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EL REBELDE

Nacho Figueras  

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Fragmento

Querido lector:

Aprendí a montar a caballo a los cuatro años, y empecé a jugar al polo a los nueve. Tango se llamaba la yegua con la que aprendí a jugar, y fue mi primer amor. Me enamoré de la belleza de los caballos, e idolatré la fuerza y la bravura de los mejores jugadores. En mi Argentina natal todos tienen la posibilidad de asistir a un partido de polo y ver lo apasionante que es. Siempre tuve el sueño de compartir el deporte que amo, el juego que me ha dado tanto —como persona y como atleta— con el resto del mundo. Por algo Lauren lo eligió. Hay algo muy sexy en un hombre que monta a caballo, en la velocidad y la adrenalina. Es muy atractivo para las mujeres. Es un hecho.

Conocí a mi esposa en un partido de polo. Yo estaba en la tribuna y ella subía las escaleras, y yo la miré y ella me miró, y los dos nos miramos. Yo conocía a su primo. Fui a buscarlo y le dije: “¿Podrías presentarnos?”. Y el primo me respondió: “Qué gracioso; ella acaba de pedirme lo mismo”. El primo nos presentó y conversamos un rato. Eso era a comienzos del verano, y después no nos vimos durante dos o tres meses. Cuando terminaron las vacaciones volvimos a encontrarnos y empezamos a salir, y estamos juntos desde entonces...

Me entusiasma muchísimo presentar la serie Temporada de Polo, que combina mi deporte preferido con un poco de romance. Espero que, ya sean fanáticos del polo o totalmente novatos en el juego, puedan disfrutar de estos personajes y sus aventuras.

CAPÍTULO 1

Katherine Ann Parker se miró en el espejo del baño y aplicó con mano experta una capa de labial rojo oscuro sobre su boca.

Después, con el mismo cuidado con que la había aplicado, la limpió.

Demasiado rouge. Lo último que quería en esta vida era parecer una desesperada.

Buscó el ChapStick en la cartera y lo distribuyó con parsimonia, tratando de ignorar a la hípster de Silver Lake que, impaciente por lavarse las manos, le respiraba en la nuca.

Sí, mucho mejor. Y el resto funcionaba bien: el cabello negro sujeto con un moño precioso; el top blanco abotonado, ajustadísimo al cuerpo, que apenas dejaba entrever su generoso escote; los aretes discretos, tipo argolla; los jeans prelavados negros que parecían hechos a medida; las botas con tacos de quince centímetros...

Frunció el ceño. Sabía que su manager, Honey Kimmelman, no aprobaría las botas. Por regla general, los varones de Hollywood eran bajos de estatura y no toleraban que una advenediza los pusiera en evidencia. Y Kat era bastante alta, incluso sin tacos. Con las botas puestas, superaba el metro ochenta y cinco.

“Bueno, que se aguante”, dijo en voz alta. “Es una reunión de trabajo, no una cita.”

“¿Perdón?”, dijo la hípster, que seguía esperando su turno.

Kat parpadeó avergonzada. Había olvidado que no estaba sola.

“Lo siento. Una pequeña arenga personal”, murmuró. Se corrió a un costado para que la chica pudiera usar el lavabo.

La hípster se lavó las manos y salió, lanzando una última mirada inquisitiva a Kat antes de que la puerta vaivén se cerrara.

Kat se asomó a la ventana y contempló el panorama de West Hollywood. Suspiró soñadora. Hasta el baño de Soho House tenía una vista asombrosa.

Miró su reloj: ya era hora. Se alisó rápidamente el cabello y estuvo a punto de buscar el labial en su cartera; pero cerró el puño y respiró hondo. Era sólo una reunión, se dijo. Había tenido un millón de reuniones en su vida. Podía hacerlo.

Para tranquilizarse, en el camino de regreso al restaurante Kat intentó fingir que no veía la multitud de celebridades y actores emergentes dispersos en las mesas del club privado. Soho House era, sobre todo, un lugar discreto. Un lugar donde las grandes estrellas podían almorzar, tener reuniones, intercambiar chismes y relajarse, seguras de que nadie iba a molestarlas. Kat había perdido su membresía cuando las dificultades económicas le impidieron afrontar el costo anual, pero siempre la alegraba regresar como invitada.

La ejecutiva Dee Yang se levantó de su silla sonriendo al ver acercarse a Kat a la mesa. Dee era más joven que Kat; de cabello negro y bonita, llevaba un vestido tubo azul marino que destacaba sus brazos musculosos y bien tonificados. A Kat le gustó enseguida: su cara traslucía inteligencia y su sonrisa cálida, a diferencia de lo que solía ocurrir en ese ambiente, era auténtica.

“Kat, es una maravilla poder conocerte por fin”, dijo Dee, estrechándole la mano. “Soy tu fan de toda la vida.”

Kat sonrió al recibir el cumplido.

“Gracias. También estoy feliz de conocerte.”

“Y él es Steve Meyers”, dijo Dee cuando se sentaron. “Será el productor del proyecto.”

El tal Meyers, un cincuentón de cabello gris vestido con jeans y gorra de béisbol, asintió sin levantar la vista del teléfono.

“Un momento. Es sólo un segundo”, dijo. Toda su atención estaba concentrada en redactar y enviar un mensaje de texto.

Kat miró a Dee. Dee alzó las cejas a manera de disculpa y le pasó el menú.

“¿Ya has probado la burrata?”, dijo. “Yo no puedo resistirme.”

“Ooookay...”, dijo Steve, bajando el teléfono. “Lo siento. Ese mensaje no podía esperar.” Miró a Kat de arriba abajo antes de tenderle la mano. “Encantado de conocerte, Kay.”

“Kat”, lo corrigió Dee.

“Por supuesto, perdón. Kat.”

Kat sintió que el alma se le iba a los pies cuando vio que los ojos de Steve volvían a clavarse en el teléfono. No era difícil adivinar lo que ocurría. El tipo no quería estar allí. Dee obviamente lo había convencido de participar en la reunión. Probablemente ya tenía a otra persona en vista para el trabajo.

Se obligó a mirar el menú; no podía permitir que la decepción se transparentara en su rostro.

“Y bien, Kat”, dijo Dee, “noté un ligero acento sureño en tu voz. ¿De dónde eres?”.

Kat sonrió.

“Mi familia es originaria de Georgia, pero yo me crié en Wellington, Florida.”

“¿Wellington?”, dijo Steve, momentáneamente interesado. “Creo que mi primera esposa viajó allí una vez para comprarse un sombrero rarísimo para un deporte muy caro. ¿Tenis? ¿Cricket?”

“Polo, probablemente”, dijo Kat. “O alguna otra actividad relacionada con los caballos. Wellington es la meca de los deportes ecuestres, por así decirlo.”

No le costaba imaginar a la primera esposa de Steve; bronceada y musculosa, el rostro una máscara de Botox, con su traje Chanel y su sombrero demasiado grande, arrancando a tacazos el césped

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