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EL PROFESIONAL

John Grisham  

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Fragmento

1

Era una cama de hospital, eso parecía claro, aunque a veces la certeza iba y venía. Era estrecha, dura y tenía unos relucientes barrotes metálicos alzados a los lados a modo de rejas, para que no escapara. Las sábanas eran lisas y muy blancas. De hospital. La habitación estaba a oscuras, pero la luz del sol intentaba colarse a través de las lamas que cubrían la ventana.

Volvió a cerrar los ojos. Incluso hacer eso le dolía. Los abrió de nuevo y durante un largo y silencioso minuto consiguió apartar la vista de las lamas y concentrarse en su pequeño y borroso mundo. Estaba tumbado de espaldas e inmovilizado por unas sábanas remetidas con firmeza bajo el colchón. Se fijó en un tubito que colgaba a su izquierda. Llegaba hasta su mano y luego desaparecía por detrás. Oyó una voz lejana, en el pasillo. A continuación, cometió el error de intentar moverse, solo quería recolocar ligeramente la cabeza, pero fue peor el remedio que la enfermedad: un dolor punzante le atravesó el cráneo y el cuello y soltó un quejido.

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—Rick, ¿estás despierto?

La voz, a la que de inmediato le siguió un rostro, le sonaba. Arnie estaba respirándole en la cara.

—¿Arnie? —lo llamó, con voz ronca y débil. Tragó saliva. —Sí, soy yo, Rick. Gracias a Dios que te has despertado. Arnie, el agente, siempre al pie del cañón cuando se le necesitaba.

—¿Dónde estoy, Arnie?
—Estás en el hospital, Rick.
—Eso ya lo sé, pero ¿por qué?
—¿Cuánto hace que estás despierto?

Arnie encontró un interruptor y se encendió una luz junto a la cama.

—No lo sé. Unos minutos.
—¿Cómo te sientes?
—Como si alguien me hubiera aplastado la cabeza. —Por poco. Te pondrás bien, confía en mí.

Confía en mí, confía en mí. ¿Cuántas veces le había pedido Arnie que confiara en él? Lo cierto era que jamás había llegado a confiar en Arnie por completo y no había ninguna razón convincente para empezar a hacerlo en esos momentos. ¿Qué sabía Arnie sobre traumas craneales o cualquier otro golpe definitivo que pudieran haberle infligido?

Rick cerró los ojos y respiró hondo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, con un hilo de voz. Arnie vaciló y se pasó una mano por la calva. Consultó la hora, las cuatro de la tarde, así que su cliente había permanecido inconsciente cerca de veinticuatro horas. No lo suficiente, pensó apenado.

—¿Qué es lo último que recuerdas? —preguntó Arnie, apoyando los codos con cuidado sobre las barras laterales e inclinándose hacia delante.

—Recuerdo a Bannister viniendo hacia mí —contestó Rick, tras un breve silencio.

Arnie se pasó la lengua por los labios antes de contestar. —No, Rick. Esa fue la segunda conmoción cerebral, la de hace dos años, en Dallas, cuando estabas con los Cowboys.

Rick lanzó un gruñido al recordarlo. Tampoco era un buen recuerdo para Arnie: su cliente estaba agachado en cuclillas en la línea de banda mirando a cierta animadora cuando la jugada que estaba desarrollándose en el campo se desvió hacia él y Rick, que no llevaba puesto el casco, fue arrollado por una tonelada de cuerpos en pleno vuelo. Los de Dallas se deshicieron de él al cabo de dos semanas y encontraron a otro quarterback de tercer equipo.

—Rick, el año pasado estabas en Seattle y ahora estás en Cleveland, con los Browns, ¿lo recuerdas?

Rick lo recordó y el quejido fue aún más hondo. —¿Qué día es hoy? —preguntó, con los ojos abiertos. —Lunes. El partido se jugó ayer. ¿No recuerdas nada? —Arnie se mordió la lengua para no añadir que, por el bien de Rick, eso sería lo mejor—. Iré a buscar a una enfermera. Estaban esperando a que te despertaras.

—Todavía no, Arnie. No te vayas. ¿Qué ocurrió? —Lanzaste un pase y luego te placaron. Purcell cargó por el lado débil y te arrancó la cabeza. No lo viste venir.

—¿Qué hacía yo en el campo?

Bueno, magnífica pregunta, la misma que había desatado la controversia en todos los programas de las emisoras deportivas de Cleveland y el Medio Oeste. ¿Qué hacía él en el campo? ¿Qué hacía él en el equipo? ¿De dónde coño había salido?

—Ya hablaremos luego de eso —dijo Arnie.

Rick estaba demasiado débil para protestar. Con gran reticencia, su dañado cerebro empezaba a funcionar lentamente tratando de sacudirse el coma de encima y despejarse. Los Browns. El estadio de los Browns, una gélida tarde de domingo, ante una asistencia de público que había batido récords. Las finales, no, más que eso: el título de la AFC.

El terreno estaba helado, duro como el cemento e igual de frío.

En la habitación había una enfermera.
—Creo que está empezando a reaccionar —le informó Arnie.

—Pues qué bien —contestó ella, con poco entusiasmo—. Iré a buscar al médico —añadió, aún menos entusiasmada.

Sin mover la cabeza, Rick la vio salir. Arnie hizo crujir los nudillos, preparándose para partir.

—Oye, Rick, tengo que irme.
—Claro, Arnie. Gracias.
—De nada. Escucha, no hay otra manera de decirte esto, así que seré sincero: los Browns han llamado esta mañana, Wacker, y, bueno… te han cortado.

Los cortes de final de temporada casi se habían convertido en un ritual anual.

—Lo siento —dijo Arnie, aunque solo porque se sintió obligado a hacerlo.

—Llama a los demás equipos —dijo Rick, y desde luego no era la primera vez.

—Es obvio que no va a hacer falta, ya están llamándome ellos.

—Eso es genial.
—No tanto. Están llamándome para avisarme de que no los llame. Me temo que se acabó lo que se daba, hijo.

Era evidente que se había acabado, pero Arnie no tenía valor para decírselo claramente. Tal vez al día siguiente. Ocho equipos en seis años. Solo los Argonauts de Toronto se habían arriesgado a ficharlo por una segunda temporada. Todos los equipos necesitaban un quarterback suplente para su quarterback de reserva, y Rick era el hombre indicado para eso. Sin embargo, los problemas empezaban cuando salía al campo.

—Tengo que irme pitando —dijo Arnie, volviéndole a echar otro vistazo a la hora—. Escucha, hazte un favor y no enciendas la tele. Son despiadados, sobre todo los del ESPN.

Le dio unas palmaditas en la rodilla y salió de la habitación a toda prisa. Junto a la puerta había dos fornidos guardias de seguridad que intentaban no dormirse sentados en unas sillas plegables.

Arnie se detuvo en el puesto de recepción de las enfermeras y habló con el médico, quien al final cruzó el pasillo, pasó junto a los guardias de seguridad y entró en la habitación de Rick. No hubo calidez alguna en el trato con el paciente: se limitó a realizar una rápida comprobación de lo básico sin darle demasiada conversación.

—Habrá que vigilar la evolución neurológica. Solo es una conmoción cerebral normal y corriente más, ¿no es la tercera?

—Creo que sí —contestó Rick.
—¿Ha pensado en cambiar de trabajo? —preguntó el médico.

—No.

Pues igual le convendría, pensó el facultativo, y no solo por los posibles daños cerebrales. Tres intercepciones en once minutos deberían bastar para convencerte de que el fútbol americano no es lo tuyo. Dos enfermeras aparecieron sin decir nada y se encargaron de las pruebas y el papeleo. En ningún momento se dirigieron al paciente a pesar de tratarse de un atleta profesional soltero, bastante apuesto y en forma. Justo ahora, cuando él más las necesitaba, ellas no podrían haberle hecho menos caso.

En cuanto volvieron a dejarlo solo, Rick empezó a buscar con cuidado el mando a distancia. En un rincón de la habitación había colgado un televisor de tamaño considerable. Quería sintonizar la ESPN y acabar con aquello de una vez por todas. Cada minuto que pasaba era un suplicio, y no solo por el dolor de cabeza o el del cuello, sino porque también tenía la sensación de que alguien le había clavado un cuchillo en la zona lumbar y por la aguda molestia del codo izquierdo, con el que no lanzaba.

¿Placado? Se sentía como si lo hubiera aplastado una hormigonera.

Volvió a entrar la enfermera y esta vez llevaba una bandeja con varias pastillas.

—¿Dónde está el mando a distancia? —preguntó Rick. —Ah, la televisión no funciona.
—Arnie la ha desenchufado, ¿no?
—¿El qué?
—La televisión.

—¿Quién es Arnie? —preguntó, mientras manipulaba una aguja bastante grande.

—¿Qué es eso? —quiso saber Rick, olvidando a Arnie por un momento.

—Vicodina. Le ayudará a dormir.
—Estoy cansado de dormir.
—Órdenes del médico, ¿de acuerdo? Tiene que descansar, y mucho.

Inyectó la vicodina en la bolsa de suero intravenoso y comprobó el goteo de los líquidos transparentes.

—¿Es seguidora de los Browns? —preguntó Rick. —Mi marido.
—¿Estuvo ayer en el estadio?
—Sí.
—¿Tan mal fue?
—No quiera saberlo.

Cuando se despertó, Arnie volvía a estar allí, sentado en una silla junto a la cama, leyendo el Cleveland Post. Al final de la primera plana, Rick consiguió distinguir un titular: «Los seguidores toman el hospital al asalto».

—¡Qué! —exclamó Rick, reuniendo todas sus fuerzas. Arnie cerró el periódico de golpe y se puso en pie de un salto.

—¿Estás bien, hijo?
—De maravilla, Arnie. ¿Qué día es hoy?
—Martes, temprano por la mañana. ¿Cómo estás, hijo? —Dame ese periódico.
—¿Qué quieres saber?
—¿Qué está ocurriendo, Arnie?
—¿Qué quieres saber?
—Todo.
—¿Has visto la televisión?
—No. Tú la desenchufaste. Dime la verdad, Arnie.

Arnie hizo crujir los nudillos y se acercó lentamente a la ventana, donde apenas se atrevió a separar las lamas de la persiana. Echó un vistazo al exterior, como si el problema estuviera allí fuera.

—Ayer algunos gamberros vinieron aquí y montaron una escena. La poli supo manejarlos y arrestó a cerca de una docena. Solo era una panda de matones. Seguidores de los Browns.

—¿Cuántos?
—El periódico dice que unos veinte. Unos borrachos. —Y ¿por qué vinieron aquí, Arnie? Solo estamos nosotros dos, agente y jugador. La puerta está cerrada. Por favor, rellena los vacíos.

—Se enteraron de que estabas aquí. Estos días hay mucha gente a la que le gustaría pegarte un tiro. Has recibido un centenar de amenazas de muerte. La gente está disgustada. Incluso yo he recibido amenazas. —Arnie se apoyó contra la pared con cierto aire de suficiencia ahora que alguien consideraba que su vida valía lo suficiente para amenazarlo de muerte—. ¿Sigues sin recordar nada? —preguntó.

—Nada.
—Los Browns van diecisiete a cero por delante de los Broncos a tan solo once minutos del final, aunque decir cero es decir poco para la paliza que les estabais dando. Después del tercer cuarto, los Broncos han conseguido ochenta y una yardas en ataque y tres, sí, lo que oyes, tres primeros downs. ¿Y ahora?

—Nada.
—Ben Marroon está jugando de quarterback porque a Nagle se le desgarró el tendón de la corva en el primer cuarto.

—Eso sí lo recuerdo.
—A once minutos del final, Marroon recibe un golpe a destiempo tremendo y lo sacan del campo. Nadie parece preocupado porque la defensa de los Browns podría detener al general Patton y sus tanques. Entras tú, tercera y doce, lanzas un bello pase cerca de la línea de golpeo hacia Sweeney, quien, mira por dónde, juega con los Broncos y quien cuarenta yardas después se encuentra en la zona de anotación. ¿Recuerdas algo de eso?

—No —contestó Rick, cerrando los ojos lentamente. —No te esfuerces demasiado. Ambos equipos despejan y a continuación los Broncos pierden el balón. A seis minutos del final, en la tercera y ocho, cambias la jugada y le lanzas a Bryce en una ruta de gancho, pero la pelota sale alta y la atrapa alguien con camiseta blanca, no recuerdo su nombre, pero desde luego corre que se las pela. Diecisiete a catorce. El ambiente está tenso, más de ochenta mil espectadores. Unos minutos antes estaban celebrando la primera Super Bowl de la historia y todo eso. Los Broncos patean, los Browns corren el balón tres veces porque Cooley no consigue que cuaje una jugada de pase, así que los Browns despejan. O lo intentan. El saque es defectuoso, los Broncos se hacen con el balón en la línea de las treinta y cuatro yardas de los Browns, lo cual no es un problema porque en tres jugadas, la defensa de los Browns, que en esos momentos está muy, pero que muy cabreada, los hacen retroceder quince yardas, lejos del gol de campo. Los Broncos despejan, tú tomas el mando en tu yarda seis y en los siguientes cuatro minutos consigues meter el balón en medio de la línea defensiva. El avance se detiene a medio campo, tercera y diez, solo quedan cuarenta segundos para el final. Los Browns ...