las tapizaban con fotos de actores o de estrellas de rock. El tiempo no tardó en desengañarlos. Dos o tres años más tarde, los objetos derretidos, las estalactitas con forma de parejas de amantes, las camas antiguas, los ojos y sombreros suspendidos en cielos de un azul purísimo, todo ese repertorio de astucias, que siempre habían reverenciado como el colmo de la imaginación, era puro fraude y sólo les producía escándalo. Habían descubierto (aunque sólo se dieron cuenta después, cuando acababan de mudarse juntos a una diminuta madriguera alfombrada de Belgrano R y sus ex compañeros de colegio, en un típico arrebato de admiración ominosa, hablaban de ellos como de un par de “ancianos precoces”) que la adolescencia no adora artistas ni obras sino sólo formas alternativas de familia, y que del otro lado de esa adoración indiscriminada acechaban decepciones igualmente indiscriminadas. La comprobación los hirió. Se sintieron irremediablemente idiotas, porque los orgullos que la retrospección exhuma como torpezas siempre valen doble, y en esa herida que ya empezaba a quemarles vieron consumirse una parte, menor pero valiosa, de su juventud. Fue esa juiciosa autocrítica, sin embargo, lo que los salvó; a ellos dos, del escarnio de los otros y del mundo, que siempre suelen adelantarse en la detección de necedades; a Riltse, del furor despechado con que Rímini y Sofía, después de haberlos idolatrado, terminaron deshaciéndose de toda aquella manga de estafadores.

Con Tanguy fueron expeditivos. El pintor los recompensó disipando las pocas cenizas de su gloria en el rocío que todavía hacía brillar las crestas de pasto. A Fauxpass lo quemaron todo en una sola tarde, en la jungla llena de moscas que una abuela de Sofía tenía en el fondo de su casa de City Bell. Ni siquiera perdieron tiempo contemplando cómo las llamas purificaban sus corazones traicionados. Max Brauner les dio menos trabajo: casi no tenían reproducciones de sus cuadros. Los conocían de segunda mano, por las descripciones exaltadas que figuraban en la autobiografía de un contemporáneo avispado, que había fracasado como pintor y cuarenta años después, cuando Brauner llevaba ya treinta pudriéndose en un cementerio polaco, era el marchand más rico y esquivo de la Unión Soviética. También acabaron con la autobiografía.

Era el turno de Riltse. Sofía reunió las láminas. Rímini, a esa altura un pirómano consumado, preparó el querosén y los fósforos. Hasta ese momento, menos por rencor que por superstición, habían negado a los condenados esa última mirada, que despide pero no absuelve jamás, con la que al menos se alivia el camino hacia el patíbulo. Con Riltse, sin embargo, Sofía vaciló, como si la rozara la sombra de una equivocación irreparable. Las láminas temblaron un instante sobre las llamas. Rímini, cuyos dedos ya empezaban a chamuscarse, las soltó. Entonces Sofía las puso a salvo y buscó una con desesperación, como quien busca entre papeles inútiles, todos muy parecidos entre sí, el salvoconducto que le permitirá cruzar una frontera. Rímini tuvo un arranque de protesta. Era terco; nada le costaba tanto como infringir las reglas que él mismo se imponía. Aprovechó que rumiaba su disconformidad para mirar unos segundos el fuego; después, dando por terminado el plazo que su mente le había dado a Sofía para retractarse, giró hacia ella y la encontró de espaldas, sentada en el pasto, los hombros agitados por un suave temblor. Se acercó, le preguntó qué le pasaba. Sofía lloraba en silencio: entre sus piernas, como pequeños cadáveres acunados, tenía las tres reproducciones de la serie de los Suplicios. Rímini contempló otra vez las tarimas redondas, los cuerpos colgados como reses, los largos costillares blancos, los trajes de etiqueta prolijamente colgados de los percheros rodantes, y sonrió. Y Riltse sobrevivió.

El primer viaje a Europa que hicieron fue sólo un pretexto para ver los originales del maestro. Sofía ya había viajado antes con sus padres, de modo que aprovechó esa segunda ventaja leve y obligó al padre de Rímini, uno de los inversores de la travesía, a calcar el itinerario sobre los rastros algo pasados de moda pero inolvidables del anterior, que los padres de Sofía, a su vez, habían heredado de un matrimonio amigo “con mucho mundo”, aficionado a la ropa deportiva (Rímini juraba que habían sido los pioneros del jogging —la ropa, la disciplina y la militancia— en Belgrano y acaso en la Argentina), las miniaturas de vidrio y los fascículos de arte españoles. De los setenta días que duraría el viaje, repartidos en media docena de países, quince transcurrirían sólo en Austria. A Rímini el porcentaje le sonó algo desproporcionado. No tenía nada contra Austria, pero le bastó mirar un mapa de Europa central, medir a ojo el tamaño del país y el de su ignorancia del alemán y proyectar esa medida sobre el lapso de dos semanas para darse cuenta de que no tenía todos los elementos de juicio necesarios para entender la situación. Sofía recién se lo confesó en el avión de ida, envalentonada por la botellita de vino que había pedido para acompañar la cena: el matrimonio amigo de sus padres era austríaco.

Rímini, con todo, se lo tomó como una rareza simpática, una de las muchas que teñían su relación con Sofía de la excentricidad levemente marchita que arrancaba respeto y malicia de sus amigos más cercanos. Más de la mitad de la división en la que habían terminado el colegio viajó a Europa ese mismo año. Pero con la excepción de César Lichter, cuyos anteojos Rímini creyó ver brillar detrás de una revista de autos deportivos en la estación donde habían bajado para corregir un malentendido ferroviario, en setenta días jamás tropezaron con ningún ex condiscípulo. En rigor, las Europas que recorrían sólo eran el mismo continente en las guías de turismo y los mapas de las agencias de viaje. Fels y Matheu zigzagueaban por Ámsterdam atiborrados de drogas, bufandas y miniaturas pornográficas, Catania volvía a su Turín natal y entraba en un grupo de “discusión teórica” —embrión intelectual, como se sabría después, de las primeras células de las Brigate Rosse—, Bialobroda, con su legendario dúo de caninos —uno roto, el otro de oro—, ponía fin a dos décadas de vida intemperante colgándose de un cinturón en el Hotel du Vieux Paris, a dos cuadras del Sena, en un cuarto que nunca se terminó de pagar, Maure dormía a la intemperie en Ibiza y Nepper, rubio, flaco como un palo, riquísimo, era detenido en el baño de un bar del barrio chino de Barcelona. Mientras tanto, Rímini y Sofía, preservados por el amianto de una Europa paralela, más alpina y menos inquietante, coleccionaban pueblitos medievales, montañas encapuchadas de nieve, plazas limpias como sanatorios, trajes típicos, tranvías, edredones sofocantes, fiestas de la cerveza, canciones folklóricas con ruiseñores, colinas, cultivos, corazones, que media docena de chops bebidos con actitud enérgica bastaban para convertir en verdaderos himnos de guerra.

Más de una vez, mientras bajaba de un tren para tomar otro, mareado por la promiscua puntualidad del Eurailpass, Rímini, cargado de valijas, maldijo su gamulán —contribución de último momento de su madre—, que lo obligaba a caminar como un muñeco de nieve entablillado, y tuvo la sospecha de estar haciendo el viaje equivocado. No tenía mucho que objetar: los trenes eran cómodos y el servicio eficiente; los nativos compensaban con amabilidad las dificultades de comunicación; en los cafés había diarios de todo el mundo esperando en deliciosas prensas de madera; la repostería era irresistible. Sofía, casi irreconocible por el abuso de abrigo, lo arrastraba de la mano por callejones sin salida, instigada por los recuerdos de su viaje anterior, generalmente imprecisos, que buscaba corroborar en la agenda de bolsillo donde decía haberlos anotado. “Esperá..., por acá había un negocio de encajes in-cre-íble..., lo tengo anotado... ¡Acá: encajes! ‘Al final de la Callecita de los Herreros’... Es por la que vamos, ¿no? ‘Pasando la pastelería Grillpärzer’... Ahí: eso es Grillpär... Debe ser por acá... Hacían un strudel..., después entramos... ¡Ahí! ¡Es ahí, me acuerdo perfecto! La vidriera era toda blanca...”. “Es un negocio de música, Sofía”. “No seas negativo. Crucemos”. “¿Ves? Instrumentos antiguos”. “No puede ser”. “Viniste hace dos años, Sofía: acá las cosas cambian, también”. “¡Mirá ese laúd! ¿No es precioso?”. Pero el problema para Rímini no eran los encajes (que se agremiaban, como era previsible, en la calle de los Encajes), ni el strudel de Grillpärzer (exquisito), ni los laúdes (aunque el dueño del negocio, apenas entraron, les pidió que apagaran los cigarrillos, se sacudieran los zapatos afuera y bajaran la voz), ni nada de lo que le tocaba vivir. El problema era todo lo que no vivía, esa suerte de viaje negativo que de vez en cuando, entre tanta furtiva felicidad austríaca, lo interceptaba con insidia, como una deuda impaga, y le inspiraba recelos secretos. ¿No deberíamos estar un poco más sucios? ¿No tendríamos que haber perdido el pasaporte? ¿No deberíamos pelearnos un poco más? ¿La policía no tendría que mirarnos con desconfianza, pararnos, pedirnos documentos? ¿Dónde estaban las discotecas, la gente como nosotros, los albergues de la juventud, las jeringas?

Fueron sólo sospechas —el aleteo cercano de un pájaro distraído, demasiado fugaz, pensaba Rímini, para ser dañino— y no dejaron secuelas. Por lo demás, cada punto del itinerario parecía borrar las suspicacias inoculadas por el anterior. Salzburgo corregía los puntos ciegos de Innsbruck, Viena los de Salzburgo, y así sucesivamente. Y en Viena, por fin, una vez que Sofía emergió, bella y macilenta, del calvario gripal que la había tenido postrada cinco días, los cuadros de Klimt, Egon Schiele y Kokoshka, como aperitivos del éxtasis que soñaba con experimentar en Londres con los de Riltse, terminaron de aplacarlo. Hasta entonces, Rímini había permanecido en vela junto a la cama donde Sofía volaba de fiebre, perdida entre las sábanas. El primer día le fue imposible distinguir cuándo dormía y cuándo estaba despierta. Se sacudía las sábanas como si le quemaran y cinco minutos más tarde, temblando de frío, las buscaba con desesperación en la penumbra del cuarto. Se incorporaba en medio de la noche, balbuceando con labios pálidos palabras en una lengua desconocida. Rímini pidió por el médico del hotel; habló con la recepcionista, con el sereno de turno, con el maître del restaurante, con el gerente, por fin, y una vez agotado el elenco de anglófonos disponibles creyó entender, él también agotado, que “el doctor Kleber había dado parte de enfermo por primera vez en veinte años”. Pero no lo abandonarían. Le subieron aspirinas, sopas casi frías (había seis pisos entre la cocina y el cuarto que ocupaban), juegos de toallas con el monograma de otro hotel, un termómetro anormalmente lento, algunos ejemplares atrasados de la revista de la compañía aérea austríaca. Rímini iba y venía; nunca había abierto tantas veces una misma puerta, y nunca había sentido tanto desaliento al cerrarla. Cada vez que Sofía pasaba sin moverse diez minutos de corrido se sentía rejuvenecer de felicidad; se acercaba a la ventana descalzo, en puntas de pie, y festejaba el milagro mirando los copos de nieve caer, lentos e imbéciles, en una noche asombrosamente roja.

Al día siguiente la fiebre cedió unas líneas. Sofía ya empezaba a apreciar ciertas obsolescencias de la habitación cuando Rímini, insomne pero lúcido, abrió la guía telefónica y encontró la dirección del Hospital Británico. Un rato después los atendía un médico joven, de modales distinguidos, vestido con un guardapolvo tan limpio que crepitaba. Para congraciarse con ellos, tal vez para practicar, pronunció ceceando algunas palabras en castellano —Rímini dedujo que vacacionaba en España—, les recetó antibióticos —les hablaba a los dos, como si Rímini estuviera tan enfermo como Sofía— y tuvo la deferencia de sugerirles una farmacia donde hablaban inglés. Salieron a la calle y se abrazaron. Inundados de gratitud, los dos tuvieron la impresión de que el que estaba a punto de largarse a llorar era el otro. Sofía propuso ir a comprar los remedios y, de regreso en el hotel, escribirle al médico una carta de agradecimiento. Tenía que saber, dijo, todo lo que había hecho por ellos: era algo que no podía perderse. Rímini, una vez más, la disuadió. A lo largo del viaje había abortado una media docena de raptos epistolares por el estilo, destinados a retribuir la generosidad de gondoleros, taxistas, guardianes de museos, mozos y cajeros de banco —salvadores anónimos cuyos méritos, en la gran mayoría de los casos, se reducían a deletrearles correctamente el nombre de una calle, preguntarles de dónde eran, sonreírles sin motivo o —simplemente— a no alzarles la voz.

Sofía mejoró. Ya empezaba a comer con ganas; después de limpiar su propio plato arremetía con las guarniciones de spätzle que Rímini había dejado intactas. Al quinto día, cuando Rímini ya no necesitaba asomarse a la ventana para describir todo lo que sucedía en la porción de esquina a la que daba el cuarto, Sofía le sugirió que saliera a dar una vuelta. Rímini protestó. “Un rato”, insistió ella: “una horita. Qué me va a hacer”. Rímini aprovechó para visitar la casa de Freud, una ocurrencia que en el último mes y medio habían tenido tres docenas y media de argentinos, como le informó el libro de visitantes. Lo revisó con alguna curiosidad, pero no encontró ningún apellido conocido. Y sin embargo, apenas estampó su firma al pie de la lista —ningún comentario: sólo su nombre y su apellido, irreconocibles, deformados por el vértigo del trazo, y la fecha—, algo lo obligó a desviar los ojos sobre la página: una “irregularidad”, algo indefinible que no estaba en su campo visual sino más bien en el borde, al acecho, y que de golpe parecía haberse sacudido como una rama negra, y después de barrer de abajo hacia arriba la columna de visitantes Rímini rozó un nombre casi ilegible —Ezequiel, Rafael, Gabriel—, escrito con letras que eran tallos y flores, y lo descartó. Eran las cinco y media de la tarde cuando salió. Era noche cerrada. No nevaba, el aire estaba limpio, y las aureolas de bruma que solían envolver los focos de la calle habían desaparecido.

Rímini sintió algo extraño. Una hora sin Sofía y ya tenía la impresión, no del todo desconocida, de que era el único ser vivo en toda la ciudad. Sintió una soledad atroz: justamente ahora, que Sofía había vuelto a la vida, el viaje se le apareció como una fatídica insensatez. Se le ocurrió llamar a Buenos Aires, preguntarle a su padre por qué había incluido Viena en el itinerario. Hostigado por el frío, quiso desoír un semáforo adverso y cruzar corriendo una avenida desierta, pero lo disuadieron los ladridos del dachshund que su dueña, una mujer encorvada y temblorosa, acababa de estacionar junto a un árbol. Diez o doce cuadras más tarde, un teléfono público rechazó su llamada a cobro revertido pero aceptó, sin devolverlas, las dos monedas de más que Rímini había echado por temor a que la comunicación se cortara. Del otro lado de la línea, una empleada nueva, que repitió varias veces el nombre de Rímini entre signos de interrogación, le informó con alguna desconfianza que su padre se había ido a pasar el fin de semana a Villa Gesell.

Pero dos días más tarde (los dos días que Viena, según los resultados de la contabilidad final, terminaría robándole a Londres), cuando entraron a la Osterreichische Galerie, al salón de los Klimt —Rímini desafiante, Sofía débil y adorable, envuelta en un poncho como una beduina invernal, los dos alegrando el aire caldeado con las nubecitas blancas que traían de la calle—, Rímini sintió el amparo de quien vuelve a una patria después de un largo exilio de tristezas. Recorrió las salas, amodorrado por la suave luz amarillenta, y miró los cuadros con un desgano feliz, como si estuviera tan lejos de todo que ni la belleza pudiera malograr su bienestar. Se detuvieron ante El beso y lo contemplaron abrazados, víctimas de ese mimetismo que se apodera de los enamorados cada vez que miran la imagen que siempre han creído que los mira y les habla. “Ya pasó lo peor”, pensó Rímini, y cuando quiso nombrar “lo peor”, lo que le vino a la mente no fue Viena, ni los contratiempos del idioma, ni la fiebre, ni siquiera el dinero y el tiempo que el “error austríaco”, como había pasado a llamarlo, les había robado, sino la simple posibilidad, que no vislumbraba en el futuro sino en el pasado, en ese par de horas que dos días atrás había pasado solo, de que Sofía, esa masa de calor pequeña y compacta que ahora se apretaba contra su cuerpo, hubiera desaparecido de su vida para siempre. Como el sobreviviente que cada noche, antes de dormirse, asiste una y otra vez al accidente que casi lo mata, y sólo después de revivir sus pormenores descubre que ese día no hubo distracciones, ni pavimentos mojados, ni autos fatales, y que ese accidente que nunca tuvo lugar aun así le ha robado una parte de su porvenir, abriéndole una herida horrenda en el alma, Rímini volvió a verse lejos de Sofía, se vio sin ella, y esa figura huérfana, como saqueada, lo heló de espanto. Acababa de ver lo que queda de un hombre cuando a todo lo que es, a todo lo que cree ser, se le resta la mujer que ama.

Las membranas del amor son frágiles; el roce más fortuito puede desgarrarlas. Si las sospechas de Rímini las habían afectado, exponiéndolas a esa infección que acecha, para el enamorado, en la tentación de vivir una vida distinta de la que vive, la experiencia de la catástrofe bastó para regenerarlas. Quizás ésa fuera la verdadera función de aquellas tragedias improbables, que sólo ocurrían en un mundo y un tiempo creados por la imaginación retrospectiva: hundirlo en el horror y rescatarlo enseguida; aniquilarlo y salvarlo y empequeñecer, casi hasta ridiculizarlas, las contingencias indeseables que en el futuro pudieran empañar su vida amorosa. Sofía no había desaparecido, no había muerto, estaba con él y todavía lo amaba: ¿qué era el resto, cualquier resto, sino pura frivolidad?

5

Esa mezcla de humildad y superstición, Rímini ya llevaba tres años cultivándola; era natural que la considerara consustancial a la relación, puesto que la había contraído a los seis meses de estar con Sofía. Entusiasmado, en una especie de trance, Rímini acababa de contarle la conversación que había tenido esa tarde con un amigo. Habían hablado, dijo, del “compromiso amoroso”. El amigo descreía de la monogamia por completo. Aunque era un veterano precoz de la disipación, la vida amorosa de Rímini —su insólita regularidad, su profundidad, su lealtad laboriosa, como de orfebre— no dejaba de asombrarlo. ¿Seis meses con la misma mujer? Él a duras penas soportaba ver a la luz del día la cara de la mujer con la que había pasado la noche. ¿Cómo era posible? ¿No deseaba a otras? ¿No necesitaba otras? Rímini era consciente de que detrás de esa perplejidad había una teoría, pero jamás trataba de rebatirla. Esa tarde, como algunas otras antes, Rímini le dio la espalda y, como el figurante que pasa inadvertido durante casi tres actos y llega, por fin, al parlamento que lo redimirá, que fijará su rostro insípido en la memoria del espectador más desatento, lo abrumó con un monólogo sobre la confianza, sobre la forma espontánea y por lo tanto mágica en que la confianza, cuando era recíproca, podía suspender —Rímini se corrigió, quiso decir abolir, pero el verbo se resistió, se escabulló y ya no volvió a aparecer— las necesidades aparentemente más naturales.

Ése fue el elogio del amor que Rímini, de pie, acababa de reproducir ante Sofía, que lo había escuchado sentada en el borde de la cama —un monólogo torpe, arrebatado de ardor, con palpitaciones, como si por fin le hubiera tocado recitárselo a la persona a la que estaba verdaderamente dedicado. Pero al terminar, conmovido por su propio alegato, Rímini vio que Sofía permanecía en silencio, sin mirarlo, y que una oscura emoción le cruzaba la cara. “Confianza”... “Reciprocidad”... Rímini, como en un sueño, creyó oír su propia voz que huía, deshilachándose. “Rímini”, dijo Sofía muy rápido, “me acosté con Rafael”. Durante un segundo, Rímini vio desfilar las posibilidades indignas que se disputaban su pobre cuerpo de cornudo aturdido. Se moría. Vomitaba. Destrozaba su propio cuarto, hiriendo —accidentalmente, por supuesto— a Sofía. Perdía el habla para siempre. Una embolia lo fulminaba. Alguien entraba al cuarto por error y tenía que disimular. Las vio, pero las posibilidades se alejaron, como tentadas por algún otro candidato. Entonces abrió la boca y se puso a llorar, y alguien con labios menos trémulos que los suyos habló en su lugar y reclamó la satisfacción más trivial, más sórdida, más voluptuosa: los detalles de la traición. Sofía fingió no haberlo oído. “Vos sabés”, dijo: “era algo que tenía pendiente. No habría podido seguir con vos si no lo hubiera hecho”. Sofía se puso de pie. Rímini, apoyado contra la ventana, miraba la fuente tres pisos más abajo, en el jardín, por entre un cortinado de lágrimas. Sintió la yema de los dedos de Sofía cerca de su cara, rozándole una mejilla, menos para consolarlo que para que la mirara, y una profunda vergüenza lo invadió. Dejó de llorar en el acto, como por arte de magia. Sofía lo miraba muy de cerca. Entonces Rímini supo que para que pudiera dejar alguna vez de amarla, algo más fuerte que otro hombre y que otra mujer, algo tan inhumano y ciego como un desastre, un accidente de avión, un terremoto, tendría que arrancarla de su lado y extirparla de su alma. Pero Sofía no lo miraba exactamente a él, y sin duda no lo miraba a los ojos: miraba, con una curiosidad casi lasciva, algo que Rímini tenía debajo de un ojo. Rímini, volviéndose hacia la ventana, se contempló en el vidrio y vio un punto oscuro, algo que parecía un lunar, la costrita de una herida mínima, que ni siquiera recordaba haberse hecho. Sofía siguió absorta en el punto uno o dos segundos más, hasta que salió del trance y, ruborizada, le acarició muy suavemente una mano. “Llamame. Voy a estar en casa”, le dijo.

6

Hasta los admiradores más recalcitrantes están de acuerdo: Spectre’s portrait no es el mejor Riltse. Es un cuadro pequeño (Riltse siempre brilló en las grandes dimensiones) y oscuro (el maestro seguía pintando contra la luz de Cézanne), desgarrado por una tensión encaprichada: mientras sus formas se debaten en un fervor expresionista, el ánimo del pintor, en puntas de pie, intenta escabullirse por una puerta lateral. Un típico cuadro de transición, en el que las voces del pasado se niegan a morir y el futuro, con sus efusiones de luz y de maldad, no es más que un balbuceo desconcertado. Riltse quería volver a Londres. Tenía deudas de juego, el sol le resultaba intolerable, acababan de manifestársele los primeros síntomas de la enfermedad: dos placas violáceas en las piernas, temblores matutinos, cierta dificultad para recordar los hechos ocurridos en la última media hora. Sólo la relación con Pierre-Gilles, ya en su fase final, lo retenía en Aix-en-Provence. ¿Matarlo o matarse? ¿Matarlo y matarse? No había día ni hora del día en los que Riltse no examinara por un segundo esas alternativas. Se iba a pintar al campo con el único propósito de alejarse de su amante, tal vez con la esperanza, también, de que un cuadro nuevo o una insolación desalojaran para siempre esa espina de su corazón atormentado. A su manera infantil, Spectre’s portrait ilustra el fracaso de esas tentativas. Aunque Riltse lo embadurne con capas y capas de un morado sucio, aunque reemplace la luz del mediodía por una oscuridad de caverna, el paisaje del cuadro sigue siendo el del campo, con su aire inmóvil, su horizonte de hastío y sus árboles, que, aunque irreconocibles, siguen preñados de frutos. Es como si Riltse pintara el campo con sus ojos, con los ojos de esos frutos, pero no en el estado en que estaban entonces, a principios de la primavera, cuando él los contemplaba, sino en una etapa ulterior, en la rápida putrefacción que la imaginación de Riltse parecía desearles. Hay dos manchas en primer plano, los dos únicos toques de claridad que rompen la monotonía del cuadro y que, a simple vista, podrían confundirse con los halos de luz de dos faroles, o con dos luciérnagas agigantadas por la cercanía. Mirándolas mejor, sin embargo, esa impresión general de luminosidad se desvanece o se precisa, y ambas manchas revelan la misma estructura interior, hecha de delgadísimos anillos concéntricos que, como los de los troncos de los árboles, parecen irradiar desde un oscuro punto central. El efecto es esforzado pero, al cabo de unos instantes, bastante eficaz: el punto oscuro es una boca abierta que aúlla de espanto, los círculos son el eco de ese aullido y las manchas, por fin, los rostros que dibuja la reverberación del espanto. Un paso más y todo se define con nitidez, como las nervaduras de una hoja bajo una lupa que termina de hacer foco: en el punto oscuro de la boca asoman los dientes y la lengua; más arriba nace una nariz; los ojos, acompañando el espanto de la boca, están desorbitados y miran directamente al espectador, que a esa altura, si el sortilegio surtió efecto, ya debería tener la cara pegada contra el cuadro. El espectador entiende, cree entender que están pidiéndole auxilio y se compadece. Pero luego desvía los ojos hacia la placa de bronce, lee el título del cuadro y comprende, a la vez, la grosería de su error y la voluntad secreta del artista. Spectre’s portrait. Es su propia cara la que inspira el espanto de las manchas. Él mismo es el espectro que Riltse ha retratado.

Fanáticos hasta la miopía, miraban el cuadro de tan cerca que habían empezado a empañar el vidrio con el aliento. Por un segundo, las dos aureolas de humedad borronearon las dos pequeñas manchas que los contemplaban con pavor. ¿Quién habría censurado esa devota impertinencia? Al fin de cuentas era así, a esa distancia, como el pintor había querido que se contemplara su cuadro. Spectre’s portrait, por otra parte, era el único Riltse que había en exhibición. Alguien —un argentino, uno de esos repartidores de primicias fatídicas que los argentinos adoran interpretar cuando descubren a un compatriota en el extranjero— se los anticipó cuando subían, ebrios de euforia, las escaleras del museo: el resto de la obra (los dípticos, los trípticos, las fotografías retocadas, incluso el monumental La mitad del acontecimiento, repatriado después de un cuarto de siglo del ignominioso cautiverio alemán) había sido trasladado a un depósito oficial en los suburbios de Londres, donde dormiría los tres meses que le llevaría al Estado reformar el museo.

Mientras Sofía trataba de corroborar la noticia en la recepción del museo, Rímini se pasó veinte minutos al aire libre, protestando en voz alta y entorpeciendo deliberadamente el tránsito de los obreros entre los andamios. ¿Y todo aquel viaje para...? ¿Había derecho...? ¿No tenían al menos que haberles avisado...? Buscaba razones, algún consuelo; sólo se le ocurrían represalias. Creyó, de pronto, haber dado con la peor, la más agresiva: irse así, sin entrar. “Que se jodan...”. “¿Te parece?”, dijo Sofía, que ya se veía esa noche teniendo que aplacar el desconsuelo de su arrepentimiento: “Ya estamos acá, Rímini. Mejor uno que nada: entremos”. Entraron. Rímini, para no dar el brazo a torcer, arrastraba los pies haciendo ruido, como un peregrino disconforme. Sofía sugirió hacer una parada en la cafetería del museo: tal vez tomar algo aliviaría su decepción. La de Rímini, al menos, recrudeció. Como el resto del museo, la cafetería era apenas la mitad, el cuarto de lo que alguna vez había sido; unos tabiques precarios dividían el sector habilitado, con su docena de mesas, sus luces parpadeantes, su piso cubierto de dobles páginas de diario, del área de trabajos, de donde venían el sonido metódico de los martillazos y unas joviales nubes de polvo blanco. Sofía, que jamás eludía la responsabilidad cuando tomaba una decisión desacertada, ofreció como compensación hacer la cola para buscar las bebidas. Rímini, extrañamente, aceptó. (Sofía, predispuesta a que no aceptara, como era costumbre en Rímini cada vez que ella le proponía sacrificarse por él, sintió algún desconcierto y se quedó inmóvil una fracción de segundo, como congelada en el punto exacto en el que las dos situaciones —una virtual, la otra real— acababan de cruzarse). Rímini, en efecto, había sentido el llamado de la caballerosidad, pero estaba tan cansado —las desilusiones le hacían un efecto mucho más físico que moral o psicológico— que sólo podía pensar en librarse del peso inmenso de su cuerpo. Cinco minutos más tarde, cuando las palmas de sus manos, sus antebrazos y hasta la mejilla izquierda (que había posado un instante sobre la mesa) ya estaban completamente blancos, maquillados por el polvillo de la obra, Sofía apareció con una bandeja, dos vasos de telgopor con café y un platito de plástico con dos brownies. La seguía un hombre alto y flaco, de traje, con ese aire de decencia precaria —sostenida con pedacitos de hilo, cinta adhesiva, clips, broches de metal— que fraguan las personas que llevan semanas sin bañarse. De la mano le colgaba una botella de cerveza. Sofía se sentó. Al pasar junto a ellos, el hombre la saludó con una reverencia un poco anticuada. “¿Quién es?”, preguntó Rímini, algo atontado por la estela de pestilencia que había dejado el desconocido. “No sé. Estaba en la cola. Pedía unas monedas para poder comprarse algo. Qué gente jodida, los ingleses: no sabés cómo lo miraban. Bah, ojalá lo hubieran mirado. Habría sido algo, por lo menos”. “¿Vos le diste?”. “Sí”. “¿No era que habías decidido parar con las limosnas?”. “Esto es diferente. Estoy segura de que es alguien. Mmm..., probá los brownies: están excelentes”. “¿Alguien?”. Rímini empezaba a impacientarse. “¿Cómo sabés?”. “Sé. Yo veo”. “Tendrías que oler, también”. “Quedé un poco resfriada de Viena”. Sofía se inclinó bruscamente y olfateó el plato, los vasos que humeaban. “¿Algo está feo? Lo cambiamos, ¿eh?”. “Además, todo el mundo es alguien. ¿No es un requisito un poco débil para compadecer a un desconocido?”. “Tonto. Alguien importante, quiero decir”. “El director del museo, por ejemplo”, se burló Rímini. Sofía miró por encima de su hombro y sonrió a lo lejos mientras masticaba, y luego se tapó la boca con el dorso de la mano. “No te des vuelta, pero estoy casi segura de que...”. Rímini descubrió que se había ruborizado. “¿De qué?”. “No, es una locura”. “Estás segura de qué”. “Nada, nada: no me hagas caso. ¿Querés crema?”.

Entraron a la sala cada uno por su lado, sin hablarse. De los dos, sólo Rímini era consciente de la situación. Como siempre que algo los distanciaba, Rímini era el único cuyo comportamiento quedaba como anclado en el episodio que había desencadenado la tensión, girando a su alrededor como un planeta ocioso, infantil, un poco ridículo. Sofía, en cambio, parecía olvidar el incidente enseguida, de modo que todo lo que hacía después —todo lo que, en el caso de Rímini, no era sino el fruto triste y estéril de la desavenencia— obedecía a otras causas y otros estímulos, probablemente menores pero nuevos. Mientras que para Rímini se había empacado en un punto fijo de dolor, obstinado y como insoluble, la vida, para Sofía, continuaba. Pero sólo Rímini notaba esa diferencia, y sólo él veía el abismo que se abría en ella. Como siempre que quería fingir indiferencia, su cuerpo se había convertido en un manojo de impulsos hostiles. Tenía calor, pero ya no le quedaba ropa que sacarse. Detectó unas migas de chocolate prendidas de una manga y se las espantó como si fueran venenosas. Alguien —alguien exactamente de su misma estatura— se interpuso entre él y un Turner, y él, con una fruición de la que ignoraba que fuera capaz, descargó contra su nuca un largo y mudo rosario de imprecaciones argentinas. Hasta que vio el Riltse. Lo descubrió de golpe, al mismo tiempo que Sofía lo descubría por su lado, y pensó con satisfacción que esa coincidencia pondría fin a la insultante autonomía en la que Sofía se había movido después del incidente de la cafetería. De modo que cuando ella se volvió y lo buscó, con el propósito evidente de invitarlo a que lo contemplaran juntos, él dio media vuelta y, simulando distraerse, a modo de venganza, la dejó sola frente al cuadro. Sólo después, aprovechando que ella le daba la espalda, Rímini lo miró.

Colgado ahí, solo entre cuadros enormes, de otros, parecía demasiado modesto o demasiado intimidado. Rímini no lo conocía. Los pocos visitantes que había en el museo —un contingente de turistas, una docena de escolares soñolientos, una pareja de amantes que iban, que saltaban de cuadro en cuadro abrazados, entrelazando sus piernas como gimnastas obscenos— pasaban de largo, como si no lo vieran. Rímini sintió un fervor nuevo, tan intenso que se inquietó; era el éxtasis, la felicidad mesiánica que siente el idólatra cuando su ídolo, en una situación desesperante, decide honrarlo y le encarga la tarea más difícil, más decisiva del mundo: redimirlo. Rímini no era un damnificado; era un elegido, y Spectre’s portrait no era su consuelo sino su privilegio. Recorrió toda la sala con una lentitud exhaustiva, deteniéndose en pinturas insípidas, siguiendo sílaba por sílaba los comentarios de los guías del museo y ayudando incluso a un par de escolares perdidos, con las narices perladas de mocos, a reunirse con sus compañeros antes de que el maestro que los guiaba detectara que faltaban. Sufriendo, Rímini mataba dos pájaros de un tiro: difería el placer de encontrarse de frente con el Riltse, con Sofía, y a la vez convertía ese encuentro en una forma de la casualidad.

Hechizada, Sofía ya empezaba a acercarse al cuadro cuando Rímini se detuvo a su lado. No se miraron, ni siquiera se dirigieron la palabra, pero Rímini sintió el halo de comunión en el que los envolvía el cuadro y depuso el rencor y se entregó. Así estaban, muy juntos, inclinados casi a noventa grados, con las narices enrojecidas contra el vidrio del cuadro, cuando los sobresaltó una voz a sus espaldas: “Yo que ustedes no me acercaría tanto”. Creyendo que era un guardia, abrieron los brazos instintivamente, en señal de inocencia, como se habían acostumbrado a hacer cada vez que salían de una tienda y las alarmas se ponían a sonar, y retrocedieron unos pasos. Rímini alzó apenas la vista y miró el ojo rojo de los sensores que parpadeaba. “No”, dijo el hombre, riéndose con algún desdén, “ojalá fuera ése el problema”. Rímini tuvo la impresión de que la voz ahora estaba más cerca. Le llegó una ráfaga de olor inmundo, como de ropa mal enjuagada, una mezcla de lavandina y moho, el mismo olor que lo había atontado media hora atrás. Volvió con cautela la cabeza; no pretendía mirarlo —estaba demasiado intimidado por la brutalidad con que el otro había irrumpido en sus vidas—; se conformaba con incluirlo en una esquina de su campo visual y retratarlo rápido, sin mayores detalles, sólo para tener una idea de quién era y reemplazar el borrador fugaz que había compuesto en la cafetería. El desconocido se le adelantó. “Yo soy responsable de ese horror”, dijo, señalando el cuadro de Riltse, en un inglés disgustado, como si sólo lo hablara porque no tenía más remedio. “¿Qué te dije? Yo veo, Rímini”, le susurró Sofía. Rímini, tomado de sorpresa, se vio obligado a detenerse en el hombre. Era alto, de hombros asimétricos, pura piel y huesos bajo un traje que veinte años atrás ya estaba pasado de moda. Tenía el pelo largo, con restos de una vieja tintura, alisado por una capa de mugre; una barba de semanas le crecía en desorden sobre las mejillas, y las manos, tan pálidas que las venas azules brillaban como dibujadas, permanecían alzadas, inmóviles delante de la cara, como suspendidas antes o después de un gesto. Los dedos se agitaron y temblaron un segundo; Rímini alcanzó a verle los labios, muy rojos y brillantes, como los de los borrachos, moviéndose en silencio como si rezaran. El hombre lo miró de golpe, con algún asombro. “Yo soy…”, empezó a repetir, como presentándose. “Usted, yo: todos”, lo interrumpió Rímini, “ésa es la idea del cuadro, ¿no?”. El hombre agitó una mano en el aire, cerró y apretó los ojos con fuerza. Tenía escamas rojas y secas en los párpados, en la frente, a lo largo de la orilla donde le nacía el pelo. Una, en el tabique de la nariz, había empezado a sangrar. “¿La idea del cuadro?”, repitió, mirando a Rímini. Rímini sintió un tirón en un codo y descubrió a Sofía a su lado con la boca contraída, como con una mordaza invisible, señalándole con el mentón algo en el piso. “¿La idea del cuadro?”, oyó Rímini otra vez —pero el tono, ahora, había pasado del asombro a la contrariedad—, al mismo tiempo que bajaba los ojos y tropezaba con dos borceguíes sin cordones, los dos del mismo pie, el izquierdo, pero cada uno de un par diferente, y detrás de la lengüeta, volcada hacia adelante con una languidez casi calculada, veía directamente la piel, la piel desnuda del empeine, tatuada por otras escamas brillantes que trepaban hasta desaparecer bajo la botamanga de los pantalones. Cuando Rímini volvió a mirarlo, el hombre estaba muy cerca, prácticamente abrazándolos con su nube fétida. “No tiene derecho”, lo amenazó, pero en su voz se abría paso una extraña congoja. “Sólo yo tengo derecho a mirar ese cuadro y a decir ‘Yo’. Yo soy la cosa que miran esas dos caras espantadas. Yo, yo, yo. Hace cuarenta y dos años. Yo soy la cosa, la causa. Yo estuve ahí. Hermoso lugar. Ordeñaba vacas con la bosta hasta los tobillos mientras el sol... Hay que saber mirar... Todo está ahí. El campo, la ropa tendida en la soga, la hamaca, las frutas podridas, picoteadas por los pájaros... El canalla lo puso todo menos mi cara. ¿Por qué? Tóqueme. Vamos, tóqueme, no soy un monstruo. Vuelvo, eso es todo. Condenado a volver. La ley dice que no puedo acercarme a más de cien metros. Soy hombre de campo: ‘metros’ no significa nada para mí. 45 por 45. Y la ley no dice nada sobre este cuadro. ¿O sí? Soy un hombre de campo: no sé nada de cuadros. El amor, señorita. El amor es un torrente continuo. Usted sabe de lo que hablo. Téngame esto, por favor. Es mi turno. Será un segundo, nada más”.

No fue uno, por supuesto, pero ¿quién tendrá la mezquindad de reprocharle un error de cálculo a un hombre que lleva casi cuarenta años con el corazón desgarrado? Por lo demás, nadie se toma un segundo para llevar a cabo el sueño de toda una vida, mucho menos cuando el sueño consiste en destrozar a golpes de hacha el único cuadro de Jeremy Riltse expuesto en el museo más seguro de Londres. En rigor fueron tres minutos, contando desde el momento en que el pobre Pierre-Gilles (alias Douglas Durban, alias Stephen Stacy, alias Richard Right, alias otra media docena de identidades falsas —todas fieles a esa superstición cinematográfica, sin duda inoculada por Riltse, que asegura que repetir la misma inicial en el nombre y el apellido es garantía de gloria— que Pierre-Gilles usó a lo largo de cuarenta años, después de romper con Riltse, para despistar a las autoridades inmigratorias de Inglaterra y asediar a su ex amante con una partida doble de despechos: Riltse —el corazón roto pero impasible de Riltse— desechó una y otra vez los amorosos; la justicia inglesa los legales, todos absolutamente disparatados) depositó su monedero en las manos de Sofía, extrajo la pequeña hacha (el mismo utensilio, según declaró después, con el que Riltse una vez casi zanja una de las muchas discusiones estériles que poblaban las siestas en el sur de Francia, y el mismo con el que él, Pierre-Gilles, en cumplimiento de una antigua promesa, se había decapitado su propio sexo sobre la mesa de carpintero de la galería, después de leer la carta donde Riltse le explicaba por qué lo dejaba para siempre) del bolsillo interno del saco e hizo trizas el cristal que protegía el cuadro, hasta el momento en que el personal de seguridad del museo, asistido por dos guardias de la sala, torpes pero corpulentos, consiguió por fin desarmarlo y reducirlo en el piso, en medio de un revuelo de vidrios rotos, jirones de tela pintada y trozos de marco y mampostería.

7

Creían en el modo en que se amaban, y esa creencia era más fuerte que cualquier naturaleza, que cualquier signo que el mundo les dirigiera para desmentirlos o ridiculizarlos. Eran arrogantes y modestos, altivos y extraordinariamente serviciales. No compartían sus problemas con nadie —había algo de mafioso, un espíritu de cuerpo y una discreción inflexibles, dictados por el amor pero avivados por una suerte de temor a la catástrofe, en la manera en que evitaban las filtraciones—, pero el pequeño departamento de Belgrano R no tardó en convertirse en la clínica sentimental, abierta las veinticuatro horas del día, por la que terminarían pasando prácticamente todos sus amigos. Todos: los que cada primero de enero les auguraban el final en secreto, los que trataban desesperadamente de copiarlos, los equidistantes, que aprobaban el prodigio pero cada tanto les exponían sus “reservas” —y también sus padres, sedientos de la claridad y la sabiduría que sus propios modos de amarse, al parecer, no estaban en condiciones de proporcionarles. Jamás juzgaban: escuchaban. Eran amplios, tolerantes, de una ecuanimidad intachable. Eso era quizá lo único de lo que después, una vez terminadas las “consultas”, en privado, aceptaban jactarse: monógamos, conservadores, partidarios de una disciplina amorosa que exigía agua y aire y luz diarias, no les costaba nada entender a los amigos que militaban en la facción opuesta —pasiones efímeras, deseo insensato, discontinuidad, inconstancia—, aun cuando la ayuda que les prestaban fuera inconcebible en la dirección inversa. Salvo por la digresión de Sofía con Rafael, tan rápidamente asimilada a la mística de sinceridad de la relación que terminó siendo no un trauma sino un desafío saludable, una oportunidad para crecer, ir más lejos, consolidando en ellos, incluso, la idea que en un principio parecía haber pulverizado: que el amor era una fortaleza —ninguno de los dos tenía experiencia en materia de trampas, traiciones, triángulos. Y sin embargo, ajeno como parecía, era como si de ese mundo lo supieran todo. Conocían el mecanismo del ardor, la lógica del engaño, los resortes secretos de la dominación y del desprecio, todas las claves que movían, daban brillo y a veces aniquilaban las vidas de los otros. Sus cuadros de situación eran precisos; rara vez fallaban al diagnosticar; y cuando aconsejaban —algo excepcional que sólo condescendían a hacer en los casos más graves o urgentes, a tal punto eran reacios a todo lo que pudiera confundirse con una manipulación emocional—, se cuidaban muy bien de las debilidades, los impulsos, las propensiones capaces de viciar la operación de parcialidad. Trataban con amigos íntimos cuyo sufrimiento los hacía sufrir, cuyas desdichas los volvían desdichados y a cuyos entusiasmos adherían sin condiciones; pero en las “consultas”, esa cercanía, lejos de predisponerlos a la complicidad, parecí ...