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EL PASADO

Alan Pauls  

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Fragmento

1

Rímini estaba duchándose cuando sonó el portero eléctrico. Salió cubierto con una toalla de manos —la única que encontró en ese bazar de perfumes, gorras de plástico, cremas, sales, aceites, remedios y masajeadores en el que Vera había convertido el baño— y un reguero de gotas obedientes lo siguió hasta la cocina. “Correo”, oyó que le decían entre dos rugidos de camiones. Rímini pidió que le pasaran la carta por debajo de la puerta y de golpe, como si la sombra de un intruso lo sorprendiera en una habitación que creía desierta, se vio desnudo, temblando, en la hoja vidriada de una puerta que un golpe de viento acababa de abrir. La clásica estampa de la contrariedad: trivial, eficaz, demasiado deliberada. Las volutas de vapor que venían flotando desde el baño —había dejado la ducha corriendo con la idea de que así abreviaría la interrupción— le provocaron algo parecido a una náusea. “Tiene que firmar”, le gritaron por el portero eléctrico. Rímini, bufando, apretó la tecla y abrió, y vio impávido cómo el paisaje de su dicha se resquebrajaba entero.

La mañana en casa, la felicidad del rayo de sol que había estado acariciándole la cara mientras se duchaba, esa disponibilidad nueva, como de primer día de viaje, que sentía cuando despertaba y descubría que estaba solo y sus primeros movimientos, torpes y jóvenes, hacían crujir el silencio de toda una noche, la beligerancia vital, un poco ingenua, que solían dejarle las largas noches de amor con Vera —todo se desmoronaba. Aunque tal vez... Rímini escondió el auricular en la palma de la mano y permaneció unos segundos inmóvil, un poco encorvado contra la mesada, como tratando de volverse invisible. Pero el portero volvió a sonar y casi sin ruido, como en una película muda, los últimos cristales de su euforia matinal terminaron de astillarse. Rímini, que nada detestaba tanto como la forma en que el mundo, a veces, se ponía a calcar sus contrariedades privadas, esta vez no se sintió plagiado. Estaba en peligro. Ya no era víctima de una glosa sino de un complot. Pero se resignó y atendió igual, y mientras se miraba los pies —unos pies de gigante, alrededor de los cuales crecían dos minúsculos océanos humanos— alcanzó a oír lo que desde el principio había temido que le dijeran: la puerta de calle estaba cerrada con llave.

Cuando llegó a la planta baja, después de sortear a la carrera los tres pisos interminables que maldecía todos los días (“¡Genial: odio los ascensores!”, había exclamado Vera el día en que vieron el departamento por primera vez, mientras admiraba la oscura espiral de la escalera), Rímini abrió la puerta, miró a todas partes, no vio a nadie. Sintió un furor tal que pensó que no lo resistiría. ¿Era posible? Una vieja camioneta cruzó en cámara lenta, poblada de brazos bronceados que sobraban por las ventanillas. Sonó una bocina interminable. “¡Belleza!”, le gritó una voz burlona, abriéndose camino entre la parva de brazos. Rímini volvió a mirarse los pies (la sandalia izquierda en el derecho, la derecha en el izquierdo: el típico enroque matutino), la toalla rosada, como de gladiador romano, cubriéndolo hasta la mitad de los muslos, el impermeable que se le humedecía en los hombros —pero por alguna razón no se dio por aludido. Estaba a punto de volver a entrar cuando una cara sonriente brotó del kiosco de al lado y lo frenó. Era un chico joven, flaco como un faquir; tenía esa delgadez fibrosa, llena de venas flagrantes, que el rock le había robado a Egon Schiele. Pero no era alto, y tampoco llevaba uniforme. “¿Rémini?”, preguntó, barajando un sobre en el aire. Rímini iba a corregirlo pero prefirió tomar un atajo: “¿Dónde te firmo?”. El otro le alcanzó la carta y una planilla arrugada, llena de casilleros rectangulares donde florecían firmas y números de documentos. Rímini esperó: una birome, un lápiz, algo. Pero el cartero se limitó a mirarle las uñas de los pies, que destellaban bajo el sol, y a producir con una pajita mordida extrañas burbujas sonoras en el fondo vacío de una lata. “¿Tenés para escribir?”, dijo Rímini. “Sabés que no. Qué loco, ¿no?”, contestó el otro, como si esa mera declaración de asombro lo absolviera de su imbecilidad.

Diez minutos más tarde, en el colmo del malhumor (Rímini pidió prestada una birome en el kiosco, el kiosquero sólo aceptó vendérsela, Rímini —cuyo vestuario de emergencia no incluía billetera— prometió pagársela después y reclamó la carta, el cartero-faquir la retuvo a modo de rehén, comprometiéndolo, para obtenerla, a comprarle una rifa de Navidad, Rímini alegó que no tenía dinero encima, el cartero —guiñando un ojo cómplice hacia el kiosco— le sugirió que usara el crédito con el que acababa de comprar la birome), Rímini se dejó caer en un sillón y contempló la carta por primera vez. Sintió un alivio infinito, como si ese pequeño sobre apaisado, ahora en primer plano, fuera el único talismán capaz de conjurar una mañana de pesadilla.

La forma le llamó menos la atención que el papel, barnizado, suntuoso como la seda, y que el color, un celeste anémico que algún tiempo atrás, en el momento de comprarlo, podría haber sido lavanda. Como observando un protocolo de rigor entre los receptores de cartas pasadas de moda, Rímini se llevó el sobre a la nariz. El perfume (una mezcla de combustible, nicotina y chicle de frutilla o cereza) hacía menos juego con el papel y el color del sobre que con los dedos del cartero, parte de cuyas huellas digitales habían quedado grabadas a un costado. No había remitente; la caligrafía tampoco le dijo gran cosa. Las señas de Rímini estaban escritas en mayúsculas de imprenta, demasiado impersonales para ser espontáneas (no las ha dictado el corazón sino la astucia, pensó, súbitamente traspapelado entre las páginas de una novela libertina): nada que tampoco pudieran explicar el azar o una escasa familiaridad con la práctica de escribir cartas. Lo que le resultó extraño fue el modo en que las habían acorralado en un ángulo del sobre, como si el autor de la carta hubiese reservado el espacio principal para algo que nunca llegó a ocurrírsele o que se arrepintió de escribir. Ahí había algo, pensó, y se le ocurrió que tal vez la destrucción de su felicidad matutina no sería del todo gratuita. Miró el sello del correo, leyó “Londres”. Multiplicada por tres, una cara con peluca, insolente y consumida, lo contemplaba desde las estampillas. A duras penas descifró la fecha de despacho, cuyas cifras dibujaban un bigote ralo en una de las caras. Calculó un mes y medio. En una fracción de segundo, Rímini imaginó las peripecias de un itinerario tortuoso, entorpecido por huelgas, carteros ebrios, buzones equivocados. Le pareció que un mes y medio de viaje era demasiado tiempo para una carta dirigida a alguien que no tenía la costumbre de recibirlas.

Rímini, en rigor, ni siquiera sabía abrirlas. Quiso romper uno de los ángulos del sobre; algo se le resistió. Lo desgarró con los dientes, con una saña de perro, y al escupir el pedacito de sobre descubrió que también había mutilado una porción de su contenido. Era una foto en color: en el centro, exhibida en una vitrina, había una rosa roja acostada sobre un modesto pedestal negro; más abajo, en letras pequeñas pero legibles, una placa blanca decía: “In memoriam Jeremy Riltse, 1917-1995”. Una ráfaga oscura lo sacudió: humedad, polvo, esas alquimias rancias que de golpe empiezan a filtrarse por la rendija de una puerta. Algo de su inocencia se desmoronó. Cuando dio vuelta la foto, Rímini, que presentía lo que iba a encontrar, era menos joven que diez segundos antes.

Tinta azul negro fijo, letra microscópica, peinada hacia la derecha. Y la antigua compulsión de abrir paréntesis por cualquier motivo. Leyó: En Londres (como hace seis años), pero ahora la ventana del departamento (alquilado a una mujer china con un parche en un ojo) da a un patio sin flores donde unos perros (creo que siempre los mismos) rompen todas las noches las bolsas de basura y se gruñen por unos huesos tristes. (Tendrías que ver el paisaje con el que me despierto todas las mañanas). Hace dos noches me desveló un sueño largo y dulce: me acuerdo poco, pero estabas vos, ansioso, como siempre, por algo que no tenía la menor importancia. Exactamente mientras yo soñaba (me enteré más tarde) se mataba J. R. Las cosas pasan; pasan por vocación, sin que nadie las envalentone. Podés hacer con esto lo que quieras. (Estoy cambiada, Rímini, tan cambiada que no me reconocerías). Este papel parece hecho especialmente para vos: todo lo que escribís encima puede borrarse con el dedo, sin que deje marca. Puede incluso que cuando las recibas, estas líneas ya hayan desaparecido. Pero ni J. R. ni la foto son culpables de nada. De haber estado en mi lugar (y estabas: mi sueño jura que estabas), vos también la habrías sacado. La única diferencia es que yo me atrevo a mandártela. Espero que la joven Vera no se ponga celosa de un pobre pintor muerto. Espero que sepas ser feliz. S.

Rímini volvió a la foto y volvió a examinarla. Reconoció el museo y después, en el borde derecho, fuera del alcance del flash, la sombra de un cuadro de Riltse que antes no había notado. Ahora la vitrina parecía como nublada por una sobreimpresión. Acercó la foto a sus ojos y vio, reflejados sobre el cristal que protegía a la rosa, el fogonazo blanco, la pequeña cámara automática y por fin, deslumbrante como una corona de luz, el gran halo rubio del pelo de Sofía.

2

¿Qué lo sorprendía tanto? Lo último que había sabido de ella, unos seis meses atrás, al año y medio de haberse separado, también le había llegado a través de un mensaje escrito. No fue una carta, ni siquiera una hoja de papel, sino la mitad —cortada a mano, con ese breve sobrante en la parte superior que un tirón negligente o colérico suele dejar sobre la línea trazada con la uña del dedo pulgar— de una hoja amarilla en cuyo pie, huérfana de membrete, sobrevivía una dirección del barrio de Belgrano.

Rímini cumplía años. Una vez más, había decidido no festejarlo, o reducir el festejo al placer solitario de ir listando en un bloc los nombres de los amigos que a lo largo del día iban dejándole saludos en el contestador automático. Pero Vera, que interpretaba su reticencia como una forma viril de la coquetería (y Vera acertaba), le robó en un descuido su catálogo de probadas lealtades telefónicas, las contó y reservó una mesa para doce en un restaurante del centro. (Sólo diez años separaban la franqueza de ella de la histeria de él: Rímini había nacido con la Revolución Cubana; Vera, con el primer alunizaje.) Víctor fue el primero en llegar; Rímini lo vio entrar, barrer el restaurante con una mirada apremiada y atravesar el salón desierto con el torso demasiado volcado hacia adelante, en ese equilibrio inestable que Rímini atribuía al tamaño de sus pies, desproporcionadamente chicos, y dedujo que sería el primero también en irse. Se sentó a su lado, resoplando, y no lo felicitó. Algo lo urgía. “¿Y Vera?”, preguntó en voz baja. Rímini señaló hacia la barra, donde Vera, frotándose una pantorrilla con el empeine del pie, pasaba en limpio el menú de la noche con el maître. “Me crucé con Sofía esta tarde”, dijo Víctor. Rímini sintió de golpe una presión contra sus costillas, como si estuvieran asaltándolo, y bajó los ojos. El puño de Víctor se abrió: una flor delicada, carnívora, de pétalos largos y uñas esmaltadas. Rímini vio en la palma de su mano un trozo de papel que se desperezaba luego de un rato de cautiverio, y después de echar un vistazo hacia la barra (Vera ya se encaminaba hacia ellos) lo hizo desaparecer con un rápido pase de magia. “Perdoname”, le susurró Víctor, ya aliviado, mientras empezaba a incorporarse para saludar a Vera: “pero apenas supo que te iba a ver no hubo manera de pararla”.

Rímini recién recordó esa secreta bomba de tiempo tres horas más tarde, en el baño, cuando trataba de disipar un mareo mirándose fijo en el espejo y buscaba una moneda para el expendedor de jabones. Rozó con las yemas de los dedos las llaves, el capuchón de la birome que en ese mismo momento, acéfala, le desteñía algún bolsillo del saco, un cospel de subte con el canto mellado y, por fin, el filo del papel. Ese simple contacto lo sobresaltó; le pareció que con sólo abrirlo desencadenaría una cascada de catástrofes. Pero era entonces o nunca. De modo que abrió el mensaje y lo leyó frente al espejo, apoyándose y alejándose del borde del lavatorio, bajo la luz que se había puesto a parpadear: Maldito. Feliz cumpleaños. ¿Cómo es posible que sigas cumpliendo años sin mí? Hoy me desperté temprano, demasiado temprano (no estoy segura, en realidad, de haber dormido), y recién cuando salí a la calle (sobretodo encima del camisón, medias de lana, zapatillas) me di cuenta de por qué. ¡Otro 14 de agosto! Te compré algo (no pude evitarlo, te lo juro). Es una pavada, la tengo conmigo. No se la doy a Víctor porque me da vergüenza (y sabés bien que no quiero comprometerte adelante de mi sucesora), pero apenas se haya ido (tratalo bien, cuidá que la joven Vera lo trate bien, hacele acordar que tome los remedios) me voy a arrepentir, seguro, y ya será tarde. Si lo querés, llamame. Estoy siempre en el mismo lugar. S. (No tengas miedo: este mensaje se autodestruirá en quince segundos).

Empujaron la puerta; Rímini sintió un golpe en la espalda y, creyéndose descubierto, abrió la canilla para disimular. El papel se le escabulló entre los dedos y aterrizó en el fondo de la pileta, donde lo bautizaron tres hilitos tímidos de agua. “Miserable”, oyó que le decía una voz conocida. Rímini giró apenas, mientras la letra de Sofía se deshacía bajo el agua en volutas de tinta pálida. Era Sergio, uno de sus invitados. “Te la tomaste toda solito”. Rímini sonrió: “Tengo derecho, ¿no? Era un regalo de cumpleaños”.

3

Esa compulsión a escribir no era nueva para él. ¿Cuántas veces la había padecido? ¿Cuántas veces a lo largo del tiempo que llevaba separado de Sofía, y cuántas durante los casi doce años que había pasado con ella? Enfrentados con un límite sentimental, ese punto sin retorno en el que una pasión imperiosa les exige que cambien de lengua, los personajes de las óperas dejan de hablar y cantan, los actores de las comedias musicales dejan de caminar y bailan. Sofía escribía. De chica había estudiado canto (el prototipo de la niña abrumada por actividades extracurriculares, siempre soñolienta y siempre feliz), y en el circuito de sus “investigaciones corporales” (como llamaba a la variedad de cursos y talleres a la que se había entregado al salir de la adolescencia) más de una vez le había tocado tropezar con la disciplina de la danza. Pero cuando el amor la ahogaba, cuando alguno de sus accidentes, el más feliz y el más desdichado, el éxtasis, por ejemplo, o la desesperación, cruzaba el umbral con que el amor limita la validez de las palabras y los gestos en vivo, Sofía enmudecía y se retiraba, como si para seguir adelante tuviera que desaparecer. Una hora, un día, a veces una semana más tarde, cuando ya la economía del amor había recuperado su equilibrio cotidiano y el “incidente”, como Rímini bautizaba en privado a esos episodios de afasia, parecía haber cicatrizado espontáneamente, Rímini tropezaba de golpe con un mensaje, una carta, tres renglones apurados o páginas enteras de abnegación confesional que Sofía había redactado a solas, en los extraños intervalos en los que existía sin Rímini pero sólo para él: encerrada en un cuarto, en un bar, acodada a una mesa tapizada de servilletitas, o insomne en plena madrugada, sentada a la mesa de la cocina, mientras Rímini, durmiendo en diagonal, aprovechaba para ocupar toda la cama con el 4 perfecto que dibujaban sus piernas. Dos líneas románticas, deslizadas como por casualidad en medio de un inventario de verduras y productos de limpieza, lo asaltaban sin aviso cuando revisaba la lista de compras. Abría su billetera, de pie junto a la parada de colectivos, y entre dos billetes ajados descubría el borde intruso de un sobre, con sus iniciales amorosamente labradas en el frente y, adentro, los frutos de la recapitulación pasional amontonados en una hoja de un recetario médico. Los mensajes de Sofía lo sorprendían en el botiquín del baño, en el fondo del bolsillo de un saco, en el bloc junto al teléfono, entre las páginas del documento que Rímini tenía que traducir (donde Sofía los dejaba caer como señaladores sigilosos) o incluso en la heladera, donde lo esperaban durante horas, ateridos pero estoicos, apoyados contra un cartón de leche o un envase de yogur.

Al principio Rímini los tomó como ofrendas de amor y se sintió halagado. Escritos casi siempre en el reverso de un papel ya escrito, como pedidos de auxilio o mensajes clandestinos, tenían algo de gemas domésticas, el encanto de una artesanía sentimental, anhelante y coyuntural, que conmueve tanto por su perspicacia como por sus negligencias. Apenas los encontraba, Rímini sentía la urgencia de leerlos, réplica tardía de la urgencia que Sofía habría experimentado al escribirlos, y con tal de paladear aquellas frasecitas intempestivas era capaz de abrir la llave de una hornalla y olvidarse de prenderla, interrumpir un trabajo por la mitad, detenerse en medio del cruce de una avenida o dejar flotando en el aire, con la descortesía clásica de los enamorados, la pregunta que alguien acababa de

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