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EL REBELDE

Nacho Figueras  

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Fragmento

Querido lector:

Aprendí a montar a caballo a los cuatro años, y empecé a jugar al polo a los nueve. Tango se llamaba la yegua con la que aprendí a jugar, y fue mi primer amor. Me enamoré de la belleza de los caballos, e idolatré la fuerza y la bravura de los mejores jugadores. En mi Argentina natal todos tienen la posibilidad de asistir a un partido de polo y ver lo apasionante que es. Siempre tuve el sueño de compartir el deporte que amo, el juego que me ha dado tanto —como persona y como atleta— con el resto del mundo. Por algo Lauren lo eligió. Hay algo muy sexy en un hombre que monta a caballo, en la velocidad y la adrenalina. Es muy atractivo para las mujeres. Es un hecho.

Conocí a mi esposa en un partido de polo. Yo estaba en la tribuna y ella subía las escaleras, y yo la miré y ella me miró, y los dos nos miramos. Yo conocía a su primo. Fui a buscarlo y le dije: “¿Podrías presentarnos?”. Y el primo me respondió: “Qué gracioso; ella acaba de pedirme lo mismo”. El primo nos presentó y conversamos un rato. Eso era a comienzos del verano, y después no nos vimos durante dos o tres meses. Cuando terminaron las vacaciones volvimos a encontrarnos y empezamos a salir, y estamos juntos desde entonces...

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Me entusiasma muchísimo presentar la serie Temporada de Polo, que combina mi deporte preferido con un poco de romance. Espero que, ya sean fanáticos del polo o totalmente novatos en el juego, puedan disfrutar de estos personajes y sus aventuras.

CAPÍTULO 1

Katherine Ann Parker se miró en el espejo del baño y aplicó con mano experta una capa de labial rojo oscuro sobre su boca.

Después, con el mismo cuidado con que la había aplicado, la limpió.

Demasiado rouge. Lo último que quería en esta vida era parecer una desesperada.

Buscó el ChapStick en la cartera y lo distribuyó con parsimonia, tratando de ignorar a la hípster de Silver Lake que, impaciente por lavarse las manos, le respiraba en la nuca.

Sí, mucho mejor. Y el resto funcionaba bien: el cabello negro sujeto con un moño precioso; el top blanco abotonado, ajustadísimo al cuerpo, que apenas dejaba entrever su generoso escote; los aretes discretos, tipo argolla; los jeans prelavados negros que parecían hechos a medida; las botas con tacos de quince centímetros...

Frunció el ceño. Sabía que su manager, Honey Kimmelman, no aprobaría las botas. Por regla general, los varones de Hollywood eran bajos de estatura y no toleraban que una advenediza los pusiera en evidencia. Y Kat era bastante alta, incluso sin tacos. Con las botas puestas, superaba el metro ochenta y cinco.

“Bueno, que se aguante”, dijo en voz alta. “Es una reunión de trabajo, no una cita.”

“¿Perdón?”, dijo la hípster, que seguía esperando su turno.

Kat parpadeó avergonzada. Había olvidado que no estaba sola.

“Lo siento. Una pequeña arenga personal”, murmuró. Se corrió a un costado para que la chica pudiera usar el lavabo.

La hípster se lavó las manos y salió, lanzando una última mirada inquisitiva a Kat antes de que la puerta vaivén se cerrara.

Kat se asomó a la ventana y contempló el panorama de West Hollywood. Suspiró soñadora. Hasta el baño de Soho House tenía una vista asombrosa.

Miró su reloj: ya era hora. Se alisó rápidamente el cabello y estuvo a punto de buscar el labial en su cartera; pero cerró el puño y respiró hondo. Era sólo una reunión, se dijo. Había tenido un millón de reuniones en su vida. Podía hacerlo.

Para tranquilizarse, en el camino de regreso al restaurante Kat intentó fingir que no veía la multitud de celebridades y actores emergentes dispersos en las mesas del club privado. Soho House era, sobre todo, un lugar discreto. Un lugar donde las grandes estrellas podían almorzar, tener reuniones, intercambiar chismes y relajarse, seguras de que nadie iba a molestarlas. Kat había perdido su membresía cuando las dificultades económicas le impidieron afrontar el costo anual, pero siempre la alegraba regresar como invitada.

La ejecutiva Dee Yang se levantó de su silla sonriendo al ver acercarse a Kat a la mesa. Dee era más joven que Kat; de cabello negro y bonita, llevaba un vestido tubo azul marino que destacaba sus brazos musculosos y bien tonificados. A Kat le gustó enseguida: su cara traslucía inteligencia y su sonrisa cálida, a diferencia de lo que solía ocurrir en ese ambiente, era auténtica.

“Kat, es una maravilla poder conocerte por fin”, dijo Dee, estrechándole la mano. “Soy tu fan de toda la vida.”

Kat sonrió al recibir el cumplido.

“Gracias. También estoy feliz de conocerte.”

“Y él es Steve Meyers”, dijo Dee cuando se sentaron. “Será el productor del proyecto.”

El tal Meyers, un cincuentón de cabello gris vestido con jeans y gorra de béisbol, asintió sin levantar la vista del teléfono.

“Un momento. Es sólo un segundo”, dijo. Toda su atención estaba concentrada en redactar y enviar un mensaje de texto.

Kat miró a Dee. Dee alzó las cejas a manera de disculpa y le pasó el menú.

“¿Ya has probado la burrata?”, dijo. “Yo no puedo resistirme.”

“Ooookay...”, dijo Steve, bajando el teléfono. “Lo siento. Ese mensaje no podía esperar.” Miró a Kat de arriba abajo antes de tenderle la mano. “Encantado de conocerte, Kay.”

“Kat”, lo corrigió Dee.

“Por supuesto, perdón. Kat.”

Kat sintió que el alma se le iba a los pies cuando vio que los ojos de Steve volvían a clavarse en el teléfono. No era difícil adivinar lo que ocurría. El tipo no quería estar allí. Dee obviamente lo había convencido de participar en la reunión. Probablemente ya tenía a otra persona en vista para el trabajo.

Se obligó a mirar el menú; no podía permitir que la decepción se transparentara en su rostro.

“Y bien, Kat”, dijo Dee, “noté un ligero acento sureño en tu voz. ¿De dónde eres?”.

Kat sonrió.

“Mi familia es originaria de Georgia, pero yo me crié en Wellington, Florida.”

“¿Wellington?”, dijo Steve, momentáneamente interesado. “Creo que mi primera esposa viajó allí una vez para comprarse un sombrero rarísimo para un deporte muy caro. ¿Tenis? ¿Cricket?”

“Polo, probablemente”, dijo Kat. “O alguna otra actividad relacionada con los caballos. Wellington es la meca de los deportes ecuestres, por así decirlo.”

No le costaba imaginar a la primera esposa de Steve; bronceada y musculosa, el rostro una máscara de Botox, con su traje Chanel y su sombrero demasiado grande, arrancando a tacazos el césped de la cancha para canalizar la inmensa frustración que le causaba ese imbécil que tenía por esposo.

“Es cierto”, dijo Steve, “polo. ¿Montas a caballo?”.

Kat negó con la cabeza.

“No. No puede decirse que sea una persona afecta a los caballos.”

Steve asintió. Su teléfono anunció que tenía un nuevo mensaje.

“Oh, caramba, es un mensaje de Michael.” Bajó la voz hasta un susurro conspirativo. “Ya saben, Bay. Tengo que contestar.”

Cuando el fallido interlocutor se alejó de la mesa, Kat intentó disimular su enojo creciente.

“Como sea”, dijo Dee para salvar la situación, “me encantó Winter’s Passing. Es una de mis películas preferidas de todos los tiempos. Lloro cada vez que la veo. Todavía estabas en la escuela de cine cuando la filmaste, ¿verdad?”.

“Me había recibido el año anterior”, dijo Kat.

“Fue un crimen que no ganara el Oscar”, dijo Dee.

Kat sonrió con pena.

“Bueno, ya sabes lo que dicen, es un honor haber sido nominada.”

Steve levantó la vista del teléfono con una mueca burlona. 

“Pero después... Red Hawk.”

Kat sintió que la sonrisa se le congelaba en la cara.

“Sí. Red Hawk.”

Steve chasqueó la lengua.

“Caramba, ¿cuánto dinero perdió esa película? Marcó una especie de récord en la industria, ¿no?”

Kat enfrentó sus ojos redondos con mirada desafiante. 

“Estuvo a punto de entrar en el Guinness.”

Dee soltó una carcajada. Steve ni siquiera esbozó la sombra de una sonrisa.

“No me gustaría que me recordaran por algo así”, dijo. “¿Y no tuviste un romance con Jack Hayes mientras rodaban la película? Te abandonó apenas se conocieron los números de taquilla, ¿verdad?”

Kat tuvo que reprimirse para no ensartarlo con el tenedor.

“Algo así.”

“Bueno, tendrían que haberlo previsto. Hablando de arruinar originales... Quiero decir, ¿qué niño querría ver una versión del comic Red Hawk dirigida por una mujer?”

Kat se puso rígida.

“¿Y qué productor de Hollywood sería tan imbécil como para pensar que, en los tiempos que corren, un grupo de niños decide el destino de la taquilla?”

Steve lanzó un ruidoso bufido.

“Sí, porque el recurso publicitario de contratar a una directora obviamente atrajo hordas de público.”

Kat contó mentalmente hasta diez, muy despacio, antes de volver a hablar.

“¿Sabes una cosa? Cometí un montón de errores en esa película, pero estoy segura de que haber nacido mujer no fue uno de ellos.”

Steve negó con un gesto.

“Uno debe atenerse a lo que sabe hacer.”

Kat ladeó la cabeza con fingida curiosidad.

“¿Ah, sí? ¿Y qué se supone que sé hacer?”

“Comedias románticas. Películas de princesas. Cincuenta Sombras de Basura.”

Ella lo fulminó con la mirada.

“¿Estás bromeando, verdad?”

Él se encogió de hombros y volvió a concentrarse en el teléfono.

“Tu película fracasó. No hay nada más que decir.”

Kat se puso roja de furia. Unas palabras más que oportunas subieron a sus labios, pero Dee intercedió con premura.

“Eso fue hace muchos años”, dijo para apaciguar las aguas. “Estoy segura de que hiciste muchas otras cosas desde entonces, ¿no?”

Kat respiró hondo y se obligó a olvidarse de Steve para responderle a Dee. El discurso de siempre sobre algún proyecto en ciernes, sobre su trabajo en algún nuevo espectáculo... Pero antes de que empezara a hablar, el teléfono de Steve volvió a vibrar.

“Ah, sí, también tengo que contestar esta”, interrumpió.

Esa fue la gota que rebasó el vaso. Era demasiado. Basta de sumisión. Kat apoyó su mano en la muñeca del hipotético productor y le obsequió su sonrisa más dulce.

“¿Sabes una cosa, Steve? Creo que empezamos con el pie izquierdo. ¿Podemos recomenzar nuestra conversación como si nada hubiera ocurrido?”

Él la miró extrañado, al principio con suspicacia; pero ella siguió sonriendo imperturbable hasta que detectó el momento exacto en que Steve se aflojó y una nueva clase de interés asomó en sus ojos. Su mirada se deslizó de la cara a los pechos de Kat. 

Bingo. Kat se relamió anticipando la victoria. 

“Me parece bien”, dijo por fin. “Pero antes tengo que contestar este mensaje.”

“Oh, ¿es Michael Bay otra vez? ¿De verdad eres su amigo?” Su acento sureño se volvió más denso.

Steve sonrió. “Jugamos al tenis la semana pasada.”

Ella lo miró entrecerrando los ojos.

“Eso sí que es asombroso. Escuché decir que sólo trabaja con los mejores. Debes ser realmente bueno en lo tuyo.”

Steve enderezó los hombros.

“Creo que es justo decir que sé lo que hago.”

“Ya veo.” Volvió a sonreír y le apretó el brazo. “Apuesto a que tienes mucho para enseñarme.”

“Apuesto a que tienes mucha razón”, dijo el infeliz, enarcando las cejas.

Kat se rió. Una risa fresca y pícara.

“Ah, eh, ¿ese es el último iPhone? Qué divino. ¿Me dejarías verlo un momento?”

Steve chasqueó la lengua, complacido.

“¿Todavía no lo has visto, eh? Mi asistente tuvo que pasar doce horas seguidas online para conseguirlo.”

Con una sonrisa de triunfo, Steve le entregó el teléfono a Kat.

Ella se levantó de un salto, arrojó el teléfono al suelo y lo aplastó con el taco.

“¿Qué demonios...?”, chilló Steve, la cara roja como remolacha. 

Kat lo miró a los ojos.

“Ups. Lo lamento muchísimo”, dijo con cara de nada. Y volvió a aplastar el teléfono con el taco. “Se me cayó sin querer.”

Sonrió de felicidad al pisotearlo todavía con más fuerza; era una delicia escuchar el crujido del metal contra el metal.

CAPÍTULO 2

“Sebastián”, ronroneó la rubia, muerta de risa, apartándole la mano a medias. “¡Basta!”

El aludido sonrió burlón y volvió a salpicarla.

“¿Basta de qué, Lily?”

La rubia paró de reír e hizo un puchero antes de sumergirse en la piscina.

“Soy Jilly, no Lily.”

Sebastián miró a una pelirroja extendida, cuan larga era, sobre el flotador.

“Entonces tú debes ser Lily.”

La chica suspiró en son de protesta y arrugó la naricita. 

“¡Yo soy Amy!”

“Ven conmigo al agua, Amy.”

La hizo caer a la piscina salpicando todo alrededor.

“¡Sebastián!”, gritó la chica, apartándose de la cara el cabello empapado. “¡Eres de lo peor!”

Sebastián sonrió con picardía.

“Por supuesto que sí. Ahora... ¿bebemos un poco más de champagne?”

Estaba a punto de agarrar la botella, estratégicamente colocada sobre el borde de la piscina, cuando un par de botas se interpuso entre su mano y el espumante. Las mujeres levantaron la vista y chillaron, tratando infructuosamente de cubrir su desnudez. Sebastián entrecerró los ojos para escrutar la noche.

Su hermano mayor, Alejandro, se inclinó sobre él como una temible estatua griega.

“Perdón”, dijo con voz calma, “¿podríamos hablar un momento en la casa de la piscina, Sebastián?”.

“Por supuesto”, murmuró Sebastián. “Un momento, hermano.”

Alejandro caminó hasta la casa de la piscina y cerró la puerta al entrar.

“Ay, Dios mío”, tartamudeó Jilly emergiendo del agua. “¿Ese era Alejandro del Campo? ¡Dios me libre, es más hermoso todavía que en su Instagram!”

Sebas revoleó los ojos. “Esas están fotoshopeadas.”

Salió del agua y, sin tomarse la molestia de vestirse, fue a reunirse con su hermano en la casa de la piscina.

Alejandro lo miró con reprobación, sacudiendo la cabeza. 

“¿Qué necesitas?”, dijo Sebas.

“Bueno, para empezar podrías ponerte los pantalones”, respondió Alejandro.

Sebastián se encogió de hombros.

“¿Para qué? ¿Viste a esas chicas? Tendría que volver a sacármelos. Demasiado trabajo.”

La mandíbula de Alejandro se endureció.

“Sabes que mi esposa y mi hijo de ocho meses están durmiendo en la casa principal.”

“Oh, por favor, están en el ala oeste. No pueden oír nada. Para el caso, daría lo mismo que estuvieran en la Argentina.”

“Y nuestra madre...”

Sebas resopló.

“Bebió tres copas de vino al hilo en la cena. Los dos sabemos que duerme como un tronco.”

Alejandro miró hacia arriba, frustrado, y se pasó las manos por el pelo.

“¿Y debo suponer que es inútil que te recuerde que mañana tenemos que jugar un partido?”

Sebastián asintió.

“Tenemos. Así que es mejor que vayas a descansar, capitán. No te preocupes, haré lo imposible por no hacer ruido. Aunque no puedo prometer mucho.” Le guiñó el ojo a su hermano. “Esa Jilly es una chica muy vital.”

Alejandro sacudió la cabeza; una mezcla de hartazgo y desazón nublaba sus ojos.

“¿Sabes una cosa, Sebastián?”, dijo con impaciencia. “Lo que era encantador a los veintidós ya no lo es tanto a los treinta y cuatro.”

“Treinta y tres”, respondió Sebastián automáticamente. 

Alejandro se encogió de hombros.

“Espero que estés en condiciones de jugar mañana.” Alejandro se dio vuelta para irse. “No me gustaría tener que sacarte de la cancha.”

CAPÍTULO 3

“Bien”, dijo Honey, “la buena noticia es que Steve Meyers dijo que no te demandaría si reponías el teléfono y pedías disculpas.”

Con el teléfono encajado entre la oreja y el hombro, Kat luchaba con la llave de su casa. Últimamente se trababa todo el tiempo. Empujó la puerta un par de veces con la cadera, hasta que por fin cedió.

“Y la mala noticia es que no conseguí el trabajo”, dijo. Tropezó con el umbral y encendió la luz. “¿Me equivoco?”

“Ejem, no, nena. No te equivocas. Pero le gustaste a Dee. Dijo que, sí o sí, quiere trabajar contigo más adelante.”

Kat revoleó los ojos y se agachó a recoger las cartas que estaban en el suelo.

“Escuchar eso me hace mucho bien ahora.”

“Nunca se sabe cómo terminarán las cosas, ¿entiendes? Quizá atrapen a Steve montándose a la esposa de uno de los dueños del estudio y lo expulsen de la ciudad. O quizá Dee obtenga un ascenso y termine dirigiendo todo el complejo. La industria cinematográfica funciona de maneras misteriosas.”

Kat suspiró, frustrada, y se puso a revisar la pila de sobres y revistas. Necesitaba trabajo ahora, no más adelante.

“¿Y la reescritura del guión para la Paramount? ¿Qué pasó con eso?”

“Uno de los productores contrató a su novio. Lo siento.” 

“¿Y la convocatoria abierta en Fox?”

“Ganó un aspirante de poca monta parecido a Diablo Cody.” 

“Bueno, ¿y la...”

Honey la interrumpió.

“Escucha, Kat, lo que necesitamos —además de que aprendas a controlar ese carácter horrible, horrendo, horroroso, horripilante— es una muestra de escritura reciente. Algo que pueda enviarle a todo el mundo. Un motivo para que todos recuerden lo buena que eres en realidad. Tenemos que hacer circular ese material. ¿Cuánto falta? ¿Estás por terminar?”

Kat titubeó por una fracción de segundo.

“Sí”, dijo. “Sí, es decir... todavía estoy en el primer borrador, pero está... ya sabes, quedando bien. No debería llevar mucho tiempo más.”

“Fantástico, perfecto. Estoy ansiosa por leerlo.”

“Pero Honey, escucha, si aparece algo —dirigir o escribir—, aunque sea un comercial o incluso una serie para internet...”

“Quiero que pongas toda tu energía en terminar ese guión, nena. Esa es la clave. Y trata de no destrozar más teléfonos, ¿de acuerdo?”

Kat se sentó a la mesa de la cocina y cerró los ojos. 

“De acuerdo. Entendido. Así se hará. Gracias, Honey.” 

“Todo bien, nena. Y no te preocupes, ¿de acuerdo?”

Kat sintió una punzada de miedo al percibir un leve matiz de derrota en la voz de Honey.

“Ya sabes cómo es esto. Todo el mundo tiene sus altibajos. Estoy segura de que las cosas mejorarán pronto.”

Kat cerró el teléfono y tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a llorar. Odiaba mentirle a Honey, pero tampoco soportaba decirle la verdad. Había abandonado la escritura del guión hacía ya varias semanas. Después de leer el primer acto (que era todo lo que había escrito) había tenido que admitir lo que sabía desde un comienzo: que era pura basura, carente por completo de gracia e inspiración. La misma historia que ya había contado y vendido bajo una docena de formas diferentes sin lograr que se filmara una película.

Nadie quería escuchar ni ver otra historia sobre “los éxitos y sinsabores de una chica del interior”. Y lo cierto es que Kat estaba harta de escribirlas. Especialmente porque los días en que podía identificarse con esa clase de personaje estaban muertos, quemados y enterrados.

Sabía que debía empezar de cero; tenía que encontrar algo más grande, más personal, más esencial sobre lo cual escribir. Pero, por primera vez en su vida, no sabía por dónde empezar.

Hacía más de un año que no le pagaban por un trabajo. Había tenido una reunión tras otra, recurrido a todos sus contactos, pero nada funcionaba. Había agotado todos sus ahorros, segura de que un nuevo trabajo la estaría esperando a la vuelta de la esquina. Su agente, Jimmy, había dejado de llamarla hacía ya tres meses; e incluso Honey, que siempre había sido amiga además de manager, empezaba a sonar derrotada. Kat estaba segura de que, si llegaba a decirle que padecía el bloqueo del escritor, ésa sería la gota que rebasaría el vaso.

Suspiró y empezó a quitarse las hebillas del cabello. Sus salvajes rulos negros, liberados de las ataduras, formaron una aureola en torno a su cara. Se quedó mirando la pila de correspondencia. Cuentas varias. Vencimientos de hipoteca. Préstamos para estudiar. Tarjetas de crédito al borde del colapso....

Se levantó y preparó café. La cocina de su casa era hermosa pero deprimente. Había despedido a la mucama el mes pasado, y se notaba. Olía a sobras de la noche anterior. Los platos sucios de dos días reposaban apilados en la pileta. Hasta las cosas que habitualmente le causaban placer —la luz dorada de California filtrándose por la gran ventana de arco; los azulejos de Talavera, de tonalidades brillantes, que protegían los bordes de la pileta; el azul vívido, color huevo de petirrojo, de su cocina La Cornue— no podían alegrarla.

De hecho, la casa entera parecía un reproche. Comprar una casa fue una de las primeras cosas que hizo después de firmar los contratos de Red Hawk. Hasta entonces había vivido como estudiante universitaria en un apartamento minúsculo en el valle con una serie de compañeras en constante rotación, y quería sentirse como una adulta. Pero ahora tenía una carrera de verdad, y había llegado el momento de tener una casa de verdad. Y todos le aseguraron que era lo mejor que podía hacer, incluso en pleno apogeo del boom inmobiliario en California.

Al principio intentó ser sensata: había visto una casa deteriorada que necesitaba urgentes reparaciones en Huntington Park, un oscuro loft industrial en un barrio marginal del centro, un rancho en Studio City que había pertenecido a un actor famoso de segunda línea pero ahora olía a gato y a cincuenta años de cigarrillos... Pero después, percibiendo su debilidad por las cosas bellas, el agente inmobiliario la había llevado a ver esta casa, un chalet estilo español de la década de 1920, de tres dormitorios, enclavado en lo alto de Hollywood Hills.

Kat había sucumbido a la nostalgia desde el primer momento. La cálida luz de la tarde entraba rauda por todas las ventanas y parecía danzar sobre los relucientes pisos de pino, las gruesas paredes de yeso, y la alegre y pequeña estufa en forma de colmena que presidía el living. Se entusiasmó todavía más al ver la acogedora y colorida cocina, con sus cerámicas pintadas con diseños complejos y el bello artefacto azul. Y cuando descubrió la tina de cobre en el baño principal estuvo a punto de hacer una oferta inmediata. Pero sólo cuando salió a la parte de atrás y se paró delante de la centelleante piscina de borde infinito que daba a una vista interminable de la ciudad perdió por completo la poca razón que le quedaba. La casa estaba muy por encima de su presupuesto, pero apostó al éxito futuro y decidió hacerlo funcionar.

Y efectivamente funcionó... durante un tiempo. Al principio le llovían ofertas de trabajo y los cheques no paraban de entrar. Empezó a acumular cosas bellas para llenar su bella casa. Recorría de punta a punta, hasta explorar el último rincón, todos los mercados de pulgas con que se topaba. Elegía platos de porcelana que no combinaban entre sí y cubiertos de plata labrada pieza por pieza, y jamás compraba un solo tenedor a menos que la fascinara por completo. De ese modo logró reunir un conjunto variopinto, colorido y lo suficientemente grande para alimentar a veinticinco personas si así lo deseaba. Su especialidad eran los utensilios de cocina de cobre de todas formas y tamaños: le encantaba sentir el peso del metal bajo sus manos, el aspecto reluciente de los objetos prolijamente alineados en los estantes. Bebía café en tazas Wedgewood color verde opaco: la porcelana era tan delicada y tan fina que podía entrever la sombra de su mano si ponía la taza a contraluz. Escudriñaba las pequeñas boutiques de La Brea en busca de mesas ratonas con taraceado de madreperla, alfombras suavísimas de lana tejida, fuentes de plata bellamente manchadas por el tiempo y lo bastante grandes para servir un lechón entero si alguna vez necesitaba hacerlo.

Desenterró una mesa que había envejecido como los dioses en el fondo de un granero en Ojai; la tabla lucía con orgullo una pátina de cien años, producto de la afanosa labor de las esposas de los granjeros que se habían roto el lomo desgranando arvejas y seleccionando frutillas sobre su superficie. Kat escribía sus guiones sobre un enorme escritorio de Arts and Crafts, estratégicamente ubicado en su estudio; una plétora de cajones y cajoncitos, puertas deslizantes y compartimentos secretos. Sentía una especial predilección por un sofá tapizado con interminables metros del calicó Liberty of London más hermoso del mundo, tan mullido que tenía la sensación de caer sobre una nube cada vez que se sentaba. Había descubierto varios artistas locales de su agrado y despilfarrado dinero en pinturas y fotos para cubrir las paredes. Los estantes del estudio estaban atiborrados de novelas y libros de cocina, libros de arte y biografías. Había comprado un juego de té de plata genuina y una cama queen-size tallada con diseños tan intrincados de pájaros y rosas que hasta Frida Kahlo habría querido dormir bajo su amparo. Y dormía tapada con una manta tan bellamente bordada que merecía estar en un museo en vez de cubrir su cuerpo cada noche...

Y su prodigalidad no se había limitado a las cosas de la casa. Su ropero estaba literalmente lleno de ropa de diseño, cortada a medida para que le quedara perfecta. La cómoda era un muestrario infinito de lencería de seda y encaje. El tocador abundaba en lociones caras, vaporizadores de perfume, e incontables potes y tubos de cremas y cosméticos de alta gama. Jamás se daba un baño de inmersión en su tina de cobre sin verter algún aceite aromático o arrojar un puñado de hierbas secas y pétalos que hacía mezclar especialmente en una pequeña tienda de Silver Lake. Después secaba amorosamente su cuerpo con enormes y absorbentes toallas de algodón egipcio y se deslizaba entre antiguas e impecables sábanas de lino.

Esas cosas la hacían sentir segura. Amaba vivir rodeada de tesoros hermosos que transmitían su magia a su escritura y su vida cotidiana. Pero ahora ...